Categoría: Libros y autores
«La elegancia del erizo» de Muriel Barbery
Delicioso y francés como una merienda con beaujolais y mantel de cuadros.
Normalmente, cuando a los franceses les entra la vena introspectiva, no suelen hacerlo en el vacío -estilo alemán- sino que siempre el sujeto es muy consciente de su entorno social y todo está referido a tal entorno. En este caso, el personaje central -la portera intelectual que trata por todos los medios de no ser descubierta como tal intelectual- es poco creíble pero no por ello menos interesante. Puede recordar bastante al «salvaje» de Un mundo feliz de Huxley para el cual, al parecer, había sido bastante la lectura de Shakespeare para llegar a un cuestionamiento completo del modelo social y para alcanzar unos niveles de reflexión propios, como es natural, del propio Huxley y no de alguien que simplemente ha leido a Shakespeare. En este caso estamos en lo mismo: La pasión por los clásicos rusos, en especial por Ana Karenina de Tolstoi, resultan una justificación insuficiente del refinamiento intelectual que le sale a la protagonista por todos los poros.
El descubridor es un vecino nuevo japonés, con la ayuda de una adolescente que también tenía su propio secreto y escondía su condición de superdotada. Una vez descubierto el secreto, la novela entra por otros derroteros y es difícil encontrar un final adecuado. Creo, sin embargo, que la autora lo encuentra aunque, por supuesto, no lo voy a contar aquí.
Con la excusa de tan curioso personaje central, la autora dibuja un panorama del comportamiento de los nuevos ricos franceses y de sus estereotipos tanto sociales como políticos
«La vida y la muerte me están desgastando» de Mo Yan
La literatura china es una gran desconocida, al menos fuera del terreno de los especialistas. Hace bastantes años, la vida en China pasó al terreno de la novela a través de las obras de Pearl S. Buck, lo que no puede propiamente considerarse literatura china, sobre todo, porque ha hecho del contraste Oriente-Occidente el principal eje de sus novelas. Alcanzó también bastante notoriedad Ami Tan pero, con todo, sigue siendo un terreno casi inexplorado.
En pleno verano, en que siempre se suele contar con algo más de tiempo para leer, la lectura de La vida y la muerte me están desgastando puede ser una buena opción y, con seguridad, es una garantía de leer algo diferente. La historia comienza en los inicios de la revolución china: Un terrateniente, Ximen Nao, es ejecutado y regresa reencarnado sucesivamente en burro, en buey, en cerdo, en perro y en mono antes de regresar de nuevo como persona.
Lo interesante está en que, en todos los casos, regresa a su aldea y conservando perfecta memoria de sus etapas anteriores cruzándose, por tanto, con personajes familiares con los que había una serie de afectos previos y reaccionando conforme a éstos con las limitaciones impuestas por su condición del momento. Otro aspecto aún más interesante es que, con la excusa del reencarnado Ximen Nao, el autor nos va mostrando un panorama de la China rural desde los inicios de la revolución hasta después de la muerte de Mao.
En el aspecto narrativo, sea por el estilo del autor o sea porque ése es el estilo chino habitual, se hace a veces prolijo recordando bastante a los clásicos rusos. La originalidad y el interés de los temas salvan al libro de un ritmo bastante lento y, aún así, es difícil evitar que ocasionalmente algunas páginas sean leídas en diagonal porque son 757 páginas de libro en la edición de Kailas y se acaba notando.
Por último, aparte de la recomendación positiva especialmente para todos los interesados en la sociedad china, el libro tiene un problema que, en realidad, no es del libro sino de los lectores no familiarizados con los nombres chinos: Hay tal cantidad de nombres poco familiares que llega un momento en que es fácil perderse y no saber de quién se está hablando y, para hacerlo más complicado, a algunos personajes los puede denominar de distintas formas, en unos casos utilizando o no el nombre completo y en otros utilizando apellidos distintos debido a que era hijo de una persona y adoptada por otra y las conveniencias del momento político podían llevar a adoptar uno u otro nombre. Los editores son conscientes de esta dificultad y han incluido al inicio del libro un glosario que, en más de una ocasión, puede ser conveniente consultar.
«La verdadera historia del Valle de los Caídos» de Daniel Sueiro
Para quien no conozca al autor, éste es un escritor poco común al que le ha gustado adentrarse en los terrenos más escabrosos dando todo lujo de detalles aunque dejando clara su posición. Hace ya bastantes años, lo descubrí con un ensayo titulado «La pena de muerte» donde daba una gran cantidad de información sobre ejecuciones en distintas modalidades y su propia posición quedaba resumida en una sola frase: Si es lícito matar, todo es lícito.
Hace muy poco, se me ocurrió entrar en una librería de viejo y la verdad es que el título no me habría llamado la atención pero el autor sí. Es del tipo de autores de los que siempre cabe esperar alguno nuevo y en esta ocasión no me ha decepcionado aunque el formato del libro me ha recordado a dos libros muy antiguos de Fernando Díaz Plaja llamados Otra historia de España y La España franquista por sus documentos. Recomiendo la lectura de ambos, no sólo por la selección documental sino por lo divertidos que pueden resultar algunos de sus episodios. Daré un ejemplo antes de entrar en el libro de Daniel Sueiro: Una carta del padre del Rey fue interceptada y cayó en manos de Franco a quien no le gustó su contenido. Como no quería privarse de contestar a un contenido que, supuestamente, no conocía inventó la excusa de que unos agentes extranjeros habían capturado la carta y ésta había llegado a su poder. La primera frase de la respuesta de Juan de Borbón a Franco es Honda preocupación me ha causado el hecho de que unos agentes extranjeros hayan podido interceptar una carta que iba de Irún a San Sebastián. Sin comentarios.
El libro de Daniel Sueiro está realizado mediante el sencillo recurso de transcribir -no literalmente- una serie de entrevistas con protagonistas de la construcción del Valle de los Caídos. Merece la pena ver las referencias a Pedro Muguruza, a Diego Méndez, a Juan de Ávalos y a algunos de los que estuvieron trabajando allí como prisioneros y que cuentan cómo llegaron allí, cómo era la vida en la construcción y cómo y cuándo salieron de allí.
Algunos historiadores neofranquistas han tratado de mostrar que, en realidad, se trataba de un monumento a la concordia y que están enterrados allí españoles de ambos bandos. Sin embargo, Sueiro desvela que, aunque eso es cierto, hubo unos criterios de selección muy rigurosos para los del bando republicano y menciona expresamente el caso del general de la Guardia Civil Antonio Escobar, sobre cuya vida se hizo una película hace ya varios años y del que fue ignorado el deseo de sus familiares de que fuera enterrado allí. Lo mismo ocurrió con Calvo Sotelo, cuyo asesinato fue el detonante de la Guerra Civil pero, al fin y al cabo, era un político de la República. En otras palabras, se hizo una cuidadosa depuración para determinar a quién se admitía y a quién no. No hablemos ya de qué se hizo con personajes como Julián Besteiro para quien el fiscal pidió la pena de muerte a pesar de reconocer que no estuvo implicado en ningún delito de sangre y que moriría en la cárcel pocos años después de la guerra o de Miguel Hernández y tantos otros.
Se ha hablado mucho de la cantidad de muertos que dejó la obra y siempre se ha dejado caer que esto era debido a las condiciones de campo de concentración que existían en la misma. Daniel Sueiro entra también en este tema y aclara varias cosas:
- Que muchos presos de las cárceles preferían ir allí a permanecer en la cárcel.
- Que los que hacían trabajos de excavación en la roca recibían una paga superior y eran muchos los que realizaban ese trabajo aún sabiendo el riesgo asumido no sólo por derrumbamientos sino por enfermedades pulmonares derivadas del polvo de la roca teniendo como toda protección una especie de esponja que les cubría boca y nariz y que se acababan quitando porque les impedía respirar.
- Que la práctica totalidad de los que estuvieron en este tipo de trabajo murieron jóvenes como consecuencia de enfermedades pulmonares.
Al parecer, hubo bastantes que decidieron permanecer en la obra una vez concluida su etapa de presidiarios y hay un comentario general sobre un deterioro de las condiciones y del ambiente cuando, además de presos políticos, empezaron a llevar también presos comunes a la obra y se relata alguna fuga.
En lo demás, destaca la actitud de prima donna de los dos arquitectos, especialmente del segundo, y del escultor principal, Juan de Ávalos. El segundo arquitecto, Diego Méndez, menciona que la obra le fue entregada a Muguruza por consejo suyo a Franco y que, cuando Muguruza falleció, él se hizo cargo de las obras para encontrar que tenía que partir casi de cero y de Ávalos viene a decir que era prácticamente un muerto de hambre al que acogió en la obra por caridad. Sin embargo, aparte de estas guerritas, puede tener mayor interés el que los distintos personajes medían su importancia en relación de la cercanía a Franco y cómo en todo momento tratan de mostrar un grado de familiaridad y de confianza con el personaje que no parecen muy verosímiles.
Alguien mencionaba que el Valle de los Caídos era «la querida de Franco» quien, al parecer, visitaba las obras con frecuencia y, a menudo, de improviso y entraba en numerosos detalles sobre lo que le gustaba y lo que no le gustaba realizando ocasionalmente bocetos propios sobre cómo quería que fuera la cruz o las esculturas de la base o la basílica excavada en la roca. No era el único; parece que Millán Astray iba también con frecuencia por allí pero había una notable diferencia: Algunos compañeros de promoción de Franco habían aterrizado en la obra como prisioneros y Franco jamás se dignó dirigirles la palabra mientras que Millán Astray es descrito por estos mismos prisioneros como loco pero mucho más cálido y siempre cargado de tabaco y con un trato cercano a pesar de las diferencias de posición en ese momento.
En suma, interesante por el retrato que hace de una época y de unos personajes utilizando casi como excusa la construcción del Valle de los Caídos. Ahora que algunos pretenden poner de moda la «recuperación de la memoria histórica», éste puede ser un lugar ideal para su mantenimiento, especialmente si se hace de verdad como tal recordatorio y no es un mero ajuste de cuentas -uno más- entre enemigos enfrentados hace ahora setenta años y que, para muchos, quedan muy lejanos por más que haya quien se empeñe en resucitarlos. Si se pretende a estas alturas airear los crímenes de un lado, no habrá fuerza capaz de impedir que se haga lo propio también con los del otro lado y, al final, acabaremos como el título del libro de Díaz Plaja dedicado a la guerra civil: Todos perdimos.
«El laberinto español» de Gerald Brenan
Se trata de un clásico sobre la historia de la pre-guerra civil española que es bastante difícil de conseguir aunque parece que todo llega.
Brenan no se escapa a un fallo común a la práctica totalidad de los historiadores que han tocado ese periodo negro de nuestra historia y es la mentira por omision, sea ésta consciente o deliberada.
En la mayoría de los casos, los hechos relatados responden a la realidad pero hay otros que se ocultan, de acuerdo con la tendencia política del autor, y eso produce una pintura distorsionada de la situación y, por supuesto, los análisis del autor se realizan sobre los datos presentados haciendo que tales análisis sufran la misma distorsión.
El punto de vista de Brenan queda claro en un simple párrafo:
Cuántos cayeron delante del piquete de ejecución es imposible saberlo, pero los relatos de testtigos, que acentúan la prolongada y sistemática naturaleza de la «purga», junto con la evidencia de la historia, que demuestra que el terror blanco es peor que el rojo, nos conduce a suponer que, por cada persona ejecutada en el territorio del gobierno, dos o tres fueron ejecutadas en la zona rebelde durante los seis primeros meses de la guerra.
La primera edición del libro es de 1943 y, tal vez por eso, Brenan estaba en ese momento poco informado sobre las andanzas de Stalin y mucho menos de otras posteriores como las de Pol Pot en Camboya pero, puesto que hay ediciones de fechas tan recientes como 2008 y 2009 y que no figuran como meras reimpresiones, tal vez una introducción hecha por un historiador con una perspectiva más reciente podría corregir este tipo de errores y deje claro detalles como, si al utilizar la palabra ejecutadas, quiere decir que hubo un juicio, con las nulas garantías en una y otra parte, o incluye también bajo ese capítulo los miles y miles de simples asesinatos sin tener siquiera la cobertura formal de un juicio.
Es difícil hacerse una idea completa de cómo fue esa época si no se recurre a distintas fuentes y, a ser posible, que tales fuentes sean contrapuestas en sus enfoques.
Frente a la opción de Brenan que considera el «terror rojo» mejor que el «terror blanco» puede colocarse a un Burnett Bolloten, quien acumuló tal cantidad de información que ha creado una institución en Estados Unidos para su custodia y que da una pintura muy diferente. Lo mismo puede decirse de Felix Schlayer quien, con toda probabilidad, estaría en total desacuerdo con Brenan como también lo estarian Hugh Thomas y Stanley Payne o, por muy distintos motivos, Ricardo de la Cierva, Vidal o Moa.
Brenan hace una pintura de trazo grueso y negro de la derecha española de la época y, al mismo tiempo, pinta de una forma bastante almibarada a la izquierda socialista reservando las críticas para los comunistas y para la evolución de los anarquistas que los llevó a tener entre sus filas a pistoleros profesionales.
Cuestiones como la liquidación del POUM por sus supuestos aliados son pasadas casi como una minucia, asunto en el que Eric Blair, más conocido por George Orwell, con toda seguridad tampoco estaría de acuerdo y tampoco otorga demasiada importancia a temas como las sacas de la cárcel de Madrid y la subsiguiente masacre de Paracuellos.
La visión de Brenan es, como la de la mayoría de los historiadores que han tratado esa época, descaradamente hemipléjica y, al igual que en los demás casos, lo es por motivos ideológicos que le llevan a falsear la realidad mediante la selección de los hechos.
Todo lo anterior no significa que el libro no tenga valor alguno. Antes al contrario, aún con las carencias señaladas, muestra pinturas bastante insólitas de personajes y situaciones:
Alfonso XIII, abuelo del actual rey, es presentado como un niñato inmaduro sin más meta que la de hacer notar su poder y de preservar su posición a costa de lo que fuera. El papel de la Iglesia y su evolución hasta resultar un bastión del poder establecido y cómo se produjo esa evolución es también otro tema del mayor interés así como las condiciones de vida en el campo en distintas regiones españolas, los abusos de los terratenientes, el falseamiento sistemático de las elecciones y cómo fue evolucionando todo este cóctel hasta desembocar en la guerra civil.
Esto es lo que se va a encontrar en el libro y que puede justificar su lectura. Sin embargo, cualquiera familiarizado con el tema y que haya usado otras fuentes «discutirá» a menudo con el libro, más por sus omisiones que por la existencia de falseamiento de hechos. Es cierto que frases como la transcrita literalmente, si hubieran sido escritas hoy, invitarían a tener una perspectiva del autor como un rabioso sectario de izquierda, cosa que tampoco parece Brenan aunque su punto de vista sea muy claro y diste mucho de la imparcialidad.
«Anatomía de un instante» de Javier Cercas
Análisis muy interesante sobre quién, cómo y por qué fraguó el golpe fallido del 23F. De lectura obligada para todo interesado en la historia española reciente.
Toma como centro a la figura de Suárez pero trata a fondo las relaciones previas, durante y después del golpe de todos los que, de una forma u otra, estuvieron implicados en el mismo y, aunque descarta la tantas veces traída idea de que fuera el Rey quien lo organizase, una conducta de éste abiertamente crítica hacia Suárez pudo dar lugar a malentendidos de forma que, hasta el último momento, los golpistas estuvieran convencidos de que tenían realmente su apoyo.
El libro da la sensación de haber sido escrito con prisa y recuerda, por su constante recurso a la repetición, a la escritura homérica donde el mil veces aludido “Héctor, el del tremolante penacho” puede ser el “falangistilla de provincias” y “Aquiles, el de los pies ligeros” puede ser “las balas zumbando a su alrededor”. Ambas expresiones, y algunas más, se repiten con tal frecuencia que obligan a preguntarse si el corrector de estilo estaba de vacaciones.
A este lector, sin embargo, la profusión de datos le produce una duda: Cuando el autor menciona a Hernández Mancha, comete un error y es que, en una interpelación a Suárez, Hernández Mancha atribuyó un ripio propio transformado de un verso original a Lope de Vega a pesar de que el original era de Santa Teresa. Esta equivocación dio lugar a que Suárez le diese un revolcón memorable a Hernández Mancha que representó casi el final de su fugaz carrera política. El autor, Cercas, comete también un error sobre cómo fue este episodio a pesar de que, incluso, está documentado ya que era un debate transmitido por televisión. ¿Cuántas entrevistas y cuántos hechos mencionados en el libro, cuyo contraste no sea tan fácil como éste, estarán también equivocados? Ésa es mi duda particular.
Otro elemento que no es ya de duda sino de una interpretación difícilmente aceptable para muchos es la comparación de la situación política española previa al golpe con la situación de la II República y, en paralelo, del golpe del 23F con el inicio de la guerra civil por parte de Franco. Que yo sepa, en 1981 y en los años anteriores no se entregaron armas a la gente y, por tanto, el número de asesinatos y la situación de descontrol que se produjo en la II República -y que anuló toda legitimidad que ésta pudiera tener en contra de lo que ahora tratan de hacer creer algunos- no se había producido en España tras la muerte de Franco.
Que yo sepa, el detonante del inicio de la guerra fue el asesinato del líder de la oposición de derechas a manos de la escolta de un ministro socialista. Creo que en las fechas previas a 1981 Martín Villa no envió a su escolta para que asesinase a Felipe González (por poner paralelismos entre los hechos) y, en suma, la situación española de esa época podía representar un desastre político y económico con notables paralelismos con el actual pero, de ninguna forma, con el que se produjo en las fechas previas a la guerra civil. Hay abundante documentación al respecto pero puede ser suficiente leer las “Matanzas en el Madrid republicano” de Felix Schlayer para hacerse una idea del grado de descomposición de una situación que el autor trata de equiparar con la existente en 1981. De ninguna manera.
Otro aspecto no menor de revisionismo histórico es el guante blanco con que el autor trata a la figura de Santiago Carrillo en cuanto a su relación con los crímenes de Paracuellos se refiere. La desclasificacion de documentos de la época por parte de la ex-Unión Soviética deja poco lugar a dudas sobre el papel de Carrillo que, en contra de cómo lo presenta el autor, no era ya en absoluto un político bisoño en aquella época y fue la principal pieza de los comunistas para eliminar de la escena a Largo Caballero cuando comenzó a hacerse molesto. Es muy difícil alegar ignorancia y asumir responsabilidad sólo en la medida en que algunos subordinados habían cometido una masacre sin su conocimiento, es decir, asumir responsabilidad por la incompetencia como gestor y no por los asesinatos. Por otra parte, algunos subordinados claves como Melchor Rodriguez manifestaron con absoluta claridad su desacuerdo con las actuaciones y fueron retirados de sus puestos precisamente por eso.
En suma, interesante el tratamiento de un episodio vital de nuestra historia reciente, necesita mejorar en el aspecto literario y rechazable en el intento de revisionismo de una historia afortunadamente ya más lejana.
«Los hombres que no amaban a las mujeres» de Stieg Larsson (Colección «Millenium»)
Comenzaré por reconocer que, a pesar de que había visto el libro en los escaparates hace tiempo, no había tenido curiosidad por leerlo porque tanto el título como la ilustración de la portada me resultaban bastante repelentes. El título me sugería que lo que podía encontrar en el interior podía ser una especie de sobredosis de clichés de la dictadura de lo «políticamente correcto» y no estaba dispuesto a contribuir con dinero ni con tiempo a tan noble causa.
Lo cierto es que, hasta muy avanzado el libro, no se ve la menor relación del título con su contenido y «Los hombres que no amaban a las mujeres» podría haberse titulado «Son las ocho y cuarto» y habría tenido el mismo sentido, es decir, ninguno. Cuando el título comienza a ser explicado, resulta que tampoco se explica realmente y deja la duda de una posible mala traducción porque de lo que se habla es de personajes sádicos y torturadores y no de una misoginia más o menos acentuada como el título podría sugerir.
La trama engancha casi desde la primera página y llama la atención que el personaje central del libro -Lisbeth Salander- resulta a la vez atrayente e inverosímil. En un momento, el autor intenta justificar la rareza del personaje poniendo en boca de otro personaje el «síndrome de Asperger», síndrome que realmente existe y que puede justificar la fijación a determinado tipo de actividad u objeto pero no presupone ni una inteligencia privilegiada ni una memoria fotográfica ni algunos otros adornos de un personaje absolutamente extraño.
El libro tiene varias tramas que convergen; la empresarial, la delictiva, la de la prensa, la de las relaciones personales entre los personajes e incluso la informática-ficción. Quizás uno de los elementos que haga que el libro enganche está en que entra rápidamente con todas a la vez y va intrigando al lector que no sabe cómo conseguirá al final relacionar unas con otras de forma coherente. Para no romper el misterio, sólo diré que lo consigue y que vale la pena su lectura. A la editorial le recomendaría que despida al dibujante de la portada y al que puso el título, al menos en la versión española, y al potencial lector que no se quede con las ganas.
«Caminos de libertad» de Bertrand Russell
Posiblemente lo más notorio del libro es que fue escrito originalmente en 1918 pero reeditado y prologado por el propio autor en 1948.
En esos treinta años habían ocurrido muchas cosas tanto en el mundo como, derivado de esto, en la evolución del pensamiento del autor que había pasado de considerar lo acaecido en la URSS como una desviación menor de un pensamiento con cierto parecido a los socialismos utópicos del siglo anterior a considerarlo injustificable.
Russell es uno de los gigantes intelectuales del siglo XX y la prueba es el hecho de que permita que se edite un libro suyo escrito 30 años antes cuando ha cambiado totalmente de punto de vista en ese periodo. No nos explica ni intenta justificar su error sino que deja que lo veamos en estado puro estando él mismo convencido de que estaba en un error. Gran diferencia con otros autores que, cuando los hechos no les dan la razón, tratan de justificar que algo ha cambiado y que, a pesar de todo, ellos tenían razón antes cuando decían una cosa y ahora cuando dicen la contraria.
La vasta cultura filosófica e histórica de Russell permite ver en este libro de primera mano cuáles eran los movimientos que se estaban produciendo a principios del siglo XX y cuáles eran los motivos que los animaban.
Resulta curioso como cuenta inocentemente que casi todas las personas adoptan un código e conducta muy distinto con aquellos que consideran sus compañeros, colegas, amigos o, en cierto modo, miembros de su «rebaño», que con aquellos otros en los que ven un adversario, un marginado o un peligro para la sociedad y, como al hacerlo, está definiendo a lo que llamamos un sectario, postura que justificará unas líneas más adelante diciendo que el socialista no se convierte en un cínico sino únicamente en un amigo de los trabajadores, indignado por toda la miseria innecesaria que les inflige el capitalismo. Sin comentarios.
El libro está claramente desfasado aunque, como ocurre con todos los libros de Bertrand Russell que, además, cuentan con unas excelentes traducciones al español en las ediciones de Tecnos, es una delicia de leer por la forma amena de escribir del autor y, por añadidura, sirve para tener una idea de primerísima mano de cómo se estaba gestando la política europea de la primera mitad del siglo XX.
«El efecto Riverside» de Dr. Montgomery Lee P.D.F.
No recuerdo haberme reído tanto con un libro desde la aparición de «La conjura de los necios».
El autor (mejor que ni intentemos saber a qué responden las siglas P.D.F.) hace una sátira feroz de las prácticas de la consultoría y puede ser interesante para aquéllos que no están familiarizados con ese mercado. Los que sí lo estén, tienen las risas garantizadas porque el disfraz de algunas compañías muy conocidas es tan tenue que se identifican perfectamente.
La trama de la novela tiene su interés. Una persona quiere mejorar la infraestructura informática de su empresa y busca expertos; el proyecto resulta un fiasco total debido a la asignación de personas sin ningún tipo de experiencia que quedan abandonadas a su suerte por la compañía pero señaladas como culpables del fracaso.
Cuando la víctima del engaño se dedica a buscar a antiguos amigos suyos desaparecidos, encuentra que todos ellos habían desaparecido tras situaciones similares que les habían arruinado y que son detalladas cuidadosamente mostrando una buena parte de las variantes de fracaso derivadas del modelo de funcionamiento de la consultoría.
En la parte final del libro, el autor se pone algo más serio y dedica un capítulo al funcionamiento de las distintas ramas de la consultoría.
La parodia es buena y, como buena parodia que es, es una caricatura de la realidad que, para serlo, tiene que parecerse y ser reconocible en la realidad. Claramente lo es pero ¿qué ocurre si hablamos de la alternativa?
Hace ya tiempo tuve ocasión de conocer y sufrir esa alternativa que merecería ser tan parodiada, como mínimo, como las prácticas de la consultoría:
Una conocida empresa editorial decide mejorar sus sistemas de información internos. Hay que empezar por decir que uno de sus objetivos era impedir que buena parte de la información se basase en relaciones personales de sus editores y, en lugar de esto, pretendían que un área editorial bastante díscola dejase de campar por sus respetos y que los planes de sistemas empezasen a funcionar como un «gran hermano» que les controlase y les extrajese esos conocimientos que les convertían en imprescindibles.
Cuando pidieron propuestas a las principales consultoras, los precios les parecieron exagerados -como en el libro- y decidieron que tenían una solución mejor. La solución era contratar al gerente que les había hecho la propuesta para que, desde dentro, se encargase de dirigir el proyecto contratando para ello a los recursos que necesitase.
A partir de ese momento, empezó a entrar más y más gente en el área informática y, por decreto, toda aplicación debía hacerse internamente -si no era así, no se podía justificar la ingente plantilla que llegaron a tener- provocando retrasos y pérdida de funcionalidad.
Programas disponibles en el mercado eran aplazados un par de años -que era el momento en que se suponía que tendrían tiempo- para ser desarrollados internamente porque las peculiaridades de la empresa al parecer así lo exigían y dejando a áreas enteras de la empresa esperando durante dos años más el tiempo de desarrollo suponiendo que funcionase éste.
Al cabo del tiempo, quien fue contratado para dirigir el invento saldría de una forma un tanto violenta de la empresa -encontrándose su despacho cerrado un día que llegaba a trabajar- y quien le contrató pasaría de una dirección general a dirigir un centro de atención telefónica. Otros que, viendo lo que se venía encima, decidimos no jugar tuvimos que abandonar antes.
La parodia está bien, es ingeniosa y pone el dedo en la llaga de algunas prácticas casi mafiosas de la consultoría. A algunos nos habría gustado que, junto con esto, estuviera también la contraparte, es decir, lo que ocurre cuando alguien decide contratar recursos permanentes para proyectos temporales y cómo, al hacerlo, consigue que los proyectos se hagan también permanentes, es decir, que no se acaben nunca.
«Economía humanista» de José Luis Sampedro
Comenzaré por admitir que me encuentro a la mitad del libro y que, por tanto, no lo he terminado ni tengo intención de hacerlo. Alguien podría preguntar si no sabía lo que compraba y tengo que decir que creía que sí lo sabía. He ido aguantando esperando que en algún momento se ocultaría un tesoro que justificaría la compra y la gota que colmó el vaso fue la comparación de Cuba con Suiza y Dinamarca; en la comparación señalaba como Cuba, a pesar de tener un sistema totalmente distinto, era capaz de afrontar los problemas que estaba teniendo en Sudamérica e incluso en África…ni un solo comentario acerca del sistema ni del género de problemas a que se refiere.
No esperaba encontrarme en José Luis Sampedro propuestas de economía liberal, es más, precisamente lo compré por eso. Después de haber leído bastante sobre el tema, creía que un autor que escribe bien y que ha sido catedrático de economía daría, seguramente, unos puntos de vista mejor fundados que los clichés al uso y que, por ello, sus razones para proponer un modelo económico distinto serían más sólidas. Me equivoqué.
Scott Adams enuncia el principio de Dilbert diciendo que «todos somos imbéciles. Afortunadamente no todos lo somos al mismo tiempo ni para las mismas cosas» y, basado en ese principio, en el de que José Luis Sampedro no podía ser imbécil en temas económicos, compré el libro que hoy aparco sin terminar.
Empecemos por el hecho de que el libro es una estafa editorial del tipo que últimamente está produciendo todo tipo de autores de éxito: Encuadernan un conjunto de artículos o de conferencias, en este caso algunas de hace más de cincuenta años, y lo venden como libro aunque, lógicamente, carezcan de todo tipo de unidad argumental.
En este caso, también es cierto que el hecho de enlatar conferencias de hace muchos años muestra que Sampedro como profeta no puede decirse que haya funcionado ya que ahora estamos viendo los efectos de algunas de las cosas que proponía. Un ejemplo:
Lo imprescindible y urgente es mejorar el grado de participación regional en las decisiones nacionales y, por supuesto, el de la participación popular en la propia región, sobre todo cuando las decisiones globales afectan especialmente a la región. En otras palabras, hay que ir a un poder estatal que represente auténticamente los intereses marginados, así como a un poder regional igualmente representativo y con representación suficiente para poder defender sus intereses en los conflictos con otras regiones.
En este momento, con un país convertido en un conjunto de taifas regionales ávidas de presupuesto, es fácil contemplar dónde conducen los deseos que expresaba José Luis Sampedro.
Una crítica al Nobel concedido a Friedman, como representante del liberalismo económico, le define a él mismo mucho más de lo que podría suponerse antes de empezar el libro: Es un premio al admirable talento inútil con que estudia las hojas quien es ciego para el bosque. Y se pierde en él, claro.
Cuenta la vieja idea del reparto que representa con la distribución dentro de una pajarera y cómo el mercado no es capaz de generar un reparto justo, aunque tampoco nos dice nada sobre cómo garantizar la justicia por parte del repartidor oficial y considera que el mercado es la ley de la selva. Recuerda mucho a los»expertos» que utilizan la situación rusa tras el desmembramiento de la Unión Soviética como prueba de que el mercado libre no funciona y, con intención o sin ella, no reparan en que libertad de mercado y toma del mercado por una serie de mafias no tienen nada que ver.
Un mercado libre -parece ignorar Sampedro- se basa en garantizar la transparencia y, recogiendo su ejemplo de la pajarera, en que nadie pueda poner barreras dentro de ella a su conveniencia sino que éstas son movidas a voluntad por los distintos actores dentro de ella.
Cuenta, en este sentido, un caso del reparto de ingresos dentro de un barco de pesca y cómo el armador recibe una cantidad de dinero desproporcionada en relación con la recibida por los pescadores. De acuerdo ¿y cómo lo arregla? ¿Limita los beneficios del armador? En tal caso, el incentivo para ser armador será más bajo y habrá gente que quedará en desempleo. La receta de un mercado libre sería muy sencilla: No voy a admitir ninguna barrera que impida a cualquiera convertirse en armador y, por tanto, los armadores no van a constituir nunca un club cerrado. Si eso se garantiza, a partir de ahí, se irán corrigiendo las situaciones de desequilibrio. No contempla Sampedro esa solución; prefiere la intervención del comisario político o económico.
En resumen, una decepción completa y una recomendación negativa.
«Mal de escuela» de Daniel Pennac
El libro de Pennac toca un asunto interesante para los especialistas pero, tal vez, algo desfasado en la sociedad en que nos movemos y especialmente desfasado en España, sin que esto sea un elogio al sistema educativo español sino todo lo contrario.
Pennac podría haber titulado su libro «Autobiografía de un zoquete» y, dado su planteamiento, el título le habría venido como anillo al dedo. El zoquete escolar se convirtió en un profesor vocacional y cuenta su historia de humillaciones y de cómo unos pocos profesores fueron capaces de sacarlo adelante. Lamentablemente, no es ése el problema escolar de hoy.
En muchos casos, ocurre justamente lo contrario: Alumnos excepcionalmente dotados que, por puro aburrimiento, no adquieren ningún hábito de trabajo y acaban pasando los cursos a trancas y barrancas cuando no abandonan; incluso alumnos que, sin ser excepcionalmente brillantes, puesto que no perciben una utilidad de unos estudios cuyas pruebas, por decreto, ha de superar todo el mundo sea cual sea su nivel, abandonan igualmente.
El «mal de escuela» de hoy no son los alumnos torpes sino que es un problema de valores; Pennac, con toda su torpeza infantil, intentaba salir adelante a través de todo un sistema de barreras educativas y tanto ese sistema como su familia estaban detrás. La «solución» que se ha buscado hoy a ese problema ha sido eliminar esas barreras de forma que el zoquete o el vago no se sientan acomplejados y puedan superarlas con toda facilidad; a cambio, el alumno normal o brillante se aburrirán y, en el mejor de los casos, estarán muy por debajo de su potencial; en el peor, se producirán abandonos precisamente en el colectivo de alumnos que tienen capacidad y podrían haber tenido interés si la escuela de hoy fuera otra cosa distinta de lo que es.
El libro de Pennac puede ser interesante para especialistas en educación especial pero, si alguien quiere hacerse una idea del funcionamiento de la escuela a través de él, no lo conseguirá. Muchos firmaríamos por que ése fuera el problema de la enseñanza; lamentablemente no es ése sino otro, mucho peor y mucho más insidioso.

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