Categoría: Cine y teatro
«Red de mentiras» de Ridley Scott
Los nombres de Di Caprio y Russell Crowe prometían. Quien hubiera caído en el error de considerar al primero un niño bonito ha tenido ya varias ocasiones de comprobar su error en El aviador, Diamante de sangre, Infiltrados…y las que puedan venir.
De Russell Crowe poco se puede decir. Un actor que es capaz de brillar en personajes tan diferentes como el de Master and Commander y el de Un buen año (que, en realidad, debió traducirse como «Una buena añada») es difícil de encasillar salvo en la categoría de los monstruos de la pantalla.
Russell Crowe borda su papel aunque, en honor a la verdad, se le podría considerar casi un secundario de superlujo y hay un tercero en discordia, Mark Strong, que no se queda a la zaga de los dos monstruos.
La película es de trama muy compleja. Sería difícil que fuera de otra forma una película que ha hecho una coctelera de tramas de espionaje y de la realidad del terrorismo islamista de Oriente Medio. Por eso, no es de las películas para sentarse en un sillón y disfrutarla sino que exige mantener la atención en todo momento para no perder claves que, más adelante, nos permitan seguir sin perder el hilo.
El título es adecuado; se trata de un conjunto de mentiras anidadas con distintos protagonistas y la interacción entre ellas dibuja escenarios que no parecen inverosímiles.
Conclusión: Vale la pena verla si no se va con la idea de tumbarse en el sillón y relajarse. A los admiradores de Crowe nos habría gustado que tuviera más ocasión de lucirse. Di Caprio, en su línea, recordaba a sus papeles en Infiltrados y Diamante de sangre.
«Un dios salvaje» de Yasmina Reza
Para los incondicionales de Yasmina Reza («Art» y «Tres versiones de la vida») la autora ha vuelto a dar en el clavo. Para los más críticos, la obra puede sonar un poco repetida con un formato similar -muy pocos actores con pocos o ningún cambios en el escenario y obra de corta duración- siguiendo en su género de «comedia psicológica con fondo crítico».
Al principio, parece que la obra va a ser aburrida pero, a medida que actores y público se van metiendo en ella, va ganando interés y, a diferencia de lo que ocurrió con «Tres versiones de la vida», en esta ocasión hay actores de buen nivel en el escenario.
La excusa de la obra es una pelea de dos niños donde uno de ellos sale malparado pero, con esa excusa, la autora trata de mostrar las distintas formas de ver la vida de los personajes y cómo estas formas van saliendo a relucir a medida que la discusión se va volviendo más tensa.
De los cuatro personajes, hay dos espléndidamente dibujados que son los que corresponden a Aitana Sánchez-Gijón y a Pere Ponce. El de Antonio Molero y, especialmente, el de Maribel Verdú quedan más desdibujados.
Aitana corresponde al perfil de la persona que, desde una presunta superioridad moral, trata de organizar la vida de los demás indicándoles qué es lo que se debe hacer y qué es lo que no y, sobre todo, sin ninguna duda sobre tal superioridad a pesar de que su conducta a lo largo del desarrollo la desmiente. El personaje delata que la autora, Yasmina Reza, ha tenido algún contacto con el submundo psicoanalítico ya que los tipos de análisis, si tal pueden llamarse, tienen mucho parecido con los comentarios que pueden escucharse tras una reunión informal de psicoanalistas.
El personaje de Pere Ponce, marido de Maribel Verdú en la obra, es su contrapunto en todos los terrenos. Abogado materialista sin escrúpulos y que cree en la ley de la selva como el modo mejor de funcionar. Se pasa la obra pegado a un teléfono donde trata de quitarse de encima toda la responsabilidad en que se haya podido incurrir por efectos secundarios de un medicamento.
Antonio Molero, marido de Aitana en la obra, adopta el papel del hombre sometido a esa autoproclamada superioridad de su mujer y, ocasionalmente, con algún punto de rebeldía que queda un tanto fuera de contexto.
En cuanto a Maribel Verdú, es la más difícil de catalogar. Al principio, se presenta como perteneciente a la especie de profesionales cotizados pero con reacciones de «señora de», harta de su particular «ejecutivo agresivo» y puede decirse que su personaje da muchos más bandazos que los otros tres, especialmente los dos primeros.
Como conclusión, vale la pena, especialmente para aquéllos que hayan visto obras anteriores de la autora y les hayan gustado. La trama tiene puntos de contacto con ellas y los actores no decepcionan.
El niño con el pijama de rayas
En una sola palabra, decepcionante.
Hay grandes películas con el mismo tema como «El pianista» y muchas otras pero no basta con un tema que aún sigue interesando -tal vez el tema no sea la guerra sino la pregunta que nos hacemos todos acerca de cómo es posible llegar a ese nivel de degradación humana- sino que hay que dar un argumento atractivo y creíble.
La película trata sobre la amistad entre un niño internado en un campo de concentración y el hijo del comandante de tal campo. La amistad tiene lugar a través de la verja del campo y, al parecer, esa verja está tan poco vigilada que permite que a través de ella tengan lugar las conversaciones entre los dos niños.
También parece que ni uno ni otro se preguntan demasiado sobre qué está pasando y ninguno de los dos sabe que en el campo están asesinando gente. Lo más inverosímil de todo llega al final:
El padre del niño prisionero ha desaparecido y el niño alemán decide ayudarle a buscarlo. Para ello, no se les ocurre mejor idea que buscar un «pijama» (el uniforme de preso) para que el niño alemán pueda pasar al campo, después de hacer un minúsculo túnel bajo la verja -de nuevo, sin vigilancia alguna- y disfrazarse de prisionero.
Después de esto, el final es totalmente previsible pero, para ese momento, ya estaba perdido todo el interés en la película.
La existencia de actores conocidos en una película no es garantía de la calidad de ésta -«Asesinato justo» parece ser una prueba de ello- pero el hecho de que no haya ninguno es, a menudo, una garantía de la falta de calidad porque tal vez nadie ha querido comprometer su nombre con una película que no les parecía adecuada. Por ejemplo, el papel del niño judío lo podía haber bordado Haley Joel Osment, el niño de «Cadena de favores» o «El sexto sentido», aunque el guión tampoco daba para lucirse mucho.
La regla se cumple en este caso. No hay un solo actor conocido y, después de ver el resultado, se entiende por qué.
La guerra de Charlie Wilson
Argumento interesante: Cómo los americanos en una de las mayores operaciones ocultas de la historia contribuyeron decisivamente a que los soviéticos dejasen Afganistán para, después, ser incapaces de redondear la operación y permitir que cayera en manos de los talibanes.
Mientras se trató de armamentos, fueron capaces de poner encima de la mesa cifras que daban vértigo pero, cuando se les avisó de que los afganos vivos que quedaban eran muy jóvenes, presa fácil de integrismo, con un nivel cultural bajo mínimos y que no conocían el papel de los americanos en su liberación, fueron incapaces de intervenir. Los resultados ya los conocemos.
El nivel que los actores han dado en la película resulta -naturalmente es una apreciación muy personal- completamente dispar: Tom Hanks empieza a aparecer como un personaje repetido de una película a otra; no sé si le falla el talento o la humildad de desaparecer debajo del personaje y acaba ocurriéndole algo parecido a Gerard Depardieu que, cuando interpreta a Cristóbal Colón, se ve a «Gerard Depardieu disfrazado de Cristóbal Colón» y no al propio Cristóbal Colón. Tom Hanks resulta ya siempre «Tom Hanks disfrazado de…».
Julia Roberts tiene un papel breve pero sorprendente. Es una actriz que está madurando bien y a la que, como es lógico, la edad está expulsando de los papeles de lucimiento de palmito pero se muestra como una mujer especialmente enérgica en la forma, bastante alejada de otros papeles anteriores. Una lástima que no se haya explotado un poco más el personaje. Las malas lenguas comentaban que Hanks se negó a que nadie le pudiese arrebatar protagonismo.
Por último, Philip Seymour Hoffman, menos «estelar» que los otros dos protagonistas, hace un magnífico papel. Su personaje es alguien con un carácter difícil y eso siempre tiene para los actores la tentación de la sobreactuación. En este caso, está en su punto e incluso no sería muy aventurado decir que el actor está por encima del personaje.
El último gran mago
Supongo que no me lo perdonaré nunca pero me quedé dormido en una película coprotagonizada por Catherine Zeta Jones que hace un papel de estafadora de Houdini. Ella era la de siempre pero la película era tan mala que no bastó para evitar caer dormido.
No vale ni los seis euros del cine ni los dos del «top-manta».
American Gangster
La película es buena aunque, quizás por estar basada en una historia real, su guión no resiste la comparación con la referencia forzosa de «El padrino».
Lo que sí resiste con holgura la comparación es el trabajo de Russell Crowe. Russell Crowe es uno de los pocos actores creíbles en casi cualquier tipo de papel, desde «Master and Commander» hasta «Un buen año» (que sería mejor traducido como «Una buena añada»).
Otros presuntos grandes actores parecen disfrazarse; como ejemplo, un Gerard Depardieu interpretando a Cristóbal Colón siempre será visto como Depardieu disfrazado pero no es el caso de Crowe, que pasa a ser olvidado para dejar ver sólo al personaje que está interpretando.
Denzel Washington está bien pero es el Denzel Washington de siempre, con una seriedad que toca el hieratismo, se ha especializado en un tipo de papel que hace muy bien pero no llega a Crowe. A pesar de ello, magnífico el diálogo entre ambos ya cerca del final de la película.
No es país para viejos
Ni me gustó la película ni me gustó Bardem.
Al principio, al menos se entendía de qué iba.
Bardem era un psicópata asesino del mundo de la droga con un enemigo maquillador que hizo con él una especie de caricatura de Gerard Depardieu con cara de malo y, al menos, era un personaje coherente aunque no creo que el Óscar se lo dieran por la expresividad que manifiesta a lo largo de la película.
El personaje de Tommy Lee Jones resulta completamente desconcertante, especialmente cuando se acerca el final de la película y nos transforman una historia de una persecución más o menos bien montada en un aparataje filosófico que es difícil saber de dónde viene y dónde quiere llegar.
Lo peor, los últimos quince minutos de película.
Las 13 rosas
Sorprendentemente buena película. Aclaremos por qué sorprendente: En un momento donde, en España, algunos se han empeñado en ganarle la guerra civil a Franco más de 30 años después de que éste muriera y reescribir la historia reciente española, era de esperar que la película fuera en esa misma línea. No es así.
El hecho de que varias mujeres fueran ejecutadas por asuntos absolutamente triviales o siendo totalmente inocentes incluso de eso pasa a lo anecdotario en relación con el gran tema espléndidamente retratado: La feroz represión de la posguerra española y cómo las «garantías judiciales» eran tales que podían permitir que cualquiera fuera condenado a muerte por cualquier cosa (entiéndase en ese contexto la palabra «anécdota»; en el sentido de que, dado el modo de funcionamiento, hubo con toda seguridad muchísimos más casos similares a éste que da a conocer ahora la película). Para quien no lo sepa, el último presidente del Gobierno de la dictadura y primero de la monarquía -antes de las elecciones- se ganó el sobrenombre de «Carnicerito de Málaga» precisamente por su actuación en este tipo de tribunales en Málaga.
La posguerra trató de la misma forma a una gran mayoría de los que habían estado, por muy tibiamente que fuera, con el bando contrario. Parecido trato pudo recibir un gran político socialista y mejor persona como Julián Besteiro que un asesino con García Atadell. No en vano los pocos intelectuales de cierto nivel que, en un principio, acogieron de buen grado la rebelión militar dadas las salvajadas cometidas por la «legalidad republicana» dejaron al poco tiempo de apoyarlo asqueados. Dos notables ejemplos de este fenómeno fueron Unamuno y Ortega y Gasset.
Si miramos la película desde la perspectiva de la política española actual y su empeño en reabrir las tumbas y los traumas de la guerra civil, puede haber quien encuentre en esta película un apoyo a esa idea. Sin embargo, la carta a su hijo de una de las mujeres fusiladas leída al final de la película deja bastante claro que no es así y es un magnífico mensaje de invitación a la reconciliación, ésa que muchos pensábamos que se había logrado durante el periodo de transición.
Sin duda, lo reflejado en la película responde a la realidad y, además de otras cosas, se produjeron juicios que no eran tales sino auténticas farsas. ¿Tiene sentido revisar esos juicios? En el momento en que se abriera esa caja de Pandora ¿no vendrían las reclamaciones de revisar también los juicios de los «tribunales populares» o, peor aún, las ejecuciones sin juicio tipo Paracuellos, lo que ocurrió en las checas o los miles y miles de «paseos» a cargo de milicianos?
Una negativa basada en la excusa de que todo esto no fue hecho por un Gobierno legal sino por «incontrolados» no se sujetaría ya que esos «incontrolados», consentidos y amparados desde el Gobierno republicano, fueron el principal recurso en que éste se apoyó para mantener un régimen de represión y terror que, en mucho, se asemejaba al retratado por la película en la posguerra. Para quien tenga dudas a este respecto, le recomiendo que lea el relato de Orwell sobre su presencia en España en las Brigadas Internacionales, a Félix Schlayer en «Matanzas del Madrid republicano» o a Burnett Bolloten en «La guerra civil española». No obstante, quizás la mejor definición del periodo previo a la guerra, de la guerra misma y de la posguerra la dio Stanley Payne cuando dijo que «la guerra civil española no fue una guerra de buenos contra malos sino de malos contra malos». Faltaría añadir que en ambos bandos había «buenos» y que en ninguno de los bandos fueron éstos los mejor tratados.
Puede que alguien le critique a la película el momento en que sale o que no dé una visión más equilibrada de las dos partes en conflicto pero hay que recordar que es una película, que retrata -y lo hace muy bien- un momento negro de la historia reciente española y que el hipotético equilibrio tendría que venir de retratar otros momentos igualmente negros y de sentido contrario como, por ejemplo, el periodo de preguerra o episodios como el del POUM espléndidamente descrito por Orwell.
En suma, al margen de opiniones, tendencias y de la fácil vinculación con la actual política española, una buena película que merece ser vista.
Mr. Brooks
Tengo que empezar diciendo que Kevin Costner no me gusta. Me ocurre con él lo mismo que con Jodie Foster, de quien suele decirse que es una gran actriz pero a la que sólo recuerdo haber visto con cara de susto continuo.
Cuando ocurre eso, el espectador tiende a pensar que el actor no actúa sino que es así o que es un actor de registro único. Es posible que así ocurra con Kevin Costner, hierático hasta el exceso, pero como ya me he llevado algún chasco con algún gran actor que parecía no actuar hasta que le cambiaron de papel, no me atrevo a afirmarlo.
Sea como fuere, el papel le viene como anillo al dedo. Un asesino en serie que quiere retirarse pero que ha convertido el asesinato en una adicción y que discute tanto la adicción como sus planes con un alter-ego (William Hurt) sólo visible para él y, por supuesto, para el espectador que recibe por esa vía constantemente claves sobre qué es lo que está pasando.
No es una película al uso, empezando por el detalle de que el criminal no es capturado y, en relación esto, está la parte menos lograda de la película: Ni el papel ni la actuación de Demi Moore como policía listísima y que, como su perseguido, trabaja por vicio porque no tiene la menor necesidad están a la altura de los malos.
Con ese pequeño pero -que tampoco es desastroso ni mucho menos- la película logra enganchar y tiene un mérito muy poco común: Guión complicado que el espectador puede seguir con facilidad.
Sigo quedándome con la duda sobre si Kevin Costner es un magnífico actor o, simplemente, es así. En cualquier caso, lo único que significaría es que el mérito de una actuación brillante debe atribuirse a él mismo o a al director (Bruce A. Evans) que fue capaz de elegir a un actor idóneo para el papel.
«Las que faltaban» de Antonia San Juan
Sin duda, meritorio el intento. Una sesión de teatro construida alrededor de un conjunto de monólogos realizados por la misma persona tiene una más que notable dificultad y no está al alcance de cualquiera.
Antonia San Juan es una maestra de los monólogos, es capaz de cambiar totalmente de registro en función del personaje y es sumamente rápida, no sólo para recoger en sus monólogos cualquier asunto reciente sino para reaccionar a cualquier comentario o movimiento en el patio de butacas durante la función. Como ejemplo, parece mantener como bestia negra particular a María Patiño, estrella de la telebasura al uso.
Ésta es la parte positiva: Originalidad y una función a medida de la actriz y que, desde luego, no está al alcance de cualquiera.
La parte negativa viene con la selección de los personajes y los textos consiguientes, muy en la onda de lo «políticamente correcto», desde la colegiala pija a la rica, pasando por la lesbiana que sale del armario, la diva envejecida, la hija de la mujer maltratada, etc.
En todos los casos, los planteamientos -con más o menos gracia en cada uno- van siempre en la onda de la corrección política y, por mucho que intente mostrar su rebeldía con un lenguaje lleno de tacos, no lo consigue. Son los mismos clichés escuchados frecuentemente en la política y en ámbitos anejos.
Otra cosa que desconcierta es la existencia de cambios de registro dentro del mismo personaje. No se ve muy clara su finalidad cuando tiene tantas oportunidades de cambiar como personajes saca a escena. ¿Por qué forzar un cambio de un registro cómico a uno dramático sin cambiar de personaje?
Por añadidura, mientras los cambios que coinciden con los de personaje están muy bien llevados a escena, los cambios dentro del mismo personaje aparecen sobreactuados, difícilmente creibles y desconcertantes para el público.
Sin duda, un gran talento como actriz pero, como directora, deja que desear.

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