Categoría: Temas sociales y políticos
Google y estilo literario: SEOs y otras historias
Artículo excelente: http://davidcantone.com/visibilidad-google/ Sin embargo, para algunos, abre un nuevo campo de inquietud:
¿Escribiremos pronto todos al dictado de Google? ¿Google nos dirá qué palabras utilizar?¿Ordenaremos las frases para aparecer mejor en el buscador?
Parece que estamos invitados a comportarnos como los canales de televisión con el dichoso «share» y, al final, todos diremos las mismas cosas, con las mismas palabras y con el mismo tipo de redacción.
¿No nos estamos pasando? A medida que vamos dejando que Internet invada más facetas de nuestra vida privada, va habiendo menos diferenciación entre la actividad privada y la profesional y no creo que vayamos en la buena dirección actuando así. Conseguir eco puede ser importante cuando se refiere a la actividad profesional pero someterse a la dictadura de Google y sus criterios sobre qué decir, cómo decir y hasta cuándo decirlo para asegurarse de aparecer durante más tiempo en Facebook o similares acaba por no tener demasiado sentido.
Foursquare o Google Latitude informan a nuestros contactos -a algunos de los cuales no hemos visto jamás- de que estamos en un aeropuerto mientras que por Twitter nos quejaremos a esos mismos contactos, o a todo el mundo mundial, de que estamos hasta el gorro del mal servicio de la compañía aérea y del mal tiempo utilizando para ello nuestra Blackberry o nuestro Iphone, eso sí, utilizando las palabras-clave y los formatos de redacción propuestos por Google para salir los primeros en los buscadores…
Al final, Matrix va a resultar un juego de niños comparado con la realidad.
La política vista a través de tres frases: Memoria de pez
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La primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira de Jean François Revel, quien abre con esta frase su libro «El conocimiento inútil».
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Derecho es lo que aprovecha al pueblo alemán es la definición que hicieron los nazis del derecho. Si se sustituye «pueblo alemán» por clases o bandos propios se encontrará hoy en perfecto estado de salud incluso en partidos que dicen no tener nada que ver con los nazis.
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Todas las democracias viven bajo el temor a la influencia de los ignorantes, pues en todas partes un determinado porcentaje de la población es capaz de apoyar prácticamente cualquier clase de calamidad social y política de John Kenneth Galbraith en «Una sociedad mejor».
Aunque sean de autores y épocas distintas, las tres frases pueden sintetizar la dinámica que dirige la acción política en muchos países y que parece irse extendiendo a otros. La primera y la tercera frases se complementan perfectamente: Si alguien está dispuesto a explotar la ignorancia ajena y no tiene el menor respeto por la verdad, su modelo entrará de lleno dentro de lo que se ha dado en llamar el populismo, plaga que se ha ido extendiendo incluso a países que se consideraban más avanzados en el terreno político.
La segunda frase ya no se refiere a qué se consideran medios legítimos sino a los fines: Si favorece a los míos, todo es válido y viceversa: La legitimidad se mide en función de la utilidad propia. Cualquier observador interesado de la historia y la política recientes, entendiendo como recientes los acontecimientos ocurridos desde el inicio del pasado siglo XX, encontrará que el 1984 de Orwell hace mucho tiempo que dejó de ser una utopía para pasar a ser una descripción bastante fiel de lo que ocurre, muy especialmente en lo que se refiere al “Ministerio de la Verdad” orwelliano. La cantidad de ejemplos que se podrían utilizar permitiría llenar unos cuantos libros y por ello sólo incluiré unos cuantos casos de memoria selectiva cuando no de mentira abierta y deliberada:
Primer ejemplo: Supuestos extremos que se tocan.
Para muchos, comunismo y nazismo son polos opuestos con algunos puntos comunes accidentales. Menos conocido es que hasta el momento en que Hitler rompió el pacto con Stalin, había una estrecha colaboración hasta el punto de que, Georges Marchais, secretario del Partido Comunista Francés durante muchos años, fue un destacado colaboracionista con los nazis, cosa que no interesó difundir ampliamente como aún puede observarse si se comparan las referencias al personaje en las versiones en inglés y en español de Wikipedia.
Tampoco interesó difundir mucho que, una vez rotas las relaciones Hitler-Stalin, los partidos comunistas, entonces descaradamente teledirigidos desde Moscú, intentaron lavar su imagen enviando a sus miembros a auténticas misiones suicidas que pudieran servir para que su partido se colgase el marchamo heroico a costa de la vida de sus miembros que fueron utilizados como material desechable.
También se mantuvo oculto durante muchos años que la masacre de oficiales del ejército polaco en Katyn, atribuida a los nazis, fue provocada en realidad por el ejército de Stalin. Nazis y comunistas no estaban lejos ni en principios ni en prácticas a pesar de que se ha intentado hacer pasar como válida la idea de que el nazismo era algo así como una derecha “exagerada”, cosa difícil de sostener si se considera que el propio nombre de nazismo es una abreviatura de nacionalsocialismo, es decir, nacionalismo más socialismo. No es casualidad que el propio Mussolini proviniera de las filas del Partido Socialista Italiano.
Incluso hoy, sacar a relucir lo anterior significa asumir claros riesgos si quien lo dice es un personaje público y sólo autores como Friedrich Hayek en su “Camino de servidumbre” se atrevieron a hacerlo cuando el riesgo era evidente e iba mucho más allá de la condena al ostracismo por no seguir las consignas obligatorias. Orwell en estado puro.
Segundo ejemplo: Defensa del voto femenino.
Partidos que hoy se presentan como paladines de la igualdad de la mujer evitan cuidadosamente que se sepa que antes de la guerra civil española se oponían furiosamente al voto femenino defendido por Clara Campoamor con el argumento de que las mujeres podían inclinar el voto en sentido contrario a sus intereses.
Parece que en el conflicto entre intereses y principios estaba claro qué predominaba y la consecución del voto femenino fue descrita por un diputado como “una puñalada trapera a la república” pero quien defendió que no se concediera el voto a la mujer sería otra diputada de izquierdas: Victoria Kent. Resulta paradójico que ahora los mismos que la criticaban intenten instrumentar la figura de Clara Campoamor inaugurando estatuas suyas y, al hacerlo, y mostrar tan pésima memoria dejan claro que se mueven de acuerdo con la frase número 2 por la cual los intereses son sagrados y todos los medios valen.
Tercer ejemplo: Fundadores incómodos.
Esos mismos partidos y algunos otros han tenido fundadores racistas o golpistas que decían abiertamente aceptar la legalidad si las decisiones que salían de ésta les eran favorables y rechazarla en caso contrario, fundadores a los que tienen muy presentes en su imaginario pero procurando no hablar demasiado de sus dichos y hechos. Tal vez por eso las obras de Sabino Arana no las editó el PNV sino el ABC.
Al intentar que se olvidasen los hechos previos de cada uno, pareció que la patente de demócrata se podía adquirir simplemente jurando odio eterno retrospectivo al dictador y, por esa vía, se dio entrada a la actividad política a gente que no era mejor que aquellos a los que sustituían.
El principio de «los enemigos de mis enemigos son mis amigos» siempre ha sido erróneo y durante esa época se acuñó la expresión «demócrata de toda la vida» como un sarcasmo para referirse a antifranquistas recién descubiertos como tales o a otros que, siéndolo realmente, tenían unos principios de actuación perfectamente homologables en cualquier dictadura.
Estar en contra de alguien no puede tomarse nunca como referencia válida para saber en favor de QUÉ se está pero en ese momento se hizo y se cometió un grave error. La transición española fue edificada sobre la ignorancia y, al hacerlo así, se aumentó el peligro que tal ignorancia representa en cualquier sociedad.
Cuarto ejemplo: Personajes injustamente tratados (peor o mejor de lo que merecían).
En este juego de mentiras, intereses y promoción de la ignorancia que define gran parte de la actividad política hay también héroes y villanos y gente que puede pasar de un lado al otro rápidamente y en función de los intereses del momento. Así, durante la Segunda Guerra Mundial hubo personajes como Oskar Schindler que fueron rescatados de un injusto anonimato gracias a la magia del cine y de Steven Spielberg; no lo han sido en igual medida otros como Hosenfeld que mereció una breve mención en «El pianista» pero su muerte en un campo de concentración soviético podía convertirlo en un héroe incómodo.
Si vamos a los que nos son más cercanos, Ángel Sanz Briz nunca alcanzó el reconocimiento que su acción habría merecido como embajador en Budapest durante la época más dura del franquismo salvando a un número de personas que algunos cuantifican alrededor de las 2.000 de los campos de concentración nazis. ¿Es porque su posición como embajador presupone una cercanía con el régimen franquista? Parece una hipótesis razonable si no fuera porque no se aplica a todos por igual. Así, un militar que participó en la represión de los mineros de Asturias en 1934 bajo el mando de Franco puede ser mitificado por su nieto, miembro del partido político que organizó la revuelta y a la sazón presidente del Gobierno.
Tampoco alcanzó el relieve que merecería Julián Besteiro, diputado socialista que intentó sin éxito detener la peligrosa deriva de su partido que desembocaría en la guerra civil y cuya colaboración fue clave para su finalización. Paradójicamente, si alcanzaron ese relieve los también socialistas Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero , el segundo de los cuales sería aclamado como el «Lenin español» mientras que la escolta del primero participaría activamente en el asesinato del dirigente de la oposición, José Calvo Sotelo, hecho que sería el desencadenante de la guerra civil.
Las estatuas de Prieto y Largo Caballero permanecen en Madrid a pesar de que fue retirada de la de Franco a pocos metros de las primeras y no es fácil entender a qué se debe el distinto tratamiento dado a unos y a otros responsables directos de la guerra española y de golpes de Estado fallidos o completos, uno en 1934 y otro en 1936. Indalecio Prieto resultaría bastante explícito sobre lo ocurrido en 1934 en la siguiente frase: «Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera de mi participación en el movimiento revolucionario (…) en su preparación y desarrollo. Lo declaro como culpa, como pecado; no como gloria«:
No fue tratado tampoco justamente por la historia reciente Felix Schlayer, cónsul honorario de Noruega y cuyo mayor delito parece ser la denuncia de Santiago Carrillo y Margarita Nelken y su responsabilidad en las matanzas de Paracuellos y cuyo libro “Matanzas en el Madrid republicano” ha sido hasta hace poco objeto de un boicot editorial.
A pesar de que contribuyó a salvar de las matanzas a varios cientos de personas durante la guerra, el artículo que puede verse en Wikipedia dedicado al personaje no deja claro que tales responsabilidades dejaron de ser hipótesis para convertirse en certezas tras la desclasificación de documentos en la Unión Soviética relativos a la guerra civil española. No fue tratado tampoco con mucha justicia Melchor Rodríguez, conocido como «el ángel rojo» por su intento de evitar mientras le fue posible en su papel de director de la cárcel Modelo de Madrid las ya comentadas matanzas de Paracuellos.
Quinto ejemplo: Memorias selectivas recientes e incompetencias más allá de lo verosímil.
Quizás la concordia exija cierto grado de olvido, como se intentó hacer en 1977. Lo que sin duda no exige es un olvido total, con el riesgo asociado de ignorancia y de caer una y otra vez en los mismos errores y, sobre todo, no exige un olvido selectivo por el cual las cosas son recordadas u olvidadas según de quién vengan y pueden, además ser sucesivamente olvidadas, recordadas u olvidadas de nuevo en función de los intereses de cada momento.
En ese momento, la máquina de agitación y propaganda y las consignas funcionaban a todo gas como puede mostrar el siguiente ejemplo: En la celebración de las primeras elecciones, la izquierda apoyaba –probablemente con la boca pequeña- la abstención y la campaña gubernamental utilizó a un conjunto musical entonces de moda, Vino Tinto, con una canción de título tan expresivo como “Habla, pueblo, habla” y que era un simple slogan publicitario en favor de la participación. ¿Alguien volvió a oir hablar del grupo “Vino Tinto”? Nunca más. La condena al ostracismo por parte de los que ya entonces dominaban entre otros el mercado musical fue tan inapelable que el grupo desapareció de escena para siempre.
El momento actual es prolífico en tales fenómenos y pueden encontrarse en el recuerdo reciente hechos que mueven a risa como las protestas desde el PSOE por la conducta del fiscal general del Estado de tiempos del PP, Jesús Cardenal, olvidando que el nombramiento de otro fiscal general anterior, correspondiente a la época del PSOE -Eligio Hernández- fue considerado ilegal años después de que hubiera abandonado el cargo y hubiera cambiado incluso el gobierno que le nombró. Si entramos en la conducta del actual, daría para escribir varios libros que no se escribirán porque, en su momento, se volverá al olvido interesado.
No hablemos de declaraciones donde la democracia está representada por la opinión de la calle expresada en manifestaciones más o menos multitudinarias o por el Congreso, según interese en cada momento. Responden al mismo modelo y ambos partidos mayoritarios y otros que no lo son han utilizado este recurso.
El PP, a su vez, puede acusar al actual gobierno de incompetencia y sectarismo pero tampoco debería olvidar que ha puesto en el Consejo de Ministros a personajes como Celia Villalobos, perfectamente homologable en capacidad intelectual y política con los casos que está criticando. Es posible que alguien alegue que el motivo para tal nombramiento –al igual que otro se atribuyó a una imposición del Rey- era el compromiso con su marido, Pedro Arriola, sociólogo del cabecera del PP y al que algunos atribuyen el batacazo electoral de 1993, asunto que parece haberse olvidado también. Si esto es así ¿hay que asumir que la composición de los gobiernos se maneja como si fuera un cortijo buscando equilibrios entre los compromisos? ¿Tiene algún valor la competencia o es algo que se considera prescindible?
En el ámbito de la democracia interna también predomina la mala memoria: El PP ha dado espectáculos en el ámbito de la democracia interna como el sistema de nombramiento del sucesor de José María Aznar o de la concejal del área de medio ambiente del Ayuntamiento de Madrid mientras el PSOE, iniciador del mecanismo de las primarias en España, tiene en su haber el derribo desde dentro de un candidato elegido que no les gustaba. La dimisión de Borrell como candidato a la presidencia del Gobierno es un caso que tiene pocos paralelismos: Una corruptela que le afectaba directamente y que es denunciada por un medio tan afín que nunca se supo si era dueño del partido o era al contrario. Más recientemente, hubo otro espectáculo similar a cuenta de los negocios de Bono, nominado como posible recambio de un Zapatero del que todos van tomando distancia dentro del PSOE, y cuyos asuntos fueron publicados en el diario más cercano a Zapatero que se conoce.¿Otra casualidad como la de Borrell?
Podemos acusar de burricie galopante a alguien que dice que «el dinero público no es de nadie» o que confunde el verbo latino «dixit» con «Pixie y Dixie» como la ex-ministra Carmen Calvo, quien añade a estos simpáticos detalles el ser natural de Cabra, lugar donde se produjo un sangriento bombardeo durante la guerra civil española mucho menos publicitado que el de Guernica. ¿Será porque los autores no eran del mismo bando? Burricie y sectarismo en estado puro pero, en lo referente a lo primero, muchos prefieren olvidar que la gran esperanza blanca de la derecha española, Esperanza Aguirre, confesó que no había tenido ocasión de ver nada de la simpática «Sara Mago» y se calló en un debate con Pascual Maragall cuando éste le dijo que la capital de la Corona de Aragón estaba en Barcelona pretendiendo establecer una continuidad histórica de Cataluña como nación aunque fuera bajo otro nombre.
Final: El concepto de equilibrio en la crítica.
Es posible que, a la vista de todos estos ejemplos y muchos más que se podrían poner, alguien concluya que no existe un «equilibrio», curiosa doctrina por la cual los ataques a la izquierda tienen que venir equilibrados por ataques a la derecha pero no al revés y que Revel en su libro «El conocimiento inútil» denunció. Es cierto; no existe tal equilibrio porque no puede existir. La mentira, tal como es retratada por Orwell en «1984» es un arma de uso preferente de la izquierda y en la que la derecha ejerce de aprendiz poco aventajado.
Puesto que el tema que se está tratando aquí es la utilización de la mentira y la memoria selectiva como armas políticas resulta bastante lógico que sea la izquierda la que salga mucho más perjudicada en el retrato. Si hablásemos de otro tipo de armas como la utilización de todo tipo de medios para mantener situaciones de privilegio, probablemente tendríamos que mirar en otra dirección. Sin embargo, del mismo modo que la derecha ejerce de aprendiz poco aventajado pero aplicado en el uso científico de la mentira, la izquierda también ejerce de aprendiz en la utilización de los mecanismos de perpetuación en el poder y en el privilegio.
Cierto es que llega un momento en que hablar de derechas o izquierdas acaba resultando estéril y la atribución de una etiqueta u otra no obedece a comportamientos sino a relaciones. Por ejemplo ¿alguien en su sano juicio puede considerar a Hugo Chávez como un personaje de izquierdas? Ni su biografía ni su conducta lo cualifican como tal. Sólo hay dos cosas que invitan a hacerlo así: Se ha rodeado de personajes que dicen ser de izquierdas aunque salvo el “atrezzo” es difícil de identificarlos como tales y las nacionalizaciones no responden a ningún programa sino a impulsos de mostrar que es quien manda. Cuando algunos periodistas llaman “gorila rojo” a Hugo Chávez, quizás tanto la presencia como la necesidad de golpearse el pecho de vez en cuando le podrían cualificar como gorila. Lo de “rojo” resulta, como mínimo, dudoso por mucho que se acompañe de amistades como los Castro, Evo Morales, Kirchner, Zapatero y otros personajes que merecerían, uno a uno, también un análisis pormenorizado. De nuevo Orwell, en esta ocasión el Orwell de “Rebelión en la granja”, explica muy bien el funcionamiento de la política.
Si intentamos hablar de la derecha e izquierda y escaparnos de esas atribuciones casi aleatorias de derecha o izquierda como el ejemplo de Chávez, tendríamos que hablar necesariamente de derecha e izquierda tradicionales. En el momento en que introducimos conceptos correctores como derecha o izquierda liberales, liberalismo puro sin derecha ni izquierda o centro, es decir, la asunción de los actos de la derecha y los principios de la izquierda con la mala conciencia consiguiente, ya nos perdemos.
Hablemos pues de la derecha tradicional: Ser asesinado no eleva a nadie a los altares y el asesinato de José Calvo Sotelo dice a las claras cuáles eran los principios de los actores y de los organizadores pero no borra el hecho de que Calvo Sotelo podía ser un personaje con muchas más sombras que luces, tanto en su época en la dictadura de Primo de Rivera como en la república. Más hechos olvidados. Sin embargo, volviendo a la diferencia en la utilización de la mentira, cuando el abuso ha venido de la derecha siempre ha sido más directo, entendido como una forma de recrearse en la posición dominante y que Agustín de Foxá, con un gracejo reconocido incluso por sus detractores definía como «soy rico, soy gordo y soy conde ¿cómo no voy a ser de derechas?» (no es la frase exacta pero ése es su sentido). Lenin podía decir “Libertad ¿para qué?”. La derecha tradicional podía decir “Mentir ¿para qué?”. No necesitaban engañar sino imponer crudamente sus condiciones.
No en vano la derecha clásica ha sido denominada conservadora ya que, en muchos casos, estaba compuesta por aquéllos que querían conservar algo y es ahí donde se han producido abusos que, en última instancia, pudieron justificar conductas revolucionarias en algunos momentos de la historia. No parece tan claro, sin embargo, que la izquierda clásica tenga motivos para autoatribuirse la etiqueta de «progresista» y tampoco hay motivo alguno para que la mentira o el olvido o recuerdo selectivos sean armas que podamos considerar legítimas si son utilizadas por «los buenos».
La izquierda ha hecho gala siempre de una supuesta hiperlegitimidad por la cual cualquier medio que sirva a sus intereses es válido -paralelismo con la frase 2- sin que la historia ni los hechos puedan mostrar motivo alguno para justificar tal pretensión de hiperlegitimidad. La derecha tradicional, por su parte, siempre se ha mostrado torpe en el manejo científico de la mentira utilizando, en su lugar, los recursos económicos y los derivados de éstos para intentar perpetuar situaciones de privilegio.
Bertrand Russell, refiriéndose al cristianismo, decía que, incluso en el caso de que hubiera evidencias de que una creencia pudiera ser beneficiosa, ello no decía nada en favor de su verdad. Sería de desear que los políticos tuvieran el mismo respeto a la verdad que manifestó Russell durante toda su vida y que no se comportasen como los miembros de una fé religiosa donde el valor de los argumentos se mide en función de su utilidad inmediata en lugar de hacerlo en función de su veracidad.
Creo que no es exagerado afirmar que los políticos desprecian la verdad en favor de la utilidad inmediata y de lo que sea más favorable para obtener o mantenerse en el poder. Quizás la formulación más descarnada de esta posición fue la de Antonio Gramsci, fundador del Partido Comunista Italiano, y su concepto del “intelectual orgánico”, es decir, aquél que ponía los argumentos para vender lo que el partido quisiera en cada momento pero Gramsci nunca estuvo solo y cada día parece más acompañado tanto de propios como de ajenos.
Las desastrosas consecuencias del caso Lysenko y del intento de subordinar la ciencia al credo político del momento deberían dejar claro que la verdad y los principios merecen respeto por encima de los intereses inmediatos. Sin embargo, los partidos políticos se han convertido en pesadas burocracias cuyo fin último es el de obtener o mantenerse en el poder y, al igual que se dice de las guerras, la primera víctima de la pugna política es la verdad.
Sería también una buena noticia que la derecha de la defensa de los privilegios y la izquierda de la mentira científica desapareciesen del mapa en favor de gente que no mienta. Cierto es que el pasado también nos dice que cuando alguien ha querido superponerse a ese modelo de mercaderes de mentiras, el remedio ha sido peor que la enfermedad y se ha dado lugar a los grandes desastres de la historia reciente como los fascismos, nazismos, comunismos y populismos, valga la redundancia.
¿Significa esto que no hay remedio? Probablemente sí lo hay y pasa por la lucha contra la ignorancia y la honradez intelectual no ya de los políticos sino de aquéllos que les pagan el sueldo y su disposición a recordarles los hechos que su memoria selectiva decida olvidar en cada momento. Cuando las tres frases con que se abría este post dejen de evocar resonancia alguna con acontecimientos actuales, habremos llegado al momento en que los políticos habrán aprendido o se habrán visto forzados a comportarse como personas decentes. ¿Es mucho pedir?
NOTA FINAL: Este post no ha sido escrito en un momento de enfado sino que me lo ha sugerido un hecho reciente: La publicación por parte de Joaquín Leguina, ex-presidente de la Comunidad de Madrid de que Zapatero estaba loco.
Joaquín Leguina, ahora aclamado por los detractores del PSOE, se mantuvo en el poder gracias a la contribución de un personaje llamado Nicolás Piñeiro y el principal perjudicado de la maniobra fue, lógicamente, el partido que habría sido la alternativa en el poder. Fue una época de baile de cifras que cambiaban de bolsillo en todas las direcciones y del mismo modo que Piñeiro fue agraciado por la concesión de una gasolinera en un momento en que esto era especialmente difícil y en un punto donde el negocio estaba asegurado, un modesto limpiador de piscinas y diputado comunista en la Asamblea de Madrid, Miguel Ángel Olmos, denunció que le habían ofrecido una entonces gran cantidad de dinero por cambiar su voto, cosa que no hizo.
Cuando más adelante, la irregular conducta de los diputados Tamayo y Saez forzó una repetición de las elecciones, los diputados socialistas saltaron al cuello de Esperanza Aguirre olvidando que en el infinitamente más grave caso Piñeiro su propia conducta había quedado en evidencia…al igual que olvidan ahora el caso Piñeiro los compañeros de Aguirre cuando jalean a Leguina en sus ataques a Zapatero. Llegados a ese punto, es inevitable preguntarse si a alguien le interesa la verdad y de ahí este post dedicado en exclusiva a la mentira y a la memoria selectiva de los políticos.
Thanksgiving y el esperable caos aeroportuario
Los escáneres corporales parecen haber sido la gota que colma el vaso dentro del ya habitual rosario de estupideces a que nos vemos sometidos al aproximarnos a un aeropuerto. En España estamos acostumbrados a protestar y a que, después del ruido, no pase nada; en Estados Unidos, en el momento en que consideran que algo toca aunque sea de refilón la parcela de sus derechos civiles, se arma el lío.
Parece que algo ha tenido que ver esto http://laprimeraplana.com.mx/2010/11/publican-fotos-de-personas-desnudas-en-escaner-corporal/ que desmiente el argumento de que las imágenes no se graban y que el policía que ve la imagen no ve a la persona y viceversa. Salvo que el policía que se mete en la cabina sea previamente pasado por el escaner para asegurar que no lleva consigo una cámara fotográfica, es bastante estúpido pensar que puede garantizarse que no van a aparecer las fotos. De aquí a la telebasura: ¿Cuántas cadenas de televisión están esperando para ofrecer en primicia las fotos de algun@ famos@ en el escaner de un aeropuerto? ¿Cuántos policías estarán ya siendo tentados para que las graben?
Sin duda es más desagradable verse sometido al sobo del que está buscando algo que la foto de la máquina pero los que han organizado la protesta van a optar por el cacheo como forma de colapsar los aeropuertos en una época de máximo tráfico para hacer visible para todos el problema. Tienen un punto importante de razón: Además del asunto de la confidencialidad y de estar en su derecho a que no aparezca una foto propia en pelota picada si el pasajero no se ha prestado a ello, la seguridad en los aeropuertos manifiesta todos los síntomas de las burocracias bien arraigadas: Estupidez y carácter acumulativo.
Estupidez: El viaje en avión se ha convertido en algo especialmente desagradable por las colas que se forman en el control de seguridad, el numerito de zapatos, abrigo, chaqueta, cinturón, objetos metálicos y un sinfin de cosas siempre creciente que hace que el pasajero medio tenga que llevar tres o cuatro bandejas…eso por no hablar de las actitudes que se encuentran entre algunos de los personajes con los que nos podemos encontrar en el control.
Carácter acumulativo: Ahora el escáner. Dígase, por favor, a cuál de las medidas actuales sustituye el escaner porque, si voy a pasar por uno ¿qué sentido tiene el número de las bandejas, medio desnudarse y vaciarse los bolsillos? Si ven algo sospechoso en el escaner, que pregunten por ello pero no. Como todo invento nuevo, es un «además», nunca un «en lugar de».
¿Tiene riesgo para la salud? Si lo tiene, no se puede utilizar y si no lo tiene, creo que estamos en nuestro derecho de exigir que la persona que se mete en la cabina pase siempre antes por el escaner para asegurarse de que no lleva ningún tipo de aparato fotográfico que le permita buscarse un sobresueldo.
¿Se guardan las imágenes? Inutilícese la opción y precíntense los aparatos para asegurarse de que no son manipulados.
No creo que haya que rechazar de plano el escaner si se producen tres condiciones:
- Garantía de que no es perjudicial para la salud.
- Funcionalidad: Sustituir a otros controles y no suponer uno más
- Garantía de privacidad.
Hoy por hoy, no se cumple ninguna de las tres. Bienvenida sea la protesta si consigue cambiar ese estado de cosas y no puedo más que sentir envidia por el comportamiento de los americanos cuando consideran que alguien está tocando sus derechos. La amenaza terrorista está ahí pero no puede ser utilizada como excusa para el atropello; si así fuera, ya habrían conseguido su objetivo sin necesidad de bombas ni pistolas.
«The Cobra» de Frederick Forsyth: La solución Forsyth al problema de la droga.
Para los incondicionales de Forsyth, una gran novela aunque no llegue a «Chacal» que podría considerarse con justicia como el techo del autor. En The Cobra Forsyth da su particular solución al problema del narcotráfico al igual que unos años antes lo había hecho Tom Clancy en su estilo de la América profunda.
Al dibujar a los «malos», sin embargo, se nota que Forsyth no domina ese terreno como cuando el papel lo ejercen políticos, militares o espías. Los clanes del narcotráfico han quedado caricaturizados como algo a medio camino entre «El Padrino» y la «Spectra» de James Bond y, para algunos, el resultante del popurri podría acabar siendo el «Caos» del Superagente 86, Maxwell Smart. No es la parte más lograda de la novela. Por el contrario, en su descripción de los movimientos más propios del espionaje y de la tecnología militar es, como siempre en ese terreno, magistral.
No está claro por qué en lugar de introducir un presidente genérico de los Estados Unidos ha querido hacer claramente reconocible, aunque no lo nombre, la figura del actual presidente, al que empieza dibujando con rasgos casi heroicos en la defensa de sus principios y acaba colocando en la desagradable posición -tan habitual por otra parte- del político que renuncia a tales principios en favor de la conveniencia política y del resultado de las encuestas.
El conjunto resulta agradable de leer aunque la «solución» resulta totalmente utópica y más propia de un John Wayne con modales urbanos que de alguien que ataque el problema de verdad. Mientras estaba leyendo el libro, oi por primera vez en televisión algo referido a la droga que nunca había oído antes y no sé si volveré a oir en un medio público: Las primeras experiencias con la droga pueden ser muy placenteras e incluso, si se tiene suerte, lo pueden ser durante bastante tiempo hasta que empiecen a aparecer gradual o abruptamente los efectos negativos. ¿Resulta tan difícil de decir esto para atacar el punto clave, es decir, la demanda?
Todos los anuncios que podemos ver previniendo contra el consumo de drogas recuerdan bastante a la imaginería religiosa donde pinturas como las tentaciones de San Antonio dejan al espectador perplejo pensando qué tenían de tentador los engendros que ahí aparecen o las del propio Jesucristo que, cuando es tentado por el diablo, sorprendentemente no le contesta algo así como «¿De qué vas tú, mindundi? Ponte firme». La información o las campañas sobre la droga han pecado del mismo defecto que la imaginería de las tentaciones: Olvidarse de la lógica más elemental. Cuando alguien prueba y no sólo no pasa nada sino que la experiencia le resulta de lo más placentera ¿no pensará que le han engañado? ¿no es por ahí por donde había empezar en lugar de heroicas campañas de espionaje y comandos militares en el estilo de Forsyth o en el menos refinado de Clancy?
Parece claro que no se está manejando bien la información a consumidores actuales o potenciales; tan claro como que las soluciones de Forsyth o Clancy no son tales soluciones sino que entran en un capítulo que tiene ya muchos libros y se podría denominar «social-ficción» más que meterlos en el cajón de sastre de narrativa donde todo cabe pero nada explica. Si se tiene claro que se está leyendo una obra de «social-ficción», perfecto. Está bien escrita y se puede pasar un rato agradable. Si, por el contrario, se espera una reflexión de más calado sobre el problema de que trata el libro, no se va a encontrar.
Gordos en los aviones
El pasado sábado tuve ocasión de ver en vivo y en directo el tratamiento que dan las aerolíneas al problema de la obesidad mórbida, tan frecuente en Estados Unidos: Ninguno. Hace ya mucho tiempo hubo en España un accidente (Spantax en Málaga) cuyas consecuencias se vieron agravadas porque a dos personas que no cabían en ningún otro sitio las colocaron junto a las salidas de emergencia y las obstruyeron: No cabían por ellas ni dejaban salir a otros pero parece que la lección sigue sin aprenderse y la mayoría de las aerolíneas prefiere mirar para otro lado.
Cuando estaba concluyendo el embarque, aparecieron dos personas -posiblemente madre e hija- de unas dimensiones tales que no cabían por el pasillo e iban chocando con los asientos de los dos lados y sus ocupantes. Por supuesto, tampoco cabían en un asiento y, al haberse colocado cada una a un lado en el asiento del pasillo, éste quedaba casi totalmente inutilizado amén del impacto sobre el pasajero contiguo y el de delante que, en un vuelo de más de tres horas, no podía permitirse el elemental lujo de echar un poco hacia atrás el respaldo de su asiento.
Al finalizar el vuelo, la sufrida pasajera que había viajado junto a una de las personas sobredimensionadas comentaba que no entendía por qué, al menos, no habían reservado un asiento más amplio, cosa que podían hacer por diez dólares más. Ciertamente uno puede estar todo lo gordo que su salud le permita pero no parece de recibo que sean otros los que tengan que pagar el precio ocupando medio asiento cuando han pagado uno entero. Algunas aerolíneas -las menos- han tomado una medida muy sencilla: Cuando alguien no cabe en un asiento es obligado a comprar dos si quiere volar y, como detalle, si el avión no va lleno le permiten viajar comprando uno sólo. No es ésta la única opción: En un momento en que se ha dividido el precio en parcelas y todo son «upgrades» sujetos a pago, sea por llevar más equipaje, por un asiento más amplio o por lo que sea…tampoco parecería descabellado disponer de algunos asientos más amplios y que se pudieran -o se debieran si no se cabe en otro- adquirir con un sobreprecio.
Soluciones hay; lo que no sirve es mirar hacia otro lado. No sé si la persona con una obesidad de ese calibre es 100% responsable de su situación o no pero quien seguro que no lo es en absoluto es la persona a la que le ha tocado la china de ir en el asiento de al lado y eso sin pensar en el aspecto de seguridad: Si en este caso hubiera sido necesaria una evacuación de emergencia del avión, es posible que se hubiera repetido el caso Spantax por el bloqueo del pasillo.¿Hasta cuándo?
Las Vegas y el Ferrari de Torrente
Si alguien me pidiera una definición corta de Las Vegas le daría ésta: El Ferrari de Torrente con el escudo del Atleti. Resulta muy facilón quedarse con el estereotipo de lo hortera y, en el caso de los españoles, el asunto lo facilita hasta el nombre de su aeropuerto: McCarran International que, leído como macarran internasional es de lo más sugerente.
Sin embargo, la cosa no es tan fácil, al menos si no queremos quedarnos en los integrismos de la sin city, idea que Las Vegas vende al igual que vende recorridos turísticos por los lugares más significativos de la actividad de la mafia o cualquier otra cosa susceptible de venta, o en el integrismo de la «elite intelectual» que ve con displicencia el derroche de dinero y no quiere llegar más allá. Por motivos distintos, ambos integrismos coinciden en la idea de que Las Vegas debería desaparecer del mapa.
Los que intentamos no ejercer de integristas de uno ni de otro tipo podemos fácilmente identificar a Las Vegas con el Ferrari de Torrente con su escudo del Atleti ocupando todo el capó. La imagen me la sugiere la idea del Ferrari, coche espectacular donde los haya, mezclado con la quintaesencia de lo hortera y el hecho de que el conjunto de belleza y comportamiento hortera tenga su gracia. De hecho, hace unos meses, cenando en casa de un amigo se nos ocurrió ver una película tras la cena. Íbamos repasando distintas opciones disponibles en el disco duro -y ambos somos cinéfilos empedernidos- cuando entre las opciones apareció Torrente; en ese momento decidimos de común acuerdo olvidarnos de magníficas películas con mensajes de gran calado y optar por la risa provocada por un personaje que demuestra que hay que tener talento hasta para la zafiedad.
Si nos quedamos pegados a lo zafio o a lo hortera, no nos reiremos ni disfrutaremos del espectáculo…ni probablemente de ninguna otra cosa. Si alguien, ante las pirámides de Egipto, piensa en el sudor de los esclavos que las construyeron en lugar de admirar lo monumental de la obra, sin duda no la disfrutará. Lo mismo le ocurrirá con Torrente, con Las Vegas y con cualquier otra cosa.
¿Puede conjugarse lo hortera con la belleza? No sólo los musicales dignos de las mejores salas de Broadway, las actuaciones de cantantes que no se encuentran en la recta final sino en lo más alto de su carrera, espectáculos como los juegos de agua del Bellaggio o reproducciones de monumentos de todos los lugares del mundo como la propia torre Eiffel. Hay que ser muy integrista o muy puritano para no ser capaz de apreciar la belleza de éstas y otras muchas cosas. ¿Dónde está entonces lo hortera?
No es difícil de explicar: Tenemos que partir del simple hecho de que Las Vegas es una ciudad absurda cuya existencia misma es un desafío a toda lógica: Máximo lujo en mitad del desierto, característica por cierto compartida con buena parte de los países árabes pero con una diferencia importante: Los países árabes tienen una gran parte de desierto y poniendo encima de la mesa lo que les sobra -dinero- han intentado hacerlos más habitables y se les puede haber ido la mano. Estados Unidos, por el contrario, no es un desierto y, si lo medimos con estándares europeos, no podemos decir que sea un país despoblado pero se acercaría bastante. Tienen sitios infinitamente más acogedores y atractivos que el desierto de Nevada para construir una ciudad. ¿Por qué lo hacen en mitad del desierto con el coste económico y ecológico que eso implica?
Tendríamos que empezar por ver ahí uno de los problemas del sistema federal: Nevada, como Estado, tiene poco que ofrecer salvo el desierto e incluso eso lo ofreció en su momento para pruebas nucleares. En aquel momento se sabía poco de las consecuencias de tales pruebas y una película de Howard Hughes, ambientada en el desierto y con una tormenta de arena que lanzaba arena radiactiva a todo el que se moviera por allí, acabaría con más bajas por diversos tipos de cáncer que una batalla de la Segunda Guerra Mundial, la más conocida de ellas, John Wayne.
Además de desierto, Nevada tenía algo más: Un gran río que pasaba por allí, el Colorado, y que, además de ser el artífice del Gran Cañón, también facilitaba la construcción de una de las entonces mayores presas del mundo, la presa Hoover, permitiendo llevar el agua al desierto a costa de liquidar la desembocadura del río pero eso ya no ocurría en Nevada. ¿Cómo atraer gente al desierto y hacer un buen negocio con ello? Respuesta: Las Vegas.
¿Por qué, por ejemplo, espectáculos de agua en lugar de espectáculos de fuegos artificiales? Tal vez, precisamente, por estar en mitad del desierto y querer hacer ostentación de algo que se sabe escaso en la zona y ahí es donde está el componente hortera de Las Vegas: Cuanto más cueste, mejor; demostremos que no nos falta dinero y es ese componente de ostentación que se encuentra tras espectáculos de calidad indudable el que produce la sorprendente mezcla de belleza hortera.
¿Podría comerse el desierto Las Vegas al igual que la selva se comió el Manaos de superlujo de principios del siglo XX? Es posible pero no probable. El Manaos del superlujo se basaba en una materia prima –el caucho– imprescindible para el desarrollo del automóvil y que sólo se encontraba allí. En su espléndida novela del mismo título, Vázquez Figueroa describe cómo era ese ambiente; una vez que alguien consiguió, a riesgo de afrontar la pena de muerte, llevarse un barco lleno de semillas de caucho a un lugar donde los árboles podían crecer y ser mucho más accesibles para su explotación, el Manaos de las grandes óperas, de las fuentes con champán y de los abrigos de visón en la raya del Ecuador desapareció.
Las Vegas se basa en un único principio: Asombrar al visitante; mientras exista capacidad de asombro y Las Vegas siga siendo capaz de producirlo, seguirá existiendo. Como en el caso de Torrente, unos se fijarán en el Ferrari, otros en el escudo del Atleti sobre el capó y otros intentarán ver las dos cosas. A gusto del consumidor.
Dinero público y batacazo de Obama
El batacazo que se llevó Obama ayer ha tenido unas dimensiones muy importantes http://edition.cnn.com/ELECTION/2010/results/main.results/#val=H y, cuando se mira desde la perspectiva de un extranjero, deja claras algunas cosas que se pueden hacer y otras que no se pueden hacer en Estados Unidos.
¿Por qué en tan poco tiempo se puede pasar de obtener un apoyo histórico a una caída no menos histórica? Desde luego, no es por racismo. El racismo -entendido en un sentido amplio, es decir, toma de decisiones sesgada por la raza- se manifestó en la elección de Obama. El hecho de que más de un 90% de la población negra le votase implica de forma clara que el primer parámetro utilizado para decidir sobre el voto fue precisamente la raza del candidato, o sea, que fue una elección en clave racista y tal vez ahí está el origen del problema:
Antes de llegar a la presidencia, Obama no hizo totalmente explícitos sus proyectos o, para ser más precisos, cuál sería el coste de los mismos. Fue votado porque, en ese momento, representaba un icono y, además, era sin duda alguna uno de los mejores vendedores tanto de imagen como de ideas que puedan encontrarse en el mundo. Posiblemente un candidato más tradicional, blanco y con peor presencia y capacidad como vendedor que Obama, nunca habría llegado a la presidencia porque los votantes habrían sido mucho más críticos con él.
Obama dejó claro desde el primer momento que iba a tocar una de las vacas sagradas de Estados Unidos, probablemente la más sagrada de todas: El dinero público. La situación de crisis ha conducido a que la tocase aún más de lo que ya tenía previsto y, como consecuencia, el rechazo generalizado tomó forma en el ya famoso Tea Party que ha tenido un notable papel en estas elecciones. Para bien y para mal, el dinero público es sagrado en Estados Unidos y eso es algo que no fue calibrado debidamente ni por Obama al presentar sus planes ni por sus electores al evaluarlos antes de votar.
Obama no es, como lo presenta la Fox, liberal en una curiosa utilización del término que, en Estados Unidos, significa algo muy parecido a la extrema izquierda. Su modelo político visible tiene muchas más similitudes con una socialdemocracia del lado europeo del Atlántico aunque, eso sí, Obama también se encuentra afectado por esa enfermedad degenerativa de la racionalidad conocida como «lo políticamente correcto», cuya última manifestación visible ha sido su defensa de la construcción de una mezquita en la zona donde estuvieron las torres gemelas.
Probablemente, el énfasis del americano medio en el control del dinero público y en saber en qué se está gastando SU dinero hará muy difícil que en Estados Unidos lleguen a tener en algún momento una sanidad pública digna de tal nombre y permitirá que se sigan viendo en algunas grandes ciudades aceras más propias de una aldea africana. Ésta es la parte negativa que, por haber sido ignorada, le ha costado a Obama el batacazo de ayer y, previsiblemente, le costará también la reelección.
La parte positiva, porque también la tiene, es la que nos puede hacer sentir envidia a los españoles: Que un alto representante político diga que «el dinero público no es de nadie» supondría en Estados Unidos su expulsión inmediata del cargo y posiblemente del partido. Si en lugar de decirlo , lo hace y el alto representanto político utiliza el dinero público para la compra de fidelidades, de votos, para favorecer a los amigos, para lujos propios y de los allegados o, directamente, para estupideces como sistemas de traducción entre personas que hablan el mismo idioma…es echado a patadas del puesto.
A Obama algunos lo han presentado como una reedición de Carter que, entre sus escasos pero muy reconocidos méritos, consiguió que los ayatolas iraníes tomasen a Estados Unidos por el pito del sereno y actuasen en consecuencia. No es cierto; aunque seriamente afectado por el virus de lo políticamente correcto, Obama podría ser un político homologable en muchos países de Europa pero no en Estados Unidos. El americano medio tiene muy claro que el dinero público es SUYO, quiere decidir en qué se gasta y no acepta fácilmente planes faraónicos. Igualito que en España.
Terrorismo «low-cost»
Se ha dicho siempre que la eficacia del terrorismo es mayor cuando menos gente mata y a más gente mantiene aterrorizada. Naturalmente, para que esto suceda, tiene que haber medios de comunicación dispuestos a ejercer de amplificadores y, por ello, se ha discutido mucho cuál debería ser el comportamiento de los medios de comunicación ante el fenómeno terrorista.
No es nada nuevo y, por ello, no resulta sorprendente que haya surgido un fenómeno que podríamos calificar de terrorismo «low-cost» y que parece que está haciendo estragos, en particular en Estados Unidos.
Su funcionamiento es sencillo: Se busca a un sujeto que ni siquiera hace falta que se forre de explosivos y se haga estallar en honor de Alá. Basta con que, cuando sea preguntado, se confiese autor hasta de la muerte de Manolete y, cuando le pregunten por sus planes para el futuro, cuente una película como la de Lex Luthor en Superman…sí, hombre, sí…un par de misiles en la falla de San Andrés para hacer desaparecer a California del mapa mientras él, astutamente, ha comprado todos los terrenos desérticos que, a partir de ahora, van a ser playas de lujo. Pues bien, algo parecido: Déjese al mindundi con pretensiones yihadistas que cuente su película y amplifíquese en todos los medios:
Hoy mismo veía la noticia del supuesto plan de atentar contra el metro de Washington en la Fox y en la CNN y, acontecimiento planetario pero esta vez de verdad, ambas coincidían en el planteamiento de la noticia y, al parecer, a nadie se le pasaba por la cabeza a quién le estaban haciendo el juego: Todo un logro del terrorismo «low cost».
El deterioro de la política en España
Hace unos días fui invitado a una conferencia que Aznar dará en el M.I.T. coincidiendo con el aniversario de la Constitución; naturalmente, dije que sí y espero que llegue la invitación formal. En honor a la verdad, si el ponente hubiera sido Felipe González también habría ido. No se trata de coincidencias o discrepancias sino de creer que, al margen de ellas, se trata de gente que tiene algo que decir al igual que otros ilustres conferenciantes y autores de libros de memorias excelentemente pagados como Tony Blair, Margaret Thatcher, Bill Clinton, Helmut Schmidt y una lista que podría ser bastante larga.
Sugiero que se haga ahora el siguiente ejercicio:
Entrando en esta página http://www.congreso.es/portal/page/portal/Congreso/Congreso/Diputados se puede acceder a los nombres de todos los diputados y, si de alguno se desconoce quién es, se pueden buscar datos en Google. ¿A cuántos de ellos invitaríamos a una conferencia por pensar que tienen algo que decir, incluso sobre la situación española que se supone que es su especialidad? No es cuestión de colores porque ahí están todos pero seamos más restrictivos todavía y vayamos a esta otra página http://www.la-moncloa.es/home.htm donde se pueden encontrar los nombres de todos los ministros y del presidente del gobierno ¿a cuántos de ellos somos capaces de imaginarnos haciendo algo más que un mítin dirigido a los suyos o unos segundos preparados para abrir el telediario de una televisión amiga?
Iré con gusto a escuchar lo que tenga que decir Aznar e iría con igual gusto si el ponente fuera Felipe González y lo mismo podría decir de algunos -no todos- ex-ministros que estuvieron con ellos. Sin embargo, si una invitación semejante se produjera dentro de unos años y el ponente fuera algún miembro del gobierno o de la oposición actuales, creo que declinaría la invitación.
Supongo que a este ritmo y en unos pocos años, una conferencia de un dirigente o ex-dirigente político importante se parecerá mucho a esto: http://www.youtube.com/watch?v=GX1VQQZak4A
¿Hay una vida anterior al GPS?
Cuando circulamos por calles o carreteras principales, la cosa no es especialmente difícil aunque es cierto que en unos sitios es más fácil que en otros: Siempre he sostenido que la diferencia entre España y Estados Unidos en la cuestión de la señalización está en el papel que en uno y otro sitio le asignan a los idiotas: En un sitio las señales están hechas por idiotas y en el otro están hechas para idiotas.
En España es fácil encontrar que la señal en unas ocasiones está antes y en otra después de la calle o carretera por la que hay que desviarse -el caso más genial que recuerdo es el de una señal artesanal en mitad de una carretera que decía «Restaurante: 70 metros atrás»- o que, después de ir siguiendo trabajosamente una indicación, de repente se llega a una bifurcación o una glorieta y la señal que se iba siguiendo ha desaparecido. ¿Asumimos que hay que seguir recto, en el caso de que exista tal posibilidad? La experiencia dice que no.
El caso de Estados Unidos es distinto; las señalizaciones de las carreteras principales son ejemplares aunque, incluso con GPS, es posible perderse en ciudades con combinaciones diabólicas de túneles, edificios altos y calles estrechas, a menudo con árboles. En esas condiciones, el GPS tira la toalla; sin embargo, hay algo peor: En Estados Unidos hay millones de personas que viven literalmente en el campo y una cosa es la señalización en las carreteras principales y otra cosa es ir a la casa de un amigo que vive en la carretera del Pato Negro en una población a 40 kilómetros de la ciudad (y lo de la carretera del Pato Negro es real). Un GPS con una buena cartografía es capaz de llevarnos allí sin pestañear y eso es lo que lleva a preguntar ¿Cómo llegaba aquí la gente antes? ¿Quedaban en otro sitio al que se pudiera llegar con la señalización y eran acompañados por el dueño de la casa? ¿Intentaban guiarlos por teléfono móvil tratando de figurarse dónde se habían perdido? ¿Preparaban unos mapas detalladísimos que adjuntaban a las tarjetas de visita? ¿Imprimían las instrucciones de Google Maps…que tampoco es tan antiguo para ser una posibilidad real?
Todo esto lo resuelve el GPS que, eso sí, introduce sus propios problemas: Como puede haber doscientas poblaciones que se llamen Concord y aproximadamente doce mil que se llamen Salem entre otras y, por añadidura, a veces no están demasiado lejos entre sí, si no se está muy atento se podría aparecer a cien kilómetros del punto al que se pretendía ir en otra población que se llama igual o en un sitio donde, por fin, nos hemos dado cuenta de que, en contra de lo que decía el GPS, ése no era el camino.
En España las cosas son diferentes pero no tanto como podría pensarse: El papel otorgado por la Administración a los idiotas -en realidad hay muchos más y de mucha más relevancia pero no entraremos ahora en eso- hace que sea relativamente fácil perderse incluso en vías principales pero, si se ha conseguido salvar ese escollo, puede encontrarse otro fenómeno: Pueblos muy cercanos a las grandes ciudades que se han convertido en ciudades dormitorio y les han crecido alrededor las urbanizaciones como setas: Llegar a la calle principal o al Ayuntamiento del pueblo resulta fácil pero resulta que nuestro amigo, al que vamos a visitar, vive en la urbanización «Europa Siglo XXI» (me la acabo de inventar y no sé si existe pero ese tipo de nombres es frecuente y revela una imaginación tan desbordante como la repetición de nombres de ciudades de los americanos), en el chalet J5 de la calle de las Acacias…y claro, ir al casco urbano del pueblo y averiguar dónde queda eso es una tarea que, a su lado, los trabajos de Hércules son una minucia.
Al final, se viva en mitad de un bosque o en mitad de una selva de cemento, el resultado es el mismo: Los mapas han dejado de cumplir su función y, como máximo, nos pueden acercar a cuatro o cinco kilómetros del punto de destino. A partir de ahí, sin GPS vamos totalmente vendidos y el teléfono móvil puede no ser suficiente, salvo que sea de los que fotografían el sitio y nos lo muestran en el mapa, porque aunque uno no sea como el que se extravió en Nueva York y, cuando su interlocutor le preguntó en qué calle estaba, le contestó a la vista del letrero que «en la calle One Way», resulta muy difícil guiar o ser guiado por teléfono.
Nos guste o no, el artilugio se ha hecho completamente imprescindible y las generaciones más jóvenes acabarán preguntándose cómo podíamos llegar a los sitios cuando no existía o, como mínimo, no era de uso generalizado.

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