Categoría: Cine y teatro

La vida en rosa

Una película de Olivier Dahan dedicada a la figura de Edith Piaf y que es mucho más que un concierto en formato de película, que suele ser lo más habitual en estos casos.

Cierto que la película tiene canciones de Edith Piaf pero no éste el eje de la trama. Dahan utiliza con una inteligencia poco común los recursos que el cine le permite para mostrar cómo encajaban la Edith Piaf del escenario y la de fuera de los escenarios.

Como en muchas otras películas, muestra mezclados dos o tres momentos de la vida de la Piaf pero sin llegar a producir confusión en el espectador y, al mismo tiempo, mostrando cómo y por qué se ha generado una determinada situación.

Un recurso sorprendente cuando se trata de la vida de una cantante lo utiliza en una larga secuencia sin sonido. En esta secuencia, queda claro que, aunque Edith Piaf tuviera una voz impresionante, puesta en el escenario era mucho más que una voz.

También resulta excepcional el recurso utilizado para mostrar cómo los escenarios le servían como una especie de terapia y se transfiguraba en ellos. Así, en el momento en que le comunican la muerte de su amante, se ve a Edith Piaf vagar sin rumbo por un conjunto de habitaciones hasta que una puerta se abre…y esa puerta comunica precisamente con un escenario y un lugar repleto de público.

Al final de la película, utiliza también un golpe de efecto magistral. Mientras suena la canción Non, je ne regrette rien, una de las últimas y mejores de Piaf y que ella misma consideraba como la historia de su vida, va alternando escenas de su posiblemente última actuación mientras canta esta canción y de su agonía. El final de la película coincide con el final de la canción haciendo que ésta quede como una especie de testamento.

La película es muy larga -140 minutos- pero no se hace larga.

Las discriminaciones positivas

Es difícil dar un dictamen definitivo sobre ellas salvo que alguien se coloque en una posición partidaria.

Si buscamos razones para el rechazo, las hay y muy poderosas. Quizás uno de los autores que mejor las ha expuesto es Thomas Sowell -norteamericano y negro, o sea que sabe de qué habla- y podrían resumirse en lo siguiente:

Si admitimos que alguien ocupe un puesto por razón de raza, sexo, etnia o cualquier otra en lugar de hacerlo exclusivamente por mérito, la discriminación positiva perpetuará la situación que pretende corregir. El efecto inmediato de la medida será que cuando alguien atribuya incapacidad a una raza, sexo, etnia, etc…estará simplemente reflejando la realidad ya que los criterios de acceso no habrán sido de mérito.

Por añadidura, la cantidad de criterios que pueden ser sujetos de discriminación positiva son tantos que es virtualmente imposible atenderlos todos: ¿Por qué no un porcentaje de obesos, de fumadores, de transexuales y así ad infinitum?

Aprovecho para hacer una recomendación cinematográfica:  La excelente película Crash toca este tema desde un punto de vista probablemente nunca antes abordado en el cine: El malo, el políticamente correcto y el miembro de minoría racial enfrentados a sus propias contradicciones.

La cara opuesta de la moneda la representan las personas que, teniendo sobrados méritos, tienen graves dificultades de acceso a posiciones para las que su mérito les faculta por razón de pertenencia a determinados colectivos. Éste es el problema real que precisa una respuesta ¿son una respuesta válida las discriminaciones positivas?

Si entramos por debajo de la superficie, encontraremos que este tipo de leyes consagran el mismo tipo de discriminación que critican y que incurren en el olvido de un principio básico: Los derechos son de los individuos y no de los colectivos.

Un ejemplo práctico: Un individuo de un determinado sexo -da igual el que sea- quiere acceder a una posición determinada y, conforme a una ley de discriminación positiva, se le impide el acceso porque los coeficientes establecidos exigen que esa posición le sea dada a otra persona del sexo opuesto.

En ese momento ¿no estará ese individuo en su derecho de reclamar al Tribunal Constitucional porque se ha ejercido en su contra una discriminación por razón de sexo?

Si partimos de que los derechos corresponden al individuo, no cabe ninguna duda que es así. También es cierto que, si esto estuviera tan claro para todos, se desmontaría por la base la idea de los nacionalismos -mencionados en otro post– porque, si los derechos no son de colectividades ¿cómo intentar hablar en nombre de una como hacen los nacionalistas?

La igualdad de derechos es un tema demasiado serio para intentar resolverlo en dos brochazos de populismo. La auténtica revolución comienza en la escuela y en la voluntad de que no se pierdan por el camino personas valiosas.

Las leyes que intentan forzar coeficientes pueden ser incluso denunciadas por aquéllos a los que dicen proteger pero la inacción tampoco es una alternativa. Se requieren respuestas realistas y encaminadas a demostrar que una persona, por el hecho de pertenecer a determinado colectivo, no pierde en absoluto su valor en el terreno profesional ni en ningún otro. Que la persona concreta, con nombre y apellidos, tenga o no la valía necesaria para ocupar una posición es algo que tiene que demostrar y que nadie le tiene que regalar. Otra cosa distinta es que se le facilite la oportunidad de demostrarlo y es ahí donde habría que poner todos los esfuerzos.

Despedida de Les Luthiers en Madrid

Con cuarenta años sobre los escenarios, continúan siendo unos genios.

Todo un palacio de congresos lleno hasta reventar y siendo difícil de encontrar entradas meses antes.

Se notaba que era una despedida. El público conocía de memoria los números y estaba, ya de entrada, entregado. Recordaba al Miguel Gila de los últimos tiempos cuando todo el mundo esperaba que sacase su teléfono y preguntase «Oiga ¿es la guerra?» y muchos habrían podido repetir el número de memoria.

Es inevitable que algunos recursos humorísticos se conozcan y se pierda el factor sorpresa pero, aún así, números como el de «Warren», «San Ictícola» o «María Amaría a María» son simplemente geniales.

Los echaremos de menos pero, aún así, es mejor quedarnos con la pena de la despedida antes que dejar que pasen los años y empezar a preguntarnos por qué no lo habrán dejado. Hay que saber retirarse y esa retirada a tiempo muestra que no sólo hay inteligencia en el escenario sino fuera de él.

Tres versiones de la vida (representación de Madrid)

Mucha obra para pocos actores. La obra es de Yasmina Reza, la autora de «Art» y es difícil resistir esa comparación.

En cualquier caso, se trata de una obra más que digna que requiere unos cambios de registro muy fuertes por parte de sus actores.

Los actores que están realizando la obra en Madrid, especialmente Silvia Marsó y José Luis Gil están muy por debajo del nivel de exigencia que la obra tiene para los actores y eso hace que tres supuestas situaciones muy diferentes acaben apareciendo como algo repetidas por una clara carencia de dotes interpretativas.

José Luis Gil -de «Aquí no hay quien viva»- se supone que tiene que interpretar alternativamente papeles de triunfador y de fracasado pero es difícil encontrar una diferencia entre ambas versiones y esto no es atribuible a la obra sino al actor.

En distinto grado, lo mismo puede decirse de Silvia Marsó que se limita a ejercer de «buenorra» con pocos cambios en la interpretación de las distintas situaciones.

Una pena. En el caso de «Art» la obra fue acompañada de unos excelentes actores. Ahora no.

La vida de los otros

Una película larga que no se hace larga. Las tribulaciones de un agente de la Stasi en la RDA y cómo va cambiando a medida que se va metiendo en la vida de las personas a las que espía captan el interés y dibujan espléndidamente un ambiente de miedo y espionaje.

Por añadidura, el final huye de recetas facilonas y resulta simplemente magistral.

In my country

Toda la película gira en torno al final del periodo del apartheid en Sudáfrica. Cualquier visitante del país se extrañará al no ver ningún síntoma de tensión racial como la que puede experimentarse, sin ir más lejos, en Estados Unidos.

El país tiene los suficientes encantos para enamorar a cualquiera (salvo a Javier Reverte, quien afirma en uno de sus libros de viajes que no volverá por allí) tanto por sus espectaculares paisajes como por la enorme amabilidad de su gente sin rastro de servilismo y eso con independencia de razas, etnias o cualquier otra condición.

La película se aleja de los estereotipos al uso de «bueno-malo-negro-blanco» y deja asomarse a la realidad de Sudáfrica tal como es; una Sudáfrica donde los blancos no se consideran europeos mal aparcados sino africanos y donde hablan con el mayor de los respetos de Nelson Mandela.

Las historias secundarias en la película quedan mal resueltas pero el tema central da una panorámica magnífica del país y de su transición. Muy recomendable aunque solo fuera por la impresionante e intemporal belleza de Juliette Binoche.

El método Grönholm

Reproducido de http://factorhumano.spaces.live.com:

En el momento de escribir este comentario, la obra se encuentra en la cartelera de teatro de Madrid.
Según el autor la idea de la obra nace de una anécdota real…un empleado de una cadena de supermercados (aunque el autor no la nombra se trata de Sánchez Romero) había anotado sus impresiones sobre las posibles candidatas a un puesto de cajera. Los comentarios estaban llenos de frases machistas, xenófobas y crueles del tipo …»moraca, no sabe ni dar la mano», «voz de pito, parece idiota».

Con esta idea en mente, es fácil suponer que lo que ha intentado el autor es una mezcla de parodia y denuncia sobre los métodos de selección y hay algo que decir tanto sobre los principios que animan a la obra como sobre la obra misma.
Estoy plenamente de acuerdo en que es inadmisible que alguien escriba comentarios de ese tipo incurriendo en el claro riesgo de que sean vistos y hagan daño. Otra cosa es que en nombre de lo políticamente correcto -obsérvense las expresiones utilizadas por el autor- el seleccionador no pueda ya ni siquiera pensar lo que cometió la imprudencia de escribir.
Hace tiempo conocí una empresa muy sensibilizada con los escritos y escribían clases marginales sin arraigo social cuando querían indicar que una casa embargada estaba ocupada. Después ya de palabra, en una reunión, cuando se pedía la aclaración salían los comentarios xenófobos y crueles del estilo de «un grupo de okupas gitano» o similar. Esto había dado lugar a un lenguaje escrito pensando en las manos en que podía aterrizar un informe y un lenguaje verbal «políticamente incorrecto» pero necesario cuando se trata de precisar y entenderse.
Inevitablemente, la crítica realizada desde la asfixiante posición de lo políticamente correcto se queda en una parodia porque, para conseguir algo, tiene que exagerar la realidad de lo que critica. El efecto suele ser el contrario del que se persigue porque se centra la crítica en el aspecto anecdótico dejando pasar los elementos realmente criticables.
La primera parte de la obra resulta entretenida aunque resulta difícil hacer creer a alguien que haya estado a uno u otro lado de la mesa en un proceso de selección que las cosas funcionan así. Siempre puede encontrarse uno a un seleccionador incompetente o tarado -hay tantos como en cualquier otra profesión- pero tomar una parte mínima por el todo implica un desvío completo de la crítica.
La segunda parte ni siquiera es entretenida. Parece que al autor le entró prisa por liquidar la obra y es justamente lo que hace en cuatro mandobles y con un final inesperado y que nada tiene que ver con el resto de la obra.
Puestos a criticar las prácticas de selección son muchas las cosas criticables. Todavía hoy me encuentro muchas mujeres que me preguntan qué deben contestar si el seleccionador les pregunta si tienen novio, si piensan casarse o tener hijos, etc. Mi respuesta es siempre que, ante una intromisión ilegítima, la mentira es una respuesta legítima. El hecho de que estas preguntas se repitan indica que ésa sí es una práctica habitual y, desde luego, criticable en los procesos de selección.
Podemos criticar que se utilicen determinadas pruebas que pueden no ser válidas o dar información que va mucho más allá de lo requerido en el proceso de selección y que solo pueden hacer daño. ¿Qué ocurre cuando ante una respuesta inocente en un Rorschach un seleccionador se queda pensando «éste es más maricón que Catalina de Rusia» (Umbral dixit)? ¿Qué ocurre si lo escribe en un informe de selección por mucho que lo disfrace para estar de acuerdo con la ortodoxia del momento? ¿Qué legitimidad tiene para obtener y para escribir ese tipo de información?
¿Qué ocurre cuando un afamado «head-hunter» dice -y escribe- que rechazó a un candidato porque en un almuerzo vio que echaba sal en la sopa antes de probarla demostrando que era un precipitado? Es posible que el candidato fuera un precipitado; es igualmente posible que el «head-hunter» fuera un imbécil al que no se le ocurriera que al candidato le gustaba la comida muy salada y su hábito estuviera plenamente justificado. ¿Es justo que la carrera profesional de alguien pueda estar en semejantes manos?
Ésos son los auténticos problemas no abordados en la obra que, después de una primera parte entretenida, queda en un fuego de artificio vacío. Bienvenida sea la crítica a los procesos de selección pero la caricatura realizada desde una posición de caricatura no es el camino para hacerlo.