Categoría: Recursos Humanos

Recursos Humanos: ¿Futuro o viaje a ninguna parte?

En 1998 un ordenador de IBM conocido con el nombre de Deep Blue derrotó al entonces campeón mundial de ajedrez Gari Kasparov. ¿Significa esto que los ordenadores habían entrado definitivamente en aquellos lugares que se suponía que requieren capacidad de reflexión y que, por ello, se consideran específicamente humanos? Afirmarlo taxativamente significaría ser víctima del espejismo tecnológico e ignorar que la forma de operar del ordenador y de una persona es muy distinta. Negarlo taxativamente significaría refugiarse en un esencialismo humanista que trata de negar cualquier posibilidad aunque los hechos, como siempre, sean tercos.

Rodney Brooks, uno de los directores del área de Inteligencia Artificial del M.I.T. más talibanes en cuanto al maquinismo se refiere, señalaba que los «esencialistas» siempre habían puesto una raya que decía «hasta aquí» y que el progreso tecnológico había ido rompiendo una y otra vez la raya. Es cierto, pero eso no significa, como Brooks da a entender con toda claridad, que no exista tal raya, que el progreso tecnológico no tenga límites y que, de forma inexorable, el ser humano acabe siendo barrido por las máquinas.

Lo que está en discusión, para no entrar en aspectos esencialistas de uno u otro signo, es el papel que van a ocupar en el futuro dos modelos radicalmente distintos: Un modelo basado en el significado de las propias acciones frente a un modelo basado en la capacidad de anidar condiciones «If-Then«. La máquina que derrotó a Kasparov no sabe -salvo que retorzamos hasta extremos inadmisibles el significado de la palabra «saber»- qué es el ajedrez ni sabe que está jugando al ajedrez. Simplemente, es muy rápida para trabajar con condiciones «If-Then». Kasparov, por su parte, tardaría cientos de años en analizar las distintas posibilidades que la máquina evalúa gracias a los algoritmos de su programación. Tampoco lo necesita; simplemente los ignora cuando hay opciones que no considera probables gracias a su conocimiento del juego.

Tener conciencia del significado de lo que se está haciendo capacita a la persona para hacer saltos de abstracción, es decir, para hacer lo que Hofstadter en su Gödel, Escher, Bach llamaba eterno y grácil bucle porque podemos saltar de plano de abstracción de forma instantánea y buscar soluciones en un plano distinto al que se encuentra el problema identificado y, por ello mismo, podemos identificar pautas sin que nadie nos las haya programado previamente.

Cuando salimos del mundo de la investigación o la filosofía para bajar al mundo en que se hacen las cosas, parecería que estas discusiones son ociosas pero lo cierto es que lo son cada vez menos. He titulado aquí varios posts con el nombre Servicios inservibles (https://factorhumano.wordpress.com/?s=servicios+inservibles) y todos ellos tienen en común que no se permite a las personas comportarse como tales sino que se les exige seguir unos protocolos cerrados aunque éstos incapaciten a las personas que los siguen para encontrar una solución a un problema.

Hay empresas que se han mantenido fuertes en su posición de utilizar las capacidades humanas y puedo decir que, después de muchos años de operar con American Express, jamás me he encontrado con la impresión de estar hablando con un robot -incluso cuando sea un robot quien atiende inicialmente la llamada- sino con alguien con quien se podían comentar los distintos aspectos de una incidencia sin verse sometidos a la dictadura de un menú cerrado en el que hay que marcar una opción. Después de muchísimo tiempo, he podido apreciar una reciente mejora en esa misma línea en el centro de atención de Telefónica y, en un terreno completamente diferente, todavía me sigue maravillando el funcionamiento de la agencia DeViaje (www.deviaje.com)  y su concepto de cita previa con un experto conocedor del país de destino en lugar de una mera entrega de folletos publicitarios.

Algo se está moviendo. Hasta hace muy poco, la tendencia prácticamente universal consistía en «enlatar» conocimientos de forma que se pudiera prescindir de personas. Como ese enlatado nunca es perfecto porque la forma de operar del ordenador es completamente distinta, las quejas del sufrido cliente llevaban años sufriendo de tono sin que muchas empresas se dieran por enteradas porque, al fin y al cabo, el «enlatado» daba lugar a procesos más baratos aunque, en el momento en que se entraba en un terreno desconocido, hacían agua por todas partes.

Algunos Bancos empezaron a dar marcha atrás, después lo han hecho algunos operadores de telefonía que habían llegado a un extremo en que era imposible hablar con otra cosa que no fuera un robot y han seguido la misma línea otras empresas que prestan servicios. Eso sí, todavía hay quien no se da por enterado. Así, si alguien intenta pedir una cita por teléfono con la Seguridad Social, se encontrará con un robot -lo más adecuado teniendo en cuenta que muchos de los principales usuarios son personas de edad avanzada no muy familiarizadas con la tecnología- y si la hora facilitada no conviene o no es posible, tratar de salir del menú es una tarea que deja pequeños a los trabajos de Hércules.

La robotización y, en general, el avance de los sistemas de información ha producido una división creciente entre los tipos de puestos de trabajo. Mientras algunos -pocos- eran cada vez más necesarios porque estaban implicados en el diseño del modelo «enlatado» que se encargaría de albergar el conocimiento teóricamente necesario para hacer las cosas, otros -muchos- iban cayendo poco a poco en la irrelevancia o desapareciendo a medida que los sistemas pasaban de almacenar conocimiento a tener capacidad de ejecución directa de las tareas necesarias.

Casos como el recientemente sucedido a la marca Toyota y a su marca de lujo Lexus son muy representativos: Es mucho más fácil para un conductor mediocre llevar un vehículo con una gran cantidad de ayudas a la conduccción; sin embargo, cuando las ayudas enloquecen, como ocurrió en el caso de Toyota, a cargo del coche está un conductor que tal vez compró ese coche precisamente para que supliera sus propias carencias como tal conductor. La mezcla es explosiva como los resultados se han encargado de demostrar e idéntica situación se podría trasladar al diseño de aviones, de centrales nucleares y hasta de ordenadores caseros donde, cuando algo funcionaba mal, era un problema para el experto mientras que ahora no se puede hacer otra cosa que reiniciar, reinstalar o re…leches. Ninguna solución al alcance del usuario.

Si se opta por mantenerse en la línea de ir eliminando necesidad de conocimiento en las personas hasta que llegue el momento en que pueda eliminarse a las personas mismas, hablar de recursos humanos puede ser un chiste y no de los buenos. Si, por el contrario, se empieza a ser consciente de que el significado tiene un papel básico tanto para la capacidad de reacción ante imprevistos como para la propia motivación de la persona que está trabajando, podemos empezar a generar un mundo más humano tanto para los que trabajan como para los que son usuarios de los productos o servicios provistos por los primeros.

Aventurar por dónde irá el futuro es difícil porque ya no parece tan claro como hace unos años que vaya a seguir por un énfasis en el maquinismo ciego del «If-Then». Hay una revolución en marcha que va a afectar y mucho al modelo de recursos humanos del futuro y esa revolución la van a traer los usuarios hartos de tratar con máquinas o con personas obligadas a comportarse como si lo fueran.

La reforma laboral o el parto de los montes

Después de mucho repetir que no se iba a abaratar el despido, puede decirse que es la única medida tomada en la reforma laboral. Sus artífices mienten cuando dicen que lo abaratan para el empresario pero no para el trabajador puesto que un despido caro tiene como función representar una barrera de salida. Si el precio lo paga otro a través del establecimiento de una colaboración desde las arcas del Estado , pierde ese carácter de barrera de salida. No creo que, a estas alturas, nadie vaya a dudar de esto pero, si a alguien le cabe la menor duda, puede preguntarse por qué las bajas incentivadas se instrumentan como despido improcedente y encontrará una respuesta muy sencilla: Porque buena parte de la indemnización, es decir, el seguro de desempleo y el dinero no ingresado en el fisco que correspondería a una baja voluntaria pero no a una forzada, lo recibe el trabajador pero no lo paga la empresa. Se podía hacer peor pero es difícil.

Por otro lado, algunas de las «novedades» están vigentes desde 1994 y no se han aplicado por la misma razón que no se van a aplicar ahora: Porque, en lugar de responder a una normativa clara, implican una judicialización del proceso y los jueces siempre han aplicado y aplican la doctrina de in dubio, pro operario, causa por la que los despidos a 20 días por año por causas técnicas u organizativas, que existen desde 1994, nunca han llegado a ser aplicados sin pasar por la autorización del ERE.

Que una barrera de salida -un precio de despido muy elevado- lo es también de entrada y el empresario se lo pensará mucho antes de contratar es una evidencia para todos. Cosa distinta es que una reforma tenga que nacer y morir con un abaratamiento del despido. Elementos como la flexibilidad funcional, la posibilidad de pactar individualmente condiciones de trabajo, el replanteamiento completo del modelo de la Seguridad Social tanto en sus capítulos de ingresos como en los de gastos y la liquidación de las carísimas e inútiles estructuras que supuestamente representan a empresarios y trabajadores, incluida la ley de huelga que nunca se llegó a sacar, en unos casos por miedo y en otros casos por facilitar los desmanes de los propios siguen pendientes.

Por añadidura, ni siquiera quieren responsabilizarse de esta reforma y, después de aprobada, la llevan al Parlamento. No, señores. Que cada palo aguante su vela y, en este caso, les toca a ustedes tragarse sus contradicciones y toda la demagogia que se ha venido haciendo hasta que en Europa se han hartado de pagar los platos rotos.

¿Qué clase de reforma laboral se necesita?

Después del discutido anuncio de los recortes en pensiones y en salarios en la Administración Pública, llega ahora el turno de la reforma laboral. Quizás alguien se pregunte por qué se puede discutir tanto cuando hay una realidad y es el hecho de que no hay dinero suficiente. La respuesta es muy sencilla y se puede resumir en una sola palabra: Ejemplaridad.

Cuando alguien pide sacrificios, pierde toda legitimidad para hacerlo si, a su vez, no lo hace en las cosas que le tocan más de cerca. Hay muchos ejemplos e incluso un periódico Internet ha sacado una especie de juego con el título «Zapatero nos necesita»(http://especiales.libertaddigital.com/recorte-zp/)  invitando a sus lectores a elegir en qué terrenos se deben hacer recortes presupuestarios. Es posible que haya que bajar sueldos, es posible que haya que congelar pensiones e incluso es posible que haya que aumentar impuestos y, sin embargo, todo ello sigue siendo discutible porque:

  1. La crisis que hoy se vende con tintes trágicos y requiriendo el esfuerzo de todos fue negada hasta la víspera de las elecciones generales, como puede verse todavía en los videos del debate Solbes-Pizarro en Youtube.
  2. Las autonomías son un auténtico pozo sin fondo de recursos aunque la deuda es del Estado o, dicho de otra forma, el despilfarro absurdo de cualquier autonomía, consentido desde el Estado central por razones electoralistas,  lo pagamos todos y no sólo los que residen y votan en ella.
  3. Hay costosísimos sacos de corrupción como el PER, que nadie se ha atrevido a reformar ni menos aún a quitar por el impacto electoral que habría tenido cualquier acción en ese sentido.
  4. Existen ministerios completamente absurdos con su correspondiente dotación de recursos y altos cargos que podían estar mejor empleados en otros lugares. Lo mismo puede decirse de los centenares de asesores que pueden encontrarse en la propia presidencia del Gobierno o en ayuntamientos como el de Madrid.
  5. Los partidos políticos y los sindicatos  viven del presupuesto, es decir, de todos en lugar de hacerlo de las cuotas de sus afiliados,  habiendo dado lugar a formas de vida: El político o el sindicalista no son ya profesionales que circunstancialmente se dedican a la política o al sindicato y si, en un momento, no están de acuerdo con lo que hacen sus jefes de filas, simplemente se marchan. Son, incluso a niveles bastante bajos profesionales de la política o del sindicato e intentan sacar el máximo de su profesión en términos económicos, de poder o ambos. Ese cambio ha dado lugar a un nuevo perfil, considerablemente más bajo, tanto del político como del sindicalista promedio.
  6. Se derrocha dinero a manos llenas en capítulos completamente absurdos, desde la subvención a películas que jamás llegan a una sala de cine, equipos de traducción en el senado para que puedan entenderse entre sí personas que tienen como lengua común y nativa la oficial en todo el Estado hasta grupos nacionales o extranjeros sin más razón que la afinidad con el gobierno de turno y la vanidad de éste de poder ejercer de dadivoso con otros que estén todavía peor.
  7. Se saca a centenares de inspectores de Hacienda de su labor de persecución de operaciones en paraísos fiscales para dedicarse a la persecución de PYMEs y autónomos y se tocan las rentas del trabajo pero no las SICAV.

Probablemente, algunos de estos capítulos tienen una importancia cuantitativa menor pero lo que no es menor es el carácter de ejemplaridad. Del mismo modo que en una empresa no se puede llamar a la austeridad y decir que se van a bajar las dietas y bajar la categoría de los hoteles en los viajes profesionales a la vez que la dirección continúa haciendo ostentación de todo tipo de gastos suntuarios, en el Estado tampoco y con mucha mayor razón. Éste es el capítulo que se lleva varios días discutiendo y se seguirá discutiendo con sobrada razón por la falta de legitimidad que conlleva la falta de ejemplaridad en la conducta de quien pide sacrificios. Ahora viene la segunda parte: La reforma laboral.

Michael Porter, conocido gurú de la estrategia en la Harvard Business School, identificó hace años los conceptos de barrera de entrada y barrera de salida pero, aunque no lo hizo totalmente explícito en su modelo, quedaba bastante claro que no eran conceptos independientes sino que tenían una estrecha relación entre sí: Si un negocio tiene una barrera de salida muy elevada, es dudoso que haya mucha gente que invierta en él porque, si las cosas salen mal, puede perder hasta la camisa. Aunque venga de Harvard y los conceptos tengan nombres tan sonoros como «barreras de entrada» o «barreras de salida», esto no es otra cosa que el más elemental sentido común. ¿Qué ocurre si nuestro «negocio» consiste en contratar a alguien? ¿No seguiremos la misma lógica? ¿No nos lo pensaremos más cuanto mayores sean las «barreras de salida»?

En la dialéctica al uso de sindicatos y del gobierno actual, se habla de que las reformas no deben «recortar los derechos de los trabajadores». Sea; no los recorten. El principal derecho de un trabajador es, precisamente, el derecho al trabajo y mediante el mantenimiento de un trato de privilegio a algunos, están dificultando el ejercicio a ese elemental derecho por parte de casi cinco millones de personas. En «Camino de servidumbre» (https://factorhumano.wordpress.com/2009/12/09/camino-de-servidumbre-de-friedrich-a-hayek/) Hayek ya avisaba de que el nazismo sobrevino precisamente por la creación de castas privilegiadas por parte de los gobiernos alemanes de la época en estos términos:

El conflicto entre el fascista o el nacionalsocialista y los primitivos partidos socialistas tiene que considerarse, en gran parte, como uno de aquellos que es forzoso surjan entre facciones socialistas rivales. No había diferencia entre ellos en cuanto a que la voluntad del Estado debía ser quien asignase a cada persona su lugar en la sociedad…pero, mientras los viejos partidos socialistas o las organizaciones laborales dentro de ciertas industrias no encontraban, generalmente, mayores dificultades para llegar a un acuerdo de acción conjunta con los patronos en sus respectivas industrias, clases muy amplias quedaban marginadas. Para ellas, y no sin alguna justificación, las secciones más prósperas del movimiento obrero parecían pertenecer a la clase explotadora más que a la explotada.

¿No le suena a conocido esto a cada uno de los casi cinco millones de parados o a la cantidad de personas que tienen contratos precarios, vía ETT, temporales, por obra o servicio o como falsos autónomos cuando no directamente sin contrato alguno? Cuando sus «defensores» tienen su puesto blindado ya que, incluso en el caso de un ERE (expediente de regulación de empleo) en la empresa en la que ellos están en calidad de «liberados», a ellos no se les puede tocar e incluso su sindicato se lucrará con el ERE.

Los «parias de la tierra» de la Internacional no son los trabajadores de los que se dice que no se quieren recortar sus derechos sino aquéllos que los tienen recortados desde hace bastante tiempo y éstos no están representados.  ¿Por qué en España, a diferencia de otros países, se empieza a crear empleo sólo cuando el PIB está creciendo por encima del 3%? ¿No dice eso nada? Está claro que sí; dice que, puesto que la barrera de salida es muy elevada, no se contrata si no se está muy seguro de que las cosas van a ir razonablemente bien al menos en el medio plazo. No existen los derechos de «los trabajadores». Hoy, más que nunca, se puede decir que existen derechos «de unos trabajadores» que entran en conflicto con los derechos «de otros trabajadores» , fundamentalmente los de los trabajadores en desempleo.

Que hay que tener un modelo laboral más flexible y no sólo en el apartado de coste de despido sino en muchas más cosas es algo que hoy debería ser difícilmente discutible y, sin embargo, continúa siendo discutido por organizaciones que, ante todo, se defienden a sí mismas y a los privilegios graciosamente otorgados con el dinero ajeno, es decir, el nuestro. Que los sindicatos y los partidos políticos tienen una utilidad es algo difícil de dudar; otra cosa es que «estos» sindicatos y «estos» partidos políticos la tengan. Unos y otros se arropan con el manto de los intereses generales cuando, a estas alturas, parece bastante claro que los únicos intereses que les preocupan son los suyos propios.

La imaginería sindical al uso en España no funciona para mucha gente que ha visto hasta donde se puede llegar por el camino de favorecer a los amigos y seguir un camino marcado por la ideología sin permitir nunca que la realidad estropee la película que cada uno se haya montado. Quizás de esta etapa se pueda sacar algo positivo: La vacunación contra la demagogia y empezar a llamar a las cosas por su nombre. Los excesos, lamentablemente, siempre han provocado un movimiento pendular; en un momento en que la defensa de los intereses propios casi ha llegado a romper el péndulo, es difícil saber cuál será la intensidad del próximo movimiento pero hemos aprendido que Scott Adams no acertó en «El principio de Dilbert» cuando dijo que el trabajador que no funciona es desplazado al lugar en que menos daño puede hacer, es decir, a la dirección de la empresa. Quien no lo supiera antes, tiene ya suficientes elementos de juicio para saber que los Nerón y los Calígula son más peligrosos cuanto más poder tienen y, antes de apoyarlos pensando en sus propios intereses, a lo mejor había que mirar un poco más allá pero esto parece estar más allá del alcance de la casta político-sindical que actualmente tiene en sus manos algo tan serio como el modelo laboral y el derecho al trabajo de los casi cinco millones de personas convertido en papel mojado por incompetentes y rufianes propios y ajenos.

Nos jugamos mucho y no es seguro que las personas que se supone van a negociar una reforma laboral sean conscientes de ello y si, en caso de serlo, les importa lo más mínimo.

Once upon a time…(publicado en el blog de autores de Ashgate)

«Intellectuals and Society» de Thomas Sowell

No es el mejor Sowell. El mismo tema lo había tratado de una forma más breve en un libro anterior,  «The vision of the anointed», que probablemente va mucho más a los puntos clave que éste. Sowell es un defensor sin complejos del liberalismo («ultraliberal» lo llamarían los que ven mal al liberalismo) pero que, al igual que su mentor Hayek, no concibe el liberalismo como la vieja receta del laissez faire sino que implica mucha actividad para asegurarse que todos respetan las reglas del juego.

En «Intellectuals and Society» nos pinta un tipo de personaje que está dispuesto a hablar de cualquier cosa -como un tertuliano con pedigree- sin asumir jamás ninguna responsabilidad por lo dicho o hecho y, sobre todo, inmune a la experiencia.  Como siempre ocurre con Sowell, el libro tiene muchas ideas que valen la pena pero, en algunos casos, se le va la mano y comienza a actuar de una forma que hace que se le pueda atribuir a él la idea de «intelectual» con la connotación negativa que implica. Para Sowell, en este contexto, la definición de intelectual es la siguiente:

Aquí, por intelectual se entiende una categoría ocupacional, gente cuyas ocupaciones tienen que ver sobre todo con ideas -escritores, académicos y demás-. Muchos de nosotros no vemos a los neurocirujanos o los ingenieros como intelectuales a pesar del intenso trabajo mental que cada uno precisa…en el fondo de la noción de intelectual está el concepto de vendedor de ideas -no aplicación personal de las ideas como podría ser el caso de un ingeniero que aplica complejos principios científicos para crear estructuras físicas o mecanismos…El trabajo del intelectual comienza y trabaja con ideas, a pesar de lo influyentes que hayan podido ser esas ideas sobre cosas concretas en las manos de otros. Adam Smith nunca dirigió un negocio ni Karl Marx gestionó un Gulag. Eran intelectuales.

Sowell utiliza ejemplos de personajes como Sartre y su posición pro-Stalin y cómo jamás modificó sus planteamientos a pesar de que la realidad parecía invitar a ello o los numerosos personajes que, en vísperas de la II Guerra Mundial proclamaban la necesidad de un desarme unilateral como forma de que Hitler no se considerase amenazado y, por tanto, desapareciera la amenaza de guerra.

Sin embargo, aunque el tipo sea fácilmente reconocible en los términos en que Sowell lo describe, como alguien que se considera parte de una elite y que no acepta las limitaciones de las leyes a las que quiere evitar por vía interpretación libre y que, por supuesto, piensa que la sociedad estaría mejor organizada si, en lugar de dejar a cada uno que decida sobre su propia actuación, ésta es dirigida por los que «saben» que es lo que se requiere y están dispuestos a imponer sus recetas, todo esto ya estaba en «The vision of the anointed». Sin embargo, hay dos puntos en que se le va definitivamente la mano:

  1. La generalización: Cierto que hay muchos personajes prominentes que son inmunes a la realidad -no sólo entre los intelectuales tal como los define Sowell- pero, en particular, se dedica a lanzar dardos a un personaje que no sólo no fue inmune a la realidad sino que ésta le hizo cambiar completamente sus planteamientos: Bertrand Russell. En el terreno político, tiene muy poco que ver el Russell de los años 20 con el Russell posterior a la Segunda Guerra Mundial donde había visto los efectos e incluso había visitado las famosas «aldeas Potemkin» y, como consecuencia, alteró por completo sus posiciones iniciales. No todos han hecho lo mismo pero, tal vez, habría que introducir también el factor de honradez intelectual. No todo el mundo la tiene en el mismo grado.
  2. La negación de la contribución positiva. A pesar de que él mismo da ejemplos de personajes que han tenido una contribución, a través de las ideas, sobre las actuaciones de otros, no siempre esa contribución ha de ser necesariamente negativa y, si así fuera, nos veríamos obligados a preguntarle a Sowell qué opina de su propio papel y de la incidencia que éste pueda tener en el pensamiento económico y social. Puesto que Sowell acusa a los «intelectuales» de salirse de su ámbito de conocimiento, lo mismo le sería aplicable a él cuando comienza a tocar temas como la organización social, a menos que arbitrariamente decida ampliar el ámbito de la economía también a estos asuntos, en cuyo caso quedaría definitivamente inscrito en la casta de «intelectuales» que denigra.

En suma, piezas brillantes pero dentro de un conjunto deslucido. El original, «The vision of the anointed», resulta mucho más aconsejable como lectura.

La beatificación de Mario Conde

¿Es casualidad que la apología de Mario Conde se produzca en un momento en que las dudas sobre la incompetencia de Gobierno y oposición van dejando de ser dudas y pasando a ser certezas? ¿Es un primer paso para lanzarse de nuevo a una carrera política aprovechando la ausencia de alternativas creíbles por uno y otro lado?

Mario Conde y sus portavoces mediáticos no nos dicen nada nuevo cuando desvelan que detrás del caso Banesto hubo una maniobra política de gran envergadura. Sin embargo, es mucho más difícil sostener que Mario Conde aterrizó en la cárcel EXCLUSIVAMENTE por causas políticas y que no había metido la mano en la caja.

Uno, Felipe González, temía a Mario Conde como oponente en un momento en que los escándalos de corrupción le saltaban por todas partes; otro, José María Aznar, acababa de conseguir librarse del padrinazgo de Fraga y temía a Mario Conde como eventual sustituto. Ambos, por tanto, tenían motivos para desear la caída de Mario Conde pero eso no convierte a éste en inocente de toda culpa.

Mario Conde puede quejarse, con razón, de que con él se cometió un agravio comparativo ya que otros Bancos, fundamentalmente el entonces Banco Hispano Americano, se encontraban en una situación completamente crítica pero la amistad de su entonces presidente, Claudio Boada, con Carlos Solchaga y su grupo llevó a que los tratamientos de los casos Banesto e Hispano fueran radicalmente distintos.

La entrada de Mario Conde en Banesto fue una maniobra magistral: Banesto era un Banco ineficiente con una plantilla con la edad media más elevada de toda la Banca y cuyos pobres resultados hacían que sus acciones estuvieran valoradas a la baja. Sin embargo, el grupo industrial que había detrás tenía una dimensión mucho mayor de lo que podía pensarse por el valor de las acciones en el mercado, o sea, Banesto era el candidato ideal para una OPA hostil encaminada a trocearlo. Al vender piezas del grupo industrial a precio de mercado, mucho más elevado que el valor contable que reflejaba el valor de adquisición mucho tiempo atrás, eso podía transformarse en una máquina de hacer dinero durante bastantes años. Por añadidura, la elevadísima edad media de la plantilla permitía un cambio total hacia un modelo mucho más eficiente de funcionamiento sin necesidad de ningún tipo de soluciones traumáticas sino, simplemente, recurriendo a prejubilaciones de verdad, no de las que se comenzaron a hacer poco más tarde afectando a personas por debajo de los 50 años.

Mario Conde tuvo una gran perspicacia cuando se dio cuenta de qué era realmente Banesto y su enfrentamiento con el poder comenzó porque alguien más se había dado cuenta de lo mismo: José Ángel Sánchez Asiaían, entonces presidente del entonces Banco de Bilbao, quien quiso comprar Banesto contando con todas las bendiciones del poder político del momento. La negativa de Mario Conde a aceptar la compra de Banesto por el Banco de Bilbao sería el inicio del enfrentamiento que, en su primera fase, concluyó con su llegada a una cárcel en la que el régimen penitenciario debía ser lo suficientemente relajado como para permitir verle, mientras estaba encarcelado, comiendo en una conocida arrocería de los alrededores de Madrid. Aclaro que esto último nadie me lo ha dicho; estaba en la mesa contigua a la mía.

Si repasamos la historia de Banesto durante la época de Mario Conde, encontraremos que los beneficios que daba Banesto no procedían de su actividad bancaria sino del capítulo de «atípicos», es decir, de la venta con gran beneficio de una serie de empresas del grupo industrial y del reparto del dinero. Al parecer, maniobras políticas aparte, una parte de ese dinero no llegó nunca a los accionistas sino que se quedó en el camino y ésa fue la causa de la condena aunque, lamentablemente, tengamos que coincidir con Mario Conde en que eso le habría salido gratis si hubiera tenido las amistades convenientes y no hubiera estorbado los intereses políticos de los que tenían en su mano los resortes del poder para imponerlos.

La hagiografía de Mario Conde ha sido emitida por un medio que se identifica a sí mismo como «la derecha en España». A cualquiera le puede sorprender un mensaje publicitario que coloca a Sarkozy como «la derecha en Francia», a Merkel como «la derecha en Alemania» y, sin embargo, cuando llega a España no identifica a Mariano Rajoy como «la derecha en España» sino que se identifican ellos mismos como tales. Como en este ámbito nadie da puntada sin hilo, no podemos pensar que esa atribución o falta de atribución sea accidental sino que, de una forma absolutamente transparente, nos están diciendo que no consideran a Mariano Rajoy el líder de la derecha en España…y probablemente coincidan en la apreciación con muchos miembros del PP. Si esto es así ¿cuál es la alternativa a Rajoy?

Desde una posición de alguien que se considera «la derecha en España» no cabe pensar en que la solución venga de un recambio de Zapatero que haga dar un giro de 180 grados (360 que diría Ana Mato) a la política del PSOE. Si hablamos de un partido emergente como UPyD, mucha gente no afín al PSOE puede coincidir al 100% con el mensaje de Rosa Díez y mucha gente que sí es afín al PSOE pero no a Zapatero también. Sin embargo, es una alternativa más que dudosa. En primer lugar, el sistema electoral español favorece a los grandes partidos y a los que tienen su voto concentrado en pocas circunscripciones y un partido nacional minoritario tiene unas posibilidades mínimas. Sin embargo, no es éste el problema más grave: En la remota hipótesis de que UPyD llegase a alcanzar un número de votos que le permitiese ejercer como bisagra ¿contribuiría UPyD a limpiar el sistema o la diversidad de procedencias y tendencias de sus miembros haría que asistiéramos a una subasta del voto pudriendo todavía más el sistema de lo que ya lo está? Por último, UPyD es básicamente de izquierdas y muchos de sus miembros lo utilizan como una especie de «PSOE en el exilio» que espera la caída de Zapatero para volver a su papel de «senadores romanos» una vez desaparecidos Calígula y su caballo.

En estas condiciones ¿cuál es la apuesta de Intereconomía o, como ellos se califican, «la derecha en España»? Un líder de la derecha que pueda representar una alternativa a Rajoy y que pueda recoger a militantes y votantes descontentos con su acción o su inacción. Algunos no ocultan sus preferencias para ese papel por Esperanza Aguirre pero ésta no se ha decidido a dar el paso definitivo; además, Esperanza Aguirre, como ella misma reconoció cuando le preguntaron por su valoración en las encuestas, tiene adhesiones incondicionales y enemigos mortales. Alguien con un perfil intelectual más alto que una persona que no había leído a la famosa escritora «Sara Mago», como Esperanza Aguirre, pero con unos principios liberales igualmente sólidos  y dispuesto a defenderlos sin complejos sería una opción ideal. Exigir que, además,  fuera honrado sería ideal pero utópico.

A estas alturas, creo que somos muchos los convencidos de que el sistema político se sustenta en la doctrina MAD (Mutual Assured Destruction) que consiguió la paz en la época de la guerra fría. Nadie asciende en el escalafón de un partido si tal partido no tiene los recursos para, cuando le sea necesario, poder destruir al que se ha convertido en molesto. Es posible que alguien más optimista que yo piense que no es así; en tal caso, no estará de más recordar que las filtraciones que descabalgaron a Borrell de su puesto de candidato a la presidencia nacieron dentro del PSOE y, por idéntica razón y con idéntico origen, tenemos en estos días las informaciones que van saliendo encaminadas a la caza y captura de Bono con la finalidad de anularlo como alternativa. A alguien dentro del PSOE y partidario de Zapatero, si no él mismo, le puede venir bien liquidar políticamente a Bono y a alguien, que se autodefine como «la derecha en España», le puede venir bien publicar esa información para que no se produzca el relevo de Zapatero en el PSOE en la forma de un personaje que pudiera tener algún tirón populista. Por supuesto, al igual que en el caso de Conde, el hecho de que Bono sea atacado por motivos políticos no presupone en modo alguno su inocencia.

Con todo este cóctel ¿qué nos queda? Mario Conde. Mario Conde fue víctima, además de sus propias acciones, de una maniobra política en la que convergieron los intereses de las cabezas de los dos grandes partidos. Ahora, paradójicamente, nos lo quieren beatificar por idéntico motivo: Necesidad de buscar urgentemente un recambio tanto en el liderazgo de la derecha como en el de la izquierda.

Sanciones de tráfico y más que dudosa constitucionalidad

Hace algún tiempo  me comentaron algo que me pareció increíble y tomé nota para, en caso de que fuera real, llegar hasta donde hiciera falta, incluso al Tribunal Constitucional aún sabiendo que decisiones pasadas e indecisiones presentes hacen que, por decirlo suavemente, no se encuentre en su momento de mayor prestigio. La cosa era que una infracción de tráfico cometida sin ir al volante de un vehículo que exigiera carnet de conducir podía, igualmente, suponer puntos en el carnet de conducir.

La objeción que se puede hacer es absolutamente clara: Supongamos que voy conduciendo una bicicleta -que no requiere carnet de conducir- y me salto un semáforo. Me tropiezo con un guardia urbano de la variedad normópata y decide que me va a sancionar y que la sanción me va a suponer pérdida de puntos en el carnet de conducir. Supongamos que en el mismo momento otro ciclista actúa de idéntica manera y el guardia le sanciona también a él pero, puesto que no tiene carnet de conducir, la misma acción tiene una sanción distinta en uno y en otro caso.¿Dónde está la lógica?

Pues bien, ahora sale el nuevo Código Penal que establece que, en determinadas situaciones como conducir con una alta tasa de alcohol en sangre, una de las sanciones asociadas es la confiscación del vehículo. Supongamos tres posibilidades:

  1. Voy conduciendo pero el coche no es mío o es alquilado.
  2. Voy conduciendo y el coche es mío pero es un cascajo que estoy encantado de que me quiten de encima.
  3. Han pillado a Cristiano Ronaldo conduciendo un Ferrari recién comprado y a su nombre.

Idéntica situación. ¿Puede el Código Penal establecer sanciones distintas para el mismo acto en función de quién lo cometa? Si todos somos iguales ante la ley, parece que no. ¿No tienen nada que decir a esto ni la férrea oposición ni el prestigioso Tribunal Constitucional? ¿Tendrá alguien que llegar hasta Estrasburgo para intentar restablecer la cordura?

Up-in-the-air

Difícilmente creíble. El personaje interpretado por George Clooney no responde a lo que se conoce como outplacement, ámbito en el que sus especialistas cabe suponer que no hayan quedado especialmente contentos con la película.

Al menos en España, el «especialista en despidos» tal como se presenta en la película es simplemente un invento del guionista. Sí existen lo que se conoce popularmente como «carniceros», es decir, personajes especializados en recortar la plantilla hasta el hueso y que, con cierta frecuencia, apoyan su actividad en técnicas de mobbing.

El consultor de outplacement es otra cosa: Recibe a la persona que ha sido despedida -no por él- y trata de apoyarle en el camino de conseguir un trabajo nuevo. En algunos casos, asesora a la persona que va a realizar el despido -habitualmente, el jefe directo- para que el asunto resulte lo menos dañino posible para la persona despedida y poder empezar a trabajar con ella en lugar de tener que «reconstruirla».

Con estas dos figuras, el «carnicero» y el especialista de outplacement, el guionista ha hecho un popurrí dando como resultado el personaje interpretado por George Clooney al que acompañaban el jefe sin escrúpulos, la joven ambiciosa y la amante ocasional.

Los personajes están bien dibujados en lo que se refiere a su vaciedad, oportunismo y ambición y cualquiera que se mueva en el entorno de la consultoría podría ponerles unos cuantos nombres reales.

En suma, entretenida pero mejorable.

Gestión del talento en tiempos de crisis

Hace años escuché a un conocido director de recursos humanos afirmar, en una reunión informal de colegas, que en ese momento despedir a alguien no era una pérdida sino una inversión. Seguramente, ésta entra dentro del tipo de afirmaciones que nadie se atrevería a suscribir en público pero más de uno pensaría que, en un momento de crisis,  la mejor gestión del talento posible es una puerta de salida abierta de modo selectivo.

Sin embargo, no es cierto, y no lo es porque hay tres problemas que complican una visión tan simple, o simplista, como ésta:

  1. El problema de la legitimidad.
  2. El problema de la selectividad.
  3. El problema de los zombis.

El problema de la legitimidad es muy sencillo de explicar: Cualquier empresa, por bien gestionada que esté, se encuentra expuesta a tener que despedir a parte de su personal o, en un caso extremo, a cerrar. Sin embargo, una queja muy frecuente se produce porque, antes de llegar a esta situación o incluso mientras se está produciendo, son demasiadas las organizaciones que manifiestan una torpeza supina en la gestión cuando no abiertas corruptelas así como el mantenimiento de retribuciones supuestamente sujetas a resultados de los altos directivos y gastos suntuarios para ese mismo nivel. Ése es el problema de la legitimidad. Tener que prescindir de personal porque la situación es crítica puede ser tan doloroso como inevitable en algunos casos. En otros casos no ha sido evitable en absoluto y, para llegar a esa situación se han producido hechos que quitan toda legitimidad al proceso de reducción de plantilla y, por supuesto, a cualquier demanda de sacrificios que se pueda pedir a terceros a cuenta de la crisis.

El problema de la selectividad es tan serio como el primero y tiene dos frentes, uno relacionado con la calidad de la información disponible y el segundo relacionado con la contaminación de las decisiones sobre retención de talento por variables financieras o de relaciones laborales.

En cuanto a la información, parecería obvio que toda organización necesita tener un Who is who de su propio personal tanto en rendimiento actual como en rendimiento potencial. Sin embargo, tan obvio es que debería tenerlo como lo es que la mayoría de las organizaciones no lo tienen o no les sirve para nada. En este momento, es difícil encontrar una organización de cierto tamaño que no tenga una evaluación de rendimiento formal; otra cosa es que esa evaluación mida lo que tiene que medir y, además, sus contenidos sean fiables y no haya quedado reducida a un rito anual que hay que pasar.

Con frecuencia, las evaluaciones no son más que una forma de vestir la discrecionalidad ya que sus datos no se contrastan con ninguna otra fuente que permita su validación y, cuando así ocurre, pretender utilizar esas evaluaciones para tomar decisiones tan serias como quién se va y quién se queda sirve de muy poco. Algunas organizaciones, lamentablemente muy pocas, se toman tan en serio la evaluación que estar por debajo de un determinado centil puede ser causa de despido y eso es una garantía de que todos se van a preocupar de la validez de la información; en muchas otras, las evaluaciones representan un compendio de lugares comunes completamente inútil para la toma de decisiones.

Las relaciones laborales son otra fuente de distorsión para la retención del talento. Las empresas, al confeccionar una lista de despidos, buscan incluir en ellas a aquéllos que les van a suponer menos problemas que, generalmente, suele coincidir con las personas que tienen contratos temporales lo que, generalmente, suele coincidir con las personas más jóvenes que, sólo por ello, es de esperar que sean las que tienen más potencial. En terrenos que evolucionan muy rápidamente ni siquiera hablaríamos de potencial sino de capacidad actual. Cuando las decisiones de despido se toman con la evitación de escándalo como primer parámetro, se está dejando escapar a personal valioso que, en unos casos, representa una generación de relevo que se pierde. En otros casos, puede estarse dejando marchar a las personas más familiarizadas con nuevos desarrollos tecnológicos dejando sin cubrir funciones claves.

Por último, la macrodistorsión viene dada por el área financiera. La decisión de reducción de plantilla es, muy a menudo, motivada por una situación financiera crítica, y ello lleva a veces a cometer el error de permitir que el proceso sea dirigido por financieros con óptica estrictamente financiera. No hace mucho tiempo me encontré explicándole a un financiero que el despido de un analista funcional significaba, lisa y llanamente, que la empresa no podía seguir vendiendo una aplicación informática conocida en profundidad sólo por ese analista. Cuando los criterios que predominan son los de coste de despido o de reducción de los sueldos más elevados, es frecuente que el talento disponible salga por la ventana junto con sus propietarios.

He dejado para el final el problema de los zombis aunque no es menor ni tiene nada que ver con la ahora tan de moda obra de Stephanie Meyer. Se refiere al riesgo de poblar la organización con muertos vivientes como consecuencia de actuaciones que hacen visible el compromiso de la organización con sus personas, es decir, ninguno. El riesgo no está solamente en la eventualidad de que salga de la organización personal valioso, sea por su propio pie ante las negras perspectivas o por decisión de la organización; está también en provocar un estado de desmoralización que convierta a las personas en auténticos zombis más preocupados por su posición que por sus funciones y que, ante la carencia de compromiso desde la organización, hayan tomado una posición recíproca matizada únicamente por el temor al despido.

Bismarck decía que se prohíbe todo aquello que no se ordene expresamente. No hay que retroceder a la Prusia del siglo XIX para ver ese modelo en funcionamiento. Existe en muchas organizaciones actuales cuyo principal motivador es el miedo y éste es el mayor asesino del talento. Sólo a título de ejemplo, hace poco se han publicado las conclusiones de la investigación de un incidente en un vuelo de Ryanair con destino Roma (Ryanair 9672 del 7-9-2005). Sin la menor exageración, puede decirse que los pilotos se perdieron durante la aproximación. En la revista Mach82 de diciembre de 2009 se puede leer lo siguiente:

El comandante perdió a un hijo de 3 meses sólo unos días antes del vuelo y tras una larga enfermedad. En sus días libres, había estado viajando desde su base, Ciampino, a su casa en Varsovia y tras la muerte, declaró a la Comisión de Investigación que no informó a su operador por miedo a perder el trabajo.

El copiloto podría haber echado un cable, aunque es probable que estuviera limitado por su falta de experiencia. Poseía un total de 475 horas de vuelo de las que 300 eran del avión, es decir, había sido contratado por el operador con tan solo 175 horas de vuelo. De hecho, declaró que ese había sido su primer vuelo con meteorología adversa.

¿No podría definirse eso como un régimen de terror? Muchas organizaciones en situación de crisis, y algunas sin estarlo, acaban cayendo en ese modelo creador de zombis. Además, se hace en un momento donde se necesita el máximo de las capacidades de cada uno, capacidades que aunque no desaparezcan quedan, como en la célebre película Cocoon, encapsuladas y esperando que aparezca un ambiente propicio para emerger. Mientras tanto, seguirán escondidas en su cápsula y la actuación del zombi será dirigida por el miedo como principal o única variable.

No es imposible gestionar el talento en época de crisis. Es, incluso, especialmente necesario hacerlo entonces pero muchas de las prácticas utilizadas para capear el temporal son auténticas asesinas de talento. He tratado de recoger las que considero más importantes pero la relación no es ni mucho menos exhaustiva.

«El aprendiz» en la Sexta

No es propiamente cine ni teatro sino un programa de televisión que se emite en la Sexta los domingos por la noche. La primera vez lo vi por accidente pero he encontrado que puede ser valioso para cualquiera que esté involucrado, como profesor o alumno, en escuelas de negocios.

El programa no es original. De hecho, es una copia de un programa realizado en Estados Unidos donde el papel del empresario que busca aprendiz le correspondió a un Donald Trump en horas bajas y, dentro de un concepto que en general parece muy bien pensado, ahí puede estar el principal problema del programa. ¿Quién es el «Donald Trump» español que pueda ejercer ese papel de empresario en busca de un aprendiz?

La figura de Bassat, la opción por la que se han decidido en la edición española, es difícilmente creíble. Demasiados gags de head-hunter y, si se me apura, de vendedor de humo, valga la redundancia. Detalles de exaltación de la propia imagen como hacer siempre su entrada triunfal por una puerta de doble hoja abriendo las dos hojas -detalle que cualquier observador habrá visto que, como señalaba, es compartido con multitud de head-hunters- o hacer esperar siempre a las personas a las que un momento antes les han dicho que pueden pasar, lo que de nuevo es otro hábito frecuente en esa misma ganadería y así se podría seguir.

Sin duda, Bassat está bien asesorado y en la emisión aparece haciendo las preguntas clave pero, para darse cuenta de que carece de autenticidad, basta con contrastar su comportamiento en anteriores programas con el manifestado ayer mismo en que les había pedido a los dos grupos que compiten que preparasen un spot publicitario. Naturalmente, ahí Bassat sí pisaba fuerte y su intervención se veía más auténtica que cuando aparece como el producto de un guionista con apuntador.

No es fácil. Es fácil darse cuenta de que Bassat puede no ser el personaje más adecuado para este tipo de programa pero no lo es buscar un recambio más creíble. ¿Se prestarían al papel personajes como un Emilio Botín, un Amancio Ortega, un Francisco González, un Manuel Pizarro u otros que, aunque de nivel más bajo, pudieran tener algo que decir en el ámbito empresarial como un Martin Varsavsky, un Fernández Pujals, un Adolfo Domínguez o equiparables? Dejando aparte elementos de telegenia, es muy posible que no y, por el contrario, un publicitario puede ver el programa como una ocasión para hacer marketing personal y de su agencia y estar, por ello, disponible.

En cuanto al guión, han de tener cuidado de que el programa no se les granhermanice porque tiene algunos elementos que podrían apuntar en esa dirección. Empezando por el más obvio de la convivencia en la casa del aprendiz y siguiendo por los apartes captados por la cámara en que, de forma sistemática, los participantes cuentan todos los fallos del líder mientras que éste está convencido de que su ejercicio como tal líder es simplemente fantástico.

Bien gestionada la continuidad entre programas donde puede apreciarse fácilmente que la selección de los equipos y de los líderes ha tenido bastante que ver con lo ocurrido la semana anterior. Sin embargo, este funcionamiento deja «daños colaterales» que son, ni más ni menos, los relativos a la imagen profesional de los concursantes. No resulta extraño que hace dos semanas hubiera un concursante, tal vez con un exceso de agresividad pero con argumentos más que fundados, decidiera abandonar el programa por el impacto que éste podía tener sobre su imagen profesional. El programa es un escaparate y no parece orientado a mostrar todas las excelencias del producto -el concursante- sino más bien lo contrario.

Las decisiones de despido al final del programa parecen también bien fundadas y, de nuevo, se ve ahí la mano de una asesoría bastante competente aunque, como nota de precaución a este respecto, hay que recordar que el espectador ve la decisión de despido como resultante de las secuencias que le han mostrado, de las cuales poco sabe sobre sus criterios de selección. Por poner un ejemplo de la semana pasada, la decisión de despido recayó sobre una persona especialmente inactiva y que casi pedía perdón por existir. A muchos nos pudo quedar la duda sobre por qué no habían despedido a un líder que había manifestado una incompetencia llevada al extremo y, por otro lado, había otra persona que parecía mucho más agresiva y emitía fuertes críticas hacia el líder.

Como resultante de ese escenario, la persona más crítica fue nombrada líder de un grupo para la semana siguiente y en ese grupo estaba como uno de sus miembros el líder de la semana anterior. Con carácter, al parecer excepcional, ayer fueron despedidos los dos. La nueva líder no mostró más competencia aunque sí mas soberbia que su antecesor y el viejo líder no hizo nada porque, según manifestó, se encontraba cansado por la presión sufrida la semana anterior (a algunos, el argumento nos recordó a un importante político español). De esta forma, se cerraba el circulo.

En suma, un programa interesante aunque tiene flecos. El tiempo nos dirá si se deciden a mejorar los puntos débiles y el programa se convierte en una referencia en el ámbito de la formación empresarial o van a la caza de la audiencia fácil y lo granhermanizan.

Por cierto, y para concluir, puesto que a estas alturas son muchos los alumnos que he tenido y es un número que sigue en crecimiento, una recomendación no solicitada: Si tenéis ocasión de presentaros a este programa,  http://www.youtube.com/watch?v=5CCZLhzIb5Y&feature=player_embedded no lo hagáis. El espectáculo y la imagen profesional encajan mal y, hasta el momento, no he visto una sola persona entre los concursantes cuya imagen haya salido favorecida.

ACTUALIZACIÓN AL DÍA 9 DE NOVIEMBRE

Dos elementos añadidos: Parece que el programa no está funcionando muy bien porque cada vez empieza más tarde y comenzar un programa de televisión a las doce de la noche de un domingo es casi una garantía de que nadie va a verlo.

Me había quedado con la idea de que nos muestran unas secuencias muy determinadas pero ayer pareció verse especialmente claro. Nunca antes se había visto desde el primer minuto del programa a quién iban a despedir. Ayer sí. Comenzaron el programa con una secuencia de uno de los participantes enloquecido y, al parecer, despertando a todos los demás participantes. A partir de ahí, el programa continuó sacando todas las salidas de tono del mismo participante haciendo que la conclusión fuera esperable.

No está tan claro pero parece que, ante el número creciente de bajas, se están decantando por dos participantes: A uno de ellos le sacan en una secuencia criticando una acción de su equipo en unos términos casi idénticos a los que luego utilizará Bassat para hacer idéntica crítica. Éste es el candidato racional, duro, inteligente y al que incluso presentan en una secuencia luciendo «tableta de chocolate» para que la imagen sea completa.

Naturalmente, para que la cosa tenga interés le tienen que poner a un contrincante opuesto y éste responde al tipo «Kung-Fu Panda», es decir, un contrincante gordito, simpático, aparentemente sin las aristas duras del primero e incluso que no le importa hacer cierto grado de ridículo poniéndose, por ejemplo, un delantal que imita un traje de faralaes o intentando hablar algo remotamente parecido al francés.

Hasta ahora, habían sido menos visibles los apaños pero ahora parecen verse mejor. ¿Será por eso la bajada de audiencia o, por el contrario, les ha entrado la prisa por ese motivo y quieren ir liquidando? ¿Se volverán a producir despidos múltiples en una sola semana para justificar una terminación temprana? Veremos.

ACTUALIZACIÓN AL 30 DE NOVIEMBRE

En este momento quedan cinco candidatos «vivos», de los cuales es absolutamente claro que hay dos que no tienen posibilidad alguna y están siendo utilizados como relleno. Sin embargo, al margen de las incidencias del programa, hay que reconocerles a sus responsables una notable capacidad de reacción:

Por una parte, han empezado a ser más visibles a lo largo del programa los asesores de Bassat que, al principio, salían solamente en las reuniones y es una aportación interesante. Además de esto, el papel del propio Bassat se ha visto fortalecido al utilizar ya sistemáticamente tipos de prueba que corresponden a su experiencia real y en los que, por tanto, no habla de oídas.

Es una pena que el tema del programa no lo haga popular y lo hayan ido desplazando cada vez más a unas horas nefastas. Lo que sí sigue permaneciendo como fallo, incluso tal vez aumentado, es la previsibilidad de las decisiones. Es difícil mantener un equilibrio entre el oscurantismo de la novela de misterio en la que, cuando por fin nos revelan quien es el asesino, al mismo tiempo nos están dando un conjunto de claves que no habían aparecido antes y la previsibilidad que implican un conjunto de comentarios e imágenes. El espectador, con todas las claves que le han dado, no tiene más remedio que estar de acuerdo con la decisión de despido del final del programa pero dos dudas permanecen:

  1. ¿Qué cosas no han mostrado que podrían haber sido relevantes y apuntar en una dirección distinta?
  2. ¿Se han planteado el efecto de «daño colateral» que provocan en la imagen profesional de los concursantes?

ACTUALIZACIÓN AL 9-12

Siempre con la reserva nada desdeñable de no saber cuál es el criterio de selección de imágenes y cuáles están editadas para dar una determinada impresión, parecería que, salvo que busquen un efecto sorpresa, el final quedó visto para sentencia: El programa está funcionando mal en el famoso share y la prueba evidente es que cada vez empieza más tarde y que lo emiten tras algunos programas de los que lo más suave que podría decirse es que incitan al vómito.

En el final del último programa, se intentó amagar -aunque era muy evidente que no lo iban a hacer así como era evidente quién iba a ser el despedido, previsibilidad que no favorece el interés aunque difícil de evitar si se quiere mostrar cierta coherencia- con despedir a dos en lugar de uno de los concursantes y, aunque no lo hicieron, dejaron un camino abierto que tal vez tengan intención de utilizar como forma de acortar una semana el programa.

Cuando a estas alturas parece claro que hay dos concursantes y dos que, en la jerga de algunos head-hunters, estarían ejerciendo como «acompañantes dignos» parecería lógico que los equipos del próximo episodio, con un total de cuatro personas, se hubieran configurado con dos equipos compuestos de concursante y acompañante. De esta forma, siempre tendrían la posibilidad de librarse de uno de los acompañantes; en lugar de eso, en el episodio que se emite el próximo domingo han puesto a los dos «buenos» en un equipo y a los dos «malos» en el otro.

Por otro lado, despedir a uno solo implicaría una situación muy desigual de dos contra uno al final. La solución perfecta, por tanto, para acortar una semana de programa y, además, saltar directamente a una gran final mano a mano de los dos «buenos» es preparar el terreno para, de una sola tacada, despedir a los dos «malos» en el próximo episodio.

Hay que decir, además, que a juzgar por lo visto desde la posición de espectador los dos «buenos» son realmente buenos aunque bastante distintos entre sí y de los dos «malos», uno ha mostrado unos comportamientos que parecen una mezcla de Cruella de Vil y la madrastra de Blancanieves y el otro ha dado siempre una imagen bastante mediocre. Utilizo el masculino como genérico para no dar más pistas.

Por cierto, ya puestos a hacer uso intensivo de la bola de cristal, apostaría por un candidato que no está apareciendo como el que mejor resultados obtiene pero ha hecho gala de una solidez personal muy poco común y no tiene ese punto de soberbia del que se sabe muy bueno en lo suyo. Dos semanas para saberlo.

ACTUALIZACIÓN AL 14 DE DICIEMBRE

Con lo ocurrido ayer, creo que podría conseguir un buen precio por mi bola de cristal. Sólo nos queda ver el final el próximo día 20 para saber si tiene un 100% de éxito  🙂

La prueba de ayer era especialmente difícil y, además, hecha a medida de los puntos fuertes de los ganadores esperables: Búsqueda con unas claves que parecían más de «En busca del tesoro» que otra cosa y negociación de precios. Como era de esperar, se mostró de nuevo la capacidad negociadora de uno de los ganadores y apareció otro asunto que para el espectador era nuevo pero estaba ahí: La otra ganadora había vivido un año en China y tenía una amplia experiencia sobre cómo negociar en bazares y demás. La soltura con que negociaba en Estambul siempre con la sonrisa puesta demostró que no era la primera vez que hacía algo similar.

En el grupo perdedor, por el contrario, pudieron verse algunas salidas de pata de banco sobre la virtud del perder y cómo ganar en esa prueba era sinónimo de explotar a los pobres comerciantes de Estambul. Sobre este particular y cómo funcionan los «pobres comerciantes de Estambul» tengo mi propia experiencia que he referido en algún otro post: Después de un regateo bastante salvaje, me equivoqué y le di al comerciante un billete mayor del que habría correspondido y éste me lo hizo notar. Al preguntarle cómo era posible eso, cuando un momento antes habíamos estado regateando y, sin duda, me seguía estafando en el precio aunque algo menos de lo que pretendía al principio, me contestó: «Éste es un país islámico; si te engaño en el comercio es porque soy más listo que tú y, por tanto, me lo he ganado. Si, por el contrario, me aprovecho de tí en algo como esto, alguien me lo demandará en esta vida o en la otra». La explicación fue magistral; servía para explicar por qué se podía ir por el Gran Bazar con calles atestadas de gente y con menos temor a descuideros y similares que en otros lugares teóricamente más avanzados pero, al mismo tiempo, dejaba también claro que la película de los «pobres comerciantes» y el ejercer de personaje puro que no quiere explotarlos es también eso: Una película con un guión  no muy ingenioso.

En suma, el programa se ha ajustado a un guión previsible incluso para un modesto espectador.

COMENTARIOS FINALES

En esta ocasión falló la bola de cristal. El programa final fue interesante y, en conjunto, puede decirse que los programas fueron mejorando semana a semana a pesar del obvio escaso éxito de público.

Una auténtica lástima aunque tal vez tenga mucho que ver con el perfil que la cadena ha ido dando de sí misma –basta con ver programas como el emitido antes de “El aprendiz” para hacerse una idea- y, tal vez, en otro tipo de cadena como Intereconomía o similares habría tenido mucha más fortuna.

Para romper totalmente la tónica, en el programa final ni siquiera fue previsible el resultado en los primeros minutos, como sí había venido ocurriendo en los anteriores. Algunos comentarios del ganador con cierto menosprecio –bastante injustificado- hacia su contrincante hacían pensar en su eliminación.

Cierto es que casi al final del programa le devolvieron la pelota y, con igual falta de elegancia que la exhibida por él, miembros del equipo perdedor comentaron que no les había parecido que el ganador final fuera a llegar a la final. Puesto que esto se dijo antes del resultado, la intención del comentario era clara y era una falta de tacto infantil ya que cualquier espectador medio podía llevar semanas suponiendo que el ganador iba a estar, como mínimo, entre los finalistas.

En el inicio del programa, los finalistas tuvieron que elegir tres personas entre los candidatos ya eliminados y se produjo el curioso fenómeno de “los niños con los niños” y “las niñas con las niñas”. Ya en ese momento hubo algunos chascos y algunas sorpresas.

Por ejemplo, los semifinalistas parecieron sorprendidos de no ser elegidos para formar parte de los equipos de ninguno de los dos candidatos y tal vez fueron ellos los únicos sorprendidos ya que, por mucho que hubieran llegado hasta la semifinal, habían quedado por el camino candidatos de mayor calidad y, sobre todo si nos referimos a uno de los semifinalistas, más dignos de confianza.

El ganador, entre los comentarios iniciales faltos de tacto, se refirió a posibles candidatos más fuertes y mencionó expresamente a uno que, con buen criterio, se autoexcluyó y que finalmente formaría parte de su propio equipo. Probablemente tuviera razón pero lo que es más difícil de ver desde la propia posición es que el equipo resultante, con una excepción, era muy homogéneo y con perfiles muy similares a los del propio ganador.

El menosprecio que mostró hacia su contrincante puede entenderse en ese sentido: Era un perfil muy distinto al propio pero, al margen de asuntos que saldrían a relucir como el dominio de idiomas, lo que le faltaba de capacidad de planificación con relación al ganador podía en algunos terrenos suplirlo con una capacidad de contacto cálido sin panfilismo y con una capacidad para asumir los propios errores muy poco comunes.

Coincido con el comentario de Bassat del final en el sentido de que le habría gustado un empate. Personalmente, habría contratado a los dos aunque sin hacerme demasiadas ilusiones sobre la permanencia a largo plazo de ninguno de ellos.

En programas anteriores, la carrera profesional de más de uno de los candidatos puede haber quedado seriamente dañada pero, en este caso, los dos finalistas y algunos de sus acompañantes son con claridad “carne de head-hunter” que les han visto expuestos semana a semana y pueden tener más criterios de selección que los disponibles con un candidato desconocido.

Para finalizar, sólo queda darles la enhorabuena a los creadores del programa y su capacidad para ir mejorando el producto semana a semana. Si hubiera una nueva edición, cosa que dudo a la vista de la hora a la que se emitía el programa, sólo cabe pedir que no se transforme en un “Gran Hermano business”, cosa que viendo la trayectoria de la cadena tampoco sería muy de extrañar y que lamento especialmente ya que, en su momento, estuve como invitado en un programa de la Sexta, cosa que hoy sería para pensárselo mucho.