Categoría: Recursos Humanos
La ética de los próceres de Recursos Humanos
Hace ya bastantes años, colaboré en la puesta en marcha del que fue el primer reclutador Internet en España. Mi colaboración fue sencilla y, viendo en qué fallaban los reclutadores Internet internacionales, consistió en el diseño funcional de la base de datos de forma que respondiera a los criterios de búsqueda de la persona que va a utilizarla.
Detalles como el tiempo necesario para introducir datos o tener que embaularse tablas de más de 400 elementos para introducir una titulación académica eran entonces puntos ignorados y que convertían en inoperantes los reclutadores existentes.
La aventura era bonita pero necesitaba un socio que aportase una mínima infraestructura y tal socio apareció. El invento fracasó ya que, entre otras maravillas, mi águila de socio insistía en que, para que un candidato entrase a la base de datos, tenía que tener una entrevista personal previa (cargándose así la ventaja de Internet) y esa entrevista se le facturaría a 36 euros -6.000 pesetas en 1995-.
Ante tal desarrollo de los acontecimientos opté por retirarme y el ilustre e inteligente prócer de los Recursos Humanos me dejó pendiente una factura que nunca me pagó y, como su delicadeza le impedía tratar estos temas tan molestos, simplemente no se ponía al teléfono.
Hoy encuentro la explicación cuando veo un artículo suyo cuya primera frase es ésta: «En el mundo de hoy no podemos ni debemos pertenecer ni estar comprometidos con nadie salvo con nosotros mismos». Eso lo explica todo y, desde luego, es una frase que debería conocer cualquiera que tenga intención de tratar con el personaje.
Selección de controladores: Una salvajada más de la discriminación positiva
Probablemente esta fotografía le resulta familiar a cualquiera que la vea:
http://drx.typepad.com/psychotherapyblog/images/2007/09/26/lewis_hine_phot_nyc_empire_state__2.jpg
Lo que es algo menos conocido, aunque también se ha difundido mucho, es que para los trabajos en altura se prefería a una tribu particular de indios ya que, debido a un cambio en el oído interno, no tenían vértigo.
Imaginemos que, en lugar de ser indios los afortunados con esa característica, fueran blancos. Automáticamente se habrían emitido normas de discriminación positiva haciendo que otros, no blancos, que tuvieran menores puntuaciones en cuestiones de equilibrio en altura pudieran acceder a esos puestos. Por supuesto, una vez introducida la norma, veríamos que los «beneficiados» por ella tenían una preocupante tendencia a estamparse contra el asfalto desde una altura de 300 metros pero…siempre saldría algún hábil científico que, a la vista de la diferencia en accidentabilidad, concluiría que se trataba de una nueva discriminación y que se cuidaba más a los trabajadores blancos que a los demás.
En algunas fábricas de electrónica, los pocos trabajos manuales que quedan suelen encomendarse a mujeres, simplemente porque, en general, tienen la mano más pequeña y les permite manipular mejor las piezas de pequeño tamaño. ¿Tendríamos que establecer un porcentaje de hombres para evitarles la discriminación? Más aún, si alguien, hombre o mujer, con una mano con una azada entiende que eso es un motivo de discriminación en contra suya ¿tendríamos que establecer también un porcentaje de «manazas»? ¿Qué le contaríamos al cliente a quien le hubiera caído en suerte un producto manipulado por el/la «manazas»? ¿Que ya sabíamos que el producto era una porquería pero que la discriminación positiva obligaba a tener gente no adecuada?
¿Parodia? Sólo a medias. Poco antes de ponerme a escribir, leía un artículo sobre selección de controladores aéreos. Sus orgullosos autores mostraban cómo habían conseguido disminuir la discriminación interracial en la contratación: Habían obtenido los valores medios para cada una de las razas y cada candidato era evaluado de acuerdo con una tabla distinta y, para que no entrase nadie demasiado por debajo del nivel adecuado, establecían unos mínimos absolutos.
Veamos: Si los mínimos absolutos son suficientes para considerar que ése debe ser el baremo ¿por qué no establecer esos mínimos como tal baremo con independencia de razas? Si, por el contrario, no lo son, denme, por favor, una sola razón válida para darle el puesto a una persona que esté por debajo del nivel adecuado en un trabajo que, por añadidura, afecta y mucho a la seguridad.
Cuando un controlador provoque un accidente ¿les diremos a los familiares de las víctimas que el controlador de servicio era…blanco, negro, indio, amarillo, igual me da y que por ello tenía menos capacidad de atención sostenida de lo aconsejable para el puesto pero que se lo tuvieron que dar porque le evaluaron con unos baremos más generosos?
Si seleccionamos bomberos y establecemos unas pruebas físicas para hombres y otras para mujeres ¿le diremos a la familia de la persona que no pudo ser rescatada por falta de fuerza física de, en este caso la bombera, que se debía a que las pruebas eran distintas para ellos y ellas y que, aunque ningún hombre habría conseguido el puesto con esos resultados, a ella sí se lo habían dado poque el baremo era también más generoso?
Podríamos multiplicar esta situación hasta el infinito y sería igualmente absurdo. Si un requisito de selección es necesario, póngase y, si resulta que los miembros de determinada raza, género o lo que sea, quedan en su mayoría por debajo de ese criterio, eso no puede ser motivo para crearles unos requisitos específicos por debajo para ellos. Si, por el contrario, el requisito no es necesario y se considera que, por encima de determinado nivel, es irrelevante, hágase la selección así y olvidemos la raza de los candidatos.
No hacerlo así, especialmente en profesiones que implican riesgo para la seguridad de las personas, es poner en almoneda la vida de esas personas pero, eso sí, en el altar de lo «políticamente correcto» y prácticamente estúpido y, en algunos casos, hasta criminal.
Selección y «head-hunting»
Con toda seguridad, si hay un tipo de selección que ocupe al tope de gama dentro de la actividad es el llamado head-hunting, búsqueda de directivos, Executive Search, cazatalentos y de otras diversas formas; en algún momento, se ha llegado incluso a hablar de cazadores de cabezas, denominación con connotaciones siniestras que, después de todo, no es otra cosa que la traducción literal de head-hunting.
Sobre el papel, la aportación de estos consultores va más allá de un dominio de la técnica de selección e implica un conocimiento profundo de su cliente y de las necesidades de su negocio; sólo de esta forma podrá prestarle el mejor asesoramiento posible.
Muchos de ellos, sin embargo, se ven aquejados por problemas típicos del seleccionador de otros segmentos con menos glamour; alguien que manifiesta de forma orgullosa –como algunos han hecho en entrevistas o libros- que ha tomado una decisión sobre el grado de brillo de unos zapatos o sobre la soltura para emitir un latinajo en un momento oportuno o sobre el hecho de añadir sal a la comida antes de probarla o sobre el dudoso gusto del candidato al combinar los colores de la corbata y la camisa no muestra, como cree, una gran capacidad de discriminación sino que prueba que no sabía qué tenía que buscar.
En todo tipo de selección, es necesario establecer un filtro sobre aspectos básicos y, a partir de ahí, no se debe buscar una excusa para eliminar a un candidato sino, muy al contrario, tratar de determinar qué aportaría ese candidato preciso a un puesto.
Si esto es relevante para cualquier puesto, cuando se trata de puestos importantes en la organización lo es mucho más; la conducta –habitual en muchas selecciones- de continuar con un proceso de eliminación buscando motivos cada vez más esotéricos y de interpretación más dudosa conduce a encontrar al candidato que menos desentone, no necesariamente al mejor.
Si la selección de directivos es un servicio de alto nivel y con un pago de alto nivel, es también exigible una calidad de alto nivel y eso pasa por la necesidad de abandonar divismos y presuntas genialidades y centrarse en el valor añadido del candidato.
Relaciones laborales y seguridad aérea: Una relación poco conveniente
RELACIONES LABORALES Y SEGURIDAD AÉREA: UNA RELACIÓN POCO CONVENIENTE
Empezaremos por aclarar algunos conceptos básicos en este terreno porque lo que se dice no siempre responde a la verdad. Por ejemplo, todos hemos oído hablar de que en Estados Unidos existe el despido libre bajo la doctrina de employment-at-will mientras que en España no existe y que ése es uno de los motivos de nuestra escasa competitividad. Es posible que así sea pero también es posible que sea justamente lo contrario.
Hace unos años, se decía que uno de los motivos por los que Estados Unidos tenía dificultades para afrontar la competencia japonesa era porque salían de sus Universidades más abogados que ingenieros. El hecho tiene su razón de ser: Un marco jurídico muy abierto prohíbe pocas cosas expresamente pero invita a que cualquier problema acabe judicializándose y ahí están los abogados aprovechando ese mercado. El marco laboral no es allí una excepción por la sencilla razón de que no existe una jurisdicción específica; eso significa que nadie puede demandar por haber sido despedido…pero sí puede hacerlo porque ese despido le ha causado daños psicológicos o porque era miembro de una de las doscientas mil minorías allí existentes y el despido ha supuesto una discriminación y así ad infinitum. La consecuencia es que, en el paraíso del despido libre, las empresas se tientan mucho la ropa antes de hacer un despido porque no saben por dónde les puede venir el golpe y, sobre todo, no saben cuánto les puede costar.
En España es exactamente al revés: Existe una jurisdicción laboral específica y, como parte de ésta, la figura del despido improcedente por la cual el empresario puede despedir a un trabajador aunque el juez no estime causa válida para ello. Cuando esta situación se produce, el empresario puede optar por la readmisión o por el pago de una indemnización fijada de antemano por la propia ley. Esto convierte el despido en un mero análisis coste-beneficio donde, a diferencia del caso americano, el capítulo de costes es perfectamente conocido: ¿Cuánto estoy dispuesto a pagar para quitarme a este individuo de encima? Si me compensa, lo despido y, si no, me aguanto. Así de claro, de sencillo…y de libre.
Probablemente sea más racional el sistema español, dejando aparte la cuestión de cuantías y condiciones pero éste es un tema sujeto a discusión. Lo cierto es que una política muy proteccionista de los contratos de trabajo hace que el empresario se lo piense mucho antes de hacer una contratación o antes de invertir en un país y, por idéntica razón, lo contrario también es cierto: Cuanto más bajas sean las barreras de salida, más fácil es que alguien se anime a invertir. ¿Qué es mejor? Dar respuesta a eso excede el propósito de este artículo pero lo cierto es que, en contra de las apariencias, el despido en España es más sencillo de lo que parece.
Puesto que los despidos son costosos en España y hay situaciones empresariales que no pueden permitírselo salvo caso de extrema crisis y previo expediente de regulación, ha habido sucesivos intentos de suavizar ese hecho para no ahuyentar inversiones mediante las distintas reformas laborales. Posiblemente, la más aventurada fue la primera, en 1994, al establecer como causa de despido las causas técnicas o económicas. Esto suponía, sobre el papel, que una empresa podía mostrar que no le salían los números o que iba a abandonar una línea de producción y podía despedir a un conjunto de personas a un precio bastante más barato que los conocidos 45 o-33 días por año trabajado según la antigüedad del contrato.
La aplicación de la reforma fallaba precisamente en el ámbito judicial. Los jueces tienen formación jurídica, no empresarial ni económica, y eso implica que no se les puede dar a leer un balance porque tendremos mucha suerte si no lo ponen al revés. Existe la posibilidad de peritajes externos pero ¿dónde se obtiene un perito con conocimientos adecuados tanto genéricos como de la situación específica y, además, imparcial? Veamos un ejemplo:
Antes de la aún reciente desaparición de la auditora Andersen debido al escándalo Enron, se produjo en esa firma un cisma como consecuencia del cual el área de consultoría –que facturaba más del 50% del total- se escindió de Arthur Andersen. En España los exsocios de consultoría reclamaron a la división de auditoría, quien mantuvo el nombre Arthur Andersen, una cantidad de unos 1.300 millones de pesetas de 1990 (unos 8 millones de euros). Ésta era la cantidad en la que dichos exsocios valoraban su participación en la firma y reclamaban como precio por desprenderse de dicha participación.
Como era de esperar, el asunto acabó en los tribunales y éstos tuvieron que recurrir a peritos que, puesto que se trataba de valorar una participación empresarial, eran auditores, cosa lógica desde el punto de competencia profesional pero cuestionable desde el punto de vista de la deseable imparcialidad. La valoración de la participación de estos socios se estableció en 48 millones de pesetas (menos de 300.000 euros) provocando la desaparición inmediata de la firma creada por los anteriores socios de consultoría. Es posible que hubiera razones sólidas para una valoración tan baja pero el hecho de que fueran auditores los que estaban entrando en un pleito entre auditores y consultores da mucho que pensar.
Este largo preámbulo sólo pretende llegar a un sitio: Si en asuntos económicos u organizativos, los jueces pueden tener problemas por estar decidiendo sobre temas completamente ajenos a su formación ¿qué ocurre cuando el juez tiene que tomar una decisión donde hay que evaluar si un avión estaba en condiciones de transportar a pasajeros con seguridad o no y, por tanto, si la decisión de un piloto de no volar con pasaje estaba justificada o no?
Si intentamos meternos en la cabeza de un juez lego en estos asuntos, en relación con un despido de un piloto de Iberia (http://es.wikipedia.org/wiki/Michel_Gordillo ) es muy probable que se hiciera una pregunta de este tipo: ¿Por qué un día resulta seguro volar el avión con pasaje y, al día siguiente, no resulta seguro volar el mismo avión con la misma avería? ¿La seguridad fue la causa real o lo que hubo fue un “ataque de cuernos” de un piloto al comprobar que había sido engañado y que, con la seguridad como excusa, intentó causar problemas a la compañía?
Estas preguntas son razonables pero, precisamente por tener formación jurídica, un juez podía encontrar en su propia formación alguna clave que le habría resultado útil. ¿Por qué la reincidencia se considera un agravante? ¿Por qué en casos extremos, como en Estados Unidos, el tercer delito supone la cadena perpetua? ¿Por qué incluso códigos penales que parecen redactados en un convento de ursulinas como el español mandan a la cárcel a alguien que, en una sentencia anterior también de cárcel, había quedado en libertad si la condena era inferior a dos años?
Quizás, pensando en esos términos, un juez puede conseguir mayor claridad y entender algo de lo que había pasado. Una avería arreglada que, al día siguiente, vuelve a salir sólo puede ser una de dos cosas: Una reparación chapucera o una reparación que, en lugar de hacerse con material de taller, se hace con bolígrafo y papel y sin tocar un tornillo del avión a fin de poner a cero el contador de la avería. Cuando la avería que, de acuerdo con la documentación, volvió a aparecer inmediatamente después de una reparación, real o supuesta, hay una razón muy seria para dudar sobre cuál de las dos opciones anteriores ha sido la que ha ocurrido pero, otorgando el beneficio de la duda, el piloto voló el avión con pasajeros con el compromiso por parte de la compañía de pararlo inmediatamente y meterlo en el taller.
Debe tenerse en cuenta que se trataba de una avería que se situaba en una especie de limbo donde el piloto tenía la potestad de realizar el vuelo o de negarse, es decir, no se trataba de algo cuya falla prohibiese estrictamente la realización del vuelo pero sí suficientemente grave para dejarlo a criterio del comandante del avión. Ese vuelo, recordemos, fue efectuado en unas condiciones de serias sospechas acerca de si la avería fue reparada realmente en su momento o se habían arreglado los papeles para permitir que el avión siguiera volando averiado pero sin incumplir formalmente la ley.
No puede, en forma alguna, afirmarse que el piloto que vuela un avión, teniendo éste una avería que le habría legitimado para pararlo, actúa con mala voluntad hacia la compañía. Sin embargo, cuando, al día siguiente, el mismo piloto se encuentra con el mismo avión que tiene la misma avería, está claro que la compañía ha incumplido la promesa de parar el avión en la base para repararlo debidamente; en ese momento, la duda del día anterior se convierte en certeza y el piloto actúa bajo un conjunto de reglas distinto: Las reglas para tratar con gente que no es de confianza.
Sin duda, el piloto obró con falta de astucia. Si hubiera valorado su propia actuación desde la perspectiva de un ajeno, es probable que hubiera optado por volar el avión con pasaje, como había hecho el día anterior, y a continuación denunciar ante el regulador la actuación de su compañía. Haberlo volado el día anterior, pudiendo no hacerlo, le colocaba en una posición débil ante un juez que podía considerar que su criterio técnico variaba de acuerdo con su conveniencia y, una vez que la actuación de la compañía le mostró con quien “se jugaba los garbanzos”, debería haber considerado la posibilidad de que los acontecimientos posteriores fueran los que efectivamente fueron.
El juez –aclaro que no he tenido acceso a la sentencia completa y su fundamentación- pudo quedarse a medio camino. Si hubiera seguido hasta sus últimas consecuencias una línea de razonamiento como la señalada más arriba en el sentido de que una avería convierte a un avión en inseguro pero el día anterior no lo era, sin duda habría fallado despido procedente. Sin embargo, la doctrina de in dubio pro operario y el hecho de que alguna duda le rondase la cabeza pudo llevarle a esa situación de relativo compromiso que representa el despido improcedente.
Había una alternativa: Fallar despido nulo; sin embargo, esto habría significado alinearse completamente con la tesis del piloto y el error cometido por éste hacía difícil que el juez llegase hasta ese punto. Desde luego, el coste económico para la compañía es mucho mayor ya que implica el pago de los salarios desde el momento del despido hasta el de la sentencia que, por razones que no vienen al caso, suele tardar bastante más en los casos de despidos nulos que en los improcedentes.
Dicho esto, en todo el asunto la actuación más criticable es, a mi entender, la de Iberia. Desde mi perspectiva de Recursos Humanos, me resulta fácil comprender –aunque desconozco si es el caso- que haya trabajadores que resulten a-pain-in-the-ass y que uno estaría encantado de que desaparecieran del mapa. Sin embargo, creo que, cuando la seguridad está entre los factores en discusión, no se debe permitir que el asunto se maneje como un problema estrictamente de Relaciones Laborales.
Resulta cuando menos paradójico que, cuando operadores y reguladores están patrocinando enfoques no punitivos para garantizar que no se oculta información relevante para la seguridad, se permita que un asunto así caiga en las manos de Relaciones Laborales y el concepto de enfoque no punitivo simplemente desaparezca.
Me pregunto cuál habrá sido, a la vista de este caso, la reacción del responsable de seguridad en vuelo de Iberia o, más aún, qué opinión le habrá merecido el asunto a Aviación Civil. ¿Qué mensaje transmite un despido en estas circunstancias al resto de los pilotos? ¿Es eso lo que se pretendía o es un efecto involuntario? En cualquiera de los dos casos, mal.
Habitualmente, cuando se quiere limitar el malestar que produce una medida de este tipo, si otra persona que se pueda ver reflejada en la misma situación manifiesta alguna inquietud, se le dice que el asunto no tiene nada que ver con él y que, en realidad, lo que ocurre es que la persona despedida era……………rellene cada uno a su gusto la línea de puntos.
Esto –despedir a alguien y justificar el despido aludiendo a una mala relación previa, un problema de rendimiento o lo que sea- no es exclusivo del ámbito de la aviación. Cuando se produce una crisis o situaciones de fusiones, adquisiciones, etc., es tristemente frecuente que, para tranquilizar a los que se quedan, se les diga que los despidos no obedecen a una crisis, que siempre se niega, sino que los despedidos al fin y al cabo se lo habían buscado.
Naturalmente, quien recibe ese tipo de mensaje asume que, cuando le llegue el turno de verse frente a una carta de despido, dirán de él lo mismo que ahora le están diciendo de otro y actuará en consecuencia. Actuar en consecuencia significa, en este caso, intentar convertirse en “hombre-compresa”, es decir, que no se vea, que no se note, que no traspase y eso, cuando se refiere a la seguridad, es definitivamente malo.
Como muy bien saben las organizaciones más avanzadas en este terreno, la ausencia de accidentes no significa seguridad sino que la auténtica seguridad se produce cuando se mantiene viva una capacidad de reacción ante contingencias imprevistas. La omisión no es una buena política de mantenimiento del nivel de seguridad.
Como decía al principio, en España existe el despido libre; es cuestión de dinero. Si realmente una persona resulta muy molesta en una organización, un talonario puede arreglarlo. Utilizar como excusa la actuación de un piloto, más cuestionable por su falta de astucia que por su falta de buena voluntad, cuando la actuación de la propia organización ha sido mucho más que cuestionable en ese mismo caso y donde la seguridad está implicada lanza un mensaje tan poderoso como inadecuado. Eso, en el supuesto de que hubiera una historia de mala relación previa y el motivo aducido para el despido haya sido una mera excusa; si no es eso y la causa alegada para el despido no es una excusa sino que es el motivo real, la cosa es peor, mucho peor.
Negociaciones sindicales: No es ése el camino
Aunque llevo una larga trayectoria en el ámbito de Recursos Humanos, tengo buena relación con algunos sindicatos. Ayer estaba en una reunión de uno de ellos -que no nombraré aquí- y, entre los ponentes invitados, había un experto en negociación.
Toda su ponencia se centró en el comportamiento en la mesa negociadora, en la composición del equipo y en tácticas de regate corto. Sin duda, las tácticas podían ser útiles aunque tenían un claro problema: Su funcionamiento queda muy disminuido en ausencia del factor sorpresa y es más que probable que la parte contraria reciba una formación muy similar.
Se insistió mucho en lo importante de no tomarse las cosas personalmente y también me resulta extraño. Si la gente que está en la posición de negociar está haciendo algo más que un mero juego de rol, es posible que haya personas que presenten conductas no adecuadas. Naturalmente, eso crea resentimiento y, además, desconfianza. No sé si la desconfianza es o no una reacción que pueda considerarse «personal» pero, si está justificada, tampoco veo por qué hay que eludirla.
Creo que una buena negociación, tanto si estamos en la utopía del win-win que, desde luego, no siempre se puede lograr como si intentamos defender una posición sabiendo que, en todo o en parte, estamos en un juego de suma cero no se distingue, como afirman los expertos, porque todo el mundo salga parcialmente insatisfecho sino porque hay unos planteamientos más de fondo que el mero juego de póker de la mesa de negociaciones.
El modelo de negociación ideal no es, en mi opinión, una negociación sino una jugada estratégica del estilo de la protagonizada hace años por IBM cuando Xerox decidió entrar en el negocio de los ordenadores. IBM no se lanzó a una guerra de precios sino que…lanzó su propia línea de fabricación de fotocopiadoras. De esta forma, alteraba uno de los parámetros básicos de Xerox, es decir, el hecho de tener capacidad de financiación gracias a una saneada venta de fotocopiadoras para introducirse en el nuevo mercado.
Podrían ponerse igualmente ejemplos, lamentablemente negativos, del ámbito sindical: Cuando Gillette decidió cerrar su fábrica en Alcalá de Guadaira porque le resultaba más barato fabricar en Polonia y seguir vendiendo en España, los sindicatos actuaron a piñón fijo, haciendo lo que siempre han hecho, es decir, pancartas, cortes de carreteras perjudicando a gente que no tenía nada que ver, presión sobre la Administración, etc. ¿Resultado? Cierre de la fábrica y cumplimiento, punto por punto, de los planes de Gillette.
La alternativa más adecuada no estaba, desde luego, en la presión sindical aunque es posible que aquí valga el viejo dicho de que cuando alguien tiene un martillo como única herramienta cree que el mundo se compone exclusivamente de clavos. En el caso de Gillette, la posición estaba clara: Conservación del mercado reduciendo los costes mediante el traslado de la fabricación.
Una actuación inteligente de los sindicatos involucrados -no puedo resistirme a señalar la contradicción en los términos- habría atacado precisamente al punto central, es decir, la conservación del mercado. En lugar de crispar a un público que ninguna culpa tenía, mejor convertirlo en aliado y convencerlo de que esa conducta merecía que el usuario se cambiase de marca de productos de afeitar. Un lenguaje moderado en los términos pero duro en el fondo y una invitación al usuario a ejercer de juez con su herramienta más valorada, el monedero, habría sido infinitamente más eficaz que todo lo que se hizo.
Explorar la posición del adversario implica conocer cuáles son las presiones a que está sometido, de dónde vienen y si alguna de ellas es susceptible de ser alterada para nuestro provecho. Todo esto y la preparación de las acciones subsiguientes se realiza fuera de una mesa de negociación. Centrar la negociación en el comportamiento en la mesa es como jugar al póker; unas veces se gana y otras se pierde, se aprende pero el contrario también aprende y, cuando alguien hace trampas, no nos pueden pedir que, además, no nos lo tomemos personalmente.
Por qué no funcionan las valoraciones de puestos de trabajo
Aunque son muchas las organizaciones que se han convencido de que es así, todavía algunas -especialmente algunas muy grandes- continúan aplicando esta técnica con vistas a la fijación de niveles retributivos.
El argumento que se vende comercialmente es que la valoración de puestos de trabajo, en adelante VPT, está diseñada para conseguir equidad interna y competitividad externa y ahí está el origen del problema: La equidad interna y la competitividad externa funcionan con parámetros completamente distintos y, a veces, contradictorios.
No entraremos al desarrollo histórico de las VPT ya que prácticamente todas utilizan hoy sistemas de puntajes con los que se pretende garantizar la equidad interna, es decir, se toma un conjunto de factores genéricos y, según la carga que cada puesto lleve en cada una de es0s factores, consigue más o menos puntos.
Hacer esto no es fácil y, desde luego, tiene un gran mérito haber conseguido diseñar sistemas que permitan recoger factores genéricos relevantes para puestos muy distintos de modo que sean comparables entre sí. Una vez que se ha llegado a establecer ese conjunto de factores, fijados por los sistemas de valoración, se puede trabajar con las tablas de puntos asociadas a esos mismos factores y los puntos obtenidos por cada puesto nos servirán para definir las escalas salariales.
Si las variables están bien definidas, el asunto parece fácil: Conversión de puntos en retribución y equidad interna garantizada. Ahora quedaría abordar la competitividad externa: Se pueden comparar algunos puestos de la organización con puestos equivalentes de otras organizaciones y ver así si estamos por encima, por debajo o en el punto de mercado salarial en que queremos estar.
Aquí comenzarían los problemas porque, si todo ha ido bien y los puestos que se han elegido para la comparación externa nos dan unos resultados congruentes, se trataría de arrastrar toda la curva salarial en la dirección que procediese. Es lo mismo que si los puestos que utilizamos para la comparación externa fueran una especie de asa atada a una cuerda -la curva de salarios- y, al tirar del asa en cualquier dirección, arrastramos la curva entera.
En realidad, lo que ha ocurrido es que los puestos que hemos elegido como «asa» nos permiten fijar la posición salarial en relación con el mercado externo pero ¿permanece esa misma posición en toda la curva salarial? La valoración nos había garantizado la equidad interna, medida de acuerdo con los factores utilizados por el sistema de valoración pero la competitividad externa tiene mucho que ver con mercado, es decir, con oferta y demanda.
Pongamos un ejemplo deliberadamente sencillo: Un programador. Tenemos dos programadores especializados en dos tipos de sistemas distintos y hacen exactamente lo mismo cada uno en su sistema respectivo. Una VPT, sin duda, nos marcaría una misma banda salarial para ambos casos pero introduzcamos un problema que, por otra parte, es usual: El sistema en que trabaja uno de los programadores es muy popular y hay una demanda alta y creciente de programadores mientras que el sistema en que trabaja el otro es obsoleto y hay poca demanda y, además, decreciente.
En nombre de la equidad interna, podemos decidir que les pagamos lo mismo, aunque luego se puedan introducir variantes por rendimiento individual ajenas a la propia VPT. Podríamos encontrarnos en la situación de tener a ambos fuera de mercado, al menos demandado por encima y al más demandado por debajo. La consecuencia obvia es que tendríamos que afrontar una elevada probabilidad de que el programador con más demanda en el mercado se marchase a otro sitio donde le pagasen más mientras que el menos demandado permanecería.
Naturalmente, las empresas saben esto y este efecto se intenta corregir recurriendo a distintos subterfugios. Hay algunas que utilizan la VPT para el personal de más bajo nivel, sujeto a un Convenio sectorial o de empresa mientras que con el personal de nivel más alto se trabaja en términos de tratamiento individual. Otras recurren al concepto de «complementos personales» que, habitualmente, podrían responder a un excepcional rendimiento pero que, en realidad, a lo que responden es al hecho de que puestos muy demandados pueden estar pagados por debajo de mercado. De esta forma, consiguen un mejor ajuste a mercado pero ¿dónde quedó la equidad interna?
Cuando se llega a esta situación donde el arreglo implica romper con el espíritu de la VPT aunque formalmente se mantenga, es inevitable hacerse una pregunta: ¿Por qué se sigue utilizando la VPT en algunos casos? Pueden darse tres respuestas a esta pregunta:
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Cuando la organización se embarcó en una VPT, no se había reflexionado a fondo en estos asuntos y fueron unos más entre las innumerables víctimas de la venta de humo.
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La organización es consciente de los problemas pero puede tener una situación conflictiva en el área de Relaciones Laborales y ha encontrado que una VPT le permite salir bien de un proceso negociador aunque luego tenga que hacer ajustes que, en la práctica, rompan con la filosofía del sistema.
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Los buenos sistemas de VPT son unas herramientas muy estructuradas. Esto permite al que las utiliza dejarse guiar sabiendo que las restricciones del propio sistema le avisarán si comete un error importante en el análisis de puestos. Para llegar a determinar los puntajes válidos para generar una estructura salarial, es necesario pasar por una estación intermedia que a menudo resulta más interesante que el producto final. Se trata de la determinación de los grados en que se sitúa cada puesto en los distintos factores. Decir que dos puestos tienen respectivamente 500 y 530 puntos sólo nos serviría para saber que sus niveles salariales deben estar muy próximos. Si, en lugar de esto, decimos que uno de ellos es un puesto con responsabilidad sobre recursos y el otro es un puesto de alto contenido técnico que resuelve problemas complejos (nótese que esto lo decimos simplemente viendo los códigos de la VPT) tenemos una información muy interesante y muy válida para definir trayectorias profesionales.
Habrá quien pueda decir razonablemente que para el tercer uso tenemos los sistemas de gestión por competencias (SGC) y es cierto pero con matices. En primer lugar, los VPTs son anteriores a la existencia de los SGC y eso explica que esta alternativa no se contemplase en su momento.
Hoy, los SGC son una buena alternativa que aporta una mayor flexibilidad y un mejor ajuste que los VPT pero el coste de la flexibilidad es que carecen de esa estructura que guía al analista y le impide cometer errores importantes. Antes de que alguien rebata este último punto, haré una aclaración: Hay SGCs que son tan estructurados como los VPTs pero en el momento en que se establece una relación matemática entre los factores, el sistema se convierte en mucho más rígido y no se puede alterar sin consecuencias…en otras palabras, el SGC se convierte en un VPT aunque comercialmente lo sigan llamando SGC provocando una notable confusión en el mercado.
No es éste el único problema ya que está también el de la ponderación relativa de factores pero ése lo abordaremos en otro momento.
¿Cómo es su evaluación de rendimiento?
Ahora que estamos casi a fin de año y muchas organizaciones están cerrando el ejercicio, suelen producirse también las evaluaciones de rendimiento. Puede ser un buen momento para preguntarse si sirven para algo y si las prácticas que se utilizan en este terreno son adecuadas.
Respecto de su utilidad, creo que hay que empezar por un principio básico: Todas las organizaciones priman algo y las que no lo hacen también lo hacen. No cabe en este asunto la abstención; la omisión produce unos efectos tan claros como un sistema cuidadosamente diseñado. Un ejemplo:
¿Qué mensaje transmitimos si los sueldos se suben conforme a un convenio, no hay ningún tipo de diferenciación ni reconocimiento a los que lo hacen bien ni de reproche a los que lo hacen mal? Uno clarísimo y que es inmediatamente recogido: Da igual…y si da igual y van a conseguir lo mismo, las personas optan por la vía que les supone menos esfuerzo. Dicho de otro modo, si no diferenciamos entre personas que se comportan de forma distinta, estamos primando que exista un estándar común y que ese estándar sea el de menor esfuerzo y, por tanto, el más bajo. Por cierto, ésta es una lección que parecen no haber aprendido algunos ilustres pedagogos con sus diseños de sistemas educativos a pesar de que es muy básica.
Una vez que tengamos claro que por acción u omisión vamos a primar algo, parece claro que es mejor primarlo por acción pero, además, esa acción tiene que ser adecuada.
Sorprende, por ejemplo, el gran énfasis que se hace en un punto específico del proceso como es la entrevista de evaluación de rendimiento. No negaremos aquí su importancia pero la entrevista es un punto en el tiempo que tiene que ir ligada con un análisis de lo pasado y producir unos efectos en el futuro. Si estas condiciones no se producen, la entrevista de evaluación de rendimiento no sirve absolutamente para nada.
Hay quien entiende que, aunque así sea, siempre es positivo reunirse para comentar cómo ha ido el periodo evaluado y así puede ser una o dos veces pero, si no se producen unos efectos claros, nos encontraremos en una situación parecida a la de los experimentos de Elton Mayo en Hawthorne.
De modo casi accidental, Mayo descubrió que había introducido un factor extraño al tratar de determinar qué mejoraba el rendimiento. El efecto extraño era precisamente la atención prestada a un colectivo nada acostumbrado a muestras de atención, menos aún si esas muestras procedían de alguien con un estatus superior. Como el tiempo demostraría, las muestras de atención producen un efecto motivador…siempre que no se utilicen como una estrategia de motivación.
¿Motivo de la paradoja? Cuando la atención a las personas no nace de una inclinación genuina sino que pasa a ser un instrumento de una explotación más eficiente, esa atención puede incluso ser contraproducente porque es percibida -correctamente- como una forma de engaño. Algo parecido puede ocurrir con una entrevista de evaluación de la que no se deriva ningún efecto.
El énfasis, en mi opinión, no debería estar en la entrevista sino en cuáles son los instrumentos de medida que se van a utilizar, cuál es la relevancia de esos instrumentos de medida y qué efectos se producen como consecuencia de alcanzar unos u otros valores en las mediciones.
Cuando alguien dice -y hay quien lo dice- que el trabajo de los suyos es muy difícil de evaluar, se le puede ayudar con una sencilla pregunta: ¿En qué diferencias a uno que lo hace bien en su puesto de uno que lo hace mal? Su respuesta, sin duda, nos dará algunas claves para el establecimiento de los instrumentos de medida.
Hace poco tiempo, un directivo de una empresa afirmaba que, dados los cambios constantes en los proyectos, era muy difícil buscar criterios para evaluar a la gente pero, llevando al extremo esa línea de razonamiento, habría que concluir que no sólo no sabía quién era bueno en su trabajo y quién no sino que tampoco podía tener la más remota idea de cuanta gente necesitaba. Cuando alguien se enroca en una posición como ésa, sólo caben dos posibilidades: O es incompetente o está jugando sucio y está dando una excusa para eludir todo control y mantener una discrecionalidad total.
Un criterio básico de relevancia es que la unidad de medida esté claramente relacionada con el trabajo de la persona evaluada y que ésta pueda influir en los resultados de esa unidad de medida. De otro modo, no se consigue ningún efecto. Ejemplo: Hace varios años, el anterior presidente de Telefónica fue muy criticado por regalar una enorme cantidad de dinero bajo el epígrafe de stock-options a directivos de su empresa.
La iniciativa fue muy criticada y, como suele suceder cuando no se sabe muy claramente de qué se habla, lo criticado fue el mecanismo de las stock-options y no la desproporcionada cantidad de dinero que se había regalado bajo ese epígrafe. Como una forma de eludir las críticas, el presidente decidió que «stock-options para todos» y, al hacerlo así, terminó de redondear la chapuza.
Vaya por delante que las stock-options son un buen método de retribución siempre que se cumpla una condición básica: La persona que las recibe tiene una posición en la organización suficientemente relevante para afectar con su trabajo al valor económico de la empresa en el plazo al que se haya fijado la opción de compra de acciones. Cuando este modo de retribución se extiende a todo el personal, ha perdido todo tipo de especificidad e inevitablemente es visto por muchas personas -con toda la razón- como una especie de lotería que puede o no tocar con independencia de que se haya trabajado bien o no.
Ni uno ni otro de los casos señalados corresponden a empresas muy pequeñas lo que muestra que las grandes organizaciones también cometen errores básicos. Tratar de responder a ese problema sólo mejorando la técnica de entrevista es rascar la superficie sin entrar a fondo en el asunto. La clave está en tener los criterios adecuados de medición y en los efectos de la medición. Mientras no se entre ahí a fondo, el resto son juegos florales.
Procesos de selección a la americana
A los que estamos en el lado Este del Atlántico algunas costumbres americanas nos causan sorpresa. Entre ellas, están normas como la de no poder incluir una foto en el curriculum para, de esa forma, evitar la discriminación por negro, por blanco, por indio, por hombre, por mujer, por gordo, por flaco…o lo que sea.
Hoy mismo he encontrado este vínculo en Internet que me ha llamado la atención y del que recomiendo su lectura:
La verdad es que de tal título esperaba una sesión de eufemismos y me ha sorprendido agradablemente el que no sea así. No se trata de conseguir la misma información -aquí el título lleva a engaño- sino una información relevante para la contratación que el seleccionador busca mediante la pregunta inadecuada.
Así, como ejemplo, se le indica al seleccionador que no le pregunte a una candidata si tiene hijos pequeños sino que, en lugar de eso, le pregunte si tiene algún problema en caso de que se le requiera con muy poco tiempo de aviso para trabajar fuera de horario. ¿No se trataba de eso? El seleccionador asume que la candidata con hijos pequeños va a tener un problema; en el segundo caso se pregunta directamente por el problema.
En muchas ocasiones, candidatas que han sido sometidas a preguntas inadecuadas me han preguntado qué responder y siempre he respondido algo muy sencillo: «Ante una intromisión ilegítima, la mentira es una respuesta legítima» tanto si se trata de una candidata en un proceso de selección como del affaire Clinton-Lewinsky.
Si, en lugar de intromisiones ilegítimas, aprendemos a preguntar directamente por lo que nos preocupa todos saldremos ganando.
Seguridad aérea: «Improving air safety through organizational learning»
https://www.ashgate.com/shopping/title.asp?isbn=0%207546%204912%201 –
Este vínculo lleva al sitio de la editorial Ashgate donde está la reseña del libro «Improving Air Safety through Organizational Learning».
En contra de lo que indica su título, es en realidad un libro sobre gestión de conocimiento más que sobre seguridad aérea. Por razones obvias, ha habido mucha presión para aprender en lo relativo a seguridad en aviación y eso ha hecho que este ámbito avance más deprisa que el empresarial.
Cuando, allá para finales de la década de los 70, comenzaron a aparecer problemas y se dejó de aprender al ritmo deseable, las causas de ese fallo son perfectamente extrapolables al ámbito empresarial. Unos años más tarde comenzaron a aparecer idénticos problemas en grandes organizaciones sin relación alguna con la aviación.
El atractivo que tiene el terreno de la aviación, para alguien que le resulte indiferente, es que sirve para marcar un camino: Puesto que la presión es mayor, el avance es más rápido y lo que ocurre en ese ámbito nos puede servir de brújula para saber qué va a pasar en un tiempo en el ámbito empresarial.
La seguridad nuclear podría haber sido utilizada igualmente como ejemplo. ¿Por qué no se hizo? Por dos motivos: Primero y principal, porque el autor del libro -quien escribe estas líneas- tenía más fácil acceso y mayor conocimiento del terreno de la aviación que del de la energía nuclear. Segundo: Porque el modelo organizativo de una central nuclear hace que nunca se rompa la pirámide organizativa, es decir, siempre se puede encontrar a alguien que sabe más y eso implica que se le puede exigir a un operador muy cualificado que opere conforme a síntomas, es decir, un modelo de actuación «If…Then». En aviación, ese operador muy cualificado sería el piloto del avión pero la pirámide organizativa se encuentra rota. Cuando el avión está volando, no hay tiempo ni posibilidad de consultar determinadas decisiones sino que han de ser tomadas por el piloto. Es, en ese sentido, un modelo de organización forzosamente descentralizado y no se le puede pedir que opere bajo el modelo «If…Then» sino que resuelva el problema con los medios a su alcance.
El valor de la resistencia a la presión (Alonso .vs. Hamilton)
Aún recuerdo un partido de tenis, una final de Roland-Garros, entre McEnroe y Lendl donde McEnroe ganó los dos primeros sets y, a pesar de ello, Lendl se impuso ganando tres sets y el partido.
Los entendidos del tenis hablaban de la capacidad física y de la resistencia de Lendl pero había algo mucho más asombroso que todo eso: La capacidad de funcionar bajo presión.
Más recientemente, hemos tenido varios recitales de funcionamiento bajo presión en la Fórmula-1. A estas alturas, no se sabe quién ganará finalmente el campeonato pero sus protagonistas destacan por algo más que por conducir deprisa y es, precisamente, por su capacidad de resistencia a la presión.
Fernando Alonso demostró de lo que era capaz cuando aguantó varias vueltas pegado a su rueda al varias veces campeón del mundo Schumacher sin descentrarse y haciéndose con la carrera. No hace mucho, él mismo actuó como Schumacher corriendo tras su compañero de equipo Hamilton que también le aguantó la embestida.
Las apuestas y las presiones han subido porque ya no solamente son las que se dan en el circuito sino alrededor de él. El feo asunto del espionaje de Ferrari, la preferencia descarada del patrón de McLaren por uno de los pilotos y el enfrentamiento abierto por ese motivo con el otro, dos pilotos rapidísimos con coches idénticos gracias, entre otras cosas, al espionaje en el interior del equipo merced a una negociación poco hábil por parte de Alonso…
¿La salida de pista de Hamilton hay que ponerla en la lista de las «cosas que pasan» o atribuirla a una mala decisión motivada por una presión creciente? ¿En qué situación se encuentra un Alonso que no se fía -con razón- del equipo en el que está que se inclina abiertamente hacia su contrincante? Incluso la propia FIA está ejerciendo como árbitro casero con sus diferencias en el trato a la hora de remolcar un coche según sea pilotado por uno u otro.
Sin duda, la suerte también va a jugar su papel en lo que queda de campeonato pero hay una absoluta igualdad en los vehículos y una virtual igualdad en la capacidad de los pilotos para conducirlos con rapidez.
La resistencia a la presión va a jugar un papel clave aunque es cierto que la presión que sufre uno y otro es de un tipo y de una intensidad distintas: Alonso se encuentra rodeado, no ya de adversarios sino de enemigos. Si, en ese contexto con todo contra él, consigue hacerse con el título, no habrá demostrado ser un gran piloto (eso ya sabemos todos que lo es, al igual que también lo es Hamilton) sino que demostrará ser capaz de sobreponerse a cualquier cosa.
Si es Hamilton quien se lleva el título, inevitablemente quedará ahí la idea de que «así se las ponían a Felipe II», con su patrón y padrino ayudándole y con la FIA consintiéndole cosas que a otros no le admiten y permitiéndole marcharse de rositas tanto del espionaje de Ferrari como de una conducta cuestionable en la pista.
Sin embargo ¿qué ocurre si Hamilton no se lleva el título? Probablemente asistamos a un rápido desinflado del personaje porque si, con todo a su favor, no es capaz de hacerlo ¿será capaz de resistir en unas circunstancias más adversas, incluso aunque no sean siquiera comparables como las actuales de Alonso? Difícilmente nadie creería ya en Hamilton, ni siquiera el propio Hamilton.
Vale la pena seguir el desarrollo de los acontecimientos. Hace tiempo que esto ha dejado de ser un duelo de tecnología y de caballos en el motor para pasar a serlo de voluntad y, lamentablemente, también de navajazos.
En un libro de Asimov dedicado a divulgar temas científicos, contestaba a la pregunta de «¿Qué ocurre si una fuerza irresistible impacta con un objeto inconmovible?» contestaba, con gran sentido común, que en un universo que existiera una fuera irresistible no podía existir un objeto inconmovible y viceversa. Prácticamente, contestó más en términos del significado de las palabras que en términos científicos.
A todos nos gustaría, en un duelo como el de Alonso y Hamilton, contemplar un choque como el que planteaba el interrogador de Asimov; sin embargo, es de esperar que el final de temporada se cierre con un conjunto de escándalos y reclamaciones sobre asuntos que ya, estando el final más lejos, se han podido ver como, por ejemplo, manejar las paradas en carrera por parte del equipo McLaren-Mercedes de forma que Hamilton no pudiera ser adelantado.
El duelo de voluntades siempre es interesante, no sólo en la Fórmula-1 o en el tenis sino también en el mundo empresarial (véase el caso de Manuel Pizarro y su defensa numantina de Endesa, por ejemplo) pero es frecuente que ese hermoso espectáculo se diluya en la ciénaga del juego sucio, la trampa y el navajazo.

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