Categoría: Libros y autores

E-books: Kindle DX; el futuro que no acaba de llegar

Probablemente el mejor E-book del momento, al menos hasta que Asus ponga a la venta el presentado en el Cebit,  pero MUY MEJORABLE.

Lo mejor: El formato. Una pantalla de 10.5 deja pequeños a todos los modelos que ahora mismo se venden en el mercado con la excepción del I-Pad que no es un E-book sino un invento del marketing de Apple. El resto es mucho más cuestionable y deja demasiado en evidencia que el Kindle es, ante todo, un artilugio de Amazon con el objetivo de vender más libros.

Vamos por apartados:

  • Formatos admitidos: Amazon dice que su nuevo modelo admite ficheros PDF y es una verdad a medias que, cuando llevamos a efectos prácticos, es casi una mentira abierta. Si alguien hace el intento de conectar el Kindle DX al ordenador como si fuera un disco externo y, por el procedimiento de cortar y pegar, trata de llevarse su biblioteca de PDFs al dispositivo se encontrará con una sorpresa: El Kindle NO lee los PDFs porque, según dice el mensaje, el documento lleva algunas particularidades que lo hacen ilegible, particularidades que al parecer tienen todos los PDFs que están en el ordenador.  Es posible, buscando por Internet encontrar programas que transforman un PDF normal al tipo de PDF que admite el Kindle y entonces nos encontraremos con el problema del tamaño de letra. Conclusión: Acaba siendo mucho más práctico buscar otro programa que transforme los PDFs al formato nativo del Kindle porque la transformación no nos la evita nadie. O sea, LA COMODIDAD DEL CORTAR Y PEGAR PDFs DEL ORDENADOR AL KINDLE NO EXISTE.
  • Conectividad:  La otra asignatura pendiente de muchos E-books. En la publicidad del Kindle DX astutamente nos venden que no tenemos que buscar wireless. Traducido al lenguaje no publicitario, ese mensaje significa que EL DISPOSITIVO NO PUEDE ACCEDER A REDES WIRELESS sino que su forma de conectividad, aparte de la conexión USB al ordenador que acaba siendo lo más práctico, es un sistema por el cual ÚNICAMENTE ES POSIBLE COMUNICAR CON AMAZON bien para compra de libros o bien para descargarse copias de respaldo o nuevo material. Con cada Kindle, Amazon abre una cuenta de correo electrónico a la que sólo se pueden enviar mensajes desde cuentas previamente autorizadas. Si ese mensaje lleva un fichero, éste es transformado en el formato del Kindle y remitido al dispositivo por la conexión 3G privada establecida entre Amazon y el dispositivo y, además, este sistema de conversión puede generar costes tanto por la transmisión del mensaje como por el peso del fichero. Esa falta de conectividad implica que el Kindle no puede ser utilizado para la lectura en Internet de textos si la suscripción no se ha realizado previamente en Amazon. Por ejemplo, hay bibliotecas universitarias que permiten leer prensa, journals o incluso libros enteros pero no permiten descargarlos. Todo este material no es accesible desde el Kindle.
  • Estructura de directorios: Inexistente. ¿Para qué sirven 4 Gbs. de espacio si no podemos ordenar los contenidos? Los que, sea por motivos de trabajo o de ocio, acumulamos mucho material para leer en el ordenador, solemos tener ese material en una estructura de carpetas y no «a mogollón», de forma que no sea necesario hacer una búsqueda textual (imposible si el formato es PDF) sino que vamos al lugar donde sabemos que hemos colocado el documento por razón de su contenido. En el Kindle no queda más que navegar por la lista de títulos.

Asus había presentado un E-book que, al parecer, respondía por completo a lo que en otro post establecía como requerimientos del perfecto E-book, es decir, tamaño de pantalla decente, admisión de múltiples formatos, capacidad y conectividad. Sólo falta por ver el precio. La baza del tamaño es lo que hace más atractivo al Kindle DX pero el resto, como puede concluirse de la descripción, se mueve en un terreno pantanoso entre la carencia y el engaño flagrante.

NOTA: Comparativa de E-Readers: http://www.pc-actual.com/Laboratorio/Especiales/El-placer-de-la-lectura-digital-8-ebook-reader-a-examen-59274

«El factor humano» de John Carlin: Cómo nació la actual Sudáfrica.

«El factor humano» es el libro en el que se ha basado la película «Invictus» sobre la vida de Nelson Mandela. Antes de comentar el libro, me gustaría situarlo en un contexto personal y por qué me interesó de entrada, al igual que quiero ver la película:

Hace varios años, visité Sudáfrica. Iba sin gran ilusión al tratarse de una opción de recambio por no haber sido posible hacer el viaje que realmente quería, Nueva Zelanda, por las casi 48 horas de ida y otras tantas de vuelta que representaba. A pesar de ello, recibí una doble sorpresa y, si es posible enamorarse de un país, lo hice de Sudáfrica y espero tener ocasión de regresar.

Que el país es de una belleza espectacular no sorprende a nadie que haga el esfuerzo de documentarse simplemente con imágenes bajadas de Internet o, en este caso, subidas:

http://www.flickr.com/photos/sanchezalarcos/?saved=1

. Lo más sorprendente del país fue su gente prescindiendo por completo de razas: En todas partes, se encontraba una amabilidad carente tanto de la displicencia que quiere dejar claro que ése no es tu sitio como del servilismo frecuente por otras latitudes; sin embargo, lo que resultaba más sorprendente es que esa amabilidad se daba también entre ellos, es decir, el trato entre personas de distintas razas era afable, hacía gala de un evidente sentido del humor y no se percibía la tensión esperable tras años de appartheid. Junto con esto, letreros que avisaban en las urbanizaciones de «vigilancia armada» o el sabio consejo de la agencia de viajes de no conducir de noche.

Sorprendía mucho también ver en qué elogiosos términos se referían a Nelson Mandela personas cuyos rasgos podrían hacerlos pasar por holandeses o alemanes y cómo esas mismas personas insistían en dos puntos: Que ellos mismos eran africanos, no europeos extraviados, y que el mayor triunfo de Mandela fue conseguir que las luchas tribales entre la población negra desaparecieran y conseguir que todos, blancos y negros, llegasen a considerarse sudafricanos.

Este tema había sido ya tratado en la excelente película In my country donde habían evitado la visión maniquea tan frecuente de la situación sudafricana y, tanto por la experiencia directa como por la información recogida a partir de la curiosidad sobre lo visto, parecía bastante claro que Nelson Mandela no era un personaje corriente que, simplemente, hubiera estado en el lugar adecuado en el momento justo. Era algo más y ese «algo más» es lo que trata de descubrirnos el libro.

El libro nos describe a un personaje con una capacidad de contacto humano excepcional, consciente de que poseía esa capacidad y capaz de utilizarla de forma planificada para sus fines. La biografía de Mandela podría, perfectamente, haber justificado que ésos hubieran sido unos fines guiados por el rencor y con el intento de convertir Sudáfrica en algo parecido a lo que era pero con un appartheid dirigido por los negros, algo similar a lo ocurrido en la vecina Zimbabwe o a las revoluciones indigenistas producidas al otro lado del Atlántico donde los antes oprimidos ejercen de opresores con igual entusiasmo en ese papel que el de sus antecesores.

Comentaba Javier Reverte en uno de sus libros que le llamaba la atención el hecho de que Gandhi, que vivió muchos años en Sudáfrica, nunca hubiera dedicado ni una palabra al racismo contra los negros. Teniendo en cuenta que los indios siempre se habían considerado por encima de los negros, dejaba la duda sobre si Gandhi era realmente tan mahatma (alma grande) o era simplemente un racista indio más. Nada de esto sirve con Mandela; sea por principios, por cálculo político o por una mezcla de ambas cosas intentó desde el principio conseguir la integración de todos en una nueva Sudáfrica.

Un elemento que revela una inmensa astucia y que destaca el libro es la utilización del rugby como elemento de unificación. El rugby era el deporte nacional blanco y, en consecuencia, los negros sistemáticamente apoyaban a los equipos contrarios e incluso una de las acciones más eficaces del ANC (el partido de Mandela) consistió en promover un boicot internacional a los equipos de rugby sudafricanos, hecho que tuvo un enorme impacto entre la población blanca. Sin embargo, cuando se trató de buscar una transición pacífica, el apoyo masivo de todos los sudafricanos -escenificado por él mismo vestido con una camiseta con el color del equipo- durante la final mundial representó un elemento común a todos que sería la puerta para conseguir que muchos otros viniesen detrás.

El libro va detallando las entrevistas que Mandela tuvo, todavía encarcelado, con distintos miembros del gobierno y cómo se esforzaba por transmitir una imagen que podría definirse como «fuerte pero no depredador». Hubo momentos difíciles donde, llevados por esa magia en el trato personal, otras personas que tuvieron que tomar decisiones difíciles decidieron confiar en él y los hechos mostraron que esa confianza no fue traicionada.

Aparece, como punto sorprendente, el hecho de que Mandela apreciaba más a Botha, penúltimo presidente blanco sudafricano y partidario del appartheid, que a De Klerk, quien recibiría el Nobel de la Paz junto a él mismo.

Si hay que hacer una recomendación sobre la lectura del libro, ésta será sin duda positiva aunque he comenzado este post señalando el origen de mi posible sesgo.

Para concluir, dos apuntes:

  • Una figura como la de Nelson Mandela no puede producirnos más que envidia si comparamos el nivel de nuestros políticos y sus conductas con la actuación de alguien que fue capaz de evitar una guerra a la que sólo faltaba ponerle una fecha de comienzo. Más que eso, consiguió la paz en su país en lugar de, como podría haberse esperado, darle la vuelta a la tortilla o un estado de hostilidad latente.
  • Hay quien se ha atrevido a hablar de «post-racismo» en Estados Unidos por la elección de un presidente negro: El partido de Mandela en Sudáfrica consiguió menos votos de la población negra (2/3 del total sobre un 84% de población negra) que los que recibiría Obama de la población negra norteamericana que superaría el 90% y, ni que decir tiene, la situación de la población negra sudafricana era en ese momento infinitamente peor que la de la población negra norteamericana. Si tenemos en cuenta que «racismo» implica que la raza dirige las decisiones, con independencia de que el comportamiento racista corresponda a un grupo mayoritario o no, parece claro que la elección norteamericana ha sido más racista que la sudafricana. Los grupos minoritarios también pueden ser racistas aunque esto pueda no gustar en los ámbitos «políticamente correctos».

«Comunicación y poder» de Manuel Castells

Decepcionante. Parafraseando a un teólogo que criticaba al fundador de una conocida secta, el libro de Castells es original y relevante pero, en lo que tiene de original no es relevante y en lo que tiene de relevante no es original.

Aparte de que el título parecía prometedor, conocía al autor por haberlo visto referenciado varias veces en obras de Ulrich Beck, lo que en principio podía parecer una garantía de contenido interesante. Sin embargo, hay varias cosas que me gustaría destacar:

  1. Desarrollo teórico.
  2. Clamorosas ausencias.
  3. Querencias personales.

Hay partes del desarrollo teórico que pueden ser interesantes pero entran dentro del apartado de la relevancia sin originalidad. Por ejemplo, descubrir a estas alturas que la comunicación no es unidireccional, ni siquiera cuando esta diseñada como tal, y que el mensaje percibido depende mucho de los constructos previos del teórico receptor y su selección de contenidos…sonaría un poco a broma si se pretende presentar como una novedad.

Castells se ha limitado a recoger cosas más que sabidas e introducirlas en un contexto de informática y comunicaciones donde, por ejemplo, a la manipulación la denomina codificación que queda más friki y, además, permite una mejor integración con el conjunto de la verborrea cibernética. No mucho más. Es cierto que algunos datos cuantitativos sobre la penetración de distintas modalidades de comunicación así como sobre la propiedad de conglomerados multimedia pueden ser interesantes pero no es mucho lo nuevo que va a encontrarse en ese apartado.

En el apartado de clamorosas ausencias, ya que centra buena parte de sus ejemplos en la utilización de la comunicación en campañas políticas, está la ausencia de Obama con poco más que una tímida inserción en el apartado de referencias. Sólo hay una mención menor de Hillary Clinton y, por supuesto, gran cantidad de referencias a los perversos republicanos pero, en una obra de 2009 y con ese contenido, un análisis detallado de los hechos que condujeron a la llegada al poder de Obama, personaje mediático por excelencia en lo que llevamos de siglo, es una gravísima carencia. Probablemente el proyecto editorial estuviera muy avanzado pero, aún así, es de difícil justificación.

Entramos, por último, en el apartado de querencias personales. La mejor interpretación que puede darse del tratamiento de sus preferencias particulares la da él mismo con esta frase: Cuanta más educación tengan los ciudadanos, mejor podrán interpretar la información disponible de forma que respalde sus preferencias políticas predeterminadas. Supongo que no era intención del autor el que esta frase pudiera considerarse como una autodescripción pero hay bastante contenido dentro del libro que lleva a pensar así.

Si comenzamos por la solapa, nos cuenta que ha recibido condecoraciones en Francia, Cataluña, Finlandia, Portugal y Chile, frase que anima a practicar el juego consistente en identificar cuál de los elementos  es diferente de los demás si no aceptamos como diferencia el estar en un continente distinto. Naturalmente, como se descubrirá en el interior del libro, no es una errata ya que cosas parecidas se repiten con cierta frecuencia como, por ejemplo, cuando habla de cadenas nacionales e internacionales como Al Jazeera, CNN, NTV de Kenia, France 24, TV3 de Cataluña…lo que nos daría ocasión de repetir el juego.

Nos cuenta que las identidades culturales específicas se convierten en trincheras de autonomía y a veces de resistencia para colectivos e individuos que se niegan a disiparse en la lógica de las redes dominantes. Lamentablemente, una declaración tan genérica en un momento en que en España está en discusión el derecho a la escolarización en español en todo el territorio deja la duda sobre si se refiere a la «red dominante» española que quiere «disipar» otras redes locales como la catalana o a la «red dominante» que impone el nacionalismo en los lugares en que se hace con el poder. Viendo como respira Castells, parece claro que la segunda opción sería negada o considerada como respuesta legítima. Ejemplo:

Resulta interesante que una de las estrategias de la nueva televisión catalana para difundir el idioma catalán entre los inmigrantes españoles en Cataluña fuera adquirir los derechos en catalán y castellano de series populares en todo el mundo como Dallas y emitir sólo en catalán. Teniendo en cuenta que la «nueva televisión catalana» es financiada con los impuestos, creo que una actuación de este tipo puede merecer calificativos distintos de «interesante». ¿Malversación, limpieza étnica? La verdad es que hay bastantes alternativas a «interesante».

En fin, son múltiples los ejemplos que permiten concluir la falsedad de la afirmación de que el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando. Quizás cuando se reside mucho tiempo fuera, entra la morriña de la propia tierra y se acaba cantando «El emigrante» de Juanito Valderrama (como hace unos días vi hacer en televisión a un español emigrado a Australia). A lo mejor, una versión en catalán de esa canción sería un regalo muy agradecido por el autor.

Algo parecido a lo ocurrido con el asunto del nacionalismo catalán ocurre con todo lo relativo al cambio climático. La «posición científica» se toma como algo establecida y las discrepancias o no existen o son ilegítimas porque provienen de intereses bastardos. Después de lo ocurrido recientemente al lobby de Al Gore, no parece que los adalides del cambio climático se distingan por una gran pulcritud en sus prácticas científicas y de comunicación. No obstante, del mismo modo que no parece disculpable la omisión de la campaña de Obama en un libro con este contenido, asuntos como el descubrimiento del falseamiento de datos gracias a la acción de un hacker son suficientemente recientes para hacer materialmente imposible su inclusión en el libro.

Hay un punto que Castells toca muy marginalmente y hechos como éstos, que afectan a su propio libro, podían invitar a una reflexión mucho más seria: Excluidos los apéndices, la edición de Alianza Editorial de «Comunicación y poder» tiene 553 páginas. Preparar un libro de esa envergadura lleva bastante tiempo y, cuando se están tocando temas de actualidad, es casi inevitable que en el momento de su publicación resulten ya desfasados. No me refiero sólo a datos cuantitativos sino a carencias como la de Obama, a asuntos emergentes como lo ocurrido al lobby de Gore y a muchos otros temas relevantes que pueden aparecer por el camino.

No pretendo decir con esto que la obra del futuro tiene que seguir la línea de la Wikipedia o algo parecido pero es posible que este tipo de obra debiera estar sujeta a actualización permanente y, tal vez, la aparición del libro electrónico no sólo sea una forma de ahorrar papel sino que permita relecturas de libros ya leídos con datos actualizados. Dicho de otro modo, algunos libros deberían permanecer vivos durante un tiempo y eso implicaría un compromiso de revisión de contenidos por su autor y un derecho del lector a ver esos contenidos revisados durante ese mismo tiempo. El soporte papel lo hace imposible pero el soporte electrónico no.

Para concluir, un comentario relativo al apartado de querencias: No sé si Castells sentirá una necesidad muy profunda de hacernos saber lo cercano que se siente al nacionalismo catalán. Creo que muchos, incluyendo entre ellos a los que no consideraríamos la eventualidad de una Cataluña independiente como una especie de tragedia, podemos tener más interés en la perspectiva que Castells pueda tener acerca de los temas reflejados en el título del libro que en sus particulares convicciones políticas. Utilizar un libro de este contenido para airearlas «aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid» no creo que mejore la imagen del libro ni la del propio Castells.

Una de historiadores (publicada en «Mach82» con el título «Sobre las dificultades de la investigación»)

El verano es una época propicia para la lectura y eso tiene una ventaja: A veces, lecturas sobre temas que son totalmente ajenos a la actividad habitual pueden arrojar luz sobre ésta.

Este año cayó en mis manos el libro de Stanley Payne dedicado a la época franquista y, una vez más, me resultó inevitable preguntarme por qué todos los investigadores de la historia reciente española mienten a pesar de ser ésta la etapa más documentada por razones obvias.

Hay que aclarar, en primer lugar, que los historiadores, salvo los peores, no suelen mentir falseando los hechos sino que existen varias formas de deformar la realidad cuyo grado de voluntariedad es diferente en cada caso:

El historiador parte de una posición política previa a la que quiere favorecer estableciendo paralelismos con la época o los hechos que analiza. Con este objetivo, cuenta con varios instrumentos:

  • Eliminar de su análisis aquellos hechos que podrían llevar al lector hacia unas conclusiones distintas de las que pretende el historiador. Es la mentira por omisión.
  • Aunque no se eliminen los hechos, resaltarlos o quitarles importancia tanto por colocación en el texto como por extensión y nivel de detalle utilizados de forma que la conclusión siempre vaya en línea con su tesis inicial. Para ello se eleva la anécdota a categoría o viceversa.
  • Ayudar al lector incluyendo interpretaciones de los hechos que, tras la selección de los mismos con los dos procedimientos anteriores, sean difícilmente discutibles. Las interpretaciones pueden aparecer como objetivas y ecuánimes pero la trampa es previa y se encuentra en que tales interpretaciones están realizadas sobre hechos cuidadosamente seleccionados.
  • El historiador confunde la objetividad con la equidistancia: En este caso, su particular forma de resistir a las presiones es ceder a todas ellas. En lugar de evaluar hechos, los cometa quien los cometa, evalúa a las partes y hace un intenso esfuerzo por permanecer equidistante de dichas partes en nombre de una supuesta ecuanimidad. Un historiador español llegó a señalar en el título de su libro, como si eso fuera un elogio, que su historia de España no iba a gustarle a nadie. Tenía razón…pero eso no significaba que su análisis fuera correcto.
  • Por último, se da el caso en que el historiador no es un historiador sino que ha vivido lo ocurrido en una de las partes y cuenta su experiencia particular ignorando si en el otro lado se daban situaciones parecidas. Es difícil criticar la posición de alguien que, por diversas circunstancias, se ha visto forzado a vivir situaciones trágicas o pretender una ecuanimidad en su posición.

Este fenómeno, que es claramente reconocible cuando se habla de historia, aparece en todo tipo de investigaciones donde puedan concurrir intereses a menudo contrapuestos con sus presiones correspondientes y, por ello, es esperable que nadie quede completamente satisfecho. Al mismo tiempo, la insatisfacción general no puede considerarse nunca como criterio de objetividad, ecuanimidad y como indicador, en suma, de haber hecho un buen trabajo. En el peor de los casos, podría ocurrir que todos los críticos tuvieran razón.

El criterio de “todo lo que se dice es cierto” no basta en ninguna investigación en la que entren en juego intereses políticos, económicos, empresariales o de cualquier otro tipo incluido el periodístico que, en manos de algunos, se resiste a que la verdad le estropee un buen titular. No entremos ya en casos de manifestaciones públicas dirigidas por la más supina de las ignorancias o de las desidias en el terreno documental.

Son demasiadas las situaciones en que, antes de que abra la boca o escriba una línea alguien, sabemos qué es lo que va a decir o escribir porque también sabemos cuáles son sus querencias, sus carencias o sus fuentes de presión. Si ese “alguien” ejerce como una mera correa de transmisión de intereses y presiones propios o ajenos, podemos ahorrarnos su lectura del mismo modo que, en muchos libros de historia, basta el nombre del autor para prescindir de su lectura. Se conoce el contenido antes de abrirlo.

La independencia del investigador en cualquier ámbito no garantiza la existencia de un buen criterio pero la dependencia sí garantiza que ese buen criterio, en caso de existir, será anulado por las presiones de distinto tipo que se puedan producir.

Las críticas no pueden inducir a un alegre “Ladran, luego cabalgamos” pero, al mismo tiempo, no se puede realizar una investigación centrada en el “qué dirán” intentando que nadie quede demasiado insatisfecho. En el ámbito de la historia, Stanley Payne es un autor al que tengo en alta estima. Sus fuentes no son necesariamente mejores que las utilizadas por otros pero se aprecia claramente que no toma partido y eso no significa el cultivo de la equidistancia o el intento de no molestar demasiado a alguien con poder suficiente para perjudicar al investigador.

No utiliza una obra para halagar o criticar a los actores que aparecen en ella ni menos aún para autojustificarse de errores u omisiones cometidos en obras anteriores y ésa, no el cultivo de la equidistancia, es la fuente de objetividad.

La diferencia real de este autor con otros es que evalúa hechos y no autores. No hay una doble vara de medir ni se enfatiza o disminuye la importancia de los hechos en función de quién los perpetre. Por desgracia, algo tan elemental como esto es poco frecuente, en historia y en muchos otros ámbitos.

Para que un proceso investigador aporte algo, además de conocimientos y documentación, es precisa una disposición clara a meter el dedo en el ojo de quien haga falta. A veces en el propio.

«A conflict of visions: Ideological Origins of Political Struggles» de Thomas Sowell (Un conflicto de visiones: Orígenes ideológicos de las luchas políticas)

El texto es una reedición de 2007 de un texto escrito 20 años antes y en el que Sowell, con su brillantez habitual, trata del tema reflejado por el título. Lamentablemente los títulos de Sowell traducidos al español son escasísimos y, que yo sepa, éste no está entre ellos.

Lo primero que habría que decir es que éste es un libro que lleva, casi por obligación, a la lectura de Camino de servidumbre de Hayek en la misma forma que la lectura de Rousseau conduce inexorablemente a Platón.

La idea principal del libro es que existen dos modelos extremos de visión, a menudo ni siquiera completamente conscientes, a las que denomina limitada e ilimitada.

La visión limitada partiría de que las personas son como son y que no podemos intentar cambiarlas sino, a lo sumo, poner en marcha los procesos que les permitan vivir de la mejor manera posible interfiriendo lo menos posible con su iniciativa porque -y éste es otro punto crucial- nadie, por iluminado que pueda ser, tiene más conocimiento que uno mismo en las cosas que le afectan. En consecuencia, se trataría de permitir que fuera utilizado un conjunto de conocimientos no articulados que están en todas las sociedades y que constituyen un patrimonio que se puede perder si la iniciativa queda en manos de la «ingeniería social» con todos los efectos asociados o, en las palabras de Sowell, en la visión limitada, los beneficios de una civilización avanzada se derivan de una mejor coordinación social de fragmentos de conocimiento ampliamente dispersos, no del mayor conocimiento de un individuo. La visión limitada, por tanto, no se ocuparía de los resultados sino de asegurar que los procesos que conducen a éstos no queden entorpecidos.

El polo opuesto lo constituiría una visión ilimitada que cree en la posibilidad de una intervención directa y que está más movida por los resultados que por los procesos por los cuáles esto pueda ser conseguido. Esta visión tendría además una fe ilimitada en el conocimiento de las elites y de los líderes visionarios y de su capacidad para mover el mundo. En palabras de Sowell, la propia naturaleza humana es una variable y, de hecho, es la variable principal a cambiar. Los grandes obstáculos para conseguirlo son la oposición de aquéllos que se benefician del orden social actual y la inercia y ceguera de otros. Si estos obstáculos al progreso se van a derribar, ha de ser mediante el acuerdo, la inteligencia y la imaginación de aquéllos que son capaces de atisbar las posibilidades abiertas a la sociedad.

Los criterios básicos para distinguir ambos tipos de visión serían el lugar y el modo en que se toman las decisiones. Las decisiones sociales permanecen como tal pero se derivan de principios muy distintos. Las decisiones sociales son realizadas de modo deliberado por los elegidos para ello basado en modelos explícitamente racionalistas en el caso de la visión ilimitada. Por el contrario, las decisiones sociales evolucionan sistémicamente partiendo de las interacciones entre las decisiones individuales, ejercidas para el beneficio individual, en la visión limitada. Tales decisiones servirían al bien común sólo como un objetivo no buscado y como consecuencia de las características de procesos sistémicos como, por ejemplo, la competitividad en una economía de mercado.

Una identificación facilona nos llevaría a equiparar la visión limitada a la derecha política y la visión ilimitada a la izquierda. Sin embargo, la prueba de que esto no es así en rigor es el hecho de que movimientos como el nazismo o el fascismo quedarían claramente inscritos también dentro de esa visión ilimitada.

Éste es el punto de partida. Desde aquí, Sowell comienza a extraer conclusiones en distintos ámbitos y cómo esas conclusiones nos pueden traer de vuelta de la teoría política a la práctica. Algunos fragmentos lo mostrarán:

Sobre la política social

Es consistente con la visión ilimitada promer fines igualitarios por medios no igualitarios, dada la gran diferencia entre los que Mill lama «los más sabios y los mejores» y aquéllos que no han alcanzado todavía su nivel moral e intelectual. A la inversa, aquellos con visión limitada tienden a ocuparse menos con promover la igualdad económica y social y, en su lugar, se preocupan de los peligros de una desigualdad de poder y la producción consiguiente de una elite de racionalistas.

Sobre el propio país

Llevado al extremo, la visión limitada dice: «Mi país, tanto si acierta como si está equivocado» mientras que la visión ilimitada se coloca en un papel de ciudadano del mundo, dispuesto a oponerse a su propio país en palabras u obras. Patriotismo o traición se convierten así en una distinción sin significado en el caso extremo de la visión ilimitada mientras que, por el contrario, esa distinción es una de las principales y más poderosas en la visión limitada.

Libertad y justicia

En la visión ilimitada, para la que las intenciones y la justicia individual son centrales, es enormemente importante el hecho de que las recompensas individuales sean merecidas o sólo reflejen una situación de suerte y privilegio. Los líderes individuales y las políticas sociales deberían ser elegidas con vistas a su dedicación a la meta de finalizar privilegios y promover la igualdad y el mérito. Por el contrario, en la visión limitada, los procesos sociales deben ser juzgados por su capacidad para extraer el máximo beneficio social de las limitades posibilidades del hombre al coste más bajo posible. Esto significaría recompensar habilidades escasas y valiosas, incluyendo aquellas que podrían deberse a la fortuna o al hecho de haber sido cultivadas a expensas de padres prósperos.

Un proceso social que asegura igual tratamiento representaría la igualdad para la visión limitada, tanto si los resultados finales son iguales como si no. Igual tratamiento, según Hayek, no tiene nada que ver con el hecho de que la aplicación de unas reglas generales en una situación particular pueda conducir a resultados más favorables a unos grupos que a otros.

La visión limitada del hombre conduce a un concepto limitado de igualdad, entendida ésta como un proceso dentro de las capacidad del hombre y, en contraste con la definición de igualdad en razón de los resultados…El argumento no sería si es literalmente imposible reducir o eliminar casos específicos de desigualdad sino que los procesos creados para hacerlo puedan generar otras desigualdades, incluyendo algunas peligrosas, causadas por una expansión del papel del gobierno.

Para los partidarios de la visión ilimitada, estos riesgos son evitables cuando no ilusorios y, por tanto, detenerse en los procesos puramente formales es innecesario e inexcusable.

Muchos de los partidarios de la visión ilimitada con una apasionada oposición hacia la desiguadad medida por los resultados asumen que aquellos que se oponen a ellos deben ser favorables a la desigualdad de resultados, bien por razones filosóficas o por una cuestión de interés propio. En realidad, los partidarios de la visión limitada pueden estar apasionadamente dedicados a ciertos procesos como la libertad de elección y sólo secundariamente preocupados por el hecho de que tales procesos, diseñados para garantizar una iguadad de trato, puedan no producir iguales resultados para todos.

Libertad

La definición misma de libertad difiere entre las dos visiones. A pesar de la ausencia de restricciones legales, uno no es libre según la definición de la visión ilimitada «si no puede conseguir sus metas»…esta definición según los resultados de la visión ilimitada es anatema para los partidarios de la visión limitada en la cual la libertad es definida en términos de características del proceso.

Guerra

Loa partidarios de la visión ilimitada tienden a explicar la existencia y recurrencia de las catástrofes provocadas por el hombre en términos de malentendidos, en un sentido intelectual, o de emociones hostiles o paranoides que se supersonen a la racionalidad.

Los pasos a seguir por una nación que busca la paz para reducir la probabilidad de la guerra serían aumentar la influencia de los grupos de población más avanzados intelectual o moralmente, mejor comunicación con los enemigos potenciales, eliminación de la retórica militante, restricción en la producción de armamento o de alianzas militares que pudieran provocar contramedidas, limitar el énfasis del nacionalismo o patriotismo y negociar diferencias con potenciales adversarios como forma de evitar las posibles causas de guerra.

Los partidarios de la visión limitada ven la guerra en términos completamente diferentes. De acuerdo con su visión, las guerras son una actividad perfectamente racional desde el punto de vista de aquéllos que anticipan la posibilidad de obtener ganancias para ellos, su grupo o su nación aunque tal anticipación pudiera estar equivocada.

Desde esa perspectiva, los pasos para garantizar la paz y reducir la probabilidad de una guerra serían directamente opuestos y consistirían en aumentar el coste de la guerra para potenciales agresores mediante la preparación militar y alianzas militares, hacer consciente al público de los riesgos en tiempos de amenaza, promoción del patriotismo y disposición a luchar, confiar en el conocimiento de los adversarios del poder militar propio, negociar sólo desde una posición de fuerza y evitar todo tipo de chantajes que pudieran animar a chantajes posteriores y confiar más en el buen sentido y la fortaleza de la gente que en los moralistas e intelectuales más sensibles a las palabras y a las modas.

El delito

Los partidarios de la visión limitada enfatizan la prevención del delito o su castigo. Por el contrario, el partidario de la visión ilimitada no comprende cómo alguien puede cometer un delito terrible sin alguna causa distinta que la ceguera.

El concepto de rehabilitación y sus posibilidades es visto de una forma muy distinta en los dos casos. En la visión ilimitada de la naturaleza humana, la rehabilitación es un proceso de devolver a la persona a su más o menos natural condición de decencia. En la visión limitada, la decencia es más artificial que natural y, si no ha sido creada durante los años maleables de la niñez, es improbable que se cree después.

Creo que esto es suficiente para dar una idea del contenido del libro y, sin duda, hay muchos elementos fácilmente identificables en la actualidad política nacional e internacional que nos indican cuál es el modelo en que se mueven sus autores. Lo que Sowell llama visión ilimitada es equiparable en algunos contextos a lo que también se ha llamado buenismo en política, fenómeno del que los ejemplos son múltiples ahora y en el pasado.

La visión respecto de la guerra o de la eventual utilización de la violencia legítima por parte de un Estado tanto frente a terceros países como frente a la delincuencia pura y dura puede llevar a extremos peligrosos en cualquiera de las visiones. En el caso de la visión limitada extrema, se puede llegar a convertir un país en un campo de concentración con urnas, como estuvo muy cerca de ocurrir en los Estados Unidos de la época de McCarthy. En el caso de la visión ilimitada extrema, se puede llegar a convertir un país en una agrupación de pánfilos a los que les puede perder el respeto cualquier otro país e incluso cualquier banda de delincuentes con o sin coartada política.

Busque cada cual dónde se ve mejor reflejado y dónde ve mejor reflejados a distintos gobiernos.

«Animal Spirits» de Akerlof y Shiller

Animal Spirits puede considerarse como una crítica de la economía liberal. Son muchos los autores que han ido por ese camino con diversa fortuna. Por ejemplo, aquí mismo puede encontrarse la crítica de Economía Humanista de José Luis Sampedro aunque la argumentación de Animal Spirits parece mucho mejor fundada que la de Sampedro.

Los autores comienzan por dar diversos ejemplos de terrenos en los que la mano invisible de Adam Smith simplemente no funciona. Los ejemplos son buenos aunque producen una sensación extraña, algo así como si la crítica fuera correcta pero los motivos en que apoyan ésta tuvieran poca solidez o estuvieran mal argumentados.

Critican el supuesto básico de que las decisiones en una economía de mercado se tomen siempre de forma racional y, para ello, recurren a dos motivos básicos: Uno de ellos es criticable porque puede ser incluido también en el concepto mismo de economía de mercado y el otro lo es porque es difícil considerarlo como único: Conocimiento y equidad.

El concepto mismo de gestión de conocimiento apareció para mediados de la pasada década y, sin embargo, uno de los libros más brillantes que pueden encontrarse sobre el tema es Knowledge and Decisions de Thomas Sowell, escrito nada menos que en 1980.  Al margen del interés histórico, se da la circunstancia de que Sowell es un ferviente defensor de la economía de mercado y que, para que ésta funcione, se presupone también una completa transparencia y, por ende, un perfecto conocimiento sobre lo que se compra o vende.

La crítica de Animal Spirit en el sentido de que se necesitan estudios considerablemente sofisticados para cuestionar una clasificación AAA era ya anticipada en el libro de Sowell cuando señalaba que government regulatory agencies are often very ineffective in controlling the industry or sector which they have a legal mandate to regulate. Dicho de otro modo, cuando no existe una transparencia completa, no podemos decir que las decisiones no sean tomadas racionalmente sino que, aunque el proceso sea racional,  son tomadas sobre datos equivocados sin posibilidad de contrastarlos.

La crítica relativa al conocimiento es, por tanto, compartida por los defensores de la economía liberal y de ahí que haya una presión permanente hacia una mayor transparencia. Sin embargo, la complejidad obliga a tener que confiar en instituciones de control y, cuando reguladores, auditores y agencias de calificación fallan, las decisiones de los consumidores se ven traicionadas en una situación en que ni tienen acceso directo a la información necesaria ni, en caso de tenerlo, tienen los conocimientos necesarios para analizar esa información.

En cuanto al concepto de equidad, como justificación de toma de decisiones aparentemente no racionales, los autores dan buenos ejemplos aunque llegan a estirar tanto el concepto que acaba por representar un comodín válido para explicar todo lo que no se puede explicar desde un punto de vista de estricta racionalidad. Quizás falla ahí un mayor esfuerzo en el área de categorización de variables no estrictamente económicas.

Como síntesis, el libro es interesante, sus argumentos son buenos y su lectura es recomendable. Por el lado negativo, cabe decir que podría haber sido mejor si se hubieran trabajado un poco más las variables no económicas.

«El desajuste del mundo» de Amin Maalouf

En principio, un libro que lleva en la solapa el nombre de Maalouf  lleva casi implícita una garantía de que dentro se va a encontrar algo interesante. Descubrí al autor hace algunos años con Los jardines de luz, auténtico tratado contra la intolerancia religiosa y, desde ese momento, no he dejado de leer lo que ha caído en mis manos de este autor. León el Africano es una novela en la que, si se busca una comparación, habría que retroceder hasta Sinuhé el Egipcio de Mika Waltari,  Identidades asesinas es un pequeño libro en el que Maalouf argumenta con una extraordinaria lucidez contra los nacionalismos y podríamos seguir con Samarkanda o con el libro en que muestra el punto de vista árabe sobre las Cruzadas…siempre se va a encontrar en Maalouf a un pensador original que aporta una nueva luz sobre los temas que toca.

El desajuste del mundo no es una excepción a esta regla y, tal vez por ser su último libro recientemente aparecido, lo que dice tiene una relevancia excepcional porque se refiere a nuestro mundo tal como está configurado hoy y las contradicciones y conflictos de carácter general.

Es difícil comprender cómo piensa Maalouf si no se sabe de dónde viene y, sobre todo, qué es lo que ha hecho con su personal patrimonio biográfico. Maalouf nació en Líbano en 1949 pero vive en Francia desde 1975, es decir, en este momento lleva viviendo en Francia más de la mitad de su vida. Hasta aquí, nada especialmente original y su biografía podría tener puntos de contacto con la ex-candidata socialista Segolène Royal e incluso con algunos terroristas islámicos. Más aún, los que provocaron los atentados de Londres habían nacido ya allí. Sin embargo, con esa herencia de exiliado compartida con muchos que han evolucionado de muy distintas formas, Maalouf ha hecho algo muy poco frecuente:

En primer lugar, se resiste a ser catalogado de libanés, francés o medio libanés y medio francés. En Identidades asesinas Maalouf utiliza como ejemplo su propio caso y afirma que tiene una identidad única compuesta de la totalidad de experiencias que ha vivido y que no renuncia a ninguna de ellas. No está dispuesto a desprenderse a una parte de sí mismo en nombre de una fidelidad a la otra parte sino que él mismo es un producto de ambas. Sería interesante que esta lección fuera aprendida por muchos nacionalistas.

En segundo lugar, rechaza el relativismo y un «respeto a las culturas» mal entendido, en nombre del cual lo que no es aceptable aquí puede ser aceptado como una peculiaridad en otro lugar.  Los siguientes textos, tomados de su libro son bastante claros al respecto:

Nuestra época le brinda a Occidente la oportunidad de restaurar su credibilidad ética, no dándose golpes de pecho, no abriéndose a «toda la miseria del mundo» ni transigiendo con valores importados de otros lugares sino, antes bien, siendo por fin fiel a sus propios valores, respetuoso con la democracia, respetuoso con los derechos humanos, atento a la equidad, a la libertad individual y al laicismo. En sus relaciones con el resto del planeta y, en primer lugar, en sus relaciones con las mujeres y los hombres que escogieron irse a vivir bajo su techo.

Respetar una cultura es propiciar la enseñanza de la lengua en que se funda, es favorecer el conocimiento de su literatura, de sus expresiones teatrales, cinematográficas, musicales, pictóricas, arquitectónicas, artesanales, culinarias, etc. A la inversa, ser complaciente con la tiranía, la opresión, la intolerencia o el sistema de castas, con los matrimonios concertados, la ablación, los crímenes «de honor» o el sometimiento de las mujeres,  ser complacientes con la incompetencia, con la incuria, con el nepotismo o con la corrupción generalizada, con la xenofobia o el racismo, so pretexto de que proceden de otra cultura diferente, eso no es respeto, opino yo, es desprecio encubierto, es un comportamiento de «apartheid», aunque se haga con las mejores intenciones del mundo.

Éstos son, por tanto, los puntos de partida de Amin Maalouf y es entendiéndolos como es posible entender el conjunto de su obra en general y, en particular, este último libro suyo.

Aunque no es éste el único tema del libro, quizás el más relevante y al que más espacio dedica es al enfrentamiento Oriente-Occidente, con especial atención a los países islámicos, y cuenta desde una perspectiva muy infrecuente cómo se ha ido gestando esa situación y por qué no vale hablar de enfrentamientos milenarios ni de «peculiaridades del Islam» como explicación.

El punto de partida es el hecho de que cada uno se sumerge en su propia interpretación de los hechos y, desde su modelo interpretativo, consigue que todos los hechos tengan coherencia haciendo que no tenga el menor interés en conocer el punto de vista de la otra parte. Referido este principio al conflicto de Irak, Maalouf lo expresa de esta forma:

Si aceptamos, por ejemplo, el postulado según el cual la calamidad de nuestra época es la «barbarie del mundo musulmán», fijarse en lo que pasa en Irak no puede sino reforzar esa impresión…si, en cambio, adoptamos como axioma el «cinismo de Occidente», los acontecimientos tienen una explicación no menos coherente: como preludio, un embargo que sumió en la miseria a todo un pueblo y costó la vida a cientos de miles de niños sin que al dictador le faltasen nunca los puros; luego, una invasión cuya decisión se tomó arguyendo pretextos falsos y haciendo caso omiso de la opinión y de las instituciones internacionales y cuyo móvil, al menos en parte, fue la voluntad de hacerse con los recursos petrolíferos; inmediatamente después de la victoria estadounidense, el ejército iraquí y los órganos del Estado quedan disueltos a toda prisa y de forma arbitraria y se instaura explícitamente el comunitarismo en el seno de las instituciones, como si se hubiera elegido de forma deliberada la opción de sumir al país en una inestabilidad permanente…Para mí, son ciertos ambos puntos de vista y son falsos ambos. Cada uno de ellos gira en su órbita, ante su público que los entiende con medias palabras y no oye el punto de vista del adversario.

Partiendo de aquí, Maalouf comienza a analizar acontecimientos históricos pero, en contra de las frecuentes opiniones sobre enemistades milenarias e irreconciliables, Maalouf comienza su relato aproximadamente hacia la mitad del siglo pasado y puede encontrarse una perfecta coherencia sin necesidad de recurrir a acontecimientos anteriores. De hecho, comienza con el reconocimiento de que en los primeros momentos del Islam, judíos y cristianos eran reconocidos como gentes del Libro y, por tanto, aunque no eran considerados propios sí eran considerados cercanos. El progresivo corte de puentes y la conversión del Islam en un mecanismo de poder cada vez más rígido es relativamente reciente:

Algunos libros publicados en El Cairo en la década de 1930 están ahora prohibidos porque se los considera impíos; algunos debates que se celebraron en Bagdag en el siglo IX, en presencia del califa abasí, acerca de la índole del Corán, serían inconcebibles en nuestros días en cualquier ciudad musulmana, incluso en el recinto de una universidad.

Las críticas de Maalouf a Occidente no son, por tanto, por imponer sus valores sino precisamente por no hacerlo. Valores como la libertad o la igualdad son de tipo universal y no pueden estar sujetos a interpretaciones o peculiaridades culturales. En su relación con otros países, estos valores no han sido utilizados sino que, como señala Maalouf, han sido las elites de estos países las que los han utilizado en contra del dominador occidental. No obstante, como señala en el siguiente párrafo, la conducta occidental no sirve como excusa para todo:

Volvamos al ejemplo que tenemos constantemente ante los ojos en la actualidad, el Irak. Estoy convencido de que el comportamiento errático de los ocupantes americanos ha contribuido al hecho de que ese país se hundiera en la violencia comunitarista; estaría dispuesto a admitir, aunque tamaño cinismo me parezca monstruoso, que algunos aprendices de brujo de Washington y de otros lugares hayan podido beneficiarse de ese baño de sangre. Pero cuando un militante sunní se pone al volante de un camión bomba para saltar por los aires en un mercado al que acuden familias chiíes y a ese asesino algunos predicadores fanáticos lo llaman «resistente», «héroe» y «mártir», de nada vale ya acusar a «los otros»: es el propio mundo árabe el que tiene que hacer examen de conciencia. ¿Qué combate está peleando? ¿Qué valores defiende aún? ¿Qué sentido le está dando a sus creencias?

Las sucesivas humillaciones árabes primero a mano de los imperios coloniales y, más tarde, a manos del recién creado Israel darían lugar a una especie de nihilismo en los aspectos político y como civilización y esto sería lo que acabaría por crear otro tipo de legitimismo no político ni relativo a la cultura árabe sino basada en la religión como nexo común. Una vez que la religión fue utilizada como nexo, su evolución hacia un mayor extremismo era esperable y ha llevado a un conjunto de países a un callejón sin salida.

Cuando dirige su mirada hacia el lado occidental, Maalouf no sólo toca la evolución de los países emergentes sino que centra su análisis en el papel de Estados Unidos y su dudosa legitimidad. La duda sobre la legitimidad norteamericana no la refiere al funcionamiento del modelo democrático norteamericano sino a que, debido a su relevancia política y militar, un 5% de los habitantes del planeta eligen a alguien cuyas decisiones van a afectar gravemente al 100% de esos habitantes.

Estados Unidos, como potencia única, se encuentra también en su particular callejón sin salida. La utilización de una política de fuerza no hará sino mantener viva la llama del odio y alimentar la situación tal como se presenta en la actualidad; por otra parte, una política de apaciguamiento puede llevar en lugar de hacia el agradecimiento a una pérdida de respeto. En este sentido, comenta Maalouf el caso del presidente Carter y los nefastos resultados de su política de «aflojar la mano» en un momento en que el régimen iraní estaba derivando hacia un extremismo cada vez mayor.

El otro callejón sin salida es para Maalouf el que se ha puesto de manifiesto con la aún no resuelta crisis financiera y que hundiría sus raíces en la caída de la Unión Soviética haciendo que el modelo económico no tuviera que defenderse sino que fuera ya único. Este otro desajuste lo refleja en estos términos:

No es vergonzoso hacer dinero…pero eso de que el dinero esté completamente desconectado de cualquier tipo de producción, de cualquier esfuerzo físico o intelectual, de cualquier actividad de utilidad social…Eso de que nuestras bolsas se conviertan en casinos gigantescos en donde el destino de cientos de millones de personas, ricas o pobres, se decida en una tirada de dados…Eso de que nuestras instituciones financieras más venerables acaben comportándose como unos gamberros borrachos…Eso de que los ahorros de toda una vida de trabaj0 puedan esfumarse o multiplicarse por treinta en pocos segundos por procedimientos esotéricos que ni siquiera los banqueros entienden ya…Se trata de un trastorno grave cuyas implicaciones van mucho más allá del ámbito de las finanzas o de la economía. Porque podríamos preguntarnos, en vista de las cosas que suceden, por qué la gente va a seguir trabajando honradamente; por qué un joven va a querer hacerse profesor en vez de traficante; y cómo va a ser posible, en un entorno ético así, transmitir conocimientos, transmitir ideales; cómo va a ser posible conservar mínimamente el tejido social necesario para que sobrevivan todas esas cosas tan esenciales y tan frágiles que se llaman libertad, democracia, felicidad, progreso o civilización.

Se podrían multiplicar las citas literales pero posiblemente las que ya van incluidas y el comentario que las acompaña basten para hacerse una idea de un libro cuya lectura es muy recomendable para cualquier interesado en el mundo que le rodea. Aprovecho, no obstante, para hacer una reflexión y una recomendación últimas:

Amin Maalouf utiliza una forma de análisis que recuerda mucho a otro magnífico autor francés, Jean François Revel, autor de El conocimiento inútil, uno de los análisis más brutales y más certeros del último cuarto de siglo. Sin embargo, la diferencia es que Revel, liberal a ultranza, lanzaba sus dardos sobre todo contra la Unión Soviética, países satélites y todo tipo de dictaduras, en general. Maalouf toma como punto de partida la caída de la Unión Soviética y se centra más en el abismo cada vez mayor Oriente-Occidente pero, sin duda, son dos grandes autores que comparten un estilo de análisis.


Trilogía «Millenium» de Stieg Larsson

Me llamaban la atención los títulos bajo los que se estaban publicando los libros en español y tuve la curiosidad de buscar el título original para ver dónde estaba el misterio y la cosa es como sigue:

La publicación en inglés ha seguido literalmente el título del original sueco (al menos en los dos primeros; aún no he visto la edición inglesa del tercero) mientras que en francés ¡oh, sorpresa! utilizan los mismos absurdos títulos que le han puesto a los libros de la trilogía en español. O sea, encima de horteras, copiones.

El primer libro ya fue comentado aquí y el segundo no ha desmerecido -se le puede aplicar todo lo dicho al primero- excepto por un detalle: El primero dejaba un final abierto de modo que se podía continuar o no pero, en sí mismo, era un libro completo. El segundo, no. El final del segundo no es en absoluto un final y obliga necesariamente a comprar el tercero, «La reina del palacio de las corrientes de aire» o «El castillo que explota», a elegir.

Tengo la sensación -acabo de empezar el libro- de que el segundo título, además de ser el original, va a ser más adecuado. Esperemos que, al menos, el libro tenga un final claro porque aunque sabemos que el autor no escribirá una cuarta parte -mis disculpas por la parte de humor negro- pueden ocurrir dos cosas:

  1. Puesto que la muerte del autor fue repentina, entra dentro de lo posible que se estuviera haciendo un capitalito, al estilo de la autora de Harry Potter, y estuviera pensando en una serie interminable de libros con idéntico formato y protagonista. Es dudoso que hubiera tomado la precaución de Agatha Christie de matar a su protagonista en una novela que, custodiada en su caja fuerte, debía ser publicada a su muerte. La novela se llama «Telón» y, efectivamente, la cosa se hizo tal como había previsto la autora.
  2. Los buitres acuden a los cadáveres de los escritores famosos y empiezan a aparecer libros en los que el autor de verdad aparece en letra pequeña y el autor muerto en letra grande y, a veces, se le atribuye el manuscrito al que ya no puede contestar. Hemos visto esta especie de circo con autores como Isaac Asimov, Mario Puzo e incluso con otros de menor renombre como Robert Ludlum. Algunos se buitrean a sí mismos en vida y prestan el nombre para que otro escriba y también tenemos ejemplos como Tom Clancy y algunos otros que ni siquiera tienen la generosidad de poner en la portada al autor en letra pequeña, o sea, lo que se llama un «negro». En este apartado, sin salir de nuestra frontera, podemos encontrar conocidos periodistas de los que es difícil de creer que puedan sacar tiempo para la ingente cantidad de publicaciones con que nos inundan e incluso algún caso que ha sido muy aireado.

En otras palabras, como Larsson no escriba un final como es debido para su tercer libro y haya hecho la misma maniobra que en el segundo, aquí hay uno a quien no le va a gustar. Si así fuera, además de comentarlo aquí, recomendaría quedarse con el primero y no comprar ya el segundo porque, si no es así, ya no tiene solución.

ACTUALIZACIÓN DEL 7-10:

Tal como temía, ya anuncian que el autor quería hacer toda una serie pero sólo tenía completado el cuarto…o sea, el oportunismo que, como en los otros casos mencionados, va a hacer que aparezcan nuevos libros supuestamente del mismo autor.

Terminado el tercer libro, es en mi opinión el mejor de la saga y cuenta con un final claro aunque es perfectamente posible que continúe como así nos han anunciado ya.

Sólo una aclaración a los conocimientos geopolíticos del autor: Casi al final, se permite comparar Gibraltar con Ceuta y decir que los españoles harían mejor callándose con la situación de Gibraltar que equipara a la de Ceuta. Pequeño matiz:  Cuando Ceuta ya pertenecía a España, Marruecos aún no existía. Sólo eso.

«El régimen de Franco» de Stanley Payne

Stanley Payne muestra con este libro ser uno de los mejores especialistas en la historia reciente española.

Cualquier lector interesado que haya explorado diversas fuentes puede haber llegado con facilidad a la conclusión de que todos faltan a la verdad. Unos lo hacen conscientemente, intentando favorecer una posición ideológica de partida, otros lo hacen porque muestran sólo una de las partes y otros en nombre de una objetividad mal entendida que les lleva a buscar la equidistancia en todo momento.

Cuando alguien intenta apoyar una posición ideológica, se dedica a enfatizar o rebajar determinados hechos en función de la idea que quiere vender y transforma la historia en una película de buenos y malos, película en la que, además, el bueno y el malo se identifican simplemente con leer el nombre del autor en la cubierta del libro. Ni siquiera hace falta leerlo. Cierto es que para llegar a eso, es necesario haber leído bastante de un autor y tenerlo perfilado en cuanto a tendencia política se refiere. Así, pueden encontrarse desde un Paul Preston que llega a dudar de la capacidad militar de Franco hasta un Ricardo de la Cierva, a quien sólo le falta beatificarlo.

Otros autores escriben sobre su experiencia propia y es eso lo que puede dar lugar a una imagen sesgada de la realidad. Autores como Burnett Bolloten, Felix Schlayer o el propio George Orwell estuvieron en la zona republicana y relatan las salvajadas que se pudieron cometer en esa zona en la preguerra y, especialmente, durante la guerra. Sin embargo, sin que ese hecho reste una pizca de validez a su testimonio, sobre todo ahora que en nombre de la “memoria histórica” hay quien está empeñado en contarnos que éstos eran los “buenos” y los “legítimos”, falta un elemento de contraste que sitúe las cosas en su contexto. El elemento de contraste no puede ser otro que el conocimiento de las salvajadas que, en ese momento, se estaban cometiendo también en la zona franquista. Algunos autores, como Pío Moa, se han pasado de frenada al tratar de justificar la rebelión encabezada por Franco y muestran la zona franquista casi como la quintaesencia del Estado de derecho ya durante la guerra lo que, desde luego, está muy lejos de la realidad.

Por último, están los autores que, como Eslava Galán, confunden objetividad con equidistancia y entienden que ser objetivo es mantener siempre la misma distancia entre las partes, incluso en situaciones donde una de las partes puede ejercer como agresora y la otra como víctima. Los avatares de la historia pueden hacer que, transcurrido un tiempo, los papeles se intercambien y nuestros “objetivos” autores continuarán manteniendo la equidistancia.

Afortunadamente, Stanley Payne se escapa de esta tipología que fácilmente podría abarcar a más del 90% de los autores que han escrito sobre la historia reciente española y, al hacerlo, contribuye a dar una visión mucho más clara de un periodo que siempre nos han tratado de esconder desde distintas posiciones y, al parecer, todavía hay gente que no tiene nada mejor que hacer que continuar intentándolo.

A pesar de ser un libro excelente, tendríamos que comenzar por una pequeña crítica: El título conduce a engaño ya que no trata sólo del régimen de Franco sino que comienza su relato mucho antes. Llamarlo “Franco” como el libro de Preston habría sido inadecuado porque no es una biografía pero “La época de Franco” o similar podría haber informado mejor acerca del contenido que el lector se va a encontrar.

Payne va mostrando en paralelo cómo van evolucionando los acontecimientos tanto del entorno político como de la carrera militar de Franco y hay puntos donde el autor se “pisa” a sí mismo y a su libro sobre “El colapso de la República” que, como éste, es de lectura recomendable.

La situación de preguerra es mostrada como difícilmente sostenible debido a que ambas partes consideraban la democracia como puramente instrumental y, una vez que se hubieran hecho con el poder, se trataba de no soltarlo a ningún precio y no se reconocía legitimidad alguna al adversario.

La victoria del Frente Popular daría lugar a gravísimos incidentes y la inacción de un gobierno que se resistía a desarmar a los grupos izquierdistas cargando todo el rigor sobre derechistas de distinto tipo crearía un caldo de cultivo propicio para el golpe militar. No obstante, Stanley Payne señala dos puntos importantes:

Hasta el último momento, Franco fue reticente y pensó que se podía reconducir la situación por la vía de la legalidad republicana.

No existía antes de la guerra civil ningún plan de entregar España a los soviéticos, excusa que sería utilizada para justificar el golpe y, de hecho, el Partido Comunista era muy minoritario y los comunistas estaban divididos siendo el grupo mayoritario claramente contrario a las líneas definidas por la Unión Soviética y el Komintern.

Sin embargo, una vez que el golpe militar fue efectivo, la situación se radicalizó aún más y comenzaron los asesinatos masivos en ambas partes con o sin apariencia de cobertura legal. Es entonces cuando el Partido Comunista comenzaría a tomar protagonismo al ejercer como correa de transmisión de la ayuda soviética mientras que Franco se vería forzado a volcarse hacia Italia y Alemania. En la postguerra, el juego de equilibrios y los cambios de posición de neutralidad a no beligerancia y el manejo de los tiempos darían lugar a situaciones que marcaron bastantes años de la vida española posterior.

Payne, a diferencia de otros autores, no maneja un doble rasero y en distintos puntos del libro puede realizar una crítica bastante dura de la actuación de uno de los bandos para, en otro momento distinto, criticar al contrario. Al fin y al cabo, la búsqueda de objetividad no es la búsqueda de equidistancia sino el mantenimiento de unos criterios homogéneos en la evaluación de los hechos con independencia de quien los realice. Éste es, tal vez, el mayor atractivo del libro y es por ello que resulta clarificador en muchas materias.

Entre las cosas más destacadas, cabría señalar las siguientes:

  1. En las hagiografías de la monarquía española, siempre se ha considerado a Juan de Borbón como un personaje con unas claras credenciales democráticas y firme partidario de una monarquía parlamentaria. Stanley Payne cuenta cómo en los primeros tiempos de la II Guerra Mundial, cuando la victoria alemana parecía incuestionable, Juan de Borbón pidió su apoyo a Hitler y Mussolini ofreciendo a cambio un sistema político que imitase al fascismo o al nazismo. Sólo cuando las cosas cambiaron y la victoria aliada se empezó a perfilar en el horizonte, Juan de Borbón se convertiría en “demócrata de toda la vida”. Parece, por tanto, que el partidario de la monarquía parlamentaria tenía mucho más interés en la monarquía que en el parlamentarismo, que pasaba a ser un mero instrumento desechable si las circunstancias así lo aconsejaban.
  • El personaje de Franco siempre ha sido mostrado como un sujeto gris, carente de toda sutileza y cuyo único mérito era una terquedad a toda prueba. Payne nos muestra un personaje distinto, dotado de una enorme habilidad para mantener los equilibrios de poder y al que, aunque su aspecto externo no fuera atractivo y estuviera muy lejos del perfil-tipo de un líder, era muy difícil que se le escapasen aspectos clave de una situación. Durante la II Guerra Mundial, su liderazgo fue cuestionado y tuvo que navegar en aguas muy turbulentas y mostró auténtica maestría en la persecución de su objetivo de perpetuarse en el poder. Este objetivo fue expresado de una forma tan explícita como “De aquí al cementerio”.
  • Sobre la posibilidad de que España hubiera entrado en la II Guerra Mundial, también se ha escrito mucho. Los partidarios de Franco siempre se han referido como momento clave a la entrevista de Franco con Hitler en Hendaya y cómo Franco consiguió mantener a Hitler en la espera con el objetivo de no entrar en guerra por los perjuicios que hubiera supuesto para España. Payne da una versión distinta y más verosímil: Alemania no había sido especialmente generosa con España durante la guerra y pidió fuertes contrapartidas a cambio de su participación; en consecuencia, Franco puso un precio alto a su entrada en la guerra y el precio era el mantenimiento de la presencia española en Marruecos como potencia dominante. Hitler no accedió a esta petición porque significaba desairar al gobierno francés de Vichy, colaborador de Alemania, y Franco era consciente de que, una vez que España hubiera entrado en guerra, su posición negociadora quedaba muy debilitada.

Por otro lado, la posición española tras la guerra era de una debilidad extrema y el valor militar español era prácticamente de cero. La eventual entrada española en la guerra significaba que Alemania habría tenido que desviar recursos para la defensa de España ya que no podía confiarse en una defensa interna. Por este motivo, ni Alemania ni los aliados llegarían a dar el paso definitivo de la invasión consentida o forzada: Era un aliado que requería mucho más de lo que valía.

  • Durante los llamados “años de hierro”, cuando parecía que las cosas iban a comenzar a calmarse, volvió a aumentar el número de ejecuciones de opositores políticos. El momento coincidió con una situación de fuertes presiones externas e internas encaminadas al abandono del poder por parte de Franco o a conseguir que una rebelión interna tuviera éxito. El miedo a esa posibilidad forzó un endurecimiento del trato a los opositores políticos en un intento de evitar por cualquier medio la eventualidad de que éstos pudieran formar parte de una maniobra encaminada a derribar a Franco del poder. En una entrevista, Stanley Payne diría que la guerra española no fue una guerra de buenos contra malos sino de malos contra malos. La conducta del franquismo durante los “años de hierro” así parece atestiguarlo ya que la proliferación de ejecuciones debida a la inseguridad del régimen tiene un paralelismo cercano en el tiempo para el cual se dio una explicación idéntica e idénticamente insatisfactoria: Las matanzas de Paracuellos, en las cuales se asesinó a unas 4.000 personas que estaban encarceladas. La justificación para los asesinatos fue que, en caso de que se rompiera el frente en Madrid, era previsible que estas personas se incorporasen al bando franquista.
  • Otro capítulo que ha generado ríos de tinta es el motivo por el cual los aliados, una vez concluida la II Guerra Mundial, decidieron no intervenir en España. Algunas “explicaciones” se han referido a un atávico carácter español según el cual una intervención extranjera aglutinaría a los españoles en torno a Franco. Parece, sin embargo, que la realidad era otra y que los motivos eran mucho más racionales que los atavismos del carácter hispano:

Churchill sabía que Stalin esperaba una segunda oportunidad para conseguir hacerse con el control sobre España y temía que, en caso de conseguirlo, el movimiento se extendiese a Francia e Italia y los soviéticos acabasen teniendo controlada toda Europa.

La supuesta recuperación de la democracia en España podía, fácilmente, haber degenerado en situaciones similares a las que condujeron a la guerra civil pero con Stalin en una posición de fuerza que no tenía ningún contrapeso en Europa. Si esa hipótesis se daba, no habría nadie que fuera capaz de enfrentarse a Stalin y España habría caído en sus manos formando una pinza difícil de resistir para los países centroeuropeos no controlados por la Unión Soviética. Ese riesgo y la imposibilidad de garantizar que, en esta ocasión, se lograse establecer una democracia parlamentaria real hizo que Churchill considerase que Franco representaba la alternativa menos mala de las posibles y, por ello, apoyase la no intervención aunque, al mismo tiempo, se presionase a Franco para conseguir que saliese del poder de una forma ordenada.

Éstas son algunas de las principales cuestiones que quedan bastante más claras en la obra de Payne que en la de muchos otros autores por los motivos ya señalados. Ciertamente, puede conseguirse una visión semejante a la planteada en el libro a través de la lectura de diversos autores contrapuestos. Sin embargo, el filtro por el que pasa toda la información en una gran mayoría de los autores dificulta extraordinariamente la tarea.

La lectura de otros autores no es estéril, máxime en un momento en que desde instancias oficiales parece querer recuperarse la idea de “buenos” y “malos” y eso hace más necesaria la búsqueda de elementos de contraste. Sin embargo, el gran mérito de Stanley Payne está en que, gracias a su rigor como historiador, consigue que las distintas piezas vayan quedando colocadas en su lugar y eso convierte a su libro en una lectura obligada para todo interesado en ese periodo de la historia española.

«El guardián entre el centeno» de R.D. Salinger

Puede decirse que la razón que me llevó a leer este libro es cuando menos pintoresca:  La noticia de que este libro había sido considerado como inspirador por algunos conocidos asesinos en serie y terroristas.

Es curioso porque el libro no trata de ningún terrorista sino que es el relato de un corto periodo en la vida de un adolescente próximo a la entrada en la universidad.

Paradójicamente, no es difícil de entender que El guardián entre el centeno haya sido adoptado como libro de cabecera por semejante escoria humana. Cierto que sería más fácil de comprender la adopción de American Psycho cuyo protagonista tiene un perfil psicológico bastante similar al de El guardián entre el centeno pero el título puede hacer la identificación incómoda.

Se trata de un personaje que queda definido perfectamente por la etiqueta de psicópata y esta etiqueta, prescindiendo de definiciones clínicas del tipo DSM-IV, tiene un rasgo que está por encima de todos los demás:  El hecho de que el individuo se considera una especie única y observa a los demás como objetos susceptibles de manipulación sin la menor inhibición de tipo ético.

En el terreno literario pueden observarse multitud de muletillas repetidas aunque cabe atribuirlas al intento de imitar un habla adolescente ya que todo el libro está escrito en primera persona.

Al final de la lectura, resultaría difícil sorprenderse de que este libro sea la biblia del psicópata.