Web 2.0, telebasura y consejos de ministros

Un video de Grupo 101 http://www.youtube.com/watch?v=uitAUu7cVSw nos da una idea de la importancia cuantitativa de las redes sociales.

Esto es sólo el principio; un cambio en la dimensión cuantitativa puede provocar cambios cualitativos como le ocurrió a Twitter o como le podría pasar en poco tiempo a Facebook: La base de usuarios puede dar lugar a que se inventen nuevas cosas que hacer con ellos y, con ser importante, seguimos estando todavía en el principio: En Socialnomics nos cuentan de forma muy gráfica cuál es la diferencia real:

En la Web 1.0 se reproducían los modelos comunicativos anteriores a Internet (del mismo modo que los primeros automóviles copiaban su diseño de los coches de caballos) y era una estructura organizada, unidireccional y, ocasionalmente y de forma limitada, bidireccional. Cierto que ya podían ocurrir cosas que antes de Internet no pasaban; por ejemplo, una información puede ser pública pero no publicada e Internet en su versión web 1.0 podía dar acceso instantáneo a esa información. Encontrar que una multa de tráfico publicada en un boletín provincial pone a la vista de todos el nombre, el DNI del propietario y la matrícula del vehículo es habitual; también puede ser habitual buscar el nombre de alguien de quien se sabe poco y encontrar, como el que no quiere la cosa, algo que no se estaba buscando como que la persona en cuestión ha sido condenada a una multa de X y que le han sido confiscadas las sustancias intervenidas.

La Web 2.0 es otra cosa: Hemos pasado de ser receptores pasivos a ser emisores de información pero no todo el mundo es escuchado ni por el mismo número ni por el mismo tipo de personas y esto es lo que nos lleva a un curioso paralelismo con la telebasura y con el Consejo de Ministros. Muchos chavales, convencidos de que la web 2.0 es la tierra prometida gracias a que les da esa posibilidad de convertirse en emisores, creen que son nuevos Zuckerberg o, como mínimo, «Dancing Matt».

La lógica de «si otros lo han conseguido ¿por qué yo no?» puede estar detrás del descomunal éxito cuantitativo de la Web 2.0 como lo está detrás de la compra de loterías -cuanto más grande sea el máximo premio mejor con independencia del número de los que lo consiguen- o de los que contemplan la telebasura o a alguien que ha llegado a ministro o más arriba y se preguntan «Si es@ ha llegado y no es más list@ ni ha trabajado más que yo ¿por qué yo no?».

La reflexión puede tener sentido; cierto es que todos solemos vernos con bastante indulgencia y podría ocurrir que el «otro» realmente tenga méritos para haber conseguido algo que nosotros no podemos conseguir. Pueden haberse dado también fenómenos equiparables a la lotería, aunque ésta adquiera formas tan pintorescas como que el décimo premiado consista en una cópula ya añeja con un torero o encontrar un tonto que necesita a alguien aún más tonto para que no le haga sombra.

La Web 2.0 nos convierte a todos en «famosos» y más vale que lo recordemos en el momento de entrar en Facebook o sitios similares. Todos somos emisores pero eso no significa que tengamos todos el mismo público en calidad ni en cantidad. No hace mucho -las cosas van muy deprisa- había empresas que pensaban que, en el momento en que tenían una página web ya eran modernos y podían vender en todo el mundo: Cartonajes Calasparra con página web pasaba a ser un potencial Microsoft o Amazon. Hoy, la web 2.0 da lugar a un fenómeno similar, el del iluso que piensa que, puesto que puede emitir, todo el mundo le va a escuchar. Craso error.

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