«El factor humano» de John Carlin: Cómo nació la actual Sudáfrica.
«El factor humano» es el libro en el que se ha basado la película «Invictus» sobre la vida de Nelson Mandela. Antes de comentar el libro, me gustaría situarlo en un contexto personal y por qué me interesó de entrada, al igual que quiero ver la película:
Hace varios años, visité Sudáfrica. Iba sin gran ilusión al tratarse de una opción de recambio por no haber sido posible hacer el viaje que realmente quería, Nueva Zelanda, por las casi 48 horas de ida y otras tantas de vuelta que representaba. A pesar de ello, recibí una doble sorpresa y, si es posible enamorarse de un país, lo hice de Sudáfrica y espero tener ocasión de regresar.
Que el país es de una belleza espectacular no sorprende a nadie que haga el esfuerzo de documentarse simplemente con imágenes bajadas de Internet o, en este caso, subidas:
http://www.flickr.com/photos/sanchezalarcos/?saved=1
. Lo más sorprendente del país fue su gente prescindiendo por completo de razas: En todas partes, se encontraba una amabilidad carente tanto de la displicencia que quiere dejar claro que ése no es tu sitio como del servilismo frecuente por otras latitudes; sin embargo, lo que resultaba más sorprendente es que esa amabilidad se daba también entre ellos, es decir, el trato entre personas de distintas razas era afable, hacía gala de un evidente sentido del humor y no se percibía la tensión esperable tras años de appartheid. Junto con esto, letreros que avisaban en las urbanizaciones de «vigilancia armada» o el sabio consejo de la agencia de viajes de no conducir de noche.
Sorprendía mucho también ver en qué elogiosos términos se referían a Nelson Mandela personas cuyos rasgos podrían hacerlos pasar por holandeses o alemanes y cómo esas mismas personas insistían en dos puntos: Que ellos mismos eran africanos, no europeos extraviados, y que el mayor triunfo de Mandela fue conseguir que las luchas tribales entre la población negra desaparecieran y conseguir que todos, blancos y negros, llegasen a considerarse sudafricanos.
Este tema había sido ya tratado en la excelente película In my country donde habían evitado la visión maniquea tan frecuente de la situación sudafricana y, tanto por la experiencia directa como por la información recogida a partir de la curiosidad sobre lo visto, parecía bastante claro que Nelson Mandela no era un personaje corriente que, simplemente, hubiera estado en el lugar adecuado en el momento justo. Era algo más y ese «algo más» es lo que trata de descubrirnos el libro.
El libro nos describe a un personaje con una capacidad de contacto humano excepcional, consciente de que poseía esa capacidad y capaz de utilizarla de forma planificada para sus fines. La biografía de Mandela podría, perfectamente, haber justificado que ésos hubieran sido unos fines guiados por el rencor y con el intento de convertir Sudáfrica en algo parecido a lo que era pero con un appartheid dirigido por los negros, algo similar a lo ocurrido en la vecina Zimbabwe o a las revoluciones indigenistas producidas al otro lado del Atlántico donde los antes oprimidos ejercen de opresores con igual entusiasmo en ese papel que el de sus antecesores.
Comentaba Javier Reverte en uno de sus libros que le llamaba la atención el hecho de que Gandhi, que vivió muchos años en Sudáfrica, nunca hubiera dedicado ni una palabra al racismo contra los negros. Teniendo en cuenta que los indios siempre se habían considerado por encima de los negros, dejaba la duda sobre si Gandhi era realmente tan mahatma (alma grande) o era simplemente un racista indio más. Nada de esto sirve con Mandela; sea por principios, por cálculo político o por una mezcla de ambas cosas intentó desde el principio conseguir la integración de todos en una nueva Sudáfrica.
Un elemento que revela una inmensa astucia y que destaca el libro es la utilización del rugby como elemento de unificación. El rugby era el deporte nacional blanco y, en consecuencia, los negros sistemáticamente apoyaban a los equipos contrarios e incluso una de las acciones más eficaces del ANC (el partido de Mandela) consistió en promover un boicot internacional a los equipos de rugby sudafricanos, hecho que tuvo un enorme impacto entre la población blanca. Sin embargo, cuando se trató de buscar una transición pacífica, el apoyo masivo de todos los sudafricanos -escenificado por él mismo vestido con una camiseta con el color del equipo- durante la final mundial representó un elemento común a todos que sería la puerta para conseguir que muchos otros viniesen detrás.
El libro va detallando las entrevistas que Mandela tuvo, todavía encarcelado, con distintos miembros del gobierno y cómo se esforzaba por transmitir una imagen que podría definirse como «fuerte pero no depredador». Hubo momentos difíciles donde, llevados por esa magia en el trato personal, otras personas que tuvieron que tomar decisiones difíciles decidieron confiar en él y los hechos mostraron que esa confianza no fue traicionada.
Aparece, como punto sorprendente, el hecho de que Mandela apreciaba más a Botha, penúltimo presidente blanco sudafricano y partidario del appartheid, que a De Klerk, quien recibiría el Nobel de la Paz junto a él mismo.
Si hay que hacer una recomendación sobre la lectura del libro, ésta será sin duda positiva aunque he comenzado este post señalando el origen de mi posible sesgo.
Para concluir, dos apuntes:
- Una figura como la de Nelson Mandela no puede producirnos más que envidia si comparamos el nivel de nuestros políticos y sus conductas con la actuación de alguien que fue capaz de evitar una guerra a la que sólo faltaba ponerle una fecha de comienzo. Más que eso, consiguió la paz en su país en lugar de, como podría haberse esperado, darle la vuelta a la tortilla o un estado de hostilidad latente.
- Hay quien se ha atrevido a hablar de «post-racismo» en Estados Unidos por la elección de un presidente negro: El partido de Mandela en Sudáfrica consiguió menos votos de la población negra (2/3 del total sobre un 84% de población negra) que los que recibiría Obama de la población negra norteamericana que superaría el 90% y, ni que decir tiene, la situación de la población negra sudafricana era en ese momento infinitamente peor que la de la población negra norteamericana. Si tenemos en cuenta que «racismo» implica que la raza dirige las decisiones, con independencia de que el comportamiento racista corresponda a un grupo mayoritario o no, parece claro que la elección norteamericana ha sido más racista que la sudafricana. Los grupos minoritarios también pueden ser racistas aunque esto pueda no gustar en los ámbitos «políticamente correctos».
