Psicología: ¿Qué hay de nuevo?
Durante mucho tiempo me he considerado ajeno a las preocupaciones de la psicología «oficial». Como buena parte de los que se inician, comencé con un cierto complejo de «aprendiz de brujo» pensando que el ideal de un psicólogo podía ser un personaje como el de la serie de «El mentalista«. A medida que transcurren los estudios, se espera que la parte importante empiece el año siguiente y se pasa el tiempo aprendiendo cosas que, en gran parte, tienen un interés marginal, y eso siendo extremadamente generosos.
No parecen haber cambiado demasiado las cosas: El programa de la licenciatura en la actualidad tiene algunos cambios en relación con el que me cayó en suerte pero, ahora como entonces, no se aprecia más coherencia que la que pueda prestar un diseño realizado en función de la disponibilidad e intereses del profesorado en lugar de hacerlo atendiendo a intereses y posibles salidas profesionales de los alumnos.
En una materia como epistemología que daría para escribir cientos de tratados -que otros escribían mientras los aspirantes a psicólogos dormitábamos en una de las clases más aburridas que se pueda imaginar- no pasaban de repetir una y otra vez las bondades del criterio de falsación de Popper, como si Popper no tuviera nada más que eso y como si no hubiera otros autores que tocar en teoría del conocimiento.
Sobre la teoría del aprendizaje, mejor no hablar porque los perros de Pavlov y las ratas de Skinner resumían para algunos todo lo que había que ver; el resto eran adornos, «cajas negras» o complicaciones sin sentido. Los restos que entonces quedaban de psicología dinámica no tenían más atractivo que lo peculiar que resultaba la persona que impartía la asignatura y, en la permanente guerra entre prebostes, empezaban a predominar los de la onda de la psicología cognitiva en su modalidad más cerril, es decir, la concepción de la persona como un programa de ordenador con serios fallos de diseño, tanto en el programa como en el ordenador.
Sería injusto decir que todo fue inútil pero creo que respondería a la verdad afirmar que aproximadamente un 70% de lo estudiado se componía de temas que no tenían interés ni relevancia más allá de las guerritas de despachos y de quién tenía el poder, aunque fuera un poder sobre la nada. Una mera revisión de un programa de grado parece mostrar que no hay grandes cambios -aunque van ya para 30 años los transcurridos desde que acabé- pero lo peor no es esto. Lo peor es que hay muchos lugares donde la psicología tiene muchas cosas que decir pero no ESTA psicología que vive en su propio mundo.
En su momento, la monomanía en el ámbito universitario estaba en demostrar a todos que la psicología era una disciplina científica y, en lugar de hacer ciencia, había que discutir qué era la ciencia y cómo la psicología entraba en los estándares correspondientes. Bizantinismo puro.
En el ámbito laboral, también había una monomanía: La de reclamar, con escaso éxito, como terreno propio multitud de ámbitos en los que, al parecer, se necesitaba un psicólogo. Lo peor, en este segundo caso, es que podían tener parte de razón: Un psicólogo adecuadamente formado podría haber aportado elementos interesantes en diversas profesiones; puesto que la condición de «adecuadamente formado» distaba mucho de ser cierta, el psicólogo era fácil y ventajosamente sustituido por profesionales con conocimiento específico del terreno en el que se fuesen a aplicar los conocimientos de psicología. Ejemplo: Es posible que un psicólogo pueda aportar algo interesante en cursos de Crew Resource Management referidos a cómo debe funcionar el equipo de trabajo que compone la tripulación de un avión; es muy dudoso que pueda aportar algo interesante un psicólogo que, a la vez que imparte tales cursos, cuenta orgullosamente que nunca ha tenido curiosidad por viajar en cabina y, por tanto, no lo ha hecho. ¿Qué puede aportar entonces salvo teorías fuera de contexto?
Hay aportaciones muy interesantes en psicología -aportaciones que, en buena parte, no están realizando psicólogos- que probablemente no lleguen a pisar la Universidad salvo de refilón. Hay todo un mundo en el ámbito de la teoría de la decisión o Decision Science en que un psicólogo con la formación adecuada tendría mucho que decir. A estas alturas, sabemos que el homo economicus de los economistas de Chicago no funciona. Muy bien. ¿Cuál es la alternativa? Tenemos ya un psicólogo con un premio Nobel (Kahneman) que trató este tema pero tampoco es necesario que nos quedemos ahí: ¿Cómo se toman las decisiones en situación de incertidumbre? ¿Cómo se trata el riesgo? ¿Qué ocurre cuando hay restricciones temporales? ¿Cómo «rellenamos» las cosas que no sabemos? ¿Cuáles son las conductas «irracionales» esperables y cómo se pueden utilizar en los ámbitos comercial o político? Las aplicaciones son virtualmente infinitas.
Es mucho lo que hay que hacer un mucho lo que se puede aportar pero no en vano no hay ninguna universidad española entre las 100 primeras del mundo y el psicólogo en ciernes puede llevarse una tremenda decepción si piensa que la psicología consiste en lo que aprende en la universidad. Hay muchos e interesantes temas en los que trabajar. Lo difícil, al menos en España, es encontrar el sitio donde simplemente se los muestren. La universidad debería ejercer ese papel pero allí hay muchos que están muy ocupados en sus cositas para encargarse de un alumno que viene a perturbar el orden.
