Categoría: Ciencia y tecnología

«El engaño Google» de Gerard Reischl

Interesante. El libro es una crítica sobre Google pero, en realidad, va mucho más allá: Al hablar del fenómeno Google y describir cómo funcionan lo que podrían considerarse sus distintas ramas, nos está diciendo algo más: Tenemos una especie de «Gran Hermano» que se llama Internet. Hoy, Google puede ser su administrador y pasado mañana podría ser otro pero el Gran Hermano mismo continuaría existiendo.

Hace unos cuantos años, nadie podría pensar que IBM iba a ser descabalgada de su puesto como la potencia dominante en el mundo del procesamiento de datos, unos pocos años más tarde nadie podría pensar que lo mismo le iba a ocurrir a Microsoft y hoy parece que nadie puede pensar que eso mismo le pudiera ocurrir en un futuro a Google.

Cuestiones como los trucos utilizados por los anunciantes como incluir en sus páginas web letra y fondo del mismo color -no visibles, por tanto, para las personas pero sí para los buscadores- como forma de aumentar su presencia o trucos más o menos sucios destinados a engañar a los buscadores con el objetivo de difamar a alguien son interesantes, del mismo modo que lo es todo el entramado de servicios gratuitos y el hecho de que una potencia como Google pueda tener información -a través de las direcciones IP y, si se tiene cuenta de Gmail y se utiliza iGoogle más todavía- sobre cada uno de nosotros, qué buscamos en Internet, qué hacemos, cuáles son nuestros intereses y más aún…si utilizamos servicios de almacenamiento en Internet, tanto de tipo general como específico -por ejemplo, historiales de salud- todo esto está registrado y es una información que puede ser cruzada en cualquier momento para tener un perfil de alguien hasta el más mínimo detalle.

La empresa que retrata el autor se ha ido haciendo con ese poder despacito, silenciosamente y cayendo bien a mucha gente que considera a Microsoft como «el poder establecido» y a la que le repelen las actitudes del gigante establecido. No obstante, el problema puede ir mucho más allá del que señala el autor: El problema no es «Google sí o Google no» sino el hecho de que alguien -quien y cuando sea- pueda acumular tal volumen de información individual sin que ésta haya sido proporcionada voluntariamente.

Los que frecuentamos redes sociales tipo Facebook, Xing u otras sabemos que nuestros datos están ahí y que, al fin y al cabo, muchos creemos que son suficientemente públicos como para que haya que ocultarlos. Sin embargo, aún así,  siempre se toma la precaución de no aceptar invitaciones de desconocidos porque, automáticamente, éstos tienen acceso al perfil completo. Que Facebook haga una alianza con Microsoft y una de sus partes consista en facilitar a la primera el acceso a los datos de los usuarios no tiene nombre…que algo parecido lo haga Google tampoco y, al final, llegamos al punto de partida: Estamos vigilados en Internet.

Puede que resulte tener razón uno de los protagonistas de «Red de mentiras» (Russell Crowe) cuando, casi al principio de la película establecía que la mayor dificultad para combatir con terroristas islámicos era que no entraban en Internet ni miraban el correo electrónico todos los días. ¿Tenemos entonces que asumir que quien sí lo hace está sujeto a una permanente vigilancia sobre dónde está (localización geográfica de la dirección IP), qué le interesa (búsquedas o textos de mensajes de correo), cuáles son sus planes (calendarios personales en Internet) y así un larguísimo etcétera?

Google no es la enfermedad; es el síntoma.

Centrales nucleares: Una controversia nacida del pensamiento icónico

A veces, pocas, hay que darles la razón a los políticos: Cuando un ministro afirma que la crisis tiene una parte buena y es que hace que desaparezcan las partes menos eficientes del sistema puede tener razón…pero podría ocurrir que nosotros mismos fueramos las partes menos eficientes del sistema gracias a una política energética más pendiente de iconos de la progresía -que no de la izquierda que puede ser algo más respetable- que del realismo.

Está claro que uno de los factores de competitividad de un país es el coste de la energía, aunque eso no signifique disposición a abaratar ese coste a cualquier precio, y está también claro que hoy por hoy las centrales nucleares son la opción que permite la generación de energía más barata. ¿Dónde están los problemas?

Los defensores de su eliminación rápidamente utilizan un argumento icónico: «¿A quién le gustaría vivir cerca de una central nuclear?». ¿No se podría preguntar lo mismo sobre cualquier otro tipo de central? ¿Se prefiere morir lentamente envenenado o asumir la muy remota posibilidad de un envenenamiento?

¿Por qué nunca se habla de radiación natural? ¿Por qué nadie cuenta que, por ejemplo, alguien que viva en Galicia está sometido a un nivel de radiación -de origen natural pero no por ello más beneficiosa- mucho más elevado que el que soporta alguien que viva a muy pocos kilómetros de algunas de las centrales nucleares?

Cuando los políticos intentan escaparse por la vía de las energías renovables y por el problema de los residuos y de la seguridad de las centrales nucleares, mienten y lo saben. Las fuentes de energía solar, eólica e incluso últimamente los combustibles de origen vegetal -no menos contaminantes que los de origen mineral, dicho sea de paso- caen siempre por el lado de la viabilidad económica. Sólo se sujetan sobre una cantidad ingente de subvenciones para suplir lo que no pueden conseguir por méritos propios.

¿Cómo se sustraen los políticos a esa realidad? Con otro icono: La evolución tecnológica convertirá en viables esas energías que hoy no lo son. Vayamos de nuevo a las comparaciones. ¿Los otros tipos de energía no están sujetos a evolución tecnológica? En particular, hay una energía nuclear limpia y sin riesgo y es la procedente de la fusión. Esta energía existe ya pero tiene todavía un carácter experimental ¿por qué no se trabaja en esa línea en lugar de destrozar todas las vertientes con picadoras de aves-aerogeneradores? Lo mismo puede decirse en cuanto a la vida de los residuos y en cómo ésta va disminuyendo a paso agigantado y, por último, vamos a la seguridad:

¿Es más segura una central nuclear vieja o una nueva? Cuando alguien se encuentra pegado a sus propias contradicciones, no quiere construir centrales nuevas pero, antes de cerrar las viejas, opta por no hacer nada…y no hacer nada significa hacer algo, es decir, significa permitir el envejecimiento de centrales que, aunque viejas, son necesarias porque se ha creado un escenario donde no hay una alternativa real.

¿Es más segura una central francesa o una española? En la hipótesis difícilmente creíble de un Chernobil francés, sufriríamos los efectos casi en la misma medida que si ocurriera en España pero, a pesar de ello, se cubren las carencias energéticas comprando energía nuclear de origen francés…y, al hacerlo, invitándoles a que construyan nuevas plantas.

¿No es hora ya de que, en lugar de darnos una de pensamiento icónico con el «Nucleares no, gracias» se planteen seriamente las alternativas REALES y se haga un análisis real de costes, incluyendo en éstos los potenciales riesgos, y beneficios y, sobre todo, que ese análisis se haga con luz y taquígrafos para impedir que, en un tema que habría de ser debatido, se acaben tomando decisiones sin más base que la monomanía de un iluminado?

Linux .vs. Windows: ¿David contra Goliat?

Soy un total neófito en Linux. Tengo que añadir que lo soy gracias a Microsoft y su servicio de soporte para Windows Vista sobre el que tengo publicado aquí el intercambio de mensajes bajo el título «Servicios inservibles: Microsoft».

Como no me gustan los saltos sin paracaídas, he instalado Linux junto con Windows XP para ir familiarizándome con el primero y he descubierto para mi sorpresa que mi ordenador es rápido (es un Centrino 1.7 con 2 Gb de memoria) trabajando bajo Linux.

La instalación ha ido sola sin dar ningún problema y algún asuntillo tengo todavía pendiente de resolver. A menudo Linux da demasiadas opciones y eso puede despistar al neófito; también hay fabricantes que siguen ignorando a Linux y, por ejemplo, configurar una conexión a Internet por telefonía móvil es más fácil con Windows porque hay programas que lo hacen sin casi intervención del usuario y en Linux es algo más complejo. A partir de ahí, el resto son ventajas incluyendo la disponibilidad de software para las cosas más diversas y algo más que podría animar incluso a los más «windófilos»:

Si se instala Linux en el mismo disco duro que Windows y Windows se nos contamina con un virus o un «rootkit» o cualquiera de las porquerías que circulan por Internet, se puede descontaminar el sistema desde Linux sin arrancar Windows y sin encontrarnos con el problema de que la descontaminación no se produce porque hay procesos vivos.

Los que saben de verdad de esto podrán dar muchos más elementos de decisión en favor y en contra. La mía ya está tomada porque una de las ventajas teóricas de trabajar con una gran empresa es el soporte; si éste no existe, la ventaja tampoco y no hay justificación para cualquier desembolso que se haga por ese concepto.

La otra parte interesante es la organizativa: Estamos ante dos modelos totalmente distintos: Una organización compleja pero centralizada donde todo el mundo tiene unos objetivos y aporta trabajo a un objetivo común frente a un cúmulo de voluntarios que, de alguna forma, se organizan para conseguir crear un producto que es capaz de hacerle frente a la poderosa organización monopolística del software.

Lo primero es una cuestión de diseño organizativo soportado por tecnología; lo segundo es otra cosa que sería muy interesante de tratar desde el punto de vista de los fenómenos organizativos. No es un caso único ya que algo parecido tenemos con productos como la Wikipedia y algunos otros pero sigue resultando asombroso.

El fiasco de los biocombustibles

Hay, en este momento, varias fábricas de biocombustibles concluidas y que no se han puesto en funcionamiento. ¿Motivo? Las fábricas se construyeron contando con un precio de la materia prima -plantas oleaginosas- que se ha triplicado y, por tanto, su funcionamiento no es rentable ni siquiera contando con el actual precio del petróleo.

Los aerogeneradores, aparte del destrozo paisajístico y de su papel como picadora de aves en muchas zonas, sólo se sustentan en un sistema de subvención como el que obliga a las compañías eléctricas a comprar la energía producida a un precio exageradamente alto y lo mismo podemos decir de los huertos solares.

Ahora, algunos se empiezan a caer del guindo y a darse cuenta de que actualmente no hay una alternativa real a la energía nuclear -otros todavía no han llegado ahí siquiera- pero es un poco tarde. Llevamos años importando energía de Francia, con una escasez crónica de energía y a unos precios especialmente caros lo que ni que decir tiene que afecta seriamente a la competitividad de cualquier país.

En el supuesto de que alguien se diera cuenta hoy de que no hay más alternativa y se empezasen a construir unas cuantas plantas, tendríamos que esperar varios años a su puesta en funcionamiento. Eso es lo que ocurre cuando, en lugar de tomar decisiones guiadas por la racionalidad económica y ecológica, se toman basándose en lo que dicen los grupos de presión. Por cierto, se sigue teniendo muy calladito que uno de los fundadores de Greenpeace acabó también cayéndose del guindo con este tema y reconociendo que no había alternativa.

«La paradoja de la sabiduría» de Elkhonon Goldberg

Si hace pocos días comentaba un libro que no me había gustado -«Entra en tu cerebro»- hoy la situación es exactamente la contraria y, además, con otro libro que trata sobre el mismo tema.

El autor comienza con una preocupación sobre su propio proceso de envejecimiento cerebral pero, además, el autor ha sido discípulo de Luria, el padre de la neuropsicología y que abrió todo el campo de la funcionalidad del cerebro y sus alternaciones.

El tema principal que trata el libro, aunque luego va desarrollando muchos otros temas menores que discurren asociados al principal, es el hecho de que la dominancia hemisférica va cambiando con el tiempo de derecho a izquierdo, en los diestros y en la mayoría de los zurdos, y a que esto tiene una explicación:

El hemisferio derecho se encargaría de las situaciones nuevas mientras que el izquierdo se encargaría de ir almacenando patrones de reconocimiento. A medida que más y más situaciones dejan de verse como radicalmente nuevas sino que pueden ser analizadas mediante patrones de reconocimiento, se va produciendo ese efecto que llevaría asociado un envejecimiento del hemisferio derecho mientras que el izquierdo resistiría mucho mejor este proceso.

Los ejemplos son atractivos; así, un músico profesional utilizaría su hemisferio izquierdo tanto en la interpretación como en el reconocimiento mientras que un novato utilizaría el derecho. Existe, por tanto, una noción de economía aplicada a la actividad cerebral por la que se van encontrando formas cada vez menos costosas en recursos para realizar las mismas actividades.

Un clásico de la psicología, Cattell, antes de que los instrumentos de investigación del cerebro permitiesen analizarlo como ahora se hace, ya presentó como una intuición genial lo mismo que Goldberg va presentando apoyado en datos, es decir, los conceptos de inteligencia fluida y cristalizada.

No deja aparte a las emociones; al parecer, las emociones negativas estarían vinculadas al hemisferio derecho y las positivas al izquierdo. Por supuesto, que eso permite explicar algunas conductas como el inconformismo de las edades más jóvenes y cómo ese inconformismo puede a veces convertirse en motor de descubrimiento. El chiste que utiliza el autor de que un Cristóbal Colón atiborrado de Prozac habría preferido disfrutar de Sevilla antes de embarcarse en la búsqueda del Nuevo Mundo va en esa línea: La insatisfacción implica que hay respuestas no satisfechas o, en otros términos, que los patrones de reconocimiento disponibles no son suficientes y se está buscando activamente.

El cerebro, mediante ese progresivo paso al hemisferio izquierdo y al reconocimiento de patrones, iría siendo cada vez más económico en su funcionamiento y ello implicaría que las actividades que precisasen de una memoria genérica podrían realizarse no sólo sin pérdida sino, en algunos casos, con una ganancia en eficiencia y en resultados. En algunos casos, se menciona cómo una actividad cerebral puede incluso superponerse al Alzheimer, presente en la autopsia pero que no había dado muestras de su existencia en la conducta de la persona afectada.

El libro es, en suma, muy interesante y, aunque pueda ser necesario apuntar algún tanto negativo, éste es menor. El tanto negativo vendría sobre una versión casi impostadamente optimista del envejecimiento cerebral. Para dar esa versión almibarada que, en algunos puntos, nos llevarían casi a los libros de autoayuda, pueden haberse omitido algunos puntos importantes:

  1. La memoria genérica no se deteriora pero sí la episódica. Hay algunas actividades que tienen una gran carga de memoria episódica y de retención a corto plazo de instrucciones o datos de escasa significación. En estas actividades, la edad no sólo no mejora sino que disminuye muy seriamente la capacidad.
  2. El reconocimiento de patrones es un mecanismo de economía, especialmente necesario cuando tal vez empiecen a fallar cuestiones como la aportación de oxígeno u otros o, en términos automovilísticos, si la cantidad de gasolina disponible disminuye, mejor que utilice un vehículo que consuma menos. Sin embargo, la utilización del reconocimiento como recurso básico no es gratuita; implica la posibilidad del «falso positivo», es decir, de reconocer como ya vista una situación que sea completamente nueva. Esto puede ser especialmente grave en terrenos que evolucionan muy rápidamente y donde el conocimiento y los patrones sobre los que éste se sustenta quedan obsoletos en poco tiempo.
  3. Si la actividad cerebral a una edad avanzada se sustenta en el reconocimiento de patrones, cabe pensar que la capacidad creativa quede seriamente dañada salvo que se haya vivido una vida muy intensa durante etapas más jóvenes y se haya creado un entramado tal de patrones que permitan generar tal creatividad.

Repito, el libro es muy interesante y muy explicativo de fenómenos que podemos observar a nuestro alrededor. Quizás habría podido ser mejorado si el autor se hubiera distanciado un poco más de su propia situación y no hubiera tenido tal empeño en mostrarnos sólo la faceta optimista del envejecimiento cerebral.

«Entra en tu cerebro» de Sandra Aamodt y Sam Wang

El libro se vende muy bien en las solapas y con los comentarios pero resulta flojito.

Lo que más me ha gustado es el hecho de que los autores se marchasen a Bellaggio para escribirlo y, con la excusa del libro, se pasaron unos cuantos meses en una de las poblaciones más bellas del lago Como. Me ofrezco voluntario para recibir una oferta similar con la seguridad para el oferente de que será aceptada  🙂

La llamada de atención sobre el hecho de que el cerebro nos engaña está muy bien pero, a partir de ahí, nos encontramos con que el libro no es tal. Tiene un conjunto de informaciones que a veces tienen la categoría de anécdota en recuadros oscuros pero no sigue ningún tipo de guión, es decir, no está articulado como un libro. Parece más bien un conjunto de artículos curiosos tomados de alguna revista del estilo «Quo», «Muy Interesante» o similar pero, desde luego, no es un libro.

Los cuadros sombreados van por una parte y el texto por otra y, como el anecdotario de los recuadros es mucho más atractivo que el texto, éste acaba por ser leído en diagonal sin que se encuentre nada que invite a una lectura más cuidadosa.

Llama la atención en el apartado de referencias su mención de Jeff Hawkins y Sandra Blakeslee, autores de uno de los libros más brillantes, si no el que más, escritos sobre el tema pero, al parecer, la recomendación que recibieron de ellos se refirió al agente literario pero no al contenido del libro o a su organización.

Hay materia prima para hacer un buen libro; el excelente «Mapping the Mind» de Rita Carter es una prueba que no es ni mucho menos única. Puede hacerse un libro ordenado sin caer en un aburrido tratado de anatomía cerebral pero no parece que los autores se hayan tomado el tiempo o el esfuerzo de organización que eso requiere.

En su descargo y pensándolo mejor, creo que si algún día me pusiera a escribir un libro por encargo preferiría hacerlo en lo alto de una montaña o, al menos, en un sitio aislado (el parador de Las Cañadas del Teide o el balneario de Pozo de la Salud en la isla de El Hierro serían buenos candidatos). Pretender escribir un libro en Bellaggio con un entorno de una belleza natural -entendido «natural» en un sentido amplio- excepcional y con un ambiente que invita a todo menos a encerrarse a escribir…es comprensible.

El resultado final es muy mejorable y realmente es una pena porque tenían materia prima para haber hecho un libro excelente.

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Cuidado con las redes sociales

Ayer recibí una invitación de un amigo para conectarme con él a través de una red en la que, aunque estaba, no había entrado nunca más.

Al conectarme para aceptar la invitación, me encontré con que me pedía mi contraseña de correo electrónico para ver cuáles de mis contactos estaban en la red; me lo pensé pero finalmente la escribí y me salió una lista de varios cientos de nombres.

La siguiente pregunta consistía en si quería averiguar quiénes de ellos estaban ya en la red y, al responder positivamente, lo que hizo el programa es enviarles a todos mis contactos un mensaje invitándoles a unirse a la red como contactos míos.

Naturalmente, entre esos cientos de nombres hay los más diversos tipos de relación y no me apetece en absoluto que muchos de ellos, con los que la relación es escasa o estrictamente profesional o incluso que expresamente me han dicho que no quieren participar en este tipo de redes, reciban un mensaje mío de esta clase.

Lo dicho; mucho ojo porque se puede acabar ejerciendo de «spammer» sin comerlo ni beberlo.

Cabinas de vuelo avanzadas

CABINAS AVANZADAS DE VUELO

El cambio hacia las llamadas “glass cockpits” hacia mediados de los 80 ha producido un conjunto de cambios en la aviación importantes. Estos cambios son amplificados por dos hechos:

  1. Conviven en el mercado aviones con cabinas tradicionales y otros con cabinas nuevas.
  2. El diseño usual de la carrera profesional del piloto hace que, a lo largo de su vida profesional, pueda pasar varias veces de uno a otro modelo de cabina. El caso más característico se produce cuando un piloto acaba su trayectoria como segundo en un avión de aviónica avanzada para iniciarla como comandante en otro con aviónica tradicional.

A pesar de que el conjunto de la cabina es vista como un sistema más, tiene una gran trascendencia ya que implica que el modo de volar el avión es completamente distinto y, aunque en cómputo global puedan considerarse más favorables, introducen sus propias fuentes de errores.

Las “cabinas de cristal” no tienen tampoco unos criterios de diseño comunes más allá de la más elemental ergonomía y ello hace que sea difícil establecer conclusiones válidas para todos los modelos actualmente en uso.

Para utilizar ejemplos ampliamente conocidos, mientras Airbus ha diseñado un sistema de protección de envolvente de vuelo que podría denominarse “agresivo” en el sentido de permitir que el avión pueda contravenir una instrucción del piloto, Boeing ha diseñado un sistema más suave que entrega información pero deja la decisión final sobre su utilización al piloto. Por su parte, la extinta McDonnell Douglas en su modelo MD11 introdujo una aviónica muy avanzada pero, al mismo tiempo, muy criticada debido a que la integración entre sistemas había dejado numerosas lagunas que habían producido numerosos incidentes de distinta gravedad; el último conocido fue la exculpación –once años tardía- de un comandante japonés por un incidente en vuelo que, como se acabó sabiendo, fue debido a la aviónica del aparato.

Algunos organismos nacionales e internacionales como la propia CAA británica o la OACI están encendiendo luces de alarma sobre los efectos que están teniendo las cabinas avanzadas de vuelo, incluso las que parecen mostrar una integración correcta. Entre estos efectos, destacan los siguientes:

  • Pérdida de capacidad manual de los pilotos: Los nuevos aviones son llevados a mano con carácter excepcional dedicándose los pilotos a manejar diales y a programar el FMS en lugar de volar el avión en la manera usual. De esta forma, el mantenimiento de la habilidad manual no se produce como consecuencia de la propia práctica profesional sino que es preciso un esfuerzo específico en esa dirección.
  • Decisiones de aceptación por defecto: El diseño lógico de la aviónica no es conocido por los pilotos en la profundidad suficiente para cuestionar sus decisiones. En consecuencia, es frecuente que se den por buenas las decisiones tomadas por el sistema incluso en el caso de que no lo sean.
  • Errores introducidos por el propio piloto en la programación: Los sistemas pueden ser suficientemente sólidos para resistir su propio fallo pero es mucho más difícil que estos sistemas sean capaces de superponerse a una instrucción errónea introducida por el piloto sin razón aparente o por la aparición del fenómeno de transferencia negativa. En un informe de la CAA figura un caso de una tripulación que introdujo un peso al despegue coherente pero 100 toneladas equivocado. Dicha tripulación estaba habituada a volar alternativamente el 340-300 y el 340-600 y la cifra introducida podía ser perfectamente válida para el 300 pero el avión que estaban volando en ese momento era el 340-600.
  • Determinadas situaciones son más complejas en una cabina avanzada que en una tradicional, por ejemplo, un cambio de pista en servicio en el último momento.
  • El piloto queda reducido en las cabinas más avanzadas a un papel de supervisión que, aparentemente, es poco necesaria lo que, junto con jornadas largas y nocturnas, puede dar lugar fácilmente a desatención y a una dependencia absoluta de la automatización.

Aunque, tanto por parte de los fabricantes como de los operadores, se han tratado de introducir variantes operativas destinadas a minimizar estos efectos, puede decirse que han tenido poco éxito en general y que los inconvenientes citados siguen estando presentes.

Sería necesario por parte de los reguladores internacionales la emisión de una normativa respecto del diseño de las cabinas de vuelo que permitiese atajar estos problemas de una forma mucho más eficaz que la actualmente utilizada.

Como ejemplo, prácticas como el “cross-crew rating” pueden verse seriamente afectadas por la transferencia negativa dado que las mismas tripulaciones pueden estar volando aviones con muy distintas características pero con una aviónica común y, en un momento de tensión, actuar conforme a su conocimiento del avión más conocido (no necesariamente el que están volando en ese momento). Claramente, esta práctica introduce una eficiencia en la utilización de las tripulaciones que la convierte en muy deseable para los operadores y quien la ofrezca podría disfrutar de una ventaja competitiva temporal puesto que arrastrará en la misma dirección al resto de los competidores. La limitación de esta práctica por parte de los reguladores impediría que el mercado pudiera deslizarse por una trayectoria de riesgo y no introduciría elementos distorsionadores ya que nadie, ni ahora ni en el futuro, podría basar su competencia en ese factor.

Debe, asimismo, exigirse que los aviones con cabinas avanzados dispongan de algún medio de detección de errores de usuario. Aunque, evidentemente, nunca podrán detectarse todos, la capacidad de almacenamiento creciente a un precio cada vez disminuido podría permitir introducir en los sistemas información contextual de forma que la actuación del avión no se limite a prácticas estandarizadas como petición de confirmación (que acaban siendo mecánicamente respondidas por el piloto y, por tanto, pierden toda efectividad). En el ejemplo citado –la confusión por la tripulación entre el 340-300 y el 340-600- la inclusión en la base de datos del avión de parámetros como su propio peso contando con una ocupación media y la distancia a recorrer permitiría tener un intervalo de valores razonables de forma que, si la cifra introducida está fuera de ese intervalo, el aviso sea mucho más válido que una mera petición de confirmación. Lo mismo puede decirse si se introducen frecuencias y cartografía y casos como el American Airlines 965 pueden ser detectados y avisados precozmente por el propio avión.

En otros términos, puesto que el piloto no muestra sus mejores capacidades en la supervisión, el sistema ha de tener su propia capacidad de supervisar al piloto de una forma más efectiva que la actual sin que eso signifique restringir aún más los grados de libertad.

En cuanto al mantenimiento de la capacidad de vuelo manual, es posible también realizar algunas modificaciones más allá del procedimiento o del entrenamiento. La inclusión de modos de vuelo intermedios entre el manual y el “vuelo por diales” y la utilización frecuente de estos modos intermedios –limitando o anulando opciones automáticas a las que pueda sustituir con ventaja- puede impedir también este efecto. El “modo intermedio” obedecería a la acción manual del piloto en una situación perfecta, compensando perturbaciones como rachas –incluso “windshear”- o viento cruzado evitando casos como el muy conocido de Lisboa o el muy reciente de Hamburgo.

Cuestiones como la utilización de instrumentos secundarios deberían, asimismo, ser objeto de estudio. Los instrumentos secundarios han de permitir volar el avión en IFR en ausencia de los instrumentos principales y el tamaño y la disposición de éstos lo hacen imposible en diversos modelos avanzados de avión.

En suma, es necesario establecer una norma clara sobre el diseño de cabinas de aviación avanzadas. No hacerlo llevará sin duda a una guerra entre fabricantes donde la funcionalidad inmediata primará siempre sobre los criterios de seguridad mientras que, si éstos se introducen en la norma para todos los fabricantes, se evitará este efecto sin que, al mismo tiempo, se produzca distorsión alguna de la competencia.

La evolución tecnológica en aviación comercial

Acabo de leer un documento largo pero interesante de la NASA llamado «Computers take flight» y donde expone con detalle el nacimiento del fly-by-wire (FBW) y los pasos seguidos hasta llegar a la etapa actual.

Para los que estamos acostumbrados a volar aparatos de mando convencional, resulta un alivio comprobar que, a lo largo de todo el proceso, se han mantenido los pies en la tierra y se han establecido unos criterios de diseño muy exigentes.

Hay algunos elementos que, desde la perspectiva actual, resultan sorprendentes:

Por ejemplo, ver que los motivos por los que los ordenadores tardaron mucho tiempo en entrar en los aviones consistían en la escasa fiabilidad del hardware y en el peso y volumen que éstos añadían. Naturalmente, una vez que se llegó a un estadio de miniaturización y fiabilidad aceptables, este inconveniente desapareció.

Otro, no menos sorprendente, es el hecho de que aviones modernos estén dotados de procesadores antediluvianos. Por ejemplo, todo un Boeing-777 lleva el procesador 486 de Intel, es decir, ése que todos tiramos a la basura hace aproximadamente quince años. El motivo es sencillo: Cambiar de procesador implicaría cambio de software y todo un proceso de recertificación del avión. Por ello, se ven obligados a mantener stocks suficientes para toda la vida comercial del avión de unos procesadores que hace ya años dejaron de ser fabricados por Intel.

Aparte de estas pequeñas anécdotas, el documento de la NASA da bastante tranquilidad en cuanto a los criterios y al escaso aventurerismo de los diseñadores. Desde la perspectiva de los factores humanos, es necesario tener esto en cuenta o, en otros términos, en el ámbito de la ingeniería existen, como en todas partes, mentalidades cerriles pero no son éstas las que han prevalecido en el desarrollo tecnológico.

Flaco servicio haríamos desde el área de factores humanos si nos limitásemos a lanzar mensajes más o menos apocalípticos sobre la situación actual de las cosas pero, al mismo tiempo, partiendo del respeto y del intento de entender lo mejor posible qué se está haciendo en el área tecnológica, es importante que no dejemos de lanzar algunos avisos:

El primero es relativo al modelo mismo de evolución. El documento muestra cómo ha ido evolucionando la aviación y, en un primer momento, el problema de la estabilidad era sencillamente dejado en manos de la destreza del piloto que, necesariamente, tenía que ser un virtuoso. A medida que la actividad fue creciendo, se encontró que era necesario diseñar aparatos más estables y que no requiriesen tanta habilidad del piloto; lamentablemente, como todo el mundo sabe en aviación, la contrapartida de la estabilidad es la escasa maniobrabilidad y esto podía ser muy grave, por ejemplo, en el momento de diseñar aviones de caza que necesitaban una maniobrabilidad extrema.

En aviación comercial, el problema estaba más relacionado con los costes de diseño y explotación. Un avión, para ser estable, necesitaba grandes superficies aerodinámicas y sistemas complejos y pesados para su manejo; si se pudiera prescindir de todo ello y conseguir que el avión fuera fácil de manejar, es decir estable, y a la vez fácil de maniobrar, es decir inestable, sería un gran avance.

Naturalmente, eso pasa por la utilización de los ordenadores como elementos que, artificialmente, añadan estabilidad sin sacrificar maniobrabilidad pero, al mismo tiempo, deja la duda sobre qué ocurre si el sistema no está funcionando al 100% y sus prestaciones en estabilidad o maniobrabilidad quedan reducidas. Los diseños iniciales confiaban en la habilidad del piloto. ¿Están los actuales preparados para hacer uso de esa habilidad? ¿promueven su existencia o, mas bien, enfatizan la figura del piloto como «gestor del sistema»?

La otra parte que planteaba preguntas en el documento era su concepto del fallo. Es curioso como, por una parte, establecen que hay unos cambios de gran envergadura pero, por otra parte, están manejando las mismas categorías que antes de dichos cambios, en particular el concepto de fallo.

La utilización de software ha traído más de un quebradero de cabeza tanto a los diseñadores como a las autoridades certificadoras. En un primer momento, la FAA pretendió hacer completa abstracción del software limitándose a certificar la funcionalidad, como si fueran cosas separables, y sólo muy a regañadientes acabó emitiendo una norma, la DO178B, relativa a la calidad del proceso de construcción del software muy en la línea de las ISO-9000.

El principal problema con el software estriba en la dificultad para manejar el concepto de fallo como una variable dicotómica. Una disfunción en el software puede dar lugar a lo que podríamos denominar estados crepusculares, es decir, estados intermedios donde aparentemente el sistema está funcionando pero no lo está haciendo.

Otro problema no menos importante es que conceptos como resilience o fault-tolerance pueden referirse a la solidez interna del diseño pero los errores en la introducción de parámetros pueden tener graves consecuencias. El caso de American Airlines 965 (Cali) es un ejemplo claro pero no único. Un reciente paper de la CAA británica relataba cómo una tripulación habituada al A-340-300 y que estaba volando el A-340-600, que comparte la práctica totalidad del diseño pero mucho más pesado, introdujo inadvertidamente un error de 100 toneladas en el peso al despegue porque ese valor era coherente con el 340-300. Puede decirse que en un sistema eficiente los fallos son también eficientes y, por tanto, pueden producir graves consecuencias.

Rassmussen establecía la regla de que el operador ha de ser capaz de ejecutar cognitivamente el programa que está ejecutando la máquina. Es un principio deseable pero sumamente difícil de cumplir, especialmente si se está presionado por la eficiencia y no se desea realizar diseños subóptimos.

Si tenemos que renunciar a la regla de Rassmussen, debemos al menos asegurarnos de que existe, dentro de los criterios de aceptabilidad para el riesgo catastrófico, una alternativa inteligente para operar el sistema cuando se producen fallos que no se habían previsto en su diseño. 

 

Un tema curioso: La guerra de los formatos de DVD

Las mismas historias se repiten una y otra vez pero no siempre tienen los mismos finales.

A algunos, la guerra entre Toshiba con su formato DVD compatible con el actual y Sony con su formato Blu-Ray nos ha recordado otra guerra más antigua en la que también estuvo Sony: La guerra entre los formatos de video VHS y Betamax.

Sony patrocinaba el Betamax que daba un nivel de calidad superior al VHS pero tenía un problema: El manejo de las patentes por parte de Sony y su exclusiva del formato Betamax hizo que fuera una guerra de Sony contra el mundo y, por fuerte que fuera Sony, la batalla estaba perdida y Sony acabó abandonando el formato Betamax.

Esta vieja batalla recuerda, a su vez, a otra: La de los sistemas operativos y cómo acabó predominando un sistema operativo claramente inferior -Windows- frente al de Apple debido a la torpeza de estos últimos y a su insistencia en unir su sistema operativo propio a sus ordenadores. El mundo acabó aislándolos y Apple estuvo a punto de desaparecer aunque ahora conozca mejores tiempos.

¿Qué ha pasado ahora? Sony saca un formato que no es compatible con los DVDs actuales frente a Toshiba que tiene un formato que sí lo es y acaba ganando la batalla Sony. ¿Dónde está el truco? La verdad es que hay más de uno pero todos se reducen a lo mismo: En esta ocasión, Sony no estaba en solitario.

Por un lado, las grandes productoras cinematográficas habían hecho pública su apuesta por el formato Blu-Ray; por otro lado, el sector del videojuego y, por tanto, la PS3 de Sony podían tirar también con mucha fuerza del formato patrocinado por Sony y, finalmente pero no menos importante, los reproductores que están saliendo al mercado tienen la posibilidad de leer multitud de formatos, incluidos los DVDs anteriores al Blu-Ray.

Frente a esto, lo único que podía ofrecer Toshiba es compatibilidad y precio. La compatibilidad era una ventaja menor en el momento en que salieron al mercado los reproductores Blu-Ray con capacidad para leer también los DVDs. De hecho,  salvo que sacasen sus propios modelos compatibles con Blu-Ray, se convertía en una desventaja y la diferencia de precio no justificaba la decisión en favor del formato de Toshiba.

Visto a toro pasado, el resultado parece lógico. Sin embargo, en su momento Toshiba debió pensar que, al ser su formato plenamente compatible con los DVDs actuales, quien se iba a quedar en solitario era Sony. No calibró adecuadamente la fuerza de las productoras cinematográficas ni del sector del videojuego aunque, insisto, eso es fácil decirlo ahora.