Política y símbolos

Creo que debo estar entre los pocos españoles que abiertamente confiesan haberse escandalizado con la retirada de la última estatua de Franco en Madrid. Entiéndase bien; no se trata de simpatía por el personaje sino de coherencia: Si se retira la estatua de Franco por su contribución a una de las partes más negras de la historia española reciente, no se pueden dejar a pocos metros de ésta las estatuas de Indalecio Prieto y Largo Caballero por idénticas razones. Tal vez incluso merezca la pena recordar que el detonante de la guerra civil fue el asesinato del entonces máximo dirigente de la oposición por miembros de la escolta de Indalecio Prieto, ministro en aquel momento. Tampoco parece que el día elegido para tal retirada sea el más adecuado: El fin de fiesta del cumpleaños de Santiago Carrillo, cuyo vínculo con el genocidio de Paracuellos quedó claramente establecido tras la desclasificación de los papeles de la URSS y personaje al que el Ayuntamiento de Madrid ha considerado merecedor de que una calle lleve su nombre. Puestos a poner nombres de calles ¿por qué no una para Julián Besteiro que, además, fue concejal del Ayuntamiento de Madrid y cuyos esfuerzos por evitar la guerra y su contribución para acabarla son conocidos?

En Bilbao, durante el gobierno de Zapatero, le pusieron a una estación el nombre de Indalecio Prieto y, para no ofender a los simpáticos nacionalistas, se cambió el nombre de algunas instituciones. Así el tradicional Instituto Nacional de Meteorología pasó a denominarse Agencia Estatal de Meteorología, por si la palabra «nacional» asignada a una entidad distinta de su terruño le provocaba ronchas a alguno. Lo mismo pasó con la «Agencia Estatal de Seguridad Aérea» sin que quede claro por qué no se denominó «Agencia Española de Seguridad Aérea» o «Agencia Nacional de Seguridad Aérea». ¿Qué decir de «Renfe» que agrupaba la doble ofensa de «Red NACIONAL de Ferrocarriles ESPAÑOLES» y hubo que cambiarla urgentemente a «Adif», que parece la onomatopeya de un estornudo? De puro milagro se libró la Biblioteca Nacional puesto que había que satisfacer en todo a los que se consideraban ofendidos por nombres como «España» o «nacional».

Curiosamente, cuando hay un cambio de gobierno no se produce un cambio igual y de sentido contrario. Normalmente, se pretexta la practicidad pero es un craso error cuando no una forma de ocultar otro motivo: Miedo. Si alguien se comporta en forma sectaria y sus decisiones se vuelven atrás, sabe que en el futuro volverá a ocurrir lo mismo y probablemente cambiará su forma de comportamiento. Si, bajo pretexto de practicidad y de no entrar en polémica, se dejan las cosas como las han puesto los adversarios, se está permitiendo que éstos ganen la batalla de los símbolos que, desde luego, tiene su importancia. Si quien cambia un nombre o quita una estatua sabe que cuando venga otro, repondrá la estatua o volverá a cambiar el nombre…lo mirará mucho antes de hacerlo de nuevo. Si sabe que va a salir bien de ello, poco a poco conseguirá que las calles y ciudades lleven exclusivamente nombres, estatuas o lo que sea de su agrado y, además, excluyendo todos las demás. Esto es lo que se consigue con la inacción.

Debajo de los símbolos hay principios y los de una gran mayoría de nuestros políticos oscilan entre la inexistencia y el comportamiento fascista. Entiéndase que por comportamiento fascista aquí me refiero a aquéllos que consideran tener una legitimidad intrínseca y que cualquier acción queda justificada si son ellos los que la perpetran. Tanto si se consideran llevados por el «viento de la historia» -léase izquierdas- como si se consideran ungidos por la historia pasada -léase derechas- consideran su salida del poder como una anomalía a combatir por todos los medios. ¿Legitimidad de los medios? Puesto que ellos son LOS legítimos, cualquier medio que utilicen queda legitimado por el simple hecho de que son ellos quienes lo utilizan. Ése y no otro es el significado del comportamiento fascista, tan frecuente entre nuestros políticos de izquierda, de derecha y, sobre todo, nacionalistas.

Frente a estos se encuentran los que no tienen ningún tipo de principio sino que se consideran «prácticos» o de «centro»: Éstos están dispuestos a ceder en cualquier principio si la cesión les sirve para ganar tiempo o para que no se levanten polémicas. Éste es el sentido del silencio generalizado ante hechos como el señalado de la retirada de la estatua de Franco. ¿Quieren borrar parte de la historia reciente? De acuerdo…pero borren también a otros personajes que han conservado cuidadosamente y que, con idénticos criterios, deberían también haber sido retirados. ¿No quieren borrar la historia? Dejen a todos en paz…a unos y a otros. El borrado selectivo es una manifestación del comportamiento fascista descrito y el silencio ante ese borrado selectivo es una manifestación de cobardía…como lo es ahora la calle en Madrid para Santiago Carrillo mientras se mantiene en el olvido a personajes como Besteiro, Melchor Rodríguez o Ángel Sanz Briz.

Por desgracia, la izquierda y la derecha liberales, o sea izquierda y derecha con principios sólidos pero sin incurrir en comportamientos fascistas es una rareza en nuestro país. Cuando alguien critica con vehemencia el estado de cosas es tachado de «extrema derecha» o de «fascista», confundiendo deliberadamente los decibelios de la crítica con los principios de fondo. Baste como ejemplo que en Madrid hay quien ha querido considerar a Esperanza Aguirre como «más de derechas» que Alberto Ruiz Gallardón, en su momento delfín de Fraga en la extinta Alianza Popular. El motivo está claro: Calificar a alguien de «extrema derecha» es una forma de intentar desactivarlo -que responda o no a la realidad no importa- y para muchos adversarios era más importante desactivar a Aguirre que a Gallardón.

La ópera bufa que ahora estamos viviendo, con guión del nacionalismo catalán, tiene esa misma raíz: Abandono de los principios y dejar que otro vaya adelante con sus símbolos sin entrar en esa guerra por consideraciones «prácticas». Los símbolos son importantes como expresión de principios. Por supuesto, si se carece de éstos, la batalla de los símbolos está perdida de antemano y ahora estamos empezando a ver hacia dónde lleva esa dejación aunque, la verdad, visible era desde hace mucho tiempo. Otra cosa es que nadie haya tenido interés en mirar y en fechas que ya empiezan a ser tan lejanas como 1977, alguien decidió darle carta de naturaleza al oxímoron «nacionalismos democráticos» y actuar en consecuencia abandonando toda acción en el terreno de los símbolos y lo que es peor, también en el de los principios.

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