Categoría: Behavioral Economics
Huelgas pactadas y modelo sindical español
Por mucho que se quiera, es difícil de tomar en serio una huelga cuando sus promotores van de la mano de aquél que, supuestamente, tendría que ser el más afectado por ella. Llegar al extremo de «¿cuándo te viene mejor la huelga, José Luis?» y aplazarla para evitar la coincidencia con la presidencia de la Unión Europea, coincidencia expresamente buscada cuando el partido en el poder era menos amigo, es algo que deja en evidencia un hecho conocido: Que los grandes sindicatos son correas de transmisión de algunos partidos políticos y que no tienen entidad propia
Friedrich Hayek en su «Camino de servidumbre», lectura que sería de gran interés en «Educación para la ciudadanía» junto con algunas otras, comentaba cómo el nazismo apareció en Alemania no como el aliado díscolo de la burguesía o de los grandes capitalistas sino como consecuencia del descrédito de los sindicatos en una situación de desempleo extremo: La gente desesperada acabó por ver a los sindicalistas y a aquéllos a los que éstos defendían -los que tenían un trabajo seguro en las grandes empresas- como una especie de élite con la que ellos no tenían nada que ver y acabaron cayendo en lo que creyeron que era una alternativa: El nazismo no nació en la puerta de servicio de las grandes mansiones sino en los barrios de chabolas.
¿Difiere mucho ese punto de vista del que hoy puede tener un trabajador parado o con empleo precario respecto de los cientos de miles de liberados que, a diferencia de él, no van a ver ni un euro descontado de su nómina por sumarse a la huelga? Las clases sindical y política, cuando van de la mano, inevitablemente consiguen una completa desafección por parte de amplias capas de la población y sólo falta que aparezca quien pueda presentarse como salvador para que se vuelva a vivir una historia conocida. De momento, los mecanismos de protección aguantan ¿hasta cuándo? La demagogia de bajo estilo, común a ambos lados del Atlántico, de «subirles los impuestos a los ricos» no funciona, especialmente de cara a aquéllos que jamás pensaron que se les pudiera aplicar la etiqueta de «ricos» pero se les suben igualmente los impuestos. No es éste un recurso que no tenga limitaciones porque, si se abusa de él, los principales contribuyentes simplemente se van o no vienen y tampoco se puede dejar en la cuneta a los que han caído en ella por diversos motivos, entre ellos, la propia pasividad o peor: El derroche a manos llenas y la toma de medidas contraproducentes.
Quizás la clase política y sindical española se siente muy tranquila jugando a su particular «Monopoly» pero son cada vez más los que abandonan la mesa de juego y no les interesa una partida que parece no ir con ellos. Con su forma de actuar, están incurriendo o, mas propiamente, haciendo incurrir a otros en un riesgo que creíamos desaparecido. Alguien puede pensar que éstos son otros tiempos pero es mejor que no se engañen: No hay ningún viento de la historia ni ninguna ley inexorable que imponga que mañana vayamos a ser más libres y tener una situación más justa que la de hoy. La libertad y su derivada, la justicia, son cosas a ganar todos los días y las acciones de cara a la galería no contribuyen a su defensa sino a ahondar en una división ya claramente visible: Cuando es difícil salir de un sitio, la persona prudente no se mete en él o, si se quiere en términos más formales, las barreras de salida lo son también de entrada: ¿Qué opinión le merece al parado de larga duración una defensa numantina de las condiciones de despido cuando sabe que éstas pueden estar entre los factores que hacen más difíciles su contratación? Cuando se habla de defensa de «los trabajadores» ¿se refieren sólo a los que tienen un trabajo fijo? Tal vez los que no lo tienen no se ven muy representados por lo que se dice bajo ese capítulo.
Cuando se legalizaron los sindicatos, todos los gobiernos han sentido la necesidad de tener un interlocutor enfrente, aunque tuvieran que inventarle la representatividad y, por supuesto, esto vale tanto para patronal como para sindicatos. Como consecuencia, se convirtieron en una especie de Reyes Magos trayendo desde el primer momento premios multimillonarios en forma de devolución de patrimonio sindical incluso a sindicatos que no existían cuando tal patrimonio fue incautado o de subvenciones de todo tipo. Por añadidura, han sido agraciados otorgándoles una representatividad de la que carecen tanto si se atiende a los niveles de afiliación como a los de votaciones en determinados sectores en que, a pesar de su prácticamente nula representatividad cualquiera que sea el criterio, acuden a la mesa de negociaciones gracias al B.O.E.
La prisa de los sucesivos gobiernos por tener alguien con quien acordar lo que sea ha impedido que se desarrollase un movimiento sindical real, no politizado y no dirigido desde el poder político. Los pocos sindicatos profesionales que responden a ese modelo han sido tratados con recelo y se les han puesto todas las zancadillas posibles desde el poder. Al final, ese modelo de funcionamiento ha conducido a que los mayores sindicatos dependan económicamente del Estado para su subsistencia con las consecuencias ya vistas tanto en forma de docilidad como de rebeldías impostadas. Los casi cinco o más de cinco millones de parados, según quien haga las cuentas, se ven totalmente ajenos a esa fiesta que no es la suya.
Puede haber motivos para protestar pero ¿tienen legitimidad para hacerlo quienes quieren ejercer como abanderados de la protesta teniendo en cuenta su propia posición y cómo la han vaciado de contenido? Las posturas anunciadas, especialmente en Madrid por si se tenía dudas sobre el carácter político del asunto, y la esperable pasividad gubernamental ante los piquetes «informativos» dejan claro que se requiere una renovación total no sólo de políticos y sindicalistas sino de modelos políticos y sindicales. Ni la izquierda tiene la representatividad que pretende arrogarse de los trabajadores ni la derecha la tiene del gran capital. Los comportamientos de unos y otros son calcados y parece que hemos llegado al extremo de que sólo se representan a sí mismos. La situación a la que se ha llegado es, además de indignante, peligrosa pero parece que algunos quieren seguir en su «Monopoly».
Freakonomics o cómo hacer una película horrible de un buen libro
Freakonomics es un libro que me gustó mucho tanto por los principios que ilustra como por los ejemplos que utiliza y las conclusiones que permite sacar a cualquier interesado en el comportamiento humano. Hace unos días, encontré que los autores habían hecho también una película y, animado por el libro, se me ocurrió verla aunque tengo que matizar que a mitad de la película estaba dando cabezadas porque resultó ser el perfecto somnífero.
Utiliza algunos de los ejemplos mucho mejor ilustrados en el libro con el recurso de algunas secuencias de dibujos animados sin demasiada gracia y los autores apareciendo con bastante frecuencia y comentando de palabra -por cierto, no muy fáciles de entender ni por velocidad ni por dicción- lo mismo que habían escrito en el libro.
Por añadidura, lo único que aportaron original sobre el libro ocupa aproximadamente el tercio final de la película y es un experimento mal hecho. Ponían a prueba cuál era el efecto sobre estudiantes de secundaria de utilizar premios condicionados al rendimiento académico y extraían sus conclusiones. Freakonomics es un buen libro que utiliza conceptos económicos que serían muy interesantes de leer para muchos psicólogos y, en general, para todo aquél a quien le interese el comportamiento humano pero, a pesar de que los autores hayan aportado puntos originales, su formación no es de psicólogos y, en consecuencia, se les han escapado puntos que cualquier estudiante de primer año de Psicología conoce: Los experimentos de Elton Mayo en Hawthorne.
Elton Mayo quiso mostrar el efecto de la iluminación sobre el rendimiento y el diseño de su experimento introdujo una variable extraña que resultó ser crucial y explicar unos resultados enloquecedores: El efecto que tenía la relación con el sujeto del experimento. En el experimento de la película caen en lo mismo: Los sujetos del experimento disfrutan de un grado de atención que probablemente está muy por encima del accesible a otros estudiantes de su mismo nivel, y algunas secuencias de la película así lo muestran, por lo que es bastante difícil saber qué es lo que está produciendo los resultados, si la expectativa de refuerzo o la atención prestada durante el proceso.
En suma, película decepcionante donde las haya. No recordaba haber visto una adaptación peor de un libro a una película desde El resplandor, película de terror con versión española doblada nada menos que por Verónica Forqué…y eso porque Gracita Morales ya no estaba en este mundo.
«Predictably Irrational» de Dan Ariely: Un paso más allá de «Freakonomics»
Freakonomics es uno de los libros que más me han gustado en los tres últimos años pero Predictably Irrational avanza un paso más allá. Entiéndase bien eso: No quiero decir ni que lo mejora ni que convierte en prescindible al primero sino que va más allá y trataré de explicarlo:
Freakonomics, así como su segunda parte, se centraba en dos ejes:
- Algunas conductas aparentemente paradójicas dejan de serlo si se analizan cuidadosamente los refuerzos que llevan implicados.
- Hablar de refuerzos no significa necesariamente hablar de dinero. Hay refuerzos de tipo financiero, social y moral y tienen sus especiales líneas de comunicación. Determinadas conductas encaminadas a reforzar uno de los tipos pueden dañar a otro de forma que el resultado global pueda ser escaso o incluso contraproducente.
Espero que se me disculpe la simplificación hasta el límite de un libro excelente pero todo ello era para ilustrar un punto: Los autores de Freakonomics son economistas tradicionales en el sentido de que consideran que las conductas están dirigidas por motivos racionales incluso cuando, vistas desde fuera, no lo parece así. Todo el libro es un brillante esfuerzo para convencernos -en mi caso, tengo que decir que lo logran en la mayoría de los ejemplos que utilizan- de ello. Dan Ariely en «Predictably Irrational» va más allá en el sentido de considerar que la conducta no siempre es racional -contradiciendo así a los autores de Freakonomics- pero, aunque no lo sea, las conductas irracionales tienen sus propias pautas que las convierten en predictibles.
Cada capítulo del libro es dedicado a un mecanismo de comportamiento irracional entre los que, por destacar algunos, comentaremos el concepto de «reclamo» y la doble vara de medir que se produce en situaciones que implican transacción de dinero y otras que no lo implican.
El concepto de reclamo, de forma muy sintética, se refiere a la situación en la que un vendedor tiene dos productos para la venta y quiere favorecer uno de ellos. La forma de favorecerlo consiste en introducir un tercero visiblemente inferior a uno de ellos de forma que se produce una tendencia a elegir el que sale favorecido en la comparación. En distintos experimentos, muestran como la conducta de los consumidores cambia radicalmente si existe el reclamo, es decir la falsa alternativa, o si ésta se elimina y simplemente se presentan las dos alternativas reales.
En cuanto a la doble vara de medir, la he elegido como ilustración tanto por el atractivo del ejemplo con el que abre el capítulo como porque en un momento utiliza otro ejemplo que también aparece en Freakonomics permitiendo comparar las interpretaciones de ambos libros:
El ejemplo de apertura es demoledor: Después de una celebración familiar, un personaje le agradece a su suegra el esfuerzo realizado y lo bien que ha quedado todo y decide que eso merece una recompensa. En consecuencia, saca un talonario y le pregunta si le parecen bien 300 dólares como compensación. Nuestra propia experiencia nos conduce rápidamente a pensar que eso no se hace pero los por qués quedan mucho más difusos y esto es lo que nos trata de explicar Arieli: Hay dos mundos con reglas de comportamiento totalmente distintas y la mezcla de ambos puede conducir a que se empiece a funcionar bajo un conjunto de reglas distinto, cosa que podría ser muy perjudicial algunas veces.
El ejemplo de la guardería es utilizado en Freakonomics señalando que en una guardería había padres que llegaban tarde y decidieron poner una penalización consiguiendo como resultado, que fueran más los que llegaban tarde. La explicación que dan de tal hecho es la siguiente: Al principio, se movían en el entorno del refuerzo social pero, al introducir la multa, ésta fue interpretada como el pago de un servicio de modo que el incentivo -o desincentivo- financiero eliminó el refuerzo social y empeoró la situación inicial.
Arieli da una interpretación parecida en sus términos señalando que, al introducir la multa, los padres pasaron del ámbito de las reglas de tipo social al ámbito mucho más impersonal de las reglas que se rigen por las transacciones financieras; con términos algo distintos viene a decir lo mismo que Freakonomics, pero el punto interesante viene después: Cuando, como consecuencia del fracaso del intento, eliminaron la penalización encontraron que la tardanza de los padres era aún mayor. ¿Qué había ocurrido?
Efectivamente, los padres habían dejado de funcionar con las reglas de tipo social para hacerlo con las reglas del ámbito en el que hay transacciones de dinero. Sin embargo, una vez roto el vínculo social, la eliminación de la transacción de dinero no sirve para recuperar automáticamente las reglas de tipo social que han quedado rotas de modo definitivo. Arieli traslada este ejemplo al comportamiento de algunas empresas con sus clientes y con sus empleados a los que tratan de convertir en una especie de «gran familia» pero, cuando se presenta una situación que hace que predominen las reglas presentes cuando hay transacciones de dinero, ese concepto queda roto definitivamente. Esto es lo que explicaría por qué una crisis empresarial mal manejada rompe por completo el vínculo empresa-trabajador pasando a ser la relación una de estricta oferta y demanda y donde conceptos como compromiso o fidelidad están totalmente fuera de lugar.
No son los únicos mecanismos que muestra el libro. Trata también, por ejemplo, decisiones sobre precio y presenta situaciones, unas experimentales y otras de la vida real, donde se muestra que el precio no siempre es una cuestión de oferta y demanda sino que pueden darse casos en que el punto de partida es totalmente arbitrario y es a partir de ese punto donde aparece una cierta lógica al decidir cuánto se está dispuesto a pagar. En suma, vale la pena leer el libro y, aunque pueda considerarse un paso más allá de Freakonomics, no lo sustituye: Muestra casos donde no podemos dar por sentada la racionalidad de la conducta y a qué mecanismos obedecen esos casos.
Motivación: Como liarse con conceptos sencillos
Hace poco he terminado un libro que no me gusta («Drive» de Daniel Pink), hasta el punto de haberle colocado una crítica bastante negativa en Amazon: Página en Amazon porque me encuentro que, una vez más, se le siguen dando vueltas al tema de la motivación y se intenta resolver en cuatro brochazos inconexos. Aunque esto daría para un libro -uno bueno- vamos a intentar clarificar los conceptos básicos que hay debajo de la motivación y veremos cómo esa simple clarificación puede explicar conductas aparentemente absurdas:
Cuando apareció la pirámide de Abraham Maslow, que dista mucho de ser tan simplón como nos lo presentan cuando se quedan en la pirámide, quedaron algunos puntos pendientes de explicar. Por ejemplo: ¿Cómo explicar una huelga de hambre? Allport vendría en su auxilio hablando de la «autonomía funcional de los motivos superiores», de forma que un ideal podría poner bajo su control a necesidades que, en principio, son más básicas.
Algunos autores empezaron a preocuparse también por el valor negativo que tenían las recompensas. Para los conductistas, el esquema Estímulo-Respuesta es muy sencillo pero las personas más abiertas pueden encontrar situaciones donde se produzcan conductas paradójicas. Pink muestra casos como el de los donantes de sangre donde la oferta de una retribución, en lugar de aumentar las donaciones, las disminuyó o el de la guardería donde los padres llegaban sistemáticamente tarde y el establecimiento de una multa, en lugar de reducir la conducta no deseada, la aumentó. ¿Tiene esto una explicación sin necesidad de ir a teorías «ad hoc» como la de Allport? Creo que sí.
Uno de los mejores libros que he leído en los últimos tiempos es Freakonomics. Un economista tradicional diría que no habla de economía y un psicólogo diría que habla de psicología; en realidad, de lo que habla es de la estructura de refuerzos y el tipo de éstos para generar conductas de uno u otro tipo, es decir…habla de motivación. En uno de sus primeros capítulos utiliza el mismo ejemplo que Pink, el de la guardería, para explicar por qué se produce ese fenómeno recurriendo a una división de los incentivos en tres tipos, morales, sociales y financieros.
Creo que no hay ningún problema en aceptar la división siempre que añadamos un importante énfasis sobre un aspecto: Los tres tipos de motivador no son compartimentos estancos sino que interactúan y no siempre lo hacen en la misma dirección, lo que no significa que lo hagan en forma aleatoria.
¿Cómo explicar el ejemplo de la guardería? El incentivo financiero, si no es muy fuerte, elimina el incentivo moral. Los padres llegan tarde, ahora con tranquilidad, porque no piensan que le estén haciendo una faena a nadie sino que interpretan la multa como el pago de un servicio. ¿Cómo evitar esa interpretación y la conducta subsiguiente? Mediante incentivos desproporcionados: Zipcar carga 50 dólares por el retraso en la devolución de un coche a pesar de que está cobrando una cifra entre 7 y 12 dólares por hora y a la tercera vez retiran la tarjeta; la multa en Estados Unidos por tirar porquería por la ventanilla del coche puede llegar hasta los 10.000 $…en el caso de la guardería, podría ser inadmisible esa práctica pero, en lugar de esto, pueden poner algo parecido a un sistema de puntos por el cual a la tercera vez en un mes que los padres llegan tarde, el niño se queda una semana en su casa. No nos engañemos; al actuar así habríamos eliminado el incentivo moral de la misma forma que con la práctica de la multa de baja cuantía pero… habríamos buscado una forma eficaz de sustituirlo. Es posible, simplemente, que en algunas situaciones las organizaciones no puedan funcionar bien si recurren de forma exclusiva al incentivo moral.
¿Qué ocurre con las donaciones? Probablemente, y puede tener razones para ello, la persona que practica de forma altruista la donación de sangre tiene un concepto de sí misma como persona generosa -incentivo social- y un pago por sus servicios eliminaría uno de los hechos visibles en los que tal persona basa su autoconcepto. Parece claro que el donante preferirá quedarse con su visión de sí mismo antes que recibir una propina.
Éstos son dos casos sólo aparentemente paradójicos pero vamos ahora a lo más difícil: En principio, es cierto que un refuerzo externo puede eliminar la motivación interna -convierte el placer en trabajo- y que esto no sólo afecta al ámbito laboral sino que es también la mejor forma de matar la curiosidad en todos los sistemas educativos del mundo: Un niño aprende porque está hecho para aprender; en el momento en que se le empieza a premiar por hacerlo, aparece el desinterés.
Pink utilizaba una nomenclatura referida al trabajo, la de puestos «algorítmicos» frente a puestos «heurísticos». Lo que llama «algorítmicos» no es más que otra forma de llamar a los puestos que coloquialmente llamaríamos de «sota-caballo-rey», es decir, puestos en los que se sigue instrucciones y donde el aspecto humano no aparece en ninguna parte. En estos puestos, la externalización de la motivación mediante el refuerzo puede ser positiva porque es sencillo saber si se han hecho las cosas bien o mal en cantidad y calidad. Frente a éstos se utilizan los puestos «heurísticos», es decir, aquéllos en los que no existe una guía clara sobre cómo hacer las cosas y donde mucho depende de la iniciativa y la creatividad personal. En estos casos, el refuerzo externo puede ser pernicioso porque limita el campo de visión y los objetivos mensurables y a corto plazo, a menudo pueden contribuir a agravar el problema convirtiendo un puesto que por su naturaleza es heurístico en un pseudo-algorítmico. ¿Cuántos directivos habrá que se podrían ver reconocidos en esta situación?
Hablemos de sueldo: El sueldo es claramente un incentivo financiero y, según muchos autores, como el mencionado Pink, Alfie Kohn y, antes que ellos, el muy conocido Herzberg externaliza la motivación. La conclusión que sacan distintos autores es que, puesto que el incentivo financiero o sueldo es de tipo higiénico y no motivador, deberíamos asegurarnos de pagar la cantidad suficiente para no producir insatisfacción y, a partir de ese momento, buscar otro tipo de incentivos. Ésta es la teoría que nos están vendiendo muchos teóricos, valga la redundancia, de la motivación y tal teoría es tan falsa como un euro de madera. Veamos por qué:
Recordemos los tres tipos de incentivos -morales, sociales y financieros- y apliquémoslos a una conocida anécdota: El sueldo de Maria Callas; la Callas sólo subía a un escenario acompañada de estrellas que pudieran tener un nivel parecido al suyo y, para establecer su nivel de exigencia, tenía una regla muy sencilla: Un dólar más que el que más cobre. ¿Qué nos está diciendo con esta regla? Algo muy sencillo pero que parece escapársele a muchos teóricos de la motivación: El incentivo financiero puede ser TAMBIÉN Y PRINCIPALMENTE incentivo social porque define estatus.
¿Podemos llamar mañana a Cristiano Ronaldo o a Pau Gasol y decirles «he leído que el sueldo no es motivador y puesto que tienes dinero más que suficiente para vivir, en lugar de pagarte todavía más, voy a intentar por todos los medios que tengas otros incentivos como, por ejemplo, un ambiente agradable en el equipo, etc.»? Naturalmente, las carcajadas se oirían en Sebastopol a pesar de que todo lo dicho es cierto, es decir, tienen dinero más que suficiente y el incentivo financiero muchas veces limita o elimina la conducta de tipo más creativo. Al igual que en el caso de la Callas, el sueldo de Cristiano Ronaldo es la mejor prueba de que «no es un jugador más» y cuanto más escandaloso sea el sueldo mayor es el incentivo social que lleva asociado. Vemos, por tanto, que al contrario que en el caso de los donantes de sangre, aquí el incentivo financiero y el incentivo social caminan de la mano…y esto nos lleva a algo muy simple y que se les escapa a la práctica totalidad de los teóricos de la motivación: Una misma acción puede, al mismo tiempo, satisfacer distintos tipos de motivos o satisfacer unos y eliminar otros.
El dinero, por seguir con el mismo ejemplo, produce un refuerzo financiero y elimina el refuerzo social en los donantes de sangre y, al tratarse de una actividad donde lo básico es el refuerzo social, produce unos resultados negativos. El dinero produce refuerzo financiero Y refuerzo social en los futbolistas de élite; el refuerzo financiero puede no tener demasiada importancia para alguien que lleva ya años cobrando cifras exorbitantes pero sí la tiene el refuerzo social y, como consecuencia, no se puede reducir basándose en los efectos perniciosos del refuerzo externo.
Quizás no debamos escandalizarnos demasiado porque prestigiosos teóricos de la motivación no hayan sido capaces de darse cuenta de éstos. Al fin y al cabo, ese mismo error tiene ya más de dos mil años de antigüedad y a mucha gente le rechina escucharlo en esta versión aunque son pocos los que lo confiesan abiertamente:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido. Ellos fueron. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: Nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a mi viña. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.(Mateo 20, 1-16)
Quien tenga una óptica religiosa y específicamente cristiana, seguramente encontrará motivos para justificar este modelo de actuación. Si dirige una empresa, mejor que no lo aplique.
Transferencia negativa en la formación de pilotos: ¿Hasta cuándo?
La transferencia negativa puede definirse muy sencillamente como aquella situación en la que un aprendizaje adquirido es aplicado fuera de contexto y, como tal, produce unos efectos inesperados. Esta situación se produce con más frecuencia cuanto más parecidos sean los entornos en el que se adquirió el aprendizaje y el entorno en el que se aplica erróneamente.
En el ámbito de la aviación comercial, a alguien se le ocurrió que una forma de reducir los costes de formación consistía en crear cabinas idénticas, con sistemas con unos funcionamientos idénticos pero en aviones muy distintos en cuanto a peso y características, es decir, la situación idónea para que se produzca la transferencia negativa.
La última ocasión conocida se ha producido con un Airbus 340-600 de Virgin Airlines http://www.flightglobal.com/articles/2010/07/08/344187/virgin-a340-take-off-miscalculation-defeated-robust.html hace pocos días. Una tripulación con prisa introdujo al ordenador unos datos incorrectos y el ordenador los procesó para determinar la potencia necesaria para el despegue. Puesto que los datos eran verosímiles en función del peso total del avión, que puede variar mucho según la carga de pago y la carga de combustible necesaria -un avión grande puede pesar casi el doble si va a realizar un vuelo muy largo que si va a realizar un vuelo corto- se inició la carrera de despegue con una potencia muy por debajo de la necesaria. Esto dio lugar a un despegue en condiciones críticas y a una situación que se salvó gracias a la reacción de los tripulantes que bajaron el morro para ganar velocidad mientras aumentaban una potencia visiblemente insuficiente.
Esto NO es la primera vez que ocurre. Los británicos muestran su preocupación porque se están poniendo parches introduciendo más y más comprobaciones que, en situaciones de urgencia, no se realizan y el tipo de incidente se sigue repitiendo PORQUE EL DISEÑO INDUCE A ERROR. Siempre es más barato introducir una norma más y, si ésta se incumple, acusar al que la ha incumplido que alterar un diseño a todas luces incorrecto pero que lleva muchos intereses económicos detrás. ¿Cuándo se va a corregir el problema? Como siempre, cuando haya bastantes muertos encima de la mesa. Hasta ahora, ha habido sustos muy serios gracias a errores propiciados por un diseño que conduce al efecto de transferencia negativa, efecto que no tiene por qué limitarse a los cálculos de despegue sino que puede aparecer en reacciones a situaciones delicadas donde se bordean las capacidades del avión -distintas en cada uno de los aviones- y, sobre todo, si esas situaciones requieren una respuesta inmediata.
Lo que ha ocurrido a Virgin Airlines y antes a bastantes otros va a seguir ocurriendo hasta que alguien decida darse cuenta de que una solución diseñada para acortar hasta extremos inverosímiles los periodos de aprendizaje de un nuevo avión y para facilitar la utilización de los mismos tripulantes en aviones muy distintos introduce también unos riesgos no admisibles en forma de transferencia negativa. Como en otros casos, los sustos pueden no bastar y requerirse muertos para tomar medidas serias: Más pronto o más tarde los habrá.
Recursos Humanos: ¿Futuro o viaje a ninguna parte?
En 1998 un ordenador de IBM conocido con el nombre de Deep Blue derrotó al entonces campeón mundial de ajedrez Gari Kasparov. ¿Significa esto que los ordenadores habían entrado definitivamente en aquellos lugares que se suponía que requieren capacidad de reflexión y que, por ello, se consideran específicamente humanos? Afirmarlo taxativamente significaría ser víctima del espejismo tecnológico e ignorar que la forma de operar del ordenador y de una persona es muy distinta. Negarlo taxativamente significaría refugiarse en un esencialismo humanista que trata de negar cualquier posibilidad aunque los hechos, como siempre, sean tercos.
Rodney Brooks, uno de los directores del área de Inteligencia Artificial del M.I.T. más talibanes en cuanto al maquinismo se refiere, señalaba que los «esencialistas» siempre habían puesto una raya que decía «hasta aquí» y que el progreso tecnológico había ido rompiendo una y otra vez la raya. Es cierto, pero eso no significa, como Brooks da a entender con toda claridad, que no exista tal raya, que el progreso tecnológico no tenga límites y que, de forma inexorable, el ser humano acabe siendo barrido por las máquinas.
Lo que está en discusión, para no entrar en aspectos esencialistas de uno u otro signo, es el papel que van a ocupar en el futuro dos modelos radicalmente distintos: Un modelo basado en el significado de las propias acciones frente a un modelo basado en la capacidad de anidar condiciones «If-Then«. La máquina que derrotó a Kasparov no sabe -salvo que retorzamos hasta extremos inadmisibles el significado de la palabra «saber»- qué es el ajedrez ni sabe que está jugando al ajedrez. Simplemente, es muy rápida para trabajar con condiciones «If-Then». Kasparov, por su parte, tardaría cientos de años en analizar las distintas posibilidades que la máquina evalúa gracias a los algoritmos de su programación. Tampoco lo necesita; simplemente los ignora cuando hay opciones que no considera probables gracias a su conocimiento del juego.
Tener conciencia del significado de lo que se está haciendo capacita a la persona para hacer saltos de abstracción, es decir, para hacer lo que Hofstadter en su Gödel, Escher, Bach llamaba eterno y grácil bucle porque podemos saltar de plano de abstracción de forma instantánea y buscar soluciones en un plano distinto al que se encuentra el problema identificado y, por ello mismo, podemos identificar pautas sin que nadie nos las haya programado previamente.
Cuando salimos del mundo de la investigación o la filosofía para bajar al mundo en que se hacen las cosas, parecería que estas discusiones son ociosas pero lo cierto es que lo son cada vez menos. He titulado aquí varios posts con el nombre Servicios inservibles (https://factorhumano.wordpress.com/?s=servicios+inservibles) y todos ellos tienen en común que no se permite a las personas comportarse como tales sino que se les exige seguir unos protocolos cerrados aunque éstos incapaciten a las personas que los siguen para encontrar una solución a un problema.
Hay empresas que se han mantenido fuertes en su posición de utilizar las capacidades humanas y puedo decir que, después de muchos años de operar con American Express, jamás me he encontrado con la impresión de estar hablando con un robot -incluso cuando sea un robot quien atiende inicialmente la llamada- sino con alguien con quien se podían comentar los distintos aspectos de una incidencia sin verse sometidos a la dictadura de un menú cerrado en el que hay que marcar una opción. Después de muchísimo tiempo, he podido apreciar una reciente mejora en esa misma línea en el centro de atención de Telefónica y, en un terreno completamente diferente, todavía me sigue maravillando el funcionamiento de la agencia DeViaje (www.deviaje.com) y su concepto de cita previa con un experto conocedor del país de destino en lugar de una mera entrega de folletos publicitarios.
Algo se está moviendo. Hasta hace muy poco, la tendencia prácticamente universal consistía en «enlatar» conocimientos de forma que se pudiera prescindir de personas. Como ese enlatado nunca es perfecto porque la forma de operar del ordenador es completamente distinta, las quejas del sufrido cliente llevaban años sufriendo de tono sin que muchas empresas se dieran por enteradas porque, al fin y al cabo, el «enlatado» daba lugar a procesos más baratos aunque, en el momento en que se entraba en un terreno desconocido, hacían agua por todas partes.
Algunos Bancos empezaron a dar marcha atrás, después lo han hecho algunos operadores de telefonía que habían llegado a un extremo en que era imposible hablar con otra cosa que no fuera un robot y han seguido la misma línea otras empresas que prestan servicios. Eso sí, todavía hay quien no se da por enterado. Así, si alguien intenta pedir una cita por teléfono con la Seguridad Social, se encontrará con un robot -lo más adecuado teniendo en cuenta que muchos de los principales usuarios son personas de edad avanzada no muy familiarizadas con la tecnología- y si la hora facilitada no conviene o no es posible, tratar de salir del menú es una tarea que deja pequeños a los trabajos de Hércules.
La robotización y, en general, el avance de los sistemas de información ha producido una división creciente entre los tipos de puestos de trabajo. Mientras algunos -pocos- eran cada vez más necesarios porque estaban implicados en el diseño del modelo «enlatado» que se encargaría de albergar el conocimiento teóricamente necesario para hacer las cosas, otros -muchos- iban cayendo poco a poco en la irrelevancia o desapareciendo a medida que los sistemas pasaban de almacenar conocimiento a tener capacidad de ejecución directa de las tareas necesarias.
Casos como el recientemente sucedido a la marca Toyota y a su marca de lujo Lexus son muy representativos: Es mucho más fácil para un conductor mediocre llevar un vehículo con una gran cantidad de ayudas a la conduccción; sin embargo, cuando las ayudas enloquecen, como ocurrió en el caso de Toyota, a cargo del coche está un conductor que tal vez compró ese coche precisamente para que supliera sus propias carencias como tal conductor. La mezcla es explosiva como los resultados se han encargado de demostrar e idéntica situación se podría trasladar al diseño de aviones, de centrales nucleares y hasta de ordenadores caseros donde, cuando algo funcionaba mal, era un problema para el experto mientras que ahora no se puede hacer otra cosa que reiniciar, reinstalar o re…leches. Ninguna solución al alcance del usuario.
Si se opta por mantenerse en la línea de ir eliminando necesidad de conocimiento en las personas hasta que llegue el momento en que pueda eliminarse a las personas mismas, hablar de recursos humanos puede ser un chiste y no de los buenos. Si, por el contrario, se empieza a ser consciente de que el significado tiene un papel básico tanto para la capacidad de reacción ante imprevistos como para la propia motivación de la persona que está trabajando, podemos empezar a generar un mundo más humano tanto para los que trabajan como para los que son usuarios de los productos o servicios provistos por los primeros.
Aventurar por dónde irá el futuro es difícil porque ya no parece tan claro como hace unos años que vaya a seguir por un énfasis en el maquinismo ciego del «If-Then». Hay una revolución en marcha que va a afectar y mucho al modelo de recursos humanos del futuro y esa revolución la van a traer los usuarios hartos de tratar con máquinas o con personas obligadas a comportarse como si lo fueran.
La reforma laboral o el parto de los montes
Después de mucho repetir que no se iba a abaratar el despido, puede decirse que es la única medida tomada en la reforma laboral. Sus artífices mienten cuando dicen que lo abaratan para el empresario pero no para el trabajador puesto que un despido caro tiene como función representar una barrera de salida. Si el precio lo paga otro a través del establecimiento de una colaboración desde las arcas del Estado , pierde ese carácter de barrera de salida. No creo que, a estas alturas, nadie vaya a dudar de esto pero, si a alguien le cabe la menor duda, puede preguntarse por qué las bajas incentivadas se instrumentan como despido improcedente y encontrará una respuesta muy sencilla: Porque buena parte de la indemnización, es decir, el seguro de desempleo y el dinero no ingresado en el fisco que correspondería a una baja voluntaria pero no a una forzada, lo recibe el trabajador pero no lo paga la empresa. Se podía hacer peor pero es difícil.
Por otro lado, algunas de las «novedades» están vigentes desde 1994 y no se han aplicado por la misma razón que no se van a aplicar ahora: Porque, en lugar de responder a una normativa clara, implican una judicialización del proceso y los jueces siempre han aplicado y aplican la doctrina de in dubio, pro operario, causa por la que los despidos a 20 días por año por causas técnicas u organizativas, que existen desde 1994, nunca han llegado a ser aplicados sin pasar por la autorización del ERE.
Que una barrera de salida -un precio de despido muy elevado- lo es también de entrada y el empresario se lo pensará mucho antes de contratar es una evidencia para todos. Cosa distinta es que una reforma tenga que nacer y morir con un abaratamiento del despido. Elementos como la flexibilidad funcional, la posibilidad de pactar individualmente condiciones de trabajo, el replanteamiento completo del modelo de la Seguridad Social tanto en sus capítulos de ingresos como en los de gastos y la liquidación de las carísimas e inútiles estructuras que supuestamente representan a empresarios y trabajadores, incluida la ley de huelga que nunca se llegó a sacar, en unos casos por miedo y en otros casos por facilitar los desmanes de los propios siguen pendientes.
Por añadidura, ni siquiera quieren responsabilizarse de esta reforma y, después de aprobada, la llevan al Parlamento. No, señores. Que cada palo aguante su vela y, en este caso, les toca a ustedes tragarse sus contradicciones y toda la demagogia que se ha venido haciendo hasta que en Europa se han hartado de pagar los platos rotos.
¿Qué clase de reforma laboral se necesita?
Después del discutido anuncio de los recortes en pensiones y en salarios en la Administración Pública, llega ahora el turno de la reforma laboral. Quizás alguien se pregunte por qué se puede discutir tanto cuando hay una realidad y es el hecho de que no hay dinero suficiente. La respuesta es muy sencilla y se puede resumir en una sola palabra: Ejemplaridad.
Cuando alguien pide sacrificios, pierde toda legitimidad para hacerlo si, a su vez, no lo hace en las cosas que le tocan más de cerca. Hay muchos ejemplos e incluso un periódico Internet ha sacado una especie de juego con el título «Zapatero nos necesita»(http://especiales.libertaddigital.com/recorte-zp/) invitando a sus lectores a elegir en qué terrenos se deben hacer recortes presupuestarios. Es posible que haya que bajar sueldos, es posible que haya que congelar pensiones e incluso es posible que haya que aumentar impuestos y, sin embargo, todo ello sigue siendo discutible porque:
- La crisis que hoy se vende con tintes trágicos y requiriendo el esfuerzo de todos fue negada hasta la víspera de las elecciones generales, como puede verse todavía en los videos del debate Solbes-Pizarro en Youtube.
- Las autonomías son un auténtico pozo sin fondo de recursos aunque la deuda es del Estado o, dicho de otra forma, el despilfarro absurdo de cualquier autonomía, consentido desde el Estado central por razones electoralistas, lo pagamos todos y no sólo los que residen y votan en ella.
- Hay costosísimos sacos de corrupción como el PER, que nadie se ha atrevido a reformar ni menos aún a quitar por el impacto electoral que habría tenido cualquier acción en ese sentido.
- Existen ministerios completamente absurdos con su correspondiente dotación de recursos y altos cargos que podían estar mejor empleados en otros lugares. Lo mismo puede decirse de los centenares de asesores que pueden encontrarse en la propia presidencia del Gobierno o en ayuntamientos como el de Madrid.
- Los partidos políticos y los sindicatos viven del presupuesto, es decir, de todos en lugar de hacerlo de las cuotas de sus afiliados, habiendo dado lugar a formas de vida: El político o el sindicalista no son ya profesionales que circunstancialmente se dedican a la política o al sindicato y si, en un momento, no están de acuerdo con lo que hacen sus jefes de filas, simplemente se marchan. Son, incluso a niveles bastante bajos profesionales de la política o del sindicato e intentan sacar el máximo de su profesión en términos económicos, de poder o ambos. Ese cambio ha dado lugar a un nuevo perfil, considerablemente más bajo, tanto del político como del sindicalista promedio.
- Se derrocha dinero a manos llenas en capítulos completamente absurdos, desde la subvención a películas que jamás llegan a una sala de cine, equipos de traducción en el senado para que puedan entenderse entre sí personas que tienen como lengua común y nativa la oficial en todo el Estado hasta grupos nacionales o extranjeros sin más razón que la afinidad con el gobierno de turno y la vanidad de éste de poder ejercer de dadivoso con otros que estén todavía peor.
- Se saca a centenares de inspectores de Hacienda de su labor de persecución de operaciones en paraísos fiscales para dedicarse a la persecución de PYMEs y autónomos y se tocan las rentas del trabajo pero no las SICAV.
Probablemente, algunos de estos capítulos tienen una importancia cuantitativa menor pero lo que no es menor es el carácter de ejemplaridad. Del mismo modo que en una empresa no se puede llamar a la austeridad y decir que se van a bajar las dietas y bajar la categoría de los hoteles en los viajes profesionales a la vez que la dirección continúa haciendo ostentación de todo tipo de gastos suntuarios, en el Estado tampoco y con mucha mayor razón. Éste es el capítulo que se lleva varios días discutiendo y se seguirá discutiendo con sobrada razón por la falta de legitimidad que conlleva la falta de ejemplaridad en la conducta de quien pide sacrificios. Ahora viene la segunda parte: La reforma laboral.
Michael Porter, conocido gurú de la estrategia en la Harvard Business School, identificó hace años los conceptos de barrera de entrada y barrera de salida pero, aunque no lo hizo totalmente explícito en su modelo, quedaba bastante claro que no eran conceptos independientes sino que tenían una estrecha relación entre sí: Si un negocio tiene una barrera de salida muy elevada, es dudoso que haya mucha gente que invierta en él porque, si las cosas salen mal, puede perder hasta la camisa. Aunque venga de Harvard y los conceptos tengan nombres tan sonoros como «barreras de entrada» o «barreras de salida», esto no es otra cosa que el más elemental sentido común. ¿Qué ocurre si nuestro «negocio» consiste en contratar a alguien? ¿No seguiremos la misma lógica? ¿No nos lo pensaremos más cuanto mayores sean las «barreras de salida»?
En la dialéctica al uso de sindicatos y del gobierno actual, se habla de que las reformas no deben «recortar los derechos de los trabajadores». Sea; no los recorten. El principal derecho de un trabajador es, precisamente, el derecho al trabajo y mediante el mantenimiento de un trato de privilegio a algunos, están dificultando el ejercicio a ese elemental derecho por parte de casi cinco millones de personas. En «Camino de servidumbre» (https://factorhumano.wordpress.com/2009/12/09/camino-de-servidumbre-de-friedrich-a-hayek/) Hayek ya avisaba de que el nazismo sobrevino precisamente por la creación de castas privilegiadas por parte de los gobiernos alemanes de la época en estos términos:
El conflicto entre el fascista o el nacionalsocialista y los primitivos partidos socialistas tiene que considerarse, en gran parte, como uno de aquellos que es forzoso surjan entre facciones socialistas rivales. No había diferencia entre ellos en cuanto a que la voluntad del Estado debía ser quien asignase a cada persona su lugar en la sociedad…pero, mientras los viejos partidos socialistas o las organizaciones laborales dentro de ciertas industrias no encontraban, generalmente, mayores dificultades para llegar a un acuerdo de acción conjunta con los patronos en sus respectivas industrias, clases muy amplias quedaban marginadas. Para ellas, y no sin alguna justificación, las secciones más prósperas del movimiento obrero parecían pertenecer a la clase explotadora más que a la explotada.
¿No le suena a conocido esto a cada uno de los casi cinco millones de parados o a la cantidad de personas que tienen contratos precarios, vía ETT, temporales, por obra o servicio o como falsos autónomos cuando no directamente sin contrato alguno? Cuando sus «defensores» tienen su puesto blindado ya que, incluso en el caso de un ERE (expediente de regulación de empleo) en la empresa en la que ellos están en calidad de «liberados», a ellos no se les puede tocar e incluso su sindicato se lucrará con el ERE.
Los «parias de la tierra» de la Internacional no son los trabajadores de los que se dice que no se quieren recortar sus derechos sino aquéllos que los tienen recortados desde hace bastante tiempo y éstos no están representados. ¿Por qué en España, a diferencia de otros países, se empieza a crear empleo sólo cuando el PIB está creciendo por encima del 3%? ¿No dice eso nada? Está claro que sí; dice que, puesto que la barrera de salida es muy elevada, no se contrata si no se está muy seguro de que las cosas van a ir razonablemente bien al menos en el medio plazo. No existen los derechos de «los trabajadores». Hoy, más que nunca, se puede decir que existen derechos «de unos trabajadores» que entran en conflicto con los derechos «de otros trabajadores» , fundamentalmente los de los trabajadores en desempleo.
Que hay que tener un modelo laboral más flexible y no sólo en el apartado de coste de despido sino en muchas más cosas es algo que hoy debería ser difícilmente discutible y, sin embargo, continúa siendo discutido por organizaciones que, ante todo, se defienden a sí mismas y a los privilegios graciosamente otorgados con el dinero ajeno, es decir, el nuestro. Que los sindicatos y los partidos políticos tienen una utilidad es algo difícil de dudar; otra cosa es que «estos» sindicatos y «estos» partidos políticos la tengan. Unos y otros se arropan con el manto de los intereses generales cuando, a estas alturas, parece bastante claro que los únicos intereses que les preocupan son los suyos propios.
La imaginería sindical al uso en España no funciona para mucha gente que ha visto hasta donde se puede llegar por el camino de favorecer a los amigos y seguir un camino marcado por la ideología sin permitir nunca que la realidad estropee la película que cada uno se haya montado. Quizás de esta etapa se pueda sacar algo positivo: La vacunación contra la demagogia y empezar a llamar a las cosas por su nombre. Los excesos, lamentablemente, siempre han provocado un movimiento pendular; en un momento en que la defensa de los intereses propios casi ha llegado a romper el péndulo, es difícil saber cuál será la intensidad del próximo movimiento pero hemos aprendido que Scott Adams no acertó en «El principio de Dilbert» cuando dijo que el trabajador que no funciona es desplazado al lugar en que menos daño puede hacer, es decir, a la dirección de la empresa. Quien no lo supiera antes, tiene ya suficientes elementos de juicio para saber que los Nerón y los Calígula son más peligrosos cuanto más poder tienen y, antes de apoyarlos pensando en sus propios intereses, a lo mejor había que mirar un poco más allá pero esto parece estar más allá del alcance de la casta político-sindical que actualmente tiene en sus manos algo tan serio como el modelo laboral y el derecho al trabajo de los casi cinco millones de personas convertido en papel mojado por incompetentes y rufianes propios y ajenos.
Nos jugamos mucho y no es seguro que las personas que se supone van a negociar una reforma laboral sean conscientes de ello y si, en caso de serlo, les importa lo más mínimo.
Once upon a time…(publicado en el blog de autores de Ashgate)
«Intellectuals and Society» de Thomas Sowell
No es el mejor Sowell. El mismo tema lo había tratado de una forma más breve en un libro anterior, «The vision of the anointed», que probablemente va mucho más a los puntos clave que éste. Sowell es un defensor sin complejos del liberalismo («ultraliberal» lo llamarían los que ven mal al liberalismo) pero que, al igual que su mentor Hayek, no concibe el liberalismo como la vieja receta del laissez faire sino que implica mucha actividad para asegurarse que todos respetan las reglas del juego.
En «Intellectuals and Society» nos pinta un tipo de personaje que está dispuesto a hablar de cualquier cosa -como un tertuliano con pedigree- sin asumir jamás ninguna responsabilidad por lo dicho o hecho y, sobre todo, inmune a la experiencia. Como siempre ocurre con Sowell, el libro tiene muchas ideas que valen la pena pero, en algunos casos, se le va la mano y comienza a actuar de una forma que hace que se le pueda atribuir a él la idea de «intelectual» con la connotación negativa que implica. Para Sowell, en este contexto, la definición de intelectual es la siguiente:
Aquí, por intelectual se entiende una categoría ocupacional, gente cuyas ocupaciones tienen que ver sobre todo con ideas -escritores, académicos y demás-. Muchos de nosotros no vemos a los neurocirujanos o los ingenieros como intelectuales a pesar del intenso trabajo mental que cada uno precisa…en el fondo de la noción de intelectual está el concepto de vendedor de ideas -no aplicación personal de las ideas como podría ser el caso de un ingeniero que aplica complejos principios científicos para crear estructuras físicas o mecanismos…El trabajo del intelectual comienza y trabaja con ideas, a pesar de lo influyentes que hayan podido ser esas ideas sobre cosas concretas en las manos de otros. Adam Smith nunca dirigió un negocio ni Karl Marx gestionó un Gulag. Eran intelectuales.
Sowell utiliza ejemplos de personajes como Sartre y su posición pro-Stalin y cómo jamás modificó sus planteamientos a pesar de que la realidad parecía invitar a ello o los numerosos personajes que, en vísperas de la II Guerra Mundial proclamaban la necesidad de un desarme unilateral como forma de que Hitler no se considerase amenazado y, por tanto, desapareciera la amenaza de guerra.
Sin embargo, aunque el tipo sea fácilmente reconocible en los términos en que Sowell lo describe, como alguien que se considera parte de una elite y que no acepta las limitaciones de las leyes a las que quiere evitar por vía interpretación libre y que, por supuesto, piensa que la sociedad estaría mejor organizada si, en lugar de dejar a cada uno que decida sobre su propia actuación, ésta es dirigida por los que «saben» que es lo que se requiere y están dispuestos a imponer sus recetas, todo esto ya estaba en «The vision of the anointed». Sin embargo, hay dos puntos en que se le va definitivamente la mano:
- La generalización: Cierto que hay muchos personajes prominentes que son inmunes a la realidad -no sólo entre los intelectuales tal como los define Sowell- pero, en particular, se dedica a lanzar dardos a un personaje que no sólo no fue inmune a la realidad sino que ésta le hizo cambiar completamente sus planteamientos: Bertrand Russell. En el terreno político, tiene muy poco que ver el Russell de los años 20 con el Russell posterior a la Segunda Guerra Mundial donde había visto los efectos e incluso había visitado las famosas «aldeas Potemkin» y, como consecuencia, alteró por completo sus posiciones iniciales. No todos han hecho lo mismo pero, tal vez, habría que introducir también el factor de honradez intelectual. No todo el mundo la tiene en el mismo grado.
- La negación de la contribución positiva. A pesar de que él mismo da ejemplos de personajes que han tenido una contribución, a través de las ideas, sobre las actuaciones de otros, no siempre esa contribución ha de ser necesariamente negativa y, si así fuera, nos veríamos obligados a preguntarle a Sowell qué opina de su propio papel y de la incidencia que éste pueda tener en el pensamiento económico y social. Puesto que Sowell acusa a los «intelectuales» de salirse de su ámbito de conocimiento, lo mismo le sería aplicable a él cuando comienza a tocar temas como la organización social, a menos que arbitrariamente decida ampliar el ámbito de la economía también a estos asuntos, en cuyo caso quedaría definitivamente inscrito en la casta de «intelectuales» que denigra.
En suma, piezas brillantes pero dentro de un conjunto deslucido. El original, «The vision of the anointed», resulta mucho más aconsejable como lectura.

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