Crisis económica y oportunismo político
Estamos en una situación que nadie sabe cuánto va a durar y, lo que es casi peor, cuando se intenta explicar cómo y por qué ha aparecido la crisis, cada cual intenta arrimar el ascua a su sardina y decir que la receta suya es la buena.
Si comenzamos por el gobierno, la propia palabra «crisis» estuvo proscrita hasta bien pasadas las últimas elecciones generales, con ridículas acusaciones de «antipatriota» a aquéllos que pusieran la crisis encima de la mesa. Cuando ya la situación y el crecimiento del paro hicieron totalmente imposible negar la realidad, la crisis vino siempre acompañada de «internacional» para indicar que no era nuestra ni el gobierno era responsable de ella.
Por su parte, la oposición exhibe su curriculum de creación de empleo durante su etapa de gobierno frente a la destrucción de empleo actual, enfatiza los aspectos estrictamente nacionales y la atribuye en su casi totalidad a la mala gestión del gobierno.
La cosa no queda aquí sino que, para algunos, esta crisis es la prueba del fin del sistema capitalista y del modelo económico «neoliberal». Lo cierto es que todos mienten y lo hacen de forma, por supuesto, interesada.
Lo primero que habría que aclarar es que en España no hay una crisis sino dos. Hay una crisis financiera cuyo origen está en el exterior y hay una crisis económica que es totalmente propia y a eso obedece que el desempleo crezca mucho más en España que en otros sitios.
Los términos «financiero» y «económico» son, para gran parte del común de los mortales, sinónimos y, sin embargo, se refieren a cosas muy distintas. Para entenderlo fácilmente, hablamos de situación financiera cuando nos referimos al dinero disponible y hablamos de situación económica cuando nos referimos a la capacidad de producir y competir con otros.
Durante la época en que la actual oposición estaba en el gobierno, la entonces oposición y hoy gobierno hablaba de la «burbuja inmobiliaria» y tenían razón. No se puede asfaltar ni llenar de edificios un país entero y llega un momento en que ya no se necesitan más casas ni más puentes ni más autopistas ni más trasvases. Dicho de otro modo, se trataba de un modelo de crecimiento frágil que tenía que hacer crisis en algún momento y tuvieron la suerte de que la crisis profunda se produjo en un momento en que ya no estaban en el gobierno y, por tanto, se la podían atribuir a sus contrarios.
¿Qué ocurre con la entonces oposición y hoy gobierno? Nada más llegar al poder se olvidó de la «burbuja inmobiliaria» y continuó haciendo exactamente lo mismo con la única excepción del famoso Plan Hidrológico que, al margen de cualquier otra consideración, puede que fuera la única obra pendiente realmente necesaria y que no se hizo.
En conclusión, nos encontrábamos en una situación de dificultad para competir -somos caros, no somos punteros en tecnología ni en otros elementos que signifiquen alto valor añadido- y esa situación fue disfrazada echándole ladrillos encima, tanto con el gobierno anterior como con el actual. Ésa es la crisis económica que es exclusivamente nuestra y sobre la que ni se hizo ni se hace absolutamente nada salvo empeorar cada vez más el sistema educativo, que es una de las claves para ser competitivos en el medio y largo plazo. Ésa es también la crisis que hoy se camufla debajo de la crisis financiera para eludir la responsabilidad propia dándole ese componente de «internacional» que sí tiene la crisis financiera pero no la económica.
La crisis financiera está siendo además utilizada con gran contento de aquéllos que, tras la desaparición de la Unión Soviética, se quedaron huérfanos de referencias y anticipan que esta crisis representa el fin del capitalismo y del liberalismo económico.
Es una mentira más. Un auténtico liberalismo económico se sustenta sobre una intensa actividad del regulador destinada a que nadie pueda vallar a su antojo el terreno de juego y a procurar que haya información clara y contrastable y esto no lo digo yo. Lo dice alguien que ha demostrado saber bastante de esto como es el señor Friedrich Hayek en «Camino de servidumbre»:
No hay nada en los principios básicos del liberalismo que hagan de éste un credo estacionario; no hay reglas absolutas establecidas de una vez para siempre. El principio fundamental, según el cual, en la ordenación de todos nuestros asuntos debemos hacer todo el uso posible de las fuerzas espontáneas de la sociedad y recurrir lo menos que se pueda a la coerción, permite una infinita variedad de aplicaciones. En particular, hay una diferencia completa entre crear deliberadamente un sistema dentro del cual la competencia opere de la manera más beneficiosa posible y aceptar pasivamente las instituciones tal como son. Probablemente, nada ha hecho tanto daño a la causa liberal como la rígida insistencia de algunos liberales en ciertas toscas reglas rutinarias , sobre todo en el principio del «laissez faire».
La surrealista pero certera explicación de la televisión inglesa http://www.youtube.com/watch?v=ze_MOIWS26g o las realizadas en España http://www.youtube.com/watch?v=UDcjqqYM8Ho dejan claro que no existió tal información y que, si algo faltó, fue transparencia.
Ciertamente, en el ámbito de la crisis financiera, hay mucho trabajo que hacer en lo relativo a los reguladores y hay que buscar una respuesta al «quién vigila al vigilante» pero en este momento nos quedan vivas dos preguntas:
- Si el sistema actual ha muerto, dígase claramente cuál se pretende que sea la alternativa.
- ¿Qué se va a hacer en España para ir solucionando la crisis económica, la que es propia y no importada, de forma que pueda existir una recuperación real?
Las acusaciones mutuas sirven de poco, sobre todo cuando cada uno trata de eludir su parte y echar la culpa a otros y, mientras permanecen las discusiones sobre si son galgos o son podencos, ahí seguimos con el paro creciendo, con la deuda creciendo y sin que se vea ninguna decisión de trascendencia para el medio o largo plazo.
