Categoría: Libros y autores

«El conocimiento inútil» de Jean-François Revel

La actualidad de la política española invita a recordar al excelente libro del excelente autor que titulan este «post».

En algún otro momento había mencionado que, si en algún momento se precisa introducir en el colegio algo tipo «Educación para la ciudadanía» y que, en lugar de ser una forma descarada de adoctrinamiento, sea una auténtica vacuna contra el adoctrinamiento, un libro de texto adecuado podía ser «La sociedad abierta» de Popper; éste podía ser otro.

Revel empieza su libro con una frase brutal: «La primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira» y, a partir de ahí, dedica todo el libro a ilustrarnos con hechos que demuestran este aserto, especialmente en el ámbito de la política.

En la política española estamos asistiendo a una situación que habría sido digna de figurar en el libro de Revel y es la relacionada con el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón.

Alberto Ruiz-Gallardón proviene de la extinta Alianza Popular, es decir, el partido antecesor del actual PP que, en buena parte, se apoyó en franquistas reconvertidos a las órdenes de Manuel Fraga. La actual presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, también con una larga trayectoria política, no andaba por esos lares sino que siempre se ha mantenido en un concepto de derecha mucho más liberal que la que representaba Alianza Popular.  Podríamos introducir más elementos, no directamente procedentes de la política como Albert Boadella o Federico Jiménez Losantos que, en esos mismos tiempos, mantenían unas posiciones claramente de izquierda.

La lógica nos invitaría a considerar que las personas de tendencia menos derechista serían los dos últimos citados, Esperanza Aguirre se situaría en una derecha liberal y Alberto Ruiz-Gallardón se situaría en un modelo de derecha a la antigua usanza. Sin embargo, la opinión publicada y la pública que se deja arrastrar por ésta nos cuenta exactamente lo contrario. ¿Por qué?

Deliberadamente se confunde la energía o, si se prefiere, la virulencia del discurso con la tendencia más o menos derechista. Alberto Ruiz-Gallardón es capaz de hacerse una foto con actores en contra de su partido, uno de ellos luciendo una camiseta proetarra, o de asistir al engendro de la «Alianza de civilizaciones» cuyo contenido real nadie ha podido explicarnos porque no existe tal cosa. Al parecer, eso le otorga automáticamente la vitola de «centrista» y su procedencia política se puede obviar.

Esperanza Aguirre tiene la lengua mucho más suelta y, cuando alguien es capaz de decir que «el PP tiene que pedir perdón por el franquismo», a pesar de que dicho partido no existía entonces, Aguirre es capaz de contestar que, por la misma lógica, el PSOE debe pedir perdón por los crímenes de la Unión Soviética. Naturalmente, ese tipo de lenguaje y de argumentario la sitúa automáticamente entre la derecha y la extrema derecha, al margen de su tendencia política.

En los otros dos casos, Boadella y Jiménez Losantos, se produce un antinacionalismo visceral a pesar, o a causa de, su procedencia de la izquierda y del antifranquismo. Su discurso antinacionalista y contrario a las conductas de los partidos nacionales cuando éstos se pliegan totalmente a los deseos de los nacionalistas les convierte automáticamente en representantes de la extrema derecha aunque su curriculum diga otra cosa.

En realidad, lo que ocurre es que «derecha» o «extrema derecha» no se utilizan para denotar un posicionamiento político sino un posicionamiento moral y, en consecuencia, se utilizan estas etiquetas para denostar a las personas que puedan tener un discurso crítico y, por el contrario, se libera de ellas a aquéllos que se muestran más maleables. La afirmación de Revel de que «la primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira» está tan vigente hoy como el día que se escribió y casos como los señalados así lo demuestran.

«La ciencia: Lo bueno, lo malo y lo falso» de Martin Gardner

Martin Gardner es un curioso escritor que, además de matemático, es aficionado a la magia y esto le ha dotado de una perspectiva muy peculiar a la hora de evaluar la validez de un observador en cualquier experimento y se centra precisamente en aquéllos donde los trucos de magia pueden engañar fácilmente a tal observador.

Gardner es ingenioso aunque en el terreno epistemológico no puede mantenerse a la par de gigantes como Bertrand Russell o como Karl Popper. A cambio, su lectura es más entretenida aunque Russell no le quede muy a la zaga en ese terreno tampoco.

Hay un punto, sin embargo, en que Gardner se despeña por los abismos de la idiotez, especialmente si tenemos en cuenta la temática del libro y la pretensión de mantener un pensamiento racional para evitar ser engañado. De repente, Gardner nos cuenta que el Quijote fue obra de Sancho Panza, astutamente plagiada por Cervantes, y se olvida de todos los criterios que había dado para mantener el espíritu crítico ante las muchas tonterías que se pueden ver escritas. Una pena.

«Managing the Unexpected» (Karl Weick y Kathleen Sutcliffe)

De los mejores libros ajenos al capítulo de ocio que he leído este año y, dada la fecha en la que estamos, es poco probable que haya alguno que le arrebate ese justo puesto en lo que queda de año.

Lamentablemente no está traducido. Los que lean con facilidad en inglés lo pueden conseguir con igual facilidad en Amazon. Para los demás, lo único que puedo hacer es, si hay alguna editorial que se anima a publicarlo en español, apuntarme voluntario para traducirlo. Además de su contenido, está muy bien escrito, lo que sin duda facilitaría la tarea.

Si tuviéramos que elegir una única idea que sirva para articular todo el libro alrededor suyo, sería la siguiente:

Hay organizaciones que se enfrentan a entornos muy complejos y cambiantes y que, entre otras cosas, su actividad implica riesgos mortales para los componentes de la organización o para terceros. Algunas de esas organizaciones han conseguido unos grados extraordinarios de fiabilidad y el estudio de éstas puede ser muy útil para otras organizaciones que no afrontan ese tipo de riesgos.

Tengo que admitir que la idea me resulta muy atractiva porque, precisamente por compartirla por completo, intenté extraer lecciones de la seguridad aérea para su utilización en la gestión empresarial. Con esa idea, escribí una tesis llamada Aprendizaje organizativo en entornos complejos: Lecciones extraídas de la seguridad aérea y más tarde la intenté publicar. El resultado fue desolador porque, tras algunos intentos, el único editor (Ashgate) que manifestó interés no provenía del ámbito empresarial sino que tenía una colección dedicada a la aviación y el libro acabó eliminando los elementos de extrapolación de seguridad aérea a gestión empresarial y titulándose Improving Air Safety through Organizational Learning: Consequences of a Technology-led model y, como puede deducirse del título, está también publicado en inglés, cosa que me ha supuesto alguna crítica.  De hecho, la única publicación relevante en español sobre este tema puede encontrarse en un artículo de la revista Harvard-Deusto Business Review (septiembre 2004) del que hay una copia en este mismo blog.

Los autores de Managing the Unexpected han pasado por lo mismo y han analizado el funcionamiento de organizaciones como centrales nucleares o portaaviones, señalando por qué las lecciones extraídas de estos ámbitos pueden ser útiles para organizaciones «normales».

El concepto de Organización de alta fiabilidad (High-Realiability Organization o HRO) resulta clave en toda la obra y se va mostrando el contraste en la actuación de las HRO con otras organizaciones, contraste que podría situarse en dos puntos fundamentales:

  1. Las HRO no consideran que lo saben todo. Esto significa que no basan todo su funcionamiento en prevenir que algo inesperado ocurra sino en mantener capacidad para atender a lo inesperado cuando ocurra. Naturalmente, la gravedad de las cosas que pueden ocurrir implica que basta una sola vez para causar un gran daño y, en consecuencia, intentan mantener intacta su capacidad de observación de incidentes menores para extraer lecciones de ellos.
  2. Las HRO no intentan sustituir una actitud crítica y de evaluación constante de su entorno por un conjunto de rutinas y procedimientos. Por el contrario, saben que la ausencia de eventos graves no garantiza la seguridad sino que la relativa garantía proviene de mantener su capacidad de recoger y evaluar información sobre su propia actuación y de no rechazar los elementos discordantes.

A partir de estos puntos centrales, el libro intenta establecer cuáles son los puntos de observación para determinar cuál es la situación real de una organización y cómo actuar a partir de las observaciones.

Les deseo a los autores mucha suerte porque el contenido lo vale aunque, si mi propia experiencia es extrapolable a su caso, pueden encontrarse con que les llame la Marina norteamericana o centrales nucleares en lugar de grandes empresas. Eso ya dice mucho sobre por qué unos aprenden y otros no.

«Cartas a su hijo» de Lord Chesterfield ¿Contrapunto de «Emilio» de Rousseau?

Resultan tan sorprendentes las cartas como el relato inicial que se hace de la vida del autor y los tipos de comparaciones que se realizan.

Compara el editor (Marc Fumaroli) las «Cartas a su hijo» con «Emilio» de Rousseau haciendo el matiz de que, mientras en «Emilio», Rousseau trataba de formar a su «buen salvaje», en este caso es justamente lo contrario y se trata de formar al hombre de mundo.

La verdad es que las diferencias van mucho más allá. Dejemos a un lado que «Emilio» es un personaje ficticio cuyo autor-preceptor abandonó a sus propios hijos; dejemos también a un lado que lo poco dedicado a la vida adulta de Emilio se refiere al hecho de que hay que educar también a una mujer -creo recordar que el nombre era Sofía- «porque Emilio necesita una compañera». Dejemos también a un lado que la tal compañera debía ser educada con criterios distintos atendiendo a situaciones de embarazo porque «aunque la mujer no vaya  a estar siempre en estado de gravidez, ése es su estado natural».

Con todos estos elementos, resulta sorprendente y revelador que Rousseau haya permanecido durante años como una especie de icono libertario; sorprendente por el tipo de manifestaciones que hace tan opuestas a la idea de los que se dicen continuadores suyos y revelador de un hecho muy simple: Que lo más que han leído de su admirado Rousseau es la solapa de algún libro.

Probablemente, el único motivo para buscar el contrapunto a Lord Chesterfield en Rousseau es la coincidencia temporal de Chesterfield con Rousseau y Voltaire cuando éstos dominaban la escena literaria y política francesa pero no parece ésta una fuente muy sólida para justificar tal atribución.

Si hubiera que buscarle algún paralelismo, en mi opinión, no estaría desde luego en Rousseau -aunque sea para mostrar la cara opuesta- sino que habría que retroceder en el tiempo hasta «El príncipe» de Maquiavelo donde, entre los consejos a su príncipe, pueden encontrarse episodios de una inmensa sabiduría.

Una anécdota de una de las cartas resultará bastante reveladora. En ella, le cuenta a su hijo cómo ha tenido que hacer una exposición en la Cámara de los Comunes sobre un tema del que no tenía ni idea y cómo fue seguido de otro orador que realmente dominaba el asunto pero que era mucho más aburrido. Lo que ocurrió lo cuenta en estos términos:

Sus palabras, sus periodos y su dicción no eran ni de lejos comparables a los míos por lo que sucedió que, tan unánime como injustamente, las preferencias se decantaron en mi favor. Siempre será así; cualquier asamblea numerosa, independientemente de la calidad de los individuos que la componen, es «populacho», y al populacho no hay que hablarle nunca el lenguaje de la razón y del buen sentido, sino solamente el de sus pasiones, el que toca sus sentimientos, sus sentidos, sus supuestos intereses. Tomados colectivamente, los hombres no tienen intelecto, sino ojos y oidos, que deben ser halagados  y seducidos, lo cual sólo es posible lograr por medio de la elocuencia.

Otra diferencia fundamental entre Chesterfield y Rousseau es, como se indicó brevemente al inicio, que Rousseau se dirige a un niño mientras que Chesterfield lo hace a un hijo adulto al que va enseñando cómo comportarse en el entorno de la alta sociedad de su época en distintos países.

Chesterfield va haciendo gala en sus distintas cartas de tener ojos en todas partes  de que, aunque estuvieran físicamente separados, podía facilitarle toda aquella ayuda que pudiera necesitar. Se transmite en todas las cartas la dureza del preceptor junto con la preocupación del padre y la calidez del amigo -por cierto, encabeza todas las cartas con la fórmula «querido amigo»- y, en su conjunto, está claro que las cartas retratan más el extraordinario personaje que fue su autor que detalles acerca del éxito obtenido en su tarea con el receptor.

Lamentablemente, no puede decirse que tuvieran mucho éxito. Hay un hecho fortuito que tal vez influyera y es que Lord Chesterfield sobrevivió en cinco años a su hijo; no obstante, cuando este último murió era un adulto, incluso para los estándares actuales de adolescencia casi eterna, y no pareció que el hijo mostrase en su comportamiento las normas que el padre trataba de inculcarle.

No podemos hacer aquí tampoco el contrapunto con el Emilio de Rousseau ya que éste era un personaje creado por la imaginación. Sus auténticos hijos, entregados a un orfanato, es dudoso que siguiesen trayectorias ejemplares como la señalada para Emilio que, naturalmente, procede íntegramente de la idea de Rousseau del «buen salvaje» y donde éste podría haber dado cualquier final que le hubiera apetecido.

Desde luego, no todo el mundo comparte esa idea de «buen salvaje» y puede no estar de más recordar unos versos de Antonio Machado:

«Abunda el hombre malo

del campo y de la aldea

que tras el pardo sayo

esconde un alma fea

esclava de los siete

pecados capitales».

 Tal vez tengamos que acostumbrarnos a la idea de que la materia prima que cada uno trae consigo es moldeable sólo hasta cierto punto y de que no existe la tabula rasa sobre la que cada uno puede colocar los contenidos que desee.

Tal vez si pensamos eso, habrá algunos que adquirirán cierta humildad en lo relativo a lo que puede o no puede hacerse y habrá otros que dejarán de torturarse preguntándose qué han hecho mal cuando un hijo adquiere vicios o costumbres totalmente ajenos a lo vivido en su casa. Rousseau no quiso y lord Chesterfield no pudo. ¿Podemos nosotros determinar el futuro de nuestros hijos? ¿Debemos hacerlo o nuestro deber es abrir opciones y adaptarnos a las preferencias, siempre que éstas sean válidas? ¿Hasta qué punto estamos legitimados para decidir sobre la validez de las preferencias de los hijos?

Temo que, de éstas preguntas, sólo la primera tenga una respuesta clara y es un tajante «no».

«The Politically Incorrect Guide to Global Warming and Environmentalism» o «Guía políticamente incorrecta del calentamiento global» de Christopher C. Horner

Hoy precisamente han dado la noticia de que el presidente español, Rodríguez Zapatero, ha inaugurado un panel solar en la residencia presidencial acompañado de los discursos habituales sobre la necesidad de hacer algo en cuanto al cambio climático.

Normalmente, si alguien tiene alguna duda respecto de que la preocupación sea auténtica o se trate de una mera maniobra de propaganda ante la proximidad de las elecciones, le bastará con tirar de hemeroteca:

http://www.porandalucialibre.es/actualidad/actualidad_espana/zapatero_incumple_su_codigo_de_buena_conducta_y_usa_un_avion_oficial_para_ir_a_londres,_%A1a_harrods!.html

http://www.libertaddigital.com:6681/noticias/noticia_1276286729.html

Claro; el hecho de que en semejantes festejos privados -pagados con dinero público- se quemen unas cuantas toneladas de combustible fósil resulta un claro contrapunto a las alharacas con las que se inaugura el panel solar e invita a preguntarse sobre la sinceridad que hay en tal evento. Más aún, cuando hace pocos días se afirma que se van a cerrar las centrales nucleares existentes en España para poder seguir comprándole energía a Francia que «sólo» obtiene de la energía nuclear -única por el momento que es capaz de producir la cantidad necesaria, con regularidad y sin emisiones-  el 70% de sus necesidades. Supongo que los franceses considerarán tal anuncio como una invitación a llenar de centrales nucleares el Pirineo francés. La estupidez se paga.

Llevamos ya varios años oyendo hablar del calentamiento global y hay unas cuantas «verdades» que han sido tan repetidas que parece que hay que creerlas necesariamente. Así, el calentamiento global es un hecho, también es un hecho que está producido por la actividad humana y, fundamentalmente, por la contaminación, sus niveles son alarmantes y nos amenazan grandes desastres en el corto plazo si no se realizan las acciones prescritas por los nuevos profetas del Apocalipsis.

La primera idea que recibí en sentido contrario vino de un sitio sorprendente: El libro «State of Fear» de Michael Crichton. Es una mala novela pero en la que, so pretexto de debates entre sus personajes, introduce un conjunto de argumentos científicos procedentes del lado «no políticamente correcto» al que se trata a toda costa de silenciar.

La edición de Harper-Collins tiene 26 páginas de bibliografía, hecho muy poco común en una novela, un apéndice donde señala los peligros de la politización de la ciencia y otro con un mensaje del autor que expresa una serie de puntos más que relevantes. Casi me atrevería a recomendar la compra de la novela pero no molestarse en leerla y pasar a las últimas páginas.

La obra de Crichton es una novela pero ya muestra una luz de alarma sobre las cosas que se dan por sabidas. La de Horner no es una novela sino un texto que pretende sacar a la luz todas las manipulaciones políticas que existen alrededor de este asunto y cómo las anécdotas con las que iniciaba este «post» no son anécdotas sino la forma habitual de actuar de los «protectores del ambiente».

Hacer una reseña completa del libro sería muy complejo ya que carece de una trama clara y es más bien un anecdotario o conjunto de hechos que muestran la carencia de datos o, en algunos casos, la abierta falsedad de todo lo que se está vendiendo bajo el paraguas del calentamiento global y las presiones para silenciar a los disidentes.

Solamente la portada y la contraportada ya aportan algunos elementos de interés:

  1. La Tierra ha sido frecuentemente más cálida que en la actualidad.
  2. Sólo una pequeña porción de los gases que producen el efecto invernadero son atribuibles a la actividad humana.
  3. La mayor parte de la Antártida se está enfriando.
  4. Hasta hace muy pocas fechas se hablaba de «enfriamiento global» (http://en.wikipedia.org/wiki/Global_cooling )
  5. El «calentamiento global» no ha hecho que los huracanes sean peores.
  6. No hay un acuerdo entre científicos sobre el calentamiento global.
  7. El clima está cambiando siempre -con o sin actividad humana.
  8. Los huracanes no son peores; lo que sí es peor es nuestra tendencia a construir casas en las zonas más castigadas por ellos.
  9. Hay grandes negocios que intentan sacar provecho de las políticas de reducción del calentamiento global
  10. El periodo medieval fue significativamente más cálido que el actual y fue una edad dorada para la agricultura, la innovación y la calidad de vida.

Eso sin abrir el libro. Si se abre pueden encontrarse elementos sorprendentes como el hecho de que muchas estaciones meteorológicas rusas cerraron en la época en que se ha registrado el mayor calentamiento medio. Este hecho cuestiona el dato ya que, si las estaciones de medición situadas en los lugares más fríos cierran, la media registrada forzosamente sube. Se puede evitar ese efecto rectificando las medias registradas en años anteriores mediante la eliminación de los resultados de las estaciones que no existieran en la segunda medición. De esta forma, se tendrían datos realmente comparables pero, al parecer, eso no se ha hecho.

Al mismo tiempo que hay glaciares que disminuyen, hay otros que crecen y, según comenta Horner, el calentamiento -que sí existe y es el único punto donde hay acuerdo total- no es global sino que afecta sobre todo al hemisferio Norte y, dentro de éste, al Polo, a las temperaturas nocturnas y a las temperaturas invernales.

No puede considerarse tampoco menor la duda sobre si el CO2 es el iniciador de un proceso de calentamiento o es justamente lo contrario, es decir, que el proceso de calentamiento aumente los niveles de CO2. Resulta que la principal «esponja» capaz de absorber el CO2 es el agua de los océanos y su capacidad de absorción es inversamente proporcional a la temperatura del agua. En consecuencia, un aumento de temperatura -aunque éste tuviera causas estrictamente naturales- limitaría la capacidad del agua de absorber CO2 que permanecería en la atmósfera.

Otro dato que, al menos para mí, resultaba desconocido: El tan aireado protocolo de Kyoto (ése que el gobierno del apóstol Gore no quiso firmar), en el supuesto de que el modelo de clima utilizado sea correcto, va a tener unos efectos ridículos sobre el clima y unos efectos económicos monstruosos. En este blog de un científico checo http://motls.blogspot.com/ puede encontrarse un curioso contador (al final, a la derecha) sobre el coste y la efectividad de Kyoto.

Además, hay que contar con que muchas industrias contaminantes podrían desplazarse desde los países firmantes más ricos a los no firmantes más pobres ¿los nuevos apóstoles nos van a traer un aire limpio sólo para ricos? No está mal pero aún hay otra opción: Algunos de los países firmantes, por ejemplo Rusia, no tienen registros que mantengan una mínima fiabilidad, a pesar de que se sabe que tienen una contaminación extrema. Estos países, utilizando registros falseados, pueden contaminar a sus anchas y, además, venderles a otros «su derecho a contaminar» según establece Kyoto.

Saca a relucir Horner también la «irresponsabilidad verde» y cómo su presión para la eliminación del DDT produjo millones de muertos por malaria a pesar de que, más tarde, se demostró que el DDT no tenía los efectos nocivos que le atribuían. Sí tenía, en cambio, el de acabar con el mosquito que propaga la malaria que, a partir de su supresión, pudo campar a sus anchas. Al parecer, los millones de muertos no han merecido ni una disculpa por los enormes perjuicios que provocó una causa equivocada pero muy aireada y sobre la que se puso mucha presión.

Horner llama también la atención sobre el hecho de que el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) realizó un informe y un resumen para políticos que, en muchos puntos, contradice al informe completo. Sobre este particular, señala como el equipo de Gore ha tenido importantes trifulcas con científicos que han recurrido a los datos del informe completo ignorando el resumen, en el que ha basado su película.

No tengo elementos de juicio para establecer la veracidad o no de la afirmación de Horner pero los estudiosos que tengan tiempo disponible para ello lo tienen fácil http://www.ipcc.ch/ipccreports/special-reports.htm ya que ahí se pueden descargar los dos.

Esto es lo que hay. El propio Horner es «Senior Fellow at the Competitive Enterprise Institute» con lo que se le podrían atribuir intereses políticos o económicos pero a la otra parte también.

Las prédicas por las que Al Gore cobra cifras millonarias contrastan mucho, demasiado, con un estilo de vida y con una participación industrial que tiene poco de protección medioambiental y, en su dimensión de campanario de aldea, lo mismo puede decirse de las prédicas y prácticas de Zapatero.

Como hace poco le comentaba a un amigo, «la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero». En el asunto del cambio climático y la seria duda sobre si es un fenómeno natural u obedece a la actividad humana nos encontramos con que hay pocas verdades y demasiados porqueros. La solución no va a venir de ninguno de éstos.

Como Goethe dijo en su lecho de muerte, todo lo que podemos decir es «Luz, más luz» y, mientras no tengamos esa luz, hacer las cosas lo mejor que podamos sin meternos en aventuras multimillonarias de patrocinio más que sospechoso.

Michael Crichton afirmaba que, muy probablemente, el siglo que viene no se utilizarán combustibles fósiles tanto si se prohíbe como si no y, de hecho, los mismos fabricantes de automóviles fabrican vehículos que cada vez contaminan menos al mismo tiempo que experimentan con combustibles alternativos. Lo mismo puede decirse de la industria nuclear y su intento de llegar a hacer la fusión comercialmente viable eliminando los riesgos de la fisión y los residuos de ésta. El reciclaje y la idea, afortunadamente ya muy extendida, de dejar tras de uno la menor cantidad posible de porquería también están ahí. Ésos son los caminos, con o sin Kyoto.

Las amenazas apocalípticas de calentamiento global suenan demasiado a las amenazas medievales de condenación eterna antes de pasar el platillo que, por mor de los tiempos, se ha transformado en un furgón blindado para poder pagar lo que exigen los modernos profetas apocalípticos.

«On the Internet» de Hubert L. Dreyfuss

El libro, publicado en 2001, es algo decepcionante para los seguidores de Hubert Dreyfuss y lo es por repetitivo respecto de otros títulos suyos como «What Computers still can’t do».

Dreyfuss es abiertamente crítico con la inteligencia artificial y en este libro vuelve a repetir sus argumentos al respecto, sin duda sólidos pero ya conocidos por quienes le han leido previamente. Quizás la única aportación de importancia es la revisión de su excelente taxonomía sobre estadios de aprendizaje que ahora lleva hasta siete niveles.

Sin embargo, incluso los que estamos casi siempre de acuerdo con él, en este libro podemos encontrar puntos de discrepancia: Dreyfuss, una vez más, comenta cómo la falta de un conocimiento difícil de formalizar porque ni siquiera es consciente, hace difícil poder trabajar con un instrumento que ignora el concepto de significado. De esta forma, señala cómo los buscadores han sustituido esa inteligencia humana por complicados algoritmos de búsqueda que nunca llegan a acercarse a las posibilidades de una inteligencia dotada de un conocimiento contextual no accesible a la propia conciencia de quien lo utiliza.

Este argumento, de una solidez total cuando hablamos de aparatos más o menos complejos que procesan información, puede tener una falla importante cuando hablamos de Internet o de cualquier otro tipo de red donde el papel del usuario no se limita a extraer información.

Herramientas como Alexa (www.alexa.com ) o el sistema de búsqueda y de recomendaciones de Amazon (www.amazon.com) no responden a la descripción de Dreyfuss porque introducen la inteligencia del usuario en su funcionamiento.

 Un buscador de tipo algorítmico como Google, por muy potente que sea, responderá a la descripción y a los fallos denunciados por Dreyfuss; un buscador que nos indique -tipo Alexa- qué páginas suele visitar la gente que visita aquélla en la que estamos o qué libros suele comprar la gente que ha comprado el mismo que nosotros -tipo Amazon- está introduciendo la variable significado al integrar la conducta de los usuarios.

No es, ni mucho menos, lo mejor de Dreyfuss; por un lado, repite argumentos; por otro, esos argumentos pierden alguna de su validez en el contexto Internet.  

NOTA AÑADIDA:

Hay un punto en el que Dreyfuss tiene razón. Internet no sólo facilita las cosas sino que, a menudo, las sustituye. Para poner un ejemplo cercano, me referiré a este mismo blog: Como puede verse, tiene una sección de «Libros y autores» donde suelo incluir reseñas de libros que haya leído recientemente.

Como WordPress da una información muy amplia sobre qué posts son visitados y qué se ha puesto en la caja de búsqueda para encontrarlos, he podido apreciar un fenómeno de cuyo origen no tengo la menor duda: De vez en cuando, a alguien le encargan que haga una reseña de un libro y, en lugar de leerlo, resulta mucho más cómodo buscar esa reseña en Internet. Reseñas que no suelen ser muy visitadas de repente empiezan a serlo por docenas y, transcurridos unos días, vuelven al nivel inicial y es otra la que se dispara en el número de visitas. La causa está clara: Alguien la está utilizando para presentar un trabajo en el colegio o en la universidad.

No dejaré de incluir reseñas -incluso a veces lo hago en Amazon- porque me parece una contribución interesante para alguien que esté pensando si un libro le valdrá la pena o no pero su uso por estudiantes que quieren evitar trabajo es una contribución negativa de Internet.

Por cierto, como no puedo evitar eso, lo que sí haré aquí es dar una receta a los profesores que no quieran que sus alumnos actúen de esa forma: La expresión escrita que aparecerá en cualquier trabajo copiado de Internet es, lógicamente, la de su autor legítimo y no la del alumno que la copia. El profesor puede encontrarse repentinamente con un cambio de forma de expresión a lo largo de un ejercicio y ese cambio le puede levantar sospechas. Todo lo que tiene que hacer es copiar la frase de autoría sospechosa, entrecomillarla y ponerla en la caja de búsqueda de Google. Haciendo eso llegará al origen real del trabajo que le están entregando y no deberá extrañarse mucho si aparece este sitio u otros especializados en el fraude estudiantil como www.monografias.com o www.rincondelvago.com . A partir de ahí, puede actuar en consecuencia.

Mundo sin fin (Segunda parte de «Los pilares de la tierra» de Ken Follett)

Han anunciado que lo van a traducir próximamente pero no podía esperar. Al igual que me ocurrió con el último de Harry Potter, me metí entre pecho y espalda las 1.100 páginas del libro en un tiempo-record y es que el libro engancha.

Follett nos vuelve a obsequiar con otro espléndido relato sobre cómo era la vida en la Inglaterra medieval aunque, en este caso, nos haga algunas escapadas breves a Francia y a Florencia. La historia sigue transcurriendo en Kingsbridge donde los protagonistas iniciales han muerto hace dos generaciones y se trata de los continuadores.

Lo primero que hay que decir es que, sin duda, vale la pena leerlo y que no desmerecería del original si no existiera el original. Esto último puede ser un poco más difícil de explicar pero lo intentaré:

Follett ha jugado sobre seguro. Ha pensado en cuáles fueron los factores de éxito de «Los pilares de la tierra» y ha tratado de reproducirlos punto por punto en la segunda parte. Si no se ha leído la primera parte, esto no se nota y no hay nada que reprocharle al libro. Si, como probablemente ocurrirá a la mayoría de los que lean la segunda parte, han leído la primera, van a encontrar algunas notas repetidas:

El lector de la primera parte recordará a los dos hermanos, uno malvado y brutal y el otro más delicado y genial…pues bien, en la segunda parte, también se repiten los perfiles de los personajes y también son hermanos. Recordará también a la mujer que vivía en el bosque y a la que acusaban de bruja…pues también aparece el tipo. También recordará al personaje de Aliena como noble, esforzado y poco convencional…y también aparece el mismo perfil aunque le cambie el nombre a Caris.

En cuanto a los clérigos de Kingsbridge, los perfiles que aparecen recuerdan bastante a «La araña negra» de Blasco Ibáñez donde se reparten los papeles entre el malvado, ambicioso y con encanto y el manipulador crudo y capaz de detectar y explotar las debilidades de cada uno.

El otro asunto a reprocharle al nuevo libro es su tendencia a descubrir las cartas antes de tiempo. Una información fuera de contexto puede desconcertar pero, cuando unas páginas más adelante, se encuentra utilizada, la cosa se explica. Cuando esta pauta se repite, la información descontextualizada le indica al lector por dónde van a atacar los malos. Un ejemplo: En un juicio por brujería, se busca en el cuerpo de una mujer la marca del diablo y se la encuentran; más tarde, cuando dos de los actores principales del libro se encuentran en pleno juego amoroso, él le dice a ella que si descubrieran determinada marca, podría ser acusada de bruja. En ese momento, después de que esa pauta ya se ha repetido varias veces, el lector SABE que en algún momento la van a acusar de bruja, como así sucede en efecto. 

En suma, vale la pena a pesar de estas pequeñas pegas, la primera de las cuales no podrá percibir alguien que no haya leído la primera parte.

Artículo de Learning Review España

Más sobre el libre mercado: «La tiranía del mercado»

Índice de libertad económica

Editado por el Wall-Street Journal y gratuito. Puede bajarse de Internet en esta página:

http://www.heritage.org/index/

De gran interés, repasa país por país la situación en un conjunto de índices de libertad económica -incluido un índice de corrupción- y puede servir de pista tanto a posibles inversores como a aquéllos que quieran hacerse una idea sobre la evolución previsible de un país.