Categoría: Libros y autores

Basic Economics: A Common Sense Guide to the Economy (Thomas Sowell)

Magistral. Este libro podría, con justicia, considerarse el credo de la economía liberal.

Sowell tiene otros libros sobre distintos temas pero puede decirse que todos ellos tienen aquí su raíz, lo mismo si hablan de conocimiento y de decisiones, de raza o de la izquierda «progre».

Cuando Sowell habla de economía, no está hablando de finanzas sino que trata de responder a la pregunta de qué se está primando con una determinada acción y qué consecuencias se siguen de ello. Por eso, va mucho más allá de lo que habitualmente se considera que entra dentro de la macro o microeconomía. Es otra cosa.

Por supuesto, Sowell es partidario de la libertad de precios siempre que esta libertad no se produzca en un entorno de monopolio, bendecido por las normas o de carácter fáctico. En ese entorno, los precios representarían el papel del mensajero que está informando a todos acerca de la escasez relativa de algo y animando o no a nuevos entrantes.

Un ejemplo muy bien utilizado es el del petróleo. Para Sowell, una de las grandes falacias es considerar que hay una cantidad fija de algo prescindiendo del precio. Así, comenta el caso de pozos de petróleo especialmente difíciles o caros de explotar que no son rentables por debajo de un precio pero que, cuando el precio sube, se ponen en explotación haciendo variar las reservas cuantificadas.

Hay dos falacias a las que dedica especial atención: La de la composición y la de la suma-cero. La de la composición se refiere a extender algo, generalmente muy visible, a todo el entorno.

El ejemplo que utiliza es el caso de una gran empresa que despide a personal y cómo esto puede ser visto como «aumento del desempleo» mientras que, paralelamente, un Gobierno podría verse tentado a intervenir para salvar esos puestos de trabajo y con su acción evitar la entrada de nuevas inversiones. En el caso español, tenemos recientes situaciones como la de Delphi o empresas que han cerrado en la zona de Cataluña con gran escándalo de los políticos que han pensado penalizar a los que huyen. Es posible que puedan hacerlo pero, en tal caso, esa penalización podría llevar a otros potenciales inversores a llevarse su inversión para otro sitio.

La falacia de la suma-cero se refiere a la teórica existencia de un volumen específico de algo que hay que repartir de la manera más justa posible. En estos repartos, utilizando mecanismos como precios controlados, etc. se acaban creando incentivos y desincentivos que pueden provocar un efecto de rebote y conseguir justamente lo contrario de lo que pretendían.

Vinculado con esto, Sowell trata de diferenciar cuidadosamente entre las intenciones y los efectos. Una buena intención que lleva detrás un conocimiento deficiente sobre cómo funcionan realmente las cosas puede dar lugar a una situación peor que la que trata de arreglar.

Cuando trata el funcionamiento de las economías socialistas, Sowell no recurre a conceptos más o menos manidos en la línea de la búsqueda de una mejor distribución o de la sustitución de élites económicas por otras políticas. Simplemente, razona el asunto en términos de carencia de conocimiento: Alguien que tiene que coordinar millones de precios no puede tener ni el conocimiento específico ni la rapidez de respuesta necesarias; si ese alguien no existe y se deja que los precios se controlen por medio de un mecanismo de oferta y demanda, cada uno elige lo que compra de acuerdo con lo que sabe que necesita y las reacciones son muy rápidas.

Sobre la productividad, la idea de Sowell no resulta original y puede leerse en un clásico como la Introducción al estudio del trabajo de la OIT. La productividad es la resultante del trabajo aplicado sobre unos recursos (tecnológicos, organizativos y financieros) y, por ello, un país puede tener trabajadores muy productivos y muy bien pagados si esos recursos están presentes. Naturalmente, lo contrario también es cierto.

Utiliza Sowell como ejemplo el uso de vagones de tren. Un tren de carga que llega de madrugada a una estación queda simplemente apartado para ser descargado al día siguiente si…la mano de obra es cara y hay vagones -es decir, capital- suficiente mientras que, si la mano de obra es barata y hay pocos vagones, se tiene gente para descargarlo de madrugada y poder utilizar nuevamente el tren.

En cuanto a los inventarios, los define simplemente como sustitutos del conocimiento. Cuanta mayor seguridad se tenga en cuanto a las entregas, menos inventario -con el dinero inmovilizado asociado al mismo- hay que tener.

Otro aspecto interesante es el de los mecanismos de decisión y la consideración, cuando la política entra en juego, de algunas valoraciones como absolutas. El ejemplo que utiliza, bastante expresivo, compara a la comida con la música. Normalmente, todos consideraríamos la comida como un valor absoluto frente a la música pero, si así fuera, todos seríamos obesos y a Beethoven le habrían puesto a cultivar patatas. Naturalmente, cuando hay hambre, la música pasa a un lugar secundario pero, una vez que el hambre está saciado y hay un nivel de comida, los términos pueden pasar a invertirse. Estos cambios de posición relativa entre variables son los que a menudo son ignorados en los mecanismos de decisión política.

Otro concepto interesante es el de «coste externo», es decir, el coste que puede asumir alguien no participante en el juego de oferta y demanda y cómo éste es el terreno en el que se deberían mover los gobiernos. En cuanto al papel del gobierno en una economía liberal, no me resisto a hacer algunas transcripciones literales:

La función más básica del gobierno es proporcionar un marco de ley y orden, dentro del cual la gente puede dedicarse a cualquier actividad que elija, económica o del tipo que sea a través de ajustes y acuerdos mutuos. Hay también algunas actividades que generan costes o beneficios significativos y que no sólo afectan a los individuos que se dedican a ellas. Aquí, el gobierno tiene que tomar nota de esos costes y beneficios donde el mercado no lo haga.

Cuando se refiere al coste de la corrupción, dice lo siguiente:

El coste de la corrupción no se limita a los sobornos recaudados, puesto que éstos representan transferencias internas más que reducciones netas de la riqueza nacional en sí mismas. Puesto que los recursos escasos pueden tener usos alternativos, el coste real son las alternativas perdidas -actividades económicas retrasadas o abortadas, empresas que no se inician, inversiones que no se hacen, el crecimiento de la riqueza y del empleo que no se produce en una sociedad corrupta así como la pérdida de la gente más hábil, mejor formada y más emprendedora que abandona el país.

Sobre la ley y la seguridad jurídica, una simple frase:

Para promover la actividad económica y la prosperidad resultante, las leyes tienen que ser, sobre cualquier otra cosa, confiables.

Sin duda, todos estos conceptos se van a encontrar en el resto de los libros de Sowell que vienen a ser aplicaciones a situaciones específicas.

Seguridad aérea: «Improving air safety through organizational learning»

https://www.ashgate.com/shopping/title.asp?isbn=0%207546%204912%201 –

Este vínculo lleva al sitio de la editorial Ashgate donde está la reseña del libro «Improving Air Safety through Organizational Learning».

En contra de lo que indica su título, es en realidad un libro sobre gestión de conocimiento más que sobre seguridad aérea. Por razones obvias, ha habido mucha presión para aprender en lo relativo a seguridad en aviación y eso ha hecho que este ámbito avance más deprisa que el empresarial.

Cuando, allá para finales de la década de los 70, comenzaron a aparecer problemas y se dejó de aprender al ritmo deseable, las causas de ese fallo son perfectamente extrapolables al ámbito empresarial. Unos años más tarde comenzaron a aparecer idénticos problemas en grandes organizaciones sin relación alguna con la aviación.

El atractivo que tiene el terreno de la aviación, para alguien que le resulte indiferente, es que sirve para marcar un camino: Puesto que la presión es mayor, el avance es más rápido y lo que ocurre en ese ámbito nos puede servir de brújula para saber qué va a pasar en un tiempo en el ámbito empresarial.

La seguridad nuclear podría haber sido utilizada igualmente como ejemplo. ¿Por qué no se hizo? Por dos motivos: Primero y principal, porque el autor del libro -quien escribe estas líneas- tenía más fácil acceso y mayor conocimiento del terreno de la aviación que del de la energía nuclear. Segundo: Porque el modelo organizativo de una central nuclear hace que nunca se rompa la pirámide organizativa, es decir, siempre se puede encontrar a alguien que sabe más y eso implica que se le puede exigir a un operador muy cualificado que opere conforme a síntomas, es decir, un modelo de actuación «If…Then». En aviación, ese operador muy cualificado sería el piloto del avión pero la pirámide organizativa se encuentra rota. Cuando el avión está volando, no hay tiempo ni posibilidad de consultar determinadas decisiones sino que han de ser tomadas por el piloto. Es, en ese sentido, un modelo de organización forzosamente descentralizado y no se le puede pedir que opere bajo el modelo «If…Then» sino que resuelva el problema con los medios a su alcance.

“Contra las patrias” de Fernando Savater

Se trata de un tema de actualidad en España: El nacionalismo.

Savater no es el primero ni será el último en tocar el tema. Vargas Llosa ha afirmado que ‘El nacionalismo es una ideología colectivista que convierte en un valor el accidente más banal, que es el lugar de nacimiento de una persona, y hace de eso un valor y, en alguna forma, un privilegio’ y también está lejos de ser el primero.

El anterior Papa lo consideró una idolatría de nuestro tiempo y Amin Maaluf le dedica otro libro, también reseñado aquí: «Identidades asesinas».

La amenaza de balcanización está presente en todo lugar donde alguien se considera diferente, es decir, mejor y ello le hace acreedor a tener un conjunto de derechos que le coloquen por encima de otros. Naturalmente, para que esa amenaza sea efectiva, tiene que haber además alguien que haga dejación de sus funciones de cumplir la ley.

Hace pocos días, nos enteramos de que no hay que forzar el cumplimiento de las leyes sino que hay que convencer de su cumplimiento. Véase el caso:

http://www.diariosigloxxi.com/noticia.php?ts=20070927135031 .

El artículo está escrito por alguien que no puede calificarse precisamente de enemigo del actual Gobierno pero parece que hasta la amistad tiene un límite y éste no es otro que el de la lógica. ¿Se aplicará también esa sorprendente regla de «convencer» a la hora del pago de impuestos?

¿Qué aporta Savater en todo esto? En primer lugar, deshace una falacia: El nacionalista se mueve en un universo nacionalista donde, si alguien le ataca, es acusado de ser también nacionalista y donde la única diferencia estaría en la zona geográfica a la que uno y otro llaman «nación».  Por supuesto, cuando alguien nacido en su misma zona no es nacionalista, pasa a ser un «traidor».

El propio título del libro rechaza ese tipo de argumento y una cita de Toynbee «El espíritu de la nacionalidad es la agria fermentación del vino de la Democracia en los viejos odres del tribalismo» así lo certifica.

Cita Savater tres grandes enemigos de la posibilidad de conseguir una convivencia en España que, respetando las diferencias, no produzca un efecto centrífugo:

  1. La exaltación patriótica de los partidarios de la «unidad sagrada de la patria»….quienes no conciben ninguna fórmula federativa viable que proporcione un cauce realmente no centralizado y monolítico a la diversidad evidente del país.
  2. La exaltación patriótica de quienes -contra toda evidencia histórica y toda prudencia política- consideran «irrenunciable» el derecho de cada nación étnica y cultural a conseguir un Estado independiente.
  3. La exaltación patriótica (inducida) de los mil y un nacionalismos urgentemente prefabricados anteayer y que dan de comer provechosamente a tanto cacique y a tanto político corrompido. Viendo éstos la rentabilidad de la disidencia, no censan de buscarse más o menos grotescas señas de identidad, exhiben mutilaciones sufridas en su oprobio colonial hasta hace poco no presentido y fomentan por todos los medios a su alcance un perpetuo afán bélico de todos contra todos en el que depositan su esperanza de medro político.

Éste es el tema que desarrolla el libro y, viendo la evolución que están teniendo los nacionalismos en España animados por un Gobierno especialmente tolerante de sus acciones más extremas, quizás habría algunos matices que introducir:

El primero de los problemas que identifica Savater tiene hoy una importancia minoritaria, al menos, en lo que al caso español se refiere. Las frases presuntamente heroicas del tipo «España es una unidad de destino en lo universal» corresponden a otras épocas y no son muchos los que están dispuestos a suscribirlas y menos aún a mover un dedo por favorecer que así sea.

El segundo problema se refiere al nacionalismo especialmente violento -incluso asesino-  que recuerda demasiado a los «camisas pardas» de Hitler tanto en su embrión de pensamiento como en sus actos. No sería demasiado problema si no existiera permisividad para esos actos que, si no se paran oportunamente, pueden producir una deriva peligrosa en forma de secuestro de toda una sociedad.

El tercer problema apunta directamente a los políticos que han medrado y medran apoyándose en ofensas pasadas reales o ficticias. Del mismo modo que el segundo problema es básicamente de orden público y de obligar al cumplimiento de las leyes, el tercero es una cuestión de representatividad: No se le puede dar la llave de un Estado a alguien cuya máxima aspiración es destruirlo y ése ha sido un pecado difícilmente perdonable cometido por los dos grandes partidos en España.

Existe un cuarto problema que Savater no cita en su libro y que va creciendo en intensidad: El efecto centrífugo no nacido en la periferia sino en el centro. En un reciente artículo de Juan Carlos Girauta -catalán- se refería a ese riesgo:

http://www.libertaddigital.com/opiniones/opinion_39495.html

Cuando los excesos del segundo y tercer tipo van creciendo, si no con la bendición, al menos con la inacción de un Gobierno, en lo que desde lo que los nacionalistas llamarían la «metrópoli» empiezan a subir de tono las voces que no sólo aceptan la independencia sino que piden la expulsión.

Puede criticarse esa posición, expuesta y criticada por Girauta y  no mencionada en el libro de Savater pero que, sin duda, hoy existe y tiene su lógica: Si las exigencias de privilegios por parte de los nacionalistas obtienen una respuesta favorable, está claro que alguien los paga.

Como, en el caso español, Madrid es sinónimo de «centralismo» se ha visto este fenómeno en los presupuestos para 2008: Además de quedar prácticamente congelados, los presupuestos de Madrid contemplan partidas tan ajenas a los intereses o a las necesidades de los ciudadanos madrileños como 12 millones de euros para arreglar el Palacio de la Moncloa (¡ya tiene que estar mal!), partidas relacionadas con Melilla o con ríos que no pasan por Madrid así como material de oficina e informática para los Ministerios.

¿No es lógico que los afectados, en este caso los madrileños, se cansen en un momento de ejercer como «primos» que, además de esquilmados, resultan permanentemente insultados por su «centralismo»?

Girauta critica esa reacción señalando que se les hace el juego a los nacionalistas al confundir catalán con nacionalista catalán, vasco con nacionalista vasco, etc. y tiene razón. Sin embargo, no es menos cierto que en algunas zonas el voto nacionalista es mayoritario y la abstención difícilmente puede ser una excusa.

La argumentación de Savater sobre los nacionalismos es, como de costumbre, buena aunque con la carencia señalada si nos referimos a la más rabiosa actualidad. Cierto que quienes más sufren la dictadura silenciosa impuesta en las zonas donde hay un predominio del nacionalismo son precisamente los nacidos allí que no son nacionalistas. No es de extrañar por ello la reacción de Girauta así como tampoco es de extrañar que los promotores del partido antinacionalista UPL sean vascos o los del también antinacionalista «Ciudadanos de Cataluña» sean catalanes.

Los tres puntos del análisis de Savater vienen a representar el principio de la física de acción y reacción. Quizás lo que no había previsto al concluir su libro es la posibilidad de un movimiento pendular de un carácter distinto. Reducida casi a la marginalidad la idea de que «tenemos que permanecer juntos», el péndulo puede, en este caso, hacer que los nacionalistas consigan su objetivo de independencia pero inducido desde dentro. Si así ocurriera, no cabe duda de que el éxodo -que ya hoy existe- de ciudadanos no nacionalistas que optan por salir de la tierra en que nacieron se vería aumentado.

http://www.elmundo.es/cronica/2000/CR271/CR271-10.html

http://www.abc.es/20070928/nacional-terrorismo/provocado-exiliados-pais-vasco_200709280833.html

El ventajismo en la política suele tener esos efectos y, una vez puesto en marcha el mecanismo, tiene difícil marcha atrás. A título de ejemplo, llevamos mucho tiempo oyendo hablar del intento de los nacionalistas de crear selecciones deportivas nacionales específicas de su región. En particular, en Cataluña, se buscan los deportes y las localizaciones más insólitos para conseguir que les acepten su selección nacional como tal.

Hasta no hace mucho tiempo, había una oposición cerrada. Esa oposición, en muchos casos, ha ido derivando hacia otra cosa y, cuando se llega a los deportes que mueven más público y se exige que haya una selección nacional catalana de fútbol, la réplica del hastiado de tanto «hecho diferencial» acaba siendo: De acuerdo, pero jugad también la Liga Nacional de Cataluña porque, si tenéis vuestra selección nacional y queréis darle carácter oficial, no tenéis por qué estar en la Liga española.

Éste es un efecto que no previó Savater; por lo demás, es un libro que vale la pena leer.

«Race and culture» de Thomas Sowell

Como diría Jesulín de Ubrique, el libro es «en dos palabras im…presionante».

Sowell es un defensor del liberalismo y de una teoría económica entendida en un sentido amplio, es decir, más que plantearse cuestiones como si la discriminación existe o no, se plantea cuál es el refuerzo que se obtiene por determinada conducta y cómo, en última instancia, la conducta tiene una justificación económica. Comienza poniendo en discusión los términos mismos en que suele plantearse el asunto:

Mucho del vocabulario utilizado para discutir temas étnicos y raciales está menos preparado para la clarificación que para evitar que se consideren algunos factores que podrían resultar embarazosos para aquéllos que sostienen una particular visión ideológica.

Algunos de sus ejemplos son divertidos como, por ejemplo, lo difícil que sería para un racista declarado organizar un equipo de baloncesto donde excluyera a los negros.

Curiosamente, algo parecido a eso se da en un equipo de fútbol español muy preocupado porque sus jugadores sean o de muy cerca o de muy lejos pero no les gustan las distancias medias.

Lo más interesante del libro, aparte de la argumentación, es el esfuerzo documental. Sowell es popperiano en el sentido de que lleva a sus últimas consecuencias el principio de falsación: Cuando trata de mostrar que un estereotipo es falso,  abrumará con un chorro de ejemplos de todas partes del mundo donde se muestre una conducta distinta de la estereotipada.

Es de los libros que, necesariamente, hay que leer con un rotulador para subrayar y tiene demasiadas cosas que, aunque editado en 1994, recuerdan a la España actual y probablemente no sólo a España:

La movilización política de la envidia ha conducido a restricciones legales en contra de grupos productivos y políticas preferenciales para favorecer a aquéllos incapaces de competir con ellos recurriendo a expulsiones en masa, confiscaciones y violencia mafiosa.

El anterior comentario es uno de los muchos que Sowell hace relativos a la inmigración y a los estereotipos alrededor de ella. Dedica bastante espacio a los programas destinados a evitar la «discriminación» por la cual acaba habiendo concentraciones de población por razón de idioma, procedencia, niveles de renta u otros:

En un mundo con objetivos multidimensionales, todos ellos constreñidos dentro de los límites de la capacidad para generar riqueza, la intervención de los gobiernos siempre puede mejorar una dimensión y documentar esa mejora como un «éxito» ignorando las otras dimensiones sacrificadas. La vivienda es sólo un caso especial de ese principio general. Como con otros casos especiales, la dimensión escogida para la mejora es visible a los observadores mientras que las sacrificadas son menos visibles. El futuro, necesariamente invisible, es sacrificado.

Este párrafo necesariamente recuerda a las promesas o a las medidas de corte electorero propias de los políticos en época de elecciones.

Además, Sowell distingue muy bien entre la educación que provee habilidades y la que provee diplomas con un concepto erróneo de que la igualdad no significa que todo el mundo pueda llegar al punto de partida y, a partir de ahí, se gane su acceso al punto de llegada. En lugar de eso, los «modernos» pretenden considerar un derecho el que todo el mundo, con independencia de capacidad o mérito, llegue al punto de destino y, al hacerlo así, convierten la educación en, empleando la expresión de Sowell, «proveedora de diplomas» a la vez que la vacían de habilidades.

Sobre este asunto en particular, hay varios comentarios de los que se recogen los más representativos:

La educación puede, de hecho, reducir la productividad de un individuo a través de las expectativas o aversiones que crea en éste a la vez que genera, o no, habilidades. La clase específica de educación, el individuo que la recibe y los valores culturales de la sociedad concreta determinan si se van a obtener y cuáles van a ser los beneficios de una mayor escolarización…

Una sociedad puede ser ingobernable debido a la imposibilidad de satisfacer a todos aquellos con un sentimiento de «tener derecho a…» y sin las habilidades o la capacidad para crear la riqueza que permita satisfacer esas expectativas…

Es comprensible que en las naciones del Tercer Mundo que han sido regidas durante generaciones por burócratas coloniales sentados detrás de sus mesas, encorbatados y removiendo papeles, sea ése el rol que quieran imitar cuando tienen la oportunidad. Sin embargo, la riqueza y el poder de la nación imperialista no es creada por ese tipo de conducta sino por la ciencia, la tecnología, la organización, la disciplina y la capacidad de emprender. Estos elementos producen riqueza a miles de kilómetros de la colonia fuera de la vista de la gente de dicha colonia y, por tanto, el modelo a imitar para ellos es el que tienen más cerca.

En cuanto al efecto de los nacionalismos, también es tratado en algunos puntos del libro:

Una «identidad» cultural exagerada puede tener serias consecuencias. Entre ellas está dar un arma muy poderosa a los más extremistas de cada grupo y eliminar el avance cultural de masas de la población a las que arrebatan las ventajas culturales de una sociedad más amplia a su alrededor. En el largo plazo, esto da lugar a un provincianismo que se paga muy caro.

Sin duda, esto se lo pueden aplicar algunas sociedades que insisten en escolarizar a sus generaciones más jóvenes -llegando a conductas más propias de la Gestapo que de una democracia como vigilar en qué lengua hablan los niños en el recreo- en el idioma local renunciando al bilingüismo que les es propio. La cerrazón identitaria, sin duda, no la pagarán quienes la provocan sino las generaciones posteriores. En la misma línea va el siguiente párrafo:

El nivel mínimo necesario para que exista un antagonismo entre grupos necesario para que haya partidos con contenido étnico puede ser producido por un único político demagogo pero, una vez que la lógica de la rivalidad basada en etnias adquiere su propia dinámica, es independiente del demagogo que la inició…La polarización étnica o racial no es un proceso fácilmente reversible una vez que se han creado los requisitos para la existencia de partidos cuya base principal sea la etnia.

El enfado político y la exigencia de privilegios no están, por supuesto, limitados a los menos privilegiados. De hecho, incluso cuando las demandas se realizan en nombre de los menos privilegiados por raza o etnia, a menudo son los miembros más privilegiados de esos grupos los que hacen las demandas y los que se benefician de las políticas diseñadas para satisfacer esas demandas.

Una rápida expansión de la educación es un factor de producción de conflictos, especialmente cuando se trata de la educación que produce diplomas en lugar de habilidades que tengan un valor económico significativo en el mercado.

No incluyo aquí el texto literal de un tema tratado en el libro y que resulta preocupante. Muy resumido, viene a decir lo siguiente:

En la sociedad de Sri Lanka había una fuerte división entre dos etnias que tenían costumbres y lenguajes distintos. Sin embargo, las clases más instruidas de las dos etnias tenían como idioma común el inglés -incluso para uso familiar- y vivían mezclados en las mismas zonas. Los optimistas consideraron, en su momento, que esas clases instruidas serían las que servirían de puente para que desapareciera el enfrentamiento étnico; en realidad, ocurrió justamente lo contrario: Las clases instruidas fueron abandonando el inglés como lengua común y se refugiaron en las lenguas de su etnia -con el perjuicio que ello implica de ser expulsados de todo tipo de comunidad científica y técnica internacional- participando en un enfrentamiento que aún hoy permanece.

En cuanto a la madurez política de las sociedades, sirvan éstos:

Como en otros campos, la mera copia de las instituciones de sociedades estables no puede crear tradiciones evolucionadas históricamente y actitudes que son las que hacen que esas instituciones funcionen.

Por su propia naturaleza, la política no puede generar las habilidades, actitudes y hábitos necesarios para conseguir un desarrollo económico de largo plazo. Lo que sí puede crear son los símbolos de que se ha conseguido algo.

NOTA FINAL: Sowell es mi descubrimiento particular de este verano ya que sólo había leído de él algunos artículos publicados en el periódico www.libertaddigital.com . Lo visto hasta ahora -todavía me queda alguna cosa- creo que justifica que deba ser un autor más difundido, y por tanto traducido, si no por una editorial de tipo general, aunque esto sería lo más deseable, por alguna de las pequeñas editoriales vinculadas a movimientos liberales.

El final de Harry Potter

La verdad es que el libro ha quedado tan cerrado que, si se intenta reabrir la serie, va a ser necesario retorcer bastantes cosas o adelantar unos cuantos años en el tiempo.

No me gustaría poner directamente cuál es el final de Harry Potter sino, salvando las distancias, hacer algo parecido a un conocido enigma matemático:

http://thales.cica.es/almeria/mios/oli_nac/problema.htm (ver viernes 26 de junio).

En una línea similar pero más sencilla, uno de los sobrinos de Ron se llama Albus Severus. A partir de ahí, cada cual puede hacer sus apuestas sin necesidad de reventar el final.

«The vision of the anointed» de Thomas Sowell («Progres» contra «bienpensantes»)

«Anointed» se puede traducir literalmente por «Ungidos» si bien en el español de España y una vez visto el contenido del libro, el título podría ser traducido libremente como «la visión de los progres».

La palabra «progre» es, desde luego, peyorativa y se refiere no a la izquierda en general sino a un determinado tipo de izquierda que, en lugar de ejercer un pensamiento más o menos crítico, vive de etiquetas, latiguillos y está inmersa en lo «políticamente correcto» que consideran fuente de toda sabiduría.

La definición de ellos que hace Sowell es la siguiente: No sólo se consideran ajustados a la realidad sino que creen estar moralmente en un plano superior. Dicho de otro modo, los que están en desacuerdo no sólo están en un error sino que están en pecado.

Es difícil definir con más precisión y con menos palabras el modelo de pensamiento «progre» aunque hay un problema: La definición es excesivamente amplia porque podría dejar dentro a la contraparte del «progre», a saber, el «bienpensante» o la «gente de orden» con iguales latiguillos, aunque de signo contrario, y tan repelente como los primeros.

¿Por qué Sowell arremete contra los primeros? Desde una perspectiva simplista, podría pensarse que porque Sowell es de derechas pero eso no le haría justicia a un autor que hila mucho más fino que todo eso.

El «bienpensante» se ha sentido tradicionalmente apoyado por las instituciones gubernativas, militares, religiosas, etc. que le decían que su forma de ver el mundo era la única y, además, la correcta. En consecuencia, no ha desarrollado habilidades para moverse en un mundo donde todo ese apoyo o no existe o pierde mucho de su valor y se le ve venir de lejos, lo que ha limitado mucho el riesgo que los colectivos de «bienpensantes» puedan suponer para una sociedad auténticamente abierta.

El «progre» no se encuentra en esa misma situación. Generalmente no se ha visto tan arropado aunque en determinados círculos de la «intelligentsia» haya prevalecido y ha buscado otro tipo de armas, habitualmente la falsificación de la realidad.

Sowell no sólo denuncia usos torticeros de información estadística para apoyar determinada posición, escogiendo los datos que les interesan y rechazando los que no, sino que llega a establecer cuáles son los métodos de actuación en el entorno «progre». Entre ellos, cabe destacar los siguientes:

A pesar de la gran variedad de asuntos que han provocado movimientos de cruzada entre la «intelligentsia» durante el pasado siglo, varios elementos clave han sido comunes a la mayoría de ellos:

  1. Lanzamiento de la voz de alarma sobre un gran peligro para el conjunto de la sociedad, peligro del que las masas no son conscientes.
  2. Una urgente necesidad de acción para impedir la catástrofe que viene.
  3. La necesidad de que el gobierno de turno evite la peligrosa conducta de muchos como respuesta a las sabias conclusiones de unos pocos.
  4. Un desdeñoso rechazo de los argumentos contrarios a los que califica de no informados, irresponsables o dirigidos por propósitos inmorales.

Después, Sowell da una serie de ejemplos donde se ha seguido este modelo de actuación.

Hacer equivalente la diferencia estadística con la discriminación implica asumir que no existirían grandes diferencias en la ausencia de tratamientos distintos.

A continuación, Sowell da una gran cantidad de ejemplos de «discriminación» entre los que se encuentra que los rayos caen seis veces más sobre los hombres que sobre las mujeres.

Respecto de la interpretación de datos estadísticos y la confusión entre correlación y causalidad y las conclusiones que se extraen de esa confusión, poco se puede añadir.

Sowell, como es usual en él, utiliza muchos ejemplos relativos a la discriminación y a cómo se inventan conductas discriminatorias basadas en meras correlaciones ignorando factores que pueden ser mucho más relevantes que los que se ponen de manifiesto para alegar la existencia de tales conductas.

Tengo que añadir, sin embargo, que, a diferencia de otros libros de Sowell, la lectura de éste me ha resultado algo más incómoda. Hay un fenómeno humano y es el hecho de que, cuando se trata de argumentar contra algo, una forma de reforzar la propia argumentación es escorarse cada vez más lejos de lo que sería una posición razonable.

La lectura del libro me ha recordado en algunos pasajes a la excelente película Crash donde, por un lado, aparecen fenómenos como los denunciados por Sowell con frecuencia (la persona absolutamente inútil situada en una posición en que no debía estar como beneficiada de una ley protectora de minorías real o supuestamente discriminadas) pero aparecen otros tipos de discriminación más sutiles -no las discriminaciones de trazo grueso de los «ungidos» fácilmente rebatibles- y éstas son ignoradas por Sowell, supongo que llevado por la inercia de su propia argumentación.

A pesar de este pequeño punto negro, sin duda, el libro merece ser leído y pone de manifiesto muchas de las manipulaciones a que estamos sometidos en una presunta sociedad abierta que cada vez se ahoga más en la charca de lo políticamente correcto.

Son interesantes las revisiones editoriales disponibles en Amazon:

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Aportaciones de la economía

Quizás sea un problema de desconocimiento pero siempre había visto a los economistas como unos financieros con ambiciones teóricas y poco pegados a la práctica.

Alguien definía a un economista como un señor que está viendo como otro se va a lanzar desde el trampolín a una piscina sin agua y susurra «se va a dar un porrazo contra el fondo» y, cuando efectivamente ocurre así, grita «ostentóreamente» que habría dicho Jesús Gil «¡¡¡se lo dije!!!».

Este año, sin embargo, he tenido ocasión de descubrir a dos economistas que no responden a ese patrón. Levitt, el autor de Freakonomics, trata de introducir conceptos económicos -no financieros- a muchos aspectos de la vida diaria y llega a conclusiones muy interesantes.

El hecho de que Levitt haya sido muy leido y, al mismo tiempo, se le considere un economista poco ortodoxo muestra que, lamentablemente, no es ésa la línea que siguen muchos economistas.

El segundo descubrimiento es Thomas Sowell del que, hasta el momento, sólo había tenido ocasión de leer artículos:

http://www.libertaddigital.com/index.php?action=morearticles&cpn=500&firma=1

La primera edición de su libro «Knowledge and decisions» es muy anterior a la aparición del concepto «Gestión de conocimiento» y el calado y la articulación de conceptos nacidos de la economía es muy superior al que puede encontrarse en algunos celebrados autores de la materia.

Conceptos como el «coste del conocimiento» y su impacto en las decisiones o por qué se puede llegar a la zona de rendimientos marginales cuando una persona o institución consigue zafarse del efecto de sus propias acciones son simples muestras de los temas tratados por Sowell.

Del mismo modo que Levitt aplicó conceptos económicos para explicar trampas en el sistema escolar estadounidense o en el sumo o…por qué los traficantes de droga viven con sus madres, Sowell lo ha aplicado a cuestiones como el efecto de las leyes de discriminación positiva llegando a unas conclusiones demoledoras (por cierto, Sowell es negro).

Las contribuciones de autores como Levitt o Sowell permiten mirar a la economía con otros ojos y, ciertamente, con más respeto ya que da claves valiosas sobre el funcionamiento de una sociedad o una organización haciéndose una muy vieja pero a menudo olvidada pregunta: Cui prodest?

Sería injusto criticar en exclusiva a los economistas por haber dejado de lado partes centrales de su posible contribución ya que lo mismo se puede atribuir a otras profesiones.

Para no ir muy lejos, la psicología también puede dar muchas claves de funcionamiento tanto individual como social y, sin embargo, raros son los psicólogos que se han aventurado en ese terreno habiéndose quedado en temas presuntamente mucho más prácticos y mucho más limitados.

Si vamos a la medicina ¿qué decir? Rousseau, en «Emilio», se dedica intensivamente a atacar a los médicos y ,cuando decide hacer lo más parecido a una disculpa que Rousseau podía hacer, dice: «Se me dirá que la medicina es un arte y los fallos son del médico. Sea enhorabuena. Venga la medicina sin el médico porque, mientras no sea así, más habrá que temer de los fallos del artista que socorros esperar del arte».

A lo mejor todos caemos en lo mismo. Los economistas no son una excepción y pueden necesitarse economistas excepcionales para llegar a vislumbrar qué puede aportar de verdad la economía.

Una noticia y un libro: La salida del PSOE de Rosa Díez y «La venganza de la historia» de Hermann Tertsch

Normalmente, el verano es una época propicia para lecturas pendientes o para descubrir libros olvidados en una estantería y que no se pudieron leer en su momento.

Éste ha sido el año en que finalmente he podido leer a Thomas Sowell, leer más de Amin Maaluf y descubrir un libro que Hermann Tertsch publicó allá para 1993 en «El País-Aguilar».

El libro versa , principal pero no exclusivamente, sobre el proceso de Yugoslavia aunque lo amplía explicando las causas de la descomposición del imperio soviético y cómo esa descomposición dio lugar a la emergencia de un conjunto de nacionalismos de los que el yugoslavo era sólo un ejemplo.

En aquel momento, no conocía a Tertsch y, si tenía el libro, es porque alguien me lo regaló. Al verlo ahora y saber más del perfil público de su autor, he sentido curiosidad y me he encontrado con dos cosas que me han sorprendido: La primera es una capacidad de análisis muy superior a la que cabe esperar en una gran mayoría de los comentaristas políticos y la segunda es que el discurso de Tertsch en 1993 es absolutamente coherente con lo que hoy puede leerse o escucharse a la misma persona. Siendo así, queda una pregunta en el aire: Si Tertsch defiende hoy lo mismo que defendía hace catorce años ¿por qué hoy es persona non-grata en «El País» y entonces incluso le publicaron su libro?

Casi forzosamente habrá que concluir que quien ha cambiado es «El País» y, desde luego, no ha sido un cambio positivo sino que se ha ido escorando hacia un sectarismo cada vez mayor.

Precisamente en estos mismos días aparecía la noticia del abandono del PSOE por Rosa Díez, muy cercana a Tertsch en sus planteamientos antinacionalistas, y su incorporación a un nuevo partido. En el diario «El Mundo» hacían un análisis sobre la oportunidad o no de este nuevo partido y es sobre esto y sobre la figura de Rosa Díez que me gustaría hacer un pequeño comentario:

Rosa Díez ha sido para algunos, entre los que me cuento, un descubrimiento. En el momento en que se presentó como candidata a la secretaría general de su partido tenía una apariencia «panfilona» que los hechos posteriores y el haberse visto obligada a navegar con vientos contrarios han desmentido. Rosa Díez ha mostrado ser una política de raza pero no está claro que haya tomado una decisión correcta.

Los argumentos que esgrime para el abandono del PSOE son sólidos: No está en contra del ideario socialista sino de la actual dirección que, sin que haya habido ningún Congreso que lo ratifique, se ha embarcado en una serie de procesos totalmente contrarios al propio programa electoral del partido que dirigen. Bien es cierto que ese argumento pierde bastante de su peso cuando se ve que históricos del partido como Bono, Ibarra, Guerra, Leguina o el propio González han discrepado, en ocasiones públicamente pero, a la hora de votar, han hecho lo que les mandaban. Desde esa perspectiva, es difícil diferenciar, como intenta hacerlo Rosa Díez, entre dirección y conjunto del partido.

Sea como fuere, tanto si es por discrepancia con la dirección como si lo es con el seguidismo del conjunto del partido, está claro que Rosa Díez tiene pleno derecho a desvincularse del mismo pero ¿para qué y hacia dónde?

Rosa Díez compareció vestida de rojo como símbolo de que seguía manteniendo su ideario, cosa absolutamente respetable pero que deja claro que su intención es incorporarse a una especie de «PSOE auténtico» sin las derivas filonacionalistas o filoetarras que Zapatero ha introducido.

Desde el punto de vista del Partido Popular, eso puede ser una buena noticia en la medida en que contribuya a dividir el voto de izquierdas pero ¿es realmente una buena noticia para España?

Sowell dice en «The vision of the anointed» que los peligros para una sociedad pueden ser mortales sin ser inmediatos y ese comentario podría, en buena parte, definir la situación de la España actual y la extraña relación del Gobierno con los nacionalismos que aspiran a fragmentarla. Si Rosa Díez es consciente de la existencia de esos peligros ¿no es lógico que busque agrupar a todos los que compartan esa visión en lugar de crear una especie de PSOE-2?

Rosa Díez es una figura respetada en buena parte de la izquierda y de la derecha pero su insistencia en hacer el énfasis en un programa político de izquierda en lugar de hacerlo en atajar los riesgos que puedan haber venido de la mano de una frivolidad y una mentalidad de adolescente forzosamente va a dividir en lugar de unir.

El PP se felicitará porque, si la nueva aventura política funciona bien, habrán conseguido fragmentar el voto del PSOE. Sin embargo, es probable que mucha gente se quede diciendo como Ortega «¡No es eso; no es eso!».

Improving Air Safety through Organizational Learning

Presentación del libro por la editorial

Hacer una reseña de algunos libros es difícil, especialmente cuando su temática es compleja o se tocan muchos temas. No obstante, hay un caso especialmente difícil y es el del propio libro.

Cuando se hace la reseña de un tercero, no es necesario exhibir ninguna objetividad. Al fin y al cabo, el libro ha gustado o no y tanto lo uno como lo otro ocurre por una serie de motivos que, en general, no son difíciles de explicar. En el propio eso no vale.

Me limitaré, por tanto, a transcribir mi propia introducción traducida que, por supuesto, puede encontrarse en el propio libro:

Escribir un libro no es una tarea fácil. Es muy sencillo comenzar con un plan bien definido pero llega un momento en que el libro decide volar solo. El autor puede elegir entre seguir al libro o tratar de controlarlo. Me gustaría explicar por qué y cómo comenzó este libro, cuando empezó a volar solo y las sorpresas que el autor se ha encontrado durante todo el proceso.

Llevo volando más de 20 años; empecé con ultraligeros pasando a veleros y avionetas. No obstante, nunca he volado profesionalmente. Mi trabajo ha estado siempre en el ámbito de la gestión empresarial como consultor y como profesor de Recursos Humanos.

Llegó un momento en que tener un doctorado empezó a ser importante para mantenerse activo en cualquier escuela de negocios importante y decidí conseguirlo de la forma más fácil posible. Puesto que tenía muchos contactos en el mundo de la aviación, me sería fácil conseguir información sobre seguridad aérea -entendida como un modelo de excelencia- y, después de eso, extrapolar conclusiones y metodología al ámbito de la gestión empresarial.

La primera sorpresa llegaría con el hecho de comprobar que el modelo de seguridad aérea no era tan perfecto como pensaba y, de hecho, llevaba bastantes años en que los niveles de mejora aumentaban muy lentamente. Desde ese momento, la idea de hacer una tesis fácil se convirtió en imposible, al menos, dando por hecho que se intente ser honesto sin ocultar los resultados contrarios a los propios intereses.

El análisis de este hecho conduciría a una segunda sorpresa: No hay diferencia entre el modelo de aprendizaje de la seguridad aérea y el de la gestión empresarial. Simplemente, ocurre que el primero se ha visto sujeto a una mayor presión y, por ello, ha avanzado más. Sin embargo, esto era una buena noticia; es algo parecido a tener un mapa sabiendo donde muchas organizaciones se van a encontrar con problemas porque la seguridad aérea -más avanzada pero en la misma ruta- ya se los ha encontrado.

Aquí llegaría la tercera sorpresa. Como consultor y profesor en Recursos Humanos y trabajando en el ámbito de la gestión del conocimiento, me sentía muy satisfecho de poder analizar muchas situaciones desde una perspectiva privilegiada procedente precisamente del mayor avance que había tenido la seguridad aérea. La sorpresa fue,  por ello, encontrar que esta idea no fue acogida con el entusiasmo que pensaba que debería despertar desde el ámbito de la gestión empresarial. El entusiasmo vendría curiosamente del ámbito de la aviación.

Unos meses antes de presentar el manuscrito a Ashgate, comenté estos temas en una reunión de OACI y fueron muy bien recibidos. Desde entonces, he recibido más apoyo por parte del ámbito de la aviación que del de gestión, ello contando con que el objetivo inicial consistía en aplicar el modelo de aviación a la gestión. He encontrado gente muy interesada en la seguridad aérea y abierta a todo planteamiento que les parezca útil. Tal vez la existencia de esa gente justifica el mayor avance de ese ámbito con respecto a la gestión.

El libro tiene muchas descripciones de accidentes e intenta establecer conclusiones válidas sobre posibles mejoras en el ámbito de la seguridad. Mucha gente me ha preguntado si, después de este tipo de investigación, era capaz de seguir volando incluso como pasajero. Mi respuesta ha sido siempre la misma: Por supuesto. Solamente hay dos diferencias respecto del momento previo a la investigación:

  1. Hay ocasiones en que el miedo puede no estar sincronizado con el del resto de los pasajeros. Me he encontrado en situaciones donde tenía gente asustada alrededor mientras iba leyendo el periódico pero también me he encontrado lo contrario, es decir, gente feliz mientras yo no lo iba tanto.
  2. Hoy, estoy completamente convencido de que volar es seguro pero no lo es debido a maravillosos diseños tecnológicos sino a la gente que opera, comprueba y repara los aviones así como a la que controla sus vuelos. Confío en que, después de leer el libro, el lector entenderá por qué y creo que, si he sido capaz de explicar bien los motivos, compartirá la opinión.

https://www.ashgate.com/shopping/title.asp?isbn=0%207546%204912%201

«Identidades asesinas» de Amin Maaluf

Amin Maaluf es de los escritores que dejan huella. Lo descubrí con «Lor jardines de luz» y, desde entonces, no ha habido obra suya que haya caído en mis manos que haya dejado de leer.

En «Identidades asesinas», Maaluf empieza por describir su propia situación como persona nacida en Líbano, residente de muchos años en Francia y que no se considera libanés ni francés ni medio de lo uno y de lo otro. Maaluf reivindica la identidad como algo totalmente personal y como un producto acabado que no se puede subdividir en sus componentes.

A partir de aquí, trata de las distintas identidades -religiosa, nacionalista y otras- y cuál es la génesis y las consecuencias de ese tipo de identidades. El título del libro dice bastante sobre su opinión al respecto.

Maaluf hace un análisis espléndido del desarrollo de las grandes religiones y cómo los momentos de mayor o menor tolerancia han venido acompañados de situaciones de predominio o, por el contrario, de sentirse amenazados.

Lo mismo hace en lo relativo al movimiento de globalización; de dónde viene y hacia dónde puede llegar a ir en función de que se maneje mejor o peor.

En suma, un libro que no puede dejar de ser leído. Como en otras ocasiones, a continuación recojo algunos extractos del libro que me han parecido especialmente relevantes:

La gente suele tender a reconocerse en la pertenencia que es más atacada; a veces, cuando no se sienten con fuerzas para defenderla, la disimulan y entonces se queda en el fondo de la persona, agazapada en la sombra, esperando el momento de la revancha.

La cordura es una estrecha senda que discurre por la cresta de una montaña, entre dos precipicios, entre dos concepciones extremas. En el caso de la inmigración, la primera de esas dos concepciones extremas es la que ve el país de acogida como una página en blanco en la que cada cual puede escribir lo que quiera o, peor aún, como un solar desocupado en el que cada cual puede instalarse con armas y bagajes sin cambiar lo más mínimo sus gestos ni sus costumbres. En la otra concepción extrema, el país de acogida es una página ya escrita e impresa, una tierra cuyas leyes, valores, creencias y características culturales y humanas se habrías fijado para siempre de manera que los inmigrantes no tienen más remedio que ajustarse a ellas.

La tiranía de la mayoría no es mejor, desde el punto de vista moral, que la de la minoría.

El Dios del «¿cómo?» se esfumará un día pero el Dios del «¿por qué?» no morirá jamás.

Ningún gobierno occidental contempla la situación de los derechos humanos en África y en el mundo árabe con tanta exigencia como la que demuestra con Polonia o con Cuba. Es una actitud presuntamente respetuosa pero que, a mi juicio, entraña un profundo desprecio.

Las tradiciones sólo merecen ser respetadas en la medida en que son respetables, es decir, en la medida exacta en que respetan los derechos fundamentales de los hombres y las mujeres. Respetar «tradiciones» o leyes discriminatorias es despreciar a sus víctimas.

Se piensa a veces que con tantos periódicos, radios y televisiones se tienen que escuchar infinidad de opiniones diferentes. Después se descubre que es al contrario: la fuerza de esos altavoces no hace sino amplificar la opinión dominante del momento, hasta el punto de hacer inaudible cualquier otro parecer.

Una lengua que ha estado mucho tiempo oprimida o, al menos, desatendida ¿puede legítimamente reafirmar su presencia a costa de las otras y con el riesgo de instaurar otro tipo de discriminación? Evidentemente, no se trata aquí de examinar los diferentes casos particulares, que se cuentan por centenares, de Pakistán a Quebec, de Nigeria a Cataluña; se trata de entrar con sentido común en una época de libertad y de serena diversidad, dejando atrás las injusticias que se han cometido sin sustituirlas por otras, por otras exclusiones, por otras intolerancias y reconociendo a todos el derecho de hacer coexistir en su identidad la pertenencia a varias lenguas.

Las dictaduras supuestamente laicas se muestran como viveros del fanatismo religioso. Un laicismo sin democracia es un desastre tanto para la democracia como para el laicismo.

Toda práctica discriminatoria es peligrosa, incluso cuando con ella se pretenda favorecer a una comunidad que ha sufrido. No sólo porque así se sustituye una injusticia por otra y se refuerza el odio y la sospecha, sino también por una razón de principio: mientras el sitio de una persona en una sociedad continúe dependiendo de su pertenencia a esta o aquella comunidad, se seguirá perpetuando un sistema perverso que inevitablemente hará más profundas las divisiones.

En la democracia, lo que es sagrado son los valores, no los mecanismos.

Las elecciones no hacen sino reflejar la visión que una sociedad tiene de sí misma y de sus diversos componentes. Pueden ayudar a establecer el diagnóstico pero nunca son, por sí solas, el remedio.

Se debería animar a todo ser humano a que asumiera su propia diversidad, a que entendiera su identidad como la suma de sus diversas pertenencias en vez de confundirla con una sola, erigida en pertenencia suprema y en instrumento de exclusión, a veces en instrumento de guerra.