Categoría: Libros y autores
«Factores humanos en mantenimiento aeromecánico» de Victoria Villaescusa
Se trata de un libro construido con un objetivo: Poder servir de libro de texto para alumnos de FP que están cursando estudios para convertirse en Técnicos de Mantenimiento de Aeronaves.
El libro es claro y toca todos los temas importantes y sólo eso ya lo convertiría en recomendable para los interesados en el tema. Adicionalmente, hay muy pocas cosas escritas en este ámbito en español -y no arrojaré la primera piedra sobre ese asunto puesto que mi propio libro está publicado en inglés- y tener una obra de calidad y en español es ya de por sí un éxito.
Hay una parte, sin embargo, criticable en el asunto aunque no le sea imputable al libro. Al ir repasándolo, podía encontrar muchos temas que son, sin duda, importantes pero dudo mucho de que un alumno de FP se encuentre en condiciones de captar cuál es la relevancia real del asunto.
Probablemente un técnico en ejercicio puede estar en unas mucho mejores condiciones para calibrar la importancia de la información contenida en el libro y eso nos llevaría a otro asunto: ¿No sería mejor que el tema de factores humanos se tocase de forma muy sintética para que quedasen las cuatro ideas claves y, más adelante, cuando exista una mayor receptividad derivada de la propia experiencia, introducir aquéllas que el alumno puede oir como el que oye llover?
Creo que se presenta una situación muy semejante a la de la formación en informática: Una formación dada antes de disponer de un ordenador puede ser absolutamente inútil; una formación que se introduzca cuando alguien ha tenido ocasión de darse cuenta de cuáles son los problemas reales es absorbida con auténtica ansia.
Es difícil que un alumno de FP llegue a captar en su totalidad qué significa trabajar bajo condiciones meteorológicas inadecuadas o los turnos nocturnos o los trabajos en altura…y todo ello combinado con una excepcional exigencia de calidad. Los conceptos manejados en el libro son importantes y su forma de clasificarlos es buena pero puede encontrar un público poco receptivo porque carece de la experiencia que le permitirá calibrar su importancia.
Aprovecho para lanzar un reto: ¿Por qué no adaptar el libro a un público de técnicos en ejercicio?
«De tí depende» de Ignacio Álvarez de Mon
PRESENTACIÓN DE LIBRO
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DE TI DEPENDE
Autor: Ignacio Álvarez de Mon, Profesor de Comportamiento Organizacional y Director del Área Académica de RRHH del IE Business School.
Jueves, 25 de septiembre de 2008. 19:30 horas.
IE Business School. Aula Magna. María de Molina, 11.
Presentan el libro: Jose María Irisarri, presidente de Vértice 360; Juan Carlos Cubeiro, escritor y director de Eurotalent y Pilar Jericó, escritora y socia de Walker y Newman.
Contenido del Libro: El autor aborda un asunto de enorme importancia para la sociedad moderna: la capacidad y voluntad del ser humano para encaminar sus pasos hacia su mejor destino. De la mano de cinco grandes enunciados –motivación, comunicación, desarrollo personal, trabajo en equipo y liderazgo– el autor va hilvanando una reflexión cuyo argumento central gira en torno a la libertad y la responsabilidad individuales. La selección de los casos expuestos es otra de las grandes aportaciones de este libro. Resultan tan creíbles como familiares. Son historias de nuestros días, de nuestra sociedad, que constantemente se repiten y con las que muchos lectores se sentirán identificados.
«La paradoja de la sabiduría» de Elkhonon Goldberg
Si hace pocos días comentaba un libro que no me había gustado -«Entra en tu cerebro»- hoy la situación es exactamente la contraria y, además, con otro libro que trata sobre el mismo tema.
El autor comienza con una preocupación sobre su propio proceso de envejecimiento cerebral pero, además, el autor ha sido discípulo de Luria, el padre de la neuropsicología y que abrió todo el campo de la funcionalidad del cerebro y sus alternaciones.
El tema principal que trata el libro, aunque luego va desarrollando muchos otros temas menores que discurren asociados al principal, es el hecho de que la dominancia hemisférica va cambiando con el tiempo de derecho a izquierdo, en los diestros y en la mayoría de los zurdos, y a que esto tiene una explicación:
El hemisferio derecho se encargaría de las situaciones nuevas mientras que el izquierdo se encargaría de ir almacenando patrones de reconocimiento. A medida que más y más situaciones dejan de verse como radicalmente nuevas sino que pueden ser analizadas mediante patrones de reconocimiento, se va produciendo ese efecto que llevaría asociado un envejecimiento del hemisferio derecho mientras que el izquierdo resistiría mucho mejor este proceso.
Los ejemplos son atractivos; así, un músico profesional utilizaría su hemisferio izquierdo tanto en la interpretación como en el reconocimiento mientras que un novato utilizaría el derecho. Existe, por tanto, una noción de economía aplicada a la actividad cerebral por la que se van encontrando formas cada vez menos costosas en recursos para realizar las mismas actividades.
Un clásico de la psicología, Cattell, antes de que los instrumentos de investigación del cerebro permitiesen analizarlo como ahora se hace, ya presentó como una intuición genial lo mismo que Goldberg va presentando apoyado en datos, es decir, los conceptos de inteligencia fluida y cristalizada.
No deja aparte a las emociones; al parecer, las emociones negativas estarían vinculadas al hemisferio derecho y las positivas al izquierdo. Por supuesto, que eso permite explicar algunas conductas como el inconformismo de las edades más jóvenes y cómo ese inconformismo puede a veces convertirse en motor de descubrimiento. El chiste que utiliza el autor de que un Cristóbal Colón atiborrado de Prozac habría preferido disfrutar de Sevilla antes de embarcarse en la búsqueda del Nuevo Mundo va en esa línea: La insatisfacción implica que hay respuestas no satisfechas o, en otros términos, que los patrones de reconocimiento disponibles no son suficientes y se está buscando activamente.
El cerebro, mediante ese progresivo paso al hemisferio izquierdo y al reconocimiento de patrones, iría siendo cada vez más económico en su funcionamiento y ello implicaría que las actividades que precisasen de una memoria genérica podrían realizarse no sólo sin pérdida sino, en algunos casos, con una ganancia en eficiencia y en resultados. En algunos casos, se menciona cómo una actividad cerebral puede incluso superponerse al Alzheimer, presente en la autopsia pero que no había dado muestras de su existencia en la conducta de la persona afectada.
El libro es, en suma, muy interesante y, aunque pueda ser necesario apuntar algún tanto negativo, éste es menor. El tanto negativo vendría sobre una versión casi impostadamente optimista del envejecimiento cerebral. Para dar esa versión almibarada que, en algunos puntos, nos llevarían casi a los libros de autoayuda, pueden haberse omitido algunos puntos importantes:
- La memoria genérica no se deteriora pero sí la episódica. Hay algunas actividades que tienen una gran carga de memoria episódica y de retención a corto plazo de instrucciones o datos de escasa significación. En estas actividades, la edad no sólo no mejora sino que disminuye muy seriamente la capacidad.
- El reconocimiento de patrones es un mecanismo de economía, especialmente necesario cuando tal vez empiecen a fallar cuestiones como la aportación de oxígeno u otros o, en términos automovilísticos, si la cantidad de gasolina disponible disminuye, mejor que utilice un vehículo que consuma menos. Sin embargo, la utilización del reconocimiento como recurso básico no es gratuita; implica la posibilidad del «falso positivo», es decir, de reconocer como ya vista una situación que sea completamente nueva. Esto puede ser especialmente grave en terrenos que evolucionan muy rápidamente y donde el conocimiento y los patrones sobre los que éste se sustenta quedan obsoletos en poco tiempo.
- Si la actividad cerebral a una edad avanzada se sustenta en el reconocimiento de patrones, cabe pensar que la capacidad creativa quede seriamente dañada salvo que se haya vivido una vida muy intensa durante etapas más jóvenes y se haya creado un entramado tal de patrones que permitan generar tal creatividad.
Repito, el libro es muy interesante y muy explicativo de fenómenos que podemos observar a nuestro alrededor. Quizás habría podido ser mejorado si el autor se hubiera distanciado un poco más de su propia situación y no hubiera tenido tal empeño en mostrarnos sólo la faceta optimista del envejecimiento cerebral.
«Entra en tu cerebro» de Sandra Aamodt y Sam Wang
El libro se vende muy bien en las solapas y con los comentarios pero resulta flojito.
Lo que más me ha gustado es el hecho de que los autores se marchasen a Bellaggio para escribirlo y, con la excusa del libro, se pasaron unos cuantos meses en una de las poblaciones más bellas del lago Como. Me ofrezco voluntario para recibir una oferta similar con la seguridad para el oferente de que será aceptada 🙂
La llamada de atención sobre el hecho de que el cerebro nos engaña está muy bien pero, a partir de ahí, nos encontramos con que el libro no es tal. Tiene un conjunto de informaciones que a veces tienen la categoría de anécdota en recuadros oscuros pero no sigue ningún tipo de guión, es decir, no está articulado como un libro. Parece más bien un conjunto de artículos curiosos tomados de alguna revista del estilo «Quo», «Muy Interesante» o similar pero, desde luego, no es un libro.
Los cuadros sombreados van por una parte y el texto por otra y, como el anecdotario de los recuadros es mucho más atractivo que el texto, éste acaba por ser leído en diagonal sin que se encuentre nada que invite a una lectura más cuidadosa.
Llama la atención en el apartado de referencias su mención de Jeff Hawkins y Sandra Blakeslee, autores de uno de los libros más brillantes, si no el que más, escritos sobre el tema pero, al parecer, la recomendación que recibieron de ellos se refirió al agente literario pero no al contenido del libro o a su organización.
Hay materia prima para hacer un buen libro; el excelente «Mapping the Mind» de Rita Carter es una prueba que no es ni mucho menos única. Puede hacerse un libro ordenado sin caer en un aburrido tratado de anatomía cerebral pero no parece que los autores se hayan tomado el tiempo o el esfuerzo de organización que eso requiere.
En su descargo y pensándolo mejor, creo que si algún día me pusiera a escribir un libro por encargo preferiría hacerlo en lo alto de una montaña o, al menos, en un sitio aislado (el parador de Las Cañadas del Teide o el balneario de Pozo de la Salud en la isla de El Hierro serían buenos candidatos). Pretender escribir un libro en Bellaggio con un entorno de una belleza natural -entendido «natural» en un sentido amplio- excepcional y con un ambiente que invita a todo menos a encerrarse a escribir…es comprensible.
El resultado final es muy mejorable y realmente es una pena porque tenían materia prima para haber hecho un libro excelente.
«Viajes y experiencias» de Michael Crichton: Una visión interesante de la «new age»
Crichton siempre me ha parecido un mal novelista pero un autor interesante. Sus libros sobre ficción científica dejan mucho que desear como trama novelística pero, al mismo tiempo, abren ventanas a distintas ramas de la ciencia, desde la biología a la meteorología pasando por la aeronáutica o el desarrollo de la inteligencia artificial.
Este libro, sin embargo, se sale de su línea de ficción científica porque es, básicamente, una autobiografía comentada. Crichton acabó la carrera de medicina pero nunca ejerció y cuenta por qué, posteriormente pasó una buena parte de su vida buscándole un sentido a esa misma vida y entró en contacto con místicos, videntes y otro tipo de personajes que podríamos denominar «alternativos».
Lo que más llama la atención es la actitud científica que Crichton maneja en el contacto con tales personajes aunque con un importante matiz: Actitud científica en el sentido de Bertrand Russell de no aceptar nada «al peso» y establecer hipótesis provisionales, no en el sentido del que considera la ciencia como una nueva religión y rechaza todo aquello que no puede entrar en su particular culto. Refleja esta idea mediante la asimilación del científico «oficial» con un sastre en los siguientes términos:
La ciencia es, si me permiten el símil, un taller sublimado de costura, un método para tomar medidas encaminadas a describir algo (la realidad) que tal vez nadie comprende. La ciencia ha realizado progresos fantásticos. Ha reportado a la humanidad innumerables ventajas. Sería una locura abandonarla o negar su trascendencia.
Pero sería también demencial pensar que la realidad viste la talla cuarenta y uatro. Sin embargo, se diría que eso es lo que ha hecho la cultura occidental. Durante cientos de años, la ciencia ha cosechado tantos éxitos que el sastre ha tomado las riendas de nuestra sociedad. Sus conocimientos nos parecen más precisos e incontestables que la sabiduría que ofrecen otras disciplinas como la historia, la psicología y el arte.
No obstante, quizá las creaciones de la ciencia nos dejen, al final, una persistente sensación de vacío. Incluso habrá quien sospeche que la realidad no puede circunscribirse a lo que nos revelan mediciones y cifras.
Crichton comienza por establecer una metodología para su contacto con videntes y demás para no darles pistas y, utilizando esa metodología, encontró situaciones muy interesantes, desde el puro y simple estafador hasta gente que era capaz de decirle cosas que de ningún modo podía conocer e incluso hacer descripciones físicas deformadas de algo que no conocían pero que, de alguna forma, estaban viendo y lo describían en las formas que les resultaban más familiares.
Saca también a relucir los viajes astrales. Recientes investigaciones cerebrales tratan de justificar éstos mediante la sensación de incorporeidad que pueden producir ciertos fármacos o ciertos estados alterados de la conciencia y, de hecho, es sabido que algunos anestésicos pueden producir ese efecto que algunos conocemos de modo puramente accidental gracias a ello. Lo que esas investigaciones no establecen es cómo es posible que uno se vea a sí mismo (no es solo incorporeidad, es ver el propio cuerpo) planteando la inquietante pregunta de quién está viendo qué y el hecho de que se trate de algo tan real que luego se pueda comentar con otras personas con gran nivel de detalle visual y auditivo qué ocurría en la habitación mientras se estaba profundamente dormido.
También hizo su experimento de «recordar vidas anteriores» y, aunque aparentemente le funcionó, mantuvo el escepticismo. Al parecer, Crichton se encontraba en el Coliseo de Roma y era un gladiador pero se plantea que, a pesar del realismo con que vivió la situación en un estado de conciencia alterado, no podía saber si eso era una construcción propia y, de no serlo, por qué iba corresponder a una vida anterior suya y no a una vivencia de otra persona que no fuera el mismo. Se podría añadir otro pero: La gente que está metida en este ambiente puede relatar con facilidad que en una vida anterior era un gran brujo en la Atlántida o un faraón (son casos reales que me he encontrado) pero jamás se encuentra a nadie que hable de una vida anterior como siervo de la gleba, funcionario de Correos o como contable de una compañía de seguros. El papel de Crichton como gladiador, no un vulgar espectador o un aldeano del imperio, también va en esa línea.
La conclusión que acaba obteniendo Crichton de todas estas experiencias es que hay muchas cosas que no sabemos y que la ciencia «oficial» no sólo no las explica sino que establece unos modelos muy estrechos que le impiden ampliar su ámbito. Al mismo tiempo, es un terreno plagado de estafadores y tarados mentales de toda laya que se visten de iluminados.
No está solo Crichton en ese tipo de análisis. Aldous Huxley en «Sobre la divinidad» (ver entrada en este blog) llegó a conclusiones parecidas y el propio Albert Einstein, a pesar de su curriculum científico, mantuvo siempre una apertura hacia los terrenos no conocidos y difícilmente cognoscibles por la ciencia como refleja la siguiente frase: La humanidad tiene motivos sobrados para situar a los profetas de los valores y los códigos morales por encima de los descubridores de la verdad objetiva. Lo que debemos los humanos a figuras como Buda, Moisés o Jesucristo, ocupa para mí un lugar más señero que todos los logros de la mente inquisidora y constructiva.
«El juego del ángel» de Carlos Ruiz Zafón
El libro engancha casi desde sus primeras páginas. Al contrario de algunos otros, como la segunda parte de Los pilares de la tierra, la lectura del anterior libro de Ruiz Zafón no implica una sensación de repetición. De hecho, los únicos puntos comunes que pueden encontrarse con La sombra del viento son el «cementerio de los libros olvidados» y el hecho de que esté ambientada en Barcelona.
La trama es complicada y, a la mitad del libro, deja en el lector la duda de si el autor será capaz de desenredarla dignamente o la liquidará en un par de brochazos dejándose un montón de cabos sueltos. Pues bien, Ruiz Zafón consigue llevarla a un final adecuado, si bien es cierto que en las páginas finales del libro hay que prestar una especial atención porque puede perderse el hilo con facilidad.
La parte menos lograda del libro es lo que podríamos llamar «conversaciones en espejo». Prácticamente en cualquier novela es fácil identificar cuál es el personaje en el que se quiere reflejar el autor; en este caso, puede decirse que el autor está reflejado en todos los personajes principales.
Con la excepción de los personajes secundarios, que no han llegado a ser dibujados con excesivo detalle, todos los demás razonan de la misma forma y producen esa sensación de conversación en espejo. Los personajes son brillantes porque el autor lo es pero, precisamente por ello, se ve a los personajes como en una especie de guiñol con el autor, que se hace muy transparente, manejando los hilos.
Normalmente, un libro adquiere vida propia independiente del autor. En este caso, no.
Ruiz Zafón ha tratado de construir una trama muy compleja, y lo ha conseguido, pero para que no se le fuera de las manos ha tenido que mantener un control férreo y, como consecuencia, los personajes no han adquirido vida propia sino que se han limitado a ser un reflejo de su autor.
«Economía en una lección» de Henry Hazlitt
El libro se presenta como «El camino más rápido y seguro para entender la economía básica» y la capacidad de simplificar temas complejos y de romper nudos gordianos en los que se enredan habitualmente economistas y políticos es muy notable.
La tesis central del libro, repetida en múltiples formas y aplicada a distintos entornos, podría describirse de la siguiente manera: Cuando se toma una decisión de favorecer a sectores, grupos, etc. hay que tener en cuenta también cuáles son los efectos que se producen:
- En grupos o sectores ajenos a los favorecidos.
- En el medio y largo plazo.
- En negativo, es decir, no sólo hay que analizar qué ocurrirá sino qué cosas no ocurrirán.
Un ejemplo que puede encontrarse en las primeras páginas del libro es bastante expresivo de este enfoque: Cuando un gamberro rompe un cristal de una tienda, una perspectiva simplista nos diría que se ha creado valor añadido porque se ha creado una necesidad, la de un cristal, que ha dado trabajo a un cristalero. Naturalmente, lo que esta perspectiva omite es que el dinero que, en lugar de gastarse en reponer un cristal, podía haberse gastado en un traje nuevo, habría creado también valor. Sin embargo, como el sastre no aparece en el incidente, es fácil olvidar la perspectiva del «no-producto».
Hasta ahí, bien. Hazlitt señala muchas situaciones donde las subvenciones o el favorecimiento de determinados productos o sectores acaba siendo dañino para otros sectores o para toda la colectividad en el largo plazo; sin embargo, Hazlitt cae en su propia trampa al olvidarse de los efectos de los plazos.
Un ejemplo usado en el libro y muy de actualidad en España: Si, ante una situación de crisis en la construcción, un Gobierno decide intervenir, naturalmente lo hará con dinero que es de todos y ese dinero, que podía haber creado valor en otras áreas de la economía, va a ser utilizado para subvencionar los bolsillos particulares en un sector ruinoso. Así pues, la subvención a la construcción no creará empleo porque el dinero empleado para ello será detraído de otros sectores donde sí podía haberlo creado.
El argumento está suficientemente bien construido para que no sea fácil detectar la trampa y, sin embargo, ésta existe. La trampa se llama tiempo.
La mano de obra especializada en el sector de la construcción está especializada en un tipo muy concreto de trabajos; si el sector de la construcción sufre una profunda crisis ¿esa mano de obra es instantáneamente recolocable en otros sectores que estén funcionando mejor? Respuesta: No.
Naturalmente, si una crisis no es ya tal crisis sino que es algo con perspectivas de perpetuarse como, por ejemplo, ocurre en sectores como la minería, la siderurgia, la construcción naval o la vergüenza nacional del PER (Plan de Empleo Rural) donde toda corrupción tiene su asiento, las medidas de apoyo, tal como señala Hazlitt, serán totalmente dañinas si al mismo tiempo no se va reconvirtiendo la mano de obra excedente a otros sectores que no necesiten ese apoyo.
El favorecimiento de un sector afecta a la generalidad que tiene que poner encima de la mesa dinero que podía utilizar para otras cosas. Sin duda, pero seguir esa lógica hasta el extremo podría ser peligroso. ¿Por qué tener algo parecido al Seguro de Desempleo, por ejemplo? Es un único ejemplo que podríamos multiplicar hasta el infinito.
Hazlitt tiene razón en que no se pueden perpetuar situaciones que sabemos que son dañinas pero la opción ultraortodoxa en economía también tiene consecuencias negativas y, al igual que en su día ocurrió con los paraísos comunistas, llevar a la práctica en su integridad la doctrina de Hazlitt podría llevarnos a un infierno actual en nombre de un paraíso futuro. Al final, los extremos se tocan.
«La isla» de Aldous Huxley
«La isla» es la auténtica utopía de Huxley a pesar de ser mucho menos conocida que «Un mundo feliz».
En «Un mundo feliz» Huxley preparó una caricatura señalando hacia dónde se podía dirigir un mundo que no le gustaba. En «La isla» refleja como debería ser un mundo para gustarle y, aunque no tenga un final feliz, todo el desarrollo deja claro eso.
Ambas utopías tienen un curioso punto que resulta común sólo en apariencia y es el uso de drogas para su mantenimiento. En «Un mundo feliz», la droga es el «soma» y está inventado como una forma de provocar artificialmente un estado feliz huyendo de las circunstancias externas.
En «La isla» vuelve a hacer su aparición la droga pero está hablando de algo distinto, es decir, de algo que no está para tapar sino, al contrario, para revelar como deja de manifiesto el que se pregunte a quienes la han tomado qué van a hacer con sus visiones y sus sensaciones una vez que haya pasado el efecto.
No hace falta ser muy versado en el tema para identificar la droga de que habla Huxley: El LSD, ácido lisérgico o simplemente «ácido», definido recientemente por Sánchez Dragó en un artículo con la palabra «enteógeno» que, al parecer, significa la capacidad para hacer aparecer manifestaciones divinas.
Huxley fue un personaje que, además de particularmente inteligente, era un pensador de gran profundidad en temas religiosos y filosóficos (Véase el post referido al libro «Sobre la divinidad» aquí mismo) y, al escribir una utopía, se ve libre de la necesidad de seguir un discurso de corte racionalista donde cada paso debe ir debidamente justificado.
No sé qué hizo Huxley con el LSD o el LSD con Huxley; acaso le sirvió para profundizar aún más en un agnosticismo militante que está muy lejos de ser un mero ateísmo con pretensiones cultas. Una frase de «La isla» resume la posición de Huxley de la forma más sintética imaginable: «Danos la fé y líbranos de las creencias».
«El método» (The Game) de Neil Strauss
Libro pintoresco. Cuenta las cuitas de un personaje anodino que entra en una red de maestros de la seducción, conocidos por sus siglas MDLS, y se convierte en un seductor a toda prueba.
Si alguien espera encontrar algo parecido al «Diario de un seductor» de Kierkegaard, es mejor que se olvide de la idea y busque otro libro. No es un ejercicio de sutileza o de construcciones mentales basadas en una mirada fugaz o similares. Precisamente lo que acaba es contando un método bastante burdo pero lo más interesante está en los efectos que produce en los personajes que lo practican.
La parte episódica de las salidas a sargear (neologismo del libro por ligar), las sesiones de entrenamiento de otros, las exhibiciones y los éxitos y los fracasos de los protagonistas pueden llegar a aburrir cuando se convierten en repetitivas. Otra cosa distinta es el proceso en el que se van metiendo los protagonistas y cómo cada uno de ellos va evolucionando en una dirección distinta. Mientras unos encuentran que una evolucionada técnica de ligue les mejora personal y profesionalmente, otros se quedan desencantados ante la facilidad con que ahora consiguen algo que antes les estaba vedado devaluando así la relación con las mujeres.
Un punto de gran interés aparece cuando los MDLS descubren la PNL y empiezan a utilizar sus técnicas. Uno de ellos, el protagonista, se siente especialmente molesto cuando ve que ha sido analizado no sólo en lo que considera su técnica, como algo superpuesto y con un objetivo, sino en aspectos de su comportamiento no impostados y que son igualmente copiados por otros que los van reproduciendo y se comportan como auténticos clones.
En suma, interesante de leer aunque con altibajos. Vale la pena leer en diagonal algunas partes que se identificarán rápidamente y pararse más en otras, más originales.
«El ladrón en la casa vacía: Memorias»: Autobiografía de Jean François Revel
Descubrí a Jean François Revel con “El conocimiento inútil” que, años después, sigue pareciéndome el mejor de los libros suyos que he leído a pesar de que algunos eran excelentes.
Revel es uno de los gigantes del pensamiento político occidental del siglo XX. El libro citado ya me supuso algunas sorpresas; considerando que era un libro excelente, se me ocurrió recomendárselo a dos personas. A una de ellas sólo le faltó tirármelo a la cara mientras que la otra se la recomendó a una tercera persona; esta tercera persona resultó ser Pablo Sebastián quien, bajo el seudónimo de Aurora Pavón, escribió un artículo incendiario contra el libro y contra el mismo Revel…¡a pesar de confesar en el propio artículo que no lo había leído!
Pocas veces antes me había encontrado con el sectarismo en un estado tan puro y con un derivado suyo, el principio de Dilbert, que dice que todos somos imbéciles; afortunadamente no todos lo somos al mismo tiempo ni para las mismas cosas. Pues bien, las reacciones de estas dos personas, por lo demás inteligentes, me mostraron que el principio de Dilbert es una gran verdad y que las personas más inteligentes se pueden ver afectadas por la imbecilidad en determinados terrenos.
Revel no es un autor que deje indiferente; o se le admira o se le odia y para quien le admire -es mi caso- una autobiografía es una oportunidad que no se puede desaprovechar para intentar entender algo más de dónde sale la portentosa capacidad de análisis mostrada en otras obras suyas.
El libro, prologado por Vargas Llosa y con una excelente traducción, comienza descolocando al lector. Transcribo sus primeras frases:
Los hombres, y no sólo los autores de memorias, suelen decir que a pesar de los fracasos, las penas, los errores y las decepciones o incluso de las fechorías que llenan su pasado, a fin de cuentas están contentos de un destino que ya ha quedado atrás y, si volvieran a empezar, no elegirían una vida distinta.
No pienso lo mismo de la mía. Sin subestimar lo que hay en ella, respectivamente, de inevitable y de accidental, sin que ninguna de ambas sea deseable, en mi memoria se acumulan las circunstancias, pequeñas o grandes, decisivas o triviales, en las que tenía la facultad de elegir y me equivoqué.
Si alguien piensa que es una exhibición de falsa modestia, le bastará leer unas pocas páginas para convencerse de que no es así. Revel, recientemente fallecido, ha tenido una vida larga y compleja donde las oportunidades de decidir y, por tanto, de equivocarse han sido muchas.
Comienza por unos inicios de estudiante mediocre aunque original. Su interés en buscar las fuentes en lugar de quedarse con los refritos realizados por terceros para los libros de texto le llevarían a la vez a obtener unas calificaciones muy mejorables y a adquirir, ya desde el principio, una cultura casi enciclopédica. Si a este elemento le unimos una memoria episódica muy poco común, es fácil entender por qué llegó a convertirse para algunos en un autor maldito. Pocas cosas son más imperdonables que insistir una y otra vez en que “el rey está desnudo” en lugar de alabar su traje.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Revel tendría un papel secundario aunque, desde luego, no exento de riesgos en la Resistencia. No aprovechó ese papel para buscar una posición política tras la guerra y ya ahí empezó a ver algunas jugadas sucias. Bastantes años más tarde, siendo director de L’Express denunciaría el colaboracionismo de Marchais quien, en el momento de la denuncia, era secretario del Partido Comunista Francés.
Marchais llegó al extremo de marchar como voluntario a Alemania donde trabajó en fábricas de armas y la prensa del momento intentó por todos los medios silenciar esta denuncia a pesar de estar perfectamente documentada. Al parecer, no fue el único caso. Cuando muchos miembros del PCF, totalmente teledirigido en la época de guerra desde el PCUS, vieron que su posición iba a ser impopular en una posguerra con un Hitler vencido y que había traicionado su pacto con Stalin, no sólo se apuntaron a la Resistencia sino que comenzaron a plantear acciones absurdas sin más finalidad que generar mártires que, en la posguerra, pudieran servirles para borrar su comportamiento inicial.
Al ser una biografía, se mezclan muchos de estos asuntos con cuestiones puramente familiares. Es del mayor interés el periplo de Revel por México y por Italia -hablaba perfectamente español e italiano- países ambos de los que salió después de escribir una denuncia general sobre la corrupción que existía, especialmente en el ámbito político, denuncia en la que tampoco se olvida de Francia.
Su aproximación y alejamiento de Mitterrand, antes y durante la presidencia del líder socialista así como la denuncia de la hipocresía mostrada, entre otros, por el “filósofo de la libertad”, Sartre, quien tuvo una etapa muy claramente estalinista le acabarían convirtiendo en la bestia negra de la izquierda francesa.
Revel hace un retrato devastador de Mitterrand de quien dice que no le interesa la política, entendida como conjunto de creencias u objetivos o incluso utopías sociales sino que sólo se interesaba por el puro manejo para alcanzar y mantenerse en el poder (merece la pena leerlo en sus propias palabras).
Tanto en esta autobiografía como en el resto de su obra, Revel se muestra como una de las cimas del pensamiento liberal actual. Su denuncia constante le granjeó muchos enemigos que gustan de calificarle de reaccionario o de compañero de viaje de la extrema derecha. Nada más lejos de la realidad.
El modelo de acción política de una buena parte de la izquierda, afortunadamente no toda, está basado en el volumen del megáfono. Entiéndase el concepto de megáfono en el sentido figurado a que aludía Lenin al decir que una mentira repetida muchas veces se transforma en verdad. Si alguien no acepta la lógica del megáfono, y Revel claramente no la aceptó, es considerado uno de los peores enemigos incluso aunque comparta todos o buena parte de los fines declarados. Si rechaza los medios, es un enemigo y, si los denuncia, es un enemigo mortal. Ése es el Revel dibujado en su autobiografía y en el conjunto de su obra.

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