Categoría: Libros y autores
Reseña de libros de Gestión de Conocimiento (Knowledge Management)
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El vínculo lleva a la sección de reseñas de la página antecesora de ésta.
Reseñas de libros de Recursos Humanos
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Puesto que este blog es el heredero de una página iniciada en Communities, después Groups, etc., una forma de centralizar todo sin tener que transcribirlo es ésta. El vínculo lleva directamente a la bibliografía comentada de Recursos Humanos que no está aquí.
En el principio fue la línea de comandos (Neal Stephenson)
Air safety improvement through Organizational Learning
en-el-principio-fue-la-linea-de-comandos-neal-stephenson.pdf
Neal Stephenson es un autor más conocido por sus obras de ciencia-ficción que por asuntos como éste que, en opinión de quien esto escribe, es además de su mejor libro el más relevante.
El libro está disponible gratuitamente en Internet (el fichero PDF adjunto es una captura) pero, además, puede comprarse impreso y es un opúsculo que vale la pena tener en la estantería de casa.
Stephenson plantea, avalado por sus conocimientos de tecnología, algo que otros habíamos intuido y que, al empezar a profundizar en ese terreno, habíamos encontrado que era cierto: El riesgo creciente de sustituir un conocimiento en profundidad por un conocimiento meramente operativo incluso en temas muy serios.
Stephenson lleva este asunto a un terreno muy concreto: El desarrollo de los sistemas operativos. Fácil de entender para cualquiera, aunque no tenga formación tecnológica, pone el dedo en la llaga y aprovecho el comentario para hacer una invitación:
Quedarse en el tema de los sistemas operativos es como quedarse mirando al dedo que señala a la Luna. Mírense los sistemas operativos y todo el relato de Stephenson como una metáfora de algo que está ocurriendo en muchos otros ámbitos, especialmente cuando se trata con sistemas de información avanzados.
No voy a aprovechar esta ocasión para recomendar mi propio libro, del que adjunto la cubierta, sobre el tema que saldrá el próximo mes de septiembre: Air safety improvement through Organizational Learning: Consequences of a Technology-led development editado por Ashgate pero, si alguien lo adquiere y está cerca de Madrid, me comprometo a firmárselo 🙂
Aldous Huxley en «Sobre la divinidad» y la rosa de Paracelso
Hace tiempo, en un seminario sobre el uso del método del caso en el Instituto de Empresa, el profesor Enrique Ogliastri nos mostró el siguiente texto:
En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo.
Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de sus hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.
El maestro fue el primero que habló.
-Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí?
-Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.
Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.
Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:
-Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.
-El oro no me importa -respondió el otro-. Estas monedas no son más que una prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.
Paracelso dijo con lentitud:
-El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.
El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:
-Pero, ¿hay una meta?
Paracelso se rió.
-Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que «hay» un Camino.
Hubo un silencio, y dijo el otro:
-Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.
-¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso.
-Ahora mismo- dijo con brusca decisión el discípulo.
Habían empezado hablando en latín; ahora en alemán.
El muchacho elevó en el aire la rosa.
-Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.
-Eres muy crédulo -dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe.
El otro insistió.
-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.
Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
-Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?
-Nadie es incapaz de destruirla- dijo el discípulo.
-Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
-No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.
Paracelso se había puesto en pie.
-¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
-Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo.
-Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso-. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.
-¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?
Paracelso le miró con tristeza.
-El atanor está apagado -repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.
-No me atrevo a preguntar cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.
-Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.
El discípulo dijo con frialdad:
-Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.
Paracelso reflexionó. Al cabo dijo:
-Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas. Deja, pues, la rosa.
El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:
-Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?
El otro replicó tembloroso:
-Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.
Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza.
Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.
Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:
-Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.
El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.
Se arrodilló, y le dijo:
-He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo y al cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?
Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.
Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.
Una vez leído, nos pidió que determinásemos si Paracelso era un buen o un mal maestro y casi todos enfocamos el asunto desde el punto de vista del discípulo que tiene poca fe y pide pruebas o del maestro suficientemente soberbio para negarse a mostrarlas aunque pudiera.
Si alguno de los asistentes hubiéramos leído «Sobre la divinidad» del siempre sorprendente Aldous Huxley, habríamos enfocado el debate desde un punto de vista muy diferente.
El libro es un conjunto de largos artículos enviados a una publicación de tipo orientalista en San Francisco pero, desde luego, muy alejada de la llamada new age y contiene párrafos como éstos:
Es sumamente significativo que los grandes místicos teocéntricos hayan trazado siempre una tajante distinción entre lo «psíquico» y lo «espiritual». A su juicio, los fenómenos de la primera clase tienen su existencia en una extensión del mundo espacial y temporal no familiar pero tampoco intrínsecamente superior. Los fenómenos espirituales, por otra parte, pertenecen al orden intemporal y eterno, dentro del cual el orden temporal tiene su existencia menos real. La actitud de los místicos hacia los «milagros» es de aceptación intelectual pero de desapego emocional y volitivo.
En una línea parecida tenemos este otro:
El hecho de que la «sanación espiritual» -dicho con más exactitud, la «sanación psíquica»- a menudo funcione y que las oraciones por la salud propia o por la salud de otras personas o por la riqueza o la felicidad propia o del prójimo, a menudo tengan respuesta, es constantemente aducido por los devotos de la religión temporal como prueba de que reciben directamente la ayuda de Dios. Del mismo modo podría argüirse que uno recibe ayuda directa de Dios porque le funciona la nevera o porque siempre que marca un número de teléfono contesta alguien.
Huxley, pues, no niega la existencia de los llamados milagros; simplemente niega que procedan de una dimensión espiritual e incluso indica que «distraen» de esa dimensión espiritual porque atraen la atención en una dirección distinta.
Bajo esa óptica ¿tenía Paracelso razón al no aceptar al nuevo discípulo? Parece que sí; no se trataba ni de una exhibición de soberbia ni de otra de incredulidad. Era, simplemente, que el discípulo mostró con claridad que caminaba con paso firme por una senda equivocada.
NOTA
Este libro forma parte de un conjunto de magníficas obras sobre el tema.
Los vínculos a cuatro de ellas están a continuación. El quinto se trata de un contrapunto lógico a las obras de Marina y de Ratzinger y de una coincidencia parcial con la de Savater: “Por qué no soy cristiano” de Bertrand Russell. La reseña ya está disponible aquí.
https://factorhumano.wordpress.com/2007/04/04/la-vida-eterna-fernando-savater
https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/por-que-soy-cristiano-jose-antonio-marina
https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/dios-y-el-mundo-ratzinger
La sociedad abierta y sus enemigos (Karl Popper)
Karl Popper, recientemente fallecido, conoció muy de cerca los dos grandes totalitarismos del siglo pasado, el nazismo y el comunismo.
La sociedad abierta es posiblemente el mejor tratado de formación política que se puede encontrar. Entre otros, rompe el mito de «La República» de Platón al que hoy se le habría considerado como un autor abiertamente fascista.
Diferencia muy claramente entre la doctrina de Marx y la traducción que hicieron de ésta sus seguidores, a la que denomina «marxismo vulgar».
En el momento de escribir este breve comentario, en España hay una fuerte discusión sobre la aportación de la asignatura «Educación para la ciudadanía» que se intenta introducir en el sistema educativo.
La oposición política al actual gobierno mantiene que esta asignatura va a ser utilizada para adoctrinar a los escolares de acuerdo con las ideas de ese gobierno y reclama la autonomía de los padres para dar a sus hijos los valores que consideren adecuados.
A la vista de los resultados de la extinta «Formación del Espíritu Nacional», obligatoria en el sistema escolar franquista, no parece que haya demasiado que preocuparse. De todas formas, sin otorgarle la importancia que le dan los adversarios políticos, probablemente somos muchos ciudadanos de a pie los que creemos que la tal «educación para la ciudadanía» no va a ser otra cosa que un revolcón en la espesa y pegajosa melaza de lo «políticamente correcto».
Si, en lugar de lo que unos afirman y otros tememos, alguien decidiera que el libro de texto para una materia como ésa iba a ser «La sociedad abierta» de Popper, sólo me quedaría una pregunta: ¿Dónde hay que firmar?
AÑADIDO POSTERIOR:
Recientemente ha salido al mercado «El regreso del idiota», segunda parte del «Manual del perfecto idiota latinoamericano» de Álvaro Vargas Llosa y otros. Con independencia de que se compartan o no la totalidad de sus argumentos, incidentalmente, hace un comentario sobre «La sociedad abierta» de Popper al que coloca en un apartado que denomina «Los diez libros que le quitarán la idiotez». Transcribo el comentario:
En 1943, en plena guerra, Karl Popper escribió un libro muy importante para el análisis de los problemas políiticos: La sociedad abierta y sus enemigos. Entonces estaba en Nueva Zelanda, exiliado de su Viena natal. La tesis central de la obra postura que el origen del totalitarismo radica en la superstición de ciertas ideologías que parten de dos falsedades relacionadas: primero, que la historia se mueve en una dirección de acuerdo con leyes naturales y, segundo, que ellos, los ideólogos, conocen esa dirección. A partir de esas certezas, basadas en el determinismo histórico, se construye la utopía: dotados de esa tremenda información, se edifica un mundo maravilloso en el que los seres humanos serán felices porque el modelo de sociedad se adapta milimétricamente al sentido natural de la historia. Obviamente, quien se oponga a la construcción de esa sociedad perfecta, una sociedad cerrada que remite a la tribu, puede ser considerado un canalla y debe ser extirpado invocando razones morales, como ha sucedido en todos los Estados totalitarios. Marx era, sin duda, un pensador cargado de buenas intenciones…pero su lectura de la historia y su propuesta, como la de todos los utopistas, conducía a la opresión.
Popper sitúa el origen de este nefasto determinismo histórico en la obra de Platón. La República es el primer gran modelo utópico en Occidente y su influencia gravita hasta nuestros días….La salvaguarda de la libertad y del progreso están precisamente en sociedades abiertas en las que las personas deciden con sus acciones el curso de la historia, porque ni hay sociedades perfectas ni, por lo tanto, un camino ideal para alcanzar lo que solo existe en la imaginación de unos pensadores trasnochados….La refutación de Popper al marxismo llegó de la mano de su particular epistemología: el marxismo (o el freudianismo) nada tenían de científicos. Eran fallidas construcciones intelectuales basadas en profecías, mitos y leyendas, escritas en un lenguaje ambiguo y vago que las ponía a salvo de refutaciones. Y si el marxismo o el psicoanálisis eran acientíficos, también lo eran necesariamente las escuelas de ellos derivados, y muy especialmente el espeso parloteo cobijado en la llamada Escuela de Frankfurt.
Sólo una cosa que añadir: Los autores de El regreso del idiota se centran en la refutación de Popper del marxismo ya que es lo que coincide plenamente con la línea de pensamiento expresada en su propio libro. Popper va mucho más allá de eso y toca muchos más temas como puede concluirse del propio título «La sociedad abierta».
HITOS DE LA NOVELA HISTÓRICA
La novela histórica está de moda aunque, lamentablemente, no es la buena la que se lleva sino que ha dado lugar a un nuevo género de «best-sellers» en la línea de Dan Brown o algunos otros autores que, como éste, no sólo no saben de qué hablan sino que tampoco les importa.
En ese océano de mediocridad, hay tres títulos que merecerían estar en cualquier biblioteca por el espléndido dibujo que hacen de una época:
Sinuhé el egipcio (Mika Waltari): La obra la sitúa en el Egipto de los faraones y, específicamente, dentro de una de las épocas más interesantes que debe haber tenido una época en sí misma interesante: La del faraón Akenathon. El «Moisés» de Freud, que no pretende ser novela sino análisis histórico, es de la misma época y se observan muchos puntos de coincidencia. El poder de los sacerdotes de Amon y la aparición de pintorescos personajes como Nefernefernefer y una trama magistral consiguen que sea imposible despegarse del libro hasta que se finaliza.
Los pilares de la tierra (Ken Follett). Ken Follett es muy conocido de los aficionados a los libros de espías y, en mi opinión, los hace bastante pesados sin conseguir tramas que enganchen como las de, por ejemplo, Frederick Forsyth. Sin embargo, en esta obra, Ken Follett demostró estar entre los grandes, mucho más que por sus trabajos en el género que le ha hecho más conocido. Si Mika Waltari escribía sobre el Egipto de los faraones, Follett lo hace sobre la época medieval y el papel social y económico que tenía la construcción de catedrales en la sociedad de la época.
León el Africano (Amin Maaluf): León el africano no se llamaba León ni era africano sino granadino. A través de la vida de su personaje, Maaluf va recreando la salida de los árabes del reino de Granada, la emergencia del imperio turco, el papel de la Iglesia y los enfrentamientos entre el emperador hispanoalemán Carlos I y el rey Francisco I de Francia.
La proximidad del verano puede ser una buena ocasión para tirar por la ventana toda la basura editorial que está saliendo sobre este género y conocer a los grandes.
Inteligencia ejecutiva (Justin Menkes)
Uno de los pocos libros de la hipertrofiada industria editorial del «management» interesantes.
Ganaría más si suprimiera algunas de las «historias ejemplares» y, a cambio, articulase un poco mejor la parte conceptual pero, al margen de esos pequeños problemas, vale la pena su lectura.
Para entrar más en detalle, tiene el mérito de recuperar como criterio de selección la vieja inteligencia (sin apellidos) señalando como incluso una mera prueba de C.I. puede ser mejor predictor del rendimiento que muchas de las pruebas actualmente al uso.
En particular, el autor señala que la inteligencia ejecutiva tiene tres componentes, uno relativo a la tarea, otro a la interacción y otro al conocimiento de uno mismo.
El autor ataca dos vacas sagradas como son la tan de moda inteligencia emocional y las entrevistas por competencias.
En un artículo recién subido a este mismo blog, publicado hace tiempo en «Training and Development»
https://factorhumano.wordpress.com/2007/04/06/algunas-aclaraciones-de-conceptos-de-moda/
puede encontrarse un argumento en contra de la «inteligencia emocional» consistente en que la «inteligencia racional» es un criterio de acceso a puestos y, sólo una vez que se supone un nivel de inteligencia alto, podemos establecer otros criterios como factores de éxito. La gran estafa de la inteligencia emocional está, por tanto, en que afirma ser origen de un 80% del éxito profesional cuando, para acceder a la posición que permita que la «inteligencia emocional» opere como factor de éxito, se necesita una elevada inteligencia racional, común o como queramos llamarla.
El autor de Inteligencia Ejecutiva se limita a señalar que la inteligencia es mejor predictor de éxito.
En cuanto a la entrevista por competencias, el autor señala que sirve para discriminar conocimiento pero no inteligencia y recurre incluso a la comparación del conocimiento con el disco duro de un ordenador y aquí hay puntos muy discutibles:
El propio autor utiliza, para reforzar su punto de vista, el ejemplo de «Rain Man» y la memoria fotográfica de su protagonista para reforzar la idea de la memoria como un mero disco duro de un ordenador.
A los pedagogos, este planteamiento les recordará la vieja discusión sobre qué es más adecuado, contenidos o procesos. Ya entre los propios profesionales de la materia se encontrarán algunas voces discordantes
https://factorhumano.wordpress.com/2006/11/22/panfleto-antipedagogico/donde el autor, entre otros temas, señala cómo los procesos sin contenido quedan en el vacío.
Algunos estudiosos de la inteligencia como Jeff Hawkins
https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/on-intelligence-jeff-hawkins/
critican este mismo planteamiento desde otro punto de vista: La memoria no es un mero almacén sino que implica la existencia de un conjunto de estrategias de almacenamiento y de recuperación y algo más: A diferencia de los ordenadores, no tenemos reglas generales para aplicar a las situaciones sino que vamos acumulando casos particulares y vamos viendo cuál es de aplicación a una situación nueva.
Éste -la contraposición entre conocimiento e inteligencia- es quizá el fleco peor resuelto del libro que, al final, conduce al autor a una «solución»: La entrevista por competencias preguntando por qué se tomó la decisión en cada uno de los incidentes críticos utilizados o añadiendo supuestos a modo de examen.
Hay, por tanto, un desarrollo interesante aunque tenga elementos discutibles y una solución final que no lo es tanto. Como suele suceder, esto último se explica por motivos meramente comerciales: El libro es utilizado como plataforma comercial para vender la solución de evaluación de ejecutivos utilizada por un head-hunter (Spencer Stuart) con quien el autor tiene un estrecho contacto.
A pesar de ello, si suprimimos los «minutos de publicidad», el libro vale la pena.
La vida eterna (Fernando Savater)
Savater se reconoce deudor/discípulo de Bertrand Russell y este libro es un buen ejemplo ya que parece una continuación del «Por qué no soy cristiano» de Russell.
Hay algunas diferencias, no obstante. Russell tiene un enfoque puramente filosófico y denuncia los puntos de falta de rigor del cristianismo desde ese punto de vista.
Savater, al contrario que Russell, no es agnóstico sino abiertamente ateo y con una fuerte vena anticlerical (sea cual sea la religión del clérigo) y resulta mucho más agresivo que Russell. Sus argumentos no van contra la parte que choca con la filosofía sino que entra más directamente en asuntos como la relación de la religión con el poder y la justificación de la religión por la angustia que causa la propia mortalidad.
Buena parte de los argumentos que tocan este tema no son realmente originales aunque, como es norma en Savater, están muy bien escritos y resultan amenos y agradables de leer. Sin embargo, donde realmente despunta el autor es cuando justifica la existencia de una ética ajena a todo principio religioso (paradójicamente, basada en la existencia de una muerte «real», no como un tránsito hacia otro estado) y cuando entra en temas de plena actualidad que afectan tanto a la política como a la religión.
Como ejemplo, Savater critica la notable payasada de la «alianza de civilizaciones» señalando que definir «civilización» por la adscripción a uno u otro credo es bastante simplista cuando, en realidad, hay una única civilización que es la tecnológica. Savater señala que fenómenos como el islamismo radical son precisamente una prueba de la crisis de los sistemas religiosos o «tecnologías de salvación» como los denomina y no les concede mayor importancia. Desde el punto de vista sociológico, Savater puede tener razón aunque parece escapársele un hecho: La pertenencia a una civilización tecnológica implica la existencia de una enorme capacidad de destrucción en manos de grupos fanatizados por muy marginales que éstos sean dentro de una corriente general.
En suma, Savater ataca a fondo todo tipo de intolerancia, especialmente la de origen religioso, pero entra también en otras como la nacionalista. No merece la pena repetir aquí los argumentos que da en el libro ya que todos ellos los resume una frase de un libro anterior que merecería ser grabada en oro: No se puede ser tolerante con la intolerancia.
Se puede o no estar de acuerdo con Savater en temas como la relación Iglesia-Estado, como la visión de la asignatura de religión o la creación de nuevas asignaturas como la «Educación para la ciudadanía», etc. pero, tanto si se está de acuerdo como si no, sus posiciones no se parecen a los lugares comunes a que nos tienen acostumbrados los políticos y están muy sólidamente razonadas.
Otros posts sobre Savater:
https://factorhumano.wordpress.com/2007/05/22/la-aparicion-en-la-politica-de-fernando-savater/
NOTA
Este libro forma parte de un conjunto de magníficas obras sobre el tema.
Los vínculos a cuatro de ellas están a continuación. El quinto se trata de un contrapunto lógico a las obras de Marina y de Ratzinger y de una coincidencia parcial con la de Savater y por fin he podido colgar la reseña: “Por qué no soy cristiano” de Bertrand Russell.
La diferencia fundamental entre ambos aparte -que me perdone Fernando Savater- de la calidad intelectual de los argumentos (no todo el mundo, aunque sea muy bueno, le llega a Bertrand Russell) está en que Russell separa completamente los juicios sobre conveniencia de los juicios sobre veracidad.
Para Savater, el hecho de que haya una querencia hacia creer en algo es suficiente argumento para pensar que es falso. Russell intenta apartarse de las inclinaciones en cualquier sentido y trata de analizar críticamente los argumentos en uno y otro sentido llegando a sus conclusiones. Por eso es mejor en términos generales el libro de Russell aunque haya introducido algunos elementos autobiográficos -como la censura que sufrió en su momento- que hoy, afortunadamente, pueden quedar fuera de contexto.
https://factorhumano.wordpress.com/2007/04/04/la-vida-eterna-fernando-savater
https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/por-que-soy-cristiano-jose-antonio-marina
https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/dios-y-el-mundo-ratzinger
Un nuevo mundo feliz (Ulrich Beck)
Beck es una estrella de la sociología que, entre sus conceptos favoritos, maneja el de riesgo global.
En este caso, ha aplicado ese mismo concepto al futuro del mercado de trabajo en un entorno de globalización y, como era de esperar de Beck, le ha salido una obra brillante aunque haya puntos que puedan ser discutibles.
Beck analiza la situación actual con países como China avanzando a una gran velocidad y preguntándose que le espera al «estado del bienestar» europeo y qué va a pasar cuando el desempleo no sea una cuestión de gente no cualificada sino que incluso personas muy cualificadas puedan verse en una situación de precariedad permanente.
Como casi siempre ocurre con Beck, tiene un ojo sumamente certero para el diagnóstico pero la solución queda mucho más en entredicho. Para muestra, un botón:
Hace referencia a las centrales nucleares y a cómo éstas pueden funcionar con un número mínimo de personas en relación con otros tipos de energía. De aquí, Beck concluye que es mejor optar por otras fuentes de energía que crean más empleo.
Hace unas pocas semanas, Manuel Pizarro, presidente de Endesa, era preguntando sobre los efectos de una política de desaparición de la energía nuclear y su respuesta se podía comparar fácilmente con la de Beck: Pizarro explicaba que la energía de origen nuclear era mucho más barata que otras fuentes alternativas y que, si alguien optaba por el cierre de las centrales nucleares, tenía que explicar también que la energía iba a ser mucho más cara con los efectos consiguientes en el bolsillo y en la competitividad.
Son muchas las actividades donde un 50% de los costes son precisamente los costes laborales y, por tanto, la opción de «creación de empleo» que promueve Beck puede ser llamada sin temor a equivocarse «ineficiencia planificada». ¿Dónde nos lleva esa solución?
Es cierto que muchos países han comenzado ofreciendo mano de obra barata e, incluso en ese caso, hay que matizar que siempre ofrecen algo más. Si el motivo para llevarse una actividad a un país fuera siempre la mano de obra barata, todas las fábricas del mundo estarían en África. ¿Por qué no están allí? Porque, además, se busca una seguridad institucional y eso en África es algo que, con la excepción de Sudáfrica, es prácticamente imposible de encontrar.
Esos países que han comenzado ofreciendo mano de obra barata, poco a poco, se han ido introduciendo en actividades más cualificadas dando lugar a la situación que denuncia Beck: La precariedad, incluso en el caso de profesionales de una elevada cualificación.
Hasta ahí, de acuerdo pero ¿funciona la receta de Beck? ¿La solución está en optar por formas de energía -por seguir con el mismo ejemplo- que consuman más mano de obra y, por tanto, sean más costosas para sus consumidores? ¿Dónde nos lleva esa solución?
Curiosamente, nos lleva al mismo sitio. La precarización en el mundo occidental se produce porque nuestros costes son más altos y cada vez son más difíciles de justificar por una diferencia en la cualificación. ¿Se soluciona el problema introduciendo aún mayores costes?
No hace mucho tiempo, IBM vendió su división de ordenadores portátiles que pasaron a llamarse LeNovo y a ser íntegramente fabricados en China. Si nos vamos a los automóviles, encontramos que los japoneses se acercan a los alemanes y los coreanos a los japoneses y, dentro de poco, previsiblemente los chinos se acerquen a todos ellos. ¿Vamos a resolver ese problema aumentando aún más los costes de lo producido en Europa o U.S.A.?
La denuncia es fácil; la solución no lo es. Siempre tendremos águilas que, so pretexto de universalización de los derechos del trabajador, pretendan que otros países mucho más baratos, tengan las mismas prerrogativas que existen en el mundo occidental y, de esta forma, evitar que sean competitivos. Baste con recordar los famosos CFC y cómo su efecto sobre el agujero de ozono salió oportunamente cuando ya había una tecnología sustitutiva que aún no era accesible a países como India o China que empezaban a ser unos competidores peligrosos.
¿Pueden ser los sindicatos un factor importante para evitar las deslocalizaciones? Difícilmente; las trabas que se ponen al que se quiere marchar son cuidadosamente observadas por el que está pensando en venir y toma nota. ¿Tienen algo que ver las amenazas desde ámbitos políticos y sindicales a las empresas que se marchan con la reducción de la inversión extranjera en España? Probablemente sí aunque no es ésa la única opción y la exhibición de intervencionismo que se está produciendo tampoco suele ser del agrado de los inversores potenciales.
La solución no es fácil y la situación actual es criticable pero la propuesta de Beck tampoco pone las cosas mejor. A lo mejor tenemos que acabar recordando que el concepto mismo de «puesto de trabajo» nació en la Revolución Industrial y tenemos que hacernos a la idea de que todos somos vendedores permanentes de un producto que somos nosotros mismos. Si así fuera, la vida no iba a sernos más cómoda pero ¿hay otra opción? El «fundamentalismo de mercado», por usar la expresión de Soros, no funciona pero la receta de Beck tampoco.
La ética del escritor
La vida da muchas vueltas. Cuando empiezan a ser muchas las hojas del calendario que se han arrancado, empiezan a ocurrir cosas que nunca antes se habrían sospechado.
Hace muy pocos días, me he encontrado con una de ellas:
Hace casi veinte años, trabajaba en una entonces afamada auditora-consultora de la que ahora nadie quiere oir hablar. Entre otras personas de lo más variopintas, me encontré allí con dos que, con el paso del tiempo, acabarían teniendo trayectorias muy distintas:
Uno de ellos, un muy conocido consultor de los que están en la, a todas luces inmodesta, lista de los autodenominados «Top Ten».
La otra era una mujer de una más que notable belleza que, con el tiempo, acabaría adquiriendo esa madurez que aumenta el atractivo para los que también somos maduros y, además, acabaría abandonando el mundo de la consultoría para convertirse en una conocida escritora.
Pues bien, hace pocos días cayó en mis manos un relato escrito por -llamémosla Paloma- que implicaba directamente al otro personaje dándole un nombre sólo ligeramente disfrazado (al igual que estoy haciendo yo con «Paloma»).
Cualquiera que haya vivido el momento, identificará sin lugar a dudas a sus protagonistas ya que se habla de acontecimientos totalmente reales de la biografía conocida de los dos personajes y aquí es donde viene el problema:
En el relato, el disfraz es tan tenue que casi es como las gafas de Clark Kent que, al parecer, eran suficientes para engañar a Louise Lane pero a nadie más (lejos, lejísimos de mi intención comparar al personaje con Superman con el que no tiene el más remoto parecido).
Cuando ocurre esto, las licencias literarias pueden dejar de serlo para incurrir en una casi abierta difamación. Algunos de los acontecimientos contados en el relato los conozco y sé que son ciertos, hay otros sobre los que no puedo opinar y, por último, hay otros que también conozco y sé que son falsos.
Por añadidura, estos últimos son los que dibujan un trazo más grueso y más negro sobre el personaje. Es muy posible que «Paloma» tenga motivos para guardarle rencor a «Alfredo» incluso después de veinte años pero ocultarse en la licencia literaria para verter porquería sobre un personaje muy fácil de identificar no me parece de recibo.
Probablemente, una denuncia no llegaría a ninguna parte pero sigue sin parecerme legítima una actuación que creo que mancha una trayectoria literaria al utilizar la literatura para tirar la piedra y esconder la mano.

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