«Cartas a su hijo» de Lord Chesterfield ¿Contrapunto de «Emilio» de Rousseau?

Resultan tan sorprendentes las cartas como el relato inicial que se hace de la vida del autor y los tipos de comparaciones que se realizan.

Compara el editor (Marc Fumaroli) las «Cartas a su hijo» con «Emilio» de Rousseau haciendo el matiz de que, mientras en «Emilio», Rousseau trataba de formar a su «buen salvaje», en este caso es justamente lo contrario y se trata de formar al hombre de mundo.

La verdad es que las diferencias van mucho más allá. Dejemos a un lado que «Emilio» es un personaje ficticio cuyo autor-preceptor abandonó a sus propios hijos; dejemos también a un lado que lo poco dedicado a la vida adulta de Emilio se refiere al hecho de que hay que educar también a una mujer -creo recordar que el nombre era Sofía- «porque Emilio necesita una compañera». Dejemos también a un lado que la tal compañera debía ser educada con criterios distintos atendiendo a situaciones de embarazo porque «aunque la mujer no vaya  a estar siempre en estado de gravidez, ése es su estado natural».

Con todos estos elementos, resulta sorprendente y revelador que Rousseau haya permanecido durante años como una especie de icono libertario; sorprendente por el tipo de manifestaciones que hace tan opuestas a la idea de los que se dicen continuadores suyos y revelador de un hecho muy simple: Que lo más que han leído de su admirado Rousseau es la solapa de algún libro.

Probablemente, el único motivo para buscar el contrapunto a Lord Chesterfield en Rousseau es la coincidencia temporal de Chesterfield con Rousseau y Voltaire cuando éstos dominaban la escena literaria y política francesa pero no parece ésta una fuente muy sólida para justificar tal atribución.

Si hubiera que buscarle algún paralelismo, en mi opinión, no estaría desde luego en Rousseau -aunque sea para mostrar la cara opuesta- sino que habría que retroceder en el tiempo hasta «El príncipe» de Maquiavelo donde, entre los consejos a su príncipe, pueden encontrarse episodios de una inmensa sabiduría.

Una anécdota de una de las cartas resultará bastante reveladora. En ella, le cuenta a su hijo cómo ha tenido que hacer una exposición en la Cámara de los Comunes sobre un tema del que no tenía ni idea y cómo fue seguido de otro orador que realmente dominaba el asunto pero que era mucho más aburrido. Lo que ocurrió lo cuenta en estos términos:

Sus palabras, sus periodos y su dicción no eran ni de lejos comparables a los míos por lo que sucedió que, tan unánime como injustamente, las preferencias se decantaron en mi favor. Siempre será así; cualquier asamblea numerosa, independientemente de la calidad de los individuos que la componen, es «populacho», y al populacho no hay que hablarle nunca el lenguaje de la razón y del buen sentido, sino solamente el de sus pasiones, el que toca sus sentimientos, sus sentidos, sus supuestos intereses. Tomados colectivamente, los hombres no tienen intelecto, sino ojos y oidos, que deben ser halagados  y seducidos, lo cual sólo es posible lograr por medio de la elocuencia.

Otra diferencia fundamental entre Chesterfield y Rousseau es, como se indicó brevemente al inicio, que Rousseau se dirige a un niño mientras que Chesterfield lo hace a un hijo adulto al que va enseñando cómo comportarse en el entorno de la alta sociedad de su época en distintos países.

Chesterfield va haciendo gala en sus distintas cartas de tener ojos en todas partes  de que, aunque estuvieran físicamente separados, podía facilitarle toda aquella ayuda que pudiera necesitar. Se transmite en todas las cartas la dureza del preceptor junto con la preocupación del padre y la calidez del amigo -por cierto, encabeza todas las cartas con la fórmula «querido amigo»- y, en su conjunto, está claro que las cartas retratan más el extraordinario personaje que fue su autor que detalles acerca del éxito obtenido en su tarea con el receptor.

Lamentablemente, no puede decirse que tuvieran mucho éxito. Hay un hecho fortuito que tal vez influyera y es que Lord Chesterfield sobrevivió en cinco años a su hijo; no obstante, cuando este último murió era un adulto, incluso para los estándares actuales de adolescencia casi eterna, y no pareció que el hijo mostrase en su comportamiento las normas que el padre trataba de inculcarle.

No podemos hacer aquí tampoco el contrapunto con el Emilio de Rousseau ya que éste era un personaje creado por la imaginación. Sus auténticos hijos, entregados a un orfanato, es dudoso que siguiesen trayectorias ejemplares como la señalada para Emilio que, naturalmente, procede íntegramente de la idea de Rousseau del «buen salvaje» y donde éste podría haber dado cualquier final que le hubiera apetecido.

Desde luego, no todo el mundo comparte esa idea de «buen salvaje» y puede no estar de más recordar unos versos de Antonio Machado:

«Abunda el hombre malo

del campo y de la aldea

que tras el pardo sayo

esconde un alma fea

esclava de los siete

pecados capitales».

 Tal vez tengamos que acostumbrarnos a la idea de que la materia prima que cada uno trae consigo es moldeable sólo hasta cierto punto y de que no existe la tabula rasa sobre la que cada uno puede colocar los contenidos que desee.

Tal vez si pensamos eso, habrá algunos que adquirirán cierta humildad en lo relativo a lo que puede o no puede hacerse y habrá otros que dejarán de torturarse preguntándose qué han hecho mal cuando un hijo adquiere vicios o costumbres totalmente ajenos a lo vivido en su casa. Rousseau no quiso y lord Chesterfield no pudo. ¿Podemos nosotros determinar el futuro de nuestros hijos? ¿Debemos hacerlo o nuestro deber es abrir opciones y adaptarnos a las preferencias, siempre que éstas sean válidas? ¿Hasta qué punto estamos legitimados para decidir sobre la validez de las preferencias de los hijos?

Temo que, de éstas preguntas, sólo la primera tenga una respuesta clara y es un tajante «no».

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