Categoría: Temas sociales y políticos

«De la buena y la mala educación: Reflexiones sobre la crisis de la enseñanza» de Ricardo Moreno Castillo

El primer libro de Ricardo Moreno, «Panfleto antipedagógico» me recordó a una película: «Un día de furia» protagonizada por Michael Douglas y donde narraba las hazañas de alguien que había aguantado en silencio más de lo que podía.

Este segundo libro va en la misma línea, es decir, denuncia de las salvajadas cometidas en la enseñanza por los visionarios de la pedagogía y de sus efectos. Adicionalmente, además de aportar alguna información nueva como la justificación de los menos que mediocres resultados por parte de la enseñanza española en su comparación con otras, dedica cierto espacio a contestar a sus críticos con la agudeza que ya caracterizó su primer libro.

El libro vale la pena como es frecuente que ocurra con aquellos libros en los que sus autores no sólo denuncian que «el emperador está desnudo» sino que se esfuerzan en demostrarlo; sin embargo, a diferencia de lo que le decía Sancho a don Quijote, tal vez haya que decirle a Ricardo Moreno «que no son molinos, amigo Ricardo…que son gigantes», gigantes de sectarismo y de negación de la realidad más evidente en nombre de unas teorías preconcebidas, pero gigantes al fin. No hay que olvidar que, como decía Revel, «la primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira».

Llama la atención, entre las diversas críticas respondidas por el autor, una en el sentido de que no se puede estar en contra de la pedagogía y le aportaría una reflexión más: ¿Te has dado cuenta, Ricardo, de que utilizan el mismo modelo que los nacionalistas? No se puede criticar a los nacionalistas porque es criticar a Cataluña, Galicia…o a quien sea; por idéntica lógica, no se puede criticar a los pedagogos porque es criticar a la enseñanza. Es un viejo truco muy usado por los políticos, el de tomar una parte -su parte- por el todo para intentar que todos se consideren agraviados por algo que va dirigido exclusivamente en contra de ellos.

Me encanta la última parte -la más radicalmente nueva con respecto al libro anterior- con las recomendaciones de leer y algunas indicaciones sobre qué cosas leer y sólo me voy a permitir discrepar en una cosa: La valoración de la asignatura de «Educación para la ciudadanía» y la posición sobre la objeción de conciencia. Permíteme, Ricardo, que conteste a tus argumentos en segunda persona:

Entre las muchas magníficas lecturas que recomiendas, he echado una a faltar y creo que es importante: «La sociedad abierta y sus enemigos» de Karl Popper. No voy a repetir algunos argumentos que ya he dado en este blog https://factorhumano.wordpress.com/2007/09/25/educacion-para-la-ciudadania-visto/en contra de la asignatura de «Educación para la ciudadanía» -algunos de ellos, simplemente citando textos literales del BOE- pero sí me gustaría justificar más mi posición de discrepancia con tus argumentos en un libro con el que, en todo lo demás, estoy de completo acuerdo:

No tengo nada en contra de que exista tal materia, llámese así o de cualquier otra forma, sino de los contenidos con que ésta sale a la luz. Si se trata de mostrar en el aula los valores constitucionales o si se trata de hablar de cuestiones básicas como la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, me parecería correcto que existiera tal materia.

Si se utilizase como texto de la asignatura el que he mencionado -«La sociedad abierta»- o cualquier otro que no trate de dar una visión cerrada de la sociedad (algunos textos de Bertrand Russell serían una excelente alternativa) estaré también completamente de acuerdo. Entre los argumentos de defensa de la materia, comentas que «sería objetable una asignatura donde adoctrinasen en marxismo y no lo es una asignatura de historia de la filosofía donde el marxismo es un tema más de estudio» y no puedo estar más de acuerdo contigo…y es precisamente por eso por lo que me opongo a la asignatura tal como está configurada.

Mis motivos para la oposición no tienen nada que ver con el clericalismo al que aludes como motor de tal oposición. Difícilmente podría ser así pero eso ya es otra historia. Creo que, al poner a los obispos como los promotores del ataque contra la asignatura, concedes a la Iglesia una importancia que en el terreno ideológico no tiene. 

Supongo que sabes que éste es un punto común de tus argumentos con los de Fernando Savater sobre la misma materia. Me llama la atención de Savater que quien ha repetido más de una vez que «no se puede ser tolerante con la intolerancia» a veces se olvide de aplicar esa doctrina en algunos contextos.

Ése es el motivo real de la oposición. Tal como está configurada ahora, la materia no es una escuela de respeto y tolerancia sino todo lo contrario. Esta materia nace como el producto de una izquierda de salón o, si lo prefieres, de lo «políticamente correcto» que siempre se ha arrogado una superioridad moral y, desde esa pretendida superioridad, imparte lecciones y la configuración de «Educación para la ciudadanía» es una de esas lecciones.

Por cierto, en su defensa en el Congreso de la materia, Zapatero, gran abanderado de esa izquierda insustancial que sustituye los argumentos por imágenes, utilizó el mismo truco dialéctico de los nacionalistas al preguntar qué es lo que molesta de la materia, si es la «educación» o si es la «ciudadanía».  Habría que responder que ninguna de las dos cosas; que lo que molesta es la manipulación.

Como decía antes, los hechos no demuestran tal pretendida superioridad y un hecho que habla de cuáles son las pretensiones reales es lo que dice el BOE de la asignatura…no digamos ya lo que dicen algunos de sus libros de texto. Esta materia no es una mera defensa de valores democráticos y constitucionales sino que trata de imponer una visión única y, por ello, partidista.

Un ejemplo que encontrarás en el vínculo de más arriba: ¿Cómo puede alguien decir que uno de los temas de la materia es «conocer las causas de la pobreza en el mundo»? Inmediatamente habría que preguntar «¿Según quién?» porque los diagnósticos son radicalmente distintos…y eso sin salirnos del universo de posiciones políticas democráticas.

Cosa distinta sería que se dijera «debatir» o «analizar» y las palabras utilizadas aquí tienen su trascendencia, porque eso da lugar a distintos puntos de vista pero…¿conocer? Es un mero ejemplo pero encontrarás muchos más siguiendo ese vínculo.

 Vuelvo a otra cita de Savater aunque no sea literal: Hay dos cosas muy distintas que, a menudo, se confunden. Una de ellas es el problema y su solución asociada y la otra es la pregunta y la respuesta. En el momento en que aparece la solución, el problema deja de existir. Por el contrario, la respuesta no hace desaparecer la pregunta.

Muchos de los temas tocados en «Educación para la ciudadanía», por su propia naturaleza, responden al modelo de «preguntas» que no desaparecen con la «respuesta» y no al de «problemas» que desaparecen en el momento en que nos dan la «solución». Esa confusión interesada se llama adoctrinamiento… y es adoctrinamiento precisamente porque trata de borrar la pregunta del mapa mental del alumno en lugar de invitarle a buscar respuestas.

Ésta es la discrepancia -ciertamente importante- dentro de un conjunto de acuerdo general. Naturalmente, los que se sientan atacados por tu libro te pondrán la etiqueta de nostálgico, etc. pero las cosas son mucho más complejas y diversas. No todo el que se opone a algo lo hace por los mismos motivos y desde idénticas posiciones aunque es verdad que cuando el agua -o las miasmas de lo políticamente correcto- llegan al cuello, es más fácil centrarse en lo que hay de común que en las discrepancias.

El fracaso del sistema educativo es suficientemente importante para centrarse más en lo que une que en lo que separa y, por ello, es un libro a leer por todo el que comparta esa preocupación aunque -siempre desde el punto de vista particular de cada uno- pueda encontrar partes en las que, como en «El alcalde de Zalamea» se pueda decir lo de «Que errar lo menos no importa si acertó en lo principal».

 

«El engaño Google» de Gerard Reischl

Interesante. El libro es una crítica sobre Google pero, en realidad, va mucho más allá: Al hablar del fenómeno Google y describir cómo funcionan lo que podrían considerarse sus distintas ramas, nos está diciendo algo más: Tenemos una especie de «Gran Hermano» que se llama Internet. Hoy, Google puede ser su administrador y pasado mañana podría ser otro pero el Gran Hermano mismo continuaría existiendo.

Hace unos cuantos años, nadie podría pensar que IBM iba a ser descabalgada de su puesto como la potencia dominante en el mundo del procesamiento de datos, unos pocos años más tarde nadie podría pensar que lo mismo le iba a ocurrir a Microsoft y hoy parece que nadie puede pensar que eso mismo le pudiera ocurrir en un futuro a Google.

Cuestiones como los trucos utilizados por los anunciantes como incluir en sus páginas web letra y fondo del mismo color -no visibles, por tanto, para las personas pero sí para los buscadores- como forma de aumentar su presencia o trucos más o menos sucios destinados a engañar a los buscadores con el objetivo de difamar a alguien son interesantes, del mismo modo que lo es todo el entramado de servicios gratuitos y el hecho de que una potencia como Google pueda tener información -a través de las direcciones IP y, si se tiene cuenta de Gmail y se utiliza iGoogle más todavía- sobre cada uno de nosotros, qué buscamos en Internet, qué hacemos, cuáles son nuestros intereses y más aún…si utilizamos servicios de almacenamiento en Internet, tanto de tipo general como específico -por ejemplo, historiales de salud- todo esto está registrado y es una información que puede ser cruzada en cualquier momento para tener un perfil de alguien hasta el más mínimo detalle.

La empresa que retrata el autor se ha ido haciendo con ese poder despacito, silenciosamente y cayendo bien a mucha gente que considera a Microsoft como «el poder establecido» y a la que le repelen las actitudes del gigante establecido. No obstante, el problema puede ir mucho más allá del que señala el autor: El problema no es «Google sí o Google no» sino el hecho de que alguien -quien y cuando sea- pueda acumular tal volumen de información individual sin que ésta haya sido proporcionada voluntariamente.

Los que frecuentamos redes sociales tipo Facebook, Xing u otras sabemos que nuestros datos están ahí y que, al fin y al cabo, muchos creemos que son suficientemente públicos como para que haya que ocultarlos. Sin embargo, aún así,  siempre se toma la precaución de no aceptar invitaciones de desconocidos porque, automáticamente, éstos tienen acceso al perfil completo. Que Facebook haga una alianza con Microsoft y una de sus partes consista en facilitar a la primera el acceso a los datos de los usuarios no tiene nombre…que algo parecido lo haga Google tampoco y, al final, llegamos al punto de partida: Estamos vigilados en Internet.

Puede que resulte tener razón uno de los protagonistas de «Red de mentiras» (Russell Crowe) cuando, casi al principio de la película establecía que la mayor dificultad para combatir con terroristas islámicos era que no entraban en Internet ni miraban el correo electrónico todos los días. ¿Tenemos entonces que asumir que quien sí lo hace está sujeto a una permanente vigilancia sobre dónde está (localización geográfica de la dirección IP), qué le interesa (búsquedas o textos de mensajes de correo), cuáles son sus planes (calendarios personales en Internet) y así un larguísimo etcétera?

Google no es la enfermedad; es el síntoma.

«Planeta azul (no verde)» de Václav Klaus

Puede definirse como un libro contra los ecologistas sin que esto, de ningún modo, pueda definirse como sinónimo de libro contra la ecología o contra la naturaleza.

Trae a colación el ya famoso calentamiento global y las consecuencias del activismo político ecologista en torno a esta supuesta o real amenaza. Hay que decir, en primer lugar, que en el aspecto científico no hay aportaciones que no hayan sido hechas ya antes. Por ejemplo, si se quiere analizar con cierto rigor las dudas que existen sobre el calentamiento global y su origen, puede ser mejor leer la «Guía políticamente incorrecta del cambio climático» o la novela de Crichton «Estado de miedo». Sí es cierto que, como buen político, sabe encontrar el argumento o la frase de impacto y, como muestra, ahí van dos:

  • Según el protocolo de Kyoto, debemos limitar el uso de la energía en una tercera parte, cuya consecuencia será -hasta el año 2050- ¡un descenso de la temperatura en 0,05 grados centígrados.
  • Imaginen que levantan dos torres, una al lado de la otra, de una altura de 60 metros aproximadamente. En una de ellas colocan un ventilador, en la otra, la hélice de una turbina eólica. El ventilador será propulsado por energía eléctrica producida por una central eléctrica nuclear o de carbón. El viento del ventilador hará girar la hélice de la turbina eólica. Dado que el precio del suministro de la electricidad producida por la hélice eólica es tres veces más alto que el que hace girar el ventilador, un proyecto de estas características es económicamente sensato. Se sufragaría en once años y después empezaría a generar ganancias.

No son éstos, sin embargo, los argumentos que hacen distinto al libro sino el tratamiento del activismo ecologista como una amenaza directa a la libertad en nombre de unos principios absolutos e incuestionables. Señala a este respecto que la actitud de los ecologistas ante la naturaleza es análoga a la actitud marxista respecto a las leyes económicas; también los ecologistas intentan sustituir la libre espontaneidad del desarrollo del mundo (y de la humanidad) por una planificación óptima, central o, como está de moda decir hoy, global del desarrollo mundial…como las demás utopías, ésta solamente se puede alcanzar (¡pero es inalcanzable!) gracias a la restricción de la libertad y al dictado de una minoría de elegidos sobre la mayoría aplastante del resto de las personas.

Un claro ejemplo de esa pérdida de libertad está en el ejemplo del ministro británico de Medio Ambiente quien declaró que, al igual que a los terroristas no puede concedérseles espacio en los medios de comunicación, tampoco deberían tener derecho a ello aquéllos que son escépticos respecto al calentamiento global.

No vamos a entrar en esta reseña en el nivel de duda razonable pero políticamente silenciada que existe sobre el fenómeno del calentamiento global y, sobre todo, acerca de si ese fenómeno es o no un derivado de la actividad humana. Para eso, ya están aquí mismo las reseñas de los dos libros citados más arriba. Sin embargo, sí parece más relevante la calificación del ecologismo como una ideología populista y no como algo de carácter científico. A este respecto Klaus apunta lo siguiente: Aunque el ecologismo presume de tener carácter científico, en realidad es una ideología metafísica que en el fondo rechaza ver el mundo, la naturaleza y la humanidad tal y como son realmente, rechaza ver su desarrollo evolutivo natural y venera el estado actual de la naturaleza y del mundo convirtiéndolo en una especie de norma intocable, cuya modificación de cualquier índole presenta como una amenaza nefasta.

Ésta es la línea argumental más interesante y original del libro: La del activismo ecologista como una amenaza a la libertad frente a la cual la ortodoxia de lo «políticamente correcto» impone el silencio y es por esta parte, no por sus razonamientos científicos mejor desarrollados en otras obras como las mencionadas, por lo que vale la pena leerlo. Al final del libro, como síntesis, presenta un conjunto de principios de acción del mayor interés y que son los siguientes:

  • En vez del medio ambiente, promovamos la libertad.
  • No antepongamos cualquier cambio del clima a cuestiones fundamentales de la libertad y la democracia.
  • En vez de organizar a la gente desde arriba, propiciemos que cada uno viva según su propio criterio.
  • No sucumbamos a temas de moda.
  • No permitamos la politización de la ciencia y no sucumbamos a la ilusión del consenso científico que, de todos modos, siempre se está intentando conseguir pero solamente por parte de una minoría ruidosa y no por la mayoría silenciosa.
  • Seamos sensibles y cuidadosos con la naturaleza y exijámoslo en su vida personal también de aquéllos que tanto hablan del medio ambiente.
  • Seamos humildes frente a la evolución espontánea de la sociedad humana, creamos en su racionalidad implícita y no intentemos frenarla y desviarla en cualquier otra dirección.
  • No nos asustemos a nosotros mismos con previsiones catastróficas y no abusemos de ellas para la defensa e implantación de intervenciones irracionales en las vidas humanas.

En suma, vale la pena leerlo para todo aquél que no acepte dogmas incuestionables y pretenda utilizar un sentido crítico. Se esté de acuerdo o no con la totalidad, es cierto que toca temas que la «onda verde» ha conseguido que sean impopulares sin que ello les quite la más mínima validez.

Por cierto, puesto que la energía nuclear ha sido uno de los iconos más tradicionales de la onda verde, animo a la lectura de este blog para tener una perspectiva distinta:

http://weblogs.madrimasd.org/ciencianuclear/category/454.aspx

y de este otro para mostrar otra perspectiva sobre el calentamiento global:

http://tu.tv/videos/el-gran-timo-del-calientamiento-global_2#

Las vanguardias artísticas

Recién terminada la Segunda Guerra Mundial, un autor musical alemán, Webern, murió después de que, al saltarse un toque de queda, un soldado norteamericano disparase sobre él.

Entre otras obras de vanguardia, Webern tenía una donde doce personas salían a escena con transistores sintonizados en distintas emisoras. Los críticos se deshacían en halagos hacia el invento porque su originalidad consistía en que, en cada representación, la música -si tal se podía denominar el invento- era distinta.

Para los críticos, tal justificación podía ser muy coherente; el común de los mortales probablemente pensará si el toque de queda no fue una sutil excusa y lo que ocurría realmente es que el soldado americano era un melómano empedernido.

Esta misma tarde, en el Palacio de Cristal del Retiro de Madrid he tenido ocasión de acordarme de Webern porque la «obra» y los «argumentos» se parecían mucho. La «escultura» de Evaristo Bellotti no era otra cosa que haber cubierto el suelo de losetas -eso sí, de mármol de Macael- donde las centrales tenían unos canales que se habían llenado de agua. Para pasear por la «escultura» previamente había que descalzarse.

He tenido la curiosidad de recoger un folleto, que lleva el nombre del Museo Reina Sofía, y decía lo siguiente:

Algo más de la mitad de las piezas han sido trabajadas en relieve, según un trazado de doble curva entrecruzada, siguiendo un proyecto dibujado en papel y sobre el plano del Palacio. El agua, vertida sobre las losas, se almacena en las depresiones generadas a partir de las curvas, formando charcos (suele suceder así aunque no se le llame escultura al resultado). El reflejo de la luz sobre el agua y la propia evaporación convierten a esta escultura en una obra cambiante (o sea, lo de los transistores de Webern) sujeta a las variaciones de luz y de temperatura ambiente. En palabras de Bellotti, «escultura (nombre del invento) es un fragmento de intemperie». 

«La obra es transitable con los pies descalzos. La posibilidad de pisar los charcos de agua y sentir las depresiones labradas en el mármol transforma al espectador en paseante y al volumen de la escultura en un paisaje. La presencia de agua sobre la superficie ondulada evoca directamente la orilla del mar, la superficie de la playa mojada por el vaivén de las olas…Hay, además, un sentido lúdico, ineludible en el chapoteo sobre el agua, que pertenece a la actitud epicúrea que ha fomentado el artista ante la percepción sensorial de su trabajo».

Reconozco ser poco dado a las vanguardias artísticas y que, por ejemplo, descubrí que Miró sabía pintar sólo después de ver una exposición dedicada principalmente a Van Gogh donde algunos cuadros de Miró distintos a los habituales mostraban que realmente era un pintor. Siempre he apreciado a Dalí, algunas obras de Picasso y a pintores como Scheele, Klimt o, por supuesto, Van Gogh. Me he asombrado al descubrir «el otro Romero de Torres» que va mucho más allá de la piconera y con cuadros impresionistas que quitan el hipo…pero no puedo dejar de pensar que algunas pretendidas vanguardias artísticas no son más que simples tomaduras de pelo al espectador, glosadas por presuntos entendidos más dados al esnobismo que a una mínima actitud crítica.

La herencia de Aznar y la España de Zapatero: Dos caras de una misma moneda

En estos días en que el desempleo crece por momentos, son muchos los que se acuerdan de la herencia de Aznar y de la creación de cinco millones de puestos de trabajo. Esa herencia ha sido dilapidada tanto por sus sucesores, incapaces de hacerla valer ante el electorado, como por sus adversarios.

Llama la atención el silencio de los sindicatos y queda a la vista la subordinación de éstos a la política y, si alguien tenía alguna duda, queda claro para todos que no representan a nadie salvo a sí mismos y a sus prebendas.

Por añadidura, hay un cada vez más extendido hartazgo de los nacionalistas, como deja en evidencia el ascenso en vertical del partido de Rosa Díez, abanderado del antinacionalismo, mientras Zapatero va dejando clara su incompetencia a cualquiera que hubiera albergado dudas sobre la misma en el pasado.

Una situación económica en caída libre, caída que se negaba hasta hace muy poco, un desempleo creciendo a marchas forzadas, una insignificancia en la escena internacional a la que se añade el ridículo, unos nacionalistas crecidos y, como consecuencia de esto último, un parecido cada vez mayor de España a los reinos de taifas…y Zapatero dedicándose a prioridades nacionales como la SGAE, las subvenciones al cine y la protección o complicidad con cualquier grupo minoritario con tal de que sea vocinglero y pueda resultarles molesto a los sectores más tradicionales de nuestra sociedad…no hablemos ya de cuestiones como remover la guerra civil a través de su brazo judicial, Garzón, como ejemplo de cosa que molesta a muchos y no solo a los más tradicionalistas.

No creo en modo alguno que este breve resumen sea exagerado pero antes de cargar las tintas sobre Zapatero, habría que preguntarse por qué alguien que, incluso antes de llegar al Gobierno, era visiblemente incompetente no sólo gana unas elecciones sino que repite…no quiero entrar en cuestiones de mala educación como la escenita de permanecer sentado frente a la bandera norteamericana, cosa que por supuesto no hizo su compañero de partido Felipe González, y que le va a salir muy cara también con Obama.

La respuesta no puede ser más simple: A Zapatero le trajo de la mano, por supuesto sin pretenderlo, Aznar.

Aznar comenzó incumpliendo una promesa electoral de gran importancia: Recobrar la independencia del poder judicial, desaparecida con la iniciativa del «enterrador de Montesquieu», Alfonso Guerra, y con la connivencia del partido de Aznar. Una vez instalados en el poder, debieron creer que serían para siempre y entendieron que era preferible tener un poder judicial «apañado» entre los partidos políticos. La consecuencia de ese incumplimiento se ve ahora.

Aznar no puso el menor empeño en que fueran cumplidas sentencias judiciales importantes que curiosamente afectaban a gente que no le tenía la menor simpatía: Los Albertos, amigos de alguna testa coronada que, a su vez, no era muy amiga de Aznar y la devolución de Antena-3. Naturalmente, tras la pérdida de las elecciones se encontró con un virtual monopolio de medios de comunicación contrarios a su partido.

Aznar señaló con el dedo todopoderoso como sucesor al menos díscolo de los potenciales. La consecuencia es una oposición acomplejada y sin ningún tipo de tirón hasta el punto de que la situación hace que la valoración de Zapatero baje pero ¡oh, sorpresa! la de Rajoy baja mucho más. Una oposición sin un mensaje alternativo es ridícula; una oposición entregada es más ridícula todavía.

Aznar nunca quiso resolver temas como el de las parejas homosexuales, no se sabe si por no considerarlo una urgencia o por presiones del ala más conservadora de su partido. Al hacerlo así, abrió la puerta a que Zapatero hiciera una bandera de un asunto que una gran mayoría de militantes y más aún de votantes del partido de Aznar habría podido aceptar sin ningún problema.

Aznar no se atrevió a dar por terminada la moratoria nuclear ni a suprimir el PER y mucho menos a acordar con el PSOE el cierre definitivo del modelo de Estado. La consecuencia es que el chantaje nacionalista no sólo no ha disminuido sino que ha aumentado hasta extremos que sus artífices nunca habrían soñado hace unos años -los de Aznar- ni hace más años aún -los de Felipe González- pero hoy han encontrado su presidente ideal.

Aznar criticó mucho la LOGSE pero, al parecer, no tuvo tiempo en ocho años de cambiar el sistema educativo y lo intentó hacer precipitadamente y al final con lo que, aunque parecía difícil, se ha conseguido empeorar la situación.

Aznar y Rato potenciaron la entonces llamada correctamente desde el PSOE «burbuja inmobiliaria», burbuja que se olvidó en el momento en que llegaron al poder pero que, de acuerdo con lo que ellos mismos vaticinaban cuando estaban en la oposición, les estalló a ellos sin que hubiesen tomado ninguna medida para prevenirla. La prosperidad de la época de Aznar tiene mucho que ver con el ladrillo pero, inevitablemente, el ladrillo se acaba y ni él ni los que vinieron detrás hicieron nada para prevenirlo.

Al igual que el PSOE tenía razón al hablar de burbuja inmobiliaria, son muchos los que piensan que Aznar tenía razón al calificar a Zapatero de insolvente. Sin embargo, a ese insolvente al que siempre ha despreciado -al igual que él ha sido despreciado por Felipe González- le ha traído él mismo por sus miedos y sus incumplimientos. Aznar se recreó en la situación económica y despreció la política nacional; Zapatero desprecia la situación económica y se recrea en una política de gestos y ambas cosas, aunque a ninguno de los dos les guste, van juntas.

En estos días de modo especial es fácil sentir envidia de los americanos…y no por la victoria de Obama. Creo que si hubiera ganado McCain igualmente tendríamos que sentir envidia. La política por allí es otra cosa y hay algunos puntos que todos tienen muy claros…y eso es, por cierto, lo que Zapatero no valoró al cometer su payasada con la bandera americana. El ridículo internacional de ir mendigando apoyos de países de tercera división para estar en una reunión en Washington sólo es comparable al realizado por la «leal oposición» y su demostración de firmeza rayojesca en el caso de Navarra.

Éstos son nuestros políticos pasados y presentes.

Contracorriente: ¿Habría llegado Obama a la presidencia si no fuera negro?

No; no es una broma. No dudo de la brillantez de Obama y, aunque sigue siendo una incógnita qué es lo que hará, el mismo problema habríamos tenido con McCain puesto que expresamente quería diferenciarse de Bush.

Es otro asunto: Barack Obama saltó como una figura emergente en la campaña de Kerry. ¿Fue sólo porque era una persona brillante o el hecho de ser negro significaba también un guiño de complicidad hacia aquéllos que, unas veces con más razón que otras, se han considerado discriminados por cuestiones raciales?

Es cierto que, a partir de ahí, Obama tuvo que marchar sólo e incluso enfrentándose a una adversaria tan formidable como Hillary Clinton ¿otro guiño, en esta ocasión a las mujeres? ¿No era eso lo que pretendía McCain al presentar en su candidatura a alguien sin experiencia pero mujer, ultraconservadora y muy vistosa?

Insisto: No pretendo disminuir los méritos de Obama porque ha habido un momento en que ha tenido que andar solo pero, en contra de lo que tanto se está diciendo, es posible que la raza, lejos de haberle representado un problema, pueda haber sido una ayuda en su lanzamiento…al igual que ser mujer lo ha sido para Palin que, de otro modo, es muy improbable que hubiera sido colocada en la posición en que la puso McCain.

Las actitudes de exclusión son atribuidas, casi por costumbre, a las mayorías pero lo cierto es que son las minorías -si en el caso de las mujeres, por ejemplo, puede hablarse de «minoría» en un sentido estricto- las que presentan muy a menudo en mucho mayor grado esas mismas actitudes que critican. Algunas mujeres, por ejemplo, han llegado a hablar de «feminismo machista» para calificar el comportamiento de determinado tipo de feminismo por el que no se sienten representadas.

Si lo llevamos a la cuestión racial, ha habido quien ha echado las campanas al vuelo porque, supuestamente, la elección de Obama era prueba del fin del racismo…en todo caso, será prueba del fin del racismo blanco porque Obama ha sido votado por un 95% de los negros y eso, se mire como si mire, significa que muchos le han votado por ser negro (compárense estos resultados con los de cualquier blanco que haya presentado en el pasado el Partido Demócrata) y, a su vez, eso se llama racismo y no lo es menos por el hecho de provenir de una minoría.

Todas las medidas de la llamada «discriminación positiva», incluidas las absurdas leyes de cuotas, son una muestra de esto y en este terreno, el propio Obama es una muestra de ello en otro «acceso»:

Bush, titulado por Harvard, ha sido considerado por muchos como una especie de subnormal. Puedo estar parcialmente de acuerdo con una salvedad: Bush ha sido lo suficientemente inteligente como para percibir sus carencias y ha puesto a su lado a la señora Condoleeza Rice; otros, de los que cabe suponer iguales o mayores carencias, se rodean de personajes aún más limitados que ellos para que no les hagan sombra.

Al parecer, Obama -también titulado por Harvard- fue un estudiante brillante pero podríamos hacernos una pregunta incómoda: ¿Para quién es más fácil entrar en Harvard, para un estudiante negro o para uno blanco? Los sistemas de cuotas nos dicen que es más fácil para uno negro aunque -insisto- en este caso pudo tener el acceso más fácil pero luego tuvo que andar solo. Por añadidura, en la comparación Bush-Obama también habría que decir que Bush no era un «mero estudiante blanco» sino el descendiente de una saga muy introducida en el poder.

¿No son las cuotas una forma de racismo o, genéricamente, de exclusión? Cuando se le da preferencia a alguien por razón de pertenencia a una raza «minoritaria» o «excluida» ¿no se le está robando la oportunidad a alguien que, con mayores méritos, pertenezca a la mayoría de «no excluídos»?

En un momento en que todo el mundo se felicita por la ruptura del tabú de un presidente negro y de cómo Obama ha podido llegar a presidente «a pesar de» ser negro, todo el aparataje de las discriminaciones positivas, que no son sino discriminaciones contra una mayoría teóricamente dominante, nos debería llevar a pensar en si es «a pesar de» o «a causa de»…y, si alguien tiene alguna duda cuando esta reflexión se dirige hacia Obama, diríjase idéntico argumento hacia Palin. Tal vez ahí se vea más claro.

«La gran mascarada» de Jean François Revel

Revel ha sido siempre un autor adorado por unos y odiado por otros y, tanto lo uno como lo otro, por la misma razón: Revel, mientras los demás alababan el traje del emperador, ha sido de los muy pocos que se ha atrevido en voz alta que «el emperador está desnudo» y eso le ha causado enemistades que van más allá de su aún reciente fallecimiento.

La gran mascarada no es un libro nuevo sino que se publicó en el año 2000 y, lamentablemente, ocho años después continúa de plena actualidad. En un libro anterior, posiblemente el mejor de Revel, El conocimiento inútil , abría con su frase demoledora «La primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira».

En La gran mascarada Revel cuenta cómo después de desaparecer la Unión Soviética, los que en su día la aplaudieron no han extraído ninguna lección de su derrumbe y, muy al contrario, han continuado dando lecciones criticando al liberalismo y ejerciendo, en el mejor estilo sectario, una censura sobre todo aquél que ose criticar los numerosos crímenes de ese aún reciente pasado.

Revel critica igualmente los crímenes de personajes como Pinochet o Hitler pero, al mismo tiempo, señala cómo hay distintas varas de medir los crímenes en función de su autoría. Hay, por ejemplo, una referencia directa al juez Garzón, acerca del cual puede encontrarse otro post aquí que dice lo siguiente:

No hay que decir que al juez español que había dictado la orden contra Pinochet ni siquiera se le pasó por la cabeza hacer lo mismo contra Castro y aprovechar la presencia en Europa del dictador cubano para acelerar la operación. Esa púdica discreción transformaba instantáneamente en impostura la acción contra Pinochet. Una vez más, se ponía de manifiesto que la eventual culpabilidad de los responsables políticos no se aprecia con la vara de los crímenes contra la humanidad, efectivamente cometidos, sino con la del color político de la ideología en nombre de la cual se han cometido…a título de macabra comparación, se calcula en un total de 3.197 las ejecuciones debidas a la DINA (policía política chilena) durante toda la dictadura de Pinochet. Nadie pone en duda que la cantidad no es un criterio moral. Que un único asesinato basta para constituir el crimen contra la humanidad de un régimen o de un dictador. Pero el mayor o menor número de esos crímenes permite medir el peso real del terror que ejerce una dictadura y debería llamar más la atención de aquéllos cuya profesión es informar. Recordar que Castro mandó fusilar a 17.000 personas en un país de 10 millones de habitantes y Pinochet a 3.197 en uno de 15 millones permite comparar un terror con otro, sin excusar por ello a ninguno de los dos.

El libro de Revel es de aquéllos donde la mejor glosa es la realizada por el propio libro a través de un conjunto de frases que tienen en común la idea de que «el emperador está desnudo», constante en toda la obra de Revel y por la que nunca ha sido perdonado:

  • La izquierda no se equivoca jamás o, al menos, sólo se equivoca en relación consigo misma, en su propio seno, de un modo que sólo es digno de ser discutido entre los pares que la componen, jamás en unas condiciones que podrían llevarla a dar la razón a sus adversarios o incluso a darles la palabra. De este modo, su creatividad intelectual y su vocación redentora siguen triunfalmente su curso.
  • No se puede utilizar como prueba de la presunta orientación de un sistema política hacia la justicia y la libertad las ilusiones de los que han sido engañados y las mentiras de los que se han beneficiado de él.
  • La utopía no está sujeta a ningún resultado obligado. Su única función es permitir a sus adeptos condenar lo que existe en nombre de lo que no existe.
  • Cuando se comprueba que la economía de mercado no logra curar al instante las enfermedades del comunismo habría que preguntarse si la culpa es de la economía de mercado o del comunismo. El comunismo hecho migas no es la economía de mercado.
  • Prestar dinero sin límites a un país sin estructuras económicas, políticas o jurídicas viables…es lo mismo que echar gasolina en el depósito de un coche que carece de motor. Triplicar la dosis de carburante no logrará ponerlo en marcha.
  • Un malentendido falsea casi todas las discusiones sobre los méritos respectivos del socialismo y del liberalismo: los socialistas se figuran que el liberalismo es una ideología. Y mediante una sumisión mimética…los liberales se han dejado inculcar esa visión groseramente errónea de sí mismos…como el socialismo fue concebido con la ilusión de resolver todos los problemas, sus partidarios prestan a sus oponentes la misma pretensión…el liberalismo jamás ha ambicionado construir una sociedad perfecta. Se contenta con comparar las diversas sociedades que existen o han existido y sacar las conclusiones pertinentes del estudio de las que funcionan o han funcionado menos mal…cuando digo que el liberalismo jamás ha sido una ideología quiero decir que no es una teoría basada en conceptos previos a toda experiencia ni un dogma invariable e independiente del curso de las cosas o de los resultados de la acción. No es más que un conjunto de observaciones sobre unos hechos que ya se han producido.
  • ¿Qué es una ideología? Es una construcción a priori elaborada antes de y pese a los hechos y los derechos…la ideología no es ni ciencia por la que ha querido hacerse pasar ni moral, de la que ha creído tener las llaves y arrogarse el monopolio, ensañándose en destruir su fuente y condición: el libre albedrío individual, ni religión, a la que con frecuencia y equivocadamente se ha comparado.
  • Toda ideología es un extravío. No puede haber ideología justa. Toda ideología es intrínsecamente falsa por sus causas, motivaciones y fines, que consisten en realizar una adaptación ficticia del sujeto a sí mismo; a ese «sí mismo», al menos, que ha decidido no aceptar la realidad ni como fuente de información ni como juez del correcto funcionamiento de la acción.
  • Los socialistas contemporáneos, totalitarios «light», al menos en sus estructuras mentales y verbales, yerran cuando imaginan que los liberales proyectan, como ellos, la creación de una sociedad perfecta y definitiva, la mejor posible pero de signo contrario a la suya.
  • Decretar que el mercado es en sí reaccionario y la subvención progresista no sólo es una muestra de pensamiento simplista sino interesado, el de los virtuosos del parasitismo del dinero público.
  • Se juzga al comunismo por lo que se suponía que iba a proporcionar y al capitalismo por lo que efectivamente proporciona.
  • Puede muy bien existir un capitalismo sin mercado. Incluso el sueño de muchos capitalistas consiste en lo privado sin mercado, lo privado protegido de la competencia por un poder político cómplice y retribuido. Ése fue el sistema practicado durante décadas en América Latina, un capitalismo al que erróneamente se calificó como «salvaje» cuando estaba admirablemente organizado para servir a los intereses de una oligarquía.
  • Una de las astucias permanentes de la izquierda prototalitaria consiste en negarse a tomar en consideración los hechos con el pretexto de que, aunque estén probados, no es el momento adecuado para hablar de ellos porque beneficia al fascismo.
  • El argumento según el cual el comunismo es democrático porque contribuyó a la lucha antifascista es de tan poco recibo como el que considerara que el nazismo fue democrático porque participó en la lucha contra el estalinismo.
  • La genialidad del comunismo ha residido en autorizar la destrucción de la libertad en nombre de la libertad. Permitía aniquilarla a sus enemigos o justificar a los que la aniquilaban en nombre de una argumentación progresista.
  • La trampa intelectual de una ideología mediatizada por la utopía es, pues, mucho más difícil de desmontar que la de la ideología directa porque, en el pensamiento utópico, los hechos que se producen realmente no prueban jamás, a los ojos de los creyentes, que la ideología sea falsa.
  • Al nazismo se le ve venir de lejos. El comunismo esconde su naturaleza tras su utopía…el totalitarismo más eficaz y, por ello, el único presentable, el más duradero, no fue el que realizó el Mal en nombre del Mal sino el que realizó el Mal en nombre del Bien.
  • Si el nazismo y el comunismo han cometido genocidios comparables por su amplitud, por no decir por sus pretextos ideológicos, no es en absoluto debido a una determinada convergencia contra natura o coincidencia fortuita debidas a comportamientos aberrantes sino, por el contrario, por principios idénticos, profundamente arraigados en sus respectivas convicciones y en su funcionamiento. El socialismo no es más o menos «de izquierda» que el nazismo.
  • Todos los regímenes totalitarios tienen en común ser ideocracias: dictaduras de la idea…la distinción entre el totalitarismo directo, que anuncia de antemano claramente lo que pretende realizar, como el nazismo, y el totalitarismo mediatizado por la utopía, que anuncia lo contrario de lo que va a hacer, como el comunismo, se convierte en secundaria pues el resultado, para los que los sufren, es el mismo en los dos casos. El rasgo fundamental en los dos sistemas es que los dirigentes, convencidos de estar en posesión de la verdad absoluta y de dirigir el transcurso de la historia para toda la humanidad, se sienten con derecho a destruir a los disidentes, reales o potenciales, a las razas, clases, categorías profesionales o culurales, que consideran que entorpecen o pueden llegar un día a entorpecer la ejecución del designio supremo.
  • Se objetará, con razón, que ninguna rememoración de la criminalidad nazi puede ser excesiva. Pero la insistencia en esa rememoración se convierte en sospechosa cuando sirve para aplazar indefinidamente otra: la de los crímenes comunistas. ¿Qué eficacia moral, educativa y, por ello, preventiva puede tener la indispensable reprobación de los crímenes nazis si se transforma en una pantalla destinada a ocultar otros crímenes?
  • El deber de memoria o es universal o no es más que fariseismo partidista.

Creo que estas frases seleccionadas son suficientes para darse cuenta de por dónde va el libro. Revel siempre ha denunciado una asimetría en el tratamiento de la historia según quiénes sean sus artífices. Hay un ejemplo de esto que no está en este libro sino en «El conocimiento inútil» que es bastante expresivo:

Mucho después de concluida la Segunda Guerra Mundial, apareció documentación que demostraba que George Marchais, entonces secretario del Partido Comunista Francés, había ejercido como colaboracionista del régimen nazi. A pesar de que el hecho quedó acreditado, hubo un manto de censura por el cual la gran mayoría de los medios no consideraron conveniente publicarlo. En este aspecto, hace Revel una referencia a un comentario de Juan Luis Cebrián, entonces director de El País, en el sentido de que la publicación de este hecho no era conveniente dadas las circunstancias políticas a pesar de su clara trascendencia informativa.

 Naturalmente, eso deja completamente en cuestión a quién y por qué sirve un periódico y eso es lo que da lugar a memorias hemipléjicas como las que denuncia Revel.

 

«Economía canalla» de Loretta Napoleoni

El libro es glosado en la contraportada como un paso más allá de «Freakonomics». En mi modesta opinión…ni de lejos. Se centra en los aspectos indeseables de la economía de mercado que se producen en épocas turbulentas pero todos esos efectos pueden ser perfectamente explicados desde modelos como el de Freakonomics o desde autores como Sowell.

Puede decirse que es un «libro-camello» en lo relativo a interés. Comienza manejando un conjunto de estereotipos, alcanza un punto de interés hacia la mitad y se despeña en la trivialidad en el final.

Hay un punto de partida que ya es discutible: El hundimiento económico de la URSS y de sus países satélites dio lugar a la aparición de un conjunto de mafias con un gran poder económico y la emergencia de ese poder es analizada en términos de defecto de la economía de mercado.

Cualquiera que sostenga una posición liberal tiene que negar la mayor. El hundimiento de un sistema no califica a lo que emerge como consecuencia de «economía de mercado». Se podría definir mucho más correctamente con el propio título del libro, economía canalla, ya que la economía de mercado presupone un estado de Derecho y libertad desde el punto de vista del que compra y del que vende y no la existencia de monopolios soportados desde redes criminales.

No obstante, ese hundimiento ha propiciado una serie de hechos como la moderna esclavitud o economías sumergidas de grandes dimensiones apoyadas en el florecimiento de Internet. Esos hechos son tratados ampliamente y es ahí donde reside el punto de mayor interés del libro.

Al final, sin embargo, aparece como de la nada el modelo de finanzas islámico donde, por motivos religiosos, el dinero no está para producir dinero evitando así la especulación y éste es, según la autora, el nuevo poder emergente.

Por añadidura, modelos como el chino con su negativa a respetar cualquier tipo de propiedad intelectual generarán, también según la autora, un modelo económico nuevo donde las empresas occidentales perderán todo su poder.

Cuando se lanza por el terreno de la profecía, se le olvidan dos pequeños detalles:

-Si el dinero no produce dinero, la única forma posible de inversión es la directa y eso disminuirá con mucho la capacidad mundial para financiar la producción. Teóricamente habrá un mayor orden pero también es falso: Se generaría un mercado clandestino de «dinero que produce dinero» y la economía canalla que denuncia la autora alcanzaría unas magnitudes de vértigo. Una cosa es que fallos y connivencias de los reguladores con los regulados puedan haber producido una situación de crisis como la actual y otra distinta es que la solución sea prohibir por decreto la especulación financiera amparándose para ello en la ley islámica. No es una solución nueva y nunca ha funcionado.

El otro detalle consiste en la «normalización» de la situación china en cuanto a no respetar el trabajo ajeno y mejorar la calidad de las copias hasta hacerlas indistinguibles de los originales. Por su propia naturaleza, ese modelo de actividad tiene que ser marginal y no puede ser «normalizado» ya que, en el momento en que así fuera, el incentivo para crear simplemente sería barrido. ¿Quién se iba a molestar en crear cualquier cosa que supiera que inmediatamente le iba a ser copiada sin que pudiera hacer nada para evitarlo? ¿Quién iba a financiar, por ejemplo, la investigación en la industria farmacéutica?

De hecho, a la autora se le olvida mencionar que los propios chinos se han dado cuenta de este problema y que, en el momento en que ellos mismos han empezado a tener una actividad de I+D propia, han empezado a decir que es importante proteger la propiedad intelectual…y tienen razón. Una práctica marginal, mientras permanezca como marginal, puede ser dañina pero no pone en peligro la estabilidad del sistema; en el momento en que abandone la marginalidad puede tener efectos devastadores porque, en este caso, haría desaparecer todo el proceso de generación.

En suma, 25 euros que se pueden emplear mejor. 

¿Quién es Baltasar Garzón?

Quien no haya seguido su trayectoria en España y sólo conozca su perfil público en el extranjero puede formarse fácilmente una idea de alguien mitad héroe mitad villano. Algunos datos de su biografía menos conocidos fuera de España pueden dar una idea más completa de un personaje que ahora exige que le documenten que Franco ha muerto.

Garzón empezó a ser conocido al investigar el fenómeno de terrorismo de Estado que se produjo en España bajo el Gobierno de Felipe González. Eran unos momentos especialmente duros donde la colaboración francesa contra el terrorismo era escasa o inexistente y alguien buscó un atajo: Enviar pistoleros a cazar a los pistoleros en sus madrigueras. El invento pareció funcionar y, en una época especialmente activa, el terrorismo disminuyó espectacularmente pero un atajo de ese tipo tiene corto alcance.

En primer lugar, tienen que apoyarse en personajes tan repugnantes como aquellos que tratan de combatir y, a partir de ahí, no resultaba extraño que la caza del terrorista se convirtiese en una orgía de latrocinio e incluso hasta se asesinase a inocentes, poniéndoles previamente la etiqueta de terroristas, para justificar la continuidad de sus actividades.

Pues bien; Garzón estuvo investigando todo este fenómeno e incluso pergeñó una especie de organigrama de los GAL (nombre del supuesto grupo tras el cual se encontraba parte del aparato policial del Estado) a cuya cabeza situó un «míster X», apelativo bajo el cual estaba situando al entonces presidente del Gobierno, Felipe González, por entender que era imposible que todo esto se hiciera sin su conocimiento y, como mínimo, consentimiento.

Un tiempo después de comenzado todo esto, hubo unas elecciones y Felipe González presentó acompañándole en las listas como su número dos a un candidato-bombazo: Nada menos que el propio Baltasar Garzón que, hasta el día anterior, había estado intentando meterle en la cárcel.

Después de ganar las elecciones, a Garzón le dieron un puesto -no un ministerio como él parecía pretender o alguien le había prometido- donde sus funciones reales eran escasas o nulas. Garzón se sintió engañado y abandonó dando un portazo volviéndose a su juzgado para, sin solución de continuidad, volver a reabrir el proceso de los GAL y volver a intentar encarcelar a Felipe González.

Sin duda, es un episodio revelador sobre el personaje y la utilización de la administración de justicia como palanca de poder pero dista mucho de ser único:

Cuando intentó encarcelar a Pinochet, otro de los casos en que Garzón alcanzó casi el grado de protagonismo que le gusta, hubo muchas personas que se alegraron aunque dudasen sobre la competencia de un juez español para esto pero parecían entender que, por una u otra vía, era posible hacer justicia e intentaron utilizar el afán de protagonismo de Garzón para conseguirlo.

Llama la atención que, aprovechando el tirón del caso Pinochet, hubo quien trató de darle un tratamiento parecido a Fidel Castro. Curiosamente, esa posibilidad fue rechazada por Garzón como también lo fue la investigación sobre los crímenes de Paracuellos cuyo responsable está aún vivo. La sorprendente doctrina que Garzón alega ahora en el caso inventado sobre los crímenes de la guerra española podría explicarlo:  Sólo se investigan los crímenes contra el poder, no los cometidos desde éste. Obviamente, Fidel Castro estaba aún en el poder y Pinochet no. Un mínimo análisis de esta doctrina muestra que, bajo la misma, todos los responsables de los crímenes nazis habrían sido exonerados por Garzón ya que se trataba de crímenes cometidos desde y no contra el poder.

Se podrían añadir bastantes más casos menores incluida la participación en la defenestración de un colega suyo poco manejable por el Gobierno de entonces pero, para no aburrir, vayamos a asuntos más actuales.

Estando todavía el PP en el poder, los dos grandes partidos españoles, PP y PSOE, firmaron el llamado «pacto antiterrorista» por el cual, la lucha antiterrorista no iba a ser objeto de lucha política sino que iba a haber un acuerdo. La finalidad de este pacto era decirles a los asesinos que, gobernase quien gobernase, no iban a encontrar amigos en el poder.

Ese pacto fue roto cuando uno de sus firmantes, Zapatero, decidió que una vía para acabar con el terrorismo era la negociación política con ETA y, durante ese proceso nada claro en el que siguió habiendo violencia, extorsión e incluso dos muertos en la voladura del aparcamiento del aeropuerto de Barajas, los terroristas y sus cómplices gozaron de un claro trato de favor. Son muchos los ejemplos que se podrían poner pero sólo aludiremos a uno porque afecta directamente a nuestro personaje: Un miembro de la red de extorsión de ETA recibió una llamada telefónica de un policía avisándole de que un juez -no Garzón- estaba poniendo en marcha todo el proceso para su detención.

La denuncia por este aviso desde la policía a los terroristas aterrizó en la mesa de Garzón y, al parecer, no ha tenido tiempo para tramitarla. La situación no resulta extraña ya que, también por falta de tiempo, se le han escapado no hace mucho unos narcotraficantes considerados peligrosos en su propio auto y tampoco resulta extraña desde otra perspectiva: Las declaraciones a un medio de comunicación por parte del propio juez indicando que había que ser sensible a las circunstancias y actuar en función de ellas. Los que creíamos que un juez era un mero aplicador de la ley y que no tenía que entrar en ninguna cuestión de clima político nos quedamos muy sorprendidos entonces pero, bajo esa óptica, no resulta difícil entender por qué ese sumario sigue, al parecer, parado.

La falta de tiempo, sin embargo, no le ha impedido meterse en un berenjenal como el de las fosas de los asesinados durante la guerra civil española ocurrida entre 1936 y 1939. Éste era un asunto que había sido patrocinado desde el Gobierno de Zapatero, no se sabe si por una particular manía del propio Zapatero y su mitificado abuelo, militar fusilado por el bando franquista por ejercer como agente doble: Su filiación socialista y masónica no parecía muy compatible con el hecho de que tuviera un destacado papel en la represión de los mineros de Asturias poco antes de la guerra y bajo las órdenes del propio Franco. Paradójicamente teniendo en cuenta quiénes fueron los protagonistas, este hecho  siempre ha representado un auténtico icono del socialismo español.

En 1977 se decidió cerrar definitivamente la cuestión judicial relativa a la guerra ya que se hicieron innumerables salvajadas en los dos bandos. Podría, eso sí, añadirse que en el bando republicano algunas salvajadas iban contra miembros de su propio bando -un periodista le ha hecho llegar a Garzón una lista de casi 1.000 personas asesinadas por supuestos correligionarios políticos sin que se tenga una idea clara de qué piensa hacer Garzón al respecto- mientras que en el otro bando el salvajismo contra los propios pareció estar contenido aunque existan algunos accidentes aéreos de la preguerra y la guerra que afectaron a altos mandos militares que podrían haber competido por el poder con Franco y sean dignos de toda sospecha.

Garzón, en el auto donde él mismo se declara competente para entrar en este tema, acusa a los Gobiernos posteriores a Franco de no haber investigado. Habría necesariamente que añadir que, si esto es así, él mismo debería ser acusado de negligencia por no haberlo investigado mientras muchos de los causantes de los crímenes de la guerra aún estaban vivos. En este momento, sólo queda vivo un responsable del asesinato de más de 4.000 personas y Garzón no ha tomado ninguna medida contra él a pesar de que en su momento así se le solicitó. El motivo alegado por Garzón fue, precisamente, que no se podía entrar en ese asunto debido a la amnistía que se produjo durante el periodo de transición. El motivo para el rechazo era correcto pero es igualmente aplicable al macrocaso que ahora se ha fabricado y, sin embargo, ahora parece haber olvidado cuáles fueron los motivos para tal rechazo.

La persona en cuestión, Santiago Carrillo, negó muchas veces este extremo hasta que Moscú desclasificó los documentos relativos a la guerra española y quedó clara su responsabilidad, no penal puesto que explícitamente hubo una amnistía para todos los delitos cometidos durante la guerra, pero sí política y moral.

¿Por qué Garzón critica a los Gobiernos por no hacer lo que él tampoco hizo durante bastantes años no siendo ni más ni menos competente de lo que es ahora para ello? Las malas lenguas afirman que, en caso de ser sancionado por la fuga de los narcotraficantes, siempre podrá alegar que el suyo es un proceso político y que, en realidad, lo que quieren es apartarle de este caso que se ha «autofabricado».

¿Por qué decide circunscribir la investigación a la fecha del estallido de la guerra y limitarla también en el tiempo posterior a ésta? Al hacerlo así, deja fuera de su proceso a todo lo que ocurrió antes de la guerra, donde ya se produjeron bastantes asesinatos, muy singularmente el del líder de la oposición a manos de miembros de la escolta de un ministro socialista del Gobierno -Indalecio Prieto- y que pudo precipitar el inicio de la guerra.

Stanley Payne dijo que la guerra española no fue una guerra de buenos contra malos sino de malos contra malos. Cualquiera que haya intentado estudiar los hechos sin sectarismo llegará, necesariamente, a la misma conclusión.

El hecho de que personajes con una cultura histórica muy cuestionable como el propio Zapatero se reclamen herederos de la legitimidad republicana indica que sabían muy poco en qué consistía tal legitimidad porque, si no es por causa de una atroz ignorancia y realmente supiera qué está diciendo, habría que pensar en peores opciones.

Por el lado contrario, también han surgido, no se sabe si como reacción a este intento de rehabilitación de una de las etapas más negras de nuestra historia o por motivos propios, autores a los que sólo les falta pedir la canonización de Franco.

Afortunadamente, en 1977 la sociedad española decidió pasar esa negra página de su historia y abandonar toda la cadena de reproches mutuos que llevaba ya en marcha más de cuarenta años.

Zapatero y Garzón no parecen haberse enterado o no han querido enterarse. El primero, por un sectarismo cristalizado en el mito del abuelito fusilado injustamente y el segundo por un afán de protagonismo desmedido que, en este caso, además puede tener otras finalidades: Proveerle de una eficaz defensa contra una justificada sanción por el incumplimiento de sus funciones y una maniobra de marketing en su papel de conferenciante espléndidamente pagado en el exterior.

En España, quien quiera verlo tiene suficientes datos como para hacerse una imagen distinta de este supuesto adalid de los oprimidos.

Respuestas ante la crisis: Intervención a la americana e intervención a la española

A Bush le costó sacar adelante su plan, afrontando dos rechazos, porque desde su propio partido y desde la oposición se insistía en que se aclarase donde iba a ir el dinero y no se aprobó el plan mientras no se obtuvo una respuesta satisfactoria a una pregunta tan elemental como ésa.

En España, una petición de ese tipo ha supuesto la aprobación por Decreto-Ley inmediatamente después de un extraño comentario, según el cual no se podía controlar qué iban a hacer los Bancos y Cajas con el dinero que se les estaba dando…actuación que, de por sí, es toda una confesión.

Se sabía hace tiempo que algunas Cajas estaban en muy malas condiciones, especialmente la de Castilla-La Mancha y las andaluces. Se sabe igualmente que las Cajas conforman el brazo financiero de los políticos en el poder y ahora también sabemos que el dinero no va a ir a mejorar la ausencia de liquidez de particulares y empresas sino a mejorar -con nuestro dinero- la situación de Cajas donde los políticos han metido mano a su antojo y quieren que no se les hunda el invento para seguir haciéndolo.

La intervención no va a servir para mejorar la situación general sino la particular de algunos políticos que, además, tienen el descaro de pedirnos que financiemos con nuestros impuestos sus platos rotos.