Españoles asqueados de su país

Ayer mismo leía un artículo de Pérez Reverte dedicado a Miguel de Molina, referencia inevitable para todo aquél a quien la guste la copla, quien tuvo que abandonar España asqueado para ser acogido en Argentina. Años después de muerto, ahora quieren recuperarlo para enterrarlo en España.

No es una historia única; Antonio Machado fue enterrado en Colliure y, aunque tomó más iniciativas que el primero llegando a escribir que cambiaría su pluma por la pistola de un sujeto como Líster, es otra pérdida importante…como lo fue la de Lorca, las de Maeztu, la de Muñoz Seca, la marcha de Ortega asqueado de unos y después de otros…y tantos más.

Unos fueron exiliados como Miguel de Molina, Antonio Machado o temporamente Ortega, otros asesinados como los citados Lorca, Muñoz Seca o Maeztu, otros encarcelados hasta la muerte como Miguel Hernández o  Julián Besteiro y otros muertos de pura amargura como Unamuno. No hablemos ya de Orwell, a punto de ser asesinado por los supuestamente suyos a raíz de lo cual nacerían «1984» y «Rebelión en la granja» o de casos como el de Andreu Nin, efectivamente torturado y asesinado por los ¿suyos?

La guerra española fue descrita sabiamente por Stanley Payne como una guerra que no fue de buenos contra malos sino de malos contra malos y, mientras eso no se tenga claro, seguiremos enfrentando a historiadores que reivindican una de las etapas más negras de España -la de la II República- con otros que reivindican otra igualmente negra como es la franquista. En realidad, una gentuza fue desplazada por otra gentuza -discutir quién era más gentuza entra dentro del más puro bizantinismo- aunque ahora parece que se trata de reescribir la historia mostrando que, en realidad, los primeros eran buenos.

Cuando alguien decide abandonar un país porque la alternativa es ser asesinado o encarcelado por unos o por otros, es muy posible que no pase lo que le queda de vida suspirando por el regreso. Es incluso posible que todo lo que sienta hacia el país en el que nació y que así le trató sea desprecio y no tuviera el menor deseo de volver muerto al lugar donde no le dejaron volver vivo.

Lo menos que se merece alguien que ha sido así tratado es respeto y el respeto pasa por no reclamar los restos de alguien a quien se trató de esa manera como si se tratase de perdonarle la vida después de muerto. Bien enterrados están en los países que los acogieron y si el comportamiento de su país ha sido suficientemente indigno para negarles el pan y la sal en vida, mejor que no se monten grandes números de desagravio una vez muertos y que  no reclamen como suyos a aquéllos que maltrataron mostrando ser indignos de tenerlos vivos o muertos.

Todo país debe asumir su culpa cuando trata indignamente a sus hijos o cuando lleva al poder a un imbécil o peor y, como consecuencia, empieza a haber víctimas en distintos grados. Quejarse después sirve de poco; se puede tratar de reparar algo si aún se está a tiempo.  Si no, los honores póstumos no son otra cosa que un intento de lavado de la conciencia propia y, en muchos casos,  violentando para ello la voluntad de personas que podían tener más que fundados motivos para preferir olvidar el país en el que habían nacido.

Deja un comentario