Categoría: Recursos Humanos
Telepredicadores y gurús del management
La muerte de Sumantra Ghoshal, a la que me había referido en el espacio http://groups.msn.com/factorhumano me hizo pensar en lo mucho que se parece la actividad de los telepredicadores a la de muchos pretendidos gurus del management; Sumantra Ghoshal era una honrosa excepción a esta regla.
Hace poco tiempo, en un país de Centroamérica, me comentaba un amigo de allí que un compañero suyo en tareas docentes e ingeniero de titulación había decidido convertirse en predicador simplemente por motivos económicos. Esto, dicho así con toda la naturalidad, suena extraño para las costumbres españolas pero, si lo miramos a fondo, tampoco estamos tan lejos de ello.
Hace varios años, en una conversación con un guru internacional del marketing, éste me contaba sus cuitas con un cliente que le había contratado un curso a un precio exorbitante. Su cliente era una editorial y su problema era el siguiente: He estado revisando la forma de actuar de McGraw-Hill; creo que lo hacen bien y así se lo he dicho al cliente. Sin embargo, ellos pretenden hacer todo lo contrario ¿por qué contratan entonces un curso donde lo que les voy a contar no tiene que ver con lo que ellos están haciendo?
Hay que decir que se trataba de una persona que manejaba con excepcional destreza la dinámica del aula y le pregunté si deseaba que le dijera la verdad o prefería que fuera educado. Para su desdicha, optó por la primera posibilidad y me limité a contestarle casi literalmente lo siguiente: Porque es caro. Tu facturación está muy por encima de lo habitual y este hecho va a ser utilizado como forma de mostrar que hay un auténtico interés en un proceso de cambio. Ese interés, sin embargo, no existe; no pretendas salvarles de nada porque, en el caso de que pudieras hacerlo, nadie te ha pedido que lo hagas. Imparte tu curso, da espectáculo y, si quedan contentos, probablemente te contratarán otros aunque tú y yo sabremos que no servirán de nada.
Quizás con los años nos suavizamos un poco y tal vez hoy habría sido incapaz de contestarle algo semejante aunque crea honestamente que respondía a la realidad. ¿Cuántas veces se producen situaciones de este tipo?
El guru maneja bien la dinámica grupal y suelta su sermón a un público que va a salir encantado y lo va a olvidar al cabo de pocas horas. ¿Estafa? Tal vez; en algunos casos, con toda seguridad. Cualquiera que se desenvuelva en este terreno podría, sólo recurriendo a la memoria, soltar no menos de diez nombres de reputados golfos que viven de soltar sermones vacíos. Sin embargo, en muchos casos no hay estafa sino que se trata simplemente de intereses complementarios. El guru vende algo que no funciona a un comprador que también sabe que no funciona. Los ilusos acaban siendo aquéllos que pensaban que se podía cambiar el mundo con una charlita y un poco de teatro.
Evidentemente, no es éste un sitio para dar nombres pero la próxima vez que asista a una sesión de uno de estos gurus , vea si le ha dejado algo -incluida la cartera- aparte del subidón que consiguen provocar en la sesión. Exija contenido que realmente le guíe para modificar cosas y, si no es así y ha visto que la dinámica grupal era muy similar a la que se produce en las sesiones de telepredicadores, a veces con milagros incluidos, no vuelva.
On Intelligence (Jeff Hawkins)
Probablamente el mejor libro sobre la inteligencia humana escrito por un tecnólogo. Hawkins es el padre de algunos modelos de gran éxito de Palm y tiene experiencia como diseñador de microprocesadores en Intel.
Ese tipo de experiencia le ha llevado, al contrario que a muchos de los autores de la llamada inteligencia artificial, a interesarse en el funcionamiento del cerebro humano y en qué lecciones podemos extraer de ahí con vistas a la construcción de una máquina que pudiera tener actuaciones semejantes.
Son muchos los puntos atractivos del libro: Empieza por hacer una historia de la inteligencia artificial, redes neuronales, conceptos de procesamiento paralelo y otros señalando qué han logrado y dónde fallan.
A partir de ahí entra en el funcionamiento del cerebro con un planteamiento sumamente original y que tiene poco que ver con los brochazos de trazo grueso de muchos defensores de la inteligencia artificial al estilo de Brooks o con los igualmente gruesos de algunos psicólogos cognitivos al estilo de Pinker.
Comienza por definir inteligencia como «capacidad para recordar y anticipar pautas en el mundo, incluyendo lenguaje, matemáticas, propiedades físicas de los objetos y situaciones sociales».
Incluso toma la controversia Turing-Searle donde el primero sostenía que una máquina era inteligente si era capaz de engañar consistentemente a una persona -definición de inteligencia derivada de la conducta externa y a juicio de un observador también externo- y el segundo hacía su célebre experimento donde un intercambio de tarjetas entre un chinoparlante y otra persona que, sin conocer el chino, dispusiera de un conjunto de códigos que le permitieran entregar a su interlocutor chinoparlante la tarjeta correcta daba lugar a una situación absurda: Dos personas conversaban en chino pero sólo uno de ellos dominaba el idioma y esto era así incluso en el caso de que el chinoparlante pensase que su interlocutor también conocía el chino -contradiciendo la idea de Turing-. Hawkins aporta una óptica distinta:
«Si la habitación china de Searle hubiera contenido un sistema de memoria capaz de hacer predicciones acerca de qué caracteres chinos aparecerían a continuación y qué era lo siguiente que ocurría en la historia, podríamos decir con confianza que la habitación comprendía el chino y la historia. Ahora podemos ver que Alan Turing estaba equivocado. La prueba de inteligencia no es la conducta sino la capacidad de anticipación».
Alguien podría preguntarse: ¿De qué nos sirve todo esto a los que nos dedicamos a cosas prácticas? La respuesta es simple: Hace tiempo que venimos asistiendo a la sustitución de personas por máquinas en muchos ámbitos; en algunas ocasiones, esa sustitución tiene sentido y es la actuación correcta; en otras ocasiones, no. Diferenciar unas de otras se convierte en una tarea crucial y requiere diferenciar claramente cuáles son las capacidades inimitables de personas y de máquinas. El libro de Hawkins puede ser una muy valiosa ayuda en esa tarea.
5 pasos para transformar una oficina de personal en un área de recursos humanos
Se trata de un libro de Martha Alles publicado en 2005 por Granica.
Lo mejor que se puede decir de él -aunque luego maticemos- es que es un libro que debe ser mirado desde lejos. Las grandes líneas de actuación están tratadas de un modo claro, sintético y atractivo mientras que en el nivel de detalle se pierde e introduce errores de concepto de cierta envergadura.
Así, cuando trata la descripción de puesto vemos que no diferencia «puesto» como conjunto de responsabilidades y actividades de «perfil», es decir, las condiciones que debe cumplir un ocupante del puesto.
Convierte «competencia» en sinónimo (en dos ocasiones) de «características de personalidad». Es cierto que hay competencias que se sustentan en características de personalidad pero NO son características de personalidad.
En el apartado de toma de información forma un lío muy considerable cuando, en realidad, todo puede hacerse mejor y de una forma más sencilla de la explicada en el libro:
Al parecer, la descripción de puesto debe ser totalmente teórica basándose en misión, valores, responsabilidades, etc. y, sobre eso, se debería evaluar al ocupante del puesto.
¿Qué tal hacerlo al revés? Podemos seleccionar a un ocupante con un rendimiento adecuado de forma que éste nos sirva de molde y permita -sabiendo qué es lo que funciona de verdad- definir el perfil para selección o evaluar a otras personas que ocupan el mismo puesto.
Cuando vamos a los temas de contenido puramente práctico, encontramos algo parecido:
- Considerar que una empresa que tiene cien puestos (aclarando que no se refiere a personas porque varias personas pueden ocupar la misma posición) es pequeña parece mucho suponer. Recurriendo sólo a la experiencia propia, he trabajado en una empresa con noventa puestos y mil cuatrocientas personas.
- En cuanto a la idea de que todas las organizaciones tienen que tener una descripción de puesto, aunque sean cinco personas (literal), y calificando de error la opinión contraria me parece totalmente exagerado y asumo plenamente el supuesto error. Una empresa muy pequeña puede funcionar -y hacerlo bien- sin necesidad de estructuras formales ya que cada uno sabe perfectamente lo que hacen los demás. ¿Qué aporta en ese contexto una descripción escrita? Creo que más bien poco.
En suma, sorprenden los altibajos del libro (muy bien en lo genérico, mal en lo específico) y deja la duda de a quién va dirigido:
Los que hacemos consultoría y/o docencia podemos utilizarlo quedándonos con las partes buenas e ignorando las que no lo son. Quien busque una guía de inicio, puede encontrarse con que en algunos terrenos el libro le despiste.
Creo que una reedición del libro revisando en profundidad estos detalles no menores acerca de los «cómos» sería muy bienvenida y haría que fuera un libro muy apreciable para ambos tipos de público. La autora ha resuelto con brillantez lo más difícil y ha fallado en lo más fácil.
El método Grönholm
Reproducido de http://factorhumano.spaces.live.com:
En el momento de escribir este comentario, la obra se encuentra en la cartelera de teatro de Madrid.
Según el autor la idea de la obra nace de una anécdota real…un empleado de una cadena de supermercados (aunque el autor no la nombra se trata de Sánchez Romero) había anotado sus impresiones sobre las posibles candidatas a un puesto de cajera. Los comentarios estaban llenos de frases machistas, xenófobas y crueles del tipo …»moraca, no sabe ni dar la mano», «voz de pito, parece idiota».
Con esta idea en mente, es fácil suponer que lo que ha intentado el autor es una mezcla de parodia y denuncia sobre los métodos de selección y hay algo que decir tanto sobre los principios que animan a la obra como sobre la obra misma.
Estoy plenamente de acuerdo en que es inadmisible que alguien escriba comentarios de ese tipo incurriendo en el claro riesgo de que sean vistos y hagan daño. Otra cosa es que en nombre de lo políticamente correcto -obsérvense las expresiones utilizadas por el autor- el seleccionador no pueda ya ni siquiera pensar lo que cometió la imprudencia de escribir.
Hace tiempo conocí una empresa muy sensibilizada con los escritos y escribían clases marginales sin arraigo social cuando querían indicar que una casa embargada estaba ocupada. Después ya de palabra, en una reunión, cuando se pedía la aclaración salían los comentarios xenófobos y crueles del estilo de «un grupo de okupas gitano» o similar. Esto había dado lugar a un lenguaje escrito pensando en las manos en que podía aterrizar un informe y un lenguaje verbal «políticamente incorrecto» pero necesario cuando se trata de precisar y entenderse.
Inevitablemente, la crítica realizada desde la asfixiante posición de lo políticamente correcto se queda en una parodia porque, para conseguir algo, tiene que exagerar la realidad de lo que critica. El efecto suele ser el contrario del que se persigue porque se centra la crítica en el aspecto anecdótico dejando pasar los elementos realmente criticables.
La primera parte de la obra resulta entretenida aunque resulta difícil hacer creer a alguien que haya estado a uno u otro lado de la mesa en un proceso de selección que las cosas funcionan así. Siempre puede encontrarse uno a un seleccionador incompetente o tarado -hay tantos como en cualquier otra profesión- pero tomar una parte mínima por el todo implica un desvío completo de la crítica.
La segunda parte ni siquiera es entretenida. Parece que al autor le entró prisa por liquidar la obra y es justamente lo que hace en cuatro mandobles y con un final inesperado y que nada tiene que ver con el resto de la obra.
Puestos a criticar las prácticas de selección son muchas las cosas criticables. Todavía hoy me encuentro muchas mujeres que me preguntan qué deben contestar si el seleccionador les pregunta si tienen novio, si piensan casarse o tener hijos, etc. Mi respuesta es siempre que, ante una intromisión ilegítima, la mentira es una respuesta legítima. El hecho de que estas preguntas se repitan indica que ésa sí es una práctica habitual y, desde luego, criticable en los procesos de selección.
Podemos criticar que se utilicen determinadas pruebas que pueden no ser válidas o dar información que va mucho más allá de lo requerido en el proceso de selección y que solo pueden hacer daño. ¿Qué ocurre cuando ante una respuesta inocente en un Rorschach un seleccionador se queda pensando «éste es más maricón que Catalina de Rusia» (Umbral dixit)? ¿Qué ocurre si lo escribe en un informe de selección por mucho que lo disfrace para estar de acuerdo con la ortodoxia del momento? ¿Qué legitimidad tiene para obtener y para escribir ese tipo de información?
¿Qué ocurre cuando un afamado «head-hunter» dice -y escribe- que rechazó a un candidato porque en un almuerzo vio que echaba sal en la sopa antes de probarla demostrando que era un precipitado? Es posible que el candidato fuera un precipitado; es igualmente posible que el «head-hunter» fuera un imbécil al que no se le ocurriera que al candidato le gustaba la comida muy salada y su hábito estuviera plenamente justificado. ¿Es justo que la carrera profesional de alguien pueda estar en semejantes manos?
Ésos son los auténticos problemas no abordados en la obra que, después de una primera parte entretenida, queda en un fuego de artificio vacío. Bienvenida sea la crítica a los procesos de selección pero la caricatura realizada desde una posición de caricatura no es el camino para hacerlo.
Motivación: El Maslow menos conocido
Maslow y su pirámide de necesidades constituyen una referencia obligatoria para todo aquel que haya tocado, aunque sea de refilón, los temas de motivación. Sin embargo, recientemente he descubierto un libro suyo -reeditado tras muchos años y sin un gran éxito inicial- que descubre a un personaje completamente distinto y mucho más actualizado de lo que hace suponer su idea de la pirámide.
El libro se llama «El management según Maslow» y, entre otras cosas, lleva una referencia a un artículo sobre liderazgo que vale la pena leer. Lo tenéis en http://www.fastcompany.com/magazine/02/meyerson_Printer_Friendly.html y se trata de la visión del liderazgo de Meyerson, en su momento presidente de EDS.
Particularmente, tanto el libro como el artículo me sorprenden porque soy un declarado escéptico de lo que se ha dado en llamar «técnicas de dirección» y asuntos asociados.
No es que no sean importantes pero, con más frecuencia de la deseable, se utiliza en este ámbito un enfoque de espectáculo y de «lavaconciencias» quedando todo en lo que los americanos llaman pep-talks y sin ningún resultado visible incluso a corto plazo.
Maslow pone el dedo en la llaga cuando señala que una organización autoritaria tiene una inteligencia limitada a la que sean capaces de volcar en ella sus dirigentes, sea en forma de órdenes directas o de normas o procesos formalmente diseñados.
A pesar de ello, utilizar todo el potencial disponible en toda la organización tampoco es fácil: A medida que una organización crece, crecen también las necesidades de coordinación interna y eso hace difícil dar una autonomía real a las personas sin comprometer una coordinación que se hace cada vez más compleja y difícil.
La parte contraria también está ahí: ¿Cómo se puede conseguir una organización sana donde se les pide a buena parte de sus miembros que se comporten como autómatas, tanto en la ejecución de su trabajo como en la respuesta al modelo de gestión de recursos humanos? Diseñamos cuidadosos sistemas de evaluación, alambicados sistemasde compensación, etc. confiando en que la gente se comportará de acuerdo a nuestro diseño y, desde luego, no siempre lo hace.
Hay organizaciones excepcionales que han conseguido armonizar ambos extremos mediante unos cuidadosos procesos de selección y -tan importante o más- de socialización de forma que los comportamientos correctos no estén en una norma escrita sino en los valores transmitidos por la organización a todos sus miembros y presentes en el comportamiento de éstos entre ellos y hacia el exterior.
Naturalmente, estas organizaciones también tienen un problema: Necesitan tiempo. Conseguir transmitir a un nuevo miembro los valores de una organización siempre es más lento que darle un manual que le especifique detalladamente qué es lo que tiene que hacer. Esto hace que sean una gran mayoría las organizaciones que no optan por esta vía y se quedan en un modelo command-and-control que, de vez en cuando, tratan de suavizar mediante las susodichas pep-talks.
Cuando alguien se declara escéptico respecto a lo que, sobre el papel, parece la parte más humana del trato con personas en una organización pueden darse dos motivos principales:
- Se trata de alguien que responde al tipo hard-nosed manager y que se siente mucho más cómodo en un entorno de control donde nadie se mueva un milímetro más de lo que se le ordene.
- Se trata de alguien convencido de que, en la mayoría de los casos, el problema principal no se trata de técnicas sino de actitudes básicas y que éstas no se modifican fácilmente con una o dos charlas y es más efectivo manejar variables organizativas.
Para ilustrarlo con un ejemplo: ¿Sirven de algo los seminarios sobre técnicas de comunicación? Alguien podría responder a esta pregunta con otra: ¿Estás diciendo que la comunicación no es importante? Evidentemente no y, sin embargo, en muchos casos los seminarios sobre técnicas de comunicación pueden tener una utilidad escasa o nula.
Veamos por qué: Es cierto que hay personas con serios déficits en sus habilidades de comunicación y éstas pueden aprender y les puede ser muy útil un seminario sobre el tema. No obstante, en la mayoría de los casos el problema no es de habilidad en cómo se comunica sino en qué se comunica y, cuando ése es el problema, no podemos arreglarlo mediante una técnica de comunicación.
Se puede aprender a manipular más efectivamente pero, una vez perdido el efecto sorpresa, la manipulación se hace transparente y se produce un efecto de rebote. Hace unos años hubo en España un presidente al que propios y contrarios denominaban encantador de serpientes por su obvia habilidad para la comunicación; el problema es que, una vez que le colocaron el sello de encantador de serpientes, cualquier cosa que dijera era considerada por muchos falsa y se buscaba algún tipo de propósito oculto.
Lo mismo nos ocurre con la motivación. Puede haber personas torpes y que desmotivan por su conducta poco considerada. ¿Se arregla con un curso de motivación? Si se trata de torpeza, tal vez. Si se trata de un diseño organizativo inadecuado o de que la persona que desmotiva está encantada de haberse conocido y va a seguir comportándose de la misma forma, está claro que no.
¿Qué nos queda en estas condiciones? Cuando algo funciona mal en una organización, no se arregla dando una prédica al respecto. Del mismo modo que no podemos tratar un cáncer con aspirinas, no podemos quedarnos con soluciones superficiales que tranquilicen conciencias y hagan que la gente salga con el subidón.
Lo primero que necesitamos es estar seguros de que no hay ningún elemento de diseño organizativo, incluida la gestión de recursos humanos, que esté torpedeando todo esfuerzo que queramos hacer. Sólo cuando tengamos claro que estamos ante una organización sana, podremos intervenir mediante formación; si no es así, la intervención es más larga, más dura y más dolorosa, si lo que se intenta es precisamente llegar a conseguir una organización sana.
Vuelvo a un ejemplo, aunque en este caso personal y tomado del ámbito de la medicina: Hace algo más de dos años empecé a notar un dolor de pierna que me llevó, al cabo de unos meses, a cojear y a notar unas manchas moradas en la rodilla. Se me ocurrió visitar a un conocidísimo traumatólogo, médico de un no menos conocido equipo de fútbol, y me pintó un panorama desolador de operaciones, rehabilitaciones muy largas, etc. Busqué una segunda opinión de un traumatólogo mucho menos conocido aunque, incidentalmente, también médico de un mucho más modesto equipo de fútbol y me pintó un panorama mucho más optimista. Básicamente, sus palabras fueron: «Tu caso es como el que tiene una china en el zapato; mientras no quitas la china, pisas mal y te hace herida en el pie pero eso no significa que haya que operar ni tratar específicamente la herida ni la cojera sino quitar la china». Decidí fiarme más del segundo y «quitó la china» que, en este caso, era un menisco roto, sin que volvieran a producirse problemas.
Este tipo de análisis también es necesario en una organización. Hay veces que una pequeña intervención en el lugar adecuado consigue efectos espectaculares pero hay otras que puede ser una forma de lavado de cara sin entrar a fondo en el problema.
Goldratt con su teoría de las limitaciones dice que «hay que gestionar el cuello de botella» y que cualquier mejora en otra parte del sistema no nos lleva a ningún sitio. Pues bien, siguiendo esa misma lógica, son muchas las situaciones en que el cuello de botella para la mejora no está en las capacidades personales -siempre mejorables- sino en elementos estructurales. Intentar intervenir en aquéllas sin hacerlo en éstas puede ser, en algunos casos, correcto; en muchos otros, puede ser una pérdida de tiempo o un alarde de cinismo.
Maslow tiene toda la razón -y la tuvo casi cincuenta años antes de que se hablase de ello con cierta intensidad- en que tenemos que buscar formas de aprovechar lo que pueden aportar las personas; sin embargo, esto no significa en muchos casos que la solución pase por intervenir en las personas sino en los canales organizativos en los que éstas se mueven quitando de ellos mucho colesterol y hasta algún que otro infarto.
Una vez que hemos conseguido una organización sana, tenemos toda la legitimidad para buscar el problema en las personas y tratar de mejorar desde ahí. Si no es así, podemos estar incurriendo en un ejercicio de hipocresía.
El trabajo en equipo en aviación: Crítica del CRM
Comencemos con una aclaración: CRM no es sinónimo de preocupación por los factores humanos sino una forma muy específica de canalizar esa preocupación.
Aclarado este punto, volvamos al inicio: ¿Funciona el CRM? ¿Tenemos que mejorar la formación en CRM o no es ése el camino? ¿Tenemos que mejorar la calidad de los indicadores o preocuparnos más por las condiciones en que esos indicadores se evalúan?…
Una anécdota ilustrativa: Una psicóloga trabajaba en un centro de internamiento de menores y, a lo largo de varios años, había observado algo importante: En el centro se había establecido una secuencia conocida como “el proceso” –y tal vez las resonancias kafkianas no eran pura coincidencia- y los internos eran evaluados conforme a ese proceso en un conjunto de conductas observables.
Cuando todas las conductas de la lista consideradas deseables aparecían, el interno salía en libertad. La psicóloga afirmaba que los delincuentes más listos, y por tanto más peligrosos, pasaban el proceso con gran facilidad porque exhibían en un tiempo record las conductas que se buscaban. Naturalmente, una vez en la calle hacían lo que querían y, si volvían a ser internados, volverían a exhibir la conducta requerida para volver a salir.
Salvando las distancias, esto puede parecerse mucho al enfoque del CRM: El evaluador busca unos indicadores cuyos valores óptimos le son amablemente ofrecidos por el evaluado para, una vez pasado el trámite de la evaluación, actuar conforme a sus inclinaciones reales, tanto si éstas coinciden con las conductas requeridas como si no.
Muchos psicólogos de línea conductista sostienen que la clave está en qué conductas observables son seleccionadas y pueden alegar que este modelo funciona en la actividad clínica…y tienen razón aunque, parafraseando a Torrente Ballester, no la tienen toda y la poca que tienen no les sirve para nada.
No puede hacerse una extrapolación de la actividad clínica ya que hay una diferencia fundamental: En la actividad clínica, el paciente va voluntariamente a la consulta porque quiere cambiar una conducta propia que le resulta problemática. Si, mediante el tratamiento, el psicólogo consigue que la conducta problemática desaparezca en la clínica, será el paciente mismo quien se encargue de hacer esa desaparición extensiva a las situaciones de su vida diaria ya que quiere cambiar.
Cuando, en lugar de hablar de actividad clínica, nos centramos en conductas que puedan ser negativas para el buen funcionamiento de un equipo las cosas no funcionan así: Con demasiada frecuencia, las conductas no deseables para la organización son muy queridas por aquél que las lleva a cabo. En consecuencia, cuando desaparecen en situación de observación, no representan ninguna evidencia de aprendizaje sino de astucia del observado.
Beer, Eisenstat y Spector (1992) sostienen que, para que se produzca un cambio auténtico, tienen que darse simultáneamente las tres “Cs”: Competencia, coordinación y compromiso. La formación es útil cuando hay que resolver un problema de competencia pero sirve de poco si la organización no coordina esfuerzos para evitar mensajes contrapuestos y no sirve de nada cuando no hay compromiso por parte del individuo o, en otros términos, cuando el deseo de cambiar es escaso o nulo.
Los mismos autores junto con Senge (1990) apuntaban, sin embargo, que a menudo se buscan atajos mediante soluciones superficiales que pretenden subvertir el hecho de que las tres variables son necesarias y lo son además al mismo tiempo. Uno de los atajos más habituales es el constituido por la búsqueda de soluciones superficiales que suelen tener varios puntos en común:
En primer lugar, representan una respuesta visible a un problema que la dirección de la organización no sabe cómo abordar. Gracias a esa visibilidad, el directivo que adopta la solución superficial elude la acusación de no hacer nada para solucionar el problema.
En segundo lugar, todos los implicados saben que realmente la solución superficial no funciona; los consultores del ámbito anglosajón suelen hablar del “jarabe de serpiente” como ejemplo de brebaje inútil ofrecido por alguien que sabe que no funciona a alguien que también lo sabe y que, a pesar de saberlo, lo compra porque satisface algún interés propio.
En tercer lugar, la solución superficial se desarrolla a pesar de las evidencias de que no funciona ya que quien la compra salva la cara y quien la vende salva su facturación. A partir de ahí, la siguiente tarea consiste en justificar que la solución superficial funciona pero que hay que mejorarla.
Una vez establecidos estos puntos, se da lugar a un conjunto de intereses cruzados que hacen difícil para cualquiera que tenga algo que arriesgar decir, como en el cuento de Andersen, que “el rey está desnudo”. En lugar de eso, es más probable que se ponga a alabar el traje nuevo del rey.
En síntesis, la formación sirve para cambiar siempre que previamente haya un deseo de cambiar y la observación de conductas sirve si puede hacerse bajo condiciones no controlables por el sujeto observado. ¿Cumple estas condiciones el CRM?
Si retorcemos un poco el argumento, seguro que es fácil encontrar conductas que puedan considerarse predictivas de otras a juicio de los partidarios de la psicología profunda; sin embargo, ése es un camino muy peligroso que algunos han seguido en procesos de selección y que puede derivar en una auténtica caza de brujas. Como ejemplo, un entrevistador afirmaba que su pregunta-clave para conocer a un entrevistado era “¿cuál es el nombre de la segunda esposa de Fernando el Católico?” y, según él, tan absurda pregunta le facilitaba una enorme cantidad de claves sobre el comportamiento normal del sujeto. Curiosamente, esas claves no aparecían si resultaba que el entrevistado se limitaba a darle la respuesta correcta.
Si lo que hoy se hace no funciona y avanzar por ese camino, además de no servir, puede abrir la puerta a la arbitrariedad mediante la evaluación de conductas con una remota relación con lo que se busca, sería necesario buscar en otra dirección. Sin más ánimo que el de debatir posibilidades, éstas podrían ser algunas de las líneas de búsqueda:
- Invertir en selección: La selección no puede ni debe estar dirigida por la capacidad técnica ya que ésta es susceptible de ser adquirida por alguien que tenga las condiciones básicas. No obstante, la capacidad técnica, aparte de su valor intrínseco, requiere un esfuerzo y éste representa también un indicador de interés que ha de ser valorado.
- Emitir mensajes claros desde la Dirección: El trabajo en equipo no se logra con mensajes del tipo “vamos a llevarnos bien” sino mediante la existencia de metas compartidas y de respeto entre los componentes de ese equipo evitando compartimentos estancos.
- Evaluar desde la línea: Cualquiera puede tener un mal día pero, si de forma consistente, la evaluación de alguien por parte de los que forman equipo con él, es negativa, algo está funcionando mal.
- Construir un contexto: Con todo lo anterior, el elemento discordante en un equipo puede empezar a pensar que SU conducta le puede causar problemas y empezar a plantearse la necesidad de cambiar. Sólo cuando ese deseo de cambio está presente, la formación funciona…pero no hay atajos.
La seguridad en las aerolíneas de bajo coste
http://www.copac.es/webcopac/nueva/Boletin/galerada.asp?articulo=122
AEROLINEAS DE BAJO COSTE Y SEGURIDAD: ¿UN COMPROMISO DIFÍCIL?
En los últimos años, algunas aerolíneas de bajo coste han crecido hasta alcanzar dimensiones superiores a las de muchos de sus competidores tradicionales.
Normalmente, un fenómeno de este tipo no sucede por casualidad y una tasa de crecimiento sostenido en el tiempo suele señalar la existencia de un proyecto empresarial serio. Entenderemos por “serio” un modelo alejado del “toma el dinero y corre” que se ha dado en tantas actividades y donde la aviación no ha sido una excepción.
Partiremos, por tanto, en el análisis de este hecho: Hay en el mercado operadores de bajo coste que no han aparecido en busca de dinero fácil y rápido para llevarse su dinero en el momento en que encuentren algo más rentable y de capitalización más rápida. Este hecho, evidente en la trayectoria de algunos operadores, exige que su análisis sea tratado con una buena dosis de respeto y ésta es la línea que vamos a seguir.
Una vez aclarado que no hablamos de especuladores sin escrúpulos, el modelo empresarial vinculado al bajo coste adquiere un gran interés no sólo por los resultados obtenidos hasta ahora sino por la posibilidad de la existencia de debilidades más o menos ocultas: Nos centraremos en el factor seguridad y en la posible incidencia sobre el mismo que pueden tener las prácticas de los operadores de bajo coste.
Hagamos, en primer lugar, un recurso al muy socorrido sentido común: Si un operador desea diferenciarse por precio, los costes representan un enemigo mortal y la seguridad representa un coste elevado. Por añadidura, desde la aparición del yield-management por el cual parece que no hay dos pasajeros a bordo de un avión que hayan pagado lo mismo y que, por mucho que se nos diga lo contrario, no deja de ser una modalidad de venta por debajo de coste para ahogar financieramente a los competidores, la diferencia en precio tiene que ser muy elevada para poder resistir el impacto de este tipo de actuación por los competidores.
El sentido común nos dice, sin duda, que también se intentarán recortar costes en el terreno de la seguridad dando lugar a una operación con mayor riesgo. Sin embargo, esta conclusión sería bastante precipitada por algunos motivos que veremos a continuación.
El motivo por el que no podemos aceptar sin más esta conclusión está en un hecho sumamente simple: Ellos, los operadores de bajo coste, son conscientes de que ésta es una conclusión muy fácil de alcanzar y que, si se verifica, les puede afectar muy gravemente.
Cuando a Michael O’Leary, máximo directivo de Ryanair, le preguntaron qué riesgos veía en su modelo de negocio fue claro: Que hagamos una tontería grave o un accidente en un operador de bajo coste importante.
La investigación posterior a un accidente puede poner al descubierto prácticas inadecuadas en cualquier compañía; sin embargo, en un operador de bajo coste aparece un riesgo empresarial añadido al que afrontaría cualquier otro operador: La práctica inadecuada, de ser descubierta, no sería interpretada en términos de una negligencia o error puntual sino en términos de una práctica habitual en la reducción de costes y, por tanto, como una parte integrante del modelo de negocio.
Así pues, los operadores de bajo coste son plenamente conscientes de que se juegan la continuidad empresarial en un único accidente en mayor grado que un operador tradicional. Este riesgo se ha tratado de disminuir de distintas formas y con diversos grados de éxito.
Los gabinetes de comunicación de los operadores de bajo coste repiten a todo el que quiere escucharlos que están sujetos a la misma normativa que todos los demás dejando que, de esa afirmación, su interlocutor pueda obtener la conclusión de que tienen el mismo grado de seguridad que todos los demás. La afirmación es cierta pero, sin entrar en las posibilidades reales de la normativa y de la capacidad de inspección por los organismos reguladores, puede contraargumentarse de forma sumamente sencilla mediante un ejemplo: La normativa existente para todos los automóviles es la misma ¿podemos, por ello, afirmar que un Seat Arosa ofrece el mismo grado de seguridad que un Audi A8?
Cuando hay un proyecto empresarial serio, y sin duda los grandes operadores de bajo coste lo tienen, la actuación no finaliza en slogans más o menos afortunados preparados por el gabinete de comunicación de turno sino que tiene que ir mucho más lejos.
Southwest Airlines, que sigue siendo el modelo más imitado entre los operadores de bajo coste, ha basado su reducción de costes en un objetivo operativo muy específico1: 25 minutos entre el aterrizaje y despegue de un avión para conseguir su máxima utilización. El objetivo ha de ser bastante difícil ya que otros operadores, como JetBlue acabaron abandonándolo para buscar la reducción de costes por otros lados.
Southwest basó la consecución de este objetivo en un conocimiento muy completo por parte de cada empleado de cómo afecta su actividad a los demás. Sin caer en el todos hacen de todo, modelo que puso en marcha People Express y que no pudo mantener en el largo plazo, Southwest consigue así mantener la especialización y un entorno con un gran potencial para detectar oportunidades de mejora por parte de las propias personas implicadas en las operaciones.
Ryanair ha seguido una línea mucho más dura: El tiempo de parada es sólo uno de los capítulos de reducción de costes que lleva también a cuestiones como el uniforme de los empleados o la invitación a que éstos se lleven bolígrafos de los establecimientos que los ofrezcan para sus clientes y un largo etcétera. Probablemente, el propio O’Leary no se sentiría ofendido si se le describe como un financiero venido a más ya que es plenamente consciente de ello.
O’Leary resulta tan consciente de su peso en Ryanair como guardián de las finanzas que ha optado por no asistir a las reuniones del equipo directivo en que se toman decisiones sobre mantenimiento.
La medida, junto con la consiguiente delegación en alguien de perfil técnico, es positiva pero hay que preguntarse también si es suficiente: Es sumamente difícil crear compartimentos estancos en cualquier organización y, en este caso, parece que la actuación se ha centrado en generar un compartimento estanco a salvo de las presiones hacia la rebaja de costes en el resto de las áreas de la organización.
Al actuar en esta forma, guiado sin duda por una intención positiva, es fácil olvidar que la seguridad no es una función sino una perspectiva que cubre todas las operaciones de la organización. Si una organización se distingue por una perspectiva distinta -la del ahorro de costes- necesariamente hay que preguntarse qué ocurrirá cuando ambas perspectivas entren en conflicto.
Como ejemplo, es posible decidir que se va a tener un stock suficiente de recambios pero, en una organización orientada a la reducción de costes ¿no le rechinarán a alguien los dientes cuando un trabajo de mantenimiento se demore más de lo previsto? ¿o si un piloto carga un poco más combustible de los mínimos legales?¿y si se ha producido alguna demora y el piloto no quiere acelerar las maniobras o aligerar las listas de comprobación? Los ejemplos que pueden encontrarse del conflicto de perspectivas son múltiples y, desde luego, no basta con tratar de aislar al área de mantenimiento de las presiones hacia la rebaja de costes. Cuando es ésta la perspectiva que prevalece, inevitablemente ese hecho va a pesar como una losa sobre las decisiones que una persona -tanto si va en la cabina de vuelo como en cualquier otra posición- pueda tomar y esto afectará al nivel de seguridad que puede conseguirse.
Los operadores de bajo coste llevan ya suficiente tiempo en el mercado como para que se pueda empezar a discriminar entre ellos. Posiblemente, un modelo que podríamos denominar “blando” al estilo Southwest y que centre la reducción de costes en unos pocos aspectos sea menos sensible al impacto sobre la seguridad que otros operadores que respondan a un modelo más “duro”. Éstos persiguen el coste allá donde se encuentre con afán exterminador y esa actitud les puede llevar con mucha más frecuencia al conflicto de perspectivas.
Por el bien de todos los implicados, incluyendo desde luego a los pasajeros, sería muy deseable que las compañías más agresivas en sus prácticas de reducción sean capaces de resolver el problema organizativo que pueden representar dos perspectivas en conflicto donde una, la reducción de costes, parece llevar todas las de ganar.
El reto no es fácil y va a requerir de estos operadores tanta imaginación y tanta energía como la que han dedicado a la reducción de costes y, tal vez, cambiar algunos hábitos que les son muy queridos puesto que han contribuido a su éxito.
Es inevitable que acabemos sabiendo si el éxito les acompaña en este esfuerzo que, sin duda algunos están realizando, o si, por el contrario, van a hacer buena la idea de Peter Drucker de que el éxito hace obsoletos a los factores que lo posibilitaron. En este caso, el factor que podría ser obsoleto y que les ha conducido al éxito es, precisamente, el integrismo en la reducción de costes entendiendo integrismo en su acepción más literal, es decir, la invasión de terrenos que no le corresponden.
1No entramos en otro tipo de prácticas como la utilización de aeropuertos secundarios ya que ésta es una práctica universalizada entre los operadores de bajo coste y, por tanto, no los diferencia salvo en el hecho de que algunos utilizan exclusivamente este tipo de aeropuertos y otros utilizan también los más importantes.
Lo que el 11-S nos enseñó sobre desarrollo tecnológico
http://www.sepla.es/news/mach82/pasados/123/18%20Once%20S.pdf
Publicado en la revista del Sepla. Análisis del proceso de automatización y sus consecuencias inesperadas.
Entradas sobre Recursos Humanos en Live.Spaces
Taylorismo en el siglo XXI
Cualquier teórico de la motivación que se precie dedica parte de su trabajo, de vez en cuando, a arrojarle unas cuantas piedras a Frederick W. Taylor.
Desde la perspectiva actual, parece que habría buenas razones para esa lapidación : La estricta separación entre planificación y ejecución contradice la idea de que las personas son algo más que mecanismos imperfectos y de ahí la crítica.
Si ponemos las cosas en perspectiva, es posible que modifiquemos nuestra idea inicial: Taylor consiguió que, con mano de obra no cualificada, se fabricasen productos complejos que estaban mucho más allá de la capacidad de comprensión de aquéllos que los fabricaban.
Desde ese punto de vista, puede decirse que Taylor y su Organización Científica del Trabajo representaron un avance y su contribución no puede zanjarse en dos brochazos de teoría de motivación aplicada fuera de contexto.
Desde entonces ha pasado un siglo y, en ese siglo, han pasado muchas cosas.
La instrucción del trabajador promedio, al menos en el ámbito de las sociedades avanzadas, ha aumentado de una forma espectacular. La estricta división entre diseño y ejecución parecería, por tanto, tener mucho menos sentido ahora del que tenía antes.
La tecnología, especialmente la de la información y las relacionadas con ésta, no sólo han avanzado sino que puede decirse que han nacido en el siglo que se fue.
La tecnología de la información ha avanzado tanto y tan rápido que resulta difícil encontrar un punto fijo o un contexto en el que evaluar su contribución. Cuando algo evoluciona muy rápidamente, modifica el contexto en que ha evolucionado y ello nos deja sin ese punto de referencia necesario para calibrar la contribución real.
A riesgo de sobresimplificar, podría decirse que lo que aporta la tecnología son soluciones «If…Then«. A medida que va creciendo la potencia tecnológica, las situaciones que pueden ser afrontadas mediante una solución del tipo If…Then son cada vez más numerosas y más complejas. Hace unos días recibía esta espléndida parodia de un call-center que deja bastante claro lo que puede ocurrir cuando se funciona exclusivamente con recetas If…Then suministradas, en este caso, por una pantalla al operador:
http://www.youtube.com/watch?v=GMt1ULYna4o
La evolución tecnológica vuelve a situar al trabajador -ahora, con un nivel de instrucción muy superior al de la época de Taylor- en un papel de mero ejecutor de rutinas e instrucciones.
Podríamos preguntarnos cuáles son las razones por las que un modelo de funcionamiento ya obsoleto se sigue aplicando y hay varias respuestas:
- Respuesta económica: Gracias a la tecnología, puede conseguirse que personas con menor cualificación realicen tareas más complejas. Esto significa un ahorro en coste de formación y hace a las personas más fáciles de sustituir. De esta forma, se reduce también el coste de rotación.
- Respuesta relativa a la propiedad del conocimiento: Las personas tienen un cerebro que puede acumular conocimiento. Lamentablemente, desde la perspectiva del empresario, tienen también pies que pueden ser utilizados para llevar a su cerebro a otros lugares. Dicho de otra forma, el conocimiento albergado en las personas no es propiedad del empresario y éste opta por albergarlo en procesos y en los sistemas de información que los gestionan.
- Respuesta funcional: Las personas cometen más errores, especialmente en aquellos temas no rutinizados y que requieren hacer uso precisamente de sus capacidades como personas.
Todo esto es cierto pero, cuando se plantea la cuestión de esta forma, queda algo claro: La relación de la empresa con las personas se está planteando en unos términos estrictamente económicos. Arie de Geus decía en The living organization que es cierto que la relación de una empresa con una persona es económica pero es un error pensar que es estrictamente económica.
De hecho, la aplicación de recetas If…Then como forma de convertir a las personas en prescindibles puede, si acaso, garantizar un presente con menos sobresaltos. A cambio, puede dejar el futuro en entredicho. Veamos por qué:
- Las recetas If…Then son suministradas por un número reducido de proveedores que trabajan en todos los mercados y, por supuesto, con empresas que compiten entre sí. Una vez reducido el elemento humano a su mínimo denominador ¿cuál es la capacidad de diferenciación entre operadores que, compitiendo en un mismo mercado, tengan el mismo tipo de sistema de información?
- Si las personas están dotadas de un mero conocimiento operativo ¿cómo conseguir avances en ese conocimiento? La organización externaliza su capacidad de creación que queda en manos de sus proveedores de sistemas de información y su capacidad de almacenar más soluciones tipo If…Then.
- ¿Cuál es la capacidad real de la organización para atender a contingencias no previstas en el diseño del sistema o, peor aún, aparecidas como consecuencia de la complejidad creciente del sistema mismo?
Éste es el panorama. Un taylorismo sin Taylor mucho más criticable que su antecesor ya que su justificación por el contexto es menor ahora que entonces.
Las organizaciones hacen cada vez mejor aquéllo que ya sabían hacer y tienen cada vez más dificultades en aquéllo que hacían mal ya que las personas, bajo este modelo de funcionamiento, no pueden ejercer como recurso alternativo. Para ello, necesitarían disponer de conocimientos y de capacidad de acción y, frecuentemente, les faltan ambas cosas.
Jens Rasmussen, experto en organización y en seguridad, dio una regla de oro que, lamentablemente, es muy poco seguida: El operador ha de ser capaz de correr cognitivamente el programa que está ejecutando.
Las prestaciones actuales de la tecnología de la información pueden permitir un lujo: Trabajar en condiciones de suboptimización. Si un sistema de información, en lugar de ser un elegante diseño informático con una lógica interna sólo comprensible por el informático que lo ha diseñado, cumpliera con la condición de Rasmussen, las cosas cambiarían mucho.
La lógica económica relativa al coste de formación y rotación seguiría ahí pero los beneficios de ignorarla son demasiado importantes como para no tenerlos en cuenta. La frase de De Geus es una realidad y, además de serlo, tiene un impacto muy serio en la construcción de las organizaciones actuales y del próximo futuro.

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