La oración de Maine

De España se dice que siempre ha corrido con los curas; unas veces delante y otras detrás. Cuando parecía que estábamos empezando a alcanzar un equilibrio consistente en correr en carreras distintas y sin admitir espontáneos en una ni en otra carrera, hete aquí que aparece «el amigo americano» y la lía para regocijo de parte del personal y desconcierto de la otra parte.

Que Zapatero ha puesto su mejor esfuerzo en conseguir un Estado laico parece claro; en algunas de las medidas encaminadas a una separación estricta Iglesia-Estado muchos le aplaudirían/aplaudiríamos pero, al mismo tiempo, da la sensación de que el reloj se le paró en algunos asuntos hace más de setenta años y actúa en consecuencia: No sólo es la monomanía del abuelito, que ha dado lugar a no pocas coñas y hasta a algún cabreo cuando se le ocurrió comparar su propia situación, por ser nieto de un militar fusilado al que no conoció, con la de unas víctimas del terrorismo y, además, decírselo a ellas. El empecinamiento con la ley de la memoria histórica, tema en el que todos los ajenos y muchos de los propios le dicen que se equivoca, va en la misma línea y, en lo relativo a los curas, parecería que tuviera intención de volver a la vieja tradición española, en esta ocasión, corriendo detrás.

No se ha privado de gestos que no dejan de ser absurdos como, por ejemplo, saludar al Papa actual en privado durante su visita a Valencia por si acaso alguna cámara captaba algún gesto cordial o la aparición de oportunas lesiones como la de esta imagen http://www.lanacion.com.ar/archivo/anexos/fotos/46/322146.jpg que le impidió dar la mano al Papa anterior. Nunca se supo cuál fue el motivo de la escayola que, misteriosamente, desapareció inmediatamente después de la visita al Vaticano. Puede verse también esta otra imagen:

http://media.photobucket.com/image/entierro%20zapatero%20juan%20pablo%20II/draco703/Zapatero/Entierro_Juan_Pablo_II.jpg

En ella, Zapatero miraba al tendido al paso del féretro de Juan Pablo II creando un serio contraste con los demás asistentes excepto con el que estaba hablando por el teléfono móvil. En suma, Zapatero ha procurado prodigar gestos que dejasen claro su alejamiento y falta de simpatía por todo lo que oliese a religión, especialmente si esa religión es la católica. Nada que oponer…salvo que los gestos extremos reclaman coherencia y, si el presidente de los Estados Unidos le invita a orar en una iglesia evangélica donde, al parecer, el grupo religioso que la regenta dejaría por comparación al Opus, a los Quicos y a los legionarios como algo parecido a grupos de rabiosos izquierdistas antisistema…¿qué pinta allí Zapatero? Probablemente, la misma pregunta sería válida para cualquier otro presidente español, incluido Aznar, pero mucho más lo es acerca de alguien que ha prodigado gestos de alejamiento deliberado respecto de la religión.

Quizás Zapatero quiera compensar la etapa Bush y esté dispuesto a abrazarse a Obama en cualquier ocasión y circunstancia y aceptar cualquier invitación, aunque sea para ir al lavabo. Algunas situaciones ya han sido ciertamente comprometidas como la famosa foto con las niñas y, por ello, debería pensarse mucho dónde aparece y con qué intención le están invitando a tal actividad. Desde  que Leire Pajín hablase del «acontecimiento planetario» quedó claro que la visita a Estados Unidos iba a ser el momento en que más horas extras iban a tener que hacer los asesores de imagen pero, cuidado, porque a veces sale el tiro por la culata.

Que un alcalde o un concejal de pueblo se proclame ateo a los cuatro vientos y, después, insista en presidir una procesión de Semana Santa es ridículo, por mucho que quieran vestir la Semana Santa de tradición cultural ignorando el sentido religioso. Que algo parecido pueda hacerlo un presidente de un gobierno es algo más serio. Obama no es un talismán que pueda proteger de cualquier lugar y situación y, por muchas ganas que se tengan de hacerse todas las fotos que sea posible con él, algunas es mejor evitarlas y, si van contra la propia coherencia, con mayor motivo. No hacerlo así son ganas de hacer el ridículo de la forma más gratuita.

Servicios inservibles: Parking de larga estancia de Barajas

Una iniciativa buena con una implantación desastrosa.

Cierto que una semana en el parking de larga estancia puede suponer unos 50 euros menos que dejar el vehículo en el parking de la terminal pero ¿a qué coste?

Si se mira la web, se verá que no aparece muy explícitamente sino de forma que pasa fácilmente desapercibido el hecho de que los autobuses NO VAN A LA T-4, es decir, si se vuela con Iberia y, especialmente, si la llegada es una hora de poco tráfico…apañados vamos.

Las reservas por web, aunque anunciadas, no funcionan y, si se intenta reservar por teléfono, es frecuente escuchar que para esa fecha no hay plazas pero que se llame el día anterior. Si se hace, tampoco cogerán la reserva porque «no hace falta y hay plazas».

¿Qué ocurre si alguien llega a Madrid con Iberia y llega tarde o la entrega de equipajes le hace perder más de una hora saliendo igualmente tarde? Primero: Ni hablar de buscar un taxi porque, en el momento en que se le diga que el destino está a tres kilómetros escasos, el taxista se va a negar. No cabe la opción de buscarlo en salidas -está prohibido pero, dada la situación, se podría conseguir incluso con autorización de la policía que esté por allí- porque ya no hay salidas y no llegan taxis.

Por tanto, la única opción es esperar, a veces bastante tiempo, a que llegue el autobús que comunica las terminales para, a continuación, abandonarlo en una de las otras terminales a las que sí llega el autobús del parking, llamarlo por el interfono, trasladar el equipaje, etc…conclusión, que desde el momento de abandonar el avión hasta el momento de montarse en el coche pueden transcurrir dos horas si se ha volado con Iberia y se ha llegado tarde a Barajas.

Señores del parking de larga estancia: Dejen MUY CLARO y no escondido en la letra pequeña que su autobús NO VA A LA T-4 porque, en muchos casos, eso puede ser motivo más que suficiente para buscar otras opciones.

¿Volverá la paga del 18 de julio?

Quizás a los más jóvenes el concepto de «paga del 18 de julio» ya no les resulte familiar pero, durante muchos años, ha formado parte del paisaje laboral español ya que el día del aniversario del alzamiento militar de Franco las empresas, por obligación, tenían que dar una paga a sus trabajadores. Ésa era la «paga del 18 de julio».

Nelson Mandela está de moda. Próximamente se estrena la película Invictus, protagonizada por Morgan Freeman y que trata sobre su vida y, además, resulta que a alguien se le ha ocurrido que el 18 de julio pase a ser un día de conmemoración de la lucha por la libertad ya que ese día es precisamente el día de su nacimiento. Puesto que nuestro gobierno es tan amante de los gestos ¿qué mejor gesto que establecer de nuevo la paga del 18 de julio? 🙂

Aunque los premios Nobel de la Paz están últimamente muy devaluados, no sólo por el caso de Obama sino por algunos más anteriores, Mandela se encuentra entre las figuras con más claros merecimientos para haberlo recibido junto con De Klerk. Ambos evitaron lo que podía haberse convertido en un baño de sangre en Sudáfrica y, años después de la presidencia de Nelson Mandela, es frecuente encontrar allí a blancos rubios y pecosos que parecen más escapados de una cervecería holandesa o alemana que nacidos en África y que hablan con el mayor de los respetos de Mandela.

La película me parece una buena iniciativa. Creo que la figura lo merece y el hecho de que esté Clint Eastwood detrás es casi una garantía de que no va a ser una obra menor. Quizás incluso la idea de que el 18 de julio pase a ser reconocido como el día mundial de la lucha por la libertad o similar pueda ser también una buena idea. Eso sí, creo que será inevitable que a los nacidos en España una conmemoración del 18 de julio como día de la lucha por la libertad haga que se nos escape, como mínimo, una sonrisa.

Presidencia europea, crisis económica y otras hierbas

Parece que el fin de año no ha servido para que se cambie de temas. A lo sumo, se ha incluido uno nuevo que ya se representó durante las uvas: Iluminar de azul monumentos emblemáticos como si la presidencia de la Unión Europea, en lugar de ser una función devaluada y ejercida por turno, se fuese a ejercer después de que una mayoría de los ciudadanos europeos hubieran votado a Zapatero por aclamación a la vez que le rogaban con lágrimas en los ojos que se dignase salvar a Europa.

Bastante grotesco y acorde con la epidemia de estupidez que parece afectar a toda nuestra clase política. Por añadidura, cuanto más uso propagandístico se haga de un evento como éste, sujeto a rigurosos turnos y a ninguna otra cosa, más se invita a que aparezcan otros con intención de aguar la fiesta como ya lo han hecho el Financial Times y otros:http://www.periodistadigital.com/periodismo/prensa/2010/01/06/financial-times-zapatero-espana-torpe-guiara-europa-union-presidencia.shtml

http://www.economist.com/world/europe/displaystory.cfm?story_id=15211954

http://online.wsj.com/article_email/SB118945965457622997-lMyQjAxMDE3ODE5MTQxNTE5Wj.html


Calladitos estamos más guapos porque, dada la situación, se puede aplicar a nuestros políticos el viejo dicho de «mejor permanecer en silencio y dejar la duda sobre si se es idiota que hablar y despejar toda duda».

Ésta ha sido la única noticia nueva, ya anticipada como «acontecimiento planetario» por una insigne política de la nueva hornada y saludada, no precisamente con gran alegría, además de por el Financial Times, por el hacker que hizo aparecer a Mr. Bean en la página de la presidencia española. Dejemos un margen de duda sobre si logró entrar en la página o la clonó porque hay versiones para todo y, en cualquier caso, la seguridad informática deja que desear si ha conseguido redirigir el tráfico de Internet a una página clonada.

Sobre la crisis económica, es como si el año no hubiera concluido. La noticia más aireada está en la reunión de Zapatero con jóvenes valores del partido en el gobierno como el ex-presidente Felipe González y el doblemente ex-ministro de economía Pedro Solbes y en el apartado de «otras hierbas» seguimos teniendo lo que Kundera llamaría la insoportable levedad del estatuto catalán.

Aparte de la reunión con los jóvenes valores, la ya habitual gresca sobre el asunto permanece: El gobierno pide la colaboración de la oposición, colaboración que ésta no le da ya que, si no hay acuerdo ni en el diagnóstico ni en el remedio ¿de qué tipo de colaboración se habla? Está claro que se trata de corresponsabilizarlos de la situación y no quieren entrar por ahí, incluso asumiendo que se les acuse de alegrarse de la situación de crisis, cosa que podría no alejarse mucho de la realidad ya que, a falta de méritos propios, no vean otra forma de encaramarse al poder que los deméritos ajenos.

Sin embargo, oportunismos al margen, esto tampoco significa que la oposición esté libre de culpa en el asunto económico ya que una economía basada en el ladrillo, como la producida en la etapa de Aznar, no es sostenible en el largo plazo. Si el impulso conseguido gracias al ladrillo se hubiera aprovechado para hacer reformas estructurales tanto en el mercado de trabajo como en lo relativo a la formación y, ya de paso, se hubieran hecho algunas reformas políticas pendientes como el cierre de una vez por todas del modelo de las autonomías y del absurdo modelo electoral, la economía basada en el ladrillo habría sido un pecadillo sin importancia. Al fin y al cabo, países como Japón o Singapur comenzaron siendo fuente de mano de obra barata pero, al mismo tiempo, invirtieron en formación y en tecnología para salir de una posición que no era sostenible en el largo plazo.

España no aprendió esa lección y, como con el anterior gobierno, todo lo que se hizo fue vivir una vida de nuevos ricos, las consecuencias que hoy estamos pagando eran esperables ya antes del cambio de gobierno. El gobierno actual tiene buenas razones para acusar a la oposición de responsabilidad en la situación económica pero, entre ellas, no están precisamente las que está utilizando. Sin duda, piensan que las acusaciones que utilizan, falsas de toda falsedad, les producen mayores réditos electorales que los que les producirían las auténticas y, ante el interés electoral, la verdad siempre está entre los daños colaterales.

Al gobierno se le puede acusar, siendo generosos, de inacción porque a veces se preferiría la inacción; también se le puede acusar de sustituir acciones por gestos destinados a su particular galería. A la oposición no se la puede acusar de «no colaborar» o «no arrimar el hombro», acusaciones favoritas desde el lado gubernamental porque es absurdo plantear una colaboración cuando no se está de acuerdo ni en diagnóstico ni en remedio pero sí se la puede acusar de haber creado una burbuja que les ha estallado en las manos a otros que, encima, han sido tan torpes de negar la crisis por puro electoralismo hasta que estábamos de lleno en ella y no había maquillaje capaz de ocultarla.

No sabemos qué nos traerá 2010 pero la continuidad en el despropósito de unos y otros explica por qué, de repente, ha emergido entre las preocupaciones de los españoles la conducta de su clase política. Hay quien dice que la democracia no garantiza un buen gobierno sino la posibilidad de librarse de uno malo. La situación que estamos viviendo invitaría a una pregunta añadida: ¿Para sustituirlo por qué o por quién?

Air Comet y representatividad sindical

Nada más lógico que el hecho de que el presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, lo siga siendo aunque haya dejado de ejercer como empresario gracias a la quiebra de Air Comet. Al fin y al cabo, buena parte de los dirigentes de los sindicatos autodenominados de clase no han conocido otro trabajo que ése. De esta forma, las otrora llamadas parte social y económica del sindicato vertical quedan equiparadas en cuanto a la identificación entre representantes y representados, es decir, ninguna.

El paralelismo con los sindicatos verticales no se da sólo en el hecho de que el sindicalismo en cualquiera de sus vertientes es una carrera política que, como tal, vive de maniobras en la cercanía del poder más que de la defensa de los intereses de sus teóricos representados. Gracias a la “devolución del patrimonio sindical”, devuelto en buena parte a organizaciones que no existían cuando tal patrimonio fue incautado, en muchas ciudades españolas sindicatos “de clase” y sindicato patronal comparten edificios y sus funcionarios se encuentran todos los días en el ascensor. ¡Qué mayor exponente de la verticalidad sindical!…pero vayamos al caso de Air Comet.

Que Air Comet iba mal era de dominio público en el sector y fueron muchos los que se preguntaron por qué se le asignaron a dedo precisamente a Air Comet los slots libres como consecuencia del cierre de Air Madrid cuando, además, en ese momento ya había indicios ciertos de que esto podía llegar a ocurrir.

No ha habido respuesta a eso pero, en cambio, sí ha habido una interpretación según la cual los pasajeros tendrían razón para evitar Air Comet porque en esa compañía se habían hecho huelgas. Lo más curioso es que esa interpretación venga de su presidente y también presidente de la CEOE. Veamos:

La propia OACI señala que la situación de tensión en la organización por motivos laborales puede ser un motivo de disminución de los niveles de seguridad y hubo algunos medios que se apresuraron a sacar este tema con motivo del accidente de Spanair. No pretendo enmendarle la plana a la OACI pero creo que, en este tema, se puede aplicar la célebre frase que Torrente Ballester atribuía a un funcionario portugués: “Tiene usted razón pero no la tiene toda y la poca que tiene no le sirve para nada”.

Hace tiempo sostengo la teoría del piloto o controlador o técnico de mantenimiento “moderadamente felices” ya que, si  son muy infelices, sea por motivos personales o profesionales, hay un factor de riesgo y, si son muy felices, pueden evadirse del mundo y constituir también un factor de riesgo. Dicho más seriamente, es cierto que una situación de tensión laboral puede afectar a la seguridad pero son múltiples las situaciones de tipo personal y de una gravedad que puede ser en ocasiones muy superior que no afectan menos pero se encuentran totalmente fuera del control por parte de la organización.

No toda huelga es justificable y se puede citar como ejemplo el caso de una huelga ocurrida hace años en la empresa  Alúmina-Aluminio donde, al dejar un proceso de fundición a la mitad, se destruyó toda la maquinaria lo que representó la quiebra inmediata de la empresa. El gobierno del entonces presidente Felipe González, a pesar de su cercanía a alguno de los sindicatos que estuvieron detrás de tal salvajada, no dudó lo más mínimo en dejar que se ejecutase el cierre y que toda la plantilla se quedase sin trabajo y, en mi opinión, tuvo toda la razón al actuar así.

Sin embargo, se trata de una situación excepcional. Utilizar una situación de huelgas por motivos tan “insignificantes” como no cobrar la nómina durante varios meses para justificar que la empresa podía estar transmitiendo mala imagen a los consumidores es fácilmente calificable pero no voy a hacerlo porque lo difícil es utilizar el calificativo adecuado para tal conducta sin incurrir en unos cuantos apartados del Código Penal. Puestos a utilizar la doctrina de la OACI ¿qué es más dañino para la imagen de seguridad ante el pasajero? ¿El hecho de la huelga o el hecho de no cobrar la nómina? Cabe pensar que si alguien no tiene dinero siquiera para pagar la nómina habrá otros apartados como mantenimiento y utilización de aviones y tripulaciones que podrían también resentirse. No es la primera vez que se juega con cosas de este tipo y muchos recordarán como hace varios años la propia Iberia, como consecuencia de una situación de conflictividad, llegó a hacer público un mensaje de sentido parecido siendo inmediatamente corregida tanto por el Ministerio como por los propios pilotos de la compañía.

El papel de Díaz Ferrán como dirigente del sindicato de empresarios puede ser visto con gran simpatía en sectores no precisamente cercanos a los empresarios. Un dirigente debilitado es siempre apreciado por la parte contraria y, si es preciso apuntalarlo, se hace. Por supuesto, este principio se aplica tanto en ámbitos políticos como  sindicales, valga la redundancia, y hemos podido escuchar al actual ministro de Fomento José Blanco como, entre bromas y veras, manifestaba su deseo de que Mariano Rajoy permaneciese mucho tiempo al frente de la oposición. La estructura del sistema de representatividad sindical en España es sencillamente absurda. En primer lugar, utiliza como criterio básico en lugar de la afiliación los resultados de las urnas, urnas a las que sólo tienen acceso –atención al detalle- los trabajadores en activo, no los desempleados.

Por añadidura, el invento de los “sindicatos más representativos” es, desde su inicio, la concesión de un auténtico derecho de pernada a sindicatos a los que se otorga capacidad negociadora incluso en sectores donde su representación sea insuficiente para otorgárselo. Esto ha hecho que sindicatos profesionales como, por ejemplo, el CSIF vean cómo en la Administración Pública se sientan en la mesa representantes de sindicatos absolutamente minoritarios en la que es muy de lejos la mayor “empresa” de España siendo su representatividad real marginal. No hablemos ya de casos directamente relacionados con la aviación como la presencia de los “sindicatos más representativos” entre colectivos como el de pilotos o el de técnicos de mantenimiento. ¿A quién representan cuando se sientan a una mesa en la que están en juego los derechos de trabajadores de esos colectivos?

Es posible que alguien, incluso sin ser parte interesada, vea correcto el invento de los «sindicatos más representativos». Veamos su lógica con un sencillo supuesto: El sindicato mayoritario en la Administración Pública es el CSIF que, como su nombre indica, es un sindicato específico de funcionarios. Supongamos que, en unas elecciones sindicales, los funcionarios se vuelcan en las urnas y el CSIF consigue un 80% de los votos, obtenidos además con un grado de participación del 90%. El número de votos obtenidos, dado el número de trabajadores que hay en la Administración Pública, inmediatamente cualificaría al CSIF como «sindicato más representativo» y, como tal, podría estar sentado a la mesa de negociaciones de, por ejemplo, el sector del metal. ¿Cómo verían los «compañeros del metal» ser representados en sus negociaciones por el sindicato de funcionarios? Absurdo, sin duda…no más absurdo que la solución que ahora mismo está vigente.

Demasiadas disfunciones para que pueda decirse que existe una representatividad real y el apuntalamiento de figuras débiles, como ahora la de Díaz Ferrán,  abunda en el mismo sentido. Probablemente, los dirigentes de algunos sindicatos “de clase” piensen que les están haciendo un favor con el mantenimiento de esa situación pero no es así. Si la situación actual se prolonga, podrían caer víctimas de una disfunción llevada al extremo y que lleve a una ruptura completa. Un ejemplo reciente: Aunque no es esto muy habitual, como consecuencia del proyecto de ley “ómnibus”, las protestas de los taxistas, principales afectados, se dirigieron a uno de los sindicatos “más representativos” al que le llenaron de pintadas su fachada. Este tipo de fenómenos podría extenderse a medida que aumentan las cifras de desempleo y cada vez más colectivos, incluyendo entre ellos el macrocolectivo de los desempleados, se ven abandonados a su suerte y dejan de aceptar una situación que se está llevando al límite, es decir, el cada vez mayor distanciamiento entre la representatividad nominal otorgada graciosamente y la real.

Con más de cuatro millones de parados, la insistencia en centrarse en proteger a los “clientes” propios, es decir, a los trabajadores en activo que son los que votan en las elecciones sindicales, y olvidarse del resto recuerda mucho a la frase atribuida a la denominada en España con el alegre nombre de María Antonieta, reina de Francia y esposa de Luis XVI que, cuando alguien le comentó que las masas protestaban porque no tenían pan, replicó “Que coman pasteles”.

Para los desempleados que protestan por el pan, la defensa a ultranza del coste del despido, intentos como que sea el trabajador quien decida en caso de despido improcedente y, en general todos aquellos intentos destinados a blindar la situación de los hoy más afortunados, blindaje que dificulta su propia posibilidad de acceder a un empleo, sonarán sin duda al “que coman pasteles” de María Antonieta. 

Que una estructura de representación sindical que hace agua por todas partes concluyese como la infortunada María Antonieta no sería buena noticia porque, si no se anticipa la reacción a esa posible ruptura, pasaríamos de una situación de una más que dudosa representatividad a otra situación de vacío total, es decir, de ausencia de interlocutores para tratar temas muy importantes y que no son necesariamente los que gobiernos y sindicatos verticales se empeñan en imponer.

Para evitar que esto ocurra, no se debe perseverar en el error sino evitar el divorcio entre la representación nominal y la real y, por supuesto, evitar las trampas en el solitario que significan forzar la permanencia de una figura debilitada como la de Díaz Ferrán a la cabeza del “enemigo”. Motivos ha dado para el relevo y afirmar que no volaría en su propia empresa porque ha habido huelgas no es el menor de ellos.

 

Una de historiadores (publicada en «Mach82» con el título «Sobre las dificultades de la investigación»)

El verano es una época propicia para la lectura y eso tiene una ventaja: A veces, lecturas sobre temas que son totalmente ajenos a la actividad habitual pueden arrojar luz sobre ésta.

Este año cayó en mis manos el libro de Stanley Payne dedicado a la época franquista y, una vez más, me resultó inevitable preguntarme por qué todos los investigadores de la historia reciente española mienten a pesar de ser ésta la etapa más documentada por razones obvias.

Hay que aclarar, en primer lugar, que los historiadores, salvo los peores, no suelen mentir falseando los hechos sino que existen varias formas de deformar la realidad cuyo grado de voluntariedad es diferente en cada caso:

El historiador parte de una posición política previa a la que quiere favorecer estableciendo paralelismos con la época o los hechos que analiza. Con este objetivo, cuenta con varios instrumentos:

  • Eliminar de su análisis aquellos hechos que podrían llevar al lector hacia unas conclusiones distintas de las que pretende el historiador. Es la mentira por omisión.
  • Aunque no se eliminen los hechos, resaltarlos o quitarles importancia tanto por colocación en el texto como por extensión y nivel de detalle utilizados de forma que la conclusión siempre vaya en línea con su tesis inicial. Para ello se eleva la anécdota a categoría o viceversa.
  • Ayudar al lector incluyendo interpretaciones de los hechos que, tras la selección de los mismos con los dos procedimientos anteriores, sean difícilmente discutibles. Las interpretaciones pueden aparecer como objetivas y ecuánimes pero la trampa es previa y se encuentra en que tales interpretaciones están realizadas sobre hechos cuidadosamente seleccionados.
  • El historiador confunde la objetividad con la equidistancia: En este caso, su particular forma de resistir a las presiones es ceder a todas ellas. En lugar de evaluar hechos, los cometa quien los cometa, evalúa a las partes y hace un intenso esfuerzo por permanecer equidistante de dichas partes en nombre de una supuesta ecuanimidad. Un historiador español llegó a señalar en el título de su libro, como si eso fuera un elogio, que su historia de España no iba a gustarle a nadie. Tenía razón…pero eso no significaba que su análisis fuera correcto.
  • Por último, se da el caso en que el historiador no es un historiador sino que ha vivido lo ocurrido en una de las partes y cuenta su experiencia particular ignorando si en el otro lado se daban situaciones parecidas. Es difícil criticar la posición de alguien que, por diversas circunstancias, se ha visto forzado a vivir situaciones trágicas o pretender una ecuanimidad en su posición.

Este fenómeno, que es claramente reconocible cuando se habla de historia, aparece en todo tipo de investigaciones donde puedan concurrir intereses a menudo contrapuestos con sus presiones correspondientes y, por ello, es esperable que nadie quede completamente satisfecho. Al mismo tiempo, la insatisfacción general no puede considerarse nunca como criterio de objetividad, ecuanimidad y como indicador, en suma, de haber hecho un buen trabajo. En el peor de los casos, podría ocurrir que todos los críticos tuvieran razón.

El criterio de “todo lo que se dice es cierto” no basta en ninguna investigación en la que entren en juego intereses políticos, económicos, empresariales o de cualquier otro tipo incluido el periodístico que, en manos de algunos, se resiste a que la verdad le estropee un buen titular. No entremos ya en casos de manifestaciones públicas dirigidas por la más supina de las ignorancias o de las desidias en el terreno documental.

Son demasiadas las situaciones en que, antes de que abra la boca o escriba una línea alguien, sabemos qué es lo que va a decir o escribir porque también sabemos cuáles son sus querencias, sus carencias o sus fuentes de presión. Si ese “alguien” ejerce como una mera correa de transmisión de intereses y presiones propios o ajenos, podemos ahorrarnos su lectura del mismo modo que, en muchos libros de historia, basta el nombre del autor para prescindir de su lectura. Se conoce el contenido antes de abrirlo.

La independencia del investigador en cualquier ámbito no garantiza la existencia de un buen criterio pero la dependencia sí garantiza que ese buen criterio, en caso de existir, será anulado por las presiones de distinto tipo que se puedan producir.

Las críticas no pueden inducir a un alegre “Ladran, luego cabalgamos” pero, al mismo tiempo, no se puede realizar una investigación centrada en el “qué dirán” intentando que nadie quede demasiado insatisfecho. En el ámbito de la historia, Stanley Payne es un autor al que tengo en alta estima. Sus fuentes no son necesariamente mejores que las utilizadas por otros pero se aprecia claramente que no toma partido y eso no significa el cultivo de la equidistancia o el intento de no molestar demasiado a alguien con poder suficiente para perjudicar al investigador.

No utiliza una obra para halagar o criticar a los actores que aparecen en ella ni menos aún para autojustificarse de errores u omisiones cometidos en obras anteriores y ésa, no el cultivo de la equidistancia, es la fuente de objetividad.

La diferencia real de este autor con otros es que evalúa hechos y no autores. No hay una doble vara de medir ni se enfatiza o disminuye la importancia de los hechos en función de quién los perpetre. Por desgracia, algo tan elemental como esto es poco frecuente, en historia y en muchos otros ámbitos.

Para que un proceso investigador aporte algo, además de conocimientos y documentación, es precisa una disposición clara a meter el dedo en el ojo de quien haga falta. A veces en el propio.

«Camino de servidumbre» de Friedrich A. Hayek

“Camino de servidumbre” es considerado por algunos como la biblia del liberalismo. Es un libro que tiene varias cosas sorprendentes:

En primer lugar, fue escrito en 1944, por un autor nacido en Viena pero acogido en Inglaterra donde vivió la II Guerra Mundial y que, con este libro, haría su primera incursión en el pensamiento político puesto que su ámbito de especialización era la economía.

Los dos ejes sobre los que gira toda la argumentación del libro son los siguientes:

  1. El nazismo y el fascismo no son una rareza sin raíces históricas ni una doctrina opuesta al socialismo sino que, por el contrario, constituyen una evolución lógica de éste con el que comparten muchos puntos de vista.
  2. La situación de la Inglaterra de 1944 tenía bastantes paralelismos con la Alemania de dos décadas antes, una Alemania en la que el nazismo habría resultado impensable, y existía el riesgo de que Inglaterra pudiera finalizar recorriendo un camino ideológico similar al alemán.

Desde la perspectiva de un lector actual, algunos peligros parecen ya conjurados y, en ese sentido, parecería que el libro carece de actualidad. De hecho, Hayek dedica gran parte del libro a atacar el colectivismo o planificación centralizada mostrando distintas derivadas que convierten a esta doctrina en una negación completa de la libertad individual en todos los ámbitos imaginables.

Precisamente es éste uno de los puntos de contacto principales que encuentra entre socialismo y nazismo, es decir, su querencia por un Estado totalitario. Además, Hayek, a través de numerosas citas de personajes de la época, mostrará como las fronteras entre ambas doctrinas eran muy permeables y los mismos personajes han podido pasar de uno a otro lado con relativa facilidad, cosa que no ocurría con los pensadores liberales.

Esa sensación de que el tiempo de este libro ha pasado contrasta con el hecho de que es un título que es cada vez oído con más frecuencia obliga a preguntarse por qué y, aunque haya partes del libro claramente desfasadas, aparecen otros elementos que dotan de una nueva actualidad al título de Hayek.

Hasta hace pocos años, la diferencia entre los partidos socialistas y partidos conservadores, sin que a los conservadores se les pueda atribuir la etiqueta de liberal como mostrará Hayek, podían considerarse relativamente escasas y, al margen de la dialéctica para consumo partidario en cada caso, se reducía a pocos elementos:

Los socialistas, aunque habían abandonado hace tiempo la idea de planificación centralizada, siempre han mantenido una querencia por la utilización del Estado como motor de la economía; esto implicaba detraer recursos de los bolsillos particulares en forma de impuestos para financiar infraestructuras y servicios públicos.

Los conservadores, por su parte, se encontraban más cercanos a la “mano invisible” de Adam Smith y pensaban que no hay nadie capaz de usar el dinero propio con tanta sabiduría como uno mismo y, en consecuencia, patrocinaban la doctrina del laissez faire.

Salvo en los casos de posiciones políticas extremas, ninguna de las dos posiciones tendría en principio por qué resultar repugnante y, así, surgiría el fenómeno de alternancia en el poder con una mayoría inclinándose hacia uno u otro lado en función de contingencias o situaciones de una época específica.

Habría que añadir que el concepto de liberalismo de Hayek no coincide en absoluto con el modelo conservador de un Estado pasivo ni, por supuesto, con el modelo socialista de un Estado hiperactivo aunque no llegue a los modelos colectivistas del pasado.

Hayek señala expresamente que no hay nada en los principios básicos del liberalismo que hagan de éste un credo estacionario; no hay reglas absolutas establecidas de una vez para siempre. El principio fundamental, según el cual en la ordenación de nuestros asuntos debemos hacer todo el uso posible de las fuerzas espontáneas de la sociedad y recurrir lo menos que se pueda a la coerción, permite una infinita variedad de aplicaciones. En particular, hay una diferencia completa entre crear deliberadamente un sistema dentro del cual la competencia opere de la manera más beneficiosa posible y aceptar pasivamente las instituciones tal como son. Probablemente, nada ha hecho tanto daño a la causa liberal como la rígida insistencia de algunos liberales en ciertas toscas reglas rutinarias, sobre todo en el principio del “laissez faire”.

Este párrafo tiene claras resonancias en el momento actual en que aún no se ha salido de una crisis financiera global, acentuada en España por la torpeza de gobernantes actuales y pretéritos, donde reguladores y auditores no han hecho su trabajo y han dado lugar a una situación de riesgo sistémico.

Sin embargo, aunque pinceladas como ésta se encuentren de plena actualidad ya que, si algo ha quedado claro es que ni el colectivismo ni el laissez faire funcionan, tendríamos que preguntarnos qué ha ocurrido o qué está ocurriendo en estos últimos años para que las referencias a Hayek estén creciendo como lo hacen en este momento. Baste como dato que la edición sobre la que se basa este comentario es una reimpresión de este mismo año lo que implica que el libro sigue siendo demandado.

Después de leerlo entero, cosa no muy difícil puesto que tiene 287 páginas de formato reducido dejando aparte las de referencias, he encontrado que las ideas que señalaba al principio como ejes centrales del libro no me dicen nada pero, al mismo tiempo, encontraba tantos elementos, como la transcripción literal más arriba, directamente aplicables al momento presente que casi he gastado un rotulador entero subrayándolo.

Es difícil que el marco global en que se sitúa el libro no sea actual y, sin embargo, muchísimas de las conclusiones particulares sí lo sean y sólo se me ocurren tres posibles opciones para que así suceda:

  1. Casualidad; Hayek observó fenómenos que se dan también hoy sin que tenga ninguna relación el contexto en que se producían entonces con el actual.
  2. Incoherencia de la política actual: Hayek extraía unas conclusiones que partían de unos principios y, a pesar de que éstos puedan haber desaparecido, el modelo de actuación de los partidos –específicamente, de los partidos socialistas- no se ha modificado con respecto al anterior y, como la gallina decapitada, han continuado corriendo sin cabeza.
  3. Hayek está equivocado y el modelo que da lugar a la actuación política no es el colectivista, es decir, Hayek ha captado acontecimientos pero no ha sido capaz de desentrañar la dinámica real debajo de los movimientos políticos.

La primera opción no encaja. Hayek no actúa como los adivinos lanzando anzuelos en distintas direcciones para ver por dónde acierta sino que siempre funciona en la misma dirección: La de avisar de un creciente poder de un Estado que quiere imponer sus propias normas a expensas de la libertad individual y donde la propaganda y el favoritismo de los colectivos afines al poder son los factores que marcan la pauta. Aunque Hayek veía estos fenómenos como resultado de una economía colectivista, nos encontramos en una situación donde los supuestos efectos son visibles pero no la causa a la que atribuye Hayek éstos.

La hipótesis de la incoherencia parece atractiva, sobre todo cuando se observa como partidos anteriormente colectivistas apuntan tendencias como las señaladas por Hayek, en particular, una férrea disciplina interna y una utilización de la propaganda donde el respeto a la verdad es cuestionable porque tal respeto se subordina a los fines del partido:

Con el esfuerzo deliberado del demagogo hábil, entra el tercero y quizá más importante elemento negativo de selección para la forja de un cuerpo de seguidores estrechamente coherente y homogéneo. Parece casi una ley de la naturaleza humana que le es más fácil a la gente ponerse de acuerdo sobre un programa negativo, sobre el odio a un enemigo, sobre la envidia a los que viven mejor, que sobre una tarea positiva.

…Si todas las fuentes de información ordinaria están efectivamente bajo un mando único, la cuestión no es ya la de persuadir a la gente de esto o aquello. El propagandista diestro tiene entonces poder para moldear sus mentes en cualquier dirección que elija y, ni las personas más inteligentes e independientes pueden escapar por entero a aquella influencia si quedan por mucho tiempo aisladas de todas las demás fuentes informativas.

Aunque este fenómeno sea claramente reconocible, es difícil de sostener la idea de incoherencia cuando, en casos como el español, el partido socialista renunció al marxismo, y por tanto, al colectivismo hace alrededor de treinta años y algo similar podría decirse de partidos como el socialista francés o el laborista británico. Podría sostenerse la incoherencia como hipótesis si el abandono del colectivismo hubiera sido relativamente reciente y los partidos tuvieran una inercia de funcionamiento interno. Treinta años después no tiene sentido sostener la incoherencia como hipótesis.

Por exclusión, tendríamos que llegar a la conclusión de que Hayek estaba equivocado, es decir, que ha identificado unos efectos y que éstos, dada la coherencia interna, proceden de algún punto común pero éste no es el colectivismo:

Uno de los puntos que ha permanecido a lo largo del tiempo, incluso después de desaparecida la tentación colectivista, es una concepción de igualdad no aplicada a las oportunidades sino a los resultados y posiblemente ésta sea una raíz mucho más profunda que el colectivismo y que conduce a iguales resultados a los que Hayek atribuye a este último.

El establecimiento de una igualdad en los fines implica o bien una degradación de éstos para ponerlos al alcance del menos dotado –como ocurre en el sistema educativo- o bien la implantación de una discriminación en los medios para asegurarse de que todos llegan hasta el mismo punto, como ocurre con las llamadas discriminaciones positivas y los sistemas de cuotas.

Esta visión de la igualdad entendida sobre los efectos en lugar de serlo sobre los medios implica arrebatar al ámbito de la libertad individual una parte de su libertad de acción a favor de la intervención estatal dirigida por los criterios de la clase política y éste, no el colectivismo, es el origen de los problemas que denuncia Hayek.

La doctrina liberal no implica la retirada del Estado sino que su intervención va dirigida a asegurar por todos los medios que existe la igualdad en cuanto a los medios pero no establece metas determinadas a las que deban llegar todos salvo en lo que se refiera a unos mínimos básicos que deban ir cubiertos por los mecanismos de protección de cada Estado. La doctrina socialista, antes colectivista, prefiere la intervención directa para asegurar que todos llegan a un punto predeterminado aunque, para ello, se tengan que violar la igualdad en los medios y el ámbito de la libertad individual.

Hayek señalaba que, una vez que se retira del individuo la capacidad de actuar conforme a lo que cree que le resulta más conveniente, la implicación directa es que el Estado debe realizar ese juicio por cuenta del individuo y decidir qué es lo mejor o cuál es el bien general ya que la decisión individual sobre su propio bien ha dejado de ser un criterio válido.

Aunque esto era referido a la toma de decisiones económicas en el marco de un sistema de planificación centralizada, el planteamiento es perfectamente válido cuando lo aplicamos a la doctrina socialista sobre la igualdad y a sus consecuencias sobre la libertad individual, aunque no exista una planificación económica centralizada.

Este modelo de igualdad defendido desde posiciones socialistas ha cambiado en muchos entornos los conceptos de qué es deseable y qué es rechazable:

No podemos censurar a nuestros jóvenes porque prefieran una posición asalariada segura mejor que el riesgo de la empresa…la generación más joven de hoy ha crecido en un mundo donde, en la escuela y en la prensa, se ha representado el espíritu de la empresa comercial como deshonroso y la consecución de un beneficio como inmoral, y donde dar ocupación a cien personas se considera una explotación pero se tiene por honorable el mandar a otras tantas.

Este modelo de igualdad en las metas ha modificado, por tanto, el ámbito de la decisión individual y, además de esta influencia indirecta, hay otra directa por la que las decisiones que cada uno tomaría en sus ámbitos de competencia pasarían a ser tomadas por una elite política que decidiría sobre qué es bueno y qué es malo para cada cual estableciendo todo un sistema de preferencias y determinando la existencia de grupos favorecidos y otros perjudicados por el poder.

La misma palabra verdad deja de tener su antiguo significado. No designa ya algo que ha de encontrarse, con la conciencia individual como único árbitro para determinar si en cada caso particular la prueba (o la autoridad de quienes la presentan) justifica una afirmación; se convierte en algo que ha de ser establecido por la autoridad, algo que ha de creerse en interés de la unidad del esfuerzo organizado y que puede tener que alterarse si las exigencias de este esfuerzo organizado lo requieren…

…El principio de que el fin justifica los medios se considera en la ética individualista como la negación de toda moral social. En la ética colectivista se convierte necesariamente en la norma suprema; no hay, literalmente, nada que el colectivista consecuente no tenga que estar dispuesto a hacer si sirve “al bien del conjunto”, porque “el bien del conjunto” es el único criterio para él de lo que debe hacerse.

Es aquí donde entraría el riesgo mencionado por Hayek cuando mencionaba que el nazismo surgía como un producto lógico del socialismo y no como un accidente histórico. Podríamos interpretar como un principio de acción y reacción anécdotas como el rearme –real, nada metafórico- de grupos paramilitares en Estados Unidos tras la elección de Obama o la deriva hacia posiciones de extrema derecha que se produce en algunos colectivos en otros países con gobiernos que entienden la igualdad como algo a aplicar sobre los objetivos.

Hayek explicaba la aparición del nazismo partiendo de posiciones socialistas en estos términos:

El conflicto entre el fascista o el nacionalsocialista y los primitivos partidos socialistas tiene que considerarse, en gran parte, como uno de aquellos que es forzoso surjan entre facciones socialistas rivales. No había diferencia entre ellos en cuanto a que la voluntad del Estado debía ser quien asignase a cada persona su lugar en la sociedad…pero, mientras los viejos partidos socialistas o las organizaciones laborales dentro de ciertas industrias no encontraban, generalmente, mayores dificultades para llegar a un acuerdo de acción conjunta con los patronos en sus respectivas industrias, clases muy amplias quedaban marginadas. Para ellas, y no sin alguna justificación, las secciones más prósperas del movimiento obrero parecían pertenecer a la clase explotadora más que a la explotada.

Aunque el libro está escrito en 1944, resultaría difícil no reconocer este párrafo como una descripción de una situación en que las elites sindicalistas toman decisiones cada vez más ajenas a sus propios problemas, más derivados de cuestiones como posicionamientos políticos, y cómo bajo el epígrafe de la “defensa de los trabajadores”, se defienden los derechos de aquéllos que se encuentran en una posición más favorecida arrojando al resto, las “clases muy amplias marginadas”, a una situación de desesperación que no puede cubrirse por los mecanismos de protección del Estado una vez superado un límite.

La rebelión nazi no se generó en una clase burguesa sino en una clase trabajadora que se sintió maltratada por el poder que tenía “SU” propia clase trabajadora a la que mimaba en detrimento del resto.

Cuando examinamos las prácticas actuales, es fácil ver cómo se producen acciones que podrían inscribirse en el ámbito de la propaganda como el tratamiento favorable de grupos organizados cuanto más ruidosos mejor o la concesión de derechos o el tratamiento como tales de factores muy visibles pero que afectan poco al funcionamiento real de la sociedad.

Con estas prácticas, puede venderse con cierta facilidad una idea de progreso en el ámbito de la libertad individual, utilizando como propagandistas propios a los grupos favorecidos por el poder que, a cambio de los favores recibidos, se dedicarán a vender las excelencias del gobierno a quien tanto le deben.

Una utilización hábil de la propaganda, incluyendo factores como los apuntados, puede disfrazar temporalmente una situación donde el mantenimiento de los privilegios de los afines implique el desamparo de amplias capas que, sencillamente, son ignoradas haciendo que su descontento suba hasta provocar una situación explosiva.

No es necesario, como señala Hayek, una política de planificación centralizada para que estos efectos se produzcan como se produjeron en Alemania dando lugar a uno de las dos grandes catástrofes humanas producidas en el siglo XX. Lo que sí es necesario es una pérdida de respeto por el concepto de que cada uno es quien mejor sabe qué es lo que le interesa o, en los términos de Hayek, averiguar cuál puede ser el mejor uso de las fuerzas espontáneas que se encuentran en una sociedad libre y otra pérdida de respeto igualmente grave con el concepto de igualdad de oportunidades en aras de una hipotética igualdad en los resultados.

La situación explosiva resultante de estos factores más que del colectivismo conduciría como una evolución al nazismo. Hoy, la situación de bastantes países conducidos con idénticos criterios tiene también muchos elementos explosivos. No está presente, como ocurría en el caso alemán, la situación producida tras la derrota en la I Guerra Mundial y la ruina consiguiente pero, a cambio, existen otros elementos nuevos que, en nombre de un relativismo incluso en temas de derechos humanos básicos vendido como respeto al otro, están permitiendo que se produzca una situación como la descrita por Gibbon en su obra The Decline and Fall of Roman Empire.

A estas alturas, los resultados del colectivismo o, en general, de cualquier forma de planificación económica centralizada son suficientemente conocidos como para que puedan representar una amenaza seria y sólo un sectarismo o un desconocimiento extremos de algún dirigente político clave podrían conducir a la reaparición de un peligro ya desaparecido. Sin embargo, no puede decirse lo mismo del concepto de igualdad sustentado por los otrora colectivistas:

Una igualdad entendida como algo a perseguir en los resultados en lugar de hacerlo en los medios y que, en consecuencia, trate de forzar que todos obtengan lo mismo y no que todos tengan iguales oportunidades de obtener algo, no necesariamente igual, y que se definirá por la capacidad, el trabajo y la suerte de cada uno  tiene aún hoy fácil venta bajo la falsa etiqueta de idealismo pero su puesta en práctica produce idénticos efectos a los del colectivismo ya que, al igual que éste, obliga a forzar una desigualdad en los medios desde las posiciones dirigentes. El punto hasta donde cada uno puede llegar no dependerá ya de capacidad, de trabajo y ni siquiera de suerte sino de la sacrosanta voluntad del funcionario o político al que se ha otorgado el poder de decisión sobre ese punto en particular.

Adórnese ese concepto de igualdad con una habilidad propagandística bien desarrollada, unos grupos de interés fieles y un relativismo extendido incluso a temas que entran en el ámbito de los derechos humanos y tendremos una síntesis de la situación actual…o tal vez de la que Hayek denunciaba en 1944 y con unos peligros parecidos a los de aquella época si no superiores, al menos en algunos apartados.

El Watergate climático o «Climategate»

¿Será casualidad que coincidiendo con el estallido del escándalo, Al Gore ha excusado su asistencia a uno de sus actos modelo telepredicador en la Cumbre de Copenhague?

Había razones más que suficientes para tener dudas sobre que el calentamiento global fuera global y, además, que estuviera generado por la actividad humana pero el estallido del Climategate levantado por el Washington Post con un artículo titulado In the trenches on climate change http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2009/11/21/AR2009112102186.html?nav=hcmodule ha alcanzado resonancias similares a las que tuvo el caso Lysenko cuando, por decreto, se estableció que los geneticistas estaban equivocados porque así lo requería la visión oficial «progresista» de la ciencia. En todo lo relativo al calentamiento global, nos hemos encontrado con algo similar: Las voces discrepantes han sido enviadas a las tinieblas exteriores e incluso en lugares como Youtube pueden encontrarse posiciones de particulares sobre la versión «oficial» como la recogida aquí:  https://factorhumano.wordpress.com/2007/11/22/calentamiento-global-¿realidad-o-ficcion/

No se puede decir que  no hubiera indicios de que, bajo todo el ruido mediático, estaba latiendo algo que más se parecía a una religión o a un credo político que a una posición científica. Aquí mismo pueden encontrarse algunas referencias a contracorriente como la Guía políticamente incorrecta del calentamiento global http://wp.me/p2htU-3X o un curioso libro extensísimamente documentado con referencias científicas de Michael Crichton titulado State of Fear o incluso el Planeta azul, no verde de Vaclav Havel http://wp.me/p2htU-7C .

Lo que deja claro el asunto ahora levantado por el Washington Post es que hay un lobby de personajes que se han hecho multimillonarios con el espantajo del cambio climático y, como sucede siempre que se mezclan el oportunismo político, económico o ambos en cuestiones científicas, al final quien sale perjudicada es la ciencia misma.

El hecho de que se haya estado ocultando información que apuntaría en sentido contrario al supuesto calentamiento global producido por la actividad humana, que esto fuera descubierto hace meses por un hacker y que medios como la propia BBC no se hayan atrevido a publicar esta información porque saben que les iban a echar encima los perros mediáticos es muy grave. Se han desviado durante años ingentes cantidades de dinero que habrían sido mejor utilizadas para otros fines -por ejemplo, paliar el hambre o las enfermedades- y que han ido a parar a objetivos inútiles cuando no a los bolsillos de los promotores del invento.

El que se haya descubierto a esta panda de «megachorizos» capitaneados por su apóstol dedicado a dar conferencias multimillonarias debería invitar a que, de una vez, todo lo relativo al cambio climático, real o inventado, natural o generado por la actividad humana se trajera de nuevo al terreno de donde nunca debió salir, esto es, al científico y no permitir que los políticos metan ahí las manos.

Hasta ahora, lo único que sabemos de cierto con respecto al entorno es una verdad muy simple: Cuanta menos mierda le echemos encima, mejor. La película del cambio climático en los términos presentados por los ahora descubiertos es «una verdad incómoda» pero no la que ellos nos han estado vendiendo. La Real Academia Española tiene un bonito lema «Limpia, fija y da esplendor» y los propagandistas han tratado por todos los medios de fijar y, sobre todo, de dar mucho esplendor. Ahora toca limpiar.

Crucifijos en las escuelas públicas, sensibilidad e hipersensibilidades

Partamos de un hecho: Estamos en un estado laico. A partir de ahí, y sin que esto represente el menor atentado o falta de respeto a la libertad religiosa, podría esperarse razonablemente que las instalaciones públicas no exhibieran signos externos de ningún culto. Cierto que, a pesar de la laicidad del Estado, existe una mayoría católica en España pero, si se me permite la irreverencia, la razón de la mayoría podría igualmente justificar el que en instalaciones públicas pudieran exhibirse posters de equipos de fútbol.

Los centros privados son otra cosa; tienen su ideario y, por tanto, colocan los símbolos que les apetece aunque, gracias a la ausencia de libertad de elección de centro, en España tenemos todavía una complicación más: Los centros concertados. Si en lugar de un sistema de baremos, cada uno pudiera elegir el centro en que escolariza a sus hijos público o privado, no tendría razón de ser el invento de los colegios «concertados», una especie de híbrido de propiedad privada y financiación pública que, si desapareciera y se permitiera la libertad de elección, desaparecerían muchos problemas.

Dicho esto, tengo que añadir también que, aunque los crucifijos no sean santo de mi devoción -nunca más adecuada la expresión- tampoco me molestan. Entiendo que haya personas que puedan tener una sensibilidad más exquisita que la mía pero ya fastidia que los excesos de sensibilidad siempre vengan por los mismos sitios.

Al parecer, los crucifijos son muy ofensivos para las sensibilidades exquisitas pero, en cambio, todos nos tenemos que conformar con la ausencia de libertad para la elección del centro donde escolarizar a nuestros hijos y optar por el centro público o concertado que nos toque u optar por un centro privado…sin dejar por ello de financiar el sistema público de enseñanza que no usamos.

Hace sólo dos días se armó el gran escándalo porque un obispo dijo una misa con una bandera preconstitucional detrás. Añadiré que a mí también me molestó, no sólo la bandera sino la conversión de un homenaje a las víctimas de la masacre de Paracuellos en un aquelarre de la extrema derecha. Las víctimas de la guerra, se hayan producido en Paracuellos o en los bombardeos masivos de Guernica o Cabra, son víctimas de todos y es impresentable que alguien las pretenda patrimonializar políticamente.

No obstante, no era éste el motivo por el que se escandalizaban los «hipersensibles oficiales» sino porque el uso de la bandera preconstitucional implicaba una exaltación del franquismo. Aceptémoslo pero, cuando esos mismos escandalizados sacan de paseo de vez en cuando algo tan preconstitucional como la bandera republicana pierden toda legitimidad para la protesta. La defensa de la república como forma de Estado es perfectamente legítima, tanto más vista la cuestionable utilidad de la monarquía, pero la bandera de la II República española nos retrotrae a una de las épocas más negras de nuestra historia reciente. Si lo que quieren es demostrar su querencia republicana, no necesitan cambiar de bandera pero, si quieren hacerlo, pueden utilizar la de la I República…¿o lo que se pretende no es manifestar la adhesión a la república como modelo de Estado sino a ESA república?

No es éste el único caso. Hace escasos días, el uso de la palabra «equidad» ha sido interpretado por algunos políticos nacionalistas como «un ataque a Cataluña». ¿Cabe mayor despropósito?

Volviendo al punto de inicio, creo que hay razones objetivas para que no existan símbolos religiosos en las instituciones públicas de un Estado laico pero, cuando la protesta más ruidosa al respecto viene de gente que aprecia por encima de todo la ley del embudo, como en los casos comentados, al igual que Woody Allen decía que al escuchar a Wagner le daban ganas de invadir Polonia, a mí me dan ganas de decir misa desde el balcón de San Pedro.

¿Hablamos de piratería o hablamos de falta de habilidad comercial y de robo?

Comenzaré por admitir que no me inspira la menor simpatía la SGAE. Un organismo que se supone que gestiona los derechos de autor sin que jamás se haya conocido cuáles son los criterios de reparto es digno de toda sospecha y, por mucho que se autodenominen «la gente de la cultura» y tengan el favor del gobierno, la razón para la sospecha existe. Por añadidura, esa sospecha se transforma en certeza cuando se han presentado con su particular «cobrador del frak» pretendiendo cobrar derechos de autor de obras en las que tales derechos no se le podían transmitir a nadie como, por ejemplo, en unas sevillanas del siglo XVI.

También hay que admitir que no es justo pedirle a alguien que desarrolle un tipo de actividad, sea musical, cinematográfica, literaria o lo que sea, renuncie al producto de su obra y que ésta pueda estar accesible para todos by-fhe-face. Dicho de otro modo, autores sí pero bandas de chorizos, con o sin patente de corso gubernamental, no.

No voy a negar -ni afirmar porque nunca se sabe hasta dónde puede llegar la cosa- que haya hecho descargas por la red. Sin embargo, sí tengo que decir que me encuentro entre los muchos que preferirían que hubiera un lugar de Internet desde el que se pudiera tener acceso virtualmente a cualquier obra , con una buena calidad de audio o video, y a un precio razonable antes que  recurrir a una descarga gratuita donde, a menudo, una descarga de Bambi puede concluir habiéndose descargado una película de porno duro. Ahí sí tengo que admitir que, como una broma para adolescentes, cambié en una ocasión el nombre a una canción poniéndole un título tan atractivo para ese colectivo como The whore who gave birth to them supuestamente interpretada por uno de los conjuntos de moda y, sin embargo, el fichero era una conocida canción española sobre las aventuras de un toro de especial belleza 🙂

Es difícil ponerle puertas al campo y, por mucho que un gobierno se empeñe en favorecer a sus incondicionales, siempre van a existir programas de ocultación de IP de modo que no se sepa quién está descargando material. En el terreno literario, la aparición del libro electrónico -aún caro y pequeño pero eso cambiará- también va a suponer una innovación importante: Un libro bajado de la red va a ser más fácil de leer en una pantalla mucho más cómoda que la del ordenador y, por tanto, puede representar una amenaza para el libro de papel comprado en la librería.

Sin embargo, una cosa es la dificultad de control y otra cosa es que ésta deba consagrar un principio según el cual no se respeta la propiedad intelectual de los autores. Insisto en que este principio de respeto no es trasladable a las entidades gestoras, dignas de toda sospecha cuando no de certeza.

Lo que está fallando en todo esto es la habilidad comercial y la capacidad para explotar nuevos canales de venta. Ya hay portales de música que permiten descargar legalmente y a bajo precio música en formato MP3 pero esto, y lo mismo referido a películas o libros, tendría que generalizarse mucho más. Una calidad garantizada junto a servicios como poder escuchar la música o ver las películas seleccionadas en cualquier parte y a través de Internet podrían representar un incentivo importante.

Ahora mismo, tenemos presentes dos modelos de negocio opuestos: El de Microsoft y el de Google. Microsoft está cobrando por algo que Google da gratis y, sin embargo, esto no significa que Google no obtenga beneficios e incluso la próxima aparición del Chrome OS y la posible liberación que muchos sentirían abandonando el Windows es algo que preocupa seriamente a Microsoft.

¿Por qué se empeñan en unos formatos que cada día van a resultar más marginales en lugar de utilizar la red como un lugar preferente de venta? ¿Por qué en lugar de perseguir algo que no van a poder perseguir, pese a quien pese, no cambian sus modelos comerciales? Pagar 20 euros por un DVD es un robo; bajárselo de las redes P2P evitando el pago, también.

Busquen canales de comercialización alternativos. La amenaza de cortar la conexión a Internet sólo puede favorecer a una ya odiada panda de corsarios -por aquello de la patente de corso concedida por el gobierno- a la vez que cabrea a muchísima gente. No es ése el camino.