Categoría: Recursos Humanos

Los sindicatos y el mercado de trabajo

NOTA.- Este artículo fue publicado en Capital Humano en 1995. Lo he subido al blog porque, curiosamente, doce años después continúa siendo actual.

Hasta fechas recientes se ha producido con relación a los sindicatos una situación de «autocensura» informativa, fenómeno ilustrado por Revel en su libro El conocimiento inútil y cuya existencia puede certificar cualquier observador de la realidad española. La crítica es, sistemáticamente, descalificada por atribución al crítico de posiciones opuestas e interesadas; si además el criticado es más poderoso que el crítico, en términos de capacidad de comunicación pública, la opción más prudente y más usual es el silencio.

En este momento, sin embargo, la crítica al papel actual de los sindicatos puede ser más profunda; no se trata sólo de tácticas callejeras que contribuyen más a crispar al ciudadano medio que a defender a los trabajadores sino que su entrada sin reservas en la arena política ha dejado sin realizar algunas tareas básicas para el buen funcionamiento del mercado laboral.

La pobre actuación de los sindicatos en casos como Santana, Gillette y muchos otros dejan claro que nuestros sindicalistas son mucho más diestros en los pasillos de la Administración que en otros ámbitos donde podrían ejercer una fuerza mucho mayor; en consecuencia, presionan y critican a la Administración que, a su vez, no tiene fuerza real en una economía de mercado para preservar los puestos de trabajo que desaparecen.

Podemos decir con justicia que los sindicatos actuales han considerado que su terreno es el político; incluso en sus manifestaciones públicas, destacados sindicalistas se presentan a sí mismos como defensores de intereses generales (por contraposición a intereses de partido) o atribuyen su legitimidad al hecho de haber ganado unas elecciones (en lugar de al nivel de afiliación); por añadidura, los líderes son en algunos casos políticos en excedencia sin una trayectoria conocida en el ámbito sindical.

Entretanto, los niveles de desempleo continúan aumentando sin que haya habido más acción encaminada a atacarlos que una Reforma Laboral, criticada y criticable pero sin que se hayan presentado otras alternativas serias.

La situación de nuestro mercado de trabajo actual recuerda en su esquema de funcionamiento al proceso por el cual el desierto del Sahel se convirtió en tal desierto; en un excelente ejemplo de Senge en La quinta disciplina, éste muestra el proceso de la siguiente forma:

“……..cada pastor tenía incentivos para expandir su rebaño de cebúes, por razones económicas y de prestigio social. Mientras las tierras comunes de pastoreo tenían tamaño suficiente para soportar ese crecimiento, no hubo problemas. Pero a principios de los años 60 el pastoreo empezó a ser excesivo y la vegetación de la zona empezó a ralear. Cuanto más raleaba la vegetación, más excesivo era el pastoreo, hasta que se llegó al extremo de que el ganado consumía más follaje del que podía generar esa comarca………..Crecía menos vegetación, la cual era consumida vorazmente por los rebaños, alentando aún más la desertificación……A principios de los años 70, había perecido del 50 al 80% del ganado y buena parte de la población del Sahel estaba en la indigencia”.

El paralelo con la situación del mercado de trabajo resulta bastante claro; actualmente, en Estados Unidos, es decir, en España en breve plazo, se empieza a hablar de la sociedad sin trabajadores, es decir, una sociedad donde la rutina de la asistencia diaria a una actividad remunerada será más la excepción que la regla.

Para las capas mejor formadas y más demandadas de la población activa, este cambio puede suponer una mejora por disminución de horas de trabajo sin una disminución proporcional de ingresos; sin embargo, la gran masa de esa población, que es el público de los sindicatos, tiene una situación mucho menos halagüeña.

La vieja división entre capital y trabajo ha perdido todo sentido; existen empresas cuyo principal capital está en la cabeza de sus trabajadores, cabeza que, naturalmente, se llevan puesta cuando abandonan la empresa; los sindicatos y algunos partidos políticos se centran por ello en una discusión vieja que, aunque sea importante, está haciendo que se pierdan de vista elementos más primarios para el futuro de nuestra sociedad.

Hoy, centrarse en quién debe ostentar la propiedad del capital o cuál es la retribución justa del trabajo permite que se nos escape entre los dedos el hecho de que ambos factores pueden sustituirse entre sí y que se obtienen mayores rendimientos por aplicación de capital, en forma de tecnología e infraestructuras, que por aplicación del trabajo humano.

Siguiendo esta lógica, virtualmente en todos los sectores se ha producido una desertificación en términos del número y calidad de empleos ofrecidos; el capital no sólo aumenta la productividad sino que permite ofrecer unos niveles de servicio inalcanzables mediante la aplicación de mano de obra intensiva. Imaginemos servicios como los cajeros automáticos o las tarjetas de crédito sustituyendo su infraestructura tecnológica por puestos de trabajo……..simplemente, sería inviable.

Además de este hecho, y siguiendo el paralelismo con el esquema de desertificación, se produce una situación de fuerte competencia, tanto a nivel nacional como internacional donde el primero que disminuya el ritmo de destrucción de empleo y sustitución por capital puede pagar con su desaparición como empresa; en consecuencia, cualquier gerente no tiene otra alternativa que participar en una carrera destructora de empleo aunque, a corto plazo, sirva para aumentar la productividad y mejorar la posición competitiva.

Como en el caso del desierto del Sahel, la empresa individual actúa lógicamente cuando busca constantes aumentos de productividad por inversión de capital; sin embargo, desde el punto de vista colectivo se producen algunos efectos colaterales que pueden, a medio plazo, disminuir o eliminar las ganancias obtenidas por esta vía.

A medida que transcurre el tiempo, aumenta la proporción de personas sin actividad remunerada, estén o no en situación de desempleo, en relación con las personas que sí tienen una actividad remunerada y el Estado tiene que atender sus obligaciones de protección social con este grupo de población que crece en forma de jubilados, pensionistas por invalidez, desempleados, estudiantes, jóvenes en búsqueda de primer empleo, etc.

La forma más “creativa” de paliar el problema es el aumento de impuestos; sin embargo, esto significa que parte de la productividad obtenida por inversión de capital desaparecerá al hacer frente a las obligaciones fiscales; en última instancia, el trabajador que sale de una nómina puede llegar a ser pagado por la misma empresa que le ha despedido en forma de impuestos.

Si esta dinámica de destrucción de empleo se mantiene, es por varios factores que suavizan aunque no anulan el hecho señalado en el párrafo anterior:

Primero: No existen incentivos fiscales al mantenimiento del empleo; por el contrario, los costes de Seguridad Social, que bajo el esquema actual pueden justamente considerarse como un impuesto más, gravan diferencialmente a las empresas con más trabajadores; la importancia de este factor queda reflejada en el hecho del “boom” de contratos indefinidos que se produjo durante los años en que se incentivó este tipo de contratos mediante una bonificación en la Seguridad Social durante toda la vida del contrato objeto del incentivo.

Segundo: La economía sumergida, que goza de mejor salud cuanto más altos son los niveles impositivos, es un paliativo de situaciones de desprotección social que de otro modo serían intolerables.

Tercero: No todo el coste económico del desempleo creciente recae sobre quien lo provoca sino que la diversidad de impuestos existentes reparte dicho coste en el conjunto de la población.

Es necesario insistir en el hecho que desde la empresa individual no cabe esperar ninguna solución porque las presiones competitivas no permiten actuar de forma distinta a la actual.

Desde el nivel político, cabe esperar actuaciones desde el punto de vista del incentivo fiscal pero, a su vez, el nivel político también tiene claras barreras a su actuación en la forma de acuerdos internacionales sobre la protección de mercados.

Resulta, por exclusión, que la institución que puede mantener una visión global y a la vez tiene menos cortapisas a su actuación es el sindicato; hasta ahora, esa libertad de actuación se ha expresado más en forma de cortes de carreteras, huelgas y algaradas callejeras que en otro terreno donde disponen de una fuerza no utilizada.

Si, como parece, una de las funciones de un sindicato debería ser proteger el nivel de empleo, están dejando pasar oportunidades de oro para cumplir con dicha función; parece claro que, a pesar de la situación de crisis, España continúa siendo un mercado interesante tanto por nivel demográfico como por poder adquisitivo; por ello, cuando una empresa decide buscar lugares más baratos para fabricar, ello no significa una renuncia al mercado español sino una optimización de costes.

Un sindicato, no sujeto a acuerdos políticos sobre proteccionismo, podría gestionar profesionalmente este hecho y generar listas de empresas recomendadas y no recomendadas en función de su política de empleo en nuestro país; si esto se realiza de forma profesional, sin sectarismos y con un criterio claro de defensa del empleo, podría contribuir a disminuir riesgos para aquéllos que decidan establecerse en España (que saben que contarán con una recomendación positiva de consumir sus productos) y a aumentar el riesgo de la decisión de abandono porque, obviamente, la recomendación sería negativa.

Compárese esta hipotética actuación, con un uso adecuado de los medios informativos, en relación con la pintada, la pancarta, el corte de carreteras y las manifestaciones; la política de “la calle es nuestra” es negativa por tres razones:

Primero: Es necesario que cuente con la aquiescencia de las autoridades locales o nacionales; el fracaso de la huelga general del 27-E donde, por primera vez, hubo una cobertura policial de las zonas potencialmente conflictivas, es bastante expresivo al respecto.

Segundo: La imagen que dejan los incidentes al ciudadano medio, no directamente afectado, no es todo lo positiva que los dirigentes sindicales pretenden y hasta puede ser contraproducente.

Tercero: La estrategia de exhibición callejera tiene un alto coste y no puede mantenerse de forma indefinida; hace varios meses, una empresa americana decidió cerrar las puertas de una fábrica situada en Andalucía y, sin embargo, sus productos pueden verse en los mismos lugares en que estaban antes del cierre.

Como conclusión, el mantenimiento del empleo es una labor que afecta a múltiples partes; el Gobierno y el poder legislativo tienen mucho que decir pero tienen compromisos ineludibles; los gerentes de empresas individuales, dentro de un contexto de competencia feroz y de lucha por la supervivencia, no pueden hacer otra cosa, sea cual sea su idea al respecto. Son los sindicatos quienes, por visión global y por ausencia de compromisos políticos pueden contribuir de forma decisiva a modificar la situación y ahí podría haber un motivo para desear su renacimiento desde una profunda crisis como la actual si son capaces de asumir el reto.


«Mobbing» de Iñaki Piñuel

El libro tiene el gran mérito de identificar y tratar de sensibilizar a un problema que se produce en muchas organizaciones. El concepto de “Mobbing” o su traducción española por “acoso moral” empieza a tomar carta de naturaleza ya que sus efectos son más graves cuanto más ignorados son.

 La experiencia del autor tanto en temas psicológicos como organizativos invitaban, no obstante, a esperar un paso más que tal vez reserve para un segundo libro: Por un lado, hace una especie de retrato en blanco y negro donde las partes negras corresponden al acosador y las blancas a la víctima pero no entra a fondo en las complementariedades perversas que se producen entre ambos y que posibilitan o facilitan la acción del acosador. Iñaki Piñuel trata de dejar muy claro a quién corresponde la responsabilidad del acoso y, tal vez para no difuminar el incontrovertible hecho de que el culpable del acoso es el acosador, ha incidido escasamente en el hecho de que se producen conductas complementarias y su identificación.

 Otro tema de gran interés y que ha sido poco tratado podría constituir una pregunta central desde el punto de vista de un experto en organización como es Iñaki: ¿Qué enfermedad más o menos oculta padece una organización para que personajes de perfil acosador no sólo se mantengan sino que medren en ella? Hace ahora catorce años escribí un artículo que titulé “Más allá del principio de Peter” donde señalaba que Peter era un optimista ya que había personas incompetentes para cualquier puesto en una organización (sea por un perfil de acosador o por otras causas)  y, no obstante, siendo esto un hecho conocido para todos, podía ocurrir que esas personas siguieran ascendiendo a lugares donde podían hacer cada vez más daño. Tal vez un segundo libro nos dé una respuesta a una pregunta básica, en esta ocasión desde la faceta organizativa: ¿Qué se está primando en la organización para que este tipo de personajes no sólo no sean expulsados sino, al contrario, se les introduzca en puestos de más relevancia?

Confesiones de un formador (Publicado en Training & Development)

Es casi seguro que todos los que nos encontramos, desde los más diversos ámbitos, implicados con la tarea de formar a otros hayamos sentido envidia al ver cómo actúan los más famosos gurus:

He tenido la suerte de ver, en vivo y en directo, a personajes como Charles Handy, Sumantra Ghoshal, Arie de Geus, Chris Argyris y algunos otros y siempre he salido con la misma impresión:

Son actores…sin embargo, no desearía ser mal interpretado en este punto. El término “actor” no es usado con connotaciones peyorativas; tiene un enorme mérito ser capaz de mantener a un auditorio de varios cientos de personas, muchos de ellos expertos reputados en su terreno, en silencio absoluto durante periodos de tiempo que podían llegar a una hora y sin ningún uso de los familiares medios audiovisuales…cosa imposible según la ortodoxia al uso.

La primera vez que tuve ocasión de ver este tipo de espectáculo sirvió para romperme todo tipo de esquemas conocidos sobre qué se necesita para enseñar…¿interacción?…cero. ¿recursos audiovisuales?…cero.

Sin embargo, a partir de ese momento empecé a interesarme por el mundo de los actores y ello por una cuestión muy simple y que también le será muy familiar a cualquier formador: Por mucho que se preocupe de mantener su material actualizado y de ir introduciendo todo lo nuevo que aparece, cuando ha impartido varias veces la misma materia, parece casi inevitable que todo suene a repetido…el mismo material, grupos que realizan las mismas preguntas…todo ello acaba dando lugar a cierto aburrimiento que, inevitablemente, se transmite.

Sin embargo, obsérvese la diferencia, los actores pueden realizar a veces durante años la misma representación dos veces al día. Tuve ocasión de asistir a una representación de Art en Madrid cuando estaba a punto de ser retirada del cartel, después de años. Uno de los tres actores que aparecen en la obra -Ricardo Darín- ya me había maravillado en el cine pero el teatro tenía este elemento propio, especialmente en una obra de éxito, y es el casi infinito número de repeticiones de una representación.

Un tiempo después, le pregunté a una actriz, aficionada pero con años de oficio, dónde estaba el secreto para evitar el hastío y su respuesta fue aparentemente simple pero lo único que hacía era alejar un paso más allá el misterio: “No es la misma representación; cada representación es vista por los actores como algo completamente diferente”.

¿Podemos sacar de ahí alguna lección los formadores? Probablemente, sí. Puesto que nosotros somos los mismos pero los grupos no lo son, una posibilidad evidente que aparece es ceder el protagonismo al grupo de forma que, literalmente, cada sesión sea completamente distinta.

Nuevamente, esto no aclara gran cosa porque aparecen varios problemas más:

  1. ¿Dónde está el protagonismo del grupo en esas conferencias masivas a cargo de un guru o, por idéntica razón, en una obra de teatro donde lo que hace el público es permanecer callado durante la representación?

  2. El formador tiene que hacer llegar una materia que, a menudo, viene perfectamente especificada. ¿Cómo puede hacer que esa materia se convierta en algo interesante para un público? Por extensión ¿cómo manejarse con un grupo pasivo?

La experiencia suele ir enseñándonos a ser más listos para enfrentarnos a estos problemas pero no más inteligentes. Con el tiempo, se va rellenando una especie de “caja de herramientas” donde, para cada situación, se tiene un recurso o, dicho de otra manera, el formador acaba teniendo “tablas” que, a veces, pueden servirle para sustituir una preparación inadecuada o para salir de un atolladero dialéctico en plena clase. Pero ¿es ése el camino?

Hace tiempo, un compañero me explicaba cómo podría alargar indefinidamente el número de horas dedicadas a su especialidad -marketing- sin hacer nada. Para ello, sugería utilizar varias preguntas lanzadas al grupo; la primera podría ser: ¿El márketing descubre las necesidades o las crea? Otra podría ser: ¿El vendedor nace o se hace? A partir de ese momento, su función consistiría en asentir levemente de cuando en cuando y poner cara de atención.

Evidentemente, su intención era de caricaturizar los debates estériles pero que consumen mucho tiempo a los que se podía llegar por ese camino y cómo un formador con pocos escrúpulos podía utilizar estos recursos para consumir tiempo sin preparar materia. Sin embargo, la alternativa de imponer unos determinados contenidos desde la posición del formador tampoco funciona demasiado bien y puede provocar aburrimiento en el propio formador y rechazo, y también aburrimiento, en el auditorio.

Para tratar de contestarnos a todas estas preguntas que se nos van encadenando, es casi inevitable preguntar por algo tan elemental como cuáles son los objetivos de la formación y, quizá, la forma mejor de hacerlo sea por aproximaciones sucesivas, es decir, si no somos capaces de adivinar a la primera donde debemos ir, tal vez una forma de acercarse sería establecer donde NO queremos ir:

  1. No queremos formadores listos. No valen cursos donde, gracias a los recursos escénicos del formador, todo el mundo se lo pasa muy bien pero en los que se sale como se entró porque no ha entendido nada de lo que se trataba de transmitir. Siempre recordaré a este respecto el caso de un curso de atención al cliente, magníficamente valorado por sus asistentes y donde se enfatizaba mucho la imagen que se debe transmitir de la empresa…y donde buena parte de los asistentes decidió llevarse en las maletas las toallas del hotel donde se acababa de celebrar el curso.

  2. Tampoco queremos shows tecnológicos. En este caso, un elaboradísimo material puede estar bombardeando a los asistentes con imagen y sonido pero sin ideas. Es una variedad de la anterior.

  3. Tampoco queremos pérdidas de tiempo. No valen debates trucados donde se acaba cayendo en todo tipo de bizantinismos que no llevan a ningún sitio pero consumen tiempo lo que, en ocasiones, parece ser el objetivo final.

  4. Ni aburrimiento ni para formador ni para asistentes. La situación donde el formador le da a la tecla Play y los asistentes oyen sin escuchar, a modo de hilo musical, tampoco lleva muy lejos porque no genera aprendizaje.

     

Sin embargo, parece claro que es lo que sí queremos aunque no tengamos claro cómo: Lo que queremos es generar aprendizaje. Desde una lógica de la comunicación, parece que, si uno de los presentes en una reunión, dispone de una información y los demás no la tienen, lo normal sería que aquél que dispone de la información se la transmita a los demás y…ya está.

Con esto, estaríamos definiendo lo que es el modelo más clásico de formación, es decir, aquél donde uno habla y, en muchos casos, nadie le escucha y, por ello, no se consigue el objetivo de generar aprendizaje.

Tal vez el paralelismo más simple tendríamos que buscarlo en nuestro propio interior, y no me refiero a profundidades metafísicas sino a algo tan físico como el aparato digestivo: El proceso digestivo no podría ser llevado a cabo sin unas temperaturas muy elevadas…si no fuera por la existencia de las enzimas que son capaces de provocar las reacciones químicas necesarias en ausencia de esas temperaturas.

En cierto modo, podríamos decir que las enzimas “saben mucho” ya que sustituyen la fuerza bruta que representa el aumento de temperatura por una asociación muy precisa que permite conseguir los mismos efectos.

Y esto nos devuelve al punto de origen: El formador debe dominar su materia pero un alarde de erudición no sirve de nada si no es capaz de conseguir esa asociación con aquéllos a los que tiene que formar.

Tal vez el componente fundamental de este papel del “formador-enzima” es su capacidad para generar un “Ah…eso era” y es a partir de ahí donde comienza el proceso de aprendizaje.

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Recursos Humanos y Aritmética-Ficción

Pocos asuntos pueden haber sido más discutidos y menos resueltos que el relativo a la cuantificación de actividades de Recursos Humanos. Sin ánimo de ser exhaustivo, se han buscado instrumentos de medición para valorar puestos de trabajo, se han buscado medidas para la evaluación del rendimiento y/o del grado de consecución de objetivos, para cuantificar el grado de ajuste de un individuo a un puesto, se ha tratado de obtener el ROI sobre las actividades de formación, se ha resucitado el índice Q, en su momento destinado a señalar inversiones especulativas, para convertirlo en el eje de la medición del llamado capital intelectual, etc.

 Sin despreciar todo intento de cuantificación, intento que sería tan absurdo como el de cuantificarlo todo,  es posible que algunas reflexiones aclaren algunos puntos:

          A pesar de que se habla de la nueva economía, los instrumentos de medición y control y, sobre todo, la mentalidad empresarial está, para bien y para mal, dominada por ingenieros y economistas y las organizaciones son concebidas como mecanismos a diseñar, fabricar, ajustar, reparar y medir; lamentablemente, el rigor y la exactitud que se exige en el cumplimiento de indicadores no suele darse en la construcción de esos indicadores, dando lugar a lo que se ha denominado aquí aritmética-ficción.

Ningún indicador puede ser más preciso que aquello que indica por muchos decimales que utilicemos; empeñarnos en conseguirlo puede llevarnos por varias vías, ninguna de las cuales es buena: 

  •  La acción de los directivos es dirigida por un indicador que puede ser “toreado” debido al carácter escurridizo de la variable indicada; vale la pena recordar qué ha ocurrido cuando los Gobiernos han considerado que su prioridad en la Seguridad Social era rebajar el número de días en lista de espera en lugar del mucho más etéreo mejorar la situación del sistema público de salud..
  • Se desarrollan sistemas de medición cuyo coste no se ve compensado por los hipotéticos beneficios que se pueden conseguir de ellos; dicho de otro modo, el control se transforma en un fin en lugar de ser un medio puesto que las ventajas del control no cubren los costes de la construcción y mantenimiento de ese control.
  • Se incurre en aritmética-ficción  realizando ponderaciones de variables que, en el mejor de los casos, sirven en una única situación perdiendo totalmente su utilidad en el momento en que esa situación cambia; los intentos relativos al capital intelectual son un buen ejemplo pero incurrimos en errores parecidos cuando tratamos de obtener, por ejemplo, porcentajes de ajuste persona-puesto como predictores de éxito en un proceso de selección.
  • El lenguaje numérico no es apto para todos los terrenos; es curioso que la información escrita en forma narrativa sea rechazada mayoritariamente, aunque comienza a percibirse un cambio en esa tendencia, por considerarla susceptible de manipulación; el hecho es, probablemente, que en la forma narrativa percibimos la manipulación mientras que el lenguaje numérico la enmascara mucho mejor porque el “consumidor de informes” medio suele ser mucho menos exigente con la construcción de indicadores numéricos que con los informes escritos.
  • A pesar de la búsqueda de indicadores numéricos, nos encontramos en una cultura anumérica en la que se da una ignorancia generalizada en el manejo de las matemáticas; sin necesidad de llegar a casos  caricaturescos como el periodista que afirma que las islas Galápagos se encuentran a cientos de miles de kilómetros de la costa de Ecuador o la habitual confusión entre el billón sajón y nuestro billón, al fin y al cabo sólo son tres ceros de diferencia, veremos dos ejemplos que pueden ilustrar cómo se manipulan los números:

·         Con ocasión del accidente del Concorde en París en 2001, los medios de comunicación se apresuraron a afirmar que era el avión más seguro del mundo. Si se considera que a la fecha del accidente había sólo catorce aviones de ese tipo en vuelo, frente a miles de otros modelos menos exclusivos, no resulta tan sorprendente que nunca se hubiera producido un accidente de este tipo antes y difícilmente puede avalarse la afirmación respecto del grado de seguridad.

También, en una nota de disculpa por las molestias derivadas del overbooking, la compañía Iberia recordaba que viajar en avión es veintidós veces más seguro que hacerlo en automóvil. ¿Quiere esto decir que un minuto dentro de un avión es veintidós veces más seguro que un minuto en un automóvil? En absoluto. Al hacer esta afirmación, cierta o no según se mire, se está incluyendo el concepto de tiempo de exposición. Esto significa que, por ejemplo, un vuelo Madrid-Barcelona respecto de un viaje en carretera en el mismo recorrido puede cumplir ese índice dado que el viaje dura unas siete veces menos; sin embargo, si lo que se desea contrastar es una hora de avión frente a una hora de automóvil…el índice no será veintidós sino que quedará aproximadamente dividido por siete.

Estos ejemplos no tienen otro objeto que demostrar que el lenguaje numérico permite también la manipulación y que estamos menos preparados para percibirla que en su modalidad narrativa.

Todos estos son problemas antiguos aunque, conviene insistir, antiguos no significa resueltos y tal vez tengamos que llegar a acordar con Fernando Savater que estamos tratando como problemas asuntos que no son tales problemas sino preguntas; la consecuencia es que no tienen soluciones sino respuestas contingentes y que siempre dejarán flecos sueltos.

Si optamos por trabajar con esta idea, la medición podría adquirir un nuevo sentido; el establecimiento de sistemas de medidas contingentes y la disposición a construirlas con seriedad y a cambiarlas en el momento en que se manifiesten ineficaces podría resolver algunas, no todas, las dificultades asociadas a la medición; el problema surgirá cuando los sistemas de medición se utilicen también de cara a terceros y esto limite la capacidad de cambio.

Un ejemplo propio de Recursos Humanos puede clarificar la idea:

Hace varios años, los modelos de valoración de puestos han vivido una severa crisis; parcialmente debido a esa crisis han surgido los modelos de competencias, que también tienen sus dificultades para la cuantificación; no obstante, un repaso a las causas de la crisis de los modelos de valoración puede resultar ilustrativo:

Aunque no se den grandes diferencias entre los sistemas de valoración por puntos más usados, utilizaremos los factores Competencia, Solución de Problemas y Responsabilidad; la idea de utilizar una única tabla para comparar los distintos puestos en estos tres factores no deja de ser brillante aunque lleva ya dos problemas aparejados:

  • La reducción a una única unidad, el punto, de las calificaciones procedentes de los tres factores implica la existencia de un “artilugio matemático” que pondere las calificaciones y que, por tanto, prime unos factores sobre otros.
  • Cuando las distorsiones con el mercado fueran graves, era necesario establecer situaciones de excepción que menoscababan una de las banderas del sistema: La equidad interna como objetivo.

A pesar de estos problemas, los sistemas de valoración dejaron un legado de gran interés y que es muy poco utilizado: Antes de la conversión de las calificaciones de los factores a puntos, es decir, antes de incurrir en aritmética-ficción, es necesario evaluar cada una de las variables y ahí puede conseguirse una espléndida información, por ejemplo, con vistas a planificación de carreras profesionales. Una diferencia de 13 puntos es difícil que exprese nada salvo una diferencia en la nómina; sin embargo, una diferencia entre una D y una E, estando ambas perfectamente descritas en un manual puede ser un buen índice para un gestor de Recursos Humanos.

Si esto es así ¿por qué no se utiliza este potencial del sistema, o al menos no se hace en la medida que se debiera? La respuesta es sencilla: Porque los sistemas de valoración han sido utilizados como herramienta para la negociación salarial y esto nos lleva a otro problema: Los cuantificadores, además de estar mal diseñados, son utilizados para fines distintos del original.

La constitución de comisiones paritarias para la negociación, etc. ha desvirtuado completamente el potencial analítico de los sistemas de valoración; cuando un puesto es calificado de una forma, no se sabe si esa calificación responde a la realidad del puesto o a un estira y afloja de la negociación.

Mientras el sistema de valoración ha permanecido como herramienta interna de Recursos Humanos, ha servido como guía y, si en alguna ocasión se mostraba insuficiente, podía ser ignorado o cambiado por otro sistema; en el momento en que el mismo sistema pasa a ser una pieza central de la negociación, su uso como herramienta técnica de Recursos Humanos queda invalidado.

Un problema parecido se nos presenta cuando se habla de cuadro de mando integrado o de capital intelectual; si analizamos detenidamente ambos modelos, encontraremos que se diferencian sólo en una variable y en el énfasis; podemos decir sin que nadie nos acuse de torcer excesivamente los conceptos que el modelo de Kaplan y Norton (cuadro de mando integrado) es igual al capital intelectual más el aspecto financiero pero hay otra diferencia más importante:

El cuadro de mando está concebido como herramienta de control interno, lo que implica facilidad para los cambios a conveniencia mientras que el capital intelectual pretende dar información a terceros, por lo que sus sistemas de medidas precisan un carácter más permanente y por tanto menos flexible y por tanto menos útil.

En realidad, son múltiples los ejemplos donde el doble uso de un instrumento invalida como mínimo uno de los usos; la expresión doble contabilidad siempre ha llevado implícito un reproche hacia sus practicantes; sin embargo, pretender que un sistema diseñado para dar fe frente a terceros y evitar, en lo posible, la evasión fiscal sea además, manteniendo los mismos criterios, un instrumento de control efectivo se acerca bastante a la ciencia-ficción.

Los sistemas de competencias, como se ha indicado, también tienen su cuota de aritmética-ficción: Es difícil crear un sistema que capture todas las competencias y, además, de forma que no se produzca solape entre ellas. Partiendo de esta dificultad casi insuperable ¿cómo pueden establecerse ponderaciones para determinar ajustes persona-puesto? ¿Cuántas veces estamos valorando la misma cosa bajo distintos nombres? ¿Bajo qué circunstancias podemos dar una ponderación a una competencia? ¿No será ese valor variable atendiendo a las contingencias concretas? En suma ¿no responderá todo este galimatías aritmético a un intento de arroparse de ciencia y objetividad y justificar un error en caso de que se produzca?

Todo lo anterior no es un alegato contra la medición ni mucho menos contra la aritmética sino contra el simplismo en su utilización; el hágalo tan simple como sea posible pero no más simple se olvida con una frecuencia preocupante.

Muchos de los indicadores numéricos que utilizamos, no sólo en Recursos Humanos, son auténtica ficción adornada de una supuesta objetividad por el mero uso de un lenguaje numérico que tiene graves carencias para expresar aquello que se le solicita. El lenguaje numérico es, por ejemplo,  válido para escribir una sinfonía pero a nadie se le ocurriría utilizarlo para componer un poema (salvo que se utilizase el barato recurso de convertir las letras en números) y, sin embargo, se da por hecho que en gestión es un lenguaje universal o, tal como lo expresan los iniciadores del capital intelectual, los números son la moneda aceptada en el lenguaje de los negocios.

Es necesario aprender a reflejar no sólo situaciones puntuales sino dinámicas de funcionamiento y esto implica uso de narrativa y de modelos que sean capaces de expresarlas; la manipulación de la información y la diversidad de interpretaciones existen también bajo esta modalidad pero, al menos, estamos mejor equipados para su detección que cuando viene envuelta en números como en algunos de los ejemplos mostrados.

Un error de selección

Empezaremos el artículo con una pregunta capciosa: ¿Cuál es el coste de un error de selección?…No lea todavía el siguiente párrafo, acuérdese de la persona, cuándo se dio cuenta de que se había equivocado y cuáles fueron las consecuencias.

 ¿Ya tiene una imagen clara de todo lo ocurrido? Perfecto; es posible que se tratase de un cajero al que tuvieron que despedir por meterse dinero en el bolsillo o de un comercial que no vendía absolutamente nada o…los ejemplos pueden ser múltiples pero estaría por asegurar que en ningún momento ha pensado en esa persona a la que rechazó en un proceso de selección y más tarde, por puro azar, ha encontrado que se trata de un profesional de prestigio pero, naturalmente, en otra empresa.

 Actores tan conocidos como Clark Gable y Harrison Ford fueron rechazados por perspicaces productores (el primero de ellos porque tenía las orejas grandes) y probablemente, al cabo de un tiempo, los productores se habrán acordado de su decisión.

 No hay manera de saber cuáles han sido las consecuencias para su empresa de haber perdido un buen candidato pero la posición profesional también importa y probablemente las consecuencias para el seleccionador han sido nulas, cosa que podría haber sido distinta si se hubiera admitido a un candidato inadecuado.

 Hay un efecto perverso que no sólo afecta al área de selección sino a toda la empresa: Nos vemos forzados a tomar una decisión que tiene un extremo visible y otro invisible; el acierto o el error en la persona que es contratada –extremo visible- puede tener efectos sobre el seleccionador mientras que el acierto o el error en la persona que no es contratada –extremo invisible- no tiene ningún efecto. Esto es algo tan habitual que ni siquiera lo vemos porque, como el aire, nos rodea pero no somos conscientes de su presencia más que cuando nos falta y, sin embargo, tiene importantes efectos:

 Un seleccionador que no se sienta muy seguro de su posición no buscará al mejor candidato sino al que menos riesgos presente; tratará de blindar su decisión con todo el aparato imaginable de sofisticadas pruebas psicotécnicas corregidas por ordenador, entrevistas estructuradas, etc. Si al final se equivoca, siempre tendrá una coartada mientras que si decide siguiendo su intuición y se inclina por el candidato que le parece mejor estará actuando sin cobertura.

 En esas condiciones, si un candidato le parece inteligente, pensará en el peligro de que sea retorcido y peligroso; si es alegre puede ser un juerguista en el trabajo, si es poco expresivo puede estar siempre de baja por depresión, si tiende a estar en su mundo debe ser que se pincha algo, etc…siempre aparecerá una justificación para eliminar a todo candidato que no se ajuste a unos estándares cada vez más estrechos.

 Hay quien habla ya hace tiempo de “gestión del talento” y, por definición, sólo se gestionan recursos escasos. Si el talento es escaso, la eliminación de candidatos válidos es probable que se esté convirtiendo en una fuente invisible de pérdidas derivada de una práctica de aversión al riesgo presente en los procesos de selección y en ámbitos mucho más amplios.

 Tal vez es necesario empezar a percibir que el acierto y el error no son polos opuestos sino cosas distintas; lo contrario de acertar es no acertar y lo contrario de errar es no errar. Si trabajamos solamente con la dimensión de error, nuestra máxima aspiración será evitar el error visible (el invisible no cuenta) pero nunca buscaremos activamente el acierto. Cada proceso de selección se convertirá en una fortaleza que, con frecuencia, no dejará pasar al candidato más cualificado sino al que permite justificaciones más plausibles en caso de fallo.

 Como conclusión, la selección es una profesión de riesgo y esto debe ser claro no sólo para los seleccionadores sino para quiénes los evalúan; esto significa que se pueden producir fallos y es necesario aprender de ellos pero el aprendizaje no necesariamente significa añadir un obstáculo más al proceso sino estar dispuesto a ver al candidato y ser capaz de decidir, si es necesario, en contra de lo que nos digan las pruebas.

Consultoría en tiempos de crisis

El concepto de consultoría no es hoy nada claro; en muchos casos, ha pasado a ser simplemente una modalidad de trabajo temporal de elevada cualificación. Como ocurre con bastantes otros temas, los consultores son contratados con profusión en épocas de vacas gordas y se reducen sus contrataciones en épocas de vacas flacas con una excepción: Los buitres.

Existe una modalidad indeseable de consultoría de crisis que le ofrece al empresario una reducción de costes demostrable a cambio de una jugosa cantidad. Naturalmente, la reducción de costes es demostrable en el corto plazo porque otra cosa distinta es que sea sostenible.

Es muy fácil reducir los costes operativos. Señor empresario; tome nota de la receta para evitar que nadie se la trate de vender mañana: Hay actividades urgentes que, si se dejan de hacer, se va a notar inmediatamente y otras menos urgentes que, si se dejan de hacer, va a tardar tiempo en notarse. La receta del consultor-buitre consiste en eliminar los recursos asociados a esas actividades menos urgentes y, de esa forma, «demostrar» que ha conseguido reducir los costes operativos y cobrar por su logro. Al cabo de un tiempo, empiezan a notarse los efectos negativos de las actividades suprimidas y hay que volver a situaciones parecidas a la anterior. Mientras tanto ¿quién le devuelve su puesto a quien lo ha perdido, quién trae al cliente que se ha marchado o quién paga por el tiempo de incidencias y mal servicio?

En situaciones de crisis puede ser necesario tomar medidas duras pero no todas las medidas que son duras son válidas en el largo plazo. Si es necesario reducir recursos y, entre éstos, es necesario reducir el número de personas, hay que mirar con mucho cuidado quién, por qué, cuándo y cómo pensando tanto en la dignidad del que se va como en el estado de ánimo del que se queda. Sin duda, el manejo del hacha es más fácil y más barato que el manejo del bisturí pero, si se tiene intención de sobrevivir, es dudoso que nadie se dejase operar con un hacha.

Puede haber una solución y ésta viene del ámbito de Recursos Humanos. ¿Cómo, cuánto y por qué le paga a un consultor? Cuando quiere retener a alguien, utiliza incentivos a largo plazo. Haga lo mismo con el consultor: Vincule una parte de su retribución a los resultados a medio o largo plazo de su empresa y evitará tentaciones del tipo «Toma el dinero y corre».

Seguramente, los contratos serán bastante más complejos pero si se quiere que el consultor sea un socio estratégico y que también lo sea para tiempos de crisis, no hay otro remedio que vincular su retribución a los resultados que sea capaz de aportar de forma sostenible en el tiempo.

Gestión por competencias: Los límites de un modelo

Hace ya años que los modelos de gestión de competencias tomaron el relevo de los sistemas de análisis y valoración de puestos. Estos últimos, de los que nunca se ha explotado su auténtico potencial, han ido quedándose progresivamente relegados a la función de instrumento de soporte para las negociaciones salariales.

Aunque algunas grandes empresas continúan sosteniendo los sistemas de valoración y, en paralelo, mantienen sistemas de gestión por competencias, lo hacen para tener de forma separada una herramienta de negociación y una herramienta técnica en el ámbito de recursos humanos.

En realidad, los sistemas de análisis y valoración de puestos tenían mucho más que ofrecer del uso que se les está dando pero su utilización como herramienta de negociación frecuentemente los ha invalidado como herramienta técnica.

 Una herramienta técnica, por definición, ha de ser utilizada internamente; si sus resultados no sólo están sujetos a un dictamen técnico sino que pueden variar dependiendo de las presiones propias de un proceso negociador, la herramienta queda invalidada para otras posibles utilizaciones debido a la interferencia entre ambos tipos de uso.

 La exigencia de los sistemas de análisis y valoración de comenzar con una descripción y una codificación de un puesto en términos estandarizados ha permitido que fueran utilizados como ejes de la gestión de Recursos Humanos. Un sistema de análisis y valoración de puestos constituía lo que podría denominarse la unidad de cuenta que servía para comparar puestos entre sí y establecer tanto procesos de selección como planes de carrera.

 Estos sistemas, sin embargo, tienen una debilidad que se ha tratado de solucionar mediante los modelos de competencias: Han enfatizado excesivamente la responsabilidad sobre recursos o, dicho de otro modo, la posición en la pirámide jerárquica del puesto y han sido poco discriminativos respecto de los tipos de competencias necesarios en ese mismo puesto.

 Este hecho se debe a dos factores: Por una parte, responde a la realidad de unas organizaciones muy jerarquizadas (no en vano el creador de uno de los más conocidos sistemas de valoración fue un militar) y, por otra parte, un sistema cuyo principal criterio discriminativo sea el volumen de recursos administrados por el puesto genera escalas salariales cuyos niveles son coherentes con los niveles jerárquicos de la organización.

 En un entorno de puestos más multifuncionales y de organizaciones más planas parece necesario un mayor nivel de discriminación en las capacidades necesarias para cada puesto y, al mismo tiempo, pierde peso relativo en el análisis el lugar que ese puesto ocupe en la pirámide.

 Los modelos de competencias están ya plenamente integrados en la gestión de Recursos Humanos desde hace tiempo; sin embargo, continúan siendo vendidos en muchos casos como la gran novedad. Aceptando los elementos positivos que aportan, es posible que haya llegado el momento de tratar de vislumbrar también sus limitaciones para no generar falsas expectativas.

 El elemento básico para cualquier modelo de competencias es el diccionario donde se describen esas mismas competencias y se señalan los posibles niveles que permitirán establecer cuál es el grado de necesidad de una competencia concreta para un puesto concreto. Esta pieza básica del modelo representa ya muy serias dificultades en su construcción:

¿Cómo es posible asegurarse de que no haya solapes en las definiciones de las distintas competencias? Supongamos que definimos una competencia llamada “capacidad de comunicación” y otra llamada “capacidad negociadora”. Por brevedad expositiva, no definiremos las competencias sino que nos quedaremos con la visión intuitiva que todos tenemos de ambas capacidades.

 ¿Hasta qué punto una capacidad negociadora no exige una fuerte carga de capacidad comunicativa? El problema no tendría especial gravedad si no fuera porque el modelo de competencias, como todos los anteriores, parten de una fuerte ambición y de un intento de aplicación universal y se comienzan a establecer ponderaciones entre competencias, por ejemplo, para determinar perfiles de ajuste persona-puesto o para llegar a establecer niveles salariales.

 En tanto nos mantengamos en el nivel de las competencias individuales, tendremos un modelo clarificador que puede ser utilizable tanto para selección como para formación o desarrollo. Cuando se intenta dar un paso más y determinar cuáles son las competencias más importantes y se desarrollan modelos numéricos, empezaremos a encontrarnos con el muy extendido fenómeno de la aritmética-ficción.

 La asignación de números da una falsa impresión de objetividad y control y, bajo esta falsa impresión, se pueden estar colando notables imprecisiones como el hecho indicado de que las competencias, por bien definidas que estén, pueden tener terrenos comunes y que estemos valorando las mismas cosas dos o más veces al definir un perfil.

Cuando se define un perfil de ajuste persona-puesto basándose en un modelo de competencias, hay cuatro supuestos, pocas veces explícitos, sin los cuales el  perfil no es más que un estéril ejercicio de la mencionada aritmética-ficción:

  •   El ya señalado problema de que las competencias tengan zonas comunes que sean evaluadas más de una vez en la ponderación.  
  • El supuesto de que se han identificado todas y cada una de las competencias necesarias para un puesto.
  • El supuesto de que la ponderación de competencias es válida para todo tipo de contingencias imaginables en un puesto

 

  • El supuesto de que un determinado puesto sólo puede ser ejercido por un determinado perfil o, al menos, el supuesto de que hay un perfil ideal; dicho de otra forma, la consideración de que al ajuste persona-puesto es un problema de solución única.

 

Todos los supuestos indicados son lo suficientemente relevantes para pensar si no está ahí el límite de los modelos de competencias. Cuando aparecieron por primera vez con la idea de ser más discriminativos y de organizar de una forma más coherente funciones tales como la selección o la planificación de carreras, estos modelos fueron, con sobradas razones, muy bienvenidos.

 A medida que los intereses comerciales y los intentos por empujar los sistemas de competencias hasta sus límites los han llevado a ignorar algunos problemas graves, como los señalados, por el sencillo y habitual procedimiento de enterrarlos bajo números prescindiendo del significado de éstos, empieza a ser necesaria una evaluación crítica de los modelos.

 Como conclusión, podemos decir que los modelos de competencias son aceptables pero que, como cualquier otra cosa, tienen unas limitaciones que no debemos ignorar si queremos usarlos adecuadamente y que no sirvan para tapar problemas no resueltos.

 

Director de Recursos Humanos y Controller: Condenados a entenderse

Si hubiera que elegir una dificultad única en la función de Recursos Humanos excluyendo todas las demás, es probable que pudiéramos alcanzar un acuerdo en torno a una: La dificultad de medición.

Dos eminentes físicos, Kelvin y Einstein, dieron su opinión a este respecto. El primero estableció su Si no puede medirse, no puede controlarse reformulado modernamente mediante la sustitución de controlarse por gestionarse. El segundo dijo algo muy distinto: No todo lo que puede contarse cuenta ni todo lo que cuenta puede contarse.

En este momento, puede decirse que predomina la doctrina Kelvin que, desde luego, puede calificarse de cualquier cosa menos de indiscutible. El énfasis en la medición hace que los que trabajamos en el mundo de lo no tangible podamos encontrarnos algunas dificultades.

Cuando este hecho lo llevamos al ámbito de un negocio, las exigencias de medición pueden llegar al absurdo y todo lo que no se somete a esas exigencias es en algunos sitios ignorado. No hay una salida fácil y desde una posición de Recursos Humanos se pueden afrontar serias dificultades, tanto más si la Alta Dirección forma parte de los integristas de la medición.

Quizás uno de los mejores consejos que se le puede dar a un DRH en esta tesitura es que establezca una firme alianza con el controller, muy especialmente si este último no es una especie de «Director Financiero-2» y ha establecido un cuadro de mando que contemple más variables de negocio que las estrictamente financieras. Si además de esto, está familiarizado y aplica modelos del tipo Balanced Scorecard mejor que mejor.

Si una posición de la rama más dura del negocio está manejando un conjunto de variables propias del negocio, el DRH tiene parte de su tarea hecha. A la hora de establecer sistemas de evaluación de rendimiento, por ejemplo, puede conseguir que éstos tengan relevancia derivándolos de las variables de negocio que maneja toda la organización en lugar de preparar su propio sistema de variables no conectado. Por otra parte, puede aportarle también al controller nuevas variables que pueden no estar siendo contempladas.

Nunca es una situación fácil pero una alianza DRH-Controller puede ser muy favorable para ambos y para el conjunto de la organización.

¿Se pueden pactar deslocalizaciones con sindicatos?

Durante los últimos tiempos, la idea de que las deslocalizaciones tuviera que ser pactada con los sindicatos está apareciendo en distintos medios de comunicación y cobra más fuerza cada vez que aparece algún caso de cierta envergadura como, por ejemplo, Delphi.

Me encuentro entre los que llevan tiempo afirmando que los sindicatos pueden acabar ejerciendo un papel proteccionista imposible de ejercer por los Estados gracias a los acuerdos de libre comercio. Sin embargo, la idea de una norma en el sentido en que se está proponiendo en los últimos tiempos es sencillamente absurda.

Podría esperarse que un sindicato hiciera una campaña publicitaria contra una empresa que quiere llevarse sus instalaciones productivas y, de esta forma, conseguir que no salgan los números.

Al fin y al cabo, la deslocalización se sustenta sobre una idea simple: Conservar el mercado y rebajar los costes operativos. Si mediante campañas de imagen se consigue romper la primera parte de la ecuación, es posible que haya quien encuentre que le resulta mejor mantener unos costes más altos si, al mismo tiempo, mantiene también un mercado interesante.

Eso es una algo que incluso puede considerarse que entra dentro de la actuación legítima de un sindicato pero…¿pactar deslocalizaciones? ¿cuáles son las contrapartidas? ¿qué interés tiene la empresa que se marcha en pactar cuando no tiene más que hacer el equipaje? ¿qué interés puede tener un sindicato en pactar una pérdida de puestos de trabajo? Sólo se me ocurre una: Contrapartidas para el sindicato en lugar de para los trabajadores que van a perder su empleo.

Desde luego, no hay muchas más opciones. En principio, la empresa que se va quiere deshacer una inversión y no tiene nada que pactar. Si el Estado interfiere y exige el acuerdo con sindicatos ¿cómo obligar a la empresa? Hay dos formas y ninguna es buena:

Primera: Cuando una empresa quiera establecerse en España, exigir un compromiso de que, en caso de retirar sus inversiones, tenga que existir el pacto con los sindicatos.

Segunda: Aprobar una legislación que, en caso de que tal pacto no se alcance, establezca algún tipo de confiscación o sanción que, por su cuantía, pueda considerarse que tiene ese carácter.

Cuando la Junta de Andalucía amenazó a Delphi si se marchaba, quien la llamó al orden no fue ningún miembro de la oposición política sino el propio ministro de Economía, Pedro Solbes, con un argumento difícil de rebatir: Si ponemos barreras al que se quiere ir, el que esté pensando en venir irá para otro lado.

Éste es el gran argumento en contra de este tipo de pactos pero hay más:

A las empresas ya establecidas y que deseen marcharse, esta intervención del Estado podría obligarlas a entrar en los viejos caminos de la corrupción y a «comprar» el pacto con los sindicatos.

Tanto las que ya están como las que podrían venir no tendrán el menor interés en invertir ni un céntimo más en España.

Puede ser legítimo condicionar la concesión de ayudas a compromisos de permanencia pero no se puede pasar de ahí. Algunas regiones españolas pueden estar empezando a ser un lugar poco atractivo para las inversiones extranjeras gracias, entre otras cosas, a la política.

La consecuencia está siendo la desaparición de un conjunto de empresas que prefieren buscar otros sitios donde sean mejor tratadas como ha dejado en evidencia el caso sangrante de Pescanova, empresa gallega que construye una factoría en Portugal ante las trabas que encuentra en Galicia.

Al tratar de impedir la fuga de empresas por procedimientos como la exigencia del pacto con los sindicatos se estaría provocando al mismo tiempo que los que no están no tengan el menor deseo de acercarse y que los que están busquen subterfugios para reducir su inversión.

Nos guste o no, en España hay una situación complicada que la política, en lugar de suavizar, agrava: Hace años que no somos un país de mano de obra barata y nunca podríamos competir, por ejemplo, con China. Al mismo tiempo, tampoco somos un país que destaque por valor añadido y hay otros países que nos llevan una gran delantera.

¿Qué nos queda? ¿El turismo de sol y playa? Si se quiere conseguir un país competitivo, hay que conseguir un país atractivo tanto para empresas como para profesionales cualificados atrayendo capital tanto financiero como humano.

Si, en lugar de eso, se opta por pretensiones como el pacto con los sindicatos, lo único que se estará haciendo -una vez más- es empeorar la situación y otorgarles una representatividad que las cifras de afiliación dicen a todas luces que es ficticia.