«La elegancia del erizo» de Muriel Barbery
Delicioso y francés como una merienda con beaujolais y mantel de cuadros.
Normalmente, cuando a los franceses les entra la vena introspectiva, no suelen hacerlo en el vacío -estilo alemán- sino que siempre el sujeto es muy consciente de su entorno social y todo está referido a tal entorno. En este caso, el personaje central -la portera intelectual que trata por todos los medios de no ser descubierta como tal intelectual- es poco creíble pero no por ello menos interesante. Puede recordar bastante al «salvaje» de Un mundo feliz de Huxley para el cual, al parecer, había sido bastante la lectura de Shakespeare para llegar a un cuestionamiento completo del modelo social y para alcanzar unos niveles de reflexión propios, como es natural, del propio Huxley y no de alguien que simplemente ha leido a Shakespeare. En este caso estamos en lo mismo: La pasión por los clásicos rusos, en especial por Ana Karenina de Tolstoi, resultan una justificación insuficiente del refinamiento intelectual que le sale a la protagonista por todos los poros.
El descubridor es un vecino nuevo japonés, con la ayuda de una adolescente que también tenía su propio secreto y escondía su condición de superdotada. Una vez descubierto el secreto, la novela entra por otros derroteros y es difícil encontrar un final adecuado. Creo, sin embargo, que la autora lo encuentra aunque, por supuesto, no lo voy a contar aquí.
Con la excusa de tan curioso personaje central, la autora dibuja un panorama del comportamiento de los nuevos ricos franceses y de sus estereotipos tanto sociales como políticos

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