Categoría: Libros y autores
«The God Delusion» o «El espejismo de Dios» de Richard Dawkins
Como mínimo, puede decirse del libro que es peculiar. Dawkins utiliza una vehemencia no habitual en los argumentos en favor del más completo ateísmo y no puede decirse que esa vehemencia no tenga coherencia con su propia forma de ver el fenómeno religioso.
Buena parte del libro es una denuncia de excesos cometidos en nombre de la religión y rechaza la idea de que haya que respetar las creencias religiosas puesto que, al mismo tiempo, entiende que su falta de creencia no ha sido respetada en absoluto y, para alegar esto, presenta muestras como un comentario de George Bush Sr. en el sentido de que los ateos no podían considerarse siquiera ciudadanos.
Es por ello que Dawkins no tiene el menor problema en ridiculizar creencias y en hacer proselitismo del ateísmo e incluso considerar que el agnosticismo no le parece una postura aceptable por lo que representa de quedarse a la mitad evitando establecer compromisos.
Muchos de los hechos denunciados por Dawkins son dificilmente rebatibles; por ejemplo, señala que no se debería hablar de un niño cristiano o de un niño musulmán sino, en todo caso, de un niño de familia cristiana o de un niño de familia musulmana ante el simple hecho de que el niño no tiene capacidad de raciocinio para considerarse incluido en una religión u otra. Denuncia también hechos como que una creencia religiosa puede permitir a un analfabeto sustentar una objeción de conciencia pero que alguien que no declare tal creencia y cuya objeción de conciencia provenga de un estudio o una capacidad de reflexión muy superiores al promedio lo tendría mucho más difícil ante igual situación o cuestiones tan divertidas como que el fisco británico tenga una preferencia por las religiones monoteístas y les niegue beneficios fiscales a las politeístas.
Poco se puede añadir al hecho, también denunciado por Dawkins, de que un relativismo cultural mal entendido pueda hacer que los motivos religiosos sean excusa suficiente para prácticas que la legislación de cualquier país occidental proscribe, incluso cuando son llevadas a cabo en esos mismos países.
En suma, hay una parte muy valiosa del libro y es precisamente la parte de denuncia y su argumentación. Niega a los teólogos cualquier tipo de conocimiento específico que les conceda preeminencia alguna en temas tales como la existencia de Dios y hace un paralelismo con lo que llama la hadología por la cual los expertos en hadas tendrían un punto de conocimiento específico a considerar. Señala como esta concesión desde el ámbito de la ciencia a menudo obedece a intentos de aplacar las iras fundamentalistas y muestra algunos ejemplos.
Sin embargo, es difícil estar en un 100% de acuerdo con Dawkins porque la misma vehemencia utilizada en la denuncia es utilizada en el ataque a posiciones distintas de la propia y ahí es donde en algunas ocasiones pierde el norte y, en otras, simplemente está recurriendo a argucias dialécticas haciendo pasar por argumentos cosas que no lo son en absoluto.
Hay dos aspectos que hay que destacar en este terreno:
- El concepto de respeto a las creencias y su negativa por parte de Dawkins.
- El modelo de Dios en el que basa el ateísmo militante.
En cuanto al concepto de respeto a las creencias, quizás habría que comenzar negando la mayor. Ninguna creencia, sea religiosa, política o de cualquier tipo, merece intrínsecamente respeto alguno aunque sí lo merecen las personas que profesan tal creencia.
En el caso de la religión, al margen de la fuerza económica, política o, simplemente, de capacidad de generación de violencia, que pueda haber tras una creencia, hay un elemento más que Dawkins parece ignorar deliberadamente: Para la persona con convicciones religiosas, la religión es uno de los pilares básicos en que se sustenta toda su idea de quién es, de su lugar en el mundo e incluso de sus principios morales. ¿Tenemos derecho a tratar de derribar esos pilares basados en nuestra convicción de que sabemos más? Tal vez sí pero en pocos casos: El primero, cuando la persona religiosa se lanza a hacer proselitismo y tratar de extender su particular verdad privada a su entorno; en ese momento, la persona que trata de ser captada tiene pleno derecho al contraataque. El segundo caso consiste en lo que se denomina desprogramación de personas que han caído en las garras de sectas destructivas que les impiden una vida normalizada y, como una variedad de éste, tendríamos que incluir los casos en que una religión trata de superponerse a los derechos humanos y se trata de recuperar la situación normal de ejercicio de tales derechos.
¿Puede exigirse, como Dawkins pretende, una simetría de trato respecto al ateo? Si partimos de idéntico principio, es decir, del principio de que lo respetable son las personas y no las creencias, nos encontraríamos en una situación parecida pero con una variante nada trivial: La ausencia de creencia no ocupa el mismo lugar central para el individuo no creyente que la creencia para el creyente. Savater denomina a las religiones con el curioso nombre de tecnologías de salvación. Si alguien está convencido de que su tecnología de salvación funciona, no hay en principio, fuera de las excepciones señaladas y tal vez alguna más, razón alguna para tratar de convencerle de lo contrario basado en los perjuicios que se le podrían producir, del mismo modo que pocos médicos se empeñan en informar a un paciente que ha dado claras señales de no querer saberlo de que tiene un cáncer mortal.
Este mismo principio no es aplicable al no creyente quien, en la hipótesis de ser convencido de que una determinada tecnología de salvación funciona no se encontrará con que el mundo se hunde bajo sus pies sino todo lo contrario. Naturalmente, en la hipótesis del proselitismo desde una posición religiosa, el derecho de réplica del no creyente sí podría producir ese efecto en el que trata de convertirle pero ése es un riesgo profesional del que intenta captar nuevos adeptos, riesgo frente al que suelen blindarse cerrando las orejas y las mentes.
Es por esto que debe exigirse un respeto idéntico a las personas sean cuales sean sus creencias pero tal vez no una simetría completa. Al atacar a la religión de una persona, se está atacando a los mismos fundamentos de su yo, cosa que no ocurre en el caso del no creyente, salvo que se llame Richard Dawkins y haya hecho del ateísmo una marca de identidad. El propio Bertrand Russell, agnóstico reconocido, cuando fue preguntado a una edad muy avanzada qué ocurriría si, tras una muerte presumiblemente cercana, encontraba que toda su vida había estado equivocado y que Dios existía y, a su muerte, se veía enfrentado con él. Bertrand Russell se limitó a responder: «Le diría: Lo siento, Señor, pero no nos diste pruebas suficientes» o, en otros términos, el descubrimiento no significaría el cataclismo personal que le produciría a una persona creyente encontrar que toda su vida había creído en una fábula.
En cuanto al modelo de Dios en que basa Dawkins su discurso, es francamente discutible. Dawkins comienza por fabricarse un adversario a medida para, a continuación, utilizar el argumento ad-hoc para ese adversario fabricado por él mismo. Dawkins no reconoce otro tipo de Dios que el personal hecho a imagen y semejanza de sus creyentes; por añadidura, al hacerlo así, tiene fácil utilizar las salvajadas escritas en los considerados libros sagrados por las grandes religiones como prueba de que ese Dios, incluso medido por estándares puramente humanos, dejaba mucho que desear.
Excluye religiones como el budismo y otras religiones orientales a las que considera filosofías de vida y, por idéntica razón, rechaza conceptos de Dios ajenos al Dios personal por considerarlos como una especie de veleidad poética sin entrar a considerar su fondo. No entra en experimentos como los realizados con el LSD e incluso prácticas como las tibetanas sino que el único experimento que toca es uno realizado sobre el poder de la oración, naturalmente fallido pero deja por el camino mucho conocimiento real sobre el asunto que no encaja en modo alguno con el Dios de Abraham pero tampoco con un ateísmo militante.
Cuando ataca a los agnósticos, lo hace ferozmente por considerar que se quedan a medio camino; sin embargo, al hacerlo, Dawkins está faltando a la verdad porque muchos agnósticos pueden rechazar de plano ese Dios personal que personifica con frecuencia en el Dios de Abraham al que Dawkins dirige todoa su artillería ignorando toda otra forma religiosa o de divinidad que le resulte más complicada de manejar. Es posible que Dawkins actúe así tanto por motivos prácticos -es más fácil debatir cuanto más absurda o brutal sea la posición del contrario- como por el simple hecho de que el dios del Antiguo Testamento está presente en las tres grandes religiones -cristianismo en todas sus variantes, judaísmo e Islam- y de una sola tacada puede atacar a las tres.
Con todos estos elementos, el libro acaba resultando una mezcla peculiar de pinceladas de un Miguel Ángel junto con brochazos de un pintor de brocha gorda, defendidos unos y otros con el mismo énfasis. Al inicio del libro, comienza expresando su deseo de que quien lo lea acabe convirtiéndose, como él mismo, en un ateo militante pero hay trampa:
Si el ateísmo representa el rechazo de un Dios como el que dibuja, basado en textos considerados sagrados por las grandes religiones, es posible que no fuera necesario leer el libro y que muchas personas que no se consideran ateas e incluso algunas que se consideran creyentes, sean ateas sin la menor vacilación con respecto al Dios que pinta Dawkins.
Dawkins defiende también que no se han cometido grandes crímenes en nombre del ateísmo y tiene razón pero nuevamente es un argumento trucado. Quienes critican al ateísmo y a su hipotética vaciedad en cuanto a principios y valores, no lo hacen porque tal ateísmo vaya a ser fuente de grandes crímenes sino por pensar que alguien que esté plenamente convencido de que el momento de la muerte es un final absoluto no tiene razón alguna para preocuparse por consecuencias de sus actos más allá de ese momento. A esta objeción, Dawkins responde con una supuesta programación que todos llevamos gracias a la teoría de la evolución, teoría que, en contra de lo que sostiene en el libro, maneja en muchas ocasiones más como una creencia religiosa o cuasi-religiosa que como una teoría científica.
El libro, a pesar de sus puntos de denuncia que resultan muy notables, acaba haciendo honor a parte de su título: Delusion. Si se quiere entrar en el aspecto de denuncia de la religión entendida como fenómeno social, los daños que ha traído y trae al ser humano y los mecanismos de poder alrededor de ella, es una buena adquisición pero, si se quiere entrar en otro tipo de asuntos, el Dios que se fabrica Dawkins para atacarlo a continuación recuerda el dicho español a moro muerto, gran lanzada.
Sin duda, se pueden encontrar otros títulos más solventes sobre el tema, comenzando por el Por qué no soy cristiano de Bertrand Russell, el Sobre la divinidad de Huxley e incluso el libro de los muertos tibetano. Cualquiera de ellos aportará perspectivas que no se van a encontrar en la obra de Dawkins quien es un excelente polemista pero a quien, con tal de llevar la discusión a su terreno, no parece importarle demasiado el uso de argumentaciones trucadas junto con otras realmente valiosas.
NOTA AÑADIDA: Acaba de aparecer en algunas ciudades españolas una curiosa iniciativa publicitaria llamada «el bus ateo» por la cual algunos autobuses municipales llevan insertada publicidad con el texto «Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida». Personalmente, me parece una publicidad estúpida y de mal gusto pero no más estúpida y de mal gusto que cuando se colocan carteles anunciando «Gran vigilia de la Inmaculada» dirigida exclusivamente a «hombres y jóvenes». El ámbito de la religión o su falta entra de lleno en lo que Vargas Llosa califica acertadamente como «verdades privadas» y la publicidad en ese terreno es inevitable que roce o entre de lleno en el mal gusto, la estupidez y la zafiedad.
«Gomorra» de Roberto Saviano
Aunque existe una película del mismo nombre, todavía no he tenido ocasión de verla.
El autor ha sido amenazado por la Camorra napolitana y vive escondido y, después de leer el libro, la impresión recibida es que el autor se ha buscado problemas con carácter gratuito. Me explicaré:
La primera parte del libro es de un enorme interés. Explica el papel que ocupa el puerto de Nápoles en cuestiones como las falsificaciones de firmas, cómo la mafia ha extendido sus tentáculos hasta China pasando por la propiedad de tiendas donde se venden, sin que haya forma de distinguirlas, materiales de marca y falsificaciones de las mismas marcas.
La mezcolanza entre marcas y falsificaciones, drogas y prácticas de fabricación y distribución está muy bien llevada y sólo eso puede justificar la lectura del libro.
A partir de ahí, entramos en una segunda parte -que, con toda seguridad es la que le ha traído la persecución al autor por su mención expresa de nombres, hechos y lugares- en la que el lector lo tiene muy fácil para perderse y, en consecuencia, desconectar. De ahí la idea de que la búsqueda de problemas haya tenido un carácter gratuito.
Mientras se refleja una dinámica de funcionamiento, el libro tiene interés; en el momento en que entra en un anecdotario prácticamente imposible de seguir para cualquiera que no esté introducido en la vida napolitana, el interés se va perdiendo por momentos y cualquiera que busque algo remotamente parecido a «El padrino» de Mario Puzo puede estar seguro de llevarse una buena decepción.
Es posible que, como comenta el autor en una parte del libro, lo retratado por «El padrino» no corresponda a la realidad sino que, al contrario, la realidad posterior ha imitado a «El padrino» pero Saviano se recrea en datos intrascendentes para el lector de forma que, en su libro, es perfectamente válido aquello de que los árboles no dejan ver el bosque.
Para concluir, en algunos pasajes del libro el autor desliza la idea de que la mafia es algo así como el liberalismo económico llevado a sus últimas consecuencias, idea que sin duda repugnará a cualquier persona medianamente informada, sea partidario o no del liberalismo.
En suma, un libro interesante con la pequeña pega de que le sobran dos tercios de las páginas.
30 años de Constitución en España: Del «Sobre la libertad» de Stuart Mill a la «Educación para la ciudadanía» de Zapatero
Un aniversario más de la Constitución Española. Aunque algunas constituciones, como la norteamericana, han resistido más de dos siglos sin demasiados retoques, a la española le están saliendo goteras. Tal vez se debe a que, como es tradición en el país, se hizo originalmente una chapuza y ahora se ve que las reformas son urgentes. Sin embargo, no todo el mundo parece estar de acuerdo en cuál ha de ser el sentido de esas reformas aunque la experiencia de estos años nos obligue a cuestionar si TODOS han de estar de acuerdo o hay que dejar a un lado a aquéllos que, durante este tiempo, han tenido mucho más protagonismo del que les correspondería.
Tal vez una de las principales chapuzas en el proceso de construcción constitucional viene del hecho de considerar que el haber estado públicamente en contra de Franco confería una patente de demócrata de forma automática. Entre los antifranquistas, ha habido actitudes tan cerradas y tan antidemocráticas como las que pudieran darse entre los franquistas y tratar de satisfacer a estos personajes fue un claro error.
La cooficialidad de los lenguajes fue uno de los errores. En su momento, pensaron que serviría para aplacar las iras nacionalistas pero, utilizando una metáfora que en su día usó Calvo-Sotelo hablando con Pujol, los nacionalistas son como las palomas; se quejan de la resistencia del aire pero es esa resistencia la que les permite volar. En la mayoría de los casos, no se aspira -aunque se proclame así- a la independencia sino a mantener una posición de privilegio dentro de un Estado.
Naturalmente, una vez conseguida la cooficialidad, fue utilizada para perseguir en sus zonas de influencia la lengua común , actuando de forma prácticamente idéntica a la que criticaban cuando la acción provenía del dictador, y, de esa forma, llevando a cabo una limpieza étnica menos sangrienta -aunque ETA lleve alrededor de mil muertos- pero no menos repugnante que las que se han podido ver por los Balcanes.
Aunque la Constitución establece la libertad de todos los españoles para establecer su residencia en cualquier parte del territorio nacional, el lenguaje local ha sido utilizado para reducir ese artículo a una manifestación vacía sin consecuencias prácticas. Alguien que no domine una lengua local -que teóricamente tiene derecho pero no deber de conocer- no puede establecerse en algunas partes de España. Lo contrario empieza a ser también cierto; después de años de marginar el español en los sistemas escolares dominados por los nacionalistas, el español de las nuevas generaciones empieza a ser tan deplorable que tienen auténticas dificultades para salir más allá del punto visible desde su campanario.
La Constitución establece también competencias exclusivas del Estado pero, como al mismo tiempo establece que éstas pueden ser cedidas, el «pueden» ha sido traducido por los nacionalistas en «deben» y han ejercido toda la presión que un absurdo sistema electoral les permitía para conseguir esas transferencias, quedando el Estado central cada vez más vacío de contenido.
Para ganar el apoyo de los nacionalistas -apoyo prometido y más tarde traicionado como en el caso del PNV- se realizaron cesiones que dejan en cuestión la igualdad de los españoles como, por ejemplo, ampliar a toda la zona vasca los privilegios de los Fueros de Álava y se pergeñó un sistema electoral que repite punto por punto los errores que hicieron ingobernable la Segunda República.
Como entonces, ahora se puede ver que una cosa es el respeto a las minorías y otra cosa es la dictadura de las minorías. Lo primero es un deber; lo segundo es inadmisible pero es la situación en que se vive actualmente en España, situación que llevó al colapso y, junto con otros factores, a una Guerra Civil que algunos tratan de reescribir ahora.
En cuanto a la forma de Estado ¿tiene hoy sentido la monarquía? Una institución onerosa y que no ha cumplido con sus funciones en el sentido de servir de poder moderador puede estar cuestionada por una gran parte de los españoles aunque sea por distintos motivos. Quizás son muchos los no nacionalistas que estarían dispuestos a firmar una República Federal donde, ya que no existe la solidaridad entre regiones, al menos impedir las situaciones de privilegio y dejar a cada uno que jugase con sus propias bazas sin limitación alguna.
Especialmente hoy conviene releer textos como «Sobre la libertad» de Stuart Mill, del que me he permitido subrayar dos pasajes:
El más formidable mal no reside en el conflicto violento entre las diferentes partes de la verdad sino en la discreta supresión de la mitad de la misma.
No hace mucho, el actual presidente del Gobierno dijo que pretendía ir más allá de la alternancia en el poder y, aunque hubo quien lanzó grandes críticas sobre pretensiones de permanecer en el poder a perpetuidad, es muy probable que no fuera por ahí el comentario. Hay medidas que, una vez tomadas, tienen una marcha atrás muy difícil y los ejemplos son múltiples:
En ocho años de gobierno de la actual oposición, cuatro con mayoría absoluta, no se atrevieron a acabar con la absurda moratoria nuclear impuesta por un gobierno del mismo color que el actual, y conociendo los problemas energéticos del país ; esos mismos ocho años de gobierno no sirvieron para eliminar el desastre educativo propiciado por la LOGSE ni la corruptela de todas las corruptelas que representa el llamado Plan de Empleo Rural por el cual alguien puede vivir toda su vida sin trabajar a cargo del Estado, no se modificó el sistema de elección del Consejo General del Poder Judicial por cuotas a pesar de que tal modificación estaba en su programa electoral ni se ejecutaron sentencias judiciales relativas al monopolio en los medios de comunicación, medidas o inacciones todas ellas cuyo precio se está pagando ahora.
La izquierda siempre ha manejado la calle mejor que la derecha y saben muy bien que la toma de medidas en estos temas, a todas luces legítimas, provocarían grandes algaradas como de hecho se demostró cuando el actual presidente era el primero en manifestarse señalando que ahí estaba la democracia. Más tarde, se le olvidó y la democracia pasó a estar en el Congreso ignorando varias manifestaciones multitudinarias en contra de medidas tomadas por él. Por añadidura, siempre está la eficaz ayuda de los sindicatos, cuya representatividad es más que cuestionable si vamos a los datos de afiliación e incluso en algunos casos tal representatividad ha sido graciosamente otorgada permitiendo negociar a sindicatos con escasa o nula representación en un sector los convenios en ese sector. Un buen ejemplo de esto sería el sector público. Los sindicatos españoles se han convertido también, por esta vía, en una sucursal de algunos partidos políticos y, por ello, no son una garantía de democracia sino, en buena parte, todo lo contrario.
Es muy difícil de decir y, más aún, de actuar cuando ha habido durante años ese trabajo de zapa que ha sacado del ámbito de lo admisible socialmente opiniones que, por su naturaleza misma, no son menos legítimas que aquéllas que las han expulsado de la vida pública pero asumir que la propia posición es minoritaria y actuar de forma acomplejada tiene estas consecuencias.
El mayor de este tipo de agravios en el que puede incurrir un polemista consiste en estigmatizar a quienes sostienen la opinión contraria como individuos perversos o inmorales. Especialmente expuestos a sufrir calumnias de este tipo están quienes sostienen opiniones impopulares porque, por lo general, son pocos y de escasa influencia y nadie, salvo ellos, manifiesta mucho interés en que se les haga justicia pero, por la misma naturaleza del caso, este arma se les niega a quienes atacan una opinión dominante: no pueden servirse de ella sin poner en riesgo su seguridad ni, aunque pudieran hacerlo, conseguirían otra cosa que desacreditar su propia causa. En general, las opiniones contrarias a las comunmente admitidas solo pueden aspirar a ser tenidas en cuenta mediante una estudiada moderación del lenguaje en que van expresadas y con el más exquisito cuidado para evitar toda ofensa innecesaria, sin que apenas puedan desviarse lo más mínimo de dicha actitud sin perder terreno.
Parecería que hoy, treinta años después de la Constitución, el principal partido de la oposición ha leído estas líneas de Stuart Mill y ha asumido como opinión impopular la propia y como dominante la contraria y, al menos la corriente dominante en tal partido, no intenta modificar tal estado de cosas y es capaz de tragarse hace muy pocos días cosas como que un alcalde que, además, es el presidente de la Federación Española de Municipios diga que los votantes de la oposición son unos tontos de los cojones sin que se les pase por la cabeza replicar con la misma o similar moneda.
La actual oposición parece asumir que su posición es impopular, a pesar de sus más de diez millones de votos en las últimas elecciones, y practica una política de perfil bajo -solución que siempre les ha sido propuesta desde sus asesores y que llevó al gran fracaso electoral de 1993- y parece que intenta no molestar, incluso en situaciones en que su posición se haya mostrado más fundada que la del actual Gobierno como la relativa a la crisis económica -negada hasta la saciedad hasta pasadas las elecciones- o el error de la negociación con ETA, donde a un comentario de Zapatero en el sentido de estar en unas condiciones magníficas, la organización asesina replicaría volando un aparcamiento del aeropuerto de Barajas.
El discurso dominante se convierte así en único cuando es asumido por la corriente principal de oposición dándose paradojas como que la situación económica y su rápido deterioro representen una fuerte pérdida de popularidad para Zapatero pero, al mismo, representen una pérdida mucho mayor para el principal líder de la oposición, Rajoy.
Una de las escasas muestras de rebeldía procedente de una voz minoritaria dentro del principal partido de oposición puede encontrarse en este discurso de la presidente de la Comunidad de Madrid:
http://www.libertaddigital.com/nacional/discurso-integro-de-esperanza-aguirre-1276327509/
También pueden encontrarse muestras similares en las posiciones de una diputada, Rosa Díez, anteriormente socialista pero que abandonó el partido hoy en el Gobierno ante el giro que éste dio respecto de lo asumido en su programa electoral. Hoy, ese partido representado en el Congreso por una única diputada parece haberse transformado en la única oposición real y las encuestas le conceden una subida espectacular. Queda, sin embargo, la duda de qué ocurrirá en el futuro con tal partido ante el hecho de que su posición está definida por oposición al nacionalismo pero, con ese único punto común, tiene dentro demasiadas posiciones distintas.
Ésa es la situación de hoy, situación que no se trata de perpetuar mediante intentonas golpistas como también ha sido tradicional en España sino mediante la reducción a un discreto silencio de toda oposición, tanto si es a nivel nacional como si es a nivel regional y una parte de esa reducción al silencio está en la asignatura de «Educación para la ciudadanía» promovida por el propio Zapatero.
Con «Educación para la ciudadanía» es mucha la gente que tiene una opinión parecida a la que puede tener con la asignatura de religión: Bienvenida sea si sirve para aportar una amplitud de perspectivas pero, si lo que se pretende es adoctrinar, no parece que el colegio sea el lugar adecuado para eso.Naturalmente, hay también una oposición desde posiciones vinculadas con la Iglesia Católica y es esa oposición la que está siendo utilizada para desacreditar la totalidad, incluida la procedente de posiciones que nada tienen que ver con ésta.
La mera lectura del Boletín Oficial del Estado donde se establece la asignatura es suficiente para poder afirmar sin género de dudas que no se buscan perspectivas más amplias sino, como Stuart Mill avisaba, se trata de suprimir discretamente las opiniones discordantes con la dominante.
Por otro lado, a Zapatero hay que reconocerle la habilidad de llevar siempre las cosas un paso más allá de lo que podría haber sido asumido por la oposición para, de este modo, poder acusar al contrario de intransigencia y mantenerlo en una posición de arrinconamiento. Un ejemplo es el matrimonio homosexual. Gran parte de la actual oposición, no la cercana a la Iglesia Católica, podría haber asumido sin problemas el reconocimiento civil de parejas homosexuales y, de hecho, fue un gran error no hacer este reconocimiento cuando estaban en el poder. El llamar a estas parejas «matrimonio» es lo que les resulta más difícil de asumir y esa dificultad ha servido para mantener la acusación de estar en contra de tales parejas sin que haya habido una réplica adecuada. Habría que contar además con que, en el caso de haberla habido, el predominio de medios de comunicación afines al poder, habría dificultado que tal réplica hubiera contado con el eco necesario.
No me gustaría concluir sin hacer una referencia al Tribunal Constitucional y, en general, a un poder judicial que ha sido tratado como una sucursal de los partidos políticos estableciendo cuotas como una forma de afirmar su poder y donde los magistrados no votan según su opinión o sus criterios técnicos sino de acuerdo con la «ganadería» a que pertenecen.
Hoy, treinta años después de nacer la Constitución, donde una parte importante de su articulado está siendo abiertamente incumplido, el Tribunal Constitucional tiene aún encima de la mesa el Estatuto de Cataluña que, en caso de resolverse positivamente, consagrará una diferencia tan clara entre españoles que es difícil que deje una salida distinta a una ruptura o, si se prefiere, a una independencia promovida no precisamente desde la parte nacionalista sino desde la no nacionalista, cansada de privilegios y de victimismo.
En suma, la Constitución no goza de buena salud y se requiere un urgente cambio, sin los complejos de hace treinta años si se quiere asegurar que realmente el edificio sea duradero. Zapatero tiene su personal examinador, Philip Pettit y su idea del «republicanismo cívico» que considera que la situación española actual le merece una puntuación de notable alto. A muchos nos merece una puntuación de suspenso y, tratando de ser ecuánime, no todo el suspenso le corresponde al actual Gobierno sino también a los anteriores, fueran del color que fueran, y a una chapuza constitucional realizada hace ahora treinta años.
Bibliografía de recursos humanos
Durante años he ido registrando en http://groups.msn.com/factorhumano bibliografía. Ahora encuentro que cierran los grupos de MSN y los migran a un nuevo servicio, no así su contenido por lo que me veo obligado a colgar aquí en PDFs todas las reseñas bibliográficas que tenía de Recursos Humanos.
«De la buena y la mala educación: Reflexiones sobre la crisis de la enseñanza» de Ricardo Moreno Castillo
El primer libro de Ricardo Moreno, «Panfleto antipedagógico» me recordó a una película: «Un día de furia» protagonizada por Michael Douglas y donde narraba las hazañas de alguien que había aguantado en silencio más de lo que podía.
Este segundo libro va en la misma línea, es decir, denuncia de las salvajadas cometidas en la enseñanza por los visionarios de la pedagogía y de sus efectos. Adicionalmente, además de aportar alguna información nueva como la justificación de los menos que mediocres resultados por parte de la enseñanza española en su comparación con otras, dedica cierto espacio a contestar a sus críticos con la agudeza que ya caracterizó su primer libro.
El libro vale la pena como es frecuente que ocurra con aquellos libros en los que sus autores no sólo denuncian que «el emperador está desnudo» sino que se esfuerzan en demostrarlo; sin embargo, a diferencia de lo que le decía Sancho a don Quijote, tal vez haya que decirle a Ricardo Moreno «que no son molinos, amigo Ricardo…que son gigantes», gigantes de sectarismo y de negación de la realidad más evidente en nombre de unas teorías preconcebidas, pero gigantes al fin. No hay que olvidar que, como decía Revel, «la primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira».
Llama la atención, entre las diversas críticas respondidas por el autor, una en el sentido de que no se puede estar en contra de la pedagogía y le aportaría una reflexión más: ¿Te has dado cuenta, Ricardo, de que utilizan el mismo modelo que los nacionalistas? No se puede criticar a los nacionalistas porque es criticar a Cataluña, Galicia…o a quien sea; por idéntica lógica, no se puede criticar a los pedagogos porque es criticar a la enseñanza. Es un viejo truco muy usado por los políticos, el de tomar una parte -su parte- por el todo para intentar que todos se consideren agraviados por algo que va dirigido exclusivamente en contra de ellos.
Me encanta la última parte -la más radicalmente nueva con respecto al libro anterior- con las recomendaciones de leer y algunas indicaciones sobre qué cosas leer y sólo me voy a permitir discrepar en una cosa: La valoración de la asignatura de «Educación para la ciudadanía» y la posición sobre la objeción de conciencia. Permíteme, Ricardo, que conteste a tus argumentos en segunda persona:
Entre las muchas magníficas lecturas que recomiendas, he echado una a faltar y creo que es importante: «La sociedad abierta y sus enemigos» de Karl Popper. No voy a repetir algunos argumentos que ya he dado en este blog https://factorhumano.wordpress.com/2007/09/25/educacion-para-la-ciudadania-visto/en contra de la asignatura de «Educación para la ciudadanía» -algunos de ellos, simplemente citando textos literales del BOE- pero sí me gustaría justificar más mi posición de discrepancia con tus argumentos en un libro con el que, en todo lo demás, estoy de completo acuerdo:
No tengo nada en contra de que exista tal materia, llámese así o de cualquier otra forma, sino de los contenidos con que ésta sale a la luz. Si se trata de mostrar en el aula los valores constitucionales o si se trata de hablar de cuestiones básicas como la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, me parecería correcto que existiera tal materia.
Si se utilizase como texto de la asignatura el que he mencionado -«La sociedad abierta»- o cualquier otro que no trate de dar una visión cerrada de la sociedad (algunos textos de Bertrand Russell serían una excelente alternativa) estaré también completamente de acuerdo. Entre los argumentos de defensa de la materia, comentas que «sería objetable una asignatura donde adoctrinasen en marxismo y no lo es una asignatura de historia de la filosofía donde el marxismo es un tema más de estudio» y no puedo estar más de acuerdo contigo…y es precisamente por eso por lo que me opongo a la asignatura tal como está configurada.
Mis motivos para la oposición no tienen nada que ver con el clericalismo al que aludes como motor de tal oposición. Difícilmente podría ser así pero eso ya es otra historia. Creo que, al poner a los obispos como los promotores del ataque contra la asignatura, concedes a la Iglesia una importancia que en el terreno ideológico no tiene.
Supongo que sabes que éste es un punto común de tus argumentos con los de Fernando Savater sobre la misma materia. Me llama la atención de Savater que quien ha repetido más de una vez que «no se puede ser tolerante con la intolerancia» a veces se olvide de aplicar esa doctrina en algunos contextos.
Ése es el motivo real de la oposición. Tal como está configurada ahora, la materia no es una escuela de respeto y tolerancia sino todo lo contrario. Esta materia nace como el producto de una izquierda de salón o, si lo prefieres, de lo «políticamente correcto» que siempre se ha arrogado una superioridad moral y, desde esa pretendida superioridad, imparte lecciones y la configuración de «Educación para la ciudadanía» es una de esas lecciones.
Por cierto, en su defensa en el Congreso de la materia, Zapatero, gran abanderado de esa izquierda insustancial que sustituye los argumentos por imágenes, utilizó el mismo truco dialéctico de los nacionalistas al preguntar qué es lo que molesta de la materia, si es la «educación» o si es la «ciudadanía». Habría que responder que ninguna de las dos cosas; que lo que molesta es la manipulación.
Como decía antes, los hechos no demuestran tal pretendida superioridad y un hecho que habla de cuáles son las pretensiones reales es lo que dice el BOE de la asignatura…no digamos ya lo que dicen algunos de sus libros de texto. Esta materia no es una mera defensa de valores democráticos y constitucionales sino que trata de imponer una visión única y, por ello, partidista.
Un ejemplo que encontrarás en el vínculo de más arriba: ¿Cómo puede alguien decir que uno de los temas de la materia es «conocer las causas de la pobreza en el mundo»? Inmediatamente habría que preguntar «¿Según quién?» porque los diagnósticos son radicalmente distintos…y eso sin salirnos del universo de posiciones políticas democráticas.
Cosa distinta sería que se dijera «debatir» o «analizar» y las palabras utilizadas aquí tienen su trascendencia, porque eso da lugar a distintos puntos de vista pero…¿conocer? Es un mero ejemplo pero encontrarás muchos más siguiendo ese vínculo.
Vuelvo a otra cita de Savater aunque no sea literal: Hay dos cosas muy distintas que, a menudo, se confunden. Una de ellas es el problema y su solución asociada y la otra es la pregunta y la respuesta. En el momento en que aparece la solución, el problema deja de existir. Por el contrario, la respuesta no hace desaparecer la pregunta.
Muchos de los temas tocados en «Educación para la ciudadanía», por su propia naturaleza, responden al modelo de «preguntas» que no desaparecen con la «respuesta» y no al de «problemas» que desaparecen en el momento en que nos dan la «solución». Esa confusión interesada se llama adoctrinamiento… y es adoctrinamiento precisamente porque trata de borrar la pregunta del mapa mental del alumno en lugar de invitarle a buscar respuestas.
Ésta es la discrepancia -ciertamente importante- dentro de un conjunto de acuerdo general. Naturalmente, los que se sientan atacados por tu libro te pondrán la etiqueta de nostálgico, etc. pero las cosas son mucho más complejas y diversas. No todo el que se opone a algo lo hace por los mismos motivos y desde idénticas posiciones aunque es verdad que cuando el agua -o las miasmas de lo políticamente correcto- llegan al cuello, es más fácil centrarse en lo que hay de común que en las discrepancias.
El fracaso del sistema educativo es suficientemente importante para centrarse más en lo que une que en lo que separa y, por ello, es un libro a leer por todo el que comparta esa preocupación aunque -siempre desde el punto de vista particular de cada uno- pueda encontrar partes en las que, como en «El alcalde de Zalamea» se pueda decir lo de «Que errar lo menos no importa si acertó en lo principal».
«El engaño Google» de Gerard Reischl
Interesante. El libro es una crítica sobre Google pero, en realidad, va mucho más allá: Al hablar del fenómeno Google y describir cómo funcionan lo que podrían considerarse sus distintas ramas, nos está diciendo algo más: Tenemos una especie de «Gran Hermano» que se llama Internet. Hoy, Google puede ser su administrador y pasado mañana podría ser otro pero el Gran Hermano mismo continuaría existiendo.
Hace unos cuantos años, nadie podría pensar que IBM iba a ser descabalgada de su puesto como la potencia dominante en el mundo del procesamiento de datos, unos pocos años más tarde nadie podría pensar que lo mismo le iba a ocurrir a Microsoft y hoy parece que nadie puede pensar que eso mismo le pudiera ocurrir en un futuro a Google.
Cuestiones como los trucos utilizados por los anunciantes como incluir en sus páginas web letra y fondo del mismo color -no visibles, por tanto, para las personas pero sí para los buscadores- como forma de aumentar su presencia o trucos más o menos sucios destinados a engañar a los buscadores con el objetivo de difamar a alguien son interesantes, del mismo modo que lo es todo el entramado de servicios gratuitos y el hecho de que una potencia como Google pueda tener información -a través de las direcciones IP y, si se tiene cuenta de Gmail y se utiliza iGoogle más todavía- sobre cada uno de nosotros, qué buscamos en Internet, qué hacemos, cuáles son nuestros intereses y más aún…si utilizamos servicios de almacenamiento en Internet, tanto de tipo general como específico -por ejemplo, historiales de salud- todo esto está registrado y es una información que puede ser cruzada en cualquier momento para tener un perfil de alguien hasta el más mínimo detalle.
La empresa que retrata el autor se ha ido haciendo con ese poder despacito, silenciosamente y cayendo bien a mucha gente que considera a Microsoft como «el poder establecido» y a la que le repelen las actitudes del gigante establecido. No obstante, el problema puede ir mucho más allá del que señala el autor: El problema no es «Google sí o Google no» sino el hecho de que alguien -quien y cuando sea- pueda acumular tal volumen de información individual sin que ésta haya sido proporcionada voluntariamente.
Los que frecuentamos redes sociales tipo Facebook, Xing u otras sabemos que nuestros datos están ahí y que, al fin y al cabo, muchos creemos que son suficientemente públicos como para que haya que ocultarlos. Sin embargo, aún así, siempre se toma la precaución de no aceptar invitaciones de desconocidos porque, automáticamente, éstos tienen acceso al perfil completo. Que Facebook haga una alianza con Microsoft y una de sus partes consista en facilitar a la primera el acceso a los datos de los usuarios no tiene nombre…que algo parecido lo haga Google tampoco y, al final, llegamos al punto de partida: Estamos vigilados en Internet.
Puede que resulte tener razón uno de los protagonistas de «Red de mentiras» (Russell Crowe) cuando, casi al principio de la película establecía que la mayor dificultad para combatir con terroristas islámicos era que no entraban en Internet ni miraban el correo electrónico todos los días. ¿Tenemos entonces que asumir que quien sí lo hace está sujeto a una permanente vigilancia sobre dónde está (localización geográfica de la dirección IP), qué le interesa (búsquedas o textos de mensajes de correo), cuáles son sus planes (calendarios personales en Internet) y así un larguísimo etcétera?
Google no es la enfermedad; es el síntoma.
«Planeta azul (no verde)» de Václav Klaus
Puede definirse como un libro contra los ecologistas sin que esto, de ningún modo, pueda definirse como sinónimo de libro contra la ecología o contra la naturaleza.
Trae a colación el ya famoso calentamiento global y las consecuencias del activismo político ecologista en torno a esta supuesta o real amenaza. Hay que decir, en primer lugar, que en el aspecto científico no hay aportaciones que no hayan sido hechas ya antes. Por ejemplo, si se quiere analizar con cierto rigor las dudas que existen sobre el calentamiento global y su origen, puede ser mejor leer la «Guía políticamente incorrecta del cambio climático» o la novela de Crichton «Estado de miedo». Sí es cierto que, como buen político, sabe encontrar el argumento o la frase de impacto y, como muestra, ahí van dos:
- Según el protocolo de Kyoto, debemos limitar el uso de la energía en una tercera parte, cuya consecuencia será -hasta el año 2050- ¡un descenso de la temperatura en 0,05 grados centígrados.
- Imaginen que levantan dos torres, una al lado de la otra, de una altura de 60 metros aproximadamente. En una de ellas colocan un ventilador, en la otra, la hélice de una turbina eólica. El ventilador será propulsado por energía eléctrica producida por una central eléctrica nuclear o de carbón. El viento del ventilador hará girar la hélice de la turbina eólica. Dado que el precio del suministro de la electricidad producida por la hélice eólica es tres veces más alto que el que hace girar el ventilador, un proyecto de estas características es económicamente sensato. Se sufragaría en once años y después empezaría a generar ganancias.
No son éstos, sin embargo, los argumentos que hacen distinto al libro sino el tratamiento del activismo ecologista como una amenaza directa a la libertad en nombre de unos principios absolutos e incuestionables. Señala a este respecto que la actitud de los ecologistas ante la naturaleza es análoga a la actitud marxista respecto a las leyes económicas; también los ecologistas intentan sustituir la libre espontaneidad del desarrollo del mundo (y de la humanidad) por una planificación óptima, central o, como está de moda decir hoy, global del desarrollo mundial…como las demás utopías, ésta solamente se puede alcanzar (¡pero es inalcanzable!) gracias a la restricción de la libertad y al dictado de una minoría de elegidos sobre la mayoría aplastante del resto de las personas.
Un claro ejemplo de esa pérdida de libertad está en el ejemplo del ministro británico de Medio Ambiente quien declaró que, al igual que a los terroristas no puede concedérseles espacio en los medios de comunicación, tampoco deberían tener derecho a ello aquéllos que son escépticos respecto al calentamiento global.
No vamos a entrar en esta reseña en el nivel de duda razonable pero políticamente silenciada que existe sobre el fenómeno del calentamiento global y, sobre todo, acerca de si ese fenómeno es o no un derivado de la actividad humana. Para eso, ya están aquí mismo las reseñas de los dos libros citados más arriba. Sin embargo, sí parece más relevante la calificación del ecologismo como una ideología populista y no como algo de carácter científico. A este respecto Klaus apunta lo siguiente: Aunque el ecologismo presume de tener carácter científico, en realidad es una ideología metafísica que en el fondo rechaza ver el mundo, la naturaleza y la humanidad tal y como son realmente, rechaza ver su desarrollo evolutivo natural y venera el estado actual de la naturaleza y del mundo convirtiéndolo en una especie de norma intocable, cuya modificación de cualquier índole presenta como una amenaza nefasta.
Ésta es la línea argumental más interesante y original del libro: La del activismo ecologista como una amenaza a la libertad frente a la cual la ortodoxia de lo «políticamente correcto» impone el silencio y es por esta parte, no por sus razonamientos científicos mejor desarrollados en otras obras como las mencionadas, por lo que vale la pena leerlo. Al final del libro, como síntesis, presenta un conjunto de principios de acción del mayor interés y que son los siguientes:
- En vez del medio ambiente, promovamos la libertad.
- No antepongamos cualquier cambio del clima a cuestiones fundamentales de la libertad y la democracia.
- En vez de organizar a la gente desde arriba, propiciemos que cada uno viva según su propio criterio.
- No sucumbamos a temas de moda.
- No permitamos la politización de la ciencia y no sucumbamos a la ilusión del consenso científico que, de todos modos, siempre se está intentando conseguir pero solamente por parte de una minoría ruidosa y no por la mayoría silenciosa.
- Seamos sensibles y cuidadosos con la naturaleza y exijámoslo en su vida personal también de aquéllos que tanto hablan del medio ambiente.
- Seamos humildes frente a la evolución espontánea de la sociedad humana, creamos en su racionalidad implícita y no intentemos frenarla y desviarla en cualquier otra dirección.
- No nos asustemos a nosotros mismos con previsiones catastróficas y no abusemos de ellas para la defensa e implantación de intervenciones irracionales en las vidas humanas.
En suma, vale la pena leerlo para todo aquél que no acepte dogmas incuestionables y pretenda utilizar un sentido crítico. Se esté de acuerdo o no con la totalidad, es cierto que toca temas que la «onda verde» ha conseguido que sean impopulares sin que ello les quite la más mínima validez.
Por cierto, puesto que la energía nuclear ha sido uno de los iconos más tradicionales de la onda verde, animo a la lectura de este blog para tener una perspectiva distinta:
http://weblogs.madrimasd.org/ciencianuclear/category/454.aspx
y de este otro para mostrar otra perspectiva sobre el calentamiento global:
http://tu.tv/videos/el-gran-timo-del-calientamiento-global_2#
Michael Crichton in memoriam
Si hubiera que definir en pocas palabras a Crichton, su definición habría sido ésta: Un mal novelista que escribía unos libros espléndidos.
Para los que odian los best-sellers hablar de Crichton puede sonar a sacrilegio pero no nos equivoquemos. Entre los grandes vendedores hay auténtica basura -léase, por ejemplo «Fortaleza Digital» de Dan Brown y compruébese la profundidad de su documentación- y libros que enseñan cosas. Son muy ilustrativos acerca del funcionamiento de los servicios de inteligencia autores como Forsyth o Clancy…pero Crichton era diferente.
Crichton era un científico metido a novelista y rápidamente iba a sus querencias naturales y se olvidaba de la trama de la novela. Al decir que era un científico, no me refiero a su formación inicial como médico sino a una forma de entender la ciencia ajena al dogmatismo con el que nos obsequian muchos «científicos» y más en la línea de Bertrand Russell, quien la planteaba como una actitud inquisitiva ante la vida y sin negarse a mirar a la realidad cuando ésta no es complaciente. Éste era el punto fuerte de Crichton.
La parte novelística, en cambio, salía con frecuencia floja y de poco interés pero este hecho quedaba sobradamente compensado porque iluminaba determinados desarrollos científicos y técnicos y manejaba unas referencias -a veces, al final de la novela- que ya hubieran querido muchas tesis doctorales.
Crichton saltó a la fama con «Parque Jurásico» pero, a diferencia de otros, no es en absoluto autor de un solo libro que lo repite muchas veces sino que cada libro suyo tocaba un tema nuevo desde una perspectiva científica. Incluso su autobiografía «Viajes y experiencias» llega a tocar temas tan resbaladizos como el de los mediums y otros desde una perspectiva claramente científica.
Su obra es muy abundante pero, por poner unos pocos ejemplos de malas novelas que a la vez son excelentes libros, quedémonos con los siguientes:
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«Presa». Debajo de una trama débil y difícil de seguir, da a conocer cómo funcionan los actuales modelos de inteligencia artificial que, en lugar de unas enormes capacidades de proceso, se basan en agentes muy sencillos pero con una capacidad de interacción entre sí muy compleja. Cualquier que entre en programas como Emule verá que le ofrecen participar en experimentos que hacen uso de la potencia sobrante de su ordenador con la pretensión de conseguir con una red de miles de PCs lo mismo o más que se consigue con un superordenador. Como novela, sin embargo, «Presa» se disputa el título del peor libro de Crichton con «Estado de miedo».
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«Punto crítico» da una visión del desarrollo técnico y comercial del mundo de la aviación. Después de leído el libro, se lo presté a un piloto profesional quien se asombró del conocimiento mostrado por Crichton y sólo fue capaz de detectar un error. Como consecuencia de una investigación posterior para mi propia tesis, pude enterarme de que el equivocado era él y que Crichton estaba en lo cierto.
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«Estado de miedo» es probablemente el libro más odiado por Al Gore y sus apóstoles verdes porque cuestiona, nuevamente en una horrible novela, toda la historia del calentamiento global. Me ha llamado la atención leer una referencia a Crichton en el libro «Planeta azul, no verde» de Vaclav Havel, y del que colgaré la reseña cuando lo acabe, y que decía así: «El reto más importante al que se enfrenta la humanidad es la tarea de distinguir la realidad de la fantasía y la verdad de la propaganda». Recuerda demasiado al «La primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira» de Revel como para pensar que es una coincidencia y que no nos hemos encontrado ante otra de las pocas mentes libres.
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«Viajes y experiencias» es un libro sorprendente pero lo es especialmente en la parte que se dedica a su investigación de lo paranormal y que, como buen científico, establece una metodología y va contrastando los resultados. Sólo por esa parte ya valdría la pena el libro.
Son muchos los terrenos en los que Crichton ha ido como un adelantado iluminando el terreno para otros que vinieran detrás y, además, haciéndolo de forma brillante y entretenida. En contra de lo que algunos optimistas quieren creer, no siempre que perdemos a alguien se pierde algo pero esta vez sin duda que con Crichton hemos perdido algo que valía la pena.
«La gran mascarada» de Jean François Revel
Revel ha sido siempre un autor adorado por unos y odiado por otros y, tanto lo uno como lo otro, por la misma razón: Revel, mientras los demás alababan el traje del emperador, ha sido de los muy pocos que se ha atrevido en voz alta que «el emperador está desnudo» y eso le ha causado enemistades que van más allá de su aún reciente fallecimiento.
La gran mascarada no es un libro nuevo sino que se publicó en el año 2000 y, lamentablemente, ocho años después continúa de plena actualidad. En un libro anterior, posiblemente el mejor de Revel, El conocimiento inútil , abría con su frase demoledora «La primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira».
En La gran mascarada Revel cuenta cómo después de desaparecer la Unión Soviética, los que en su día la aplaudieron no han extraído ninguna lección de su derrumbe y, muy al contrario, han continuado dando lecciones criticando al liberalismo y ejerciendo, en el mejor estilo sectario, una censura sobre todo aquél que ose criticar los numerosos crímenes de ese aún reciente pasado.
Revel critica igualmente los crímenes de personajes como Pinochet o Hitler pero, al mismo tiempo, señala cómo hay distintas varas de medir los crímenes en función de su autoría. Hay, por ejemplo, una referencia directa al juez Garzón, acerca del cual puede encontrarse otro post aquí que dice lo siguiente:
No hay que decir que al juez español que había dictado la orden contra Pinochet ni siquiera se le pasó por la cabeza hacer lo mismo contra Castro y aprovechar la presencia en Europa del dictador cubano para acelerar la operación. Esa púdica discreción transformaba instantáneamente en impostura la acción contra Pinochet. Una vez más, se ponía de manifiesto que la eventual culpabilidad de los responsables políticos no se aprecia con la vara de los crímenes contra la humanidad, efectivamente cometidos, sino con la del color político de la ideología en nombre de la cual se han cometido…a título de macabra comparación, se calcula en un total de 3.197 las ejecuciones debidas a la DINA (policía política chilena) durante toda la dictadura de Pinochet. Nadie pone en duda que la cantidad no es un criterio moral. Que un único asesinato basta para constituir el crimen contra la humanidad de un régimen o de un dictador. Pero el mayor o menor número de esos crímenes permite medir el peso real del terror que ejerce una dictadura y debería llamar más la atención de aquéllos cuya profesión es informar. Recordar que Castro mandó fusilar a 17.000 personas en un país de 10 millones de habitantes y Pinochet a 3.197 en uno de 15 millones permite comparar un terror con otro, sin excusar por ello a ninguno de los dos.
El libro de Revel es de aquéllos donde la mejor glosa es la realizada por el propio libro a través de un conjunto de frases que tienen en común la idea de que «el emperador está desnudo», constante en toda la obra de Revel y por la que nunca ha sido perdonado:
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La izquierda no se equivoca jamás o, al menos, sólo se equivoca en relación consigo misma, en su propio seno, de un modo que sólo es digno de ser discutido entre los pares que la componen, jamás en unas condiciones que podrían llevarla a dar la razón a sus adversarios o incluso a darles la palabra. De este modo, su creatividad intelectual y su vocación redentora siguen triunfalmente su curso.
- No se puede utilizar como prueba de la presunta orientación de un sistema política hacia la justicia y la libertad las ilusiones de los que han sido engañados y las mentiras de los que se han beneficiado de él.
- La utopía no está sujeta a ningún resultado obligado. Su única función es permitir a sus adeptos condenar lo que existe en nombre de lo que no existe.
- Cuando se comprueba que la economía de mercado no logra curar al instante las enfermedades del comunismo habría que preguntarse si la culpa es de la economía de mercado o del comunismo. El comunismo hecho migas no es la economía de mercado.
- Prestar dinero sin límites a un país sin estructuras económicas, políticas o jurídicas viables…es lo mismo que echar gasolina en el depósito de un coche que carece de motor. Triplicar la dosis de carburante no logrará ponerlo en marcha.
- Un malentendido falsea casi todas las discusiones sobre los méritos respectivos del socialismo y del liberalismo: los socialistas se figuran que el liberalismo es una ideología. Y mediante una sumisión mimética…los liberales se han dejado inculcar esa visión groseramente errónea de sí mismos…como el socialismo fue concebido con la ilusión de resolver todos los problemas, sus partidarios prestan a sus oponentes la misma pretensión…el liberalismo jamás ha ambicionado construir una sociedad perfecta. Se contenta con comparar las diversas sociedades que existen o han existido y sacar las conclusiones pertinentes del estudio de las que funcionan o han funcionado menos mal…cuando digo que el liberalismo jamás ha sido una ideología quiero decir que no es una teoría basada en conceptos previos a toda experiencia ni un dogma invariable e independiente del curso de las cosas o de los resultados de la acción. No es más que un conjunto de observaciones sobre unos hechos que ya se han producido.
- ¿Qué es una ideología? Es una construcción a priori elaborada antes de y pese a los hechos y los derechos…la ideología no es ni ciencia por la que ha querido hacerse pasar ni moral, de la que ha creído tener las llaves y arrogarse el monopolio, ensañándose en destruir su fuente y condición: el libre albedrío individual, ni religión, a la que con frecuencia y equivocadamente se ha comparado.
- Toda ideología es un extravío. No puede haber ideología justa. Toda ideología es intrínsecamente falsa por sus causas, motivaciones y fines, que consisten en realizar una adaptación ficticia del sujeto a sí mismo; a ese «sí mismo», al menos, que ha decidido no aceptar la realidad ni como fuente de información ni como juez del correcto funcionamiento de la acción.
- Los socialistas contemporáneos, totalitarios «light», al menos en sus estructuras mentales y verbales, yerran cuando imaginan que los liberales proyectan, como ellos, la creación de una sociedad perfecta y definitiva, la mejor posible pero de signo contrario a la suya.
- Decretar que el mercado es en sí reaccionario y la subvención progresista no sólo es una muestra de pensamiento simplista sino interesado, el de los virtuosos del parasitismo del dinero público.
- Se juzga al comunismo por lo que se suponía que iba a proporcionar y al capitalismo por lo que efectivamente proporciona.
- Puede muy bien existir un capitalismo sin mercado. Incluso el sueño de muchos capitalistas consiste en lo privado sin mercado, lo privado protegido de la competencia por un poder político cómplice y retribuido. Ése fue el sistema practicado durante décadas en América Latina, un capitalismo al que erróneamente se calificó como «salvaje» cuando estaba admirablemente organizado para servir a los intereses de una oligarquía.
- Una de las astucias permanentes de la izquierda prototalitaria consiste en negarse a tomar en consideración los hechos con el pretexto de que, aunque estén probados, no es el momento adecuado para hablar de ellos porque beneficia al fascismo.
- El argumento según el cual el comunismo es democrático porque contribuyó a la lucha antifascista es de tan poco recibo como el que considerara que el nazismo fue democrático porque participó en la lucha contra el estalinismo.
- La genialidad del comunismo ha residido en autorizar la destrucción de la libertad en nombre de la libertad. Permitía aniquilarla a sus enemigos o justificar a los que la aniquilaban en nombre de una argumentación progresista.
- La trampa intelectual de una ideología mediatizada por la utopía es, pues, mucho más difícil de desmontar que la de la ideología directa porque, en el pensamiento utópico, los hechos que se producen realmente no prueban jamás, a los ojos de los creyentes, que la ideología sea falsa.
- Al nazismo se le ve venir de lejos. El comunismo esconde su naturaleza tras su utopía…el totalitarismo más eficaz y, por ello, el único presentable, el más duradero, no fue el que realizó el Mal en nombre del Mal sino el que realizó el Mal en nombre del Bien.
- Si el nazismo y el comunismo han cometido genocidios comparables por su amplitud, por no decir por sus pretextos ideológicos, no es en absoluto debido a una determinada convergencia contra natura o coincidencia fortuita debidas a comportamientos aberrantes sino, por el contrario, por principios idénticos, profundamente arraigados en sus respectivas convicciones y en su funcionamiento. El socialismo no es más o menos «de izquierda» que el nazismo.
- Todos los regímenes totalitarios tienen en común ser ideocracias: dictaduras de la idea…la distinción entre el totalitarismo directo, que anuncia de antemano claramente lo que pretende realizar, como el nazismo, y el totalitarismo mediatizado por la utopía, que anuncia lo contrario de lo que va a hacer, como el comunismo, se convierte en secundaria pues el resultado, para los que los sufren, es el mismo en los dos casos. El rasgo fundamental en los dos sistemas es que los dirigentes, convencidos de estar en posesión de la verdad absoluta y de dirigir el transcurso de la historia para toda la humanidad, se sienten con derecho a destruir a los disidentes, reales o potenciales, a las razas, clases, categorías profesionales o culurales, que consideran que entorpecen o pueden llegar un día a entorpecer la ejecución del designio supremo.
- Se objetará, con razón, que ninguna rememoración de la criminalidad nazi puede ser excesiva. Pero la insistencia en esa rememoración se convierte en sospechosa cuando sirve para aplazar indefinidamente otra: la de los crímenes comunistas. ¿Qué eficacia moral, educativa y, por ello, preventiva puede tener la indispensable reprobación de los crímenes nazis si se transforma en una pantalla destinada a ocultar otros crímenes?
- El deber de memoria o es universal o no es más que fariseismo partidista.
Creo que estas frases seleccionadas son suficientes para darse cuenta de por dónde va el libro. Revel siempre ha denunciado una asimetría en el tratamiento de la historia según quiénes sean sus artífices. Hay un ejemplo de esto que no está en este libro sino en «El conocimiento inútil» que es bastante expresivo:
Mucho después de concluida la Segunda Guerra Mundial, apareció documentación que demostraba que George Marchais, entonces secretario del Partido Comunista Francés, había ejercido como colaboracionista del régimen nazi. A pesar de que el hecho quedó acreditado, hubo un manto de censura por el cual la gran mayoría de los medios no consideraron conveniente publicarlo. En este aspecto, hace Revel una referencia a un comentario de Juan Luis Cebrián, entonces director de El País, en el sentido de que la publicación de este hecho no era conveniente dadas las circunstancias políticas a pesar de su clara trascendencia informativa.
Naturalmente, eso deja completamente en cuestión a quién y por qué sirve un periódico y eso es lo que da lugar a memorias hemipléjicas como las que denuncia Revel.
«Economía canalla» de Loretta Napoleoni
El libro es glosado en la contraportada como un paso más allá de «Freakonomics». En mi modesta opinión…ni de lejos. Se centra en los aspectos indeseables de la economía de mercado que se producen en épocas turbulentas pero todos esos efectos pueden ser perfectamente explicados desde modelos como el de Freakonomics o desde autores como Sowell.
Puede decirse que es un «libro-camello» en lo relativo a interés. Comienza manejando un conjunto de estereotipos, alcanza un punto de interés hacia la mitad y se despeña en la trivialidad en el final.
Hay un punto de partida que ya es discutible: El hundimiento económico de la URSS y de sus países satélites dio lugar a la aparición de un conjunto de mafias con un gran poder económico y la emergencia de ese poder es analizada en términos de defecto de la economía de mercado.
Cualquiera que sostenga una posición liberal tiene que negar la mayor. El hundimiento de un sistema no califica a lo que emerge como consecuencia de «economía de mercado». Se podría definir mucho más correctamente con el propio título del libro, economía canalla, ya que la economía de mercado presupone un estado de Derecho y libertad desde el punto de vista del que compra y del que vende y no la existencia de monopolios soportados desde redes criminales.
No obstante, ese hundimiento ha propiciado una serie de hechos como la moderna esclavitud o economías sumergidas de grandes dimensiones apoyadas en el florecimiento de Internet. Esos hechos son tratados ampliamente y es ahí donde reside el punto de mayor interés del libro.
Al final, sin embargo, aparece como de la nada el modelo de finanzas islámico donde, por motivos religiosos, el dinero no está para producir dinero evitando así la especulación y éste es, según la autora, el nuevo poder emergente.
Por añadidura, modelos como el chino con su negativa a respetar cualquier tipo de propiedad intelectual generarán, también según la autora, un modelo económico nuevo donde las empresas occidentales perderán todo su poder.
Cuando se lanza por el terreno de la profecía, se le olvidan dos pequeños detalles:
-Si el dinero no produce dinero, la única forma posible de inversión es la directa y eso disminuirá con mucho la capacidad mundial para financiar la producción. Teóricamente habrá un mayor orden pero también es falso: Se generaría un mercado clandestino de «dinero que produce dinero» y la economía canalla que denuncia la autora alcanzaría unas magnitudes de vértigo. Una cosa es que fallos y connivencias de los reguladores con los regulados puedan haber producido una situación de crisis como la actual y otra distinta es que la solución sea prohibir por decreto la especulación financiera amparándose para ello en la ley islámica. No es una solución nueva y nunca ha funcionado.
El otro detalle consiste en la «normalización» de la situación china en cuanto a no respetar el trabajo ajeno y mejorar la calidad de las copias hasta hacerlas indistinguibles de los originales. Por su propia naturaleza, ese modelo de actividad tiene que ser marginal y no puede ser «normalizado» ya que, en el momento en que así fuera, el incentivo para crear simplemente sería barrido. ¿Quién se iba a molestar en crear cualquier cosa que supiera que inmediatamente le iba a ser copiada sin que pudiera hacer nada para evitarlo? ¿Quién iba a financiar, por ejemplo, la investigación en la industria farmacéutica?
De hecho, a la autora se le olvida mencionar que los propios chinos se han dado cuenta de este problema y que, en el momento en que ellos mismos han empezado a tener una actividad de I+D propia, han empezado a decir que es importante proteger la propiedad intelectual…y tienen razón. Una práctica marginal, mientras permanezca como marginal, puede ser dañina pero no pone en peligro la estabilidad del sistema; en el momento en que abandone la marginalidad puede tener efectos devastadores porque, en este caso, haría desaparecer todo el proceso de generación.
En suma, 25 euros que se pueden emplear mejor.

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