Categoría: Recursos Humanos
Career Anchors revisited by Edgar H. Schein (Anclas de carrera): Una teoría distinta de la motivación en el trabajo
career-anchors-revisited-by-edgar-h-schein.pdf
Posiblemente uno de los mejores modelos que hay de motivación porque huye de la idea del «café para todos» y discrimina en función de intereses personales.
La pregunta «¿Qué motiva?» es absurda si no se repregunta previamente «¿A quién?». Schein entra en ese terreno y lo hace con claridad y brillantez.
Una de «mobbing»
Con mucha frecuencia el «mobbing» lleva al «moving» como hay gente que lo llama y ayer me contaban uno de esos casos.
Una persona, bien situada profesionalmente en una fundación, tenía que organizar un concurso cuyos ganadores recibirían una generosa aportación económica. Una vez preparadas todas las condiciones del concurso, su jefe le «notifica» los nombres de los ganadores con lo que sólo quedaba salir y dar a conocer la buena nueva a los agraciados.
Como habría hecho cualquier persona normal en su puesto, se negó y los ganadores fueron los que correspondía de acuerdo con los criterios iniciales, resultado que no pareció encantar al jefe y modificándose sustancialmente la relación desde entonces.
Desde ese momento, toda ocasión fue buena para tratar de desacreditar -y de hacer desaparecer del mapa- a la persona que, repentinamente, se había convertido en conflictiva. Había elementos suficientes, por ejemplo emails, para que una denuncia por «mobbing» pudiera haber prosperado y, sin embargo, esa denuncia nunca se presentó y la persona afectada acabó abandonando la organización.
¿Por qué ocurre esto? Lamentablemente, la respuesta es muy sencilla: Porque la persona afectada sabe que, de haber presentado la denuncia, se habría colgado a la espalda el sambenito de «conflictiva» que le dificultaría extraordinariamente conseguir otro puesto de trabajo.
Hace tiempo, un buen amigo me comentaba que en el área de Recursos Humanos trabajamos con una especie de ley de la omertá y aunque él lo aplicaba a otro terreno -los consultores o directivos que son unos reputados golfos, que todo el mundo lo sabe y que, sin embargo, medran gracias a una discreción mal entendida- es perfectamente aplicable a estos casos.
Con la vehemencia que caracteriza al personaje, me decía en una reunión llena de gente y en un tono de voz suficiente para hacer que alguno se volviera: «Estos tíos son unos hijos de p… y no hay que callarse; hay que decirlo».
Muy probablemente ésa es la solución: La discreción mal entendida deviene en omertá y ocurren cosas de las que todos acabamos convirtiéndonos en cómplices.
¿Podemos sustituir el «know-why» por el «know-how»?
http://www.callcentermovie.com/movie/movie2.html
Éste es un buen -y divertido- ejemplo de lo que ocurre cuando se comete ese error.
Es cierto que, a medida que los sistemas de información ganan posibilidades de «supremacía instrumental» (Luhmann) podemos permitirnos trabajar con gente menos cualificada sin que aparentemente pase nada.
Uno de los sitios donde se ha aplicado más esa regla es, precisamente, en los «call-center» de muchas grandes empresas con un enorme deterioro sobre la calidad de atención.
El vínculo apunta a un video sumamente divertido y que parodia lo que ocurre cuando alguien está operando con manuales y un menú en pantalla pero no tiene la más remota idea sobre qué está hablando.
El fenómeno se produce en muchos más sitios y, en este mismo blog, puede encontrarse un «post» sobre el neotaylorismo del que el video es una parodia no exenta de razón.
Este fenómeno se está llevando a los terrenos más inverosímiles y, por supuesto, de mucha más trascendencia que un «call-center». Aquí se encontrarán artículos sobre la aplicación de ese mismo principio al transporte aéreo pero, hace sólo unos días, saltaba a la prensa un caso que habría puesto a cualquiera los pelos de punta: La crisis de los misiles en Cuba.
Si se busca en Google por «crisis de los misiles», se encontrarán nada más que 61.800 referencias, la mayoría de ellas claramente dirigidas por la intencionalidad política de uno u otro signo. Sin embargo, sólo recientemente salió a la luz la existencia durante la crisis de mecanismos automáticos que habrían supuesto, también automáticamente, el inicio de la III Guerra Mundial.
Los hagiógrafos de Kennedy sostienen que éste disponía de una información privilegiada gracias a un espía -Oleg Penkovsky- y que por eso mostró una determinación que le haría aparecer como el triunfador que permitía salvar la cara al otro lado.
Parece ser que Oleg Penkovsky no fue tan eficaz como pretendía esa versión ya que no informó de un insignificante detalle ahora sabido: En la hipótesis de un corte de comunicaciones entre Moscú y el centro de control de los misiles, las órdenes de este centro eran de lanzamiento inmediato.
Curiosamente, los norteamericanos habían estado barajando la posibilidad de un bombardeo sorpresa con el objetivo de…cortar las comunicaciones y, de esta forma, romper la cadena de mando evitando que los misiles pudieran ser lanzados.
¿Cuántos automatismos -por procedimiento o por tecnología- hay preparados para evitar el trabajo de pensar o, mejor aún, para evitar la necesidad de que haya alguien que piense? ¿Cuántos desastres están esperando su oportunidad para ocurrir por eso mismo?
Los «call-center» son un ejemplo benigno; la crisis de los misiles es otro ejemplo mucho menos benigno y, entre esos dos, millones de otros ejemplos que tratan de prescindir de aquello que hace a las personas comportarse como personas y que, al parecer, perturba un orden establecido, supuestamente garante de que nada va a ocurrir.
Algunas aclaraciones de conceptos de moda
Llevamos ya una temporada donde se juega con conceptos como capital intelectual, inteligencia emocional, cuadro de mando o gestión del conocimiento y a cuya mera mención se le atribuyen cualidades casi mágicas.
Pocos se han ocupado de ver qué aportan y qué llevan debajo todos esos nombres, si es que realmente llevan algo, contribuyendo a hacer ruido y a devaluar conceptos que podrían haber aportado algo.
Empecemos por la ya manida inteligencia emocional: La idea de que la inteligencia emocional es mucho más importante que la, al parecer, pasada de moda inteligencia racional es sencillamente falsa; no puede jugarse con porcentajes y decir que la inteligencia emocional es causante de un 60% o un 80% o lo que sea del éxito y que, por tanto, es más importante que la inteligencia tal como suele entenderse.
En primer lugar, el éxito es un cajón de sastre que incluye muy diversos factores, entre ellos, estar en el momento adecuado en el lugar justo y, puesto que lleva una serie de aspectos de tipo contingente, es difícil que puedan establecerse variables fijas como responsables de tal éxito.
En segundo lugar, la llamada inteligencia emocional puede ser importante para el éxito en determinados puestos PERO EL ACCESO A ÉSTOS SE PRODUCE GRACIAS A LA INTELIGENCIA GENERAL. No todos podemos correr los 100 metros en 9 segundos; evidentemente hay factores diferenciales pero no debemos olvidar que esos factores se superponen sobre otros que a su vez han sido diferenciales. La inteligencia general facilita el acceso a un puesto pero, en realidad, me da simplemente unos mínimos. Para que todo funcione, se precisa la “inteligencia emocional”.
¿Tendría sentido decir algo así como: “La inteligencia emocional es responsable en un 80% de su éxito como investigador, supuesto que tenga Vd. un cociente intelectual de 180 o superior”? Es, evidentemente, una condición sobre otra condición pero los que se han quedado pegados a la idea de inteligencia emocional prefieren olvidar la condición inicial (C.I. 180) y darla por supuesta.
Sobre el capital intelectual, puesto que se publicó ya en ICTNET un artículo, previamente publicado en “Capital Humano” sobre la aritmética-ficción en que se basa ese concepto, no incidiré más en ello pero tal vez merezca la pena su comparación con el cuadro de mando de Kaplan y Norton.
En la edición en español del libro de Kaplan y Norton, titulada “Cuadro de mando integral” se citan sus elementos constituyentes:
- Formación y crecimiento.
- Procesos internos.
- Clientes.
- Finanzas.
Por su parte, el capital intelectual es un concepto que puede aportar algo de luz hasta el momento en que empieza a dedicarse a cuantificar de la forma más burda imaginable; sus componentes son también conocidos:
- Capital humano.
- Capital estructural.
- Capital relacional.
¿Estaríamos torciendo mucho los conceptos si hacemos las equivalencias siguientes?:
- Formación y crecimiento = Capital humano.
- Procesos internos = Capital estructural.
- Clientes = Capital relacional.
Además de esto, el modelo de cuadro de mando incluye las finanzas que, nos guste o no, representan un agente posibilitador de captar y formar a la gente óptima, de mejorar los procesos y, llegado el caso, de mejorar la relación con los clientes.
No voy a caer en el mismo error que criticaba al concepto de “inteligencia emocional” y decir ahora que las finanzas son lo más importante; simplemente, si un modelo me aporta tres variables útiles y otro modelo me aporta las mismas más otra ¿no deberé quedarme con el segundo y olvidar el primero?
Hay un elemento más y, tal vez, más importante: La idea de capital intelectual nació con el propósito de medir intangibles mientras que el cuadro de mando nació con la idea de controlar y conocer el estado de una organización. Esto implica una diferencia fundamental: Las herramientas de información y control internos pueden ser cambiadas ajustándolas constantemente a circunstancias cambiantes; si, por el contrario, trato de utilizar sistemas de medidas para dar información a terceros ¿aceptarán cambios en las variables que se evalúan y en los criterios de evaluación?
Si es así, en este momento puedo darles la receta para conseguir una inflación cero en países que tengan fuertes tendencias inflacionistas: Modificar las variables que se valoran y sus ponderaciones. ¿Absurdo? Por supuesto que sí. Cada vez que se realice un cambio ¿cómo sabemos si responde a cambios de entorno o a un propósito de “maquillar” malos resultados?
Los sistemas de información internos son cambiantes cuando dejan de ser útiles; los sistemas de información destinados al exterior son mucho menos susceptibles de cambiar pero eso tiene una solución: Explíquese en palabras absolutamente claras cuál es la opinión que un individuo o una empresa contratados para el proceso evaluativo tienen sobre la organización evaluada; no se oculten tras una falsa imagen de objetividad provista por el lenguaje numérico y digan su opinión, asumiendo el riesgo de equivocarse, en palabras claras.
Éste es el reto que no ha querido recoger el capital intelectual y se ha refugiado tras absurdos y complejos sistemas de variables. Éste es también el reto que no necesita recoger el cuadro de mando porque se trata de una herramienta para uso interno, lo que le da una flexibilidad infinitamente mayor.
La gestión del conocimiento también está de moda; hay quien habla de gestión de conocimiento y nos da una conferencia sobre correo electrónico o Internet, otros nos hablan sobre motivación, trabajo en equipo, etc. y otros sobre formación pero todos ellos coinciden en algo:
La gestión de conocimiento es la última novedad. Falso.
Existe gestión de conocimiento desde que somos capaces de transmitirles información a otros y de conseguir que esa información adquiera un carácter acumulativo. ¿Seríamos capaces de construir el vehículo que conducimos o el PC con el que escribimos? ¿Cómo se le llama a ese proceso de distribución ordenada y acumulativa de información? ¿No se ha gestionado conocimiento para llegar ahí? Cuando un trabajador experto enseña el oficio a un aprendiz para que tome el relevo ¿no está también gestionando conocimiento?
En realidad, la gestión de conocimiento no es nueva; simplemente, se ha realizado de forma intuitiva mientras el conocimiento no ha sido un factor clave para la competitividad; lo que ha cambiado es otra cosa:
La velocidad a que se genera nuevo conocimiento deja rápidamente obsoletas a tecnologías y formas de hacer negocio.
Si no podemos apoyarnos en una barrera de entrada bien establecida, todo lo que podemos hacer es mantener nuestra capacidad para generar constantemente novedades. Cuando llegamos ahí, la capacidad de generar y utilizar nuevo conocimiento llega a ser la clave de la competitividad; es entonces cuando la gestión de conocimiento, que siempre ha existido, empieza a requerir de nuevos medios y exige ser organizada de forma que va más allá de lo intuitivo.
Si la idea es tan simple, y lo es ¿qué objeto tiene generar confusión entre la gestión de conocimiento y las herramientas de que se vale? Hasta el momento, que se sepa, ningún contable ha confundido un balance de situación con un programa de hoja de cálculo, por mucho que este último sea imprescindible para conseguir realizar el balance.
Este tipo de error se admite con la mayor de las alegrías cuando el tema que se trata es la gestión del conocimiento, en algunos casos, por mero oportunismo comercial y en otros por mero nominalismo. A estas alturas, son probablemente muchos los que han asistido a conferencias donde, mientras les hablaban de otra cosa, ocasionalmente incluían alguno de los conceptos mencionados antes fuera de contexto y sin justificación alguna para su uso…salvo que están de moda.
A título de hipótesis, parece que, del mismo modo que nos hemos acostumbrado a la comida-basura o a la televisión-basura, nos hemos acostumbrado a los conceptos-basura. La idea de profundizar para saber qué es lo que hay debajo de un concepto o qué fallos garrafales lleva es desdeñada por ser una cosa de “teóricos”; como somos muy importantes y muy prácticos, preferimos que nos den la receta sin preocuparnos mucho por la calidad de los ingredientes.
La consecuencia es la utilización masiva de conceptos como los anteriores sin unos mínimos de análisis crítico y limitándonos a ser un eco de supuestas tendencias que pueden no serlo por no tener nada en qué sustentarse. Este escrito no es otra cosa que un modesto, y probablemente inútil, intento de dar un paso en la dirección contraria.
Inteligencia ejecutiva (Justin Menkes)
Uno de los pocos libros de la hipertrofiada industria editorial del «management» interesantes.
Ganaría más si suprimiera algunas de las «historias ejemplares» y, a cambio, articulase un poco mejor la parte conceptual pero, al margen de esos pequeños problemas, vale la pena su lectura.
Para entrar más en detalle, tiene el mérito de recuperar como criterio de selección la vieja inteligencia (sin apellidos) señalando como incluso una mera prueba de C.I. puede ser mejor predictor del rendimiento que muchas de las pruebas actualmente al uso.
En particular, el autor señala que la inteligencia ejecutiva tiene tres componentes, uno relativo a la tarea, otro a la interacción y otro al conocimiento de uno mismo.
El autor ataca dos vacas sagradas como son la tan de moda inteligencia emocional y las entrevistas por competencias.
En un artículo recién subido a este mismo blog, publicado hace tiempo en «Training and Development»
https://factorhumano.wordpress.com/2007/04/06/algunas-aclaraciones-de-conceptos-de-moda/
puede encontrarse un argumento en contra de la «inteligencia emocional» consistente en que la «inteligencia racional» es un criterio de acceso a puestos y, sólo una vez que se supone un nivel de inteligencia alto, podemos establecer otros criterios como factores de éxito. La gran estafa de la inteligencia emocional está, por tanto, en que afirma ser origen de un 80% del éxito profesional cuando, para acceder a la posición que permita que la «inteligencia emocional» opere como factor de éxito, se necesita una elevada inteligencia racional, común o como queramos llamarla.
El autor de Inteligencia Ejecutiva se limita a señalar que la inteligencia es mejor predictor de éxito.
En cuanto a la entrevista por competencias, el autor señala que sirve para discriminar conocimiento pero no inteligencia y recurre incluso a la comparación del conocimiento con el disco duro de un ordenador y aquí hay puntos muy discutibles:
El propio autor utiliza, para reforzar su punto de vista, el ejemplo de «Rain Man» y la memoria fotográfica de su protagonista para reforzar la idea de la memoria como un mero disco duro de un ordenador.
A los pedagogos, este planteamiento les recordará la vieja discusión sobre qué es más adecuado, contenidos o procesos. Ya entre los propios profesionales de la materia se encontrarán algunas voces discordantes
https://factorhumano.wordpress.com/2006/11/22/panfleto-antipedagogico/donde el autor, entre otros temas, señala cómo los procesos sin contenido quedan en el vacío.
Algunos estudiosos de la inteligencia como Jeff Hawkins
https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/on-intelligence-jeff-hawkins/
critican este mismo planteamiento desde otro punto de vista: La memoria no es un mero almacén sino que implica la existencia de un conjunto de estrategias de almacenamiento y de recuperación y algo más: A diferencia de los ordenadores, no tenemos reglas generales para aplicar a las situaciones sino que vamos acumulando casos particulares y vamos viendo cuál es de aplicación a una situación nueva.
Éste -la contraposición entre conocimiento e inteligencia- es quizá el fleco peor resuelto del libro que, al final, conduce al autor a una «solución»: La entrevista por competencias preguntando por qué se tomó la decisión en cada uno de los incidentes críticos utilizados o añadiendo supuestos a modo de examen.
Hay, por tanto, un desarrollo interesante aunque tenga elementos discutibles y una solución final que no lo es tanto. Como suele suceder, esto último se explica por motivos meramente comerciales: El libro es utilizado como plataforma comercial para vender la solución de evaluación de ejecutivos utilizada por un head-hunter (Spencer Stuart) con quien el autor tiene un estrecho contacto.
A pesar de ello, si suprimimos los «minutos de publicidad», el libro vale la pena.
Un nuevo mundo feliz (Ulrich Beck)
Beck es una estrella de la sociología que, entre sus conceptos favoritos, maneja el de riesgo global.
En este caso, ha aplicado ese mismo concepto al futuro del mercado de trabajo en un entorno de globalización y, como era de esperar de Beck, le ha salido una obra brillante aunque haya puntos que puedan ser discutibles.
Beck analiza la situación actual con países como China avanzando a una gran velocidad y preguntándose que le espera al «estado del bienestar» europeo y qué va a pasar cuando el desempleo no sea una cuestión de gente no cualificada sino que incluso personas muy cualificadas puedan verse en una situación de precariedad permanente.
Como casi siempre ocurre con Beck, tiene un ojo sumamente certero para el diagnóstico pero la solución queda mucho más en entredicho. Para muestra, un botón:
Hace referencia a las centrales nucleares y a cómo éstas pueden funcionar con un número mínimo de personas en relación con otros tipos de energía. De aquí, Beck concluye que es mejor optar por otras fuentes de energía que crean más empleo.
Hace unas pocas semanas, Manuel Pizarro, presidente de Endesa, era preguntando sobre los efectos de una política de desaparición de la energía nuclear y su respuesta se podía comparar fácilmente con la de Beck: Pizarro explicaba que la energía de origen nuclear era mucho más barata que otras fuentes alternativas y que, si alguien optaba por el cierre de las centrales nucleares, tenía que explicar también que la energía iba a ser mucho más cara con los efectos consiguientes en el bolsillo y en la competitividad.
Son muchas las actividades donde un 50% de los costes son precisamente los costes laborales y, por tanto, la opción de «creación de empleo» que promueve Beck puede ser llamada sin temor a equivocarse «ineficiencia planificada». ¿Dónde nos lleva esa solución?
Es cierto que muchos países han comenzado ofreciendo mano de obra barata e, incluso en ese caso, hay que matizar que siempre ofrecen algo más. Si el motivo para llevarse una actividad a un país fuera siempre la mano de obra barata, todas las fábricas del mundo estarían en África. ¿Por qué no están allí? Porque, además, se busca una seguridad institucional y eso en África es algo que, con la excepción de Sudáfrica, es prácticamente imposible de encontrar.
Esos países que han comenzado ofreciendo mano de obra barata, poco a poco, se han ido introduciendo en actividades más cualificadas dando lugar a la situación que denuncia Beck: La precariedad, incluso en el caso de profesionales de una elevada cualificación.
Hasta ahí, de acuerdo pero ¿funciona la receta de Beck? ¿La solución está en optar por formas de energía -por seguir con el mismo ejemplo- que consuman más mano de obra y, por tanto, sean más costosas para sus consumidores? ¿Dónde nos lleva esa solución?
Curiosamente, nos lleva al mismo sitio. La precarización en el mundo occidental se produce porque nuestros costes son más altos y cada vez son más difíciles de justificar por una diferencia en la cualificación. ¿Se soluciona el problema introduciendo aún mayores costes?
No hace mucho tiempo, IBM vendió su división de ordenadores portátiles que pasaron a llamarse LeNovo y a ser íntegramente fabricados en China. Si nos vamos a los automóviles, encontramos que los japoneses se acercan a los alemanes y los coreanos a los japoneses y, dentro de poco, previsiblemente los chinos se acerquen a todos ellos. ¿Vamos a resolver ese problema aumentando aún más los costes de lo producido en Europa o U.S.A.?
La denuncia es fácil; la solución no lo es. Siempre tendremos águilas que, so pretexto de universalización de los derechos del trabajador, pretendan que otros países mucho más baratos, tengan las mismas prerrogativas que existen en el mundo occidental y, de esta forma, evitar que sean competitivos. Baste con recordar los famosos CFC y cómo su efecto sobre el agujero de ozono salió oportunamente cuando ya había una tecnología sustitutiva que aún no era accesible a países como India o China que empezaban a ser unos competidores peligrosos.
¿Pueden ser los sindicatos un factor importante para evitar las deslocalizaciones? Difícilmente; las trabas que se ponen al que se quiere marchar son cuidadosamente observadas por el que está pensando en venir y toma nota. ¿Tienen algo que ver las amenazas desde ámbitos políticos y sindicales a las empresas que se marchan con la reducción de la inversión extranjera en España? Probablemente sí aunque no es ésa la única opción y la exhibición de intervencionismo que se está produciendo tampoco suele ser del agrado de los inversores potenciales.
La solución no es fácil y la situación actual es criticable pero la propuesta de Beck tampoco pone las cosas mejor. A lo mejor tenemos que acabar recordando que el concepto mismo de «puesto de trabajo» nació en la Revolución Industrial y tenemos que hacernos a la idea de que todos somos vendedores permanentes de un producto que somos nosotros mismos. Si así fuera, la vida no iba a sernos más cómoda pero ¿hay otra opción? El «fundamentalismo de mercado», por usar la expresión de Soros, no funciona pero la receta de Beck tampoco.
Gestión del cambio
Se ha escrito mucho sobre el cambio y sobre su imposibilidad; los referentes históricos podrían ser interminables pero bastará con un par de ellos:
- Marcuse, en El hombre unidimensional, se declara pesimista respecto de la posibilidad de cambiar “desde dentro” porque la aceptación del teórico agente de cambio implica que éste acepte unas “reglas de juego” que imposibilitan todo cambio, salvo que éste se produzca por vía revolucionaria.
- Spinoza, en su Tratado teológico-político atribuye a la cortedad de los profetas su imposibilidad para transmitir el mensaje divino dado que, previamente a su transmisión, tenían que adaptarlo a formas que les permitieran entenderlo a ellos mismos.
Probablemente pueden encontrarse precedentes mucho más antiguos pero, si regresamos a tiempos más actuales, cuando ya se empezaba a manejar el concepto de gestión del cambio apareció un excelente manual llamado La renovación de la empresa a través del camino crítico donde, basándose en una amplia recopilación de datos, daban algunas características de los programas de cambio que tenían éxito y de cuáles no.
Aluden al llamado “enfoque programático” consistente en adoptar la última moda gerencial y esperar a que obre el milagro…si es posible, se recomienda esperar sentados; explican por qué no funciona este tipo de enfoque y por qué, a pesar de que no funciona y toda persona con experiencia lo sabe o lo intuye…se aplica.
Una vez que hemos descubierto que la técnica o la metodología X va a salvarnos, basta con olvidar todos los problemas porque la buena nueva ha llegado y acabará con todo aquello que ha sido motivo de pesar hasta ahora…como los hechos son tercos, el cambio no llega y atribuimos el fracaso al programa confiando en el siguiente…hasta que el cansancio o el cinismo nos llevan a no confiar en nada ni en nadie.
Los cinéfilos que hayan visto Pactar con el diablo probablemente recuerden una escena, casi al final de la película, donde el “buen chico” Keanu Reeves se queja amargamente de haber sido manipulado y el “diablo” Al Pacino le contesta que las cosas no funcionan así porque él no maneja marionetas sino que se limita a preparar el escenario y dejarlo listo para que la “libre voluntad” de los otros haga el resto del trabajo.
El “diablo” tiene razón y muestra ser un auténtico “gestor del cambio” que sabe qué puede y qué no puede hacer; probablemente no podamos gestionar directamente el cambio porque éste es una resultante de un conjunto de variables y, por añadidura, sobre algunas tenemos control pero sobre otras no.
Probablemente, el prototipo de gestor del cambio no es un ejecutivo dotado de las llamadas herramientas gerenciales y con todo un aparataje de tecnología y metodologías diversas sino que sea un ser que se encuentra en una dimensión distinta:
El gestor del cambio sencillo y humilde lo tendríamos representado en un sembrador que pone unas condiciones, sabe que no controla todas las posibilidades…y espera; en esa misma dimensión pero en el polo retorcido y soberbio tendríamos a nuestro diablo, que manipula sutilmente un conjunto de elementos esperando que un resultado se produzca PERO SIN TRATAR DE PRODUCIRLO DIRECTAMENTE.
Estos dos perfiles de gestión del cambio tienen dos cosas en común: La paciencia y el conocimiento de que no son omnipotentes y de que ocurren también cosas que están fuera de su control; las metodologías cerradas que tratan de forzar a que el cambio se produzca probablemente no tengan demasiado futuro…podemos construir una central nuclear o un gigantesco puente colgante pero, para hacer crecer a una humilde patata, tenemos que crear las condiciones, vigilar su desarrollo…y esperar.
Los empleos del futuro que viene (Publicado en Capital Humano)
Este artículo tiene ya varios años. Lo he recuperado para el blog al comprobar que en el último libro de Ulrich Beck, «Un nuevo mundo feliz», se va tratando este mismo tema.
Pueden encontrarse también algunas reflexiones en la misma línea en «The empty raincoat» de Charles Handy.
A continuación pego el texto del artículo:
LOS EMPLEOS DEL FUTURO QUE VIENE
La principal preocupación de la sociedad española de nuestra época, según todas las encuestas, es el desempleo; no obstante, si observamos la evolución del mercado de trabajo, no parece que vaya a darse un aumento sustancial del número ni de la calidad de los empleos, incluso en el caso de que la coyuntura económica sea favorable.
Posiblemente, todo ello obedezca a que el empleo y su contrario, el desempleo, son productos de un modelo que fue inaugurado en la Revolución Industrial y que hoy está en crisis; antes de la Revolución Industrial no existía el desempleo y, desde luego, no sólo es porque no existiesen los sociólogos, las encuestas o el INEM; simplemente, se partía de una organización social en la que se realizaban actividades retribuidas pero no existían los empleos, como base de la organización del trabajo.
El empleo, al igual que el modelo del que procede, está en crisis porque parte de un principio que hoy resulta difícil de aceptar; el empleado vende su tiempo al empresario que lo administra a su mejor conveniencia. Los empresarios han protestado, con razón, por la rigidez de este modelo pero, cuando han tenido ocasión de pactar fórmulas de flexibilidad, se han limitado a abaratar los costes del despido y a eliminar cautelas legales sobre las funciones realizables por los empleados; estas recetas, supuestamente capaces de crear empleo a cambio de disminuir la calidad del existente, nos han llevado a ostentar, en paralelo, los poco deseables records europeos de desempleo y de precariedad laboral.
Si se pretende ofrecer una solución al problema del desempleo, ésta no puede consistir en mover de forma pendular los derechos de los trabajadores de forma que, cuando se crea poco empleo se disminuyen las garantías laborales y cuando las protestas sociales pasan de cierto tono se aumentan. Este juego tiene, además, dos subproductos indeseables que podrían ser objeto de un análisis por separado:
- En primer lugar, hemos asistido a la creación de dos castas de trabajadores: los que tienen empleo estable, que no están dispuestos a admitir la mínima rebaja en nombre de la solidaridad con los desempleados, y éstos últimos o los empleados precarios a quienes se vende su triste situación como una condición necesaria para ser empleables.
- En segundo lugar, la excesiva sensibilidad a la actividad sindical transmite la idea de que todo es negociable si se aplica el suficiente grado de presión; no hay nada que oponer al hecho mismo de la negociación pero, cuando se toma una decisión de despido colectivo, ésta es suficientemente importante para exigir que desde el primero hasta el último de los despidos estén plenamente justificados; entrar en un proceso de negociación sobre el número de bajas muestra que, o bien la decisión inicial se ha tomado de forma caprichosa y puede alterarse de igual forma o bien se está dispuesto a producir males mayores con tal de disminuir la presión en la calle.
No parece correcto ni éticamente aceptable que la flexibilidad sea introducida en forma de permisividad de los nuevos contratos, sea en niveles salariales, en precariedad o en carencia de mecanismos de protección social; es cierto que estos elementos disminuyen la presión sobre un sistema muy tensionado tanto por la inmovilidad de las plantillas con contratos antiguos como por el agobiante peso que para el Estado representan los mecanismos de protección por desempleo; sin embargo, admitir esta situación desde el Estado significa una ruptura de la igualdad de trato a ciudadanos que, al menos sobre el papel, tienen los mismos derechos; se habrían abandonado así los criterios exigibles de justicia social, favoreciendo preferentemente a los más protegidos por los paraguas legal y sindical, es decir a los que tenían más posibilidad de ejercer presión.
No todo es positivo, sin embargo, en el empleo estable aunque puede parecerlo si el único elemento de comparación es el empleo precario o el desempleo; el empleo, estable o no, tiene algunas semejanzas con la esclavitud; en ambos casos, el tiempo del trabajador es de libre disposición por parte del empleador, en ambos casos la relación de fuerzas es asimétrica, es decir, favorable al empleador y, en muchos casos, las limitaciones de horario o funciones son papel mojado.
Pocos negarían hoy que la flexibilidad cuantitativa y cualitativa de la fuerza laboral es una necesidad imperiosa; el mundo es cambiante y para tener opciones de sobrevivir en él las empresas necesitan poder cambiar de forma y tamaño casi instantáneamente; otra cosa distinta es que el peso de las medidas de flexibilidad tenga que caer íntegramente sobre los hombros de los trabajadores y, subsidiariamente, sobre los mecanismos de protección social del Estado.
Es poco probable que disminuya la necesidad de flexibilidad en el futuro entorno empresarial; sin embargo, es también poco probable que siga aceptándose como única vía de flexibilización el aumento en la asimetría de la relación laboral o que la disminución de esta última tenga que lograrse a través de la agrupación sindical. De hecho, los sindicatos son los principales perjudicados en el nuevo entorno porque su actividad se ejerce, sobre todo, en grandes empresas y entre trabajadores de cuello azul, especies ambas en clara regresión.
La disminución de plantillas en las grandes empresas y la especialización han dado lugar a una fuerza de trabajo atomizada y que raras veces se siente representada por la acción sindical; es cierto que la relación de fuerzas entre empleador y empleado no favorece al trabajador; sin embargo, no está claro que para cambiar esa relación sea necesario invitar a un tercero, el sindicato, que pone sobre la mesa sus propios intereses.
Es preciso generar alternativas de compromiso que respeten a la vez la necesidad de flexibilidad y la exigencia de una relación más igualitaria; las fórmulas para lograrlo ya existen y suelen aplicarse bajo el paraguas del autoempleo que, en países como Noruega, llega a significar el 40% de la fuerza laboral. Con distintas variantes, las fórmulas de flexibilidad alternativas a las actuales son las siguientes:
- Multidependencia; empleador y empleado mantienen una «promiscuidad», por la cual ninguna de las dos partes tiene un alto grado de necesidad respecto de la otra; esta multidependencia puede instrumentarse en contrataciones laborales a tiempo parcial o en la garantía de un nivel mínimo de actividad sin fijar la forma en que éste se llevará a cabo.
- Contratación por actividad realizada; el trabajador vende la realización de un trabajo en lugar de vender su tiempo disponible, es decir, gestiona su propio tiempo y es responsable ante el empresario de finalizar un trabajo en un plazo pactado.
La factibilidad de estas fórmulas está directamente vinculada al desarrollo de elementos de infraestructura como la informática y las telecomunicaciones y, consiguientemente, la posibilidad de trabajar a distancia gestionando el propio tiempo. Parece claro que todo instrumento que facilite la multidependencia es un promotor de la igualdad en la relación empresario-trabajador.
Sin duda, seguirán existiendo puestos de trabajo, entendidos en el sentido tradicional, donde la principal aportación del trabajador sea la disponibilidad de un tiempo prefijado para realizar determinado tipo de funciones; sin embargo, nuevamente podría ser el desarrollo masivo de los sistemas de información y de las telecomunicaciones el factor limitante para este tipo de actividad; como ejemplo, tenemos la aparición de sistemas telemáticos de Banca o las compras y los diversos servicios que pueden conseguirse por teléfono o por modem desde un ordenador.
La conclusión evidente es que los puestos de trabajo, entendidos como venta de tiempo, están condenados, en buena parte, a su desaparición y conversión en actividades o venta de trabajo realizado; sin embargo, existen intereses contrarios a esta transformación: es dudoso que el Estado acoja con entusiasmo la eclosión de una actividad económica menos controlable y, por tanto, más sumergible desde el punto de vista fiscal que la actual; los empresarios, por su parte, funcionarían en una relación mucho más igualitaria con el trabajador como contrapartida de una extrema flexibilidad y, por último, los sindicatos, en un entorno de igualdad en las relaciones empresario-trabajador, perderían toda razón de existencia.
Se hace, a pesar de estos problemas, imprescindible abandonar un marco laboral centrado en la dimensión permanencia-precariedad y abrir nuevas dimensiones representadas por la multidependencia y por las dependencias cruzadas; la flexibilidad, hasta ahora, ha sido entendida como la capacidad para arrebatar a bajo coste a un trabajador su medio de vida; esto que, desde un punto de vista empresarial, tiene una perfecta lógica, es inadmisible desde un punto de vista social y genera muchos más problemas de los que resuelve.
Cuando una empresa despide a un trabajador se ponen en marcha unos mecanismos de protección social que son pagados por la sociedad, de la que forma parte la propia empresa, a través de unos impuestos que se ven obligados a crecer; a su vez, los impuestos representan una pesada carga para la competitividad de las empresas que limitan las contrataciones como respuesta……….repitiendo el ciclo y generando una espiral de descenso de la competitividad.
Las fórmulas de reparto del trabajo existente entre más trabajadores, tan frecuentes en épocas electorales, tampoco aportan nada sustancial; no se soluciona el problema de rigidez y se encarecen costes asociados al empleo como la formación o la propia coordinación organizativa; eventualmente, podrían resultar fórmulas válidas a corto plazo desde el punto de vista social pero empeoran la capacidad de competir y, por ende, la situación social a medio y largo plazo.
Normalmente, para salir de cualquier círculo vicioso, es necesario cambiar el enfoque para eliminar el elemento distorsionador; éste es, en nuestro caso, el establecimiento de una falsa identidad entre empleo y medio de vida; es cierto que todos necesitamos un medio de vida pero no está claro que las únicas formas válidas de conseguirlo sean el empleo fijo o un patrimonio elevado. El dato citado del nivel de autoempleo en Noruega (40%) contrasta con su equivalente español (13%) y nos señala por donde podría ir el próximo futuro.
Posiblemente llegue un momento en que la administración del propio tiempo se considere un derecho inalienable del trabajador y que éste venda, en lugar de un número fijo de horas, el fruto de su trabajo; esto significará, sin duda, que la variabilidad del volumen de actividad y de los ingresos asociados no será un fenómeno asociado a las empresas sino también a los trabajadores.
Un sistema que exige ingresos empresariales variables y costes de personal constantes, si quiere sobrevivir, necesita una previsión muy afinada, grandes ingresos o mínimos costes de personal y, si es posible, las tres cosas a la vez; cualquier otro escenario distinto pone la estabilidad de la empresa en peligro. Si, por el contrario, admitimos que los niveles de actividad e ingresos de los trabajadores pueden ser variables, además de disminuir la inestabilidad, rompemos dos dicotomías muy arraigadas y que cada día son más dudosas; éstas son empleo-desempleo y empresario-trabajador.
Desde un punto de vista tradicional en cuanto a la división de papeles empresario-trabajador, podría argumentarse que la situación de ingresos variables y costes fijos es intrínseca al oficio y al riesgo del empresario y no al del asalariado; tal vez, pero en una situación de carencia generalizada de empleos, la eventualidad de cierre y despido consiguiente representa también para el trabajador, y no sólo para el empresario, un grave riesgo. Parece lógico, por tanto, que el trabajador también trate de disminuir su riesgo y la vía para ello no es la obtención de empleo e ingresos fijos sino, muy al contrario, la multidependencia y los ingresos variables; un empleo no puede ser más estable que la empresa que lo ha generado y empecinarse en esta fórmula supone poner en riesgo la totalidad de los ingresos y jugar a la ruleta con el propio medio de vida.
Factor Humano
Hola
Como no conviene lanzarse rápidamente, vamos a empezar abriendo un vínculo a un blog que en este momento está activo.
Cuando se vea cual funciona mejor, seleccionaremos cuál sigue en funcionamiento y cuál queda congelado.
Mientras tanto, seguimos en https://factorhumano.wordpress.com
Saludos.
La pérdida de la inocencia en Recursos Humanos (presentada para un premio de relatos cortos sobre RRHH)
Como muchos de los que nos iniciamos en este oficio, empecé con gran ilusión y con la idea de que se podían hacer muchas cosas que no se estaban haciendo. Tuve además la suerte de comenzar por dos de los sectores más sensibilizados con el área de recursos humanos: Consultoría y tecnología.
Por añadidura, en los primeros tiempos tuve experiencias muy positivas que me llevaron a tomar esa parte bonita por el todo. En primer lugar, mi función estaba vinculada al área de desarrollo y evaluación de potencial, es decir, una de las caras más agradables de la actividad; además tuve ocasión de ser testigo de cómo el Departamento de Recursos Humanos, mi Departamento, era capaz de cometer una pequeña ilegalidad para ayudar a uno de los empleados de la compañía que se encontraba en una situación delicada.
Ambas cosas sirvieron para darme una visión idílica de la función de recursos humanos, de las cosas que podían hacerse allí y de los valores que impregnaban la vida corporativa. Era fácil verse como el poseedor de una varita mágica capaz de transformar sapos en príncipes que, además, eran tratados como tales incluso si la fortuna o la salud les eran adversas.
Lamentablemente, unos dos años después tuve que ver la otra cara mucho más desagradable. Era una situación de ésas que no deberían ocurrir pero ocurren:
En ese momento, seguía trabajando en el área de desarrollo cuando el entonces director de Recursos Humanos nos convocó a todos para una operación de selección masiva. La compañía había firmado un acuerdo comercial importante con la contrapartida de contratar para su servicio técnico a cuarenta personas de otra compañía del sector que iba a cerrar.
El espectáculo que tuvimos durante la siguiente semana no puede definirse como agradable: El Departamento de Recursos Humanos de la otra compañía nos iba presentando candidaturas y, entre los candidatos, pudimos ver de todo: Personas alcoholizadas en unos casos, analfabetos totales en otros, algunos con graves problemas de salud o psicológicos…incluso llegamos a recibir a una persona tuerta de un ojo y con unas cataratas muy avanzadas en el otro.
El proceso de selección resultaba difícil, especialmente para gente como nosotros, acostumbrados a tratar con perfiles profesionales altos y mimados por el éxito. ¿Cómo se trata con alguien con un historial de infartos en los últimos años y que nos dice que lo suyo no es nada? ¿Qué se hace con alguien que, por pura desesperación, se ha convertido en alcohólico y busca trabajar en lo que sea? ¿Qué se le puede ofrecer en una empresa tecnológica a alguien que ha firmado el impreso de toma de datos con la huella dactilar?
Entre las muchas personas vistas en esos días sólo recuerdo un candidato que pudiera considerarse normal, es decir, alguien que se presentaba normalmente, con buen aspecto físico, actitud relajada…y todo eso después de tres años de trabajo intermitente por una situación de regulación de empleo. Tan anormal era lo normal en ese contexto que me consideré obligado a preguntarle cuál era su secreto. Por cierto, no me lo quiso contar en ese momento a pesar de que era sencillo: Se había mantenido activo en otro ámbito profesional durante el periodo de regulación de empleo. Ese hecho le había permitido mantener una calidad de vida desconocida para sus compañeros para quienes la mera supervivencia era ya un éxito.
Finalmente, no conseguimos cubrir el objetivo inicial de contratar a cuarenta personas. Después de entrevistar a casi doscientas personas y de ser extraordinariamente generosos en los criterios de selección, no logramos contratar más que a siete. El resto era inempleable allí y, probablemente, en cualquier otro lugar. En buena lógica la práctica totalidad de los candidatos debería haber sido jubilada por enfermedad en lugar de someterlos a un proceso que, dada su situación, no podía resultarles otra cosa que humillante.
Cuando preguntarnos qué había pasado y cómo se había podido juntar un grupo tan numeroso de personas destrozadas obtuvimos una respuesta: La empresa que iba a cerrar sus puertas era de las más antiguas del sector y en su día se hizo creer a todo el que entraba allí que lo único que tenía que hacer era trabajar y esperar la edad de jubilación. Formación ¿para qué? La inestabilidad laboral y los despidos eran cosas que ocurrían en otros sitios. ¿Para qué se necesitaba actualizar conocimientos e incluso aprender a leer? La vida laboral de todo el que tenía la fortuna de entrar en esa compañía se suponía que acababa allí. La plantilla de fábrica era tan numerosa que se había construido una colonia de viviendas para empleados de la empresa con transporte entre la colonia y la fábrica. Nada de qué preocuparse; sólo esperar.
Veinticinco o treinta años después, esas personas con una formación obsoleta o nula aparecen después de haber pasado largos periodos en situación de regulación de empleo con la perspectiva de un cierre definitivo. El sueño de la estabilidad se había evaporado, habían consumido el seguro de desempleo y tenían una edad difícil para encontrar otro empleo pero todavía unos cuantos años por delante para llegar a la edad de jubilación…de aquellos polvos venían estos lodos.
A todos los que vivimos la situación nos sorprendía que el caso no estuviera siendo aireado ni en la calle ni en los medios de comunicación a pesar de afectar a más de mil personas que quedaban en una situación dramática. Todo lo que pude ver en ese periodo fue una tímida pintada en Madrid referida a la actuación de un sindicato en la empresa. Sin embargo, un gran grupo de personas estaba condenado a verse en poco tiempo en la calle sin formación y sin tener siquiera el recurso del seguro de desempleo. ¿Por qué ese silencio?
También encontramos una respuesta a esa pregunta: Del total de la plantilla, sólo iban a ser recolocadas en una empresa constituida con los restos de la anterior 400 personas. En este grupo privilegiado se encontraban los abnegados defensores de los trabajadores cuyo silencio era un pago visible a la recolocación. Naturalmente, esto también explicaba por qué nos habían enviado el tipo de candidatos que habíamos recibido; aquéllos que tenían alguna posibilidad habían sido conservados y nos habían enviado gente en situación desesperada.
Durante todo el proceso no hubo campamentos en la Castellana ni manifestaciones ni artículos en prensa o entrevistas en televisión ni cortes de carreteras ni toda la panoplia que en otros casos se había desplegado. Nada…y otra lección.
¿Habrían sido distintas las cosas si alguien hubiera tenido interés en jugar a la política con este caso? Sin duda. La conducta corporativa en situaciones como ésta queda en serio entredicho pero la sindical queda en completa evidencia. ¿A quién defendían los sindicatos y el comité y cuál era el pago por su inhibición? La recolocación propia no era sino el plato de lentejas ¿qué más intereses había y de quién? ¿Cuánto, cómo y a quién se había pagado para permanecer en silencio mientras más de mil personas eran echadas a los perros? En suma, cuando se negocia un acuerdo laboral ¿cuáles son las bases de la negociación? En este caso parece evidente que el beneficio de los trabajadores no fue un parámetro que interesase a nadie; tal vez en algún otro caso sí lo sea.
Muy poco tiempo después, tuvimos en la misma compañía otra situación dura: Fuimos absorbidos por otra compañía del sector y, como siempre, se aseguró desde las más altas instancias que el proceso no iba a afectar a los empleados. Incluso se aseguró que iba a ser beneficioso para todos porque los productos de las dos compañías eran complementarios y no habría excedentes. También, tal y como suele suceder, se mintió al presentar tan bonito panorama.
Una de las primeras consecuencias de la nueva situación fue no renovar contratos temporales sin preaviso. Así, se eliminó a la gente más joven y mejor formada y se ocultó el propósito dentro del propio Departamento de Recursos Humanos hasta el mismo día del vencimiento de los contratos.
Gente a cuyo desarrollo habíamos dedicado los últimos años fue sencillamente sacada por la ventana sin ningún tipo de aviso previo. Entre los muchos casos sangrantes, el peor fue el de una madre reciente que me llamó el día en que se produjeron los despidos; entendió que renunciar a la baja maternal era una forma de hacer méritos y lo que hizo fue posibilitar su despido. Cuando, preguntado por la situación de su contrato que vencía ese mismo día, le comenté que, de no renovarse, tenía que haber sido avisada antes la engañé involuntariamente. Una hora más tarde le estaban informando de que su contrato no se iba a renovar…más o menos al mismo tiempo que éramos informados nosotros dentro de Recursos Humanos. Nunca volví a saber de ella; no se molestó en llamar ni siquiera para insultarme; supongo que habría sido ocioso cualquier esfuerzo en convencerla de que yo tampoco sabía nada.
Con ser duro, esto no fue más que el principio. El hacha empezó a funcionar sin que se tuviera claro sobre quién ni por qué iba a caer y, peor aún, también empezó a funcionar el veneno en forma de maniobras de acoso promovidas desde la propia organización.
Algunas personas quedaban en la más completa inactividad y con el permanente temor de verse despedidas por bajo rendimiento; a otras se les prometían bajas incentivadas que, una vez aceptadas, se aplazaban indefinidamente, etc.…y otra lección.
En unos pocos años, la empresa resultante redujo su facturación en un 70% y la reducción de plantilla inicial fue solo la primera de una larga serie. Lección aprendida: Una reducción de plantilla hecha de malas formas y sin más criterio que la rentabilidad inmediata pasa factura incluso en el corto plazo.
Pareció existir algo de justicia divina en el hecho de que los que habían comenzado echando de mala manera a personas con contratos temporales fueran tratados con modos semejantes a los que ellos habían mostrado antes. Todavía hubo oportunidad de aprender otra lección:
Cualquiera que inicie su andadura profesional en el ámbito de los recursos humanos y, además, tenga la suerte de hacerlo en un entorno de profesionales de elevada cualificación puede pasar años desconociendo que hay otros mundos. Más pronto o más tarde, la mayoría acaba encontrándose con ellos y ése es el momento de la pérdida de la inocencia.
Cuando eso sucede, parece natural hacer una especie de balance de nuestra trayectoria. ¿Queremos participar en eso? ¿No hay otra forma de ganarse la vida? Cuando nos miramos al espejo ¿vemos a alguien honesto? Por añadidura, la situación de empleo no es mejor en recursos humanos que en otras áreas ¿Tenemos posibilidad de elegir en qué compañía queremos trabajar? Y si no es así ¿Estamos dispuestos a ejercer como meros ejecutores de lo que se nos pida dejando aparcados nuestros principios si se nos requiere?
De las respuestas que cada uno se dé depende en gran parte su futuro como profesional y como persona. Algunos, afortunadamente pocos, descubren que la posición más segura con respecto a un hacha es la de aquél que la lleva en la mano; a continuación empiezan a disfrutar de estas situaciones llegando a extremos como jactarse de haber tenido que cambiar de residencia o haber llevado guardaespaldas en determinadas épocas. Otros buscan una ocasión para cambiar de actividad y, por último, están los que permanecen con una mezcla de maduración y amargura cuyas proporciones varían mucho de unos individuos a otros.
El aprendizaje es duro pero eficaz si se saben recoger las lecciones. Quien está en una posición de línea en recursos humanos no es un juez que tenga que mantener una equidistancia; es un abogado de parte que debe tener la suficiente inteligencia para buscar términos de acuerdo beneficiosos para todos. No siempre es posible y la eventual necesidad de tomar medidas duras forma parte del oficio; sin embargo, ese oficio no incluye ninguna versión de leyes de obediencia debida que tan buenos réditos han producido a autores de actos infames porque cumplían órdenes.
La necesidad de tomar medidas duras no exime de la responsabilidad por éstas y mucho menos de la necesidad de mantener la educación durante todo el proceso y esa educación no es una cuestión de formas externas. Implica ser capaz de ponerse en el lugar del otro y tratar a las personas con dignidad sea cual sea la situación.
Cuando estas sencillas normas de conducta han sido hechas propias, el profesional de recursos humanos se convierte precisamente en eso, un profesional. La destreza en los aspectos técnicos es imprescindible y se adquiere si se tienen capacidad, voluntad y oportunidad; sin embargo, el dominio de los aspectos técnicos se convierte en una condición pero no es el factor que identifica a un profesional como tal.
La madurez profesional no hace la vida más fácil sino que, a menudo, la situación es justamente la opuesta. Una persona con principios de actuación claros puede tener problemas en algunas organizaciones, que las hay, cuyo único principio conocido es la conveniencia inmediata de la organización o de sus dirigentes.
Cuando se da esa situación, el profesional que exige bajo cualquier circunstancia un trato digno y respetuoso con las personas se encuentra desplazado. Todavía se encontrará más desplazado cuando alguien trate de hacerle pasar como responsable de situaciones de las que es mero ejecutor material. Hace tiempo me contaba un profesional como, con ocasión de un despido, la persona despedida le comentaba que no comprendía el motivo ya que su jefe le había alabado su rendimiento excelente el día anterior. Ese mismo jefe era el que había señalado a esta persona para que fuera despedida.
Como consecuencia de todo este tipo de situaciones, la relación con las demás personas de la misma organización a menudo sufre cierto enrarecimiento. La eventualidad de tener que tomar medidas duras siempre está como una espada de Damocles sobre la cabeza del profesional de recursos humanos. ¿Qué ocurrirá el día que tenga que poner una carta de despido ante un buen amigo? Sin duda será una situación difícil y muchos intentan evitarla por el procedimiento de no establecer relaciones cercanas en el ámbito de su trabajo.
Con toda certeza, la vida del profesional de recursos humanos sería más fácil si todas las organizaciones actuasen como dicen hacerlo. Las declaraciones de responsabilidad social, los principios de ética empresarial o frases grandilocuentes al estilo de el activo más importante de esta organización es el conjunto de las personas que la componen quedan bien para la prensa pero, a menudo, son desmentidas por los hechos.
Si nos preguntamos por qué ocurre esto o quién es el culpable de este estado de cosas, es probable que no sea necesario mirar muy lejos. Tal vez tengamos que empezar mirando hacia esos consumidores que pasan por caja sin ser conscientes de cuánta miseria humana cargan en su cesta junto con el producto. Al fin y al cabo, si el producto es más barato ¿por qué pensar en quién y cómo lo produce o lo vende? No es asunto suyo.
A veces, es posible que tengamos que mirar aún más cerca. Muchos casos del tan traído y llevado mobbing pueden convencernos de que las grandes canalladas no suelen ser obra de grandes canallas sino de gente ordinaria con miedo.
La tarea del acosador de poco serviría si no tuviera un coro con miedo cuyos componentes, a cambio de mantener buenas relaciones con aquél a quien consideran peligroso, está dispuesto a colaborar en que obtenga la cabeza de su víctima en bandeja de plata con tal de no convertirse en víctimas ellos mismos.
La percepción de que alguien con poder tiene situado en el punto de mira a otro puede llevar a otros, en principio indiferentes, a hacer pequeños favores al poderoso en la forma de maledicencias que serán utilizadas por éste. No es casualidad que durante la época nazi muchos judíos fueran guardianes y verdugos de otros judíos y esa historia parece repetirse en algunos lugares en la vida corporativa de hoy.
¿Cuál debe ser el papel del profesional de Recursos Humanos en un contexto donde menudean pequeñas y grandes miserias? Una de sus primeras obligaciones es la denuncia. Un buen amigo me comentaba sorprendido la existencia de un conjunto de sujetos nada recomendables en el mercado que, a pesar de ser sus prácticas conocidas por todos, medran gracias a una discreción mal entendida y que tiene más de omertá siciliana que de tal discreción.
Una posición beligerante en defensa de un comportamiento digno resulta obligada en el área de recursos humanos y esa beligerancia implica no convertirse en cómplice mediante el silencio. En cierto modo, aquí estoy rompiendo mi propio silencio en beneficio de otros que puedan aproximarse al área de recursos humanos sin saber qué les espera.
Después de todo lo expuesto, todavía puede haber juniors con interés en recursos humanos que se pregunten si merece la pena dedicarse a ello. Nietzsche daba una respuesta agresiva como buena parte de las suyas diciendo que lo que no me mata me hace más fuerte.
Para quien no tenga interés en ejercer de superhombre ni tenga esa visión agresiva de la vida, tal vez le resulte más interesante la idea que da Vázquez-Figueroa en su autobiografía. Después de contar las secuelas físicas que le han traído sus múltiples viajes concluye diciendo que el mundo estaba ahí y había que verlo y yo lo he visto.
Las partes negativas del mundo también son mundo y también hay que verlas y, si es posible, conseguir que sean un poco menos negativas. Si merece la pena o no dedicarse a una actividad donde esas partes negativas son visibles y dolorosas, es un juicio de valor que nadie puede hacer por uno mismo.

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