Categoría: Libros y autores
Un libro y un año: «Una breve historia de casi todo» de Bryson y «1789».
Hace unos días se me ha dado una feliz coincidencia: A la vez que estaba leyendo el libro de Bryson, me encontraba en Washington D.C. y tuve ocasión de combinar elementos de ambas cosas.
En primer lugar, el libro vale la pena de ser leído. Es un alarde de erudición científica que no resulta pesado ni pedante y que toca temas desde el Universo a la formación de la Tierra pasando por la aparición de la vida y la aparición de distintas teorías con algunos rasgos curiosos de sus artífices, desde la timidez patológica de Cavendish al hecho de que Fitzroy y Darwin tuvieran respectivamente 22 y 20 años al emprender su viaje en el Beagle o que muchos grandes descubridores no tuvieran una formación acorde con su descubrimiento, desde un comerciante en telas que desarrolla el primer microscopio capaz de 300 aumentos a un bedel de una universidad o el propio Einstein que desarrolla una teoría sin referencias anteriores, es decir, que parte casi de la nada.
Intentar resumirlo es casi imposible porque es en sí mismo un resumen muy bien escrito y muy ameno y, además, sería casi como contar el final del último libro de Harry Potter así que no lo voy a intentar.
Sin embargo, entre los muchos elementos casi de anecdotario hay una coincidencia que me ha llamado mucho la atención: Uno de los científicos más notables de su época -Lavoisier- fue ejecutado en la Revolución Francesa de 1789 con el poderoso argumento de que «la República no necesita sabios». Ese mismo año, al otro lado del Atlántico, George Washington era elegido como el primer presidente de Estados Unidos.
Washington, aparte de su mayor o menor competencia militar, tuvo dos rasgos muy poco comunes y especialmente notables en esa época: No quiso ser rey en Estados Unidos porque entendió que la monarquía no era la forma de Estado que debía haber en el futuro y no quiso aprovechar la recién ganada independencia para quedarse en el poder que en ese momento tenía. Al contrario, lo que hizo fue dimitir y retirarse discretamente dejando que el poder lo ejercieran otros. Dos años más tarde sería elegido presidente.
Muchos historiadores consideran que la Revolución Francesa es el auténtico inicio de la Europa moderna; espero que no. La modernidad traída de la mano de la guillotina de Robespierre y de repúblicas que no necesitan sabios no es modernidad sino elogio de la mediocridad y hasta del asesinato.
La modernidad no nació a este lado del Atlántico sino al otro. No vino con la guillotina de Robespierre sino con la renuncia al poder de Washington y más tarde con su elección. Europa se ha quedado recreándose en glorias pasadas y tal vez se le pueda aplicar la cruel estrofa que Machado aplicaba a Castilla: «Castilla miserable, ayer dominadora, desprecia cuanto ignora».
Espero y deseo que si en algún momento se vuelve a dar otro giro, éste venga de la mano de otro Washington con unos valores firmes y no de un loco mediocre tipo Robespierre al que algunos dirigentes actuales parecen querer emular.
Seguridad aérea y aprendizaje organizativo (Improving Air Safety through Organizational Learning)
Supongo que no merecerá unas críticas muy severas el hecho de que en un blog en que se analizan libros de otros se introduzca la información que da la editorial acerca del propio:
Improving Air Safety through Organizational Learning
Para que esto no sean «unos minutos de publicidad», prefiero aprovechar el post para hacer la reseña del libro, cosa que según se mire, puede ser más fácil o más difícil que hacerla cuando se trata de un libro ajeno.
En primer lugar, el autor -el que esto escribe- no procede del ámbito de la aviación sino de la consultoría de organización y recursos humanos. No es menos cierto que, por mera afición, en el momento de escribir esta reseña lleva 22 años volando todo artefacto que pese menos de 1.500 kgs. (con motor, sin motor y con poco motor) excepto helicópteros y asimilados.
Por razones profesionales, hubo un momento en que se planteó la necesidad de obtener un título de doctorado y, como suele suceder, el autor intentó una vía fácil: Conociendo y teniendo contactos en el ámbito de la aviación, parecía fácil conseguir información.
Además, y por lo que sabía entonces, el modelo de aprendizaje utilizado para mejorar los niveles de seguridad parecía bueno. Si realmente lo era ¿por qué no buscar elementos de ese aprendizaje que se pudieran transferir al área de gestión empresarial?
Ésta fue la idea inicial. Sin embargo, la primera sorpresa fue ésta:
http://www.boeing.com/news/techissues/pdf/statsum.pdf
Como puede observarse, la curva de mejora se «aplana» hacia la segunda mitad de los años 70. Cabía, sin embargo, una hipótesis: El sistema puede ser ya tan bueno que es muy difícil mejorar porque cualquier mejora que se introduzca tiene unos efectos marginales y, sin embargo, es extraordinariamente costosa.
La hipótesis tenía buen aspecto pero todavía quedaba una sorpresa:
http://www.fas.org/irp/threat/212fin~1.html
Según la Comisión de la Casa Blanca, dados los aumentos de tráfico aéreo previstos se necesitaba una mejora muy importante porque, en caso contrario y manteniendo los índices actuales, en 2015 tendríamos un accidente grave cada semana (citaban a Boeing como fuente).
Dicho de otro modo; si el sistema no mejoraba no era porque no fuera necesario sino porque no estaba siendo capaz de hacerlo a pesar de una fortísima presión para ello.
En ese momento, desapareció la idea de hacer una tesis doctoral sencillita y hubo que entrar mucho más a fondo en dónde estaban los bloqueos al aprendizaje y qué se podía hacer para evitarlos. Todo eso constituyó la tesis.
Algún tiempo después, se me ocurrió comentar todo el estudio con Ashgate y me encontraría con una sorpresa más: Lo que consideraba que era un análisis y unas conclusiones muy relevantes para el ámbito de la gestión empresarial había tenido escaso eco en ese ámbito y, sin embargo, había sido bien acogido precisamente en el ámbito de la seguridad aérea.
Ashgate me pidió que reformulase el trabajo de forma que entrase más en detalle en lo relativo a seguridad aérea y quitase la parte de gestión empresarial que no les interesaba. El resultado es este libro.
A pesar de haber quedado satisfecho con el resultado, hay un punto que creo que ha quedado lamentablemente desaprovechado y, por supuesto, no se trata de culpar a Ashgate ya que a ellos les interesaba el tema de seguridad aérea y por ahí quisieron enfocar la obra.
El punto de desaprovechamiento está en un hecho sencillo: Ha habido más presión por aprender en el ámbito de la seguridad aérea que en el de la gestión. Eso ha hecho que se avance más rápidamente y, si aparecen problemas de aprendizaje en seguridad aérea, esos problemas -puesto que el modelo de aprendizaje es muy similar- están señalando las piedras que el aprendizaje en gestión se va a encontrar en el camino.
Al menos hasta el momento, ésa es una fuente de conocimiento que no ha sido o ha sido escasamente aprovechada.
Por razones obvias, no entraré en detalles como si está bien o mal escrito, entre otras cosas, porque no está escrito en mi idioma nativo y, aunque lo estuviera, el que lo escribe no es el más indicado para evaluarse. Dejemos ese tipo de actuaciones -ejercer de actores y de público a la vez- a los políticos. Los demás, los normales, todavía mantenemos cierto pudor.
Por qué no soy cristiano (Bertrand Russell)
Con esta reseña se completa el grupo de libros de la misma temática que se pueden encontrar aquí y que, aunque con signo y conclusiones distintas, son de lo mejor que se puede leer sobre el asunto.
Russell da argumentos racionales y morales en contra del cristianismo para, a continuación, pasar a preguntarse si la religión ha hecho contribuciones útiles a la civilización.
Es muy difícil hacer una reseña completa del libro y, además, muchas veces la reseña es utilizada como sucedáneo del propio libro. Creo que, sea cual sea la posición de cada uno, el libro de Russell merece ser leído por lo que me limitaré a recoger los capítulos más relevantes del índice y algunas citas literales:
- ¿Ha hecho la religión contribuciones útiles a la civilización?
- ¿Sobrevivimos a la muerte?
- La libertad y las universidades.
- La existencia de Dios.
- ¿Puede la religión curar nuestros males?
- Religión y moral.
Si algo hay que criticarle al libro, no se refiere a la calidad intelectual de sus argumentos sino a la aparición fuera de contexto de temas muy vinculados a la propia biografía de Bertrand Russell y a la censura de que fue objeto por sus opiniones.
Además de eso, un tono más moderado en algunos pasajes podría haber contribuido -sólo tal vez porque éste es un tema que excita pasiones de censor- a sacar el libro de la lista de obras malditas de Bertrand Russell.
Entre los pasajes más notables del libro, merece la pena señalar los siguientes:
La inteligencia ha provocado nuestros males pero la falta de inteligencia no los curará. Sólo una inteligencia mayor y más sabia puede hacer feliz al mundo.
El hecho de que una creencia tenga un buen efecto moral sobre un hombre no constituye ninguna evidencia en favor de su verdad.
Las nuevas esperanzas, las nuevas creencias y los nuevos pensamientos son siempre necesarios a la humanidad y no puede esperarse que surjan de una absoluta uniformidad.
La persecución de las formas impopulares de inteligencia es un peligro muy grave para cualquier país y con frecuencia ha sido la causa de la ruina nacional.
El hombre que posee el arte de despertar el instinto de persecución de la masa tiene un poder particular para el mal en una democracia donde el hábito del ejercicio del poder detentado por la mayoría ha producido la embriaguez y la tendencia a la tiranía que el ejercicio de la autoridad casi invariablemente trae consigo tarde o temprano.
La diferencia fundamental entre el criterio liberal y el que no lo es consiste en que el primero considera todas las cuestiones abiertas a la discusión y todas las opiniones sujetas a la duda en menor o mayor medida, mientras que el último sostiene por adelantado que ciertas opiniones son absolutamente incuestionables y que no deben permitirse los argumentos contrarios.
Muchos adultos, en lo profundo de sus corazones, creen aun lo que les enseñaron en la niñez y se sienten pecadores cuando sus vidas no están de acuerdo con las enseñanzas de la escuela dominical. El daño que se hace no es meramente provocar una escisión entre la personalidad razonable y consciente y la personalidad infantil inconsciente; el daño reside también en el hecho de que las partes válidas de la moral convencional se desacreditan con las partes no válidas y se llega a pensar que, si el adulterio es excusable, también lo es la ociosidad, la deshonestidad y la crueldad. Este peligro es inseparable de un sistema que enseña a los jóvenes, en bloque, un número de creencias que tienen que desechar cuando son adultos.
Afortunadamente para la humanidad, el egoismo individual ha resultado más fuerte que la locura colectiva.
Hasta ahora, la humanidad ha sobrevivido porque, por muy necios que fueran sus propósitos, no tenía los conocimientos necesarios para lograrlos. Ahora que dispone de esos conocimientos se está haciendo imperativo un mayor grado de sabiduría sobre la finalidad de la vida.
En la investigación científica de la naturaleza, la intrusión de valores estéticos o morales ha sido siempre un obstáculo para el descubrimientos…la naturaleza es indiferente a nuestros valores y sólo puede ser entendida olvidando nuestros conceptos del bien y del mal. El universo puede tener una finalidad, pero nada de lo que nosotros sabemos sugiere que, de ser así, ese propósito tendría alguna semejanza con los nuestros.
Hay mucho más pero espero que estas muestras sean suficientes para hacerse una idea de lo que se puede encontrar dentro del libro.
Curiosidades cognitivas
En este mismo blog puede encontrarse la reseña de On Intelligence, probablemente uno de los mejores libros que se han escrito sobre cómo funciona de verdad el cerebro y por qué no se parece al funcionamiento de un ordenador.
Empezaré por un pequeño secreto: Cuando voy conduciendo y me aburro, suelo entretenerme sumando los números de matrícula de los coches que pasan. El sistema es muy sencillo: La matrícula tiene cuatro números y sumo los dos de la izquierda con los dos de la derecha empezando siempre por la izquierda, es decir, en una matrícula con la cifra 2539 la secuencia para sumar 25 + 39 sería 25 + 30 +9 y, cuando estoy entregado a esa actividad, puedo decir que la rapidez de cálculo es suficiente para que no adelante o sea adelantado por un solo vehículo que se escape sin sumar los números de su matrícula.
Éste es el algoritmo general y ciertamente es bastante rápido pero me he sorprendido a mí mismo generando un conjunto de excepciones a esa regla; por ejemplo, si una de las dos cifras se acerca mucho a 100 es aún más rápido sumar 100 y restar la diferencia; si las cifras de las unidades suman 10 se genera también otra operativa distinta y así van surgiendo espontáneamente un conjunto de operativas distintas a la regla general y que se ponen en marcha automáticamente cuando aparece la combinación adecuada para «dispararlas».
Ese fenómeno que he podido experimentar con una actividad tan trivial como la suma de matrículas es exactamente a lo que se refiere Hawkins en On Intelligence cuando señala que las personas no aprenden abstracciones sino, muy al contrario, van acumulando casos particulares y van buscando situaciones en las que esos casos particulares sean de aplicación. La regla general acaba siendo válida un número limitado de casos y, cuanto mayor es la experiencia adquirida, mayor es el número de excepciones que generan su propia regla de procesamiento.
Traigo esto a colación porque es algo, que a pesar de ser sumamente simple, escapa a la comprensión de muchos tecnólogos que hacen gala de formación y querencia tecnológica y no comprenden nada que no sea susceptible de ser empaquetado en un algoritmo. Edgar Morin ya nos advertía de que suele confundirse la racionalidad con el racionalismo y que este último tiende a rechazar todo aquello que no sea capaz de empaquetar y alguien tan poco sospechoso de veleidades antimatemáticas como Einstein también advertía de que no todo lo que cuenta se puede contar ni todo lo que puede contarse cuenta. En igual línea se han manifestado en buena parte de su obra John Searle o Richard Dreyfuss pero resulta inútil.
Al integrista de la tecnología todo lo que no quepa en un algoritmo le suena al viejo hay razones que la razón no comprende y lo rechaza como una mezcla de metafísica y palabrería hueca, en caso de que ambas cosas no sean redundantes.
Es curioso que así ocurra y no voy a repetir aquí argumentos al respecto que pueden encontrarse en la categoría de gestión del conocimiento de este blog. Me limitaré a dar un par de ejemplos:
Los mejores antivirus anuncian orgullosamente ser capaces de realizar un procesamiento heurístico como forma de detectar virus desconocidos. En realidad, no es un procesamiento heurístico lo que hacen en el mismo sentido que lo puede hacer una persona pero lo que sí hacen es tratar excepciones. En su comportamiento normal, comparan un conjunto de códigos con una lista cada vez más abundante pero ¿qué ocurre cuando un código no está en su lista pero, por ejemplo, un programa fuera de otra lista -la de programas autorizados a conectarse a Internet- trata de hacerlo? ¿qué ocurre cuando ese código trata de reproducirse dentro del propio ordenador? Tal vez no sea un virus pero lo parece y ahí es donde el mal llamado procesamiento heurístico actúa.
¿Qué ocurre con los buscadores de Internet? A pesar de que todos utilizamos Google, hay veces que no somos capaces de encontrar la información que buscamos. ¿Dónde la buscamos entonces? Utilizando redes sociales explícitas o software que introduce la inteligencia de los usuarios dentro de la búsqueda.
Como ejemplo, la barra de Alexa, contra la que protestará cualquier herramienta anti-spyware. Nos indica dónde van otros que han visitado la página que estamos visitando nosotros pero, para hacer eso, tienen que espiarlos y espiarnos. Amazon, participante en Alexa, hace algo parecido y, ante una compra de libros, rápidamente nos dice qué otros libros suele comprar la gente que ha comprado el mismo que nosotros o, basándose en nuestro historial anterior de compra, nos hace recomendaciones más atinadas cuanto más hayamos comprado y más datos tenga.
Es cierto que, aunque solo sea por economía, conviene tener reglas generales de funcionamiento pero, por muchas excepciones que tratemos de integrar en ellas, siempre se nos quedarán cosas fuera e incluso peor: La propia complejidad de una regla muy elaborada introducirá situaciones de excepción para las que no tendrá respuesta.
Por ejemplo, un avión puede tener un elaborado sistema para evitar que entre en pérdida -momento en que se comporta como cualquier objeto sometido a la ley de la gravedad y a su propia inercia- porque se trata de una situación seria, especialmente si se está cerca del suelo salvo…que se esté tan, tan, tan cerca del suelo que sea mucho peor tratar de recuperar la situación bajando el morro para recuperar velocidad…y metiéndolo contra la pista pero, claro, eso no le va a pasar a nadie ¿verdad? ¿verdad que eso no le va a pasar a nadie? Véase:
Curiosamente, hasta hace poco tiempo había bastantes fotografías de este caso en www.airliners.net pero han desaparecido por arte de magia. Debe ser que a Airbus le gustaba tanto su calidad artística que decidió hacerse con ellas.
Cuando nos empeñamos en que no se pueden enlatar situaciones complejas en una regla general no es ni porque seamos dispersos ni porque, como algunos integristas de la tecnología creen, porque seamos incapaces. Es porque no debe hacerse.
Si alguien lo duda, que pruebe con el inocente ejercicio que proponía al principio. Aparte de que le servirá como gimnasia mental, se encontrará con que en poco tiempo empezará a generar espontáneamente múltiples excepciones a la regla general. Eso sí, el integrista de la tecnología intentará reelaborar el algoritmo introduciendo todas ellas con lo que acabará tardando diez minutos en procesar todas ellas y hacer una sencilla suma de dos números.
Charles Handy y la idea del «donut invertido»
Hay autores que escriben un libro en su vida y lo repiten muchas veces.
Peter Senge podría ser un ejemplo; escribió «La quinta disciplina» y la repitió muchas veces más con ligeras variantes llegando a componer una especie de bolero de Ravel del management con mínimas variaciones sobre el original.
Charles Handy, a pesar de una edad mucho más avanzada que la de Senge, se ha mantenido en el punto justo del autor que evoluciona en sus planteamientos sin olvidar, en el mejor estilo político, que es lo que dijo ayer.
Es así como pueden encontrarse obras de Handy como The Age of Unreason y The Empty Raincoat donde el autor viene a decirnos que se equivocó y que la idea aportada en la primera obra de la «organización federal» o el «trébol irlandés» que supondría que todos seríamos felices y comeríamos perdices se aleja mucho de la realidad a la vista de la evolución de las cosas.
Según Handy se ha producido una separación progresiva entre los puestos que aportan valor y los puestos que no lo hacen siendo muy difícil que los ocupantes de los segundos puedan pasar a los primeros.
Precisamente para explicar el concepto del nuevo puesto de trabajo, Handy acuñó un concepto que puede calificarse de aparente estupidez y que más tarde muestra ir más encaminado de lo aparente. Este concepto es el del «donut» invertido.
Como casi todos hemos comprobado experimentalmente, un «donut» es una rosquilla que, como tal, tiene un agujero en el centro rodeado de un dulce azucarado y, a veces, bañado en chocolate. Pues bien, Handy inventó un «donut» donde el dulce ocupaba el lugar del agujero y el agujero el lugar del dulce.
Hasta ahí la tontería. Sin embargo, la explicación nos aclara que se trata de que la descripción del puesto y las normas y procedimientos a que éste se encuentra sujeto constituyen el lugar del dulce en el «donut» invertido mientras que el «agujero» que lo rodea es un contorno impreciso y difícil de definir que representa la aportación de su ocupante.
Dicho de otro modo, la parte estructural de la organización sólo aporta una fracción del valor que puede aportar una persona en su puesto a través de la aplicación de su iniciativa en terrenos que formalmente no están descritos como obligación suya.
Puesto que la iniciativa y la proactividad son las cualidades de moda, parece que este modelo apuntaría a cómo se organizan las empresas más avanzadas pero ¿es verdad? ¿realmente se quiere iniciativa en todos los puestos? ¿No hay muchos puestos donde se prefiere la controlabilidad y la previsibilidad a la iniciativa? ¿No estamos vendiendo un panorama dorado que sólo existe para unos cuantos privilegiados?
Éste es el tema que Handy trata en The Empty Raincoat cuando descubrió que el futuro ya no es lo que era.
Dos alemanes muy distintos: Günther Grass y Michael Ende
Günther Grass ha sido casi llevado a los altares como una especie de icono político hasta el momento en que se supo que había colaborado con los nazis.
Como tenía difícil salida, acabó diciendo que todos lo hicieron; es cierto que muchos sí. Por ejemplo, en El conocimiento inútil Revel muestra como destacados miembros del Partido Comunista Francés fueron colaboracionistas con el régimen nazi. Sin embargo, por interés político del momento, eso no se supo.
Entre los que no lo hicieron, se encuentra Michael Ende, recientemente fallecido. Después de La historia interminable era difícil que Ende pudiera hacer algo comparable aunque lo intentó y en una de sus obras muy menores, agrupadas en un libro que se ha titulado Carpeta de apuntes, da un conjunto de datos biográficos que muestran el tipo de personaje que era Ende.
A Michael Ende también fueron a buscarle al colegio para que se fuera con los nazis; según él mismo cuenta hubo muchos «Günther Grass» que se fueron con ellos y, cuando le tocó el turno, no se le ocurrió mejor idea que decir que él no lo hacía porque quería ser cura. Semejante respuesta exasperó al jefe del pelotón que no tuvo otra cosa que responderle que «Siéntate, payaso».
Los últimos años de su vida, Michael Ende vivió en el norte de Italia. Cuando alguien le preguntó cómo un alemán, con una mentalidad muy estructurada y acostumbrado a que las cosas funcionen, podía vivir en Italia su respuesta, que también está en el mismo libro, es muy interesante:
Según Ende, si volviera a ver un resurgimiento del nazismo que dividiera a la población entre gaseadores y gaseables, él tenía muy claro a qué lado estaría, es decir, entre los últimos.
En esas condiciones, prefería encontrarse a un policía italiano al que, ante una detención inminente, pudiera contarle una historia familiar sabiendo que el policía lloraría con él a la vez que se llevaba el reloj de oro ofrecido por dejarle marchar que con un incorruptible policía alemán.
Dos formas de vida muy distintas; un hipócrita con un pasado que ocultar que, una vez descubierto, le atribuye a todo el mundo frente a una persona sencilla aunque nada simple.
Freakonomics (Steven Levitt y Stephen Dubner)
Aunque el libro lo firman dos autores, puede decirse que las ideas que están detrás de éste son de uno solo (Steven Levitt) que es un economista atípico.
Los autores señalan -y es cierto- que no han querido hacer un tratado más o menos lineal sino que han querido aplicar conceptos de la economía a un conjunto de ámbitos distintos de la propia economía o, en otros términos, han intentado utilizar un modelo económico como causa explicativa de fenómenos que, en principio, son totalmente ajenos a la economía.
El concepto de fertilización cruzada siempre es atractivo y no puede resultarle ajeno a alguien -como es mi propio caso- que ha tratado de extraer del ámbito de la seguridad aérea modelos de mejora organizativa para la gestión empresarial. Sin embargo, también tiene sus riesgos. Quizás el autor que mejor ha tocado estos riesgos es Gareth Morgan en su excelente estudio sobre las ventajas y limitaciones del uso de las metáforas.
Puede decirse, por ello, que el libro parece carecer de un hilo conductor pero es una apariencia falsa. Cosas como comparar las prácticas de los profesores de los colegios americanos con las de los luchadores de sumo pueden sorprender pero siempre se encuentra una lógica común: El incentivo.
Lo primero que se puede recomendar de un libro como Freakonomics es, desde luego, su lectura. Está ya publicado en ediciones muy baratas y será difícil encontrar mejores formas de invertir cantidades del entorno de los 5 o 6 euros.
Lo siguiente es mencionar la parte negativa del libro que, curiosamente, coincide con la positiva y es su originalidad.
Se dice de algunos autores o conferenciantes que venderían su alma al diablo por una frase brillante. Creo que es el caso de estos autores. Como ejemplo, atribuyen la disminución de la delincuencia juvenil a la lucha de una persona por la legalización del aborto. Según su lógica, abortan más las personas de entornos marginales y, una vez que el aborto fue autorizado, los niños que, por crianza, estaban casi predestinados a convertirse en delincuentes, simplemente no nacieron.
No tengo elementos de juicio para apoyar o contradecir la idea de que la legalización del aborto tuviera incidencia sobre la delincuencia juvenil pero considerar que este factor ha sido el motor principal de la disminución de la delincuencia lleva a recordar una frase de Mariano Yela: Todo tiene que ver con todo pero no del todo.
Cualquiera que no sea simplista en sus planteamientos estará persuadido de que la lógica sistémica funciona y que realmente existe el efecto mariposa pero la utilización constante de este tipo de ejemplos da la sensación de que los autores han buscado sobre todo la originalidad, la espectacularidad y, en suma, epatar al lector.
Algunos ejemplos son muy claros y muy bien estudiados como, por ejemplo, la demostración bastante clara de la existencia de trampas en el sumo basándose en la idea de incentivos diferenciales de ganar o perder en distintas situaciones y para cada uno de los contendientes. Los autores establecen las probabilidades de victoria en función de un historial previo y muestran cómo determinadas situaciones dan lugar a unos resultados completamente distintos de lo esperado en el cálculo probabilístico. Naturalmente, la situación sólo se explica mediante el recurso a la trampa.
Para no extenderme más, los ejemplos utilizados son brillantes -incluso demasiado brillantes- y eso hace que algunos mensajes muy sólidos del libro acaben quedando apagados por la originalidad y el brillo desplegado en temas que, probablemente, lo merezcan mucho menos. Una muestra:
Los autores establecen como ideas fundamentales que los incentivos constituyen la piedra angular de la vida moderna, que la sabiduría convencional a menudo se equivoca, que los efectos drásticos frecuentemente tienen causas lejanas, incluso sutiles y que los «expertos» -desde criminólogos hasta agentes inmobiliarios- utilizan su información privilegiada en beneficio propio.
Señalan también cómo por cada persona inteligente que se molesta en crear un esquema de incentivos, existe un ejército de gente, inteligente o no, que inevitablemente invertirá incluso más tiempo en tratar de burlarlos.
En relación con la disminución de linchamientos por el Ku-Klux-Klan, a pesar de permanecer la situación de miedo, señalan algo que es perfectamente extrapolable a situaciones como la vivida en España en relación con ETA: La gente responde fuertemente a los incentivos fuertes. Y existen pocos incentivos más poderosos que el miedo a la violencia aleatoria que, en esencia, es la causa de que el terrorismo sea tan eficaz.
Su clasificación de incentivos en económicos, sociales y morales es también de gran interés así como los ejemplos en que se muestra cómo se pueden transformar unos en otros y qué efectos produce esa transformación.
En resumen, un libro muy interesante donde los autores se han visto atrapados por su propia brillantez que ha llegado a ahogar algunas de las ideas centrales del propio libro que tienen un enorme calado.
Guía políticamente incorrecta del Islam (y de las Cruzadas)
http://findesemana.libertaddigital.com/articulo.php/1276233464
El vínculo conduce a un resumen de un libro de próxima aparición y que cuenta algunos de los elementos más ajenos a los derechos humanos del Islam.
La cosa se quedaría en una anécdota si no fuera porque realmente existen tendencias dentro del Islam que siguen a pies juntillas los puntos señalados en este libro. Si miramos al cristianismo y nos basamos en los textos escritos, también encontraremos sus propias barbaridades. Véase la muestra:
Para cualquiera que viva en un país de tradición judeocristiana, aunque no pueda negar que esos textos existan, no dejará de considerarlos como algo anacrónico y que nunca se pensaría en aplicarlos hoy. Ese mismo tipo de afirmación es mucho más dudoso en cuanto se refiere a los sectores más radicalizados del Islam. Tal vez uno de los libros mejor documentados es precisamente de una musulmana, la periodista canadiense de origen ugandés Ishrad Manji, y su libro The trouble with Islam donde critica desde dentro tanto el integrismo islámico como el nacionalismo panarabista que podría utilizar al Islam como medio de expansión.
Sabemos que si algo no puede ni debe ser relativo, como su propio nombre lo indica, es precisamente la Declaración Universal de los Derechos del Hombre:
http://www.un.org/spanish/aboutun/hrights.htm
Pues bien, para que fuera aceptada, ha sido necesario crear una versión a medida para los países islámicos más reticentes:
http://www.gees.org/articulo/952
Hay una tendencia a mirar hacia el otro lado cuando se toca este tema. Esta tendencia llega desde relativizar posiciones que, en lo tocante a derechos humanos, deberían ser absolutas hasta hablar de alianzas de civilizaciones donde se dan paradojas como que uno de los componentes de la supuesta alianza pueda defender el matrimonio de homosexuales mientras el otro los ahorque en la plaza pública por el simple hecho de ser homosexuales.
¿Cabe algún tipo de alianza entre tales extremos? ¿Puede llegar a tanto el relativismo defendiendo un derecho aquí y justificando su atropello allá? ¿Se puede ser feminista aquí y contemplar como una peculiaridad cultural la ablación del clítoris allá…o incluso aquí si es realizada por los de allá?
La frase de Savater No se puede ser tolerante con la intolerancia sólo puede ser superada en su terreno por un oficial del imperio británico en la India que, al observar que pretendían quemar a una viuda al morir su marido, se interpuso. Uno de los que iban a participar en el hecho adujo que se trataba de una tradición india y el oficial no tenía por qué interponerse. A esto, el oficial británico repuso: En mi país también hay una tradición que consiste en ahorcar al que mata a alguien. Actuemos cada uno de acuerdo con las tradiciones de nuestros países respectivos. Ni que decir tiene que, ante tan enorme falta de respeto a la tradición, decidieron no quemar a la viuda.
Es cierto que las citas, sean del Corán o de la Biblia, no tienen mayor trascendencia mientras no haya alguien aquí y ahora que pretenda aplicar literalmente algo escrito hace más de mil o dos mil años. Sin embargo, ese tipo de personajes existe y, por tanto, no se puede mirar hacia otro lado en nombre de un relativismo que todo lo autoriza bajo el rótulo de peculiaridades culturales.
Al mismo tiempo que esto ocurre, uno de los mayores monumentos literarios contra la intolerancia religiosa ha salido de la pluma de Amin Maaluf con el título Los jardines de luz, pequeña obra devastadora contra los fanatismos religiosos y en favor de posiciones mucho más abiertas. Tal vez tenga algo que ver que Maaluf es libanés con raíces cristianas y ello puede haberle llevado a relativizar los credos.
El mismo autor tiene otra obra sobre las Cruzadas vistas por los árabes donde se encuentran divertidas afirmaciones como que los franceses (término genérico utilizado por los árabes para designar a los cruzados) de origen alemán tenían determinadas características que no compartían con los franceses de otros sitios (no necesariamente Francia).
Pensar que el Islam o el cristianismo son monolíticos es absurdo, dada la diversidad y cantidad de creyentes en ambas religiones. Bienvenida sea la denuncia de excesos cometidos en nombre de la religión así como la denuncia de la hipocresía de aquéllos que justifican para otros lo que nunca quisieran para ellos.
No debemos cerrar los ojos a la existencia de personas también dentro del Islam que, como el personaje de Los jardines de luz, son capaces de huir de todo tipo de fanatismo religioso.
El pequeño resumen del libro que puede leerse pinchando el vínculo ciertamente da una idea del Islam en su versión más extrema, es decir, aquélla que acepta la literalidad del Corán. Esa idea forma parte de una realidad y esa parte de la realidad es rechazable pero no única.
Son muchos los musulmanes que podrían manifestar el mismo nivel de rechazo a esa realidad que el mostrado por los no musulmanes y, sin falsos relativismos, es necesario diferenciar qué es admisible y qué no lo es.
Vargas Llosa definía las religiones como «verdades privadas» que afectan al comportamiento del creyente y a nadie más. No se puede utilizar «verdades privadas» para atacar «absolutos» como son los derechos individuales.
Al día de hoy, no podemos escandalizarnos por las barbaridades que puedan decir libros escritos hace más de un milenio. Sí debemos hacerlo, y no consentirlo, cuando alguien pretende hacer de esas barbaridades el código por el que rige su vida y pretende regir la de los demás. En ese punto, ya no valen el relativismo ni la hipocresía al uso.
El regreso del idiota (Álvaro Vargas Llosa, Mendoza y Montaner)
«El regreso del idiota» es la segunda parte del «Manual del perfecto idiota latinoamericano» con algunos elementos actualizados.
Un avance sobre el «Manual del perfecto idiota» es el hecho de que haya comenzado a discriminar entre las izquierdas de corte populista y retrógrado y otro tipo de izquierdas más modernas y civilizadas.
Sin embargo, se aprecia la influencia de Vargas Llosa padre, que, como en el anterior, prologa el libro e incurre en algunas contradicciones:
Vargas Llosa padre siempre criticó que en los países más avanzados se considerase la democracia como un lujo no accesible a otros países como, por ejemplo, el suyo y que se tuviese la idea de que una hipotética dictadura benigna pudiera funcionar mejor para sacar a un país de la pobreza.
Tal vez Vargas Llosa debería aplicarse la afirmación de Galbraith de que la mayor amenaza de la democracia es la ignorancia ya que, sin una ignorancia de base, es difícil que puedan funcionar movimientos de corte populista como los que están apareciendo por Sudamérica y por algunas partes de Europa.
El propio Vargas Llosa debería haber sacado consecuencias del hecho de haber sufrido una derrota electoral en su país a manos de un personaje como Fujimori. ¿No le dice nada eso? ¿No le parece que la frase de Galbraith es perfectamente adecuada a esa situación?
«El regreso del idiota» contrapone países que llevan una trayectoria descendente gracias a movimientos populistas donde la adscripción política es lo de menos porque resulta bastante móvil. Casos como Chávez y su transfiguración de militar golpista a caudillo de la izquierda o, en la Italia reciente, de Berlusconi, de colaborador de la izquierda a populista de la derecha son muy significativos.
Resulta también significativo que, entre los países que están funcionando bien gracias a la receta del liberalismo económico, sitúen a China. Cierto que China resulta el gran emergente pero ¿dónde está la democracia política que los Vargas Llosa padre e hijo consideran como condición previa? ¿No está invalidando su propio ejemplo las tesis iniciales?
En suma, se trata de un buen libro de denuncia donde añade un conjunto de recomendaciones bibliográficas muy notables. Es cierto que desde «El manual del perfecto idiota» ha salido un modelo de izquierda populista y retrógrada al que atacan con una saña que algunos entendemos plenamente justificada.
Se olvidan, sin embargo, de que ese mismo populismo aparece en la derecha. Berlusconi es un ejemplo de ello y aún tenemos un enorme interrogante sobre la figura de Sarkozy. Sarkozy realizó un discurso programático que está reflejado en este mismo blog y que, en muchos aspectos, puede considerarse ejemplar pero, puesto que ha ganado las elecciones, ahora le toca demostrar si es un político que va a dejar huella o se trata de un populista más, en esta ocasión de la derecha.
El auténtico problema no es la derecha o la izquierda. Quizás en el caso español la izquierda tiene un complejo de hiperlegitimidad totalmente rechazable pero, con esa salvedad, puede decirse que la izquierda y la derecha modernas discrepan en lo que consideran los medios adecuados pero no en los fines.
El problema es la emergencia de líderes populistas que dejan en evidencia la veracidad del aserto de Galbraith sobre la amenaza que la ignorancia representa para la democracia. En este caso, la situación se invierte. Los populismos de izquierda o de derecha pueden diferir en los fines pero comparten los medios.
Bienvenida sea la denuncia de «El regreso del idiota» contra los populismos. Bienvenida sea también su idea de separar modelos de izquierda señalando por qué unos son aceptables y otros no. Sin embargo, deberían analizar sus propias contradicciones tanto en lo relativo a la relación entre democracia y avance económico como en la ceguera parcial de no reconocer que también pueden existir populismos en la derecha.
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