«The God Delusion» o «El espejismo de Dios» de Richard Dawkins

Como mínimo, puede decirse del libro que es peculiar. Dawkins utiliza una vehemencia no habitual en los argumentos en favor del más completo ateísmo y no puede decirse que esa vehemencia no tenga coherencia con su propia forma de ver el fenómeno religioso.

Buena parte del libro es una denuncia de excesos cometidos en nombre de la religión y rechaza la idea de que haya que respetar las creencias religiosas puesto que, al mismo tiempo, entiende que su falta de creencia no ha sido respetada en absoluto y, para alegar esto, presenta muestras como un comentario de George Bush Sr. en el sentido de que los ateos no podían considerarse siquiera ciudadanos.

Es por ello que Dawkins no tiene el menor problema en ridiculizar creencias y en hacer proselitismo del ateísmo e incluso considerar que el agnosticismo no le parece una postura aceptable por lo que representa de quedarse a la mitad evitando establecer compromisos.

Muchos de los hechos denunciados por Dawkins son dificilmente rebatibles; por ejemplo, señala que no se debería hablar de un niño cristiano o de un niño musulmán sino, en todo caso, de un niño de familia cristiana o de un niño de familia musulmana ante el simple hecho de que el niño no tiene capacidad de raciocinio para considerarse incluido en una religión u otra. Denuncia también hechos como que una creencia religiosa puede permitir a un analfabeto sustentar una objeción de conciencia pero que alguien que no declare tal creencia y cuya objeción de conciencia provenga de un estudio o una capacidad de reflexión muy superiores al promedio lo tendría mucho más difícil ante igual situación o cuestiones tan divertidas como que el fisco británico tenga una preferencia por las religiones monoteístas y les niegue beneficios fiscales a las politeístas.

Poco se puede añadir al hecho, también denunciado por Dawkins, de que un relativismo cultural mal entendido pueda hacer que los motivos religiosos sean excusa suficiente para prácticas que la legislación de cualquier país occidental proscribe, incluso cuando son llevadas a cabo en esos mismos países.

En suma, hay una parte muy valiosa del libro y es precisamente la parte de denuncia y su argumentación. Niega a los teólogos cualquier tipo de conocimiento específico que les conceda preeminencia alguna en temas tales como la existencia de Dios y hace un paralelismo con lo que llama la hadología por la cual los expertos en hadas tendrían un punto de conocimiento específico a considerar. Señala como esta concesión desde el ámbito de la ciencia a menudo obedece a intentos de aplacar las iras fundamentalistas y muestra algunos ejemplos.

Sin embargo, es difícil estar en un 100% de acuerdo con Dawkins porque la misma vehemencia utilizada en la denuncia es utilizada en el ataque a posiciones distintas de la propia y ahí es donde en algunas ocasiones pierde el norte y, en otras, simplemente está recurriendo a argucias dialécticas haciendo pasar por argumentos cosas que no lo son en absoluto.

Hay dos aspectos que hay que destacar en este terreno:

  • El concepto de respeto a las creencias y su negativa por parte de Dawkins.
  • El modelo de Dios en el que basa el ateísmo militante.

En cuanto al concepto de respeto a las creencias, quizás habría que comenzar negando la mayor. Ninguna creencia, sea religiosa, política o de cualquier tipo, merece intrínsecamente respeto alguno aunque sí lo merecen las personas que profesan tal creencia.

En el caso de la religión, al margen de la fuerza económica, política o, simplemente, de capacidad de generación de violencia, que pueda haber tras una creencia, hay un elemento más que Dawkins parece ignorar deliberadamente: Para la persona con convicciones religiosas, la religión es uno de los pilares básicos en que se sustenta toda su idea de quién es, de su lugar en el mundo e incluso de sus principios morales. ¿Tenemos derecho a tratar de derribar esos pilares basados en nuestra convicción de que sabemos más? Tal vez sí pero  en  pocos casos: El primero, cuando la persona religiosa se lanza a hacer proselitismo y tratar de extender su particular verdad privada a su entorno; en ese momento, la persona que trata de ser captada tiene pleno derecho al contraataque. El segundo caso consiste en lo que se denomina desprogramación de personas que han caído en las garras de sectas destructivas que les impiden una vida normalizada y, como una variedad de éste, tendríamos que incluir los casos en que una religión trata de superponerse a los derechos humanos y se trata de recuperar la situación normal de ejercicio de tales derechos.

¿Puede exigirse, como Dawkins pretende, una simetría de trato respecto al ateo? Si partimos de idéntico principio, es decir, del principio de que lo respetable son las personas y no las creencias, nos encontraríamos en una situación parecida pero con una variante nada trivial: La ausencia de creencia no ocupa el mismo lugar central para el individuo no creyente que la creencia para el creyente. Savater denomina a las religiones con el curioso nombre de tecnologías de salvación. Si alguien está convencido de que su tecnología de salvación funciona, no hay en principio, fuera de las excepciones señaladas y tal vez alguna más, razón alguna para tratar de convencerle de lo contrario basado en los perjuicios que se le podrían producir, del mismo modo que pocos médicos se empeñan en informar a un paciente que ha dado claras señales de no querer saberlo de que tiene un cáncer mortal.

Este mismo principio no es aplicable al no creyente quien, en la hipótesis de ser convencido de que una determinada tecnología de salvación funciona no se encontrará con que el mundo se hunde bajo sus pies sino todo lo contrario. Naturalmente, en la hipótesis del proselitismo desde una posición religiosa, el derecho de réplica del no creyente sí podría producir ese efecto en el que trata de convertirle pero ése es un riesgo profesional del que intenta captar nuevos adeptos, riesgo frente al que suelen blindarse cerrando las orejas y las mentes.

Es por esto que debe exigirse un respeto idéntico a las personas sean cuales sean sus creencias pero tal vez no una simetría completa. Al atacar a la religión de una persona, se está atacando a los mismos fundamentos de su yo, cosa que no ocurre en el caso del no creyente, salvo que se llame Richard Dawkins y haya hecho del ateísmo una marca de identidad. El propio Bertrand Russell, agnóstico reconocido, cuando fue preguntado a una edad muy avanzada qué ocurriría si, tras una muerte presumiblemente cercana, encontraba que toda su vida había estado equivocado y que Dios existía y, a su muerte, se veía enfrentado con él. Bertrand Russell se limitó a responder: «Le diría: Lo siento, Señor, pero no nos diste pruebas suficientes» o, en otros términos, el descubrimiento no significaría el cataclismo personal que le produciría a una persona creyente encontrar que toda su vida había creído en una fábula.

En cuanto al modelo de Dios en que basa Dawkins su discurso, es francamente discutible. Dawkins comienza por fabricarse un adversario a medida para, a continuación, utilizar el argumento ad-hoc para ese adversario fabricado por él mismo. Dawkins no reconoce otro tipo de Dios que el personal hecho a imagen y semejanza de sus creyentes; por añadidura, al hacerlo así, tiene fácil utilizar las salvajadas escritas en los considerados libros sagrados por las grandes religiones como prueba de que ese Dios, incluso medido por estándares puramente humanos, dejaba mucho que desear.

Excluye religiones como el budismo y otras religiones orientales a las que considera filosofías de vida y, por idéntica razón, rechaza conceptos de Dios ajenos al Dios personal por considerarlos como una especie de veleidad poética sin entrar a considerar su fondo. No entra en experimentos como los realizados con el LSD e incluso prácticas como las tibetanas sino que el único experimento que toca es uno realizado sobre el poder de la oración, naturalmente fallido pero deja por el camino mucho conocimiento real sobre el asunto que no encaja en modo alguno con el Dios de Abraham pero tampoco con un ateísmo militante.

Cuando ataca a los agnósticos, lo hace ferozmente por considerar que se quedan a medio camino; sin embargo, al hacerlo, Dawkins está faltando a la verdad porque muchos agnósticos pueden rechazar de plano ese Dios personal  que personifica con frecuencia en el Dios de Abraham al que Dawkins dirige todoa su artillería ignorando toda otra forma religiosa o de divinidad que le resulte más complicada de manejar. Es posible que Dawkins actúe así tanto por motivos prácticos -es más fácil debatir cuanto más absurda o brutal sea la posición del contrario- como por el simple hecho de que el dios del Antiguo Testamento está presente en las tres grandes religiones -cristianismo en todas sus variantes, judaísmo e Islam- y de una sola tacada puede atacar a las tres.

Con todos estos elementos, el libro acaba resultando una mezcla peculiar de pinceladas de un Miguel Ángel junto con brochazos de un pintor de brocha gorda, defendidos unos y otros con el mismo énfasis. Al inicio del libro, comienza expresando su deseo de que quien lo lea acabe convirtiéndose, como él mismo, en un ateo militante pero hay trampa:

Si el ateísmo representa el rechazo de un Dios como el que dibuja, basado en textos considerados sagrados por las grandes religiones, es posible que no fuera necesario leer el libro y que muchas personas que no se consideran ateas e incluso algunas que se consideran creyentes, sean ateas sin la menor vacilación con respecto al Dios que pinta Dawkins.

Dawkins defiende también que no se han cometido grandes crímenes en nombre del ateísmo y tiene razón pero nuevamente es un argumento trucado. Quienes critican al ateísmo y a su hipotética vaciedad en cuanto a principios y valores, no lo hacen porque tal ateísmo vaya a ser fuente de grandes crímenes sino por pensar que alguien que esté plenamente convencido de que el momento de la muerte es un final absoluto no tiene razón alguna para preocuparse por consecuencias de sus actos más allá de ese momento. A esta objeción, Dawkins responde con una supuesta programación que todos llevamos gracias a la teoría de la evolución, teoría que, en contra de lo que sostiene en el libro, maneja en muchas ocasiones más como una creencia religiosa o cuasi-religiosa que como una teoría científica.

El libro, a pesar de sus puntos de denuncia que resultan muy notables, acaba haciendo honor a parte de su título: Delusion. Si se quiere entrar en el aspecto de denuncia de la religión entendida como fenómeno social, los daños que ha traído y trae al ser humano y los mecanismos de poder alrededor de ella, es una buena adquisición pero, si se quiere entrar en otro tipo de asuntos, el Dios que se fabrica Dawkins para atacarlo a continuación recuerda el dicho español a moro muerto, gran lanzada.

Sin duda, se pueden encontrar otros títulos más solventes sobre el tema, comenzando por el Por qué no soy cristiano de Bertrand Russell, el Sobre la divinidad de Huxley e incluso el libro de los muertos tibetano. Cualquiera de ellos aportará perspectivas que no se van a encontrar en la obra de Dawkins quien es un excelente polemista pero a quien, con tal de llevar la discusión a su terreno, no parece importarle demasiado el uso de argumentaciones trucadas junto con otras realmente valiosas.

NOTA AÑADIDA: Acaba de aparecer en algunas ciudades españolas una curiosa iniciativa publicitaria llamada «el bus ateo» por la cual algunos autobuses municipales llevan insertada publicidad con el texto «Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida». Personalmente, me parece una publicidad estúpida y de mal gusto pero no más estúpida y de mal gusto que cuando se colocan carteles anunciando «Gran vigilia de la Inmaculada» dirigida exclusivamente a «hombres y jóvenes». El ámbito de la religión o su falta entra de lleno en lo que Vargas Llosa califica acertadamente como «verdades privadas» y la publicidad en ese terreno es inevitable que roce o entre de lleno en el mal gusto, la estupidez y la zafiedad.

 

Un Comentario

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