Categoría: Seguridad aérea
La evolución tecnológica en aviación comercial
Acabo de leer un documento largo pero interesante de la NASA llamado «Computers take flight» y donde expone con detalle el nacimiento del fly-by-wire (FBW) y los pasos seguidos hasta llegar a la etapa actual.
Para los que estamos acostumbrados a volar aparatos de mando convencional, resulta un alivio comprobar que, a lo largo de todo el proceso, se han mantenido los pies en la tierra y se han establecido unos criterios de diseño muy exigentes.
Hay algunos elementos que, desde la perspectiva actual, resultan sorprendentes:
Por ejemplo, ver que los motivos por los que los ordenadores tardaron mucho tiempo en entrar en los aviones consistían en la escasa fiabilidad del hardware y en el peso y volumen que éstos añadían. Naturalmente, una vez que se llegó a un estadio de miniaturización y fiabilidad aceptables, este inconveniente desapareció.
Otro, no menos sorprendente, es el hecho de que aviones modernos estén dotados de procesadores antediluvianos. Por ejemplo, todo un Boeing-777 lleva el procesador 486 de Intel, es decir, ése que todos tiramos a la basura hace aproximadamente quince años. El motivo es sencillo: Cambiar de procesador implicaría cambio de software y todo un proceso de recertificación del avión. Por ello, se ven obligados a mantener stocks suficientes para toda la vida comercial del avión de unos procesadores que hace ya años dejaron de ser fabricados por Intel.
Aparte de estas pequeñas anécdotas, el documento de la NASA da bastante tranquilidad en cuanto a los criterios y al escaso aventurerismo de los diseñadores. Desde la perspectiva de los factores humanos, es necesario tener esto en cuenta o, en otros términos, en el ámbito de la ingeniería existen, como en todas partes, mentalidades cerriles pero no son éstas las que han prevalecido en el desarrollo tecnológico.
Flaco servicio haríamos desde el área de factores humanos si nos limitásemos a lanzar mensajes más o menos apocalípticos sobre la situación actual de las cosas pero, al mismo tiempo, partiendo del respeto y del intento de entender lo mejor posible qué se está haciendo en el área tecnológica, es importante que no dejemos de lanzar algunos avisos:
El primero es relativo al modelo mismo de evolución. El documento muestra cómo ha ido evolucionando la aviación y, en un primer momento, el problema de la estabilidad era sencillamente dejado en manos de la destreza del piloto que, necesariamente, tenía que ser un virtuoso. A medida que la actividad fue creciendo, se encontró que era necesario diseñar aparatos más estables y que no requiriesen tanta habilidad del piloto; lamentablemente, como todo el mundo sabe en aviación, la contrapartida de la estabilidad es la escasa maniobrabilidad y esto podía ser muy grave, por ejemplo, en el momento de diseñar aviones de caza que necesitaban una maniobrabilidad extrema.
En aviación comercial, el problema estaba más relacionado con los costes de diseño y explotación. Un avión, para ser estable, necesitaba grandes superficies aerodinámicas y sistemas complejos y pesados para su manejo; si se pudiera prescindir de todo ello y conseguir que el avión fuera fácil de manejar, es decir estable, y a la vez fácil de maniobrar, es decir inestable, sería un gran avance.
Naturalmente, eso pasa por la utilización de los ordenadores como elementos que, artificialmente, añadan estabilidad sin sacrificar maniobrabilidad pero, al mismo tiempo, deja la duda sobre qué ocurre si el sistema no está funcionando al 100% y sus prestaciones en estabilidad o maniobrabilidad quedan reducidas. Los diseños iniciales confiaban en la habilidad del piloto. ¿Están los actuales preparados para hacer uso de esa habilidad? ¿promueven su existencia o, mas bien, enfatizan la figura del piloto como «gestor del sistema»?
La otra parte que planteaba preguntas en el documento era su concepto del fallo. Es curioso como, por una parte, establecen que hay unos cambios de gran envergadura pero, por otra parte, están manejando las mismas categorías que antes de dichos cambios, en particular el concepto de fallo.
La utilización de software ha traído más de un quebradero de cabeza tanto a los diseñadores como a las autoridades certificadoras. En un primer momento, la FAA pretendió hacer completa abstracción del software limitándose a certificar la funcionalidad, como si fueran cosas separables, y sólo muy a regañadientes acabó emitiendo una norma, la DO178B, relativa a la calidad del proceso de construcción del software muy en la línea de las ISO-9000.
El principal problema con el software estriba en la dificultad para manejar el concepto de fallo como una variable dicotómica. Una disfunción en el software puede dar lugar a lo que podríamos denominar estados crepusculares, es decir, estados intermedios donde aparentemente el sistema está funcionando pero no lo está haciendo.
Otro problema no menos importante es que conceptos como resilience o fault-tolerance pueden referirse a la solidez interna del diseño pero los errores en la introducción de parámetros pueden tener graves consecuencias. El caso de American Airlines 965 (Cali) es un ejemplo claro pero no único. Un reciente paper de la CAA británica relataba cómo una tripulación habituada al A-340-300 y que estaba volando el A-340-600, que comparte la práctica totalidad del diseño pero mucho más pesado, introdujo inadvertidamente un error de 100 toneladas en el peso al despegue porque ese valor era coherente con el 340-300. Puede decirse que en un sistema eficiente los fallos son también eficientes y, por tanto, pueden producir graves consecuencias.
Rassmussen establecía la regla de que el operador ha de ser capaz de ejecutar cognitivamente el programa que está ejecutando la máquina. Es un principio deseable pero sumamente difícil de cumplir, especialmente si se está presionado por la eficiencia y no se desea realizar diseños subóptimos.
Si tenemos que renunciar a la regla de Rassmussen, debemos al menos asegurarnos de que existe, dentro de los criterios de aceptabilidad para el riesgo catastrófico, una alternativa inteligente para operar el sistema cuando se producen fallos que no se habían previsto en su diseño.
Binter Málaga 2001: Error humano pero ¿algo más?
Resulta sorprendente a poco que se investiga cómo en aparatos bimotores se ha dado ya varias veces el caso de, ante una emergencia, apagar el motor que va funcionando correctamente.
Sin duda, el error humano existe pero creo que hay que tener siempre una hipótesis de partida: Los pilotos no son tontos, no están locos y no habían elegido el día del accidente para suicidarse. A veces, la realidad nos fuerza a rechazar esta hipótesis inicial pero, en la mayoría de los casos, ha habido más factores que han contribuido al accidente.
Lamentablemente, una vez que un accidente queda bajo el paraguas del «error humano», es muy frecuente que esos otros factores que contribuyen queden en penumbra cuando no en una total oscuridad.
¿Qué pasó en Málaga? Primer hecho que, aunque se da a veces por razones operativas, no está dentro de lo deseable: Avión pilotado por dos comandantes. Hay quien dice que el peor segundo es otro comandante y lo es por muchas razones de las que solamente destacaré dos:
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El «gradiente de autoridad», es decir, tener claro quién lleva el mando a todos los efectos ha causado ya accidentes, el más grave en Los Rodeos, donde un segundo piloto no se atrevió a contradecir a un comandante muy autoritario y con una alta posición en la compañía. El extremo contrario, saber que se va con un igual, puede hacer la relación incómoda para ambas partes y no atreverse a contradecir al otro abiertamente.
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La lateralidad; el comandante está acostumbrado a volar al lado izquierdo y, cuando le toca colocarse al lado derecho, encuentra que tiene todo cambiado, es decir, nada está en su lado correcto.
¿Cómo es posible apagar el motor bueno? Asistiendo a un entrenamiento de tripulaciones pude tener una muestra de primera mano. Dos pilotos realizaban un simulacro de incendio de motor y, para evitar pulsar accidentalmente los extintores, los botones correspondientes llevan una pieza que los protege. Uno de los pilotos, en el momento en que se comunicaba el incendio, levantaba el protector y tenía el dedo preparado para pulsar.
Como el procedimiento indica, se pedía confirmación sobre qué motor era el incendiado pero veo muy poco probable que, fuera la que fuera la respuesta de confirmación, el piloto con prisas fuera a dejar de apretar el botón, tanto si era el correcto como si no. Sorprendentemente, el instructor no corregía esta actuación.
Ésta es una parte, es decir, la posibilidad de que un procedimiento inadecuado no haya sido corregido en el simulador pero hay algo más y es la denominación de los motores y de los extintores. Si a un motor lo denominamos como «número 1» y al otro como «número dos» y a uno de los extintores lo denominamos como «primero» y al otro como «segundo» ¿no estamos tentando a la suerte?
El comandante que va sentado al lado derecho tiene un problema de lateralidad, simplemente porque no va sentado en el lado habitual, pero es sabido que hay también una estrecha relación entre la lateralidad y la aparición de problemas en el lenguaje como la dislexia.
Para alguien que no tenga ningún problema, «el primero del número uno», «el segundo del número dos»…puede ser una especie de trabalenguas con muchas, muchísimas posibilidades de equivocarse. Esas posibilidades podrían aumentar si alguien va ya haciendo un esfuerzo previo de adaptación al lado poco familiar y el problema podría solucionarse de una manera ridículamente simple:
Cambiando los nombres de forma que motores y extintores jamás puedan ser nombrados del mismo modo para no inducir a error.
Desconozco si el piloto que apagó el motor bueno, Luis Checa, tenía o no algún problema de dislexia aunque hay tanta gente que tiene problemas menores de este tipo que no sería nada extraño. Si no lo tenía, las probabilidades de error estaban en su contra y si lo tenía era toda una invitación, invitación que era evitable con un procedimiento ridículamente simple.
Southwest Airlines: Fue bonito mientras duró
La verdad es que quedaba bonito porque era una película de buenos y malos donde, invariablemente, Southwest hacía el papel del bueno mientras que otros despiadados como Ryanair hacían el lugar del malo.
Mientras Southwest nos vendía gente feliz, mucha fiesta, mucho rollo entre gente dentro de la empresa, presidente «enrollao» y 20 minutos en el suelo como único capítulo de ahorro, Ryanair nos enseñaba la cara más dura -elíjase el sentido que se le quiera dar- del financiero que busca donde ahorrar un céntimo y, como Indiana Jones, ha descubierto que el látigo es una herramienta de gestión que funciona en entornos que han sido diseñados para eso.
Ahora a Southwest le paran más de 40 aviones y le ponen una multa espectacular porque el mantenimiento dejaba que desear e incluso algunos de sus 737s todavía conservaban el mismo fallo que llevó a un 737 a ir al suelo en una aproximación sin que los pilotos pudieran hacer nada por impedirlo.
Si esto mismo hubiera ocurrido en Ryanair, y de hecho, ocurrió algo parecido hace algún tiempo en que les pararon bastantes aviones porque habían descubierto el concepto de «avería de chicle» que iba siendo estirada indefinidamente, a nadie le habría extrañado. Por el contrario, mucha gente se puede sentir traicionada por el hecho de que haya ocurrido en Southwest.
Las buenas relaciones y el trabajo en equipo están muy bien pero conviene no olvidar que no sólo caracterizan a organizaciones muy virtuosas sino también a otras como la Mafia donde consideran que están ellos contra el mundo y se comportan en consecuencia.
Cuando un piloto o un mecánico es invitado a mirar hacia otro lado porque es «uno de los nuestros» está haciendo un más que flaco favor a un público de cuya seguridad responde. El buen ambiente puede llevar aparejada una ley de la «omertá» que parece haberse puesto ahora en evidencia.
Una pena. En apariencia, Southwest era un modelo que, cuando ha tratado de ser mejorado por otros, ha sido con unos costes humanos muy fuertes. En apariencia, Southwest era capaz de mantenerse en un mercado tan duro como el de las low-cost sin tales costes. La realidad, tal como aparece ahora, nos dice otra cosa distinta.
La simpatía externa y las buenas relaciones internas pueden ser perfectos disfraces para encubrir a tipos como el Edward G. Robinson de Cayo Largo, es decir, mafiosos en estado puro que usan dos códigos no relacionados, uno para tratar con los suyos y otro para el exterior.
Lo dicho: Fue bonito mientras duró.
MPL (Multi-Crew Pilot Licence).¿Qué es peor? ¿La enfermedad o el remedio?
Esta misma mañana escuchaba a un representante de OACI contar las excelencias de la nueva licencia para pilotos y, buscando alguna información más en Internet, he encontrado este interesante vínculo:
http://www.bizbuzzmedia.com/blogs/flight_international/archive/2006/11/01/5182.aspx
Entre los muy diversos problemas que aquejan a la profesión de piloto comercial, hay uno que tiene bastante importancia y es objeto de queja generalizada: Todo piloto comienza su carrera volando aparatos pequeños y en solitario y, sin embargo, cuando pasa a aparatos mayores, se encuentra sentado en el asiento de la derecha teniendo que trabajar en equipo con otro señor que va a la izquierda y con el que se reparte las tareas.
El MPL podría ayudar a solucionar ese problema, que es real, pero tal vez no está yendo por el camino correcto. Una licencia MPL permitirá que un señor se forme desde el momento cero para volar en aviones que requieren dos pilotos y, en consecuencia, tal como indica el artículo al que he hecho referencia, podría ocurrir que un piloto con licencia MPL jamás hubiera volado en solitario.
Discrepo completamente de la representante de Boeing-Alteon. El vuelo en solitario no es una especie de rito iniciático que es susceptible de ser suprimido sin que ocurra nada. Quien esto escribe lleva encima muchos vuelos en solitario -eso sí, en aparatos pequeños- y no me duelen prendas al reconocer que hay determinadas maniobras que puedo hacer con bastante tranquilidad cuando llevo un instructor sentado en el asiento de al lado pero que no hago cuando voy solo.
No hay un solo piloto en el mundo, profesional o no, que, salvo que se vea aquejado de Alzheimer, no recuerde con detalle la primera vez que voló en solitario, en qué circunstancias y con qué tipo de aparato. Probablemente incluso recordará ese momento con mayor intensidad que otro tipo de «primeras veces» presuntamente más importantes.
No se entienda mal lo anterior. El recuerdo de la primera vez en solitario no se trata de una especie de auto-homenaje que todos nos concedamos sino de algo muy distinto: Es la primera vez que la vida del piloto depende de lo que haga, que no hay nadie cerca que le pueda corregir un error y, obviamente, tampoco se puede parar en el arcén y eso hace que la forma en que se deciden las cosas cambie.
¿Cuál es el problema si el piloto con licencia MPL no ha volado nunca solo?
Permítaseme responder a la gallega, es decir, con otra pregunta: ¿Puede alguien garantizar que un piloto con licencia MPL, que nunca haya volado solo, no va a tener que hacerlo jamás y en un avión cargado de pasajeros?
Obviamente, nadie puede garantizar tal cosa. Puede haber una indisposición de cualquier tipo que deje al comandante inhabilitado para el vuelo y esa experiencia que, maternalmente (por usar la misma expresión de la representante de Boeing Alteon), le hemos evitado al piloto puede acudir a su encuentro con un claro agravante: Ser responsable no sólo de uno mismo sino de un conjunto de pasajeros que van detrás.
Teniendo en cuenta que los inicios en solitario para pasar a trabajar en equipo vician bastante la forma de actuar, no me parece mal que exista una alternativa de inicio que parta del trabajo en equipo y, de esta forma, evitar vicios futuros. Hasta ahí, nada que oponer.
Sin embargo, a los promotores de la nueva licencia se les escapa algo importante: El problema real que quieren resolver no es ése sino el hecho de que, en algunas partes del mundo, se van a necesitar muchos más pilotos de los que tienen capacidad para formar y la licencia MPL es, ni más ni menos, un atajo para conseguir ese objetivo.
Si la licencia MPL es una vía de entrada alternativa pero que, por caminos distintos, va llegando a los mismos niveles de competencia o mejores que los que se obtienen por una vía tradicional, bienvenida sea. Si, como parece por las manifestaciones de sus propios promotores, no es ése el objetivo sino conseguir que aviones con pasajeros puedan volar con piloto y medio en lugar de hacerlo con dos pilotos, téngase claro que se está jugando con fuego.
¿Crees en brujas o eres aficionado a la numerología? Ojo al 191.
Si eres supersticioso, no te subas a un vuelo que lleve el número 191.
Haciendo una simple búsqueda en Google, seguramente encontrarás más de un documento que recoge los 100 peores accidentes aéreos de la historia. Dos de ellos llevan el número 191.
En uno de ellos, un DC-10 de American Airlines perdió un motor en la carrera de despegue en Chicago por un mal mantenimiento unido a un diseño bastante extraño. El avión retrajo las superficies de hipersustentación (las chapas que salen para el despegue y el aterrizaje, para entendernos) y el avión quedó por debajo de la velocidad mínima de sustentación yendo al suelo.
El otro vuelo 191 fue de la compañía Delta Airlines y el avión era un Lockheed L-1011 que, por cierto, era bastante parecido al DC-10 con un motor en cada ala y el tercero en la cola. En la aproximación a Dallas se encontró con un fenómeno conocido como microburst que, para entendernos, es como si alguien soltase un enorme chorro de aire de arriba abajo y que se produce en las proximidades de las tormentas. El avión, como en el caso anterior, se vino al suelo.
Es una costumbre extendida entre las aerolíneas el que, cuando un vuelo ha tenido un accidente grave, el número correspondiente deja de ser utilizado por esa aerolínea. Del mismo modo que muchos aviones no tienen fila 13, parece que no sería mala idea que dejasen de existir los vuelos 191…aunque solo sea para supersticiosos. Ahora tocaría hacer el chiste malo de que yo no lo soy porque trae mala suerte pero dejémoslo ahí. Curiosidades.
Selección de controladores: Una salvajada más de la discriminación positiva
Probablemente esta fotografía le resulta familiar a cualquiera que la vea:
http://drx.typepad.com/psychotherapyblog/images/2007/09/26/lewis_hine_phot_nyc_empire_state__2.jpg
Lo que es algo menos conocido, aunque también se ha difundido mucho, es que para los trabajos en altura se prefería a una tribu particular de indios ya que, debido a un cambio en el oído interno, no tenían vértigo.
Imaginemos que, en lugar de ser indios los afortunados con esa característica, fueran blancos. Automáticamente se habrían emitido normas de discriminación positiva haciendo que otros, no blancos, que tuvieran menores puntuaciones en cuestiones de equilibrio en altura pudieran acceder a esos puestos. Por supuesto, una vez introducida la norma, veríamos que los «beneficiados» por ella tenían una preocupante tendencia a estamparse contra el asfalto desde una altura de 300 metros pero…siempre saldría algún hábil científico que, a la vista de la diferencia en accidentabilidad, concluiría que se trataba de una nueva discriminación y que se cuidaba más a los trabajadores blancos que a los demás.
En algunas fábricas de electrónica, los pocos trabajos manuales que quedan suelen encomendarse a mujeres, simplemente porque, en general, tienen la mano más pequeña y les permite manipular mejor las piezas de pequeño tamaño. ¿Tendríamos que establecer un porcentaje de hombres para evitarles la discriminación? Más aún, si alguien, hombre o mujer, con una mano con una azada entiende que eso es un motivo de discriminación en contra suya ¿tendríamos que establecer también un porcentaje de «manazas»? ¿Qué le contaríamos al cliente a quien le hubiera caído en suerte un producto manipulado por el/la «manazas»? ¿Que ya sabíamos que el producto era una porquería pero que la discriminación positiva obligaba a tener gente no adecuada?
¿Parodia? Sólo a medias. Poco antes de ponerme a escribir, leía un artículo sobre selección de controladores aéreos. Sus orgullosos autores mostraban cómo habían conseguido disminuir la discriminación interracial en la contratación: Habían obtenido los valores medios para cada una de las razas y cada candidato era evaluado de acuerdo con una tabla distinta y, para que no entrase nadie demasiado por debajo del nivel adecuado, establecían unos mínimos absolutos.
Veamos: Si los mínimos absolutos son suficientes para considerar que ése debe ser el baremo ¿por qué no establecer esos mínimos como tal baremo con independencia de razas? Si, por el contrario, no lo son, denme, por favor, una sola razón válida para darle el puesto a una persona que esté por debajo del nivel adecuado en un trabajo que, por añadidura, afecta y mucho a la seguridad.
Cuando un controlador provoque un accidente ¿les diremos a los familiares de las víctimas que el controlador de servicio era…blanco, negro, indio, amarillo, igual me da y que por ello tenía menos capacidad de atención sostenida de lo aconsejable para el puesto pero que se lo tuvieron que dar porque le evaluaron con unos baremos más generosos?
Si seleccionamos bomberos y establecemos unas pruebas físicas para hombres y otras para mujeres ¿le diremos a la familia de la persona que no pudo ser rescatada por falta de fuerza física de, en este caso la bombera, que se debía a que las pruebas eran distintas para ellos y ellas y que, aunque ningún hombre habría conseguido el puesto con esos resultados, a ella sí se lo habían dado poque el baremo era también más generoso?
Podríamos multiplicar esta situación hasta el infinito y sería igualmente absurdo. Si un requisito de selección es necesario, póngase y, si resulta que los miembros de determinada raza, género o lo que sea, quedan en su mayoría por debajo de ese criterio, eso no puede ser motivo para crearles unos requisitos específicos por debajo para ellos. Si, por el contrario, el requisito no es necesario y se considera que, por encima de determinado nivel, es irrelevante, hágase la selección así y olvidemos la raza de los candidatos.
No hacerlo así, especialmente en profesiones que implican riesgo para la seguridad de las personas, es poner en almoneda la vida de esas personas pero, eso sí, en el altar de lo «políticamente correcto» y prácticamente estúpido y, en algunos casos, hasta criminal.
Despegar de un cenagal
El vínculo lleva a un artículo publicado en la revista del SEPLA (también disponible en www.sepla.es ) acerca de la relación entre la seguridad jurídica y la seguridad aérea.
Relaciones laborales y seguridad aérea: Una relación poco conveniente
RELACIONES LABORALES Y SEGURIDAD AÉREA: UNA RELACIÓN POCO CONVENIENTE
Empezaremos por aclarar algunos conceptos básicos en este terreno porque lo que se dice no siempre responde a la verdad. Por ejemplo, todos hemos oído hablar de que en Estados Unidos existe el despido libre bajo la doctrina de employment-at-will mientras que en España no existe y que ése es uno de los motivos de nuestra escasa competitividad. Es posible que así sea pero también es posible que sea justamente lo contrario.
Hace unos años, se decía que uno de los motivos por los que Estados Unidos tenía dificultades para afrontar la competencia japonesa era porque salían de sus Universidades más abogados que ingenieros. El hecho tiene su razón de ser: Un marco jurídico muy abierto prohíbe pocas cosas expresamente pero invita a que cualquier problema acabe judicializándose y ahí están los abogados aprovechando ese mercado. El marco laboral no es allí una excepción por la sencilla razón de que no existe una jurisdicción específica; eso significa que nadie puede demandar por haber sido despedido…pero sí puede hacerlo porque ese despido le ha causado daños psicológicos o porque era miembro de una de las doscientas mil minorías allí existentes y el despido ha supuesto una discriminación y así ad infinitum. La consecuencia es que, en el paraíso del despido libre, las empresas se tientan mucho la ropa antes de hacer un despido porque no saben por dónde les puede venir el golpe y, sobre todo, no saben cuánto les puede costar.
En España es exactamente al revés: Existe una jurisdicción laboral específica y, como parte de ésta, la figura del despido improcedente por la cual el empresario puede despedir a un trabajador aunque el juez no estime causa válida para ello. Cuando esta situación se produce, el empresario puede optar por la readmisión o por el pago de una indemnización fijada de antemano por la propia ley. Esto convierte el despido en un mero análisis coste-beneficio donde, a diferencia del caso americano, el capítulo de costes es perfectamente conocido: ¿Cuánto estoy dispuesto a pagar para quitarme a este individuo de encima? Si me compensa, lo despido y, si no, me aguanto. Así de claro, de sencillo…y de libre.
Probablemente sea más racional el sistema español, dejando aparte la cuestión de cuantías y condiciones pero éste es un tema sujeto a discusión. Lo cierto es que una política muy proteccionista de los contratos de trabajo hace que el empresario se lo piense mucho antes de hacer una contratación o antes de invertir en un país y, por idéntica razón, lo contrario también es cierto: Cuanto más bajas sean las barreras de salida, más fácil es que alguien se anime a invertir. ¿Qué es mejor? Dar respuesta a eso excede el propósito de este artículo pero lo cierto es que, en contra de las apariencias, el despido en España es más sencillo de lo que parece.
Puesto que los despidos son costosos en España y hay situaciones empresariales que no pueden permitírselo salvo caso de extrema crisis y previo expediente de regulación, ha habido sucesivos intentos de suavizar ese hecho para no ahuyentar inversiones mediante las distintas reformas laborales. Posiblemente, la más aventurada fue la primera, en 1994, al establecer como causa de despido las causas técnicas o económicas. Esto suponía, sobre el papel, que una empresa podía mostrar que no le salían los números o que iba a abandonar una línea de producción y podía despedir a un conjunto de personas a un precio bastante más barato que los conocidos 45 o-33 días por año trabajado según la antigüedad del contrato.
La aplicación de la reforma fallaba precisamente en el ámbito judicial. Los jueces tienen formación jurídica, no empresarial ni económica, y eso implica que no se les puede dar a leer un balance porque tendremos mucha suerte si no lo ponen al revés. Existe la posibilidad de peritajes externos pero ¿dónde se obtiene un perito con conocimientos adecuados tanto genéricos como de la situación específica y, además, imparcial? Veamos un ejemplo:
Antes de la aún reciente desaparición de la auditora Andersen debido al escándalo Enron, se produjo en esa firma un cisma como consecuencia del cual el área de consultoría –que facturaba más del 50% del total- se escindió de Arthur Andersen. En España los exsocios de consultoría reclamaron a la división de auditoría, quien mantuvo el nombre Arthur Andersen, una cantidad de unos 1.300 millones de pesetas de 1990 (unos 8 millones de euros). Ésta era la cantidad en la que dichos exsocios valoraban su participación en la firma y reclamaban como precio por desprenderse de dicha participación.
Como era de esperar, el asunto acabó en los tribunales y éstos tuvieron que recurrir a peritos que, puesto que se trataba de valorar una participación empresarial, eran auditores, cosa lógica desde el punto de competencia profesional pero cuestionable desde el punto de vista de la deseable imparcialidad. La valoración de la participación de estos socios se estableció en 48 millones de pesetas (menos de 300.000 euros) provocando la desaparición inmediata de la firma creada por los anteriores socios de consultoría. Es posible que hubiera razones sólidas para una valoración tan baja pero el hecho de que fueran auditores los que estaban entrando en un pleito entre auditores y consultores da mucho que pensar.
Este largo preámbulo sólo pretende llegar a un sitio: Si en asuntos económicos u organizativos, los jueces pueden tener problemas por estar decidiendo sobre temas completamente ajenos a su formación ¿qué ocurre cuando el juez tiene que tomar una decisión donde hay que evaluar si un avión estaba en condiciones de transportar a pasajeros con seguridad o no y, por tanto, si la decisión de un piloto de no volar con pasaje estaba justificada o no?
Si intentamos meternos en la cabeza de un juez lego en estos asuntos, en relación con un despido de un piloto de Iberia (http://es.wikipedia.org/wiki/Michel_Gordillo ) es muy probable que se hiciera una pregunta de este tipo: ¿Por qué un día resulta seguro volar el avión con pasaje y, al día siguiente, no resulta seguro volar el mismo avión con la misma avería? ¿La seguridad fue la causa real o lo que hubo fue un “ataque de cuernos” de un piloto al comprobar que había sido engañado y que, con la seguridad como excusa, intentó causar problemas a la compañía?
Estas preguntas son razonables pero, precisamente por tener formación jurídica, un juez podía encontrar en su propia formación alguna clave que le habría resultado útil. ¿Por qué la reincidencia se considera un agravante? ¿Por qué en casos extremos, como en Estados Unidos, el tercer delito supone la cadena perpetua? ¿Por qué incluso códigos penales que parecen redactados en un convento de ursulinas como el español mandan a la cárcel a alguien que, en una sentencia anterior también de cárcel, había quedado en libertad si la condena era inferior a dos años?
Quizás, pensando en esos términos, un juez puede conseguir mayor claridad y entender algo de lo que había pasado. Una avería arreglada que, al día siguiente, vuelve a salir sólo puede ser una de dos cosas: Una reparación chapucera o una reparación que, en lugar de hacerse con material de taller, se hace con bolígrafo y papel y sin tocar un tornillo del avión a fin de poner a cero el contador de la avería. Cuando la avería que, de acuerdo con la documentación, volvió a aparecer inmediatamente después de una reparación, real o supuesta, hay una razón muy seria para dudar sobre cuál de las dos opciones anteriores ha sido la que ha ocurrido pero, otorgando el beneficio de la duda, el piloto voló el avión con pasajeros con el compromiso por parte de la compañía de pararlo inmediatamente y meterlo en el taller.
Debe tenerse en cuenta que se trataba de una avería que se situaba en una especie de limbo donde el piloto tenía la potestad de realizar el vuelo o de negarse, es decir, no se trataba de algo cuya falla prohibiese estrictamente la realización del vuelo pero sí suficientemente grave para dejarlo a criterio del comandante del avión. Ese vuelo, recordemos, fue efectuado en unas condiciones de serias sospechas acerca de si la avería fue reparada realmente en su momento o se habían arreglado los papeles para permitir que el avión siguiera volando averiado pero sin incumplir formalmente la ley.
No puede, en forma alguna, afirmarse que el piloto que vuela un avión, teniendo éste una avería que le habría legitimado para pararlo, actúa con mala voluntad hacia la compañía. Sin embargo, cuando, al día siguiente, el mismo piloto se encuentra con el mismo avión que tiene la misma avería, está claro que la compañía ha incumplido la promesa de parar el avión en la base para repararlo debidamente; en ese momento, la duda del día anterior se convierte en certeza y el piloto actúa bajo un conjunto de reglas distinto: Las reglas para tratar con gente que no es de confianza.
Sin duda, el piloto obró con falta de astucia. Si hubiera valorado su propia actuación desde la perspectiva de un ajeno, es probable que hubiera optado por volar el avión con pasaje, como había hecho el día anterior, y a continuación denunciar ante el regulador la actuación de su compañía. Haberlo volado el día anterior, pudiendo no hacerlo, le colocaba en una posición débil ante un juez que podía considerar que su criterio técnico variaba de acuerdo con su conveniencia y, una vez que la actuación de la compañía le mostró con quien “se jugaba los garbanzos”, debería haber considerado la posibilidad de que los acontecimientos posteriores fueran los que efectivamente fueron.
El juez –aclaro que no he tenido acceso a la sentencia completa y su fundamentación- pudo quedarse a medio camino. Si hubiera seguido hasta sus últimas consecuencias una línea de razonamiento como la señalada más arriba en el sentido de que una avería convierte a un avión en inseguro pero el día anterior no lo era, sin duda habría fallado despido procedente. Sin embargo, la doctrina de in dubio pro operario y el hecho de que alguna duda le rondase la cabeza pudo llevarle a esa situación de relativo compromiso que representa el despido improcedente.
Había una alternativa: Fallar despido nulo; sin embargo, esto habría significado alinearse completamente con la tesis del piloto y el error cometido por éste hacía difícil que el juez llegase hasta ese punto. Desde luego, el coste económico para la compañía es mucho mayor ya que implica el pago de los salarios desde el momento del despido hasta el de la sentencia que, por razones que no vienen al caso, suele tardar bastante más en los casos de despidos nulos que en los improcedentes.
Dicho esto, en todo el asunto la actuación más criticable es, a mi entender, la de Iberia. Desde mi perspectiva de Recursos Humanos, me resulta fácil comprender –aunque desconozco si es el caso- que haya trabajadores que resulten a-pain-in-the-ass y que uno estaría encantado de que desaparecieran del mapa. Sin embargo, creo que, cuando la seguridad está entre los factores en discusión, no se debe permitir que el asunto se maneje como un problema estrictamente de Relaciones Laborales.
Resulta cuando menos paradójico que, cuando operadores y reguladores están patrocinando enfoques no punitivos para garantizar que no se oculta información relevante para la seguridad, se permita que un asunto así caiga en las manos de Relaciones Laborales y el concepto de enfoque no punitivo simplemente desaparezca.
Me pregunto cuál habrá sido, a la vista de este caso, la reacción del responsable de seguridad en vuelo de Iberia o, más aún, qué opinión le habrá merecido el asunto a Aviación Civil. ¿Qué mensaje transmite un despido en estas circunstancias al resto de los pilotos? ¿Es eso lo que se pretendía o es un efecto involuntario? En cualquiera de los dos casos, mal.
Habitualmente, cuando se quiere limitar el malestar que produce una medida de este tipo, si otra persona que se pueda ver reflejada en la misma situación manifiesta alguna inquietud, se le dice que el asunto no tiene nada que ver con él y que, en realidad, lo que ocurre es que la persona despedida era……………rellene cada uno a su gusto la línea de puntos.
Esto –despedir a alguien y justificar el despido aludiendo a una mala relación previa, un problema de rendimiento o lo que sea- no es exclusivo del ámbito de la aviación. Cuando se produce una crisis o situaciones de fusiones, adquisiciones, etc., es tristemente frecuente que, para tranquilizar a los que se quedan, se les diga que los despidos no obedecen a una crisis, que siempre se niega, sino que los despedidos al fin y al cabo se lo habían buscado.
Naturalmente, quien recibe ese tipo de mensaje asume que, cuando le llegue el turno de verse frente a una carta de despido, dirán de él lo mismo que ahora le están diciendo de otro y actuará en consecuencia. Actuar en consecuencia significa, en este caso, intentar convertirse en “hombre-compresa”, es decir, que no se vea, que no se note, que no traspase y eso, cuando se refiere a la seguridad, es definitivamente malo.
Como muy bien saben las organizaciones más avanzadas en este terreno, la ausencia de accidentes no significa seguridad sino que la auténtica seguridad se produce cuando se mantiene viva una capacidad de reacción ante contingencias imprevistas. La omisión no es una buena política de mantenimiento del nivel de seguridad.
Como decía al principio, en España existe el despido libre; es cuestión de dinero. Si realmente una persona resulta muy molesta en una organización, un talonario puede arreglarlo. Utilizar como excusa la actuación de un piloto, más cuestionable por su falta de astucia que por su falta de buena voluntad, cuando la actuación de la propia organización ha sido mucho más que cuestionable en ese mismo caso y donde la seguridad está implicada lanza un mensaje tan poderoso como inadecuado. Eso, en el supuesto de que hubiera una historia de mala relación previa y el motivo aducido para el despido haya sido una mera excusa; si no es eso y la causa alegada para el despido no es una excusa sino que es el motivo real, la cosa es peor, mucho peor.
Accidente en Heathrow: El «estreno» del Boeing 777.
El Boeing 777, aparte de ser uno de los aviones de transporte más avanzados de la actualidad, tiene varios elementos que lo convierten en peculiar: Es un avión grande, muy grande hasta el punto de que su capacidad es perfectamente comparable con la de las versiones del Boeing 747 anteriores al 747-400, está diseñado para realizar vuelos muy largos aunque es bimotor y es la primera vez que, en su rama de aviación comercial, Boeing introdujo el sistema «fly-by-wire» a pesar de que, como un guiño a los pilotos para hacer ver que todo seguía igual, conservó los clásicos «cuernos» en lugar de sustituirlos por el «flightstick» como había hecho Airbus.
Nominalmente, ambos fabricantes tienen unas políticas de construcción, en especial en lo relativo a la automatización, muy distintas pero, al final, es fácil encontrar que se van copiando las recetas de éxito comercial uno a otro y, al igual que ocurre en automoción, las diferencias entre los aviones de las dos marcas son cada vez menores.
Sobre el papel, Boeing es más conservadora y rechaza modelos de automatización que puedan superponerse a una orden del piloto en nombre de la protección de la envolvente de vuelo o similares; sin embargo en el 777, Boeing comenzó haciendo una concesión importante con el «fly-by-wire» y no sabemos si habrá algunas más.
Por supuesto, cualquier avión puede tener un accidente y los aviones tan grandes como éste tienen elementos a favor y en contra de esa posibilidad: Por un lado, en todas las aerolíneas, los aviones de mayor tamaño suelen ser pilotados por las tripulaciones con más experiencia pero, por otro lado, es muy posible que el momento del aterrizaje se produzca después de bastantes horas de vuelo, con cambios de husos horarios, etc. y las condiciones físicas de la tripulación podrían distar de ser óptimas.
Lo alarmante de este caso es la afirmación de la tripulación de que los motores no respondieron ni al piloto automático ni cuando trataron de controlarlos manualmente; esto los dejó en unas condiciones en las que todo lo que podían hacer era planear sin posibilidad de alcanzar la pista.
¿Por qué el fallo? Todo lo que puede haber hasta el momento son sospechas o hipótesis y, dejando claro que estamos en ese terreno, me jugaría algo importante a que otra vez tienen algo que ver los «modos de automatización», es decir, que el avión ha pasado de un modo a otro sin que el piloto lo haya sabido o sin que recordase las implicaciones de ese cambio.
Naturalmente, cuando así ocurre, siempre se habla de error humano ignorando que, por «diseño», somos unos pésimos supervisores y, en cambio, hacemos bien las cosas cuando tenemos que actuar. No hace mucho, un piloto de A-340 expresaba esta idea en los siguientes términos: «Con el otro avión que volaba antes de éste, sentía que yo llevaba el avión pero ahora el avión me lleva a mí».
Incluso en el ámbito de la psicología, hay un experimento con dos gatos colocados en una especie de tiovivo; uno de ellos lleva colocado un arnés y, a través de una barra, va arrastrando una jaula en la que hay otro gato que recibe su misma experiencia visual puesto que el movimiento es circular y uno transporta al otro. El desarrollo de la coordinación visual de uno y otro son completamente distintos siendo muy superior el del «gato transportista» al del «gato pasajero».
Será interesante conocer las conclusiones de la investigación en la que no creo que debamos esperar un error grosero de diseño pero también esperemos que, si la raíz de la falta de respuesta de los motores se acaba encontrando en un fallo humano en el pilotaje, no se pasen por alto variables que puedan generar o potenciar ese fallo en el caso de haberlas.
ACTUALIZACIÓN: Sin que haya conclusiones definitivas, las primeras investigaciones están apuntando a la posibilidad de que el problema haya estado en el flujo de combustible de los depósitos a los motores. Si, después de todo, se tratase de una avería mecánica el asunto sería tranquilizador ya que éstas resultan mucho más fáciles de identificar, corregir y prevenir que cuando hay implicados sistemas automáticos que interactúan en vías que ni el propio constructor puede prever.
Una de las teóricas diferencias entre los dos grandes constructores estaba precisamente en el tema del combustible. En un avión grande a plena carga, aproximadamente la mitad de su peso al despegue es combustible. Al margen de las implicaciones de seguridad que tiene esto, hay una que es, sobre todo, de carácter operativo y es la necesidad de utilizar el combustible para fijar el centro de gravedad del avión (esto ocurre incluso en avionetas pero la incidencia es mucho mayor en este caso); Airbus había optado por introducir múltiples depósitos con una gestión automática de los mismos mientras que Boeing había optado por menos depósitos permitiendo una gestión manual debido a la menor complejidad del sistema.
El miedo a volar
Tanto por profesión como por afición, este tema ha sido objeto de muchas conversaciones propias. Sin embargo, curiosamente lo que me ha atraído la atención estos últimos días sobre el asunto no ha sido ningún viaje en avión ni ninguna conversación relacionada sino un viaje en tren.
Los que vivimos a caballo entre dos ciudades que distan 200 kms. entre sí podemos considerarnos claramente afortunados el día en que empieza a funcionar un tren de alta velocidad (http://www.cuerpo8.es/STOL/reportajes/imgtrenesrenfe/AVE.jpg )porque los kilómetros pasan a ser una referencia inútil en favor del tiempo; pues bien, hace dos días iba en el tren mirando una pantalla donde nos informaba de que nos estábamos desplazando a 300 kms./h. y a mi lado iba una señora de unos 70 años enfrascada en conversaciones telefónicas sobre temas domésticos y, al menos aparentemente, no muy viajada.
En los viajes en avión he hecho con frecuencia un ejercicio que permite una salida inofensiva a esa vena sádica que todos llevamos en medidas muy diversas. Especialmente al viajar en turbohélices, más lentos y que vuelan más bajo y por una capa atmosférica más turbulenta, me he dedicado a observar las caras de los pasajeros cuando la turbulencia ha sido un poco superior a lo normal. No diré que me he encontrado a nadie leyendo el periódico mientras lo sostenía al revés pero es lo único que ha faltado.
En el tren no ocurre lo mismo; no existe cinturón de seguridad ni nada parecido y, a pesar de que se iba desplazando a una velocidad superior a la necesaria para el despegue de un avión grande, la gente aparentaba una normalidad absoluta. Si hubiera tenido alguna duda sobre si la normalidad era real o impostada, habría bastado mi vecina de asiento y su conversación al teléfono sobre «las cortinas de la tía Tere» para convencerme de que era real.
Cuando he intentado saber por qué tanta gente le tiene miedo a volar, he encontrado las más diversas racionalizaciones para explicarlo. Hay quien reconoce que la estadística nos dice que el automóvil es más peligroso pero ahí -afirman- son ellos los que tienen el control cuando van conduciendo y en el avión no. Evidentemente, esta explicación tampoco nos sirve para el comportamiento tan distinto que se produce en el tren donde tampoco se tiene ninguna posibilidad de control.
Otra explicación sumamente divertida es la creencia de que, » si por cualquier cosa», se paran los motores de un avión éste cae a plomo. Ni que decir tiene que son muchas las horas voladas por todos los aviones en el mundo y que ese «si por cualquier cosa» ha ocurrido ya más de una vez y los aviones no se han caído a plomo. Así, por poner casos conocidos, un Boeing 767 de Air Canada aterrizó con sus dos motores parados por un error en la carga de combustible en un campo de vuelo sin motor http://hawaii.hawaii.edu/math/Courses/Math100/Chapter1/Extra/CanFlt143.htm ; un Airbus A-330 de Air Transatt aterrizó con sus dos motores parados en las Azores http://www.vialls.com/airbus/images/0_transat_236_glider_azores.jpg después de que una pérdida de combustible no detectada a tiempo, y no visible por ser un vuelo nocturno, les dejase igualmente sin combustible.
Situaciones de combustible contaminado o de ingestión de cenizas volcánicas http://www.geo.mtu.edu/department/classes/ge404/gcmayber/engine.html o procedentes de los enormes incendios forestales que se han producido por la zona de Indonesia han tenido iguales efectos. En ninguno de esos casos los aviones se han caído a plomo y esto, desde luego, no significa en modo alguno afirmar que una parada múltiple de motores es un incidente trivial.
En este terreno, tengo mis propias y divertidas anécdotas. Como piloto privado, he llevado como pasajeros a algunos amigos cuya curiosidad era superior a la prudencia y, a pesar de estar convencidos de que volar era una locura y de que, si se paraba el único motor de la avioneta, ésta se precipitaba al suelo sin remisión, han sido capaces de subirse a una. Naturalmente, cuando me he encontrado esta conducta paradójica, no he dejado de preguntarles quién estaba más loco, si yo por volar o ellos por subirse a un aparato con un único motor estando convencidos de que, si ese motor fallaba, se mataban.
Es muy difícil encontrar una actitud sana hacia el vuelo en el pasajero medio, sin entrar siquiera en los casos en que hay una clara fobia a volar. Entiendo por una actitud sana la existencia de un cuestionamiento crítico que no desemboque ni en una fobia ni en un «está todo controlado» que lleva a no plantearse, por ejemplo, cómo consigue una aerolínea viabilidad económica habiendo pagado 10 euros por su billete. No sé cuál será cuantitativamente el reparto de estos dos extremos, despreocupación forzada o fobia en distintos grados, pero creo que ambos tienen bastantes adeptos.
Probablemente, las aerolíneas se sentirían muy felices si todos sus pasajeros volasen en ese mismo estado de despreocupada inconsciencia que llevan viajando en un tren a 300 kms./h. pero no creo que la felicidad les durase demasiado. El pasajero que cree que «todo está controlado» mira, sobre todas las cosas, a su bolsillo y a quién le puede transportar a un precio más bajo y su opuesto, el fóbico, no encuentra argumento que la pueda convencer.
La seguridad, sin embargo, tiene dos elementos que la convierten en una bomba de tiempo si se encuentra con el pasajero que ni sabe ni quiere saber; por otro lado, al especimen aterrorizado puede alejarle lo máximo que pueda de un aeropuerto:
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La seguridad no es visible; el pasajero puede hacer extrapolaciones cuando se encuentra un avión sucio, mal pintado, con respaldos de asientos que no funcionan, etc. pero no puede conocer realmente cómo ha sido revisado el avión, cuál es la formación que tienen sus pilotos o cómo han sido seleccionados, cuáles son las presiones que se introducen en la operación y qué impacto tienen éstas, etc. Por añadidura, este fenómeno también es conocido por la aerolínea y algunas podrían cuidar más el perfecto estado de la pintura que el de los motores.
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Es un capítulo de costes muy importante. No sólo las revisiones y la formación tanto de los técnicos de mantenimiento como de los pilotos es costosa; capítulos menos visibles como la carga de combustible son también vitales (Véase este caso muy reciente y piénsese a qué suena: http://abi.bo/index.php?i=noticias_texto&j=20080201162042lx ). Pensemos que en un avión grande preparado para un vuelo largo, es decir un vuelo que ronde su máximo alcance, más o menos la mitad del peso al despegue es combustible o, en un ejemplo sencillo, un Boeing 747 preparado para volar de Madrid a Buenos Aires puede pesar en el momento del despegue 350 toneladas y en el momento del aterrizaje unas 200; el resto es lo que se ha quemado por el camino y, como no hay nada más absurdo que quemar combustible en transportar combustible, las compañías intentan limitar al máximo la cantidad de combustible cargado.
No creo que requiera mucha explicación por qué la combinación de alto coste y baja visibilidad es explosiva. Podría incluso decirse que resulta más razonable el pasajero con fobia a volar que el pasajero feliz con la idea de que «todo está controlado» pero ni uno ni otro resultan extremos aconsejables.
Por otro lado, existen intercambios entre eficiencia y seguridad y prácticas de comunicación de las que ni uno ni otro de los dos tipos extremos de pasajero quieren saber nada, uno porque prefiere refugiarse en su creencia de control y el otro porque aumentaría aún más su angustia. Se da poco, desgraciadamente, el pasajero que quiere saber y que mantiene un grado razonable y sano de escepticismo. Esta idea puede ilustrarse fácilmente con algunos ejemplos:
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Actualmente, lo más habitual es que los aviones transoceánicos tengan sólo dos motores cuando antes lo más habitual es que tuvieran cuatro. Por supuesto, ha habido un gran aumento de fiabilidad en los motores pero este aumento no se ha traducido en un plus de seguridad sino…en reducir el número de motores. Los estadísticos nos dicen que el porcentaje de fallos es de uno cada 5.000 horas de funcionamiento y, más aún, cada motor tiene un seguimiento individual detectándose precozmente asuntos como tendencias a funcionar con una temperatura más elevada de lo normal, etc. Dicho así, parece muy razonable pensar que hay que tener una mala suerte extrema para que falle un motor y, después, falle el otro también cuando la estadística habla de un fallo promedio cada cinco mil horas. ¿no?…¿NO? Sí pero…si suponemos que cada motor provee la mitad de la potencia necesaria, la estadística está obtenida sobre motores funcionando normalmente ¿permanece ese índice de un fallo cada 5.000 horas cuando un único motor tiene que proveer toda la potencia necesaria? Con tan bajo índice de fallos difícilmente puede haber significación estadística; en este caso, las autoridades se ven obligadas a adoptar una decisión salomónica: Como no hay significación estadística, en la situación en que un solo motor tenga que mantener a un avión bimotor de largo alcance en vuelo, dicho motor no debe superar en esas condiciones de funcionamiento sus parámetros normales. Es una buena medida pero ¿suficiente? En un automóvil, sabemos que la temperatura del agua puede ir entre 75 y 110 grados Celsius como valores normales pero, si va a 108 grados nos empezamos a preocupar y pensamos en la posibilidad del fallo.
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Cuando alguien afirma que en un trayecto de 600 kilómetros el avión es 20 veces más seguro que el automóvil, la estadística le apoya pero no dice toda la verdad. El riesgo en las distintas fases del vuelo es muy diferente; tanto es así que la mayor parte de las estadísticas no se hacen sobre horas voladas sino sobre número de operaciones de vuelo. ¿Por qué? Pensémoslo un poco. ¿Qué tienen en común un vuelo de media hora y uno de diez horas? Un despegue y un aterrizaje ¿no? ¡Premio! Ésas son las fases de mayor riesgo hasta el punto de que el 94% de los accidentes se produce en ellas. Por ello, es bastante lógico que la estadística se haga sobre número de operaciones y no sobre las horas voladas y por ello también cuando se hace una estadística sobre horas voladas suelen aparecer como más seguros los aviones más grandes, es decir, los que hacen vuelos más largos…su número de despegues y aterrizajes en relación con las horas voladas es muy inferior al de los modelos de corto alcance sin que eso haga a estos últimos más inseguros. Volvamos ahora a las 20 veces que es más seguro el avión ¿significa eso que una hora pasada en un avión es 20 veces más segura que una hora pasada en un automóvil? En absoluto; la estadística introduce la variable «tiempo de exposición» y esto significa que el medio más rápido nos tiene menos tiempo expuestos y, por tanto, es más seguro. Si intentamos traducir esto a «cuántas veces es más seguro pasar una hora en un avión que la misma hora en automóvil» la cifra no será ni mucho menos 20. Aproximadamente será 3 pero…teniendo en cuenta las grandes diferencias entre distintas fases del vuelo, puede haber fases donde el riesgo en el avión sea superior al del automóvil.
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Cuando se instala un nuevo sistema de aterrizaje instrumental en un aeropuerto permitiendo aterrizajes sin visibilidad, todos nos felicitamos por la ganancia de seguridad pero…¿es seguridad lo que hemos ganado? Si tal sistema no existiera, el vuelo se cancelaría o se llevaría al aeropuerto alternativo; en realidad, el nuevo sistema nos posibilita la realización de tareas que antes habrían sido imposibles y no se habrían realizado. Es, más o menos, lo que ocurre cuando alguien tiene un automóvil capaz de acelerar muy rápido y realizar unos adelantamientos vertiginosos ¿es más seguro en un adelantamiento? Sin duda…siempre que se realice en iguales condiciones a las que se realizaba cuando no se disponía de esa capacidad de aceleración; sin embargo, lo más probable es que comencemos a realizar adelantamientos que antes nos habrían resultado imposibles. ¿Seguridad o eficiencia?
Al pasajero con fobia a volar no se le cuenta todo esto sino que se le informa de que «está todo controlado»; el pasajero habitual cree esto mismo y se comporta casi con la misma inconsciencia que en el tren. ¿Por qué no enterarnos un poco más y saber realmente hasta qué punto estamos seguros? Al fin y al cabo, estamos delegando nuestro cuello en terceros y no es cuestión de ni entrar en pánico ni de otorgar una confianza ciega.
Mientras el pasajero no quiera saber porque aumentaría su angustia o porque le sacaría de una feliz ignorancia que no quiere perder, está invitando a que funcione ese sistema perverso compuesto de costes elevados e invisibles y promoviendo la tentación a conseguir precios más bajos obteniendo de ahí la financiación para ello.
La fobia bloquea y nunca es buena solución pero elegir la inconsciencia tampoco es el camino ni en el avión ni, por supuesto, en un tren que recorre 5 kilómetros por minuto. Si los técnicos y los gestores que, en última instancia, son los responsables de nuestro cuello no sienten nuestro aliento detrás del suyo en las decisiones relativas a la seguridad que nos afectan directamente, se verán en un entorno de presiones casi exclusivamente económicas, situación que permanecerá hasta que un accidente suficientemente grave nos despierte.

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