Categoría: Temas sociales y políticos
Principio de Dilbert: Scott Adams nos engañó y Zapatero es la prueba
Las viñetas de Dilbert siempre resultan divertidas y hay algunos dichos ingeniosos y no exentos de verdad como el «Todos somos imbéciles; afortunadamente no todos lo somos para las mismas cosas y al mismo tiempo» y que, si no son una verdad completa, es porque sí se puede identificar a individuos que son imbéciles para todas las cosas y todo el tiempo pero eso daría para una larga discusión.
Adams nos decía que todo trabajador inútil es desplazado al sitio en que menos daño puede hacer, es decir, a la dirección de la empresa y ahí es donde nos engaña. En estos días en que en España se reclama que se adelanten aún más las elecciones porque no se aguantan cuatro meses escasos más de incompetencia absoluta está claro que Adams se equivoca en su afirmación.
Zapatero quería pasar a la historia e incluso en algún momento pensó que conseguiría el premio Nobel de la Paz. Lo segundo no lo conseguirá; lo primero sí. Lo suyo acabará siendo un caso de estudio que dejará pequeña a la parodia de Forrest Gump. Hasta hace poco más de tres meses, hablar de la incompetencia del personaje suponía que le echasen los perros a alguien con la ominipresente acusación de «facha» pero hoy es algo que es plenamente aceptado entre los miembros de su propio partido. La pregunta a contestar, y que será la que haga pasar a Zapatero a la historia, es cómo es posible que un personaje como éste llegase a la presidencia del Gobierno y, además, fuera reelegido.
¿Por qué llegó a la cabeza de su partido? Dentro del PSOE había mucha gente con ganas de quitarse de encima el padrinazgo de Felipe González. El intento de Borrell no funcionó porque el aparato felipista maniobró para echarlo pero Almunia seguía siendo visto como una continuidad y el candidato principal que tuvo enfrente Zapatero, es decir Bono, también. Por añadidura, Pascual Maragall tenía interés en contar con alguien con el menor peso posible en la dirección nacional para poder maniobrar a su antojo y, aún así, teniéndolo todo a su favor -Maragall y el intento de quitarse de encima a la vieja guardia felipista- Zapatero le ganó las primarias a Bono por nueve exiguos votos.
Es aquí donde empieza lo auténticamente grave: Una vez que alguien ha sido coronado, la disciplina interna entendida como funcionamiento a toque de corneta o, como decía Alfonso Guerra, como «el que se mueva no sale en la foto» hace que al personaje se le adorne de todas las virtudes imaginables ignorando para ello de la forma más grosera una realidad que, desde bastante antes de llegar al Gobierno, decía cosas muy distintas sobre el hasta hace poco glorificado personaje.
Después de esto, otra carambola que tiene aún muchos puntos oscuros: El 11M y su pésimo manejo por el Gobierno de entonces llevó en volandas a Zapatero a la Moncloa. Cuatro años de inacción económica y de guiños «progres» después, se negaba la existencia de una crisis y la eficacia mintiendo de un Solbes tuerto frente a un Pizarro que analizaba la situación de forma correcta pero con pocas tablas políticas le sirvió para ganar de nuevo unas elecciones con el absurdo «Defender la alegría» de sus partidarios del mundo del espectáculo, ahora muy calladitos.
Setenta años después, los alemanes todavía están horrorizados de pensar en que gente normal pudo elegir a Hitler y aceptar pasivamente todas las salvajadas que pudo cometer. Probablemente en España, todos -incluyendo a los miembros y dirigentes del partido de Zapatero- se preguntarán durante mucho tiempo cómo no cortaron la situación cuando, desde el principio, fue visible que el personaje no tenía ni los conocimientos ni la experiencia ni la inteligencia mínimos que se requerían. Eso, sin entrar en análisis más detallados.
En suma, Scott Adams nos engañó y la consecuencia es un «Que se marche ya» cada vez más fuerte y desde todos los lados, incluyendo a los que en mal día lo trajeron.
«The Future of Power» de Joseph S. Nye, Jr o la diferencia entre «soft power» y el panfilismo
El soft power es la expresión de moda para reflejar el tipo de poder que no está apoyado sobre el poder militar del Estado. En su libro, Nye muestra como en el momento actual el poder está muy distribuido y el coste del poder militar hace virtualmente imposible su utilización si, al mismo tiempo, no se está apoyando sobre una percepción de legitimidad por terceros.
Los ejemplos del libro son numerosos e interesantes pasando por el error de Rusia en términos de soft power cuando se limitó a utilizar el poder militar para apoyar la independencia de dos regiones ex-soviéticas, o los esfuerzos desplegados por China y sus dificultades para compatibilizar éstos con su propio régimen político o el cambio de percepción de la intervención norteamericana en Irak tras el descubrimiento de hechos como los de la prisión de Abu Grahib o muchos otros.
Los argumentos son interesantes pero se echa de menos una contrapartida: El autor afirma que el uso de la fuerza no sirve de nada si, al mismo tiempo, no se logra transmitir la legitimidad de los propios motivos. Compro. ¿Y lo contrario? Ejemplo: Piratas somalíes secuestran un barco francés y los franceses deciden que eso no se hace y tiene que mostrarlo con hechos porque, si no es así, no son creíbles y volverá a ocurrir. Ejemplo contrario: Piratas somalíes secuestran un barco matriculado en las Seychelles y con parte de su tripulación española. El barco es presentado como «atunero vasco» y el Gobierno decide pagar el rescate. Al poco tiempo, se secuestra otro barco de parecidas características e incluso se renuncia a la posibilidad de capturar a los piratas tras el cobro del rescate. ¿Qué puede esperarse que vuelva a ocurrir?
Al final, el soft power se basa en la autenticidad pero, del mismo modo que la fuerza no es suficiente si la posición que hay detrás de ella no es percibida como legítima, el uso legítimo de la fuerza es en algunos casos la única forma que se tiene de acreditar que la posición que se defiende es auténtica y no de cara a la galería. No utilizarla no es una muestra de soft power sino de panfilismo. Una más.
Nuevas fronteras de la mentira: El diccionario de Coll de la política
La mentira bien entendida empieza por uno mismo y, para ello, nada mejor que autodenominarse «comunicadores» cuando, en realidad, deberían decir «manipuladores» o utilizar la palabra «información» para lo que, en realidad, significa «desinformación».
La mentira es un arma de primer nivel en la política y en muchos otros ámbitos, hecho identificado por Revel con su «La primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira». Sin embargo, aparte de su fuerza como instrumento, la mentira también evoluciona y, en este momento y desde hace tiempo, las mentiras más insidiosas ni siquiera se encuentran en el discurso sino en las denominaciones. Una vez que se ha conseguido «colar» una denominación, desmontar la mentira empieza a ser mucho más difícil porque ya no se trata de argumentos: Los argumentos están ya en la denominación y, si no se cuestiona ésta, el razonamiento que se pueda utilizar, por poderosos que sean sus argumentos, resulta limitado.
Hay multitud de ejemplos pero, a medida que me vaya acordando de más, los iré incluyendo a modo de diccionario de Coll:
11M: Espada de Damocles que solamente quienes se ven amenazados por ella saben quién la sujeta.
15M: Ver «Indignados».
20N: Tarde, tardísimo. Dícese también de ejercicio de presunto maquiavelismo por el cual, al convocar unas elecciones en esa fecha, se recordará la figura de Franco y tal recuerdo servirá para acusar de franquistas a los opositores políticos. Para que el ejercicio tenga éxito, es imperativo no mirar el curriculum personal ni familiar de los artífices de tan magna hazaña.
Accidente: Atentado terrorista.
Alfredo: Rubalcaba.
Atunero vasco: Dícese de barco matriculado en las Seychelles, con un tercio de su tripulación de origen español y por cuya liberación paga España.
Centro: Derecha que ha asumido el argumentario de la izquierda y se ve a sí misma como un mal necesario.
Corrupción: Dícese de las acciones presuntamente ilegítimas llevadas a cabo por el adversario político. Las propias pueden ser equivocaciones o malentendidos.
Derecha extrema: Ver fascista o nazi.
Discriminación positiva: Elaborada doctrina encaminada a convencernos de que, en presencia de personas competentes, tenemos que pasar ese detalle por alto para fijarnos en sexo, edad, raza o cualquier otra variable totalmente ajena a la competencia.
Extrema derecha: Ver fascista o nazi.
Derechos humanos: Etiqueta bajo la que suelen colocarse niveles muy desiguales de exigencia hasta el punto de existir una declaración específica para los países islámicos que no aceptaron la general. Bajo este epígrafe, pueden plantearse exigencias a países como Estados Unidos en relación con cuestiones como la pena de muerte o la prisión de Guantánamo sin que se vean acciones similares relativas a China -el país del mundo con mayor número de ejecuciones de penas de muerte- o a Cuba, isla de la cual Guantánamo forma parte.
Fiscal General del Estado: Miembro del Gobierno sin asiento en el Consejo de Ministros.
Franquismo: Variedad de necrofilia consistente en la adscripción política a la figura y acciones de Francisco Franco, muerto hace más de treinta años. Suele utilizarse para atacar a los políticos de la derecha y la denominación de franquista es intercambiable con la de fascista.
Gente de la cultura: Autodenominación utilizada por cantantes y actores en razón de su adscripción política. No tiene relación alguna con contribuciones académicas, literarias ni de ningún otro tipo sino que los criterios identificativos como gente de la cultura son la adscripción política de izquierdas y ser vistos ocasionalmente con una guitarra o sobre un escenario. Los criterios se aplican exactamente por este orden.
Independencia del poder judicial: Puede encontrarse en España en las estanterías de ficción en las principales librerías.
Independentismo: Variedad de sordera por la que cuando alguien amenaza con marcharse no escucha los gritos que le animan a hacerlo.
Indignados: Los demás. Dícese de personas que ocupan plazas públicas como forma de reclamar limpieza en la política y a las que se les permite la ocupación a cambio de que se olviden de la limpieza que reclamaban.
Ley electoral: Engendro por el cual se define a cuánto sale el kilo de diputado en distintas partes de España. Los precios están sujetos a grandes oscilaciones.
Liberalismo: Término utilizado para autodefinirse por partidarios del laissez-faire (capitalismo salvaje, para entendernos). Los que han querido definirse como liberales y utilizar el término en su sentido correcto siempre se han visto asociados a los primeros por parte de la izquierda política.
Líder sindical: Político que no daba el nivel para hacer carrera y escogió la rama de FP. Funcionario sin oposición.
Listas abiertas: Equivalente funcional en un partido político de lo que representan conjuntamente para un vampiro una ristra de ajos, un crucifijo, un barril de agua bendita, un paseíto a mediodía en el verano de Sevilla y una estaca clavada en el corazón.
Lucha armada: Terrorismo.
Memoria histórica: Dícese de movimiento consistente en reescribir la historia española siguiendo las prácticas perfectamente descritas por Orwell para su Ministerio de la Verdad en 1984. Entre sus últimos logros se encuentra la supresión del águila de San Juan y del yugo y las flechas por su claro significado franquista. Este logro requirió la recalificación de los Reyes Católicos como franquistas anticipatorios.
Nacionalismo: Búsqueda de una situación de privilegio amenazando a otros con independizarse y temiendo que les digan que sí. Precisa de un enemigo exterior culpable de todos los males.
Nazi: Palabra utilizada con cierta alegría para designar a una derecha llevada a sus últimas consecuencias. Hay que tener exquisito cuidado en no relacionarla con nacionalsocialista, palabra de la que nazi es un mero anagrama, por su obvia relación con nacionalismo y con socialismo, hecho que puede herir delicadas sensibilidades.
Neoliberalismo: Término inventado para denigrar cualquier tendencia liberal en economía o en política al tacharla de capitalismo sin control. Ha ayudado al triunfo de este término la autodenominación de liberales por parte de aquéllos que, efectivamente, han querido evitar todo tipo de control y han procurado mezclarse hábilmente con los primeros.
Fascista: Dícese, en general, de todo aquel que manifieste oposición a las políticas de izquierdas o critique, justificada o injustificadamente, a personas adscritas a partidos que se digan de izquierdas. Desde hace escasas semanas, se reconoce como excepción a esta regla al presidente del Gobierno, José Luis Rodriguez Zapatero. La denominación no tiene relación alguna con las credenciales democráticas de aquél a quien se aplique el término. Como en el caso de nazi deben evitarse menciones desagradables como el hecho de que los principales líderes fascistas, singularmente Mussolini, procedían del Partido Socialista.
Organizaciones sociales: Sindicatos verticales reloaded: Organizaciones financiadas por el Estado a cambio de su labor de escenificar acuerdos o de ejercer de correas de transmisión de partidos políticos.
Periodista: Persona que, en lugar de mentir por su país como hacen los diplomáticos, lo hace por su empresa.
Políticamente correcto: Asunción de un conjunto de muletillas tanto en la actuación como en el lenguaje que adquieren carácter de incuestionable aunque, matizando, según quien las maneje. Según la doctrina de lo políticamente correcto una ministra puede acusar de machista a alguien que la acuse de incompetencia mientras que otra puede denominar despectivamente señorita a una periodista sin que ocurra nada.
Popular: Nombre del principal partido de la derecha española aunque deméritos propios y méritos ajenos en el terreno de la comunicación hacen que tal denominación suene casi como un sarcasmo.
Pro-vida: Dícese de grupos antiabortistas que no reconocen ninguna condición justificativa. En general, no opinan acerca de cuestiones como el mantenimiento de la pena de muerte por muchos Estados.
Proceso de paz: Negociación política con ETA.
Progresista: Dícese de político con tendencia de izquierda aunque nunca se haya sabido de ninguna contribución suya al progreso.
Rescate: Acción de liberar a un país europeo de su Gobierno que es sustituido por eurofuncionarios.
SGAE: Víctimas del expolio de Alí Baba quien les pirateó la password para acceder al tesoro. Desde entonces, realizan denodados esfuerzos para resarcirse del mismo.
Sindicato de clase: Ministerio emboscado.
Terrorismo internacional: Terrorismo islámico al que no se quiere señalar con el dedo.
Tribunal Constitucional: Tribunal cuyos componentes son nombrados por los partidos políticos que hace cosas que se entienden muy bien utilizando para ello un lenguaje que se entiende muy mal.
Violencia de género: Dícese de la antes conocida como violencia doméstica con el requisito añadido de que la violencia sea ejercida por el hombre contra la mujer. No se considera tal cuando la violencia es ejercida en sentido contrario ni cuando se produce entre parejas del mismo sexo.
Violentos: Asesinos.
La «beggars’ opera» de la política española
Nadie puede decir que Haendel, al que incluso los menos aficionados a la música conocen por su «Aleluya», fuera alguien a quien le sonriera el éxito desde el principio. Incluso hay en su historial casos ridículos como el de una ópera compuesta para público inglés que se consideró tan infumable que se tradujo al italiano…para público inglés. Sin embargo, cuando el ridículo de Haendel tocó techo fue cuando sus dos prime donne se tiraron de los pelos en mitad de una representación y, como consecuencia, el «José Mota» de la época compuso la beggars’ opera, rememorando el feliz momento y ridiculizando a Handel por si no tenía bastante el pobre.
Las trifulcas Escolar-Carnicero o Carnicero-Escolar recuerdan mucho a la situación que dio inicio a la beggars’ opera y todavía no sabemos hasta qué extremos de ridículo llegará. Si alguien representa la figura del «intelectual orgánico» de Gramsci es cualquiera de estos dos, quizás más «orgánicos» que «intelectuales», especialmente en el caso de Carnicero por motivos obvios. Uno defiende a su señorito; el otro se ha desengañado del señorito pero no del cortijo, a pesar de lo cual lo han puesto en la calle porque lo de la libertad queda muy bien en los mítines pero las empresas editoras de los diarios respectivos funcionan a toque de silbato.
Como consecuencia, el ahora desempleado se nos viste de representante de las esencias de la izquierda como contraposición del que defiende intereses bastardos. Como él mismo dice, llevaba 17 años en una empresa que se ha distinguido por una muy clara adscripción política. Vestirse ahora el manto de la pureza virginal no parece que vaya bien ni a su trayectoria ni a su envergadura pero cada uno elige la forma que prefiere de hacer el ridículo.
Al final, estamos llegando a tal nivel que acabaremos diciendo que la Esteban al menos da más espectáculo. Lo de éstos se acerca más a las viejas historias de Tamara Seisdedos y el profeta de los vegetales y, como éstas, probablemente les interesarán a muy pocos.
¿Seremos todos racistas?
Tengo amigos judíos, homosexuales, negros, feministas, etc…y soy consciente de que ésta es la primera justificación que alguien utiliza cuando, a continuación, quiere lanzar un mensaje racista. Si alguien piensa eso, lamento decepcionarle porque no es así.
Hace tiempo, en un entorno estrictamente profesional, me encontré con un socio que mantenía una postura a la que los demás, por distintas razones, nos oponíamos. En un momento, saltó «Estáis todos en contra porque soy judío», exabrupto al que lo único que pude contestar, y era cierto, es que ni siquiera lo sabía. No añadí que, en caso de haberlo sabido, me habría dado lo mismo pero también habría sido cierto. Más adelante me he encontrado con frecuencia quejas con relación al crecimiento del antisemitismo y sólo puedo decir que no tengo una opinión formada de los judíos más allá de la que pudiera tener sobre los rubios, los morenos, los altos, los bajos, los gordos o los delgados. Dicho de otra forma, es una categoría que me resulta irrelevante a la hora de enjuiciar a una persona pero, cuando alguien insiste en hacer de esa categoría el centro de su identidad, todas las conductas que pueda percibir alrededor las ve también dirigidas hacia ese centro dando lugar a relaciones desnaturalizadas.
Lo mismo es aplicable a cualquiera de los otros colectivos que ponía como ejemplo al principio. La mejor forma de no ser racista o de no practicar la exclusión es precisamente ignorar la categoría sobre la que se basa la exclusión y no introducir porcentajes en la línea de la mal llamada «discriminación positiva» que, antes que positiva, es sobre todo discriminación ya que, entre otras cosas contribuye a perpetuar las discriminaciones que dice combatir: Supongamos que, con el objetivo de que en mi empresa se reproduzcan los porcentajes de miembros de la raza X que hay en la sociedad, establezco un baremo y pongo un listón más generoso para los miembros de esa raza. ¿No estaré certificando el estereotipo de que los miembros de la raza X son peores gracias a la «discriminación positiva»? No sólo no se combate la discriminación sino que se dan argumentos fehacientes para que exista donde antes no los había.
¿Qué ocurre con la homosexualidad? Si alguien insiste en hacer de la homosexualidad el eje alrededor del que gira toda su conducta será rechazado…al igual que lo será un heterosexual que se comporte de la misma manera como bien sabe, por ejemplo, el señor Strauss-Kahn. Desde el punto de vista de la relación, y en tanto no haya razón alguna para que la homosexualidad o heterosexualidad resulten dimensiones relevantes, creo que todos tenemos derecho a ignorar dimensiones del otro que no nos interesan porque no son relevantes para el tipo de relación que tenemos con ese otro. Alguien que insiste en exhibir su sexualidad homosexual puede resultarnos a muchos desagradable pero no más que alguien que quiera exhibir la suya heterosexual. El «día del orgullo gay» nos puede parecer a muchos una parodia pero no más de lo que lo sería un hipotético «día del orgullo machorro». El problema no está en la sexualidad sino en su exhibición fuera de contexto.
Cuando el otro insiste en imponer su raza, su etnia, su tendencia política o sexual…lo que sea, como eje alrededor del que gira todo lo demás ¿no tenemos derecho a rechazar esa actitud en la relación con nosotros? ¿tenemos necesariamente que entrar al juego y «posicionarnos» en un tema que ni nos va ni nos viene?
Al final resulta que mucha gente puede sufrir rechazo no por ser lo que son sino por empeñarse en hacer una caricatura de ellos mismos ejerciendo de…lo que sea. Los que preferimos tratar con personas en lugar de hacerlo con caricaturas, sean étnicas, raciales, sexuales o lo que sea ¿somos racistas por ello o es ese rechazo la mejor vía de combatir el racismo o cualquier tipo de exclusión?
Debate sobre el estado de la nación definido por Shakespeare
Una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa
No en vano se trata de algo que ha ido perdiendo audiencia en televisión a cada año que pasaba. Los argumentos son previsibles y la estupidez también. Si acaso, este año se aporta una novedad: La situación del protagonista principal, tan perfectamente descrito por Shakespeare, es tan patética que todo vale. Algunos diálogos, por llamarlos de alguna forma, son dignos del propio Valle-Inclán:
- Ustedes quieren que me vaya pero no han aportado nada.
- Todo esto.
- ¿Lo ve? Por eso me tengo que quedar; para discutirlo.
- Independencia efectiva del poder judicial.
- Eliminación del papel del Tribunal Constitucional como «Supersupremo» y nombramiento de sus componentes por el poder judicial.
- Listas abiertas.
- Cambio de ley electoral.
- Clarificación y modificación de la financiación de los partidos políticos y de los sindicatos.
- Cierre del modelo de Estado y de los chalaneos asociados a su indefinición.
- Recuperación de competencias cuyas transferencias hayan demostrado tener unos efectos desastrosos.
- Igualdad efectiva de todos los ciudadanos en cualquier parte del país.
- Establecimiento de posiciones comunes en el tratamiento del fenómeno terrorista.
- Control efectivo sobre las cuentas para evitar espectáculos como los que se están dando en estos días.
- Exigencia de cumplimiento de la ley para todos.
«No hay pan para tanto chorizo» #15M y lecturas para una acampada.
La frase, que ha llegado a convertirse en una de las más conocidas del #15M es ingeniosa y hasta podría acercarse más a la realidad si cambian la preposición «para» por la preposición «por».
Las enmiendas a la totalidad, sin embargo, suelen acabar muy mal y ser instrumentadas por terceros: Las «SA» les vinieron muy bien a los nazis hasta la «noche de los cuchillos largos» del mismo modo que los estudiantes que reclamaban democracia vinieron muy bien a los integristas que acabaron poniendo a Jomeini y liquidando a los ruidosos que, involuntariamente, les ayudaron a llegar al poder.
Los que se hacen llamar «indignados» han tomado ese nombre precisamente del libro de Hessel «Indignaos«, cosa que ya bastaría para ponerle una señal de precaución al movimiento resultante de tal engendro político y literario.
Hessel vende bien sus argumentos pero tienen muy poca base y, sin embargo, hay sobrados motivos para indignarse, no necesariamente los que dice Hessel. Puesto que todavía quedan algunos campamentos, me permito recomendar a los «Indignados» algunas lecturas tanto para el campamento como para los recorridos en autobús para las invasiones de Madrid anunciadas:
«La sociedad abierta» de Karl Popper, «El conocimiento inútil» de Revel y «Camino de servidumbre» de Hayek. Para los ratos en que se quiera algo menos denso, puede bastar «Rebelión en la granja» de Orwell. Como ocurre con los productos farmacéuticos, estos libros no son inocuos y podrían tener como efecto secundario el abandono de la acampada. Probablemente mantendrán o acrecentarán la indignación pero, a lo mejor, empiezan a estar indignados por otros motivos.
Es cierto que hay países que se han gastado lo que no tienen pero, si un país decide poner al frente a un imbécil manirroto, quien ha prestado el dinero no tiene la culpa y pide lo que en derecho le corresponde y, en caso contrario, nos esperará a la vuelta de la esquina. No nos olvidemos de que los derechos sociales con que se llenan la boca los políticos los paga alguien y ese alguien, tanto si es del país como si es extranjero, también tiene algo que decir en lo relativo a su dinero. Nadie puede esperar endeudarse hasta las cejas y después clamar por la injusticia de tener que pagar basándose en que han sido otros los que se han endeudado por su cuenta.
La frase del titular da una pista de un posible plan de acción: Disminuir el número de chorizos. Para ello, nada mejor que exigir la independencia efectiva del poder judicial, las listas abiertas, la transparencia en la administración y, cuando proceda, la exigencia de responsabilidad penal.
Sólo con eso ya habría toda una revolución y, además, encaminada en el sentido correcto. Lo demás no deja de ser ruido y aumentar las posibilidades de acabar como la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler o el Irán de Jomeini. Como decía el padre Arzallus, unos mueven el árbol y otros cogen las nueces. Seguro que hay candidatos a coger las nueces mientras los «indignados» mueven el árbol.
Otro precio de la crisis económica y política: Capital humano
Hace varios años me tocó dirigir un proyecto en El Salvador: A pesar de la amabilidad de su gente y de ser, al menos en ese momento, uno de los países donde menos corrupción visible había dentro del área geográfica llegué a la conclusión de que el país estaba muerto. La razón era muy sencilla: Un país donde una gran mayoría de sus ciudadanos tienen como máxima aspiración emigrar a Estados Unidos no tiene vida por delante.
Un país guiado por la máxima de Serrat de Escapad, gente tierna que esta tierra está enferma y no esperes mañana lo que no te dio ayer no puede tener futuro. He tenido en los últimos años contacto con «españoles por el mundo» y, cuando les he preguntado por su intención de regresar, la respuesta ha sido unánime: Sólo de visita. En unas ocasiones porque no veían perspectivas en España, en otras porque sí las veían e incluso tenían buenas ofertas pero, si la aventura salía mal, no tenían donde ir y preferían estar en mercados mucho más abiertos, en otras, porque ya tenían hijos que habían nacido y estaban escolarizados en otro país y no veían ninguna ganancia para ellos con la vuelta a España…por unos u otros motivos, nadie tenía ningún interés en volver para quedarse.
Cuando se ha intentado en España poner coherencia en la política de inmigración, la lógica más evidente indicaba que se debía dar paso libre a los necesarios, es decir, aquéllos que fueran capaces con sus habilidades de hacerse un hueco en una sociedad que requería esas habilidades y, de esta forma, llegar a una situación de ganancia para ambas partes: Para el inmigrante y para el país que lo recibe. Ésa es exactamente la lógica que ahora están aplicando otros países cuando, por ejemplo, reclaman ingenieros o médicos en España para trabajar en países extranjeros. La falta de perspectivas en su propio país hace que cada vez sean más los que estén dispuestos a dar el paso y, una vez dado, si logran una situación estable, ven que hay otros mundos no necesariamente peores que éste y se adaptan a ellos, hay que dar su regreso por descartado.
Los que contemplan la situación desde la óptica macroeconómica afirman que el endeudamiento es tal que va a afectar a nuestros nietos. Es posible que no. Es posible que muchos de nuestros nietos nazcan ya fuera de España y, si no es así, marchen al inicio de su vida adulta y produzcan y paguen impuestos en otros países. Naturalmente, quien se va es quien se puede ir, es decir, quien tiene algo que ofrecer y encuentra alguien que se lo quiere comprar. Aquí se quedarán los golfos con coche oficial o sin él, los que hayan conseguido un nicho que les permita sobrevivir -y eso mientras no les toquen demasiado las narices- y los parados sin posibilidades en el exterior.
Ése es el panorama que tenemos. Mientras los políticos les ríen las gracias a los «indignados oficiales», está habiendo una revolución mucho más discreta: La de los que, como Santa Teresa, sacuden las zapatillas para no llevarse con ellos ni el polvo. En este caso, las zapatillas pueden ser unas Nike o unas Reebok y tienen poco polvo porque los aeropuertos suelen estar limpios pero el efecto es el mismo y produce empobrecimiento a medio y largo plazo, un empobrecimiento que nadie se ha molestado en cuantificar.
UPyD: ¿El «tea party» español?
Hace sólo unos minutos, veía en TVE un caso de desvergüenza informativa -más bien, desinformativa- que se pueden encontrar referido a UPyD: Afirmaban en el noticiario que UPyD había facilitado el acceso al gobierno de varios Ayuntamientos del PP. En realidad, si no hubiera habido detrás un Goebbels de vía estrecha, la noticia debería haber sido «UPyD se abstiene en las votaciones facilitando que se haga con la alcaldía la lista más votada» o, si lo quieren hacer más descarado, pueden decir «UPyD facilita que el PP se haga con varios Ayuntamientos no votando al PSOE».
La fuerza con que ha emergido UPyD en las últimas elecciones autonómicas y municipales muestra que los «indignados» no son los acampados sino muchos más y que, más que una alternativa política, lo que están exigiendo es que se respeten unas reglas del juego que ningún partido político, como tal, está defendiendo. Pueden encontrarse, eso sí, en los dos grandes partidos a personas concretas que sí defienden ese principio pero no parece la línea dominante.
Una vez concluidas las elecciones, UPyD ha jugado sus cartas. No sabemos todavía -el tiempo lo dirá- si lo ha hecho con habilidad o guiándose por principios pero, desde luego, las ha jugado bien: Exigir compromisos básicos en el terreno político y austeridad en el comportamiento de los políticos. Tanto si es por estrategia como si es por principios, la actuación es acertada.
¿Por qué no existe un equivalente de UPyD en los principales países europeos? Simplemente porque no es necesario. Son democracias consolidadas, que no provienen de una transición chapucera que les daba la llave del poder a los que querían liquidar el país y los acuerdos básicos son compartidos por todo el espectro político salvo excepciones afortunadamente marginales. En otros términos, no se necesita a nadie cuya principal aportación no sea un programa político sino una especie de «cobrador del frac» que recuerde cuáles son los compromisos básicos.
¿En qué se parece UPyD al «tea-party»? Si el «tea-party lo consideramos como un grupo de ultraconservadores sin más, tendríamos que decir que en nada. Si miramos más a fondo, como hizo Vargas Llosa en su excelente artículo dedicado a ese movimiento, veríamos que tiene bastantes puntos en común y que, en realidad, no es un partido sino un movimiento cívico que se ha constituido como partido para tener fuerza politica pero sin vocación de poder y a quién sus votantes no le votan en función de un programa de gobierno.
¿Cuál sería el futuro deseable para UPyD? Claramente, la desaparición. Si estamos de acuerdo en que UPyD no se comporta como un partido político sino como un movimiento cívico disfrazado de partido político, la situación ideal sería aquélla en la que en un futuro, cuanto más cercano mejor, UPyD pudiera anunciar: «Hemos conseguido los objetivos que justificaron nuestra fundación como partido y, una vez conseguidos éstos, nos disolvemos dejando en libertad a los miembros que quieran continuar en la actividad política para apuntarse al partido que esté más próximo a sus inclinaciones».
Hemos descubierto a nuestro pesar que un tarado con ínfulas de visionario puede ser peor que alguien decididamente perverso y en esa transición quieren caminar algunos. Por ello, se ha llegado a una situación en que una formación como UPyD puede ser necesaria…siempre que se mantenga en su papel de movimiento cívico. UPyD tiene un riesgo claro en este momento: Convertirse en un nido de tránsfugas una vez que sus miembros empiecen a tocar poder y, ante eso, pudieran olvidar los compromisos básicos. Si no cae en esa tentación, es probable que tenga una vida breve pero brillante y contribuya decisivamente a la limpieza y a clarificar los acuerdos básicos. Si lo hace, descubriremos que Dante tenía razón y que siempre hay un infierno peor. De ellos depende.
Política actual y resonancias de «La araña negra» de Blasco Ibañez
He colgado un acertijo en Twitter aunque tiene trampa: En realidad es una invitación a leer «La araña negra», único libro que he estado a punto de regalarle a un profesor en el supuesto de que me hubiera suspendido. El misterio se resuelve fácilmente: El profesor era jesuita y «La araña negra» no está precisamente inspirada en el Gesú ni, en general, en las inmediaciones del «Papa negro».
La situación política que se ha planteado en España tras la designación de Rubalcaba con la permanencia de Zapatero en la presidencia del Gobierno me ha recordado inmediatamente a varios personajes del libro que, una vez más, invito a leer a quien no lo haya hecho. Los paralelismos son muy sencillos:
Durante toda la primera parte del libro, el protagonista es el «padre Claudio», a cargo de los jesuitas en España con la ayuda de su aparentemente fiel «padre Antonio» al que confiaba todos sus secretos y sus ambiciones.
Cuando sus ambiciones llegaron muy lejos y fueron detectadas por otros, le enviaron desde Italia a Tomás Ferrari, quien llevaría el mando real de la Orden en España aunque, nominalmente, continuase estando a cargo de la misma el padre Claudio. Naturalmente, quien tuvo un papel clave en la delación y, después, como auxiliar de Tomás Ferrari fue el «fiel» secretario, es decir, el padre Antonio.
Durante un tiempo todo funcionó así. El mando real lo tenia Tomás Ferrari, el segundo en el mando aunque de una forma muy poco visible era el padre Antonio mientras el padre Claudio, teóricamente la persona al mando, era una figura puramente testimonial para que en el exterior no se notasen los cambios que se habían producido. El padre Claudio comenzó a temer por su vida y llegaría el momento en que se comprobaría que tenía buenas razones para ello: Como no confiaba en nadie y temía ser envenenado, sólo encontraron una forma de envenenarlo y ésta no podía ser otra que el vino de misa.
Como es fácil de suponer, después vinieron las grandes exequias y, ante el luctuoso e imprevisible hecho de que el padre Claudio había muerto, se consolidó el proceso quedando formalmente a cargo de la Orden Tomás Ferrari y su fiel -aunque con fidelidad cambiante- padre Antonio.
Creo que no se necesita mucho mas para sacar paralelismos con personajes del Gobierno actual: El «padre Claudio» ha cedido el mando a Tomás Ferrari y ha conseguido esquivar la primera copa de veneno quedándose nominalmente a cargo de la Orden. ¿Para cuándo la siguiente? ¿Qué acontecimiento se utilizará como oportunidad para hacérsela tragar y organizarle las exequias? Lo que sí está claro es que no le van a dejar que se tome unas vacaciones de un año y, menos aún, le van a permitir que ejerza su teórica función.

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