Categoría: Recursos Humanos
Tokio 2016 .vs. Madrid 2016: Una de Olimpiadas
Tokio se nos presenta como una candidata importante a las Olimpiadas de 2016. Para Madrid, también candidata, puede ser una buena y mala noticia en función de lo que Tokio puede aportar.
Tokio tiene, sin ninguna duda, puntos fuertes en los que supera a Madrid. Es, empezando por ahí, una de las ciudades más seguras del mundo a pesar de su enorme tamaño. Sus más de dos millones de personas diarias pasando por la estación de Shinjuku no condicionan ese hecho; su aeropuerto de Narita, también entre los grandes en el mundo, resulta comparado con otros un auténtico remanso de paz pudiéndose encontrar numerosos rincones en los que descansar.
El funcionamiento de los servicios públicos y la puntualidad de éstos es simplemente impresionante. El Shinkansen o tren-bala no se sabe si impacta más por su longitud (400 metros de tren), por su puntualidad, por su frecuencia o por una precisión que permite que se formen ordenadamente las colas de acceso justo delante del lugar donde va a quedar la puerta del tren cuando éste llegue. Esto último ocurre en todos los trenes.
Acostumbrados a nuestro AVE, ligeramente más rápido, ver que desaparece toda la parafernalia de revisión de equipajes y medidas de seguridad, que en los vagones sin asiento reservado va la gente de pie, como en el metro, aunque circule a 270 kms./h, que sus cuatro niveles de rapidez no se diferencian en velocidad punta sino en el número de paradas que realizan en la línea…es simplemente impresionante.
La amabilidad de los japoneses es también espectacular y, por supuesto, no se reduce a esas reverencias que para la mentalidad occidental resultan extrañas y, a veces, incómodas. Hay una disposición servicial que, aunque nunca va a conseguir que el extranjero se sienta como en casa -tal vez tampoco lo pretenda- le va a facilitar extraordinariamente la vida en una ciudad que se antoja extraña y, para nuestra mentalidad, un punto inhóspita.
Un país donde los restaurantes rechazan las propinas, donde la afirmación o la negación con la cabeza funcionan justamente al contrario, donde un letrero rojo en los taxis significa precisamente que van libres y donde ni siquiera contar con los dedos se hace de la misma forma…resulta extraño.
Con todo, la asignatura pendiente de la candidatura de Tokio es el idioma. Incluso en lugares tan especializados como las agencias de viajes es frecuente encontrar que ni uno solo de sus agentes habla inglés y en algunas que se anuncian como multilingües no faltan a la verdad: Chino, coreano, tagalo y birmano.
Si vamos a otro tipo de servicios, en seis días me he visto obligado a bajarme en tres ocasiones de un taxi. No fue, desde luego, ni por falta de amabilidad ni porque el taxista tratase de engañarme. Fue simplemente porque fui incapaz de entenderme con él. A pesar de llevar un plano con los nombres en letras latinas, nombres que le leía y el taxista repetía, no sabía qué le estaba diciendo.
En una de las ocasiones, traté de indicarle por gestos que sólo quería que siguiera de frente, girase a la izquierda y volviese a girar a la izquierda otra vez. Con eso, estaríamos en la avenida donde estaba el hotel unos tres kilómetros más allá. Fue inútil.
Todos llevan un sistema de apertura de la puerta -y no me refiero a un desbloqueo sino a que la puerta del viajero se abre sola- desde el asiento del conductor quien, a menudo, lleva gorra y guantes blancos. También llevan unos GPS con unas pantallas gigantescas pero, de repente, se les ve consultar una especie de guía telefónica mientras conducen y, a veces, cambiándose de gafas en el proceso, lo que no tranquiliza mucho.
Letreros escritos en perfecto japonés por todas partes, excepto en el tren donde anuncian las estaciones en japonés e inglés. Los restaurantes presentan fotos o maquetas en plástico de los platos con sus precios para hacerse una idea aproximada de qué es lo que se va a comer y, aunque no siempre se acierta, el plato real que después se recibe en la mesa está milimétricamente copiado de la maqueta o de la foto de la entrada.
Madrid representa casi todo lo opuesto a Tokio. Acostumbrada desde hace mucho a recibir visitas, pueden encontrarse por todas partes personas con diversos grados de manejo del inglés y de otros idiomas, incluso el japonés. Es una ciudad pensada para el turismo.
Los servicios públicos han mejorado mucho pero no llegan, ni de lejos, al nivel de Tokio. Los taxistas serán capaces de improvisar más fácilmente para entenderse y, en ocasiones, existe el riesgo de que improvisen también un recorrido turístico no solicitado.
El grado de seguridad no es comparable. Como ocurrió con la candidatura de 2012, es previsible que el terrorismo vasco quiera dejarse ver también en la próxima pero no sólo hay que hablar de ese tipo de delincuencia. A la delincuencia autóctona hay que añadirle la importada en forma de bandas que, ocultas entre los inmigrantes que llegaron en busca de un futuro mejor que el que podían tener en su país, han encontrado en España un sistema judicial y penal a la medida de sus sueños más delirantes.
¿Qué es mejor? Intento ser imparcial pero me quedo con Madrid. Tokio, a pesar de su impresionante organización, de su seguridad y de la amabilidad de su gente, tiene un problema muy difícil de manejar para el extranjero que es el idioma en todos los ámbitos.
Madrid es menos segura, la amabilidad española con el foráneo ya no es lo que fue en tiempos pretéritos y se ha pasado del servilismo a tener que demostrar mediante un comportamiento casi hostil que no estamos por debajo del visitante; sus servicios públicos son buenos para un nivel europeo aunque no lleguen al de Tokio y, a pesar de todo ello, es más fácil que el visitante extranjero llegue a sentirse como en casa en Madrid antes que en Tokio.
Productividad y tiempo pasado en el trabajo
Hace un tiempo, alguien se molestó en sacar datos sobre cuáles eran los países donde la gente pasaba más horas en el trabajo. Los resultados fueron sorprendentes porque los dos países con mayor cantidad de tiempo pasado en la oficina no estaban precisamente en primera línea de productividad: Brasil y España.
Parkinson contaba, como una característica fundamental del trabajo, que ocupa todo el tiempo disponible para su desarrollo, es decir, que a más tiempo disponible no se hacen más cosas sino las mismas en más tiempo o, dicho de otro modo, disminuyendo la productividad.
¿Por qué ocurre esto? Empecemos por la existencia de un equívoco en el lenguaje. Cuando alguien habla de «dedicación» e incluso utiliza este factor en evaluaciones de rendimiento, no nos engañemos: El uso de la palabra dedicación es perverso y suele referirse, ni más ni menos, al tiempo que alguien pasa en el trabajo y a su disponibilidad para pasar más horas de las marcadas por la jornada laboral.
Si esto se prima, no tiene nada extraño que acaba dándose una especie de competencia donde salir antes que el jefe es anatema. Sin embargo, es posible que haya algo más: Parkinson, en su ley, vio bastante claramente que la productividad no es directamente proporcional al tiempo consumido en el trabajo pero su medición fue de tipo cuantitativo dejando escapar una dimensión cualitativa de gran interés.
En un experimento clásico en psicología, se consiguió inducir estrés en monos con sus enfermedades asociadas como, por ejemplo, úlceras. En el experimento, tenían dos monos; a uno de ellos le podían dar una descarga eléctrica sin que éste tuviera posibilidad de evitarlo mientras que al otro le daban una posibilidad que unas veces funcionaba y otras, haciendo lo mismo, recibía igualmente la descarga.
¿Se adivina cuál desarrolló estrés y sus consecuencias fisiológicas? Premio; el segundo. El mono que estaba en una posición que podríamos denominar «semicontrol» era el que desarrollaba estrés y, por cierto, esa situación de «semicontrol» es muy semejante a la que se sufre en muchos tipos de trabajo.
La comparación puede ser molesta para algunos pero eso es exactamente lo que hace a muchas personas desarrollar también estrés pero hay una forma de disminuirlo. Si nuestro tipo de trabajo está sujeto a contingencias fuera de nuestro control pero no fuera de nuestra responsabilidad -cosa frecuente en posiciones altas o en otras que, no siéndolo tanto, están en organizaciones que funcionan mal- una forma de escape es la «dedicación».
Si las cosas salen bien, se atribuirán a la «dedicación»; si salen mal, se le quitará hierro al asunto porque la «dedicación» mostrada deja en evidencia que se ha hecho todo lo posible para que las cosas funcionasen bien.
Se dice que un directivo puede estar en su despacho el tiempo que le dé la gana porque lo que importa es que consiga resultados. Falso. El directivo sabe muy bien que en su trabajo hay numerosas contingencias que pueden hacer que las cosas salgan bien o mal con independencia de su acción (y, si no lo sabe y cree que todo lo bueno o malo que pase es cosa suya, es que es tonto y no debía estar ahí) y tenderá a proveerse de «dedicación» como una especie de póliza de seguro por si las cosas salen mal.
Hay aún otro tocomocho relacionado con la «dedicación» y es cuando ésta se considera uno de los elementos componentes de la «profesionalidad». Como somos muy profesionales, dedicamos el tiempo que haga falta para que salgan las cosas y, de esta manera, permitimos que caigan sobre nuestras costillas situaciones donde hay una carencia deliberada de personal con el consiguiente ahorro de costes.
No creo que sea para enorgullecerse el tiempo pasado en el puesto de trabajo, especialmente, si ese tiempo acaba siendo la auténtica unidad por la que alguien es medido muy por encima de los resultados que se consiguen.
La «dedicación», entendida como tiempo de permanencia en el puesto, es una trampa de la que deben huir tanto empresarios como trabajadores. Valórese lo que importa, es decir, los resultados porque, si lo que se valora es la «dedicación», o la empresa está mal organizada o está funcionando con menos plantilla de la que necesita.
En organización, cuando no quiera hacer nada…invéntese un cargo
Hace años, conocí un caso en una empresa alemana en que un buen día le exigieron a la filial española -que funcionaba como una especie de virreinato independiente- que contratase a un director de calidad porque así lo exigía el programa de certificación que estaban poniendo en marcha.
El presidente español, que sabía jugar sus cartas y no quería que nadie se metiese en sus asuntos, se limitó a buscar a la persona más incompetente que pudo encontrar, le puso un despacho y dejó que las cosas siguieran funcionando como hasta entonces, eso sí, con el añadido de alguien que se paseaba con un walkman por los pasillos y cuya contribución se reducía a arengas a la tropa del estilo Chicos, vamos a hacer grandes cosas...o sea, nada.
¿Qué ocurrió cuando se puso de moda la gestión del conocimiento? Muchas empresas se limitaron a nombrar un director de gestión de conocimiento y con esto ganaron algún titular de prensa. ¿Efectividad? Escasa o nula. Con la gestión del conocimiento ocurre algo parecido a lo que ocurría con los círculos de calidad: Las organizaciones donde los círculos funcionan son aquéllas muy abiertas a las ideas que vienen de la base y funcionarían igual sin círculos de calidad porque las ideas encontrarían su camino. Sin embargo, si esa apertura no existe, los círculos no la van a lograr y ello nos plantea una duda sobre la efectividad del instrumento. Lo que vale es la actitud de apertura y no el instrumento organizativo.
Si vamos a la política reciente, tenemos hermosos ejemplos de cargos inútiles como el Alto Comisionado para las Víctimas del Terrorismo, el Ministerio de Igualdad o el Ministerio de Vivienda. En la anterior etapa socialista hubo otro ejemplo notorio y fue el puesto de reinona que le dieron a Baltasar Garzón, puesto cuya inutilidad era tan manifiesta que acabó marchándose e intentando procesar de nuevo a aquél de cuya mano entró en la política activa.
En todos los casos, la dinámica es idéntica: Alguien no quiere o no puede hacer o no sabe qué hacer y, para ocultar esa situación, se inventa un cargo. A partir de ahí, no habrá resuelto el problema pero habrá salvado su posición. Si las cosas no se arreglan, ya tiene un culpable. ¿No se trataba de eso?
Paradojas y factores de éxito de la formación online
http://www.copac.es/prensa/revista_articulo.asp?id=1256
Publicado en la revista «Aviador» del Colegio de Pilotos.
Sloodle: El último grito en formación online
Es una aventura en software libre de la que será interesante observar su desarrollo.
Se presentan a sí mismos como una fusión entre Second Life y Moodle, es decir, tratan de utilizar la organización para la formación de la plataforma Moodle y añadirle las capacidades del mundo virtual Second Life.
El primer problema que pueden encontrarse es que la aplicación de Second Life es cualquier cosa menos intuitiva. Moodle, a nivel de alumno usuario, puede aprenderse en poco más de media hora y la mayoría de las veces no hará falta ni siquiera un curso formal sino que se podrá aprender a cabezazos, es decir, la fórmula más usual de aprendizaje de aplicaciones informáticas.
Second Life es otra cosa; una vez que se ha instalado la aplicación, hay que perder bastante tiempo para aprender a desenvolverse y eso hace que muchos desistan -desistamos- del intento y que las expectativas de crecimiento que tenían hace un año hayan quedado en agua de borrajas.
¿Puede aportar algo la idea de formación online en un entorno 3D y con avatares? En principio, toda capacidad nueva puede aportar algo; otra cosa es que resista un análisis coste-beneficio incluyendo en el coste el tiempo necesario para aprender a utilizar la herramienta. Por añadidura, podrían existir productos sustitutivos, por ejemplo, en el terreno de los juegos en red.
Basta con entrar a cualquier café Internet para encontrarse a un grupo de adolescentes pegándose tiros virtuales a través de un escenario compartido donde se emboscan, hablan entre sí y hacen de todo y, por cierto, con una calidad gráfica muy superior a la ofrecida por Second Life. Lo mismo puede hacerse, por ejemplo, con simuladores aéreos tanto de combate como comerciales.
¿Aporta algo la integración Moodle-Second Life? A priori, creo que podría acabar siendo un parto de los montes del que acabase saliendo un humilde ratón. Si Second Life funcionase bien, probablemente no necesitaría ninguna integración con Moodle; si no consiguen que funcione bien, la integración con Moodle no les traerá más tráfico.
Cuidado con las redes sociales
Ayer recibí una invitación de un amigo para conectarme con él a través de una red en la que, aunque estaba, no había entrado nunca más.
Al conectarme para aceptar la invitación, me encontré con que me pedía mi contraseña de correo electrónico para ver cuáles de mis contactos estaban en la red; me lo pensé pero finalmente la escribí y me salió una lista de varios cientos de nombres.
La siguiente pregunta consistía en si quería averiguar quiénes de ellos estaban ya en la red y, al responder positivamente, lo que hizo el programa es enviarles a todos mis contactos un mensaje invitándoles a unirse a la red como contactos míos.
Naturalmente, entre esos cientos de nombres hay los más diversos tipos de relación y no me apetece en absoluto que muchos de ellos, con los que la relación es escasa o estrictamente profesional o incluso que expresamente me han dicho que no quieren participar en este tipo de redes, reciban un mensaje mío de esta clase.
Lo dicho; mucho ojo porque se puede acabar ejerciendo de «spammer» sin comerlo ni beberlo.
Seguridad aérea: Ojos que no ven, corazón que no siente
Vuelo de Sao Paulo a Madrid, día muy caluroso y avión (MD-11) que va a salir a las horas centrales del día. El embarque es multitudinario -bastaría con darle una pancarta a un pasajero para confundirlo con una manifestación- hasta que, por fin, está todo preparado.
Normalmente un despegue en un vuelo largo dura bastante, generalmente entre 50 y 55 segundos frente a los habituales 30 a 35 segundos en un vuelo corto. Unos cuantos segundos antes del despegue, se nota que el avión «flota» y ello es la clara indicación de que ya falta muy poco; pues bien, en este caso, trascurridos 65 segundos, el avión estaba firmemente asentado en el suelo.
No percibí la menor señal de inquietud entre los pasajeros; algún comentario trivial del tipo «Cuánto tarda» pero ninguna preocupación en el sentido de que las pistas tienen una longitud. Divina inocencia.
Technorati
La esencia de la gestión de recursos humanos
En algunas ocasiones, las mejores ideas vienen de sitios inesperados.
Después de mucho tiempo dedicado al área de recursos humanos en todas las modalidades posibles, es decir, dirección, consultoría o docencia, he acabado encontrando que algo que podía intuir y procuraba aplicar tiene una forma sumamente simple de ser expresado.
Lo que distingue de verdad a la persona con experiencia real en el ámbito de los recursos humanos de la que no la tiene no es el volumen de conocimientos técnicos. En primer lugar, el área de recursos humanos tiene comparativamente menor carga técnica que otras y, además, los conocimientos técnicos se adquieren en el momento en que alguien esté dispuesto a dedicar esfuerzo y seleccione los programas de formación y la bibliografía correctos.
Sin embargo, siempre me ha parecido que la gente con experiencia en recursos humanos utiliza modelos lógicos distintos y mejores que los utilizados por el inexperto. Son mejores porque permiten anticipar con más precisión qué es lo que se sigue de una actuación determinada que pueda afectar a personas.
Permítaseme hacer una breve referencia autobiográfica: Cuando comencé a trabajar en el ámbito de la seguridad aérea, encontraba que muchas investigaciones de accidentes eran precisas en la descripción de los hechos pero que esa precisión no aportaba nada con vistas a evitar futuras ocurrencias. Lo que, en realidad, faltaba era una hipótesis básica que se cumpliera en casi el 100% de las situaciones y permitiera canalizar adecuadamente los esfuerzos de investigación.
Pues bien, la hipótesis básica ante una investigación de un accidente es ésta: Las personas, en general, no son tontas ni están locas ni han tenido un accidente porque habían elegido ese día para suicidarse.
Naturalmente, la aplicación de esta hipótesis implica tratar de colocarse en la cabeza de la persona en la situación y tratar de buscar explicaciones a una actuación, explicaciones alternativas a la estupidez, la incompetencia o la locura. Esa simple práctica puede permitirnos aportar mucha luz y explicar por qué una persona se comporta de determinada manera.
Esto mismo es lo que ocurre cuando hablamos de gestión de recursos humanos. Las personas, en general, actúan con coherencia y en lo que fallamos es en averiguar cuáles son los parámetros conforme a los cuales se produce esa coherencia.
No podemos buscar esos parámetros en los manuales generalistas o especializados de recursos humanos por buenos que sean. Cuando lo intentamos, nos encontramos en la situación de Gödel y nos resulta imposible explicar un modelo desde ese mismo modelo. Sin embargo, es cierto que la experiencia permite ir un paso más allá en la abstracción y encontrar comportamientos lógicos en situaciones donde la teoría o la lógica de la gestión al uso ayudan poco.
Un ejemplo ayudará a entender esta idea: ¿Por qué, a medida que se disminuye el nivel de exigencia en la enseñanza, el fracaso escolar aumenta en lugar de disminuir?
He ahí un aparente contrasentido. Sin embargo, si nos preguntamos cuáles son los incentivos del estudiante y por qué parece estar menos dispuesto a realizar un menor esfuerzo precisamente cuando menor esfuerzo se le solicita.
El contrasentido es solo aparente. La enseñanza ha sido en todos los países desarrollados y en vías de desarrollo el gran motor de promoción social. El estudiante que percibía esto o al que esta idea le era transmitida en su entorno familiar tenía un motivo claro para el esfuerzo. A medida que se va facilitando todo y se va disminuyendo la cantidad y calidad de contenidos para facilitar que todos puedan pasar, la enseñanza deja de tener ese carácter de vehículo de promoción.
La facilidad para pasar de curso no puede jamás ser un incentivo para no abandonar. Si el estudiante percibe que está perdiendo el tiempo y que la única razón para estar allí es la obligatoriedad, hará todo lo que pueda para eludir esa obligación y encontrará cosas mejores en las que pasar el tiempo que aburrirse en un aula.
En última instancia, se ha acabado diseñando un sistema que consigue exactamente lo contrario de lo que pretendía. Se ha buscado facilitar el acceso a las personas con menores medios pero, cuando se confunde el acceso a la línea de salida -intentar que todo el que lo desee y tenga capacidad pueda estudiar- con el acceso a la línea de llegada -todo el mundo tiene derecho a un título con independencia de capacidad y mérito- se acaba generando un sistema perverso donde, una vez desaparecido el valor del título, hay escaso incentivo para su consecución y aumenta el nivel de fracaso.
¿Obvio? Sí, para alguien con conocimientos de recursos humanos pero es igualmente obvio que no lo ha sido tanto para los que han diseñado y promovido un sistema de enseñanza que produce tales efectos. ¿Por qué? Porque piensan en SU propia lógica y no en la del alumno. Si es más fácil pasar, pasarán más y habrá mayor cantidad de personas que puedan pasar a niveles superiores y, por tanto, se producirá esa mayor facilidad de acceso a las personas con menores medios. Sin embargo, por el camino han matado todo tipo de hábito de trabajo y han mostrado que el esfuerzo no es valioso porque se va a pasar igual.
Es un mero ejemplo pero muestra un modelo de razonamiento típico de alguien que se dedica al área de recursos humanos. Lo más curioso del asunto es que puede encontrarse también en otras áreas y son esas otras áreas las que pueden darnos modelos más generales.
Dos libros y dos autores que pueden enseñar mucho sobre las auténticas bases de la gestión de recursos humanos: Steven Levitt con “Freakonomics” y Tim Harford con “El economista camuflado”. Puede encontrarse un precedente de ambos en la lógica económica de Thomas Sowell pero todos ellos comparten un tema común: La economía no es un asunto de financieros con veleidades teóricas sino que pueden interpretarse en términos económicos muchas actividades humanas donde no hay ningún tipo de transacción financiera.
Su punto de partida es exactamente el mismo que sugería para comenzar a analizar un accidente: La gente habitualmente es coherente en su actuación y realiza transacciones que considera beneficiosas.
Los ejemplos son múltiples y divertidos: La explicación de Levitt demostrando que en el deporte nacional japonés, el sumo, se producen trampas y, a continuación, explicando cuál es el incentivo para que esas trampas se produzcan es impecable.
En el caso de Harford, explica por qué en una determinada zona mejicana las prostitutas pueden ejercer su oficio con o sin preservativo. En ambos casos cobran un extra, para lo cual averiguan primero cuáles son las preferencias del cliente y le informan de que precisamente su opción es la que justifica ese extra. Asumen un riesgo de contraer enfermedades pero ese riesgo es retribuido y, cuando el autor analiza cuál es el volumen de riesgo y el volumen de retribución esperable, llega a la conclusión de que la conducta es totalmente coherente y que no se trata de falta de información.
Aceptar que la conducta de la gente es generalmente coherente implica algo: El diseño de cualquier acción y la anticipación de sus efectos requiere hacer un esfuerzo consciente por ver el mundo del otro desde sus propios ojos. Es entonces cuando podremos entender las dinámicas de refuerzo positivo o negativo o de asunción de riesgos más calculados de lo que parece; no hacer ese esfuerzo es una forma de condenarse uno mismo a pasarse la vida quejándose amargamente sobre lo incoherente que es la actuación de las personas porque no se comportan como a nosotros nos gustaría.
La conjura de los necios de los grandes despachos
No; no voy a hablar de política aunque el título les venga como anillo al dedo sino de cómo el principio de Peter se ha quedado desfasado.
Según el principio de Peter, todo el mundo asciende hasta llegar a su nivel de incompetencia. Falso o, mejor dicho, muy insuficiente. Es cierto que todos podemos conocer a gente que ha sido ascendida a un puesto donde -se supone- su desempeño en el puesto anterior le garantizaba que las cosas iban a funcionar bien y no ha sido así.
Tampoco es muy difícil de explicar: Un puesto puede requerir una destreza técnica y el otro requerir hacer cosas a través de terceros y las habilidades necesarias para desempeñar uno u otro son distintas.
Por eso, el principio de Peter no es sorprendente pero ¿qué ocurre si le damos la vuelta? Si el desempeño en un puesto no garantiza el desempeño en otro ¿la falta de desempeño en un puesto podría hacer pensar que en otro sí se va a funcionar? Difícil de creer ¿verdad? Pues bien, conozco al menos tres casos de personas que no han funcionado en NINGUNO de los puestos por los que han podido pasar y, como premio, han sido ascendidos una y otra vez.
A uno de ellos le conocí en una de las grandes consultoras internacionales donde, tras un ascenso difícil de justificar tanto por su capacidad de trabajo -nula- como por sus morigerados hábitos de consumo -no entremos en detalles- que afectaban a sus relaciones de trabajo y que provocó una fuga masiva del equipo entonces a su cargo. Desde allí, el personaje en cuestión pasaría a una posición elevada en una institución financiera para terminar aterrizando en una institución internacional muy conocida. Años después de conocerle, supe que su papá tenía un puesto muy relevante en una institución financiera y, al parecer, eso debía bastar como explicación.
Los otros han tenido trayectorias parecidas aunque no iguales:
Uno de ellos era un convencido de la magia de los despachos. Al parecer, bastaba con que se reuniera él con varios más apresuradamente para hablar de una idea genial para que, sin hacer nada, esa idea se diera ya por implantada y así, hasta la siguiente genialidad de despacho. Cada vez que machacaba un área, la organización le ascendía a otra más importante donde se repetía la jugada con el agravante de que, en este caso, ni siquiera cambiaba de organización.
Al otro, sólo se le puede calificar de jesuita pero, dado que entre los jesuitas puede haber excelentes personas, aclararé que me refiero al modelo de personaje que dibuja Blasco Ibáñez en «La araña negra», es decir, un personaje hipócrita que jamás se enfrenta con nadie pero maniobrero y capaz de echar a los pies de los caballos al mismo que le ha hecho un favor importante el día anterior.
Estos personajes existen y no lo digo sólo porque los haya conocido y pueda ponerles a algunos nombre y apellidos pero lo malo no es su existencia, que también, sino saber qué clase de enfermedad está sufriendo una organización para comportarse de esa forma. ¿Qué están primando y por qué?
La próxima vez que nos encontremos con uno de estos personajes, en lugar de quejarnos de ellos, es bueno que nos preguntemos ¿Qué clase de organización es ésta?

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