Categoría: Behavioral Economics

Capital intelectual: Una nueva moda

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Este artículo fue publicado en el momento de toda la efervescencia del capital intelectual en Training and Development.  En el momento de escribirlo, recuerdo que andaba indignado por haber coincidido con uno de los santones de la nueva moda, Leif Edvinsson, en un congreso y haber recibido una respuesta totalmente absurda a una pregunta.

La respuesta mostraba hasta qué punto todo o casi todo lo que había debajo de la noción misma de capital intelectual era puro humo y, puesto que el artículo no menciona el hecho, lo relato a continuación:

Puesto que el capital intelectual estaba siendo entendido como la diferencia entre el valor en libros y el valor de mercado, le pregunté a Edvinsson cómo calculaba el capital intelectual de una empresa cuando, por una crisis global, sectorial o incluso referida a la propia empresa, el valor de mercado descendiese por debajo del valor en libros. La respuesta de Edvinsson fue, a la vez, simple y simplista: En ese caso, el capital intelectual es negativo.

Hacia una formación de base (publicado en ABC)

¿Funciona el e-learning?

sobre-el-e-learning.pdf

El fichero adjunto es un artículo que publiqué hace tiempo aunque creo que los planteamientos en que se basa no han cambiado.

Es cierto que, de entonces ahora, la experiencia se nota y se van haciendo modificaciones aparentemente pequeñas que facilitan las cosas.

Cuando publiqué el artículo, estaba metido de lleno en la experiencia online de la Fundación EOI y hoy lo estoy en la del Instituto de Empresa encontrando mejoras importantes pero la permanencia de valores básicos en el e-learning cuando se quiere mantener una calidad equiparable a la formación presencial.

La mayoría de las acciones son asíncronas pero, cuando no lo son, el despliegue tecnológico actual es muy superior al que representaba un mero chat conservando la característica de poder funcionar con anchos de banda moderados. Por otro lado, en las acciones asíncronas, la limitación del número de participaciones elimina mucho ruido en los foros y es una forma de forzar la calidad.

En suma, igual que en el momento de publicar el artículo, hoy sigue siendo una apuesta de calidad actualizada tecnológica y metodológicamente pero apoyada en similares principios.

Investors in People

Normas sobre responsabilidad social SA-8000

Career Anchors revisited by Edgar H. Schein (Anclas de carrera): Una teoría distinta de la motivación en el trabajo

career-anchors-revisited-by-edgar-h-schein.pdf

Posiblemente uno de los mejores modelos que hay de motivación porque huye de la idea del «café para todos» y discrimina en función de intereses personales.

La pregunta «¿Qué motiva?» es absurda si no se repregunta previamente «¿A quién?». Schein entra en ese terreno y lo hace con claridad y brillantez.

Una de «mobbing»

Con mucha frecuencia el «mobbing» lleva al «moving» como hay gente que lo llama y ayer me contaban uno de esos casos.

Una persona, bien situada profesionalmente en una fundación, tenía que organizar un concurso cuyos ganadores recibirían una generosa aportación económica. Una vez preparadas todas las condiciones del concurso, su jefe le «notifica» los nombres de los ganadores con lo que sólo quedaba salir y dar a conocer la buena nueva a los agraciados.

Como habría hecho cualquier persona normal en su puesto, se negó y los ganadores fueron los que correspondía de acuerdo con los criterios iniciales, resultado que no pareció encantar al jefe y modificándose sustancialmente la relación desde entonces.

Desde ese momento, toda ocasión fue buena para tratar de desacreditar -y de hacer desaparecer del mapa- a la persona que, repentinamente, se había convertido en conflictiva. Había elementos suficientes, por ejemplo emails, para que una denuncia por «mobbing» pudiera haber prosperado y, sin embargo, esa denuncia nunca se presentó y la persona afectada acabó abandonando la organización.

¿Por qué ocurre esto? Lamentablemente, la respuesta es muy sencilla: Porque la persona afectada sabe que, de haber presentado la denuncia, se habría colgado a la espalda el sambenito de «conflictiva» que le dificultaría extraordinariamente conseguir otro puesto de trabajo.

Hace tiempo, un buen amigo me comentaba que en el área de Recursos Humanos trabajamos con una especie de ley de la omertá y aunque él lo aplicaba a otro terreno -los consultores o directivos que son unos reputados golfos, que todo el mundo lo sabe y que, sin embargo, medran gracias a una discreción mal entendida- es perfectamente aplicable a estos casos.

Con la vehemencia que caracteriza al personaje, me decía en una reunión llena de gente y en un tono de voz suficiente para hacer que alguno se volviera: «Estos tíos son unos hijos de p… y no hay que callarse; hay que decirlo».

Muy probablemente ésa es la solución: La discreción mal entendida deviene en omertá y ocurren cosas de las que todos acabamos convirtiéndonos en cómplices.

¿Podemos sustituir el «know-why» por el «know-how»?

http://www.callcentermovie.com/movie/movie2.html

Éste es un buen -y divertido- ejemplo de lo que ocurre cuando se comete ese error.

Es cierto que, a medida que los sistemas de información ganan posibilidades de «supremacía instrumental» (Luhmann) podemos permitirnos trabajar con gente menos cualificada sin que aparentemente pase nada.

Uno de los sitios donde se ha aplicado más esa regla es, precisamente, en los «call-center» de muchas grandes empresas con un enorme deterioro sobre la calidad de atención.

El vínculo apunta a un video sumamente divertido y que parodia lo que ocurre cuando alguien está operando con manuales y un menú en pantalla pero no tiene la más remota idea sobre qué está hablando.

El fenómeno se produce en muchos más sitios y, en este mismo blog, puede encontrarse un «post» sobre el neotaylorismo del que el video es una parodia no exenta de razón.

Este fenómeno se está llevando a los terrenos más inverosímiles y, por supuesto, de mucha más trascendencia que un «call-center». Aquí se encontrarán artículos sobre la aplicación de ese mismo principio al transporte aéreo pero, hace sólo unos días, saltaba a la prensa un caso que habría puesto a cualquiera los pelos de punta: La crisis de los misiles en Cuba.

Si se busca en Google por «crisis de los misiles», se encontrarán nada más que 61.800 referencias, la mayoría de ellas claramente dirigidas por la intencionalidad política de uno u otro signo. Sin embargo, sólo recientemente salió a la luz la existencia durante la crisis de mecanismos automáticos que habrían supuesto, también automáticamente, el inicio de la III Guerra Mundial.

Los hagiógrafos de Kennedy sostienen que éste disponía de una información privilegiada gracias a un espía -Oleg Penkovsky- y que por eso mostró una determinación que le haría aparecer como el triunfador que permitía salvar la cara al otro lado.

Parece ser que Oleg Penkovsky no fue tan eficaz como pretendía esa versión ya que no informó de un insignificante detalle ahora sabido: En la hipótesis de un corte de comunicaciones entre Moscú y el centro de control de los misiles, las órdenes de este centro eran de lanzamiento inmediato.

Curiosamente, los norteamericanos habían estado barajando la posibilidad de un bombardeo sorpresa con el objetivo de…cortar las comunicaciones y, de esta forma, romper la cadena de mando evitando que los misiles pudieran ser lanzados.

¿Cuántos automatismos -por procedimiento o por tecnología- hay preparados para evitar el trabajo de pensar o, mejor aún, para evitar la necesidad de que haya alguien que piense? ¿Cuántos desastres están esperando su oportunidad para ocurrir por eso mismo?

Los «call-center» son un ejemplo benigno; la crisis de los misiles es otro ejemplo mucho menos benigno y, entre esos dos, millones de otros ejemplos que tratan de prescindir de aquello que hace a las personas comportarse como personas y que, al parecer, perturba un orden establecido, supuestamente garante de que nada va a ocurrir.

Algunas aclaraciones de conceptos de moda


Llevamos ya una temporada donde se juega con conceptos como capital intelectual, inteligencia emocional, cuadro de mando o gestión del conocimiento y a cuya mera mención se le atribuyen cualidades casi mágicas.

 

Pocos se han ocupado de ver qué aportan y qué llevan debajo todos esos nombres, si es que realmente llevan algo, contribuyendo a hacer ruido y a devaluar conceptos que podrían haber aportado algo.

 

Empecemos por la ya manida inteligencia emocional: La idea de que la inteligencia emocional es mucho más importante que la, al parecer, pasada de moda inteligencia racional es sencillamente falsa; no puede jugarse con porcentajes y decir que la inteligencia emocional es causante de un 60% o un 80% o lo que sea del éxito y que, por tanto, es más importante que la inteligencia tal como suele entenderse.

 

En primer lugar, el éxito es un cajón de sastre que incluye muy diversos factores, entre ellos, estar en el momento adecuado en el lugar justo y, puesto que lleva una serie de aspectos de tipo contingente, es difícil que puedan establecerse variables fijas como responsables de tal éxito.

 

En segundo lugar, la llamada inteligencia emocional puede ser importante para el éxito en determinados puestos PERO EL ACCESO A ÉSTOS SE PRODUCE GRACIAS A LA INTELIGENCIA GENERAL. No todos podemos correr los 100 metros en 9 segundos; evidentemente hay factores diferenciales pero no debemos olvidar que esos factores se superponen sobre otros que a su vez han sido diferenciales. La inteligencia general facilita el acceso a un puesto pero, en realidad, me da simplemente unos mínimos. Para que todo funcione, se precisa la “inteligencia emocional”.

 

¿Tendría sentido decir algo así como: “La inteligencia emocional es responsable en un 80% de su éxito como investigador, supuesto que tenga Vd. un cociente intelectual de 180 o superior”?  Es, evidentemente, una condición sobre otra condición pero los que se han quedado pegados a la idea de inteligencia emocional prefieren olvidar la condición inicial (C.I. 180) y darla por supuesta.

 

Sobre el capital intelectual, puesto que se publicó ya en ICTNET un artículo, previamente publicado en “Capital Humano” sobre la aritmética-ficción en que se basa ese concepto, no incidiré más en ello pero tal vez merezca la pena su comparación con el cuadro de mando de Kaplan y Norton.

 

En la edición en español del libro de Kaplan y Norton, titulada “Cuadro de mando integral” se citan sus elementos constituyentes:

 

  1. Formación y crecimiento.
  2. Procesos internos.
  3. Clientes.
  4. Finanzas.

 

Por su parte, el capital intelectual es un concepto que puede aportar algo de luz hasta el momento en que empieza a dedicarse a cuantificar de la forma más burda imaginable; sus componentes son también conocidos:

 

  1. Capital humano.
  2. Capital estructural.
  3. Capital relacional.

 

¿Estaríamos torciendo mucho los conceptos si hacemos las equivalencias siguientes?:

 

  • Formación y crecimiento   =             Capital humano.
  • Procesos internos               =             Capital estructural.
  • Clientes                                =             Capital relacional.

Además de esto, el modelo de cuadro de mando incluye las finanzas que, nos guste o no, representan un agente posibilitador de captar y formar a la gente óptima, de mejorar los procesos y, llegado el caso, de mejorar la relación con los clientes.

 

No voy a caer en el mismo error que criticaba al concepto de “inteligencia emocional” y decir ahora que las finanzas son lo más importante; simplemente, si un modelo me aporta tres variables útiles y otro modelo me aporta las mismas más otra ¿no deberé quedarme con el segundo y olvidar el primero?

 

Hay un elemento más y, tal vez, más importante: La idea de capital intelectual nació con el propósito de medir intangibles mientras que el cuadro de mando nació con la idea de controlar y conocer el estado de una organización. Esto implica una diferencia fundamental: Las herramientas de información y control internos pueden ser cambiadas ajustándolas constantemente a circunstancias cambiantes; si, por el contrario, trato de utilizar sistemas de medidas para dar información a terceros ¿aceptarán cambios en las variables que se evalúan y en los criterios de evaluación?

 

 Si es así, en este momento puedo darles la receta para conseguir una inflación cero en países que tengan fuertes tendencias inflacionistas: Modificar las variables que se valoran y sus ponderaciones. ¿Absurdo? Por supuesto que sí. Cada vez que se realice un cambio ¿cómo sabemos si responde a cambios de entorno o a un propósito de “maquillar” malos resultados?

 

Los sistemas de información internos son cambiantes cuando dejan de ser útiles; los sistemas de información destinados al exterior son mucho menos susceptibles de cambiar pero eso tiene una solución: Explíquese en palabras absolutamente claras cuál es la opinión que un individuo o una empresa contratados para el proceso evaluativo tienen sobre la organización evaluada; no se oculten tras una falsa imagen de objetividad provista por el lenguaje numérico y digan su opinión, asumiendo el riesgo de equivocarse, en palabras claras.

 

 Éste es el reto que no ha querido recoger el capital intelectual y se ha refugiado tras absurdos y complejos sistemas de variables. Éste es también el reto que no necesita recoger el cuadro de mando porque se trata de una herramienta para uso interno, lo que le da una flexibilidad infinitamente mayor.

 

La gestión del conocimiento también está de moda; hay quien habla de gestión de conocimiento y nos da una conferencia sobre correo electrónico o Internet, otros nos hablan sobre motivación, trabajo en equipo, etc. y otros sobre formación pero todos ellos coinciden en algo:

 

La gestión de conocimiento es la última novedad. Falso.

 

Existe gestión de conocimiento desde que somos capaces de transmitirles información a otros y de conseguir que esa información adquiera un carácter acumulativo. ¿Seríamos capaces de construir el vehículo que conducimos o el  PC con el que escribimos? ¿Cómo se le llama a ese proceso de distribución ordenada y acumulativa de información? ¿No se ha gestionado conocimiento para llegar ahí? Cuando un trabajador experto enseña el oficio a un aprendiz para que tome el relevo ¿no está también gestionando conocimiento?

 

En realidad, la gestión de conocimiento no es nueva; simplemente, se ha realizado de forma intuitiva mientras el conocimiento no ha sido un factor clave para la competitividad; lo que ha cambiado es otra cosa:

 

 La velocidad a que se genera nuevo conocimiento deja rápidamente obsoletas a tecnologías y formas de hacer negocio.

 

Si no podemos apoyarnos en una barrera de entrada bien establecida, todo lo que podemos hacer es mantener nuestra capacidad para generar constantemente novedades. Cuando llegamos ahí, la capacidad de generar y utilizar nuevo conocimiento llega a ser la clave de la competitividad; es entonces cuando la gestión de conocimiento, que siempre ha existido, empieza a requerir de nuevos medios y exige ser organizada de forma que va más allá de lo intuitivo.

 


Si la idea es tan simple, y lo es ¿qué objeto tiene generar confusión entre la gestión de conocimiento y las herramientas de que se vale? Hasta el momento, que se sepa, ningún contable ha confundido un balance de situación con un programa de hoja de cálculo, por mucho que este último sea imprescindible para conseguir realizar el balance.

 

Este tipo de error se admite con la mayor de las alegrías cuando el tema que se trata es la gestión del conocimiento, en algunos casos, por mero oportunismo comercial y en otros por mero nominalismo. A estas alturas, son probablemente muchos los que han asistido a conferencias donde, mientras les hablaban de otra cosa, ocasionalmente incluían alguno de los conceptos mencionados antes fuera de contexto y sin justificación alguna para su uso…salvo que están de moda.

 

A título de hipótesis, parece que, del mismo modo que nos hemos acostumbrado a la comida-basura o a la televisión-basura, nos hemos acostumbrado a los conceptos-basura. La idea de profundizar para saber qué es lo que hay debajo de un concepto o qué fallos garrafales lleva es desdeñada por ser una cosa de “teóricos”; como somos muy importantes y muy prácticos, preferimos que nos den la receta sin preocuparnos mucho por la calidad de los ingredientes.

 

La consecuencia es la utilización masiva de conceptos como los anteriores sin unos mínimos de análisis crítico y limitándonos a ser un eco de supuestas tendencias que pueden no serlo por no tener nada en qué sustentarse. Este escrito no es otra cosa que un modesto, y probablemente inútil, intento de dar un paso en la dirección contraria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Inteligencia ejecutiva (Justin Menkes)

Uno de los pocos libros de la hipertrofiada industria editorial del «management» interesantes.

Ganaría más si suprimiera algunas de las «historias ejemplares» y, a cambio, articulase un poco mejor la parte conceptual pero, al margen de esos pequeños problemas, vale la pena su lectura.

Para entrar más en detalle, tiene el mérito de recuperar como criterio de selección la vieja inteligencia (sin apellidos) señalando como incluso una mera prueba de C.I. puede ser mejor predictor del rendimiento que muchas de las pruebas actualmente al uso.

En particular, el autor señala que la inteligencia ejecutiva tiene tres componentes, uno relativo a la tarea, otro a la interacción y otro al conocimiento de uno mismo.

El autor ataca dos vacas sagradas como son la tan de moda inteligencia emocional y las entrevistas por competencias.

En un artículo recién subido a este mismo blog, publicado hace tiempo en «Training and Development»

https://factorhumano.wordpress.com/2007/04/06/algunas-aclaraciones-de-conceptos-de-moda/

puede encontrarse un argumento en contra de la «inteligencia emocional» consistente en que la «inteligencia racional» es un criterio de acceso a puestos y, sólo una vez que se supone un nivel de inteligencia alto, podemos establecer otros criterios como factores de éxito. La gran estafa de la inteligencia emocional está, por tanto, en que afirma ser origen de un 80% del éxito profesional cuando, para acceder a la posición que permita que la «inteligencia emocional» opere como factor de éxito, se necesita una elevada inteligencia racional, común o como queramos llamarla.

El autor de Inteligencia Ejecutiva se limita a señalar que la inteligencia es mejor predictor de éxito.

En cuanto a la entrevista por competencias, el autor señala que sirve para discriminar conocimiento pero no inteligencia y recurre incluso a la comparación del conocimiento con el disco duro de un ordenador y aquí hay puntos muy discutibles:

El propio autor utiliza, para reforzar su punto de vista, el ejemplo de «Rain Man» y la memoria fotográfica de su protagonista para reforzar la idea de la memoria como un mero disco duro de un ordenador.

A los pedagogos, este planteamiento les recordará la vieja discusión sobre qué es más adecuado, contenidos o procesos. Ya entre los propios profesionales de la materia se encontrarán algunas voces discordantes

https://factorhumano.wordpress.com/2006/11/22/panfleto-antipedagogico/donde el autor, entre otros temas, señala cómo los procesos sin contenido quedan en el vacío.

Algunos estudiosos de la inteligencia como Jeff Hawkins

https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/on-intelligence-jeff-hawkins/

critican este mismo planteamiento desde otro punto de vista: La memoria no es un mero almacén sino que implica la existencia de un conjunto de estrategias de almacenamiento y de recuperación y algo más: A diferencia de los ordenadores, no tenemos reglas generales para aplicar a las situaciones sino que vamos acumulando casos particulares y vamos viendo cuál es de aplicación a una situación nueva.

Éste -la contraposición entre conocimiento e inteligencia- es quizá el fleco peor resuelto del libro que, al final, conduce al autor a una «solución»: La entrevista por competencias preguntando por qué se tomó la decisión en cada uno de los incidentes críticos utilizados o añadiendo supuestos a modo de examen.

Hay, por tanto, un desarrollo interesante aunque tenga elementos discutibles y una solución final que no lo es tanto. Como suele suceder, esto último se explica por motivos meramente comerciales: El libro es utilizado como plataforma comercial para vender la solución de evaluación de ejecutivos utilizada por un head-hunter (Spencer Stuart) con quien el autor tiene un estrecho contacto.

A pesar de ello, si suprimimos los «minutos de publicidad», el libro vale la pena.