Categoría: Filosofía y religión
Guía políticamente incorrecta del Islam (y de las Cruzadas)
http://findesemana.libertaddigital.com/articulo.php/1276233464
El vínculo conduce a un resumen de un libro de próxima aparición y que cuenta algunos de los elementos más ajenos a los derechos humanos del Islam.
La cosa se quedaría en una anécdota si no fuera porque realmente existen tendencias dentro del Islam que siguen a pies juntillas los puntos señalados en este libro. Si miramos al cristianismo y nos basamos en los textos escritos, también encontraremos sus propias barbaridades. Véase la muestra:
Para cualquiera que viva en un país de tradición judeocristiana, aunque no pueda negar que esos textos existan, no dejará de considerarlos como algo anacrónico y que nunca se pensaría en aplicarlos hoy. Ese mismo tipo de afirmación es mucho más dudoso en cuanto se refiere a los sectores más radicalizados del Islam. Tal vez uno de los libros mejor documentados es precisamente de una musulmana, la periodista canadiense de origen ugandés Ishrad Manji, y su libro The trouble with Islam donde critica desde dentro tanto el integrismo islámico como el nacionalismo panarabista que podría utilizar al Islam como medio de expansión.
Sabemos que si algo no puede ni debe ser relativo, como su propio nombre lo indica, es precisamente la Declaración Universal de los Derechos del Hombre:
http://www.un.org/spanish/aboutun/hrights.htm
Pues bien, para que fuera aceptada, ha sido necesario crear una versión a medida para los países islámicos más reticentes:
http://www.gees.org/articulo/952
Hay una tendencia a mirar hacia el otro lado cuando se toca este tema. Esta tendencia llega desde relativizar posiciones que, en lo tocante a derechos humanos, deberían ser absolutas hasta hablar de alianzas de civilizaciones donde se dan paradojas como que uno de los componentes de la supuesta alianza pueda defender el matrimonio de homosexuales mientras el otro los ahorque en la plaza pública por el simple hecho de ser homosexuales.
¿Cabe algún tipo de alianza entre tales extremos? ¿Puede llegar a tanto el relativismo defendiendo un derecho aquí y justificando su atropello allá? ¿Se puede ser feminista aquí y contemplar como una peculiaridad cultural la ablación del clítoris allá…o incluso aquí si es realizada por los de allá?
La frase de Savater No se puede ser tolerante con la intolerancia sólo puede ser superada en su terreno por un oficial del imperio británico en la India que, al observar que pretendían quemar a una viuda al morir su marido, se interpuso. Uno de los que iban a participar en el hecho adujo que se trataba de una tradición india y el oficial no tenía por qué interponerse. A esto, el oficial británico repuso: En mi país también hay una tradición que consiste en ahorcar al que mata a alguien. Actuemos cada uno de acuerdo con las tradiciones de nuestros países respectivos. Ni que decir tiene que, ante tan enorme falta de respeto a la tradición, decidieron no quemar a la viuda.
Es cierto que las citas, sean del Corán o de la Biblia, no tienen mayor trascendencia mientras no haya alguien aquí y ahora que pretenda aplicar literalmente algo escrito hace más de mil o dos mil años. Sin embargo, ese tipo de personajes existe y, por tanto, no se puede mirar hacia otro lado en nombre de un relativismo que todo lo autoriza bajo el rótulo de peculiaridades culturales.
Al mismo tiempo que esto ocurre, uno de los mayores monumentos literarios contra la intolerancia religiosa ha salido de la pluma de Amin Maaluf con el título Los jardines de luz, pequeña obra devastadora contra los fanatismos religiosos y en favor de posiciones mucho más abiertas. Tal vez tenga algo que ver que Maaluf es libanés con raíces cristianas y ello puede haberle llevado a relativizar los credos.
El mismo autor tiene otra obra sobre las Cruzadas vistas por los árabes donde se encuentran divertidas afirmaciones como que los franceses (término genérico utilizado por los árabes para designar a los cruzados) de origen alemán tenían determinadas características que no compartían con los franceses de otros sitios (no necesariamente Francia).
Pensar que el Islam o el cristianismo son monolíticos es absurdo, dada la diversidad y cantidad de creyentes en ambas religiones. Bienvenida sea la denuncia de excesos cometidos en nombre de la religión así como la denuncia de la hipocresía de aquéllos que justifican para otros lo que nunca quisieran para ellos.
No debemos cerrar los ojos a la existencia de personas también dentro del Islam que, como el personaje de Los jardines de luz, son capaces de huir de todo tipo de fanatismo religioso.
El pequeño resumen del libro que puede leerse pinchando el vínculo ciertamente da una idea del Islam en su versión más extrema, es decir, aquélla que acepta la literalidad del Corán. Esa idea forma parte de una realidad y esa parte de la realidad es rechazable pero no única.
Son muchos los musulmanes que podrían manifestar el mismo nivel de rechazo a esa realidad que el mostrado por los no musulmanes y, sin falsos relativismos, es necesario diferenciar qué es admisible y qué no lo es.
Vargas Llosa definía las religiones como «verdades privadas» que afectan al comportamiento del creyente y a nadie más. No se puede utilizar «verdades privadas» para atacar «absolutos» como son los derechos individuales.
Al día de hoy, no podemos escandalizarnos por las barbaridades que puedan decir libros escritos hace más de un milenio. Sí debemos hacerlo, y no consentirlo, cuando alguien pretende hacer de esas barbaridades el código por el que rige su vida y pretende regir la de los demás. En ese punto, ya no valen el relativismo ni la hipocresía al uso.
Aldous Huxley en «Sobre la divinidad» y la rosa de Paracelso
Hace tiempo, en un seminario sobre el uso del método del caso en el Instituto de Empresa, el profesor Enrique Ogliastri nos mostró el siguiente texto:
En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo.
Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de sus hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.
El maestro fue el primero que habló.
-Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí?
-Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.
Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.
Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:
-Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.
-El oro no me importa -respondió el otro-. Estas monedas no son más que una prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.
Paracelso dijo con lentitud:
-El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.
El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:
-Pero, ¿hay una meta?
Paracelso se rió.
-Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que «hay» un Camino.
Hubo un silencio, y dijo el otro:
-Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.
-¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso.
-Ahora mismo- dijo con brusca decisión el discípulo.
Habían empezado hablando en latín; ahora en alemán.
El muchacho elevó en el aire la rosa.
-Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.
-Eres muy crédulo -dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe.
El otro insistió.
-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.
Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
-Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?
-Nadie es incapaz de destruirla- dijo el discípulo.
-Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
-No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.
Paracelso se había puesto en pie.
-¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
-Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo.
-Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso-. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.
-¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?
Paracelso le miró con tristeza.
-El atanor está apagado -repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.
-No me atrevo a preguntar cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.
-Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.
El discípulo dijo con frialdad:
-Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.
Paracelso reflexionó. Al cabo dijo:
-Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas. Deja, pues, la rosa.
El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:
-Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?
El otro replicó tembloroso:
-Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.
Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza.
Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.
Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:
-Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.
El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.
Se arrodilló, y le dijo:
-He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo y al cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?
Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.
Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.
Una vez leído, nos pidió que determinásemos si Paracelso era un buen o un mal maestro y casi todos enfocamos el asunto desde el punto de vista del discípulo que tiene poca fe y pide pruebas o del maestro suficientemente soberbio para negarse a mostrarlas aunque pudiera.
Si alguno de los asistentes hubiéramos leído «Sobre la divinidad» del siempre sorprendente Aldous Huxley, habríamos enfocado el debate desde un punto de vista muy diferente.
El libro es un conjunto de largos artículos enviados a una publicación de tipo orientalista en San Francisco pero, desde luego, muy alejada de la llamada new age y contiene párrafos como éstos:
Es sumamente significativo que los grandes místicos teocéntricos hayan trazado siempre una tajante distinción entre lo «psíquico» y lo «espiritual». A su juicio, los fenómenos de la primera clase tienen su existencia en una extensión del mundo espacial y temporal no familiar pero tampoco intrínsecamente superior. Los fenómenos espirituales, por otra parte, pertenecen al orden intemporal y eterno, dentro del cual el orden temporal tiene su existencia menos real. La actitud de los místicos hacia los «milagros» es de aceptación intelectual pero de desapego emocional y volitivo.
En una línea parecida tenemos este otro:
El hecho de que la «sanación espiritual» -dicho con más exactitud, la «sanación psíquica»- a menudo funcione y que las oraciones por la salud propia o por la salud de otras personas o por la riqueza o la felicidad propia o del prójimo, a menudo tengan respuesta, es constantemente aducido por los devotos de la religión temporal como prueba de que reciben directamente la ayuda de Dios. Del mismo modo podría argüirse que uno recibe ayuda directa de Dios porque le funciona la nevera o porque siempre que marca un número de teléfono contesta alguien.
Huxley, pues, no niega la existencia de los llamados milagros; simplemente niega que procedan de una dimensión espiritual e incluso indica que «distraen» de esa dimensión espiritual porque atraen la atención en una dirección distinta.
Bajo esa óptica ¿tenía Paracelso razón al no aceptar al nuevo discípulo? Parece que sí; no se trataba ni de una exhibición de soberbia ni de otra de incredulidad. Era, simplemente, que el discípulo mostró con claridad que caminaba con paso firme por una senda equivocada.
NOTA
Este libro forma parte de un conjunto de magníficas obras sobre el tema.
Los vínculos a cuatro de ellas están a continuación. El quinto se trata de un contrapunto lógico a las obras de Marina y de Ratzinger y de una coincidencia parcial con la de Savater: “Por qué no soy cristiano” de Bertrand Russell. La reseña ya está disponible aquí.
https://factorhumano.wordpress.com/2007/04/04/la-vida-eterna-fernando-savater
https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/por-que-soy-cristiano-jose-antonio-marina
https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/dios-y-el-mundo-ratzinger
La vida eterna (Fernando Savater)
Savater se reconoce deudor/discípulo de Bertrand Russell y este libro es un buen ejemplo ya que parece una continuación del «Por qué no soy cristiano» de Russell.
Hay algunas diferencias, no obstante. Russell tiene un enfoque puramente filosófico y denuncia los puntos de falta de rigor del cristianismo desde ese punto de vista.
Savater, al contrario que Russell, no es agnóstico sino abiertamente ateo y con una fuerte vena anticlerical (sea cual sea la religión del clérigo) y resulta mucho más agresivo que Russell. Sus argumentos no van contra la parte que choca con la filosofía sino que entra más directamente en asuntos como la relación de la religión con el poder y la justificación de la religión por la angustia que causa la propia mortalidad.
Buena parte de los argumentos que tocan este tema no son realmente originales aunque, como es norma en Savater, están muy bien escritos y resultan amenos y agradables de leer. Sin embargo, donde realmente despunta el autor es cuando justifica la existencia de una ética ajena a todo principio religioso (paradójicamente, basada en la existencia de una muerte «real», no como un tránsito hacia otro estado) y cuando entra en temas de plena actualidad que afectan tanto a la política como a la religión.
Como ejemplo, Savater critica la notable payasada de la «alianza de civilizaciones» señalando que definir «civilización» por la adscripción a uno u otro credo es bastante simplista cuando, en realidad, hay una única civilización que es la tecnológica. Savater señala que fenómenos como el islamismo radical son precisamente una prueba de la crisis de los sistemas religiosos o «tecnologías de salvación» como los denomina y no les concede mayor importancia. Desde el punto de vista sociológico, Savater puede tener razón aunque parece escapársele un hecho: La pertenencia a una civilización tecnológica implica la existencia de una enorme capacidad de destrucción en manos de grupos fanatizados por muy marginales que éstos sean dentro de una corriente general.
En suma, Savater ataca a fondo todo tipo de intolerancia, especialmente la de origen religioso, pero entra también en otras como la nacionalista. No merece la pena repetir aquí los argumentos que da en el libro ya que todos ellos los resume una frase de un libro anterior que merecería ser grabada en oro: No se puede ser tolerante con la intolerancia.
Se puede o no estar de acuerdo con Savater en temas como la relación Iglesia-Estado, como la visión de la asignatura de religión o la creación de nuevas asignaturas como la «Educación para la ciudadanía», etc. pero, tanto si se está de acuerdo como si no, sus posiciones no se parecen a los lugares comunes a que nos tienen acostumbrados los políticos y están muy sólidamente razonadas.
Otros posts sobre Savater:
https://factorhumano.wordpress.com/2007/05/22/la-aparicion-en-la-politica-de-fernando-savater/
NOTA
Este libro forma parte de un conjunto de magníficas obras sobre el tema.
Los vínculos a cuatro de ellas están a continuación. El quinto se trata de un contrapunto lógico a las obras de Marina y de Ratzinger y de una coincidencia parcial con la de Savater y por fin he podido colgar la reseña: “Por qué no soy cristiano” de Bertrand Russell.
La diferencia fundamental entre ambos aparte -que me perdone Fernando Savater- de la calidad intelectual de los argumentos (no todo el mundo, aunque sea muy bueno, le llega a Bertrand Russell) está en que Russell separa completamente los juicios sobre conveniencia de los juicios sobre veracidad.
Para Savater, el hecho de que haya una querencia hacia creer en algo es suficiente argumento para pensar que es falso. Russell intenta apartarse de las inclinaciones en cualquier sentido y trata de analizar críticamente los argumentos en uno y otro sentido llegando a sus conclusiones. Por eso es mejor en términos generales el libro de Russell aunque haya introducido algunos elementos autobiográficos -como la censura que sufrió en su momento- que hoy, afortunadamente, pueden quedar fuera de contexto.
https://factorhumano.wordpress.com/2007/04/04/la-vida-eterna-fernando-savater
https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/por-que-soy-cristiano-jose-antonio-marina
https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/dios-y-el-mundo-ratzinger
Dios y el mundo (Ratzinger)
Es necesario comenzar por una aclaración: ¿Por qué Ratzinger y no Benedicto XVI? La aclaración es tanto más procedente cuanto todo tipo de anticlerical militante rechaza la nueva nomenclatura en favor de la anterior. Sin embargo, le guste o no a la jerarquía eclesiástica, hay un hecho cierto: Ratzinger ha sido un cardenal de demasiado peso como para que, sencillamente, desaparezca por un mero cambio de nombre. Adicionalmente, el libro al que se refiere este comentario fue escrito durante su etapa cardenalicia si bien se ha reeditado bajo la nueva etapa papal.
Hecha esta aclaración, lo primero que revela el libro es que su autor es el propietario, esperemos que feliz, de un intelecto más que notable y de una cultura teológica sobresaliente probablemente incluso para un Papa.
En un momento donde en los asuntos cotidianos parece hacerse realidad la idea de La conjura de los necios y basta con leer un periódico para darse cuenta de ello, es esperanzador ver colocada en un lugar importante una cabeza excelentemente amueblada. Sin embargo, esto que debería ser siempre positivo, tiene también sus lados oscuros.
Puesto que Ratzinger tiene un intelecto brillante, no debe sorprender a nadie que también sea un brillante polemista y, por serlo, sea capaz de colocar razonamientos indiscutibles junto con otros que están lejos de serlo.
Para el creyente, el libro de Ratzinger es tranquilizador ya que le resuelve dudas que quería ver resueltas y, además, de forma aparentemente sencilla. El no creyente, por el contrario, puede tener la sensación de estar jugando con alguien que tiene las cartas marcadas y, precisamente por su carácter de inteligente e ilustrado, no cabe pensar que tal vez lo estuviera haciendo sin darse cuenta.
Ratzinger rechaza las argumentaciones de tipo vitalista que pueden encontrarse, por ejemplo, en el budismo (Recomendación bibliográfica al respecto: «El monje y el filósofo» de Ricard y Revel) pero, al mismo tiempo, reconoce que hay lugares donde la razón no llega y utiliza esa misma argumentación vitalista en defensa de su propia posición.
Cuando se tocan temas como la inseminación artificial, Ratzinger muestra un rechazo radical basado en que, bajo estas técnicas, está la idea de que los hijos son propiedad de las padres y no un don de Dios. Basado en esto, aunque la técnica permita la concepción por medios artificiales, debería rechazarse esta posibilidad. Su interrogador, sin embargo, no le pregunta si este mismo razonamiento es aplicable a una enfermedad que, cuando está ahí, debe ser por voluntad de Dios y el hecho de aplicar procedimientos físicos o químicos para corregirla y evitar sufrimiento al enfermo no deja de ser una forma de superponerse a la voluntad divina.
Peor aún: En el tema de cielo e infierno y la vieja cuestión de cómo es posible que un Dios infinitamente bondadoso pero que conoce pasado, presente y futuro cree a alguien sabiendo que irá al infierno, Ratzinger vuelve con la también vieja respuesta del libre albedrío.
Esta respuesta se la da a alguien ya previamente convencido y que no va a hurgar en esa herida. Si no fuera esa la situación, seguro que haría una segunda pregunta que, con seguridad, sería muy difícil de responder incluso para todo un Ratzinger: El libre albedrío puede existir en una dimensión humana pero, si existe una dimensión divina donde se conoce pasado, presente y futuro, en esa dimensión no existe tal libre albedrío por mucho que nosotros tengamos la sensación de ser libres. Obviamente, un Dios infinitamente bueno decide de acuerdo con lo que Él sabe, no con lo que nosotros sabemos y, cuando se toman decisiones de acuerdo con los conocimientos de esa dimensión divina…no cabe la excusa de la libertad para condenarse porque tal libertad no existiría por mucho que el sujeto la sintiese como tal.
Bertrand Russell, incidentalmente autor de un libro titulado «Por qué no soy cristiano», fue preguntado cuando tenía una edad ya muy avanzada algo así como: «Puesto que le queda poco tiempo ¿ha pensado qué ocurriría si llega Vd. a la puerta de San Pedro y se encuentra con que durante toda su vida ha estado equivocado?». Bertrand Russell sencillamente contesto: «Le diría: Lo siento, Señor pero no nos diste las pruebas suficientes».
Prefiero la modestia del filósofo inglés a la brillantez del teólogo alemán.
NOTA
Este libro forma parte de un conjunto de magníficas obras sobre el tema.
Los vínculos a cuatro de ellas están a continuación. El quinto se trata de un contrapunto lógico a las obras de Marina y de Ratzinger y de una coincidencia parcial con la de Savater: “Por qué no soy cristiano” de Bertrand Russell. La reseña ya está disponible en este blog.
https://factorhumano.wordpress.com/2007/04/04/la-vida-eterna-fernando-savater
https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/por-que-soy-cristiano-jose-antonio-marina
https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/dios-y-el-mundo-ratzinger
La Crisis del Capitalismo Global (George Soros)
Posiblemente, George Soros es, por muchas y buenas razones, uno de los personajes más controvertidos del mundo actual.
Es fácil de criticar el hecho de que alguien que critica las contradicciones de un sistema capitalista global sea uno de sus principales beneficiarios; no obstante, la respuesta a esta contradicción nos la facilita en el propio libro bajo el concepto de falacias fértiles que define comoconstrucciones defectuosas con efectos inicialmente beneficiosos.
Ni sus más acérrimos críticos pueden negarle a Soros la condición de hombre práctico; la consecuencia práctica de sus falacias fértiles la menciona antes incluso de introducir el concepto diciendo…. las deficiencias de las ideas y las organizaciones institucionales dominantes sólo se hacen evidentes con el paso del tiempo…..me ha animado a buscar los fallos en todas las situaciones y, cuando los he encontrado, a aprovechar la idea. En mis tratos financieros, el descubrimiento del error ha representado a menudo una oportunidad para obtener cualesquiera beneficios que hubiera obtenido a partir de mi idea inicial equivocada.
Ciertamente, la idea es interesante y tiene, como toda la obra, una profundidad que hace que el libro no pueda ser considerado “un libro de un millonario” aunque, obviamente, es un libro y no menos obviamente, su autor es millonario; sin embargo, al margen de la más que probable corrección de estilo y de la excelente traducción (esta última no es mérito de Soros pero sí indica el cuidado puesto en el producto final), el libro se aleja de las vidas ejemplares donde personajes públicos nos hacen ver, por sí mismos o a través de sus hagiógrafos, su dimensión sobrehumana a la par que su humildad franciscana (Véanse Iacocca, Geneen, Superlópez, Mario Conde, Margaret Thatcher, Henry Kissinger, Richard Nixon, Felipe González, José María Aznar, etc).
La constante referencia a Popper y el uso que el autor ha hecho de su esquema mental y filosófico para atisbar las posibles falacias fértiles, y sus oportunidades de inversión asociadas, recuerda un divertido ejemplo mostrado por Fernando Savater[1] de una novela[2] en la que el protagonista, profesor de filosofía, utiliza su conocimiento de las distintas escuelas de pensamiento para cometer atracos a Bancos, siguiendo en cada atraco las pautas de una escuela distinta.
Posiblemente sea injusto despachar a Soros con la idea de que ha aprovechado una estructura mental o, como dicen algunos, una cabeza bien amueblada, entre otras cosas gracias a la profundización filosófica, para convertirse en multimillonario; si, entre las distintas ideas del libro, tuviéramos que escoger una sola, un resumen de la más relevante podría ser el siguiente:
Estamos en una economía global que no tiene sistemas de control globales; en consecuencia, esa economía global está fuera de control y dirigida por una especie de ideología denominada fundamentalismo de mercado; esta ideología consiste en la creencia de que la búsqueda por parte de todos de sus fines individuales lleva a los mercados a un estado de equilibrio. Punto.
Esta contradicción, llevada al nivel individual, la aplica Soros para explicar su propia actuación en los mercados financieros a pesar de su presunta bonhomía intelectual; la explicación no puede ser más clara:
“Como actor del mercado, intento maximizar mis beneficios. Como ciudadano, me preocupan los valores sociales: la paz, la justicia, la libertad, o lo que sea. No puedo dar expresión a estos valores como actor del mercado. Supongamos que las reglas que rigen los mercados financieros deban cambiarse. No puedo cambiarlas unilateralmente. Si me impongo las reglas a mí mismo pero no a los demás, afectarían a mi propia actuación en el mercado pero no afectarían a lo que sucede en los mercados porque ningún actor por sí solo se supone capaz de influir en el resultado”…
En otras palabras; si no lo hago yo, lo hará otro mientras no exista una autoridad superior que nos lo impida a ambos… justificación que podría valer desde el punto de vista de funcionalidad del sistema pero, desde luego, no desde el de la ética y valores personales a los que alude.
El razonamiento está trucado y, con toda seguridad, ello no se le ha escapado a un personaje del nivel intelectual de Soros; como él mismo indica, existen dos ámbitos de actuación distintos: el del individuo y el del conjunto. Éste último está regido por la ley de los grandes números y la actuación del individuo sobre el mismo es irrelevante; sin embargo, no es legítimo que un individuo, como tal, justifique su acción basándose en sus efectos o ausencia de los mismos sobre el gran y complejo mundo en que vivimos.
Usando idéntica lógica a la usada por el autor, podría justificarse la comisión de un asesinato como acción individual dado su escaso impacto sobre las estadísticas de población; además, si no lo hubiera cometido él mismo, finalmente la víctima habría muerto en cualquier caso y, puesto que vivía en una barriada peligrosa, es fácil que hubiera sido igualmente asesinada por otro…..
La tergiversación es tan visible que ni siquiera vale la pena añadir el argumento de que difícilmente puede considerarse un mero individuo a alguien con el potencial económico de Soros y que, debido a esto, sus actos sí pueden tener impacto en una dinámica global.
Otro concepto interesante utilizado por el autor es el de reflexividad; no obstante su interés, debe hacerse notar que la única aportación nueva es el nombre; las profecías autocumplidas, si nos movemos en el ámbito de la sociología, o la proalimentación, si nos movemos en el ámbito del pensamiento sistémico, se refieren exactamente al mismo fenómeno.
No es sorprendente que Soros conceda tanta importancia al fenómeno de la reflexividad, o cualquier otro nombre con el que queramos denominarlo; algunos mercados financieros de elevada volatilidad, como los que negocian operaciones de cobertura, son especialmente sensibles a este fenómeno:
La difusión de programas informáticos, atentos a las cotizaciones y con unos parámetros muy parecidos, hacen que una pequeña caída (o alza) de las cotizaciones provoque una reacción en cadena, una vez que los programas alcanzan su nivel de alerta y generan la consiguiente orden de compra o venta.
En el caso de Soros, este fenómeno tiene incluso un significado de carácter personal; cuando George Soros era una figura relativamente desconocida, podía tomar sus decisiones y acertar o equivocarse como cualquier otro actor del mercado; una vez que ha llegado a ser un personaje mundialmente conocido, son muchas las cámaras que están pendientes de su actuación.
La administración de información y desinformación y de las palabras y los silencios representan, en su caso, un factor mucho más importante que la capacidad prospectiva para acertar en el 100% de las oportunidades de inversión; en sus propias palabras es fascinante pensar en cómo mi actual personalidad “carismática” está relacionada con los mercados financieros y con mi yo anterior como gestor de fondos. Me cualifica para hacer tratos e incluso para manipular los mercados… mis palabras pueden mover mercados… al mismo tiempo he perdido la capacidad para actuar dentro de los límites del mercado como solía hacer.
Por último, en el catálogo de conceptos principales destaca el fundamentalismo del mercado; la utilización del libre mercado y de la competencia más como una religión que como un medio es, según Soros, uno de los factores que ponen en peligro la sociedad abierta de su admirado Popper.
Según Soros, la dinámica del mercado ha ido invadiendo, en calidad de ideología dominante, ámbitos que no le corresponden y es a esta invasión a la que denomina fundamentalismo de mercado; donde hay una carencia de valores, ahí estaría el mercado para imponer sus esquemas y sus creencias respecto al buen funcionamiento.
Al igual que se comentaba respecto a la reflexividad, la invasión de un ámbito que no le es propio por parte de una ideología triunfante no es nueva; si hacemos un breve repaso por la psicología del siglo XX encontraremos que Thomas Watson descubrió las reglas del aprendizaje y, animado por el éxito obtenido, trató de explicar todo el psiquismo humano basándose en ese único fenómeno dando lugar a una escuela groseramente simplista.
Sigmund Freud, por su parte, descubrió la importancia de la sexualidad y de los fenómenos inconscientes; al igual que Watson, se animó y explicó todo el psiquismo en estos términos…
La psicología de la Gestalt, más tarde, descubrió los fenómenos perceptivos y ¿cómo no? trató de explicar todo el psiquismo en base a la percepción; la llegada de los psicólogos cognitivos, impresionados con la informática, y en algunos casos procedentes de ella, consistió en tratar de equiparar al cerebro con un procesador de información importando conceptos de la informática, etc…..
Este abandono momentáneo del ámbito que nos ocupa trata de ilustrar una idea que no es nueva; la tendencia que está en la cumbre tiene siempre un afán de expansión; Kuhn[3], en su clásico texto, nos da numerosos ejemplos al respecto; volviendo al “fundamentalismo del mercado” de Soros, no parece extraño que el capitalismo triunfante y ascendido a la categoría de pensamiento único, más por deméritos ajenos que por méritos propios, trate de exportar su modelo fuera del ámbito económico.
No debería, en principio, ser motivo de mayor inquietud el que se produzca un fenómeno que, sistemáticamente, ha venido repitiéndose en los últimos siglos; hay, no obstante, un elemento nuevo que podría llevarnos a darle la razón a Soros en su preocupación o, al menos, a no rechazarla de antemano; al inicio del libro, se hace la diferenciación entre la inversión financiera y la inversión directa señalando las grandes ventajas que tiene la primera para el inversor con relación a la segunda:
La facilidad de movimiento como ventaja para el inversor se transforma en volatilidad desde el punto de vista del país que recibe la inversión y que, lógicamente, prefiere inversiones directas; el hecho de hallarnos en una edad dorada del capitalismo financiero (no hay fronteras para el dinero) junto con el hecho de que el dinero se mueve a la velocidad de la luz por las redes de telecomunicaciones podría llevarnos a la siguiente reflexión:
El “fundamentalismo del mercado” de Soros no es un fenómeno nuevo; en el pasado se han dado fenómenos similares y, en todos los casos, la doctrina dominante ha retrocedido a posiciones más razonables una vez alcanzado su nivel de incompetencia fuera del ámbito que le es propio; podemos suponer razonablemente que ocurrirá lo mismo con el “fundamentalismo del mercado” y se volverá a posiciones menos extremas; sin embargo…
La falta de existencia, denunciada en el libro, de mecanismos de control mundiales para una economía mundial y la rapidez con que esta última se mueve ¿podría llevarnos a una situación de colapso antes de que el “fundamentalismo del mercado” pierda el cetro de ideología dominante?
Si aceptamos que, desde tiempos inmemoriales, vienen repitiéndose procesos de cambio pendular con una tendencia última al equilibrio, no concederemos excesiva importancia a la denuncia de Soros aún admitiéndola como cierta; sin embargo, la velocidad de los movimientos y el rápido aumento de importancia ¿pueden darle tal velocidad y tal masa al péndulo que dificulten o imposibiliten el regreso al equilibrio?
En suma, aunque no se comparta con Soros la proyección lineal que parece hacer de tendencias actuales (que no tienen por qué permanecer en el futuro), sí podría ocurrir que los vaivenes ideológicos sean más lentos que la dinámica económica mundial y, como consecuencia, se llegase a un punto sin retorno antes de que la rectificación se produjese de forma natural.
Dicho lo anterior, hay que señalar que el principal atractivo del libro de Soros no está en los conceptos utilizados; realmente, los conceptos que aparecen son pocos (en algunos casos ya apuntados lo único nuevo es el nombre) sino la forma en que liga éstos para llevarnos a la idea de crisis.
Soros parte de un ideal: el propugnado por Karl Popper en su libro La sociedad abierta y sus enemigos[4]; hay que recordar que este libro fue escrito en 1945, a la finalización de la Segunda Guerra Mundial, y que el propio Popper tuvo su experiencia como huido de la Alemania nazi; en consecuencia, todo el libro, si se disculpa la simplificación, es un alegato contra un modelo cerrado de sociedad proponiendo en su lugar otro modelo abierto.
Tan influido ha sido Soros por Popper y el libro citado que su primera fundación fue llamada precisamente Open Society Fund y buena parte del libro es, simplemente, su personal visión de la filosofía popperiana y la utilización de la misma en asuntos tan pragmáticos como los mercados financieros.
El libro ha sido utilizado como excusa para difundir una filosofía personal y no es reductible a lo que indicaría el título; en relación con éste, toda la tesis del libro podría quedar resumida en el párrafo anteriormente destacado en recuadro; existen muchos otros elementos, no pertenecientes a este contexto concreto, y por tanto fuera del hilo conductor de la obra, a pesar de lo cual tienen un gran interés.
Uno de los asuntos a los que se hace mayor cantidad de referencias explícitas y no explícitas es el criterio de falsación de Popper, posiblemente su contribución más conocida a la filosofía; éste es utilizado por Soros, que activamente busca “falsar” las tendencias dominantes y, si lo consigue, entiende que cuanta mayor distancia logre establecer respecto de la tendencia dominante mayor es el potencial de beneficio (o de pérdida, tendríamos que añadir).
Especial relevancia tiene el tratamiento que le da a las ciencias sociales en relación con lo que denomina fenómeno de la reflexividad; la no consideración de científicas de las que, a tenor de lo dicho, deberían ser denominadas “algo” sociales pero no ciencias puede no ser muy bien aceptada en círculos académicos; sin embargo, algunos elementos deberían ser valorados al respecto:
El mimetismo que, en muchos momentos, se ha producido en las ciencias sociales respecto de las ciencias naturales ha llevado a las primeras a producir enunciados de un reduccionismo brutal; cualquier persona con los ojos abiertos y cuya formación universitaria básica se encuentre en los ámbitos de sociología, psicología, pedagogía, etc. es consciente de con qué frecuencia se ha seguido aquel comportamiento machadiano de despreciar cuanto se ignora porque no encaja en los estrechos corsés del método científico.
Explicaciones del psiquismo humano como las facilitadas por el conductismo son incapaces, debido a las restricciones impuestas por el método científico y su limitación a lo directamente observable, de explicar la conducta de las ratas con las que experimentan (con mayor motivo, son incapaces de explicar la conducta humana).
Posiblemente, tendríamos que llegar a una conclusión similar a la expresada por Fernando Savater[5] en el sentido de diferenciar soluciones y respuestas:
La misión de las ciencias naturales sería la de facilitar soluciones y, una vez facilitada la solución, quedaría cerrado el problema; por su parte, la misión de las ciencias sociales sería la de facilitar respuestas que, en todo caso, serían provisionales y no dejarían cerrado el problema.
El propio manejo de Soros de conceptos como el ya indicado de las falacias fértiles responde a esta idea sobre las ciencias sociales; la conducta de no me importa lo que es sino lo que consigue que hay bajo ese concepto responde a un rechazo a todo tipo de objetividad de las ciencias sociales.
Las creencias o las comunicaciones pasan a tener un valor instrumental haciendo cierta la frase brutal de Revel[6] la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira; esto, que parecía limitado a la actividad política en tiempos de campaña electoral, es transportado con notable éxito al ámbito financiero por el autor.
Parte de las críticas de Soros a las ciencias sociales pueden ser fácilmente asumidas por cualquiera que no ejerza de fundamentalista de las ciencias sociales, por emplear una expresión paralela a la del autor; debe destacarse, sin embargo, que él mismo mantiene una actitud de científico social: Observa las creencias ajenas, las compara con los acontecimientos, obtiene sus propias conclusiones y cuanto más lejanas sean éstas de las creencias ajenas mayor es su potencial de beneficio.
Posiblemente, uno de los elementos más notables del libro, que se manifiesta claramente en este aspecto, es la sensación de que el autor está constantemente trabajando en un doble plano intelectual: Por un lado, como actor del mercado, elabora sus hipótesis; por otro lado, desde un plano distinto observa a los demás y a sí mismo como generadores de hipótesis para evaluar el potencial de beneficio.
Algo parecido podemos decir de su reflexividad; primero elabora una conclusión para, a renglón seguido, intentar conocer los efectos que se derivan del hecho de haber llegado a esa conclusión. Esta lógica de doble lazo es una constante en todo el libro: El actor y el observador del actor, situados bajo la misma piel, van realimentando mutuamente las conductas y las conclusiones en un ciclo sin final.
La rareza de esta peculiaridad intelectual, presente en todo el libro, lleva a pensar que Soros ha puesto en éste algo más que el nombre; es muy probable que haya dispuesto de los mejores correctores de estilo que su abultado talonario le permita pero, se esté o no de acuerdo con él, no se trata de la obra de un mediocre.
Volviendo a la crítica de las ciencias sociales, conviene recordar que la teoría de la reflexividad no es exclusiva de éstas; experimentos biológicos como los realizados sobre la capacidad del ojo para percibir la luz se han encontrado con un hecho difícil de tratar:
Las condiciones de oscuridad impuestas por el experimento forzaban la adaptación del ojo y, consiguientemente, una variación en su capacidad perceptiva; llegar, finalmente, a la conclusión de que puede percibirse una pequeña llama a una distancia de 50 kilómetros no tiene más interés que el estrictamente académico; el diseño experimental impone unas condiciones que virtualmente nunca se van a cumplir y, por ello, su utilidad es escasa.
Las actuaciones en el ámbito social pueden provocar situaciones parecidas; el sujeto siempre buscará una salida y esto alterará los resultados; el conocimiento de dónde se encuentra un límite absoluto no aporta gran cosa desde el punto de vista de utilidad.
Puede aceptarse la idea de que una economía global con controles locales corre serios riesgos; confiar en que la lógica del mercado es capaz de suplir esos controles puede ser ilusorio; esta preocupación, por otra parte, no es única de Soros sino que puede encontrarse en clásicos empresariales como Charles Handy y otros.
Resulta sorprendente, como se indicó, esa estricta división de Soros entre el ciudadano y el individuo privado; parece que el individuo privado es libre de hacer todo aquello que le parezca conveniente sin más restricciones que las impuestas por las leyes; por su parte, el ciudadano es el guardián de todos los ideales de paz, justicia, libertad, etc. y se ve condenado a clamar impotente en el desierto por dichos ideales.
Una excusa “sistémica” en el sentido de que la abstención como individuo no variará el sistema global porque otro lo hará, en cuyo caso, antes de que otro se beneficie es mejor hacerlo uno mismo, resulta difícilmente aceptable.
Un aspecto que subyace a toda la obra es el ya mencionado papel de las nuevas tecnologías en los mercados de capital; normalmente, una situación de inestabilidad financiera, sea local o global, ha tenido la posibilidad de ser atendida basándose en el tiempo que podía transcurrir desde que llegaban noticias más o menos inquietantes y el momento en que se tomaban las decisiones correspondientes. La interposición en este periodo de acciones de Gobierno podía representar un freno eficaz.
En este momento, esta premisa ya no es válida; cualquier actor individual o colectivo tiene la posibilidad de actuar en forma instantánea en los mercados financieros en cualquier parte del mundo; esto significa que una noticia alarmante es seguida por una reacción rápida de los inversores; la velocidad ha pasado, por ello, a ser un factor de inestabilidad que hasta fechas relativamente recientes no había existido.
Mercados de alta volatilidad como los correspondientes a las operaciones de cobertura son, hoy, impensables sin la posibilidad de transacciones intradía y requieren una vigilancia constante, sea por un experto humano o por un sistema experto; otros mercados menos volátiles han sufrido grandes cambios debido a la rapidez con la que se difunden tanto las informaciones como las reacciones a las mismas.
Cualquier movimiento tiene, por este motivo, la posibilidad de alcanzar en cortísimo plazo, un efecto amplificador que alejaría al mercado de la estabilidad a la que se supone tender. La globalización es, por tanto, un fenómeno financiero desde la perspectiva de Soros; sin embargo, en primera instancia podría ser un fenómeno de carácter informativo.
Posiblemente, el mecanismo de control que Soros busca para una economía global no ha de encontrarse en los Estados sino en las escuelas; la desaparición de una dicotomía artificial entre el individuo y el ciudadano y la actuación guiada por unos valores éticos, por supuesto ajenos al ámbito del mercado, es tal vez la única defensa posible.
En esta línea se sitúa la argumentación final de Soros acerca del sistema político y su comparación con los mercados en términos tanto de eficiencia como de finalidades; la idea de que la acción política debería ser guiada por los ideales de justicia en lugar de serlo por intereses individuales o colectivos tiene unas claras resonancias rousseaunianas; es este abandono del ideal como guía de conducta del ciudadano lo que habría dado lugar a una invasión por el mercado del ámbito político.
Por último, el propio Soros es la prueba viviente de que una excelente formación filosófica no basta para dotar al individuo de los valores adecuados; cuando ese individuo prescinde de tal carácter y se considera a sí mismo un brazo del destino, cuyas acciones son moralmente indiferentes, no parece el mejor modelo para conseguir ese control cuya ausencia lamenta con indudable brillantez.
En un párrafo anterior se mencionan algunos planteamientos de Soros cercanos a Rousseau; también recuerda a Rousseau en otro aspecto importante: la lejanía entre su posición pública y brillantemente defendida y su acción en el ámbito de las realidades tangibles: Conviene recordar que Rousseau escribió Emilio, libro que aún hoy podría ser considerado cumbre como tratado de educación….a la vez que abandonó a sus propios hijos; el paralelismo es suficientemente obvio para ahorrar la explicación.
NOTA FINAL: Este post no pretendía ser otra cosa que la reseña de un libro pero la situación de profunda crisis financiera le ha dado estos días una actualidad no pretendida. En la etiqueta «Temas sociales y políticos» pueden encontrarse otros posts con referencias directas a la situación de crisis, en particular https://factorhumano.wordpress.com/2008/09/29/%C2%BFpor-que-estamos-en-crisis/
y https://factorhumano.wordpress.com/2008/09/30/¿debe-intervenir-el-gobierno-ante-una-crisis-como-la-actual/
Por qué soy cristiano (José Antonio Marina)
José Antonio Marina nos vuelve a obsequiar con un libro interesante. El propio Marina hace referencia al libro de Bertrand Russell de título contrario «Por qué no soy cristiano» señalando que comparte muchos de los argumentos del filósofo británico.
Efectivamente es así y habría que decir que no es una lectura recomendable para todos aquellos que busquen en el libro de Marina argumentos para defender las posiciones del dogma católico. No las van a encontrar ahí.
Marina, al igual que Russell, critica la inconsistencia del cristianismo desde un punto de vista de estricta racionalidad e incluso señala dudas sobre la existencia misma de Jesucristo. Resultaría aparentemente difícil que dos argumentaciones similares lleguen a conclusiones opuestas y, sin embargo, es así.
Veamos donde residen las diferencias:
Marina reconoce la existencia de un conjunto de mecanismos de poder alrededor del cristianismo pero cree que prevalece la idea de un modelo positivo a seguir. En consecuencia, habría que hacer un balance positivo del cristianismo. Russell, por el contrario, considera los elementos de lucha por el poder como básicos y cree que las religiones en general y el cristianismo en particular han sido negativas para el género humano.
La segunda diferencia va más allá. Para Russell la verdad está por encima de cualquier otra cosa. Russell considera ilegítimo el que se pueda utilizar algo que se sabe falso como herramienta para conseguir efectos aunque éstos pudieran ser positivos. En última instancia, por tanto, Russell no entra siquiera en si los efectos han sido positivos o negativos. Sostiene que, aunque hubieran sido positivos, ello no justificaría la falsedad como punto de partida y, de hecho, el punto donde Russell contradice completamente a Marina es esta frase tomada de su libro Por qué no soy cristiano:
«El hecho de que una creencia tenga un buen efecto moral sobre un hombre no constituye ninguna evidencia en favor de su verdad.»
Éstas son las posiciones. Ambos libros son de gran interés y la lectura de uno sin el otro puede resultar incompleta aparte de que, teniendo estilos muy distintos, es un placer leer a ambos autores.
Otros enlaces en este blog a José Antonio Marina:
https://factorhumano.wordpress.com/2007/06/04/educacion-para-la-ciudadania/
NOTA
Este libro forma parte de un conjunto de magníficas obras sobre el tema.
Los vínculos a cuatro de ellas están a continuación. El quinto se trata de un contrapunto lógico a las obras de Marina y de Ratzinger y de una coincidencia parcial con la de Savater: “Por qué no soy cristiano” de Bertrand Russell y su reseña puede encontrarse también aquí.
https://factorhumano.wordpress.com/2007/04/04/la-vida-eterna-fernando-savater
https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/por-que-soy-cristiano-jose-antonio-marina
https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/dios-y-el-mundo-ratzinger
Jean François Revel in memoriam
Revel es uno de los gigantes intelectuales de nuestro tiempo. En cada uno de sus libros, al igual que en las entrevistas (por cierto, hablaba un español muy digno), Revel se ha mostrado como un Alejandro Magno deshaciendo el nudo gordiano por el simple procedimiento de cortarlo.
Si hubiera que elegir una obra de Revel, sin duda me quedaría con «El conocimiento inútil», libro que empieza con un martillazo del calibre de «La primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira». A partir de ahí, en el resto del libro iba deshaciendo uno tras otro los nudos gordianos en que trata de aprisionarnos la cultura de lo «políticamente correcto». Entre otras perlas, Revel se permite replicar al hecho de que se dieran grandes cantidades de dinero a la Nicaragua de Daniel Ortega basándose en la sequía del país mediante el Larousse que establece que la latitud y el hecho de estar en una zona de selva implica humedades casi permanentes del 100%. A partir de ahí la pregunta estaba servida: Antes de darle el dinero a Ortega ¿nadie se molestó siquiera en ver el Larousse?
Es un ejemplo que no es ni mucho menos único. Otro libro muy distinto de Revel es «El monje y el filósofo», una discusión con su hijo Mathieu Ricard (el auténtico apellido de Revel era Ricard), que no le anda a la zaga en calidad intelectual y que permiten ver una visión oriental y una visión occidental del mundo enfrentadas y sin complejos una frente a la otra.
Sin duda, hemos perdido un pensador político de primera magnitud como los perdimos con Bertrand Russell o con Popper. En los tres casos sería deseable que la parte política de su obra fuera pronto letra muerta que sólo fuera interesante para los eruditos. Sin duda, eso sería señal de que habíamos avanzado de verdad y, también sin duda, ése será uno de los muchos deseos que jamás veré cumplidos.
