Categoría: Ciencia y tecnología
«La ciencia: Lo bueno, lo malo y lo falso» de Martin Gardner
Martin Gardner es un curioso escritor que, además de matemático, es aficionado a la magia y esto le ha dotado de una perspectiva muy peculiar a la hora de evaluar la validez de un observador en cualquier experimento y se centra precisamente en aquéllos donde los trucos de magia pueden engañar fácilmente a tal observador.
Gardner es ingenioso aunque en el terreno epistemológico no puede mantenerse a la par de gigantes como Bertrand Russell o como Karl Popper. A cambio, su lectura es más entretenida aunque Russell no le quede muy a la zaga en ese terreno tampoco.
Hay un punto, sin embargo, en que Gardner se despeña por los abismos de la idiotez, especialmente si tenemos en cuenta la temática del libro y la pretensión de mantener un pensamiento racional para evitar ser engañado. De repente, Gardner nos cuenta que el Quijote fue obra de Sancho Panza, astutamente plagiada por Cervantes, y se olvida de todos los criterios que había dado para mantener el espíritu crítico ante las muchas tonterías que se pueden ver escritas. Una pena.
La automatización en aviación
Hace poco leía uno de los peores libros escritos sobre el tema (Automation) aunque, en su descargo, hay que decir que su autor se limitaba a reproducir la óptica de la automatización que suele predominar en muchos gabinetes de diseño.
Para tal autor, la automatización evita errores humanos y, aún en entornos automatizados, cuando se produce un accidente, en un 80% de los casos es un error humano el que ha conducido a dicho accidente.
Incluso llega a utilizar uno de los mejores sistemas de clasificación de factores humanos y organizativos en accidentes (HFACS) modificándolo para introducir como factor la falta de formación y, a partir de ahí, ya está.
Las explicaciones que da de diversos accidentes no son explicaciones sino tautologías: El accidente se produjo porque los pilotos no conocían cómo reaccionaban los automatismos del avión ante una situación dada ergo había un problema de falta de formación. ¿Cómo lo sabemos? Está claro; porque si lo hubieran sabido no se habría producido el accidente. A partir de ahí, además, podemos introducir como factor organizativo el no haber dado formación suficiente.
Suena casi a chiste pero, realmente, éste es un tipo de análisis muy frecuente en algunos entornos e invita a no cuestionar otro tipo de asuntos como, por ejemplo, si la formación va a ser una respuesta adecuada o siempre nos vamos a encontrar un accidente nuevo que atribuir a la falta de formación.
Raskin, diseñador del McIntosh, mete el dedo en el ojo de este tipo de análisis mediante un ejemplo sencillo: Un reloj de pulsera antiguo, con una sola corona, es muy fácil de poner en hora; uno con cuatro coronas es un galimatías. Se podrá argüir que tiene muchas más funciones pero, como señala Raskin, no podemos construir un diseño que haga más complicadas las cosas que antes hacíamos de forma sencilla sino que habrá que mantener la sencillez en esas cosas.
En la aviación muy automatizada ocurre lo mismo. Se produce un fenómeno al que estamos muy acostumbrados los que manejamos el Windows. Trabajamos con un documento en un escritorio y, cuando acabamos con él, lo guardamos en una carpeta o lo tiramos a la papelera. Mientras el sistema funciona, esa metáfora de documentos, escritorios, papeleras y carpetas es válida; sin embargo, cuando no funciona correctamente, esa metáfora no nos va a servir para resolver la situación y atribuir el problema a falta de formación no va a servir de nada.
Es por eso que hay que negar la mayor en ese tipo de «análisis». En primer lugar, en la inmensa mayoría de los casos la gente produce seguridad activamente mediante la ruptura de secuencias que, por sí solas conducirían a un accidente; es muy fácil decir que la gente se equivoca y produce accidentes pero se da la circunstancia de que los accidentes no producidos no se registran y no pueden cuantificarse los accidentes evitados por las personas.
En segundo lugar, hablar de factor humano en un sistema muy complejo donde están implicados factores tecnológicos, organizativos y otros y donde todos ellos se mezclan en mil formas, unas más visibles que otras…es no decir nada.
Ponerle el sello de «factor humano» a una cifra que oscila entre más de un 60% (estadística anual de Boeing) y un 80% (aplicación pura y simple de la regla de Pareto) sólo puede conducir a una idea tan simplista como el concepto mismo de factor humano: Si el factor humano es culpable del 80% de los accidentes, suprimamos si es posible y, si no, limitemos en todo lo que podamos el protagonismo del factor humano para ahorrarnos el 80% de los accidentes.
Éste ha sido en muchos casos el principio rector de los diseñadores de aviones y hay algunas situaciones donde ese principio tiene justificación: Cuando se requiera una rapidez o una precisión en la respuesta no accesible a una persona, sólo se tiene la opción de confiar en un sistema automático o renunciar a meterse en esa situación. Dos ejemplos dejarán perfectamente clara la idea:
Un aterrizaje en condiciones de visibilidad cero no puede ser llevado a cabo por una persona. En estas condiciones, o se introduce un sistema automático capaz de hacerlo o…renunciamos a hacer aterrizajes con visibilidad cero con todos los problemas que esto traería de retrasos, cancelaciones, etc.
En aviación militar, el asunto es aún más claro. Si un avión quiere volar por debajo de la zona de cobertura de radar, puede estar volando a 50 pies del suelo, de noche y en una zona montañosa. La capacidad humana es insuficiente y nuevamente tenemos alternativas: Renunciar a hacer ese vuelo, arriesgarse a ser descubierto por el radar y derribado o confiar ciegamente en un sistema automático.
Hay un problema básico en los sistemas automáticos: Son diseñados por personas que tratan de volcar en ellos sus propios conocimientos o, peor aún, tienen que extraer el conocimiento de otros para volcarlo en el sistema. Tanto en un caso como en otro -peor aún en el segundo- surge un problema: Sólo podemos colocar en el sistema aquello que sabemos que sabemos, es decir, conocimiento explícito y estructurado pero no tiene cabida un background que puede ser amplísimo y vital e implica el correcto tratamiento de las excepciones.
Cuando tiene lugar un accidente, es necesario preguntarse varias cosas:
- Qué sabían las personas que han intervenido en el mismo en distintos papeles, es decir, cuál era su lectura del entorno en el que se encontraban y por qué actuaron en la forma que lo hicieron.
- Por qué no se tomaron decisiones que, a posteriori, parece obvio que hubieran sido las correctas pero en el momento a analizar se pudo pensar de otra forma.
- Si ha habido un quebrantamiento de alguna norma, es necesario saber por qué se quebrantó y si se trataba de un error o una violación consciente de la misma.
- Qué papel ha jugado el diseño tecnológico, si es o no adecuado, si el operador está o no familiarizado con él en la medida necesaria, si puede haberse producido un tratamiento incorrecto de una excepción por parte de un sistema automático, si puede haber producido confusión en el operador o si éste ha estado ejerciendo como convidado de piedra en la situación para, sin saber cómo y por qué se ha generado, encontrarse de lleno en el momento conflictivo.
Ese fue el enfoque que siguieron los autores de otro libro ( The limits of expertise ) tratando de dar respuesta a este tipo de preguntas mediante un análisis en profundidad de un número muy reducido de accidentes que, de forma rutinaria, habían sido atribuidos al error humano. Como consecuencia de su estudio, concluyeron que se necesita un análisis muy detallado para saber de verdad qué ocurrió y no limitarse a utilizar el comodín de error humano.
En algunas investigaciones de accidentes se ha actuado de esa manera; el caso de Air Ontario en Dryden es un buen ejemplo y el caso de Swissair en Halifax es otro donde los investigadores no se conformaron con la idea de error humano y trataron de meterse dentro de la cabeza de los pilotos intentando conocer qué variables estaban manejando que justificasen las decisiones tomadas. Lamentablemente, no es ése el modelo de actuación generalmente seguido.
La automatización es una ayuda imprescindible si está bien diseñada. Cuando no lo está, produce confusiones en el operador o, peor aún, le impide llevar a cabo actuaciones que habrían sido necesarias y esto nos llevaría a otro punto: ¿Qué es una automatización bien diseñada?
La respuesta es muy sencilla: Una automatización está bien diseñada cuando, en todas las circunstancias normales o anormales, el piloto puede ir por delante, es decir, comprende suficientemente bien los sistemas y sus interacciones para poder anticipar en cada momento cómo va a actuar el avión. Esto tiene una implicación más: Los automatismos no deben superponerse a la orden del piloto incluso cuando, de acuerdo con su programa, éste parezca estar cometiendo un error grosero.
Que un sistema automático avise de una inminente entrada en pérdida está bien; que corrija al piloto puede conducir a convertir lo que habría sido una toma dura en un accidente; que un sistema destinado a proteger la envolvente de vuelo avise de que se está realizando una maniobra muy brusca está bien pero que ese mismo sistema corrija al piloto puede impedir escapar de una colisión inminente y, como éstas, tantas otras cosas.
Un sistema automático sólo puede trabajar con conocimiento articulado y gran parte del conocimiento que una persona maneja a diario no lo es y, por ello, no puede ser incluido en el sistema automático.
Ese background o conocimiento contextual compuesto de piezas no articuladas pero no por ello menos valiosas es el que invita a actuar de esta forma. La inteligencia no es la capacidad para resolver problemas sino la capacidad para anticiparlos y eso requiere un conocimiento del contexto. Es por eso que una automatización bien diseñada no ocultará variables contextuales y no se impondrá a la voluntad del piloto cuando éste insista en una línea de acción.
Si se sigue desarrollando un modelo de automatización cuyo máximo fin parece que es suprimir o limitar a la persona, ocurrirá lo que está ocurriendo: Se está dando lugar a una nueva «raza» de accidentes. Se sigue insistiendo en decir que se producen por error humano pero ese cajón de sastre está ocultando una realidad: Muchos errores humanos se producen en un entorno hostil para las personas y es hostil precisamente porque crea las condiciones que que inducen al error.
Detectores y avisadores de radar y su utilidad: Información para legos (Actualización a junio 2010)
No hay en este momento en España GPS o PDA que se precien que no anuncien la inclusión en su software de una base de datos con las posiciones de los radares. Este uso es perfectamente legal e incluso hay dispositivos específicos que, dotados de una antena GPS, avisan de la proximidad de radares fijos y permiten almacenar posiciones de usuario.
Naturalmente, estos dispositivos legales tienen tres problemas:
- Si la base de datos no está totalmente actualizada, cosa en la que pueden contribuir los usuarios subiendo a Internet los sitios que no están registrados, nos podemos «comer» un radar sin que el dispositivo nos avise.
- Cuando se trata de un radar situado en un vehículo, tanto si éste está parado como si está en movimiento, el dispositivo no avisará salvo que el vehículo radar se encuentre estacionado en un sitio donde está con mucha frecuencia y ese punto se haya registrado como lugar de posible radar.
- Si el radar está situado en un punto sin cobertura GPS, por ejemplo en un túnel o en una zona de ciudad que no tenga la necesaria cobertura, el dispositivo no avisará. Este último problema será evitado dentro de poco ya que algunos fabricantes empiezan a trabajar con dispositivos de navegación inercial que permiten, en ausencia de señal, calcular la posición del vehículo y actuar a todos los efectos como si realmente hubiera cobertura como, por ejemplo, las últimas generaciones de TomTom.
Estos son los puntos flacos de los avisadores que pueden invitar a algunos a optar por los detectores que se encuentran en una especie de limbo legal después de las últimas modificaciones, aunque con la voluntad expresada por Tráfico de prohibirlos. Éstos, aparte de su situación legal tras un olvido en su regulación, tienen además algunos puntos flacos a considerar:
- El primero y más obvio es el derivado de su propia situación de alegalidad y la posible sanción en caso de ser visto por los agentes de tráfico.
- El dispositivo puede dar una gran cantidad de falsas alarmas, especialmente en presencia de antenas de telefonía móvil o de puertas automáticas como las existentes en cualquier gasolinera y, a pesar de ello, salvo que se haya sido muy cuidadoso al escoger el modelo puede no captar algunos de los tipos de onda utilizados por los radares.
- Suponiendo que todo funcione bien, es decir, que el detector detecte los radares, su usuario encontrará que el tiempo de aviso es muy escaso porque la potencia de emisión de los radares en España es muy baja. Prácticamente está avisando en el mismo momento en que el radar está apuntando a su vehículo. Si esto lo unimos a las falsas alarmas, nos encontraremos con que una alarma requiere una respuesta inmediata pero, al mismo tiempo, la alarma podría ser falsa. Cuando se trata de una carretera concurrida, el dispositivo puede captar rebotes de ondas sobre otros vehículos o sobre guardarraíles, etc. minimizando ese efecto pero no se puede confiar en ello.
- Por último, existen algunos radares que no pueden ser detectados por un detector como, por ejemplo, los medidores de tramo. En rigor, ni siquiera deberíamos llamarlos radares porque son instrumentos pasivos, es decir, no emiten ondas que puedan ser captadas por ningún dispositivo y la única defensa frente a éstos es el avisador GPS.
- En sentido contrario, una magnífica solución frente a los dispositivos láser es la que constituyen algunos sensores de aparcamiento que son perfectamente legales y que, sin embargo, tienen el curioso efecto secundario de estorbar la actuación de los sistemas basados en láser.
Ésta es la situación; es una curiosa batalla tecnológica que los conductores tenemos perdida salvo que demostremos nuestro espíritu cívico subiendo a Internet las posiciones de radar observadas para que sean incluidas en las bases de datos de los dispositivos con GPS.
Muchos conductores llevan hoy «contramedidas electrónicas» al estilo de los aviones de combate o de los inhibidores de frecuencias y donde los detectores no sean sólo eso sino que activamente perturben las emisiones dirigidas hacia el vehículo. Éstos son los que se han tomado más cuidado de prohibir con multas y pérdidas de puntos espectaculares y, por añadidura, son detectables puesto que, para actuar, no basta con que sean receptores sino que tienen que ser también emisores. En algunos lugares tienen controles específicos para detectar la emisión de la onda que perturbaría el radar y, una vez que se pasa por delante del vehículo con el detector, por bien escondido que esté el sistema, la patrulla que detiene al coche con la instalación sabe con seguridad que está ahí.
En cualquier caso, seguramente lo más razonable es presionar hacia el sentido común, sentido común que empezaría por exigir límites de velocidad acordes con las capacidades de las vías y de los vehículos actuales y señalizaciones correctas, incluyendo las correspondientes a las obras que sistemáticamente están mal señalizadas. Parece que, hoy por hoy, teniendo en cuenta que Tráfico ha pasado a ser a efectos prácticos una dependencia de Hacienda no se va en ese sentido sino justamente en el contrario: Eliminar las tolerancias que antes permitían que con un límite de 120 se pudiera circular hasta 131 kms./h. reales porque la desviación permitida de los velocímetros del vehículo y del radar se sumaban en favor del conductor. Ahora, a 121 kms./h. los dispositivos fijos pueden multar dejando la duda sobre cómo es posible que, estando dentro de la norma, un vehículo pueda circular con un velocímetro que marque hasta un 5% inferior a la velocidad real. Cierto que en la práctica totalidad de los fabricantes, los velocímetros marcan más velocidad de la real pero en algunos modelos -especialmente en los de origen alemán- la diferencia es tan mínima que una alteración en la presión de inflado de neumáticos podría ser suficiente para que empezase a marcar de menos yendo dentro de los límites legales. En otras palabras ¿cómo es posible que se pueda multar a un vehículo que circula a 121 kms./h. cuando el vehículo, conforme a la norma vigente, podría ir circulando a 126 kms./h. con su velocímetro marcando 120 kms./h.?
Cuando se consiga que Tráfico funcione con normas ajenas a las meramente recaudatorias, podremos decir que quien la haga, la pague incluido cuando sea el director general de Tráfico como ha ocurrido hace poco. Hasta que eso ocurra, lo que tenemos es, ante todo, un instrumento recaudador aplicado a aquéllos que son pillados rompiendo una norma absurda o, en algunos casos, incluso sin romperla.
«The Politically Incorrect Guide to Global Warming and Environmentalism» o «Guía políticamente incorrecta del calentamiento global» de Christopher C. Horner
Hoy precisamente han dado la noticia de que el presidente español, Rodríguez Zapatero, ha inaugurado un panel solar en la residencia presidencial acompañado de los discursos habituales sobre la necesidad de hacer algo en cuanto al cambio climático.
Normalmente, si alguien tiene alguna duda respecto de que la preocupación sea auténtica o se trate de una mera maniobra de propaganda ante la proximidad de las elecciones, le bastará con tirar de hemeroteca:
http://www.libertaddigital.com:6681/noticias/noticia_1276286729.html
Claro; el hecho de que en semejantes festejos privados -pagados con dinero público- se quemen unas cuantas toneladas de combustible fósil resulta un claro contrapunto a las alharacas con las que se inaugura el panel solar e invita a preguntarse sobre la sinceridad que hay en tal evento. Más aún, cuando hace pocos días se afirma que se van a cerrar las centrales nucleares existentes en España para poder seguir comprándole energía a Francia que «sólo» obtiene de la energía nuclear -única por el momento que es capaz de producir la cantidad necesaria, con regularidad y sin emisiones- el 70% de sus necesidades. Supongo que los franceses considerarán tal anuncio como una invitación a llenar de centrales nucleares el Pirineo francés. La estupidez se paga.
Llevamos ya varios años oyendo hablar del calentamiento global y hay unas cuantas «verdades» que han sido tan repetidas que parece que hay que creerlas necesariamente. Así, el calentamiento global es un hecho, también es un hecho que está producido por la actividad humana y, fundamentalmente, por la contaminación, sus niveles son alarmantes y nos amenazan grandes desastres en el corto plazo si no se realizan las acciones prescritas por los nuevos profetas del Apocalipsis.
La primera idea que recibí en sentido contrario vino de un sitio sorprendente: El libro «State of Fear» de Michael Crichton. Es una mala novela pero en la que, so pretexto de debates entre sus personajes, introduce un conjunto de argumentos científicos procedentes del lado «no políticamente correcto» al que se trata a toda costa de silenciar.
La edición de Harper-Collins tiene 26 páginas de bibliografía, hecho muy poco común en una novela, un apéndice donde señala los peligros de la politización de la ciencia y otro con un mensaje del autor que expresa una serie de puntos más que relevantes. Casi me atrevería a recomendar la compra de la novela pero no molestarse en leerla y pasar a las últimas páginas.
La obra de Crichton es una novela pero ya muestra una luz de alarma sobre las cosas que se dan por sabidas. La de Horner no es una novela sino un texto que pretende sacar a la luz todas las manipulaciones políticas que existen alrededor de este asunto y cómo las anécdotas con las que iniciaba este «post» no son anécdotas sino la forma habitual de actuar de los «protectores del ambiente».
Hacer una reseña completa del libro sería muy complejo ya que carece de una trama clara y es más bien un anecdotario o conjunto de hechos que muestran la carencia de datos o, en algunos casos, la abierta falsedad de todo lo que se está vendiendo bajo el paraguas del calentamiento global y las presiones para silenciar a los disidentes.
Solamente la portada y la contraportada ya aportan algunos elementos de interés:
- La Tierra ha sido frecuentemente más cálida que en la actualidad.
- Sólo una pequeña porción de los gases que producen el efecto invernadero son atribuibles a la actividad humana.
- La mayor parte de la Antártida se está enfriando.
- Hasta hace muy pocas fechas se hablaba de «enfriamiento global» (http://en.wikipedia.org/wiki/Global_cooling )
- El «calentamiento global» no ha hecho que los huracanes sean peores.
- No hay un acuerdo entre científicos sobre el calentamiento global.
- El clima está cambiando siempre -con o sin actividad humana.
- Los huracanes no son peores; lo que sí es peor es nuestra tendencia a construir casas en las zonas más castigadas por ellos.
- Hay grandes negocios que intentan sacar provecho de las políticas de reducción del calentamiento global
- El periodo medieval fue significativamente más cálido que el actual y fue una edad dorada para la agricultura, la innovación y la calidad de vida.
Eso sin abrir el libro. Si se abre pueden encontrarse elementos sorprendentes como el hecho de que muchas estaciones meteorológicas rusas cerraron en la época en que se ha registrado el mayor calentamiento medio. Este hecho cuestiona el dato ya que, si las estaciones de medición situadas en los lugares más fríos cierran, la media registrada forzosamente sube. Se puede evitar ese efecto rectificando las medias registradas en años anteriores mediante la eliminación de los resultados de las estaciones que no existieran en la segunda medición. De esta forma, se tendrían datos realmente comparables pero, al parecer, eso no se ha hecho.
Al mismo tiempo que hay glaciares que disminuyen, hay otros que crecen y, según comenta Horner, el calentamiento -que sí existe y es el único punto donde hay acuerdo total- no es global sino que afecta sobre todo al hemisferio Norte y, dentro de éste, al Polo, a las temperaturas nocturnas y a las temperaturas invernales.
No puede considerarse tampoco menor la duda sobre si el CO2 es el iniciador de un proceso de calentamiento o es justamente lo contrario, es decir, que el proceso de calentamiento aumente los niveles de CO2. Resulta que la principal «esponja» capaz de absorber el CO2 es el agua de los océanos y su capacidad de absorción es inversamente proporcional a la temperatura del agua. En consecuencia, un aumento de temperatura -aunque éste tuviera causas estrictamente naturales- limitaría la capacidad del agua de absorber CO2 que permanecería en la atmósfera.
Otro dato que, al menos para mí, resultaba desconocido: El tan aireado protocolo de Kyoto (ése que el gobierno del apóstol Gore no quiso firmar), en el supuesto de que el modelo de clima utilizado sea correcto, va a tener unos efectos ridículos sobre el clima y unos efectos económicos monstruosos. En este blog de un científico checo http://motls.blogspot.com/ puede encontrarse un curioso contador (al final, a la derecha) sobre el coste y la efectividad de Kyoto.
Además, hay que contar con que muchas industrias contaminantes podrían desplazarse desde los países firmantes más ricos a los no firmantes más pobres ¿los nuevos apóstoles nos van a traer un aire limpio sólo para ricos? No está mal pero aún hay otra opción: Algunos de los países firmantes, por ejemplo Rusia, no tienen registros que mantengan una mínima fiabilidad, a pesar de que se sabe que tienen una contaminación extrema. Estos países, utilizando registros falseados, pueden contaminar a sus anchas y, además, venderles a otros «su derecho a contaminar» según establece Kyoto.
Saca a relucir Horner también la «irresponsabilidad verde» y cómo su presión para la eliminación del DDT produjo millones de muertos por malaria a pesar de que, más tarde, se demostró que el DDT no tenía los efectos nocivos que le atribuían. Sí tenía, en cambio, el de acabar con el mosquito que propaga la malaria que, a partir de su supresión, pudo campar a sus anchas. Al parecer, los millones de muertos no han merecido ni una disculpa por los enormes perjuicios que provocó una causa equivocada pero muy aireada y sobre la que se puso mucha presión.
Horner llama también la atención sobre el hecho de que el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) realizó un informe y un resumen para políticos que, en muchos puntos, contradice al informe completo. Sobre este particular, señala como el equipo de Gore ha tenido importantes trifulcas con científicos que han recurrido a los datos del informe completo ignorando el resumen, en el que ha basado su película.
No tengo elementos de juicio para establecer la veracidad o no de la afirmación de Horner pero los estudiosos que tengan tiempo disponible para ello lo tienen fácil http://www.ipcc.ch/ipccreports/special-reports.htm ya que ahí se pueden descargar los dos.
Esto es lo que hay. El propio Horner es «Senior Fellow at the Competitive Enterprise Institute» con lo que se le podrían atribuir intereses políticos o económicos pero a la otra parte también.
Las prédicas por las que Al Gore cobra cifras millonarias contrastan mucho, demasiado, con un estilo de vida y con una participación industrial que tiene poco de protección medioambiental y, en su dimensión de campanario de aldea, lo mismo puede decirse de las prédicas y prácticas de Zapatero.
Como hace poco le comentaba a un amigo, «la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero». En el asunto del cambio climático y la seria duda sobre si es un fenómeno natural u obedece a la actividad humana nos encontramos con que hay pocas verdades y demasiados porqueros. La solución no va a venir de ninguno de éstos.
Como Goethe dijo en su lecho de muerte, todo lo que podemos decir es «Luz, más luz» y, mientras no tengamos esa luz, hacer las cosas lo mejor que podamos sin meternos en aventuras multimillonarias de patrocinio más que sospechoso.
Michael Crichton afirmaba que, muy probablemente, el siglo que viene no se utilizarán combustibles fósiles tanto si se prohíbe como si no y, de hecho, los mismos fabricantes de automóviles fabrican vehículos que cada vez contaminan menos al mismo tiempo que experimentan con combustibles alternativos. Lo mismo puede decirse de la industria nuclear y su intento de llegar a hacer la fusión comercialmente viable eliminando los riesgos de la fisión y los residuos de ésta. El reciclaje y la idea, afortunadamente ya muy extendida, de dejar tras de uno la menor cantidad posible de porquería también están ahí. Ésos son los caminos, con o sin Kyoto.
Las amenazas apocalípticas de calentamiento global suenan demasiado a las amenazas medievales de condenación eterna antes de pasar el platillo que, por mor de los tiempos, se ha transformado en un furgón blindado para poder pagar lo que exigen los modernos profetas apocalípticos.
Calentamiento global ¿realidad o ficción?
Un amigo me ha enviado a Facebook un video, colgado en Youtube, donde alguien explica por qué hay que actuar frente a la amenaza del calentamiento global (http://www.youtube.com/watch?v=bDsIFspVzfI ) . Después de ver los argumentos del video, le he enviado una respuesta que, ampliada, coloco aquí por si a alguien le puede interesar:
El video es un ejemplo de libro sobre cómo manipular argumentos. La idea central sería: Ante la duda, opta por la posibilidad que elimine el riesgo más elevado y, sobre el papel, parece correcta pero hay algunas cosas en contra:Puedes encontrar dos libros interesantes: «State of fear» de Michael Crichton y «The Politically Incorrect Guide to Global Warming and Environmentalism» de Christopher Horner que apuntan en sentido contrario en lo relativo al calentamiento global y dan argumentos bastante poderosos.Evidentemente, el guión del video es muy hábil en la manipulación porque siempre, incluso después de conocer los argumentos en sentido contrario, volvería al punto central: Sean los que sean los argumentos en contra, si hay un mínimo riesgo de que sea cierta toda la historia del calentamiento global (y de que es efecto de la actividad humana y se va a producir a muy corto plazo) hay que actuar como si fuera cierto.
Aquí, en España, los contrarios a la idea argumentan, entre otras cosas, que Al Gore fue vicepresidente de un gobierno que se negó a firmar el protocolo de Kyoto mientras que otros, incluso algunos que ponen en cuestión su actual prédica, sí lo firmaron.
Si utilizamos la misma línea argumental del personaje del vídeo y nos preguntamos «¿Qué es lo peor que puede ocurrir?» podríamos llegar a unas conclusiones distintas de las suyas: Que cualquier sujeto capaz de armar de modo más o menos coherente unas predicciones apocalípticas (sea el calentamiento global, sea el crecimiento de la población -Malthuse-, sea el ahora olvidado agujero de ozono o cualquier otra cosa -en la Edad Media habría sido la condenación eterna- ) tendrá todo el poder porque, como el apocalipsis es la peor opción, tenemos que seguirle todos.
La línea argumental del video nos lleva ahí: Estamos obligados a seguir a cualquier charlatán que haga previsiones apocalípticas y ésa, precisamente ésa, puede ser la peor opción real.
Por cierto, nadie me ha explicado por qué los mismos que hablan del calentamiento global se oponen a las centrales nucleares (que claramente limitan las emisiones de dióxido de carbono frente a otras modalidades), han demostrado unos registros de seguridad incomparables con los de otras actividades y -tema que se omite- la investigación actual está llevando a que en muy pocos años, la actividad, y por tanto la peligrosidad, de los residuos quede reducida a una cifra entre cinco y diez años. Eso, sin hablar de la tecnología de fusión que, cuando esté en uso comercial, no producirá ningún tipo de residuo.
¿Será, porque en realidad, se trata de posiciones políticas y el calentamiento global es la excusa de moda? No lo sé; es una simple hipótesis pero hay un elemento muy claro en favor de ella: Si se tratase de una defensa del medio ambiente y de la adopción de una postura prudente ¿no tendría sentido presionar en favor de la investigación y de la mejora tecnológica y de seguridad en las centrales nucleares en lugar de atacarlas? ¿Hay algún otro motivo por el que una persona medianamente informada pueda oponerse al único tipo de energía que hoy es capaz de proveer las necesidades actuales -cosa que no pueden hacer ni la solar ni la eólica- y además hacerlo con el menor impacto ambiental? Sólo se me ocurre uno: Lo que, desde un punto de vista exclusivamente ambiental, es absurdo puede quedar justificado cuando entran en juego posiciones políticas.
Una vez llegado ahí, surge la siguiente pregunta: ¿Es el calentamiento global una amenaza real o es el vehículo que quieren utilizar los políticos para aumentar su poder? ¿Sirve, en ese contexto, el argumento de prevenir la peor opción actuando como si fuera cierta aunque haya serias dudas al respecto?
No; lo siento pero no compro el argumento del «por si acaso» que puede ser utilizado por muchos sujetos sin escrúpulos como el nuevo apóstol del ecologismo Al Gore, no firmante de Kyoto, propietario de minas particularmente contaminantes y usuario habitual de jets privados mucho más contaminantes por pasajero y milla que un avión normal. De tales apóstoles no espero otra cosa que el deseo de medrar rentabilizando el miedo ajeno.
«On the Internet» de Hubert L. Dreyfuss
El libro, publicado en 2001, es algo decepcionante para los seguidores de Hubert Dreyfuss y lo es por repetitivo respecto de otros títulos suyos como «What Computers still can’t do».
Dreyfuss es abiertamente crítico con la inteligencia artificial y en este libro vuelve a repetir sus argumentos al respecto, sin duda sólidos pero ya conocidos por quienes le han leido previamente. Quizás la única aportación de importancia es la revisión de su excelente taxonomía sobre estadios de aprendizaje que ahora lleva hasta siete niveles.
Sin embargo, incluso los que estamos casi siempre de acuerdo con él, en este libro podemos encontrar puntos de discrepancia: Dreyfuss, una vez más, comenta cómo la falta de un conocimiento difícil de formalizar porque ni siquiera es consciente, hace difícil poder trabajar con un instrumento que ignora el concepto de significado. De esta forma, señala cómo los buscadores han sustituido esa inteligencia humana por complicados algoritmos de búsqueda que nunca llegan a acercarse a las posibilidades de una inteligencia dotada de un conocimiento contextual no accesible a la propia conciencia de quien lo utiliza.
Este argumento, de una solidez total cuando hablamos de aparatos más o menos complejos que procesan información, puede tener una falla importante cuando hablamos de Internet o de cualquier otro tipo de red donde el papel del usuario no se limita a extraer información.
Herramientas como Alexa (www.alexa.com ) o el sistema de búsqueda y de recomendaciones de Amazon (www.amazon.com) no responden a la descripción de Dreyfuss porque introducen la inteligencia del usuario en su funcionamiento.
Un buscador de tipo algorítmico como Google, por muy potente que sea, responderá a la descripción y a los fallos denunciados por Dreyfuss; un buscador que nos indique -tipo Alexa- qué páginas suele visitar la gente que visita aquélla en la que estamos o qué libros suele comprar la gente que ha comprado el mismo que nosotros -tipo Amazon- está introduciendo la variable significado al integrar la conducta de los usuarios.
No es, ni mucho menos, lo mejor de Dreyfuss; por un lado, repite argumentos; por otro, esos argumentos pierden alguna de su validez en el contexto Internet.
NOTA AÑADIDA:
Hay un punto en el que Dreyfuss tiene razón. Internet no sólo facilita las cosas sino que, a menudo, las sustituye. Para poner un ejemplo cercano, me referiré a este mismo blog: Como puede verse, tiene una sección de «Libros y autores» donde suelo incluir reseñas de libros que haya leído recientemente.
Como WordPress da una información muy amplia sobre qué posts son visitados y qué se ha puesto en la caja de búsqueda para encontrarlos, he podido apreciar un fenómeno de cuyo origen no tengo la menor duda: De vez en cuando, a alguien le encargan que haga una reseña de un libro y, en lugar de leerlo, resulta mucho más cómodo buscar esa reseña en Internet. Reseñas que no suelen ser muy visitadas de repente empiezan a serlo por docenas y, transcurridos unos días, vuelven al nivel inicial y es otra la que se dispara en el número de visitas. La causa está clara: Alguien la está utilizando para presentar un trabajo en el colegio o en la universidad.
No dejaré de incluir reseñas -incluso a veces lo hago en Amazon- porque me parece una contribución interesante para alguien que esté pensando si un libro le valdrá la pena o no pero su uso por estudiantes que quieren evitar trabajo es una contribución negativa de Internet.
Por cierto, como no puedo evitar eso, lo que sí haré aquí es dar una receta a los profesores que no quieran que sus alumnos actúen de esa forma: La expresión escrita que aparecerá en cualquier trabajo copiado de Internet es, lógicamente, la de su autor legítimo y no la del alumno que la copia. El profesor puede encontrarse repentinamente con un cambio de forma de expresión a lo largo de un ejercicio y ese cambio le puede levantar sospechas. Todo lo que tiene que hacer es copiar la frase de autoría sospechosa, entrecomillarla y ponerla en la caja de búsqueda de Google. Haciendo eso llegará al origen real del trabajo que le están entregando y no deberá extrañarse mucho si aparece este sitio u otros especializados en el fraude estudiantil como www.monografias.com o www.rincondelvago.com . A partir de ahí, puede actuar en consecuencia.
Implantación de tecnología y modelo del rumor
Seguridad aérea: «Improving air safety through organizational learning»
https://www.ashgate.com/shopping/title.asp?isbn=0%207546%204912%201 –
Este vínculo lleva al sitio de la editorial Ashgate donde está la reseña del libro «Improving Air Safety through Organizational Learning».
En contra de lo que indica su título, es en realidad un libro sobre gestión de conocimiento más que sobre seguridad aérea. Por razones obvias, ha habido mucha presión para aprender en lo relativo a seguridad en aviación y eso ha hecho que este ámbito avance más deprisa que el empresarial.
Cuando, allá para finales de la década de los 70, comenzaron a aparecer problemas y se dejó de aprender al ritmo deseable, las causas de ese fallo son perfectamente extrapolables al ámbito empresarial. Unos años más tarde comenzaron a aparecer idénticos problemas en grandes organizaciones sin relación alguna con la aviación.
El atractivo que tiene el terreno de la aviación, para alguien que le resulte indiferente, es que sirve para marcar un camino: Puesto que la presión es mayor, el avance es más rápido y lo que ocurre en ese ámbito nos puede servir de brújula para saber qué va a pasar en un tiempo en el ámbito empresarial.
La seguridad nuclear podría haber sido utilizada igualmente como ejemplo. ¿Por qué no se hizo? Por dos motivos: Primero y principal, porque el autor del libro -quien escribe estas líneas- tenía más fácil acceso y mayor conocimiento del terreno de la aviación que del de la energía nuclear. Segundo: Porque el modelo organizativo de una central nuclear hace que nunca se rompa la pirámide organizativa, es decir, siempre se puede encontrar a alguien que sabe más y eso implica que se le puede exigir a un operador muy cualificado que opere conforme a síntomas, es decir, un modelo de actuación «If…Then». En aviación, ese operador muy cualificado sería el piloto del avión pero la pirámide organizativa se encuentra rota. Cuando el avión está volando, no hay tiempo ni posibilidad de consultar determinadas decisiones sino que han de ser tomadas por el piloto. Es, en ese sentido, un modelo de organización forzosamente descentralizado y no se le puede pedir que opere bajo el modelo «If…Then» sino que resuelva el problema con los medios a su alcance.
¿Sabes qué es un «lurker»?
Se trata de uno de los neologismos de la cultura Internet que, de vez en cuando, nos deja descolgados. Más o menos lo mismo que sucede si alguien se pone a leer en un periódico las páginas de contactos y encontrará palabras o expresiones usuales en ese ámbito pero que hacen volar la imaginación pensando a qué se referirán con ellas.
Pues bien, el «lurker» es el equivalente del «mirón» o «voyeur» en Internet. Se trata de alguien que se conecta a foros o chats y se dedica a observar los mensajes de otros pero no participa.
Se dice que nunca te acostarás sin saber una cosa más así que ¡hala! ya te puedes acostar. 🙂
Aviones sin piloto ¿Ciencia-ficción o realidad cercana?
Hace poco tiempo tenía una discusión amistosa con un miembro del SEPLA acerca de este asunto.
Su opinión, aunque no puede decirse que la expresara con alegría, era que ése es precisamente el futuro de la aviación. La mía, aunque evidentemente me juego mucho menos en el asunto, era y es justamente la contraria.
Empecemos por el principio. Éste no puede ser otro que preguntarse si es técnicamente factible que un avión vuele sin cabina y, por tanto, sin piloto y la respuesta es tan clara que no hay mucho que discutir al respecto:
Durante la Segunda Guerra Mundial se lanzaron sobre Inglaterra las famosas V1 que, con algunas limitaciones, no dejaban de ser aviones no tripulados. No había un despegue propiamente dicho puesto que se lanzaban desde una rampa y, por razones obvias, no tenían que aterrizar pero sus mecanismos de control eran los de un avión. Tanto es así que se construyeron versiones con cabina siendo la célebre aviadora Hanna Reitsch una de las personas que las pilotaron.
Por supuesto, desde entonces la tecnología ha avanzado mucho y no es necesario extenderse demasiado sobre las posibilidades actuales. Podemos comenzar por aparatos de reconocimiento como los Predator y llegar hasta aparatos pilotados pero en los que, en determinadas condiciones, el piloto no tiene muchas posibilidades de intervenir.
Las misiones de la aviación militar en vuelos muy próximos a tierra y sin visibilidad y donde el avión tiene que seguir muy de cerca los perfiles del terreno son un ejemplo. En el mismo capítulo podríamos colocar a los misiles tipo Cruise diseñados para volar a una altura suficientemente baja para convertirlos en indetectables por el radar.
Ni siquiera hace falta llegar ahí. Hay muchas situaciones en la aviación comercial donde el avión va guiado por un conjunto de automatismos y el piloto ejerce un papel de supervisión que posiblemente pudiera ejercerse desde tierra. Incluso la nueva generación de jets ligeros –los VLJ- están certificados para llevar un solo piloto, aterrizar en aeródromos con poca preparación gracias al GPS de alta precisión e incluso se ha hablado de introducir un botón al que llaman Take me home con el propósito de que, en la eventualidad de una incapacidad del piloto, sea el propio avión el que se encargue de llevar a los pasajeros a tierra sanos y salvos.
Éstos son los hechos iniciales en cuanto a factibilidad. Si hablamos de coste, nos encontraremos con unas enormes ventajas respecto de la situación actual. Si puede prescindirse de una cabina, el diseño se simplifica y el coste desciende de forma espectacular. Supongamos que fuera conveniente tener cabinas en tierra para controlar el avión en alguna situación específica. ¿Habría tantas cabinas como aviones o habría un número mucho más bajo?
No hablemos ya de los costes asociados a los sueldos y desplazamientos de las tripulaciones y a las necesidades de tiempo de descanso en destino. Si llevamos el asunto al transporte de carga, hay aún nuevos elementos de ahorro como la posibilidad de operar con aviones con una presurización mínima o nula.
Por otro lado, durante los ya más de 100 años desde el inicio de la aviación con motor, se ha aprendido mucho. Se sabe mucho sobre el comportamiento de los aviones, de los materiales, de los motores, de la meteorología, de los sistemas de control y comunicación…dicho de otra forma, son pocos los imprevistos que pueden presentarse.
Con todos estos elementos, un jugador de mus utilizaría el dicho de «mal se presenta el reinado de Witiza», usado cuando las cosas se ponen feas y, probablemente y por la misma razón, muchos pilotos también. El piloto tiene una formación técnica y ello le conduce con frecuencia a tener una mentalidad típicamente técnica de si puede hacerse, se hará aunque, al mismo tiempo, ponga todo de su parte para evitar un desarrollo que va claramente en su perjuicio pero viéndose derrotado de antemano.
Confío en que todo lo anterior haya reflejado fielmente los argumentos de alguien que cree que este tipo de desarrollo, aunque no le favorezca, es imparable y oponerse a él es como colocarse en la vía para tratar de detener con las manos un tren que viene a toda velocidad …y, sin embargo, no es ésa la situación.
Comenzaré mi argumentación contraria a esta idea por una referencia a una conversación con otro miembro del SEPLA que me decía, más o menos, lo siguiente: “Al cabo del año, cada uno de nosotros evita tres o cuatro accidentes. Para eso nos pagan”. Éste es un punto que han publicado desde destacados miembros de la OACI como Daniel Mauriño, autores como Sidney Dekker y, más modestamente, yo mismo al señalar que informaciones como la facilitada por la estadística de Boeing de que el 64% de los accidentes se deben a error humano conducen a conclusiones incorrectas.
Supongamos que es así, aceptemos además que ese porcentaje está bien obtenido y no se habla ni de errores ocurridos como actuaciones inadecuadas después de un fallo técnico ni se incluyen fallos en el diseño o el mantenimiento sino que todos ellos obedecen a errores no forzados durante el pilotaje del avión. Ya es mucho suponer pero aceptémoslo. ¿Supone esto que si eliminamos el factor humano reducimos en un 64% los accidentes? En absoluto.
La contrapartida del 64% no sería el 36% restante sino el número de No-Accidentes producidos por intervención humana (esos 3 o 4 accidentes anuales evitados por persona) que, sin duda, representan una cifra mucho mayor pero no conocida.
Precisamente ahí podría estar uno de los frentes en los que los pilotos deberían presentar batalla. ¿Por qué no se cuentan esas situaciones que se sabe que existen pero no están contabilizadas? ¿Por qué no se genera un sistema tipo ASRS en el que, en lugar de autoinculparse anónimamente, cada uno se cuelgue la medalla públicamente cuando así corresponda? Una vez que haya registrado un conjunto de casos en los que no ha pasado nada gracias a una intervención adecuada en un contexto donde el sistema, incluso sin que haya habido propiamente un fallo, habría conducido al desastre, hay un argumento de primera clase en contra de los aviones con pasajeros pero sin piloto.
En el segundo argumento introduciré con una experiencia propia: Hace ya unos cuantos años, en mi segundo vuelo de suelta en una Rallye 180, un buitre que debió ver en el suelo algún animal muerto vino de arriba y la primera noticia de su existencia la tuve cuando me había abierto un agujero de unos 40 cm. de diámetro en el parabrisas y me había dejado el tablero colgando de un tornillo lateral. Acababa de despegar y virar a viento cruzado cuando ocurrió esto.
Inmediatamente reduje motor por si se había dañado la hélice y me desequilibraba el avión pero, al notar que giraba normalmente y sin vibraciones, recuperé un régimen normal. Recordé que el manual de la Rallye explicaba que se podía llevar la cúpula abierta unos centímetros siempre que no se volase a más de 130 kms./h. y deduje que eso era lo más parecido que iba a encontrar a la situación que tenía entre manos. Intentar aterrizar lo antes posible implicaba hacerlo con un fuerte viento en cola y preferí hacer un tráfico completo sacando medio flap y volando a 120 kms./h. Aterricé felizmente y, eso sí, en el momento de tocar tierra era incapaz de controlar la dirección de la avioneta porque me temblaban las piernas.
Destaco esta anécdota solamente para remarcar un hecho: En un instante, tuve que decidir bastantes cosas. Esas decisiones no fueron deliberadas sino que se produjeron automáticamente y a una velocidad muy superior a la que se producen cuando no está en juego la propia supervivencia. Estoy seguro de que muchos pilotos se reconocen a sí mismos en ese tipo de «modelo de gestión de crisis» por el que, ante una urgencia extrema, se valoran en fracciones de segundo todos los elementos relevantes y se toman de forma automática decisiones complicadas en mucho menos tiempo del que se tarda en contarlo y, por supuesto, del que supone un proceso consciente y deliberado. Obviamente, si se baja al piloto del avión, se está bajando también del avión ese tipo de capacidad.
Me gustaría concluir este argumento con una imagen: En algunos cursos de gestión de empresas se dice que no es lo mismo colaboración y compromiso y hay quien utiliza el siguiente ejemplo: En unos huevos fritos con jamón, la gallina colabora pero el cerdo se compromete ya que está claro que el segundo se juega mucho más que la primera. Espero que nadie se sienta ofendido si digo que prefiero “pilotos cerdos”, es decir, aquéllos que van en las cabinas y que corren el mismo riesgo que el pasajero a “pilotos gallinas”, es decir, aquéllos que podrían intervenir desde tierra. Eso, sin contar con otro hecho nada trivial: El “piloto gallina” interviene por excepción cuando se presenta una situación grave y ello implica que se encuentra totalmente fuera del «loop», que no ha recibido ninguna información sobre cómo se ha ido generando la situación y, por ello, le faltan las claves más básicas para resolverla. No entremos ya en cuestiones como la fiabilidad del sistema de comunicaciones utilizado o su posibilidad de resistir intrusiones porque ahí ya no sólo tendríamos que hablar de «safety» sino también de «security».
Un tecnófilo podría replicar a algunas de estas cuestiones que en un entorno de automatización completa no se van a producir situaciones que requieran el uso de esa capacidad y por tanto bastaría con tener “pilotos gallinas” o no los necesitaríamos en absoluto pasando a ser una especie de función añadida al controlador. Me permito dudarlo. Es cierto que en más de 100 años se ha aprendido mucho sobre todos los factores relevantes en aviación pero también lo es que se ha creado un entorno extremadamente complejo que es, en sí mismo, causante de situaciones anómalas y con esto introduciremos el tercer argumento:
Thomas Kuhn, autor de “La estructura de las revoluciones científicas” señalaba un hecho que conviene tener presente: El conocimiento no es acumulativo sino que, de vez en cuando, se producen revoluciones que aportan una nueva luz e invitan a una revisión completa y volvemos, en cierta medida a ser unos novatos. Para expresar la idea de una forma sencilla, podríamos decir que tenemos todos nuestros conocimientos colocados en una serie de cajones y, periódicamente, tenemos que cambiar el número, tamaño, disposición y forma de los cajones y nos vemos obligados a reclasificar todos nuestros conocimientos desechando algunos, adquiriendo otros nuevos y empezando a familiarizarnos con el nuevo sistema de clasificación. Esto nos conduciría a poder afirmar sin ningún temor que el conocimiento útil del que disponemos en aviación no es de 100 años sino mucho menor y sí es posible que se presenten situaciones no previstas derivadas de la propia evolución del sistema, no de factores externos.
Como ejemplo, en un documental sobre el nuevo Airbus se veía como las ruedas del tren principal se negaban a bajar. Alguien podría preguntarse si es que todavía no se ha aprendido a diseñar un tren de aterrizaje que baje bien y a la primera. Evidentemente sí pero las interacciones en un sistema como es el propio avión son tan complejas que dan lugar a situaciones desconocidas y a fallos en elementos que se suponen perfectamente controlados.
La posesión de un mayor conocimiento, por ello, no garantiza que todo este previsto. Hace ya siglos, Pascal decía que el conocimiento es como una esfera que, cuanto mayor tamaño tiene, mayor es el número de puntos de contacto que tiene con lo desconocido. Este principio continúa siendo tan cierto como en el momento en que se enunció.
Las revoluciones que obligan a cambiar en aviación se están produciendo casi constantemente. El intento de garantizar la operatividad en situaciones de tráfico muy denso, de problemas meteorológicos y otros producen cambios importantes que, por una parte, llevan a revisar cada cierto tiempo todo lo que se sabe y, por otra parte, llevan a la situación que Charles Perrow denomina «tightly-coupled organizations» donde un pequeño fallo puede provocar una reacción en cadena que acaba en desastre. Que se sepa, el único elemento de flexibilidad que puede parar esa reacción en cadena es precisamente el elemento humano y su capacidad para reconocer situaciones como diferentes y como no previstas sin que ello le produzca un bloqueo o muestre una pantalla azul como la de los fallos de Windows.
Pequeños fallos de diseño o situaciones triviales no contempladas pueden dar lugar a un efecto de bola de nieve que acabe en desastre. Cuando esos pequeños fallos ocurren, el piloto ni siquiera les da importancia ni mucho menos los notifica; se limita a corregirlos y, como mucho, hace un gesto de fastidio y ahí acaba el asunto. Si ese piloto no estuviera presente, muchas de esas situaciones no podrían ser consideradas triviales sino que podrían conducir a un desastre.
Naturalmente, una situación donde los aviones con pasajeros fueran pilotados por sistemas automáticos exigiría que esas situaciones que hoy se consideran triviales no se presentasen y que los sistemas tuvieran no sólo una fiabilidad absoluta sino que llevasen absolutamente todo previsto…todo ello sin complicarlo de tal manera que comenzasen a producir eventos autogenerados por interferencias internas derivadas de su propia complejidad. Recordemos que estas condiciones se precisan porque el recurso alternativo –el piloto- no estaría presente. ¿Puede garantizarse esa fiabilidad absoluta?
Permítaseme introducir la respuesta y con ello el cuarto argumento presentando al señor Charles Simonyi a quien Wikipedia define como desarrollador de software y turista espacial. Simonyi fue quien dirigió la creación del producto Microsoft Office y, dentro de éste, quien promovió la idea conocida como WYSIWYG (What You See is What You Get) que facilita mucho la tarea de los usuarios ya que, como el nombre indica, en la impresora saldrán las cosas tal como se están viendo en pantalla.
Años después, a Simonyi le empezó a preocupar el hecho de que esa facilidad para el usuario estaba introduciendo de hecho una mayor complejidad en el sistema y estaba produciendo fallos en el mismo sin que hubiera forma de corregirlos. El razonamiento es sencillo: En los primeros tiempos de los sistemas de información, se programaba directamente en el lenguaje de la máquina o en algo muy parecido llamado Assembler y que se correspondía casi punto por punto con el lenguaje de la máquina. Cuando se producía un fallo, no había mucho que buscar: Se le había dado al ordenador una instrucción incorrecta.
A medida que fue creciendo la potencia de los lenguajes, esa correspondencia con el lenguaje interno de la máquina se fue perdiendo y se fue entrando en una escala de abstracción que tenía cada vez más peldaños. El WYSIWYG era, en su momento, el último peldaño de esa escalera. El problema era que la escala de abstracción tenía “goteras” que provocaban fallos en la correspondencia entre lo que el programador escribía –sin que éste hubiera cometido ningún fallo- y lo que la máquina hacía ya que el fallo podía estar enterrado en algún peldaño intermedio. El programador hace tiempo que no programa máquinas sino que programa programas que a su vez programan otros programas.
La gran ambición actual de Simonyi, respecto de la cual hay muchos escépticos, es de recrear los sistemas de información mediante lo que llama software intencional, es decir, hacer desaparecer toda la escala de abstracción y sus múltiples peldaños porque es ahí donde se producen los fallos que ningún sistema puede prever ya que forman parte intrínseca de su diseño y de las herramientas utilizadas para realizar dicho diseño.
Cuando Simonyi denuncia los fallos actuales de los sistemas de información, no es fácil de rebatir la existencia del fallo. Con su curriculum, hay que asumir que algo sabe del asunto y, sin embargo, cuando intenta solucionar el problema se encuentra a un batallón de escépticos. ¿Se está asumiendo que trabajamos con sistemas que distan mucho de ser perfectos y no se está planteando como resolver el asunto de verdad? Si ésas son las piezas con las que se quiere construir automatismos infalibles ¿van a ser tan infalibles como se pretende? Particularmente, sólo se me ocurre una forma de que un automatismo sea infalible y ya la enunció Rasmussen en 1987: “El operador ha de ser capaz de correr cognitivamente el programa que está operando”. Llevado al terreno de la aviación, el piloto ha de comprender el modelo funcional –no sólo el operativo- de los sistemas que está utilizando para poder realizar una supervisión efectiva y, en su caso, ejercer como una alternativa a dichos sistemas.
Probablemente, un empresario más o menos maquiavélico y que quisiera librarse de los pilotos, seguiría una secuencia bastante definida que no excluiría que se encuentre hoy en la mente de algún fabricante u operador:
1. Introduciría aviones no tripulados en vuelos de carga donde el único riesgo es de tipo patrimonial y estaría atento a su desarrollo.
2. Una vez que el sistema estuviera en funcionamiento, comenzaría la introducción gradual a vuelos de transporte de pasajeros. Para ello, haría varias cosas:
a. Explicar cómo se llevaba tiempo funcionando en carga y el sistema funcionaba espléndidamente aunque para ello tuviera que omitirse algún detalle.
b. Daría a elegir en un primer momento a los pasajeros entre vuelos tripulados o no tripulados pero con una fuerte diferencia en precios a favor de los no tripulados a los que, además, procuraría primar en cuestiones como puntualidad, etc.
c. Utilizaría los terminales mediáticos para hablar de las sustanciosas nóminas de los pilotos y cómo éstos, al protestar, no estaban defendiendo niveles de seguridad sino intentando defender su propia posición.
d. Cualquier accidente que se produjera que fuera atribuible a error humano tendría el mayor eco publicitario posible.
Con todas estas piezas, parece que sería posible ganar el favor del público para eliminar a los pilotos creando la imagen de que, sin aportar ningún valor, contribuían a subir los precios e incluso provocaban accidentes que, sin su presencia, no se habrían producido.
Al actuar así, se podrían conseguir elevados rendimientos a corto plazo aunque fuera el equivalente de utilizar un vehículo que llevase nitroglicerina como combustible. Tal vez pudiera ir más rápido que ninguno pero el riesgo de saltar por los aires estaría siempre presente.
En un mercado no instruido en cuanto a cuáles son los determinantes de la seguridad y que decide por conveniencia de precio y horario, es muy fácil desde una posición de fabricante o de gran operador exigir al usuario la fé en sus técnicos “que son los que saben”. Sin embargo, cuando en lugar de dar información se exige fé, puede ocurrir que un accidente grave lleve a mirar la porquería acumulada debajo de las alfombras y haga que esa fé se pierda por completo sin posibilidad de recuperación. De ahí el potencial explosivo de prácticas de aprendiz de Maquiavelo como las sugeridas; eso sí, con suerte, cuando la explosión se produzca, quien ha provocado la situación ya se ha retirado y, además, lo ha hecho convertido en millonario.
No es ésta la única situación de potencial explosivo que se ha dado, se puede dar o se está dando en la aviación. Cuando le preguntaron a O’Leary de Ryanair si su negocio era sólido, contestó que lo único que podía fallar es un accidente grave en una low-cost importante o que hicieran una tontería. La primera posibilidad lleva una carga ciertamente inquietante. ¿Qué quiere decir? ¿Acaso insinúa que un accidente grave pondría encima de la mesa prácticas que se admiten porque no se ha producido AÚN tal accidente grave y se puede acusar a quienes las denuncian de alarmistas?
En contra de los que establecen la aceptabilidad de los niveles de seguridad en términos de porcentajes o índices de riesgo, Luhmann utilizaba los conceptos de riesgo y peligro en función de que la actividad conllevase una posibilidad intrínseca de daño o que ese daño pudiera producirse como derivado de una decisión. El punto que convierte a una situación en explosiva es, precisamente, aquél en que un riesgo se convierte en un peligro, es decir, el punto en que alguien puede resultar herido o muerto porque otro tomó decisiones que así lo posibilitaban a la vez que desinformaba acerca del riesgo real que éstas conllevaban.
La experiencia de los DC-10 y de los más de 300 muertos producidos en Ermenonville porque alguien decidió ocultar el riesgo real de una puerta mal diseñada para ahorrarse unos millones de dólares es un ejemplo. La eventualidad de aviones sin cabina podía conducir a una situación parecida.
Tanto pilotos como pasajeros y reguladores están ahora en una situación de “lluvia fina” donde se deja que vaya calando un mensaje de inevitabilidad y de que, al fin y al cabo, los aviones sin cabina representarían una mejora en seguridad y en costes y, si alguien se opone, es por corporativismo o por mentalidad retrógrada.
Sin duda, todos los afectados tienen enfrente a personas y organizaciones con poder económico, político, mediático y, además, en muchos casos capaces de provocar situaciones explosivas confiando en que su poder y su buena suerte haga que le estallen a otros. ¿Cómo actuar ante esa situación? No son muchas las alternativas pero las hay y, probablemente, debería empezarse ya:
1. Dejar claro cuál es el valor del factor humano en la aviación. Para ello, se deberían crear registros propios y abiertos a los interesados de situaciones no previstas donde la flexibilidad inherente al factor humano ha logrado que acaben felizmente.
2. Introducir en la ecuación a los consumidores y, si es preciso, a las organizaciones de consumidores de forma que fueran adquiriendo información real y que fuesen menos manipulables.
El espejismo de que el desarrollo tecnológico reduce las incertidumbres sobrantes y permite prescindir del elemento humano no deja de ser eso: Un espejismo. El comportamiento del desarrollo tecnológico en cuanto al tratamiento de las situaciones no previstas se parece mucho al de una prensa hidráulica en que, cuanto más aumentamos la potencia de prensado, menos espacio ocupa el material que se prensa pero también más duro está y más difícil es meter la mano para operar. En otros términos, un aumento de la capacidad de respuesta de un 90 a un 95% no representa necesariamente una mejora. Puede representar un empeoramiento de la situación si, al mismo tiempo que se introduce el aumento de capacidad de respuesta se introduce una incapacidad absoluta para gestionar el 5% de incertidumbres sobrantes o situaciones no previstas.
En aviación, lleva mucho tiempo funcionando el espejismo de la tecnología. Tanto es así que un autor muy relevante en los temas de inteligencia artificial –Daniel Hillis- se ofrecía para volar en un avión sin piloto programado por un sistema de inteligencia artificial que generaba programas absolutamente incomprensibles pero que funcionaban. Hillis decía que no sabía cómo operaba el autómata pero, al fin y al cabo, tampoco sabía cómo funcionaba un piloto humano. Sin embargo, se trata de una verdad a medias. Es cierto que no sabemos cómo funciona un piloto humano pero sabemos algo que nos basta:
Hay una probabilidad elevadísima de que el piloto humano quiera disfrutar de un retiro feliz y haga todo lo que esté en su mano para lograrlo. Desde la perspectiva del pasajero de un avión en vuelo, ese sencillo propósito es toda una garantía de la que no se debería prescindir en ningún caso.

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