Categoría: Temas sociales y políticos

¿Qué ocurre en Honduras? ¿Me he perdido algo?

Los golpes de Estado siempre son rechazables pero, al igual que ser víctima de un asesinato no convierte al asesinado en santo, el sufrir un golpe de Estado no concede a nadie patente de demócrata.

Al escuchar las noticias encuentro siempre una omisión importante: El hecho de que el señor Zelaya iba a convocar un referendum para perpetuarse en el poder a pesar de que el Congreso hondureño le estaba negando la autorización para hacer tal cosa. Al actuar así, está claro que Zelaya seguía la senda marcada por su mentor Chávez y, tal vez por eso, quienes quieran mantener una buena relación con este último se abstienen de toda crítica a Zelaya.

Que Honduras tiene que recuperar una normalidad democrática parece evidente; que, a la vista de la conducta previa al golpe, normalidad democrática y Zelaya sean compatibles es harina de otro costal y que, por tanto, la recuperación de la situación democrática signifique el simple abandono del poder en manos de Zelaya es algo que parecería muy discutible pero que, por el motivo que sea, nadie quiere discutir.

Definitivamente, o se me está escapando algo o hay un punto al que televisiones y periódicos no quieren mirar.

«La verdadera historia del Valle de los Caídos» de Daniel Sueiro

Para quien no conozca al autor, éste es un escritor poco común al que le ha gustado adentrarse en los terrenos más escabrosos dando todo lujo de detalles aunque dejando clara su posición. Hace ya bastantes años, lo descubrí con un ensayo titulado «La pena de muerte» donde daba una gran cantidad de información sobre ejecuciones en distintas modalidades y su propia posición quedaba resumida en una sola frase: Si es lícito matar, todo es lícito.

Hace muy poco, se me ocurrió entrar en una librería de viejo y la verdad es que el título no me habría llamado la atención pero el autor sí. Es del tipo de autores de los que siempre cabe esperar alguno nuevo y en esta ocasión no me ha decepcionado aunque el formato del libro me ha recordado a dos libros muy antiguos de Fernando Díaz Plaja llamados Otra historia de España y La España franquista por sus documentos. Recomiendo la lectura de ambos, no sólo por la selección documental sino por lo divertidos que pueden resultar algunos de sus episodios. Daré un ejemplo antes de entrar en el libro de Daniel Sueiro: Una carta del padre del Rey fue interceptada y cayó en manos de Franco a quien no le gustó su contenido. Como no quería privarse de contestar a un contenido que, supuestamente, no conocía inventó la excusa de que unos agentes extranjeros habían capturado la carta y ésta había llegado a su poder. La primera frase de la respuesta de Juan de Borbón a Franco es Honda preocupación me ha causado el hecho de que unos agentes extranjeros hayan podido interceptar una carta que iba de Irún a San Sebastián. Sin comentarios.

El libro de Daniel Sueiro está realizado mediante el sencillo recurso de transcribir -no literalmente- una serie de entrevistas con protagonistas de la construcción del Valle de los Caídos. Merece la pena ver las referencias a Pedro Muguruza, a Diego Méndez, a Juan de Ávalos y a algunos de los que estuvieron trabajando allí como prisioneros y que cuentan cómo llegaron allí, cómo era la vida en la construcción y cómo y cuándo salieron de allí.

Algunos historiadores neofranquistas han tratado de mostrar que, en realidad, se trataba de un monumento a la concordia y que están enterrados allí españoles de ambos bandos. Sin embargo, Sueiro desvela que, aunque eso es cierto, hubo unos criterios de selección muy rigurosos para los del bando republicano y menciona expresamente el caso del general de la Guardia Civil Antonio Escobar, sobre cuya vida se hizo una película hace ya varios años y del que fue ignorado el deseo de sus familiares de que fuera enterrado allí. Lo mismo ocurrió con Calvo Sotelo, cuyo asesinato fue el detonante de la Guerra Civil pero, al fin y al cabo, era un político de la República. En otras palabras, se hizo una cuidadosa depuración para determinar a quién se admitía y a quién no. No hablemos ya de qué se hizo con personajes como Julián Besteiro para quien el fiscal pidió la pena de muerte a pesar de reconocer que no estuvo implicado en ningún delito de sangre y que moriría en la cárcel pocos años después de la guerra o de Miguel Hernández y tantos otros.

Se ha hablado mucho de la cantidad de muertos que dejó la obra y siempre se ha dejado caer que esto era debido a las condiciones de campo de concentración que existían en la misma. Daniel Sueiro entra también en este tema y aclara varias cosas:

  1. Que muchos presos de las cárceles preferían ir allí a permanecer en la cárcel.
  2. Que los que hacían trabajos de excavación en la roca recibían una paga superior y eran muchos los que realizaban ese trabajo aún sabiendo el riesgo asumido no sólo por derrumbamientos sino por enfermedades pulmonares derivadas del polvo de la roca teniendo como toda protección una especie de esponja que les cubría boca y nariz y que se acababan quitando porque les impedía respirar.
  3. Que la práctica totalidad de los que estuvieron en este tipo de trabajo murieron jóvenes como consecuencia de enfermedades pulmonares.

Al parecer, hubo bastantes que decidieron permanecer en la obra una vez concluida su etapa de presidiarios y hay un comentario general sobre un deterioro de las condiciones y del ambiente cuando, además de presos políticos, empezaron a llevar también presos comunes a la obra y se relata alguna fuga.

En lo demás, destaca la actitud de prima donna de los dos arquitectos, especialmente del segundo, y del escultor principal, Juan de Ávalos. El segundo arquitecto, Diego Méndez, menciona que la obra le fue entregada a Muguruza por consejo suyo a Franco y que, cuando Muguruza falleció, él se hizo cargo de las obras para encontrar que tenía que partir casi de cero y de Ávalos viene a decir que era prácticamente un muerto de hambre al que acogió en la obra por caridad. Sin embargo, aparte de estas guerritas, puede tener mayor interés el que los distintos personajes medían su importancia en relación de la cercanía a Franco y cómo en todo momento tratan de mostrar un grado de familiaridad y de confianza con el personaje que no parecen muy verosímiles.

Alguien mencionaba que el Valle de los Caídos era «la querida de Franco» quien, al parecer, visitaba las obras con frecuencia y, a menudo, de improviso y entraba en numerosos detalles sobre lo que le gustaba y lo que no le gustaba realizando ocasionalmente bocetos propios sobre cómo quería que fuera la cruz o las esculturas de la base o la basílica excavada en la roca. No era el único; parece que Millán Astray iba también con frecuencia por allí pero había una notable diferencia: Algunos compañeros de promoción de Franco habían aterrizado en la obra como prisioneros y Franco jamás se dignó dirigirles la palabra mientras que Millán Astray es descrito por estos mismos prisioneros como loco pero mucho más cálido y siempre cargado de tabaco y con un trato cercano a pesar de las diferencias de posición en ese momento.

En suma, interesante por el retrato que hace de una época y de unos personajes utilizando casi como excusa la construcción del Valle de los Caídos. Ahora que algunos pretenden poner de moda la «recuperación de la memoria histórica», éste puede ser un lugar ideal para su mantenimiento, especialmente si se hace de verdad como tal recordatorio y no es un mero ajuste de cuentas -uno más- entre enemigos enfrentados hace ahora setenta años y que, para muchos, quedan muy lejanos por más que haya quien se empeñe en resucitarlos. Si se pretende a estas alturas airear los crímenes de un lado, no habrá fuerza capaz de impedir que se haga lo propio también con los del otro lado y, al final, acabaremos como el título del libro de Díaz Plaja dedicado a la guerra civil: Todos perdimos.

«El laberinto español» de Gerald Brenan

Se trata de un clásico sobre la historia de la pre-guerra civil española que es bastante difícil de conseguir aunque parece que todo llega.

Brenan no se escapa a un fallo común a la práctica totalidad de los historiadores que han tocado ese periodo negro de nuestra historia y es la mentira por omision, sea ésta consciente o deliberada.

En la mayoría de los casos, los hechos relatados responden a la realidad pero hay otros que se ocultan, de acuerdo con la tendencia política del autor, y eso produce una pintura distorsionada de la situación y, por supuesto, los análisis del autor se realizan sobre los datos presentados haciendo que tales análisis sufran la misma distorsión.

El punto de vista de Brenan queda claro en un simple párrafo:

Cuántos cayeron delante del piquete de ejecución es imposible saberlo, pero los relatos de testtigos, que acentúan la prolongada y sistemática naturaleza de la «purga», junto con la evidencia de la historia, que demuestra que el terror blanco es peor que el rojo, nos conduce a suponer  que, por cada persona ejecutada en el territorio del gobierno, dos o tres fueron ejecutadas en la zona rebelde durante los seis primeros meses de la guerra.

La primera edición del libro es de 1943 y, tal vez por eso, Brenan estaba en ese momento poco informado sobre las andanzas de Stalin y mucho menos de otras posteriores como las de Pol Pot en Camboya pero, puesto que hay ediciones de fechas tan recientes como 2008 y 2009 y que no figuran como meras reimpresiones, tal vez una introducción hecha por un historiador con una perspectiva más reciente podría corregir este tipo de errores y deje claro detalles como, si al utilizar la palabra ejecutadas, quiere decir que hubo un juicio, con las nulas garantías en una y otra parte, o incluye también bajo ese capítulo los miles y miles de simples asesinatos sin tener siquiera la cobertura formal de un juicio.

Es difícil hacerse una idea completa de cómo fue esa época si no se recurre a distintas fuentes y, a ser posible, que tales fuentes sean contrapuestas en sus enfoques.

Frente a la opción de Brenan que considera el «terror rojo» mejor que el «terror blanco» puede colocarse a un Burnett Bolloten, quien acumuló tal cantidad de información que ha creado una institución en Estados Unidos para su custodia y que da una pintura muy diferente. Lo mismo puede decirse de Felix Schlayer quien, con toda probabilidad, estaría en total desacuerdo con Brenan como también lo estarian Hugh Thomas y Stanley Payne o, por muy distintos motivos, Ricardo de la Cierva, Vidal o Moa.

Brenan hace una pintura de trazo grueso y negro de la derecha española de la época y, al mismo tiempo, pinta de una forma bastante almibarada a la izquierda socialista reservando las críticas para los comunistas y para la evolución de los anarquistas que los llevó a tener entre sus filas a pistoleros profesionales.

Cuestiones como la liquidación del POUM por sus supuestos aliados son pasadas casi como una minucia, asunto en el que Eric Blair, más conocido por George Orwell, con toda seguridad tampoco estaría de acuerdo y tampoco otorga demasiada importancia a temas como las sacas de la cárcel de Madrid y la subsiguiente masacre de Paracuellos.

La visión de Brenan es, como la de la mayoría de los historiadores que han tratado esa época, descaradamente hemipléjica y, al igual que en los demás casos, lo es por motivos ideológicos que le llevan a falsear la realidad mediante la selección de los hechos.

Todo lo anterior no significa que el libro no tenga valor alguno. Antes al contrario, aún con las carencias señaladas, muestra pinturas bastante insólitas de personajes y situaciones:

Alfonso XIII, abuelo del actual rey, es presentado como un niñato inmaduro sin más meta que la de hacer notar su poder y de preservar su posición a costa de lo que fuera. El papel de la Iglesia y su evolución hasta resultar un bastión del poder establecido y cómo se produjo esa evolución es también otro tema del mayor interés así como las condiciones de vida en el campo en distintas regiones españolas, los abusos de los terratenientes, el falseamiento sistemático de las elecciones y cómo fue evolucionando todo este cóctel hasta desembocar en la guerra civil.

Esto es lo que se va a encontrar en el libro y que puede justificar su lectura. Sin embargo, cualquiera familiarizado con el tema y que haya usado otras fuentes «discutirá» a menudo con el libro, más por sus omisiones que por la existencia de falseamiento de hechos. Es cierto que  frases como la transcrita literalmente, si hubieran sido escritas hoy, invitarían a tener una perspectiva del autor como un rabioso sectario de izquierda, cosa que tampoco parece Brenan aunque su punto de vista sea muy claro y diste mucho de la imparcialidad.

¿Se puede ser hoy antinuclear y razonable al mismo tiempo?

Alguna pista debería darnos el hecho de que uno de los fundadores de Greenpeace y un ex-presidente socialista, el mismo que firmó la moratoria nuclear en España, critiquen abiertamente la decisión de Zapatero acerca del cierre de la central nuclear de Garoña.

El pasado domingo tuve oportunidad de ver un reportaje de TVE donde difícilmente podían colocarse más falsedades juntas incluyendo un supuesto superavit energético español que, al parecer, había olvidado que importamos energía de Francia y unos supuestos problemas de la central de Garoña en los que, al parecer, habían olvidado que los tales problemas procedían del diseño original y habían sido resueltos tan satisfactoriamente que la solución producida y patentada en España había sido vendida a otros países para centrales del mismo tipo.

Es cierto que hay quien dice que las nucleares de hoy son mucho más seguras que las de hace unos años. Me voy a permitir dudarlo; los hechos muestran que la energía nuclear ha sido siempre una tecnología segura y quien afirma esa supuesta evolución lo que está haciendo es, sobre todo, tratar de vestir de alguna forma su cambio de opinión del «Nucleares no, gracias» al «Nucleares ¿por qué no?». Del mismo modo, ahora se amenaza con proyectos de ley sobre la energía nuclear en España con los que, simplemente, se trata de vestir el simple hecho de que la decisión de cierre en 2013 de una central cuya vida útil, a juicio del Consejo de Seguridad Nuclear, podía permanecer sin problemas hasta 2019, procede del capricho de un iluminado.

Que el coste energético es clave para la posibilidad de cualquier país para competir es algo tan elemental que no vale la pena argumentarlo; que hoy por hoy la energía nuclear es la forma más barata de producir energía e infinitamente más barata que los «molinillos» o los huertos solares que sólo se sostienen gracias a unas subvenciones masivas…o sea, a un aumento del déficit o a un aumento de la factura de la electricidad es también una evidencia. Que la energía nuclear no es de izquierdas ni de derechas como ha mostrado el hecho de que destacados dirigentes socialistas y ecologistas hayan cambiado su posición al respecto es otro hecho. Entonces ¿qué queda? Dos cosas: Seguridad y residuos.

En cuanto a la seguridad, después de estar bastante tiempo vinculado a la aviación, hay dos asuntos que echo de menos en la aviación y que la industria nuclear sí tiene:

  1. Me gustaría que, ante una situación que pudiera poner en riesgo la seguridad de un avión, éste se parase en el aire y pidiese tiempo muerto mientras se busca la solución al problema y que, durante todo ese tiempo, permaneciese la situación de congelación del avión.
  2. Me gustaría que, ante una situación de riesgo, la decisión no tuviera que ser tomada sin tener todos los datos y con una fuerte presión de tiempo sino que, al contrario, se le pudiera decir al piloto que no tomase ninguna iniciativa porque siempre iba a tener a mano a alguien que, ante cualquier situación no prevista, sabe más que él.

Chernobil, en su momento, se convirtió en una especie de icono del movimiento antinuclear y, al hacerlo, olvidaron varias cosas:

  • El diseño de Chernobil era intrínsecamente inestable, es decir, era un diseño en que la temperatura aumentaba la reactividad y viceversa. La práctica totalidad de las centrales occidentales son intrínsecamente estables teniendo un rango de temperaturas muy estrecho y fuera del cual, por arriba o por abajo, la reactividad disminuye hasta que el reactor se para.
  • Aún contando con ese diseño, el caso de Chernobil no se habría producido si, conscientemente, no hubieran ido eliminando una serie de mecanismos de seguridad de la planta.
  • Los reactores ex-soviéticos no contaban con el edificio de contención secundaria que, posiblemente, hubiera podido contener una explosión que no fue nuclear sino convencional derivada de la presión que se introdujo y que acabó haciendo saltar la tapa. Para entendernos, una olla a presión que estaba cocinando material nuclear y, al explotar, liberó ese material.

En el caso español, es fácil obtener un mapa de radiaciones del país y puede apreciarse que algunas zonas que no tienen centrales nucleares a su alrededor soportan una cantidad mucho mayor de radiación de origen natural -no por ello menos perjudicial- que el entorno más inmediato de algunas de las centrales.

En cuanto a los residuos, desde hace años hay programas destinados a disminuir de forma drástica la vida activa de los residuos mientras llega la tecnología nuclear del futuro, es decir, la tecnología de fusión en la que desaparecen todos y cada uno de los problemas reales o ficticios que han sido utilizados siempre en contra de la energía nuclear.

Las necesidades energéticas y la necesidad de obtener energía barata invitan a usar la energía nuclear. El historial es hoy suficientemente largo como para poder afirmar que la seguridad es adecuada y el asunto aún no resuelto que es el de los residuos está en vías de solución, por un lado, a través de su procesamiento y por otro lado a través de su mera desaparición una vez que aparezcan en producción las instalaciones de fusión.

A pesar de todo esto, el capricho de un personaje hace que una central nuclear se quiera cerrar con todos los efectos locales y generales, a corto y a largo plazo que eso va a generar. Ahora algunos quieren vestir ese capricho de adolescente de «estrategia de estadista»  aunque, para ello, tengan que andar produciendo leyes que no llevan a ningún sitio salvo a poner un marco a ese capricho.

Me gustaría concluir con una frase tomada del libro «Planeta azul, no verde» de Vaclav Havel que puede representar una adecuada respuesta a los que nos venden, como excusa para suprimir un tipo de energía necesaria y que no emite CO2, la alternativa de las energías renovables. Léase porque no tiene desperdicio:

Imaginen que levantan dos torres, una al lado de la otra, de una altura de 60 metros aproximadamente. En una de ellas colocan un ventilador, en la otra, la hélice de una turbina eólica. El ventilador será propulsado por energía eléctrica producida por una central eléctrica nuclear o de carbón. El viento del ventilador hará girar la hélice de la turbina eólica. Dado que el precio del suministro de la electricidad producida por la hélice eólica es tres veces más alto que el que hace girar el ventilador, un proyecto de estas características es económicamente sensato. Se sufragaría en once años y después empezaría a generar ganancias.

Michael Jackson y Howard Hugues: Cuando la libertad se convierte en ausencia de límites:

Debo reconocerlo: Siempre había tenido una idea de Michael Jackson como «rarito» pero enterarme de que pesaba 52 kilos, que no tenía pelo y llevaba peluca y que se metia de todo al cuerpo sobrepasa los limites.

No tengo la menor intención de criticar a Michael Jackson desde un punto de vista de la moral y las buenas costumbres al uso. Antes bien, es una prueba de que vivir es una tarea difícil para todos y, a veces, parece ser mas difícil precisamente para aquellos a los que parece haber sonreido la fortuna.

No hacía mucho que había vuelto a ver la película «Aviador» y, quizás por eso, he podido encontrar bastantes paralelismos entre la figura de Howard Hugues y la de Michael Jackson y el principal de ellos es el enorme daño que puede haber producido el dinero en estos dos personajes.

Cuando uno no es nadie, rarezas como prohibir que nadie lo mire ni, por supuesto, lo toque o pedir platos con doce guisantes perfectamente ordenados tiene como respuesta inmediata un «mira niño; vete a… (rellénese a gusto del consumidor)» y ese simple hecho ayuda a centrar la conducta.

Cuando eso mismo es considerado como un rasgo de originalidad propia del genio y es obedecido sin reservas, se invita al sujeto a una carrera en busca de un límite que nadie se atreve o quiere ponerle o, si se prefiere, una carrera hacia la locura y la desdicha.

El «ciudadano Kane» de Orson Welles tenia su «Rosebud» como ultimo refugio. Los dos personajes, Jackson y Hugues o viceversa, han tenido todo lo que el dinero podia comprar y, desgraciadamente, es mucho lo que puede comprar: Incluso la desdicha propia y ajena. Descansen en paz.

La muerte de Michael Jackson y el punto débil de Google

El error de Google Probablemente ya todos nos hemos acostumbrados a la publicidad contextual de Google.

Por curiosidad, tras oir la noticia de la muerte de Michael Jackson, he buscado en Libertad Digital más información y me he encontrado la página que adjunto en la que pido especial atención a los recuadros en rojo y a la dificultad de compatibilizarlos. Anunciar la muerte como noticia y, al mismo tiempo, anunciar una actuación resulta difícil aunque, tras «Thriller», nunca se sabe.

Mis disculpas a Libertad Digital por colocar la captura de pantalla además del vínculo http://www.libertaddigital.com/el-candelabro/michael-jackson-ingresado-de-urgencia-por-un-paro-cardiaco-1276363282/ Muerte de Michael Jackson pero imagino que durará poco en su configuración actual.

«Anatomía de un instante» de Javier Cercas

Análisis muy interesante sobre quién, cómo y por qué fraguó el golpe fallido del 23F. De lectura obligada para todo interesado en la historia española reciente.

Toma como centro a la figura de Suárez pero trata a fondo las relaciones previas, durante y después del golpe de todos los que, de una forma u otra, estuvieron implicados en el mismo y, aunque descarta la tantas veces traída idea de que fuera el Rey quien lo organizase, una conducta de éste abiertamente crítica hacia Suárez pudo dar lugar a malentendidos de forma que, hasta el último momento, los golpistas estuvieran convencidos de que tenían realmente su apoyo.

El libro da la sensación de haber sido escrito con prisa y recuerda, por su constante recurso a la repetición, a la escritura homérica donde el mil veces aludido  “Héctor, el del tremolante penacho” puede ser el “falangistilla de provincias” y “Aquiles, el de los pies ligeros” puede ser “las balas zumbando a su alrededor”. Ambas expresiones, y algunas más, se repiten con tal frecuencia que obligan a preguntarse si el corrector de estilo estaba  de vacaciones.

A este lector, sin embargo, la profusión de datos le produce una duda: Cuando el autor menciona a Hernández Mancha, comete un error y es que, en una interpelación a Suárez, Hernández Mancha atribuyó un ripio propio transformado de un verso original a Lope de Vega a pesar de que el original era de Santa Teresa. Esta equivocación dio lugar a que Suárez le diese un revolcón memorable a Hernández Mancha que representó casi el final de su fugaz carrera política. El autor, Cercas, comete también un error sobre cómo fue este episodio a pesar de que, incluso, está documentado ya que era un debate transmitido por televisión. ¿Cuántas entrevistas y cuántos hechos mencionados en el libro, cuyo contraste no sea tan fácil como éste, estarán también equivocados? Ésa es mi duda particular.

Otro elemento que no es ya de duda sino de una interpretación difícilmente aceptable para muchos es la comparación de la situación política española previa al golpe con la situación de la II República y, en paralelo, del golpe del 23F con el inicio de la guerra civil por parte de Franco. Que yo sepa, en 1981 y en los años anteriores no se entregaron armas a la gente y, por tanto, el número de asesinatos y la situación de descontrol que se produjo en la II República -y que anuló toda legitimidad que ésta pudiera tener en contra de lo que ahora tratan de hacer creer algunos- no se había producido en España tras la muerte de Franco.

Que yo sepa, el detonante del inicio de la guerra fue el asesinato del líder de la oposición de derechas a manos de la escolta de un ministro socialista. Creo que en las fechas previas a 1981 Martín Villa no envió a su escolta para que asesinase a Felipe González (por poner paralelismos entre los hechos) y, en suma, la situación española de esa época podía representar un desastre político y económico con notables paralelismos con el actual pero, de ninguna forma, con el que se produjo en las fechas previas a la guerra civil. Hay abundante documentación al respecto pero puede ser suficiente leer las “Matanzas en el Madrid republicano” de Felix Schlayer para hacerse una idea del grado de descomposición de una situación que el autor trata de equiparar con la existente en 1981. De ninguna manera.

Otro aspecto no menor de revisionismo histórico es el guante blanco con que el autor trata a la figura de Santiago Carrillo en cuanto a su relación con los crímenes de Paracuellos se refiere. La desclasificacion de documentos de la época por parte de la ex-Unión Soviética deja poco lugar a dudas sobre el papel de Carrillo que, en contra de cómo lo presenta el autor, no era ya en absoluto un político bisoño en aquella época y fue la principal pieza de los comunistas para eliminar de la escena a Largo Caballero cuando comenzó a hacerse molesto. Es muy difícil alegar ignorancia y asumir responsabilidad sólo en la medida en que algunos subordinados habían cometido una masacre sin su conocimiento, es decir, asumir responsabilidad por la incompetencia como gestor y no por los asesinatos. Por otra parte, algunos subordinados claves como Melchor Rodriguez manifestaron con absoluta claridad su desacuerdo con las actuaciones y fueron retirados de sus puestos precisamente por eso.

En suma, interesante el tratamiento de un episodio vital de nuestra historia reciente, necesita mejorar en el aspecto literario y rechazable en el intento de revisionismo de una historia afortunadamente ya más lejana.

Españoles asqueados de su país

Ayer mismo leía un artículo de Pérez Reverte dedicado a Miguel de Molina, referencia inevitable para todo aquél a quien la guste la copla, quien tuvo que abandonar España asqueado para ser acogido en Argentina. Años después de muerto, ahora quieren recuperarlo para enterrarlo en España.

No es una historia única; Antonio Machado fue enterrado en Colliure y, aunque tomó más iniciativas que el primero llegando a escribir que cambiaría su pluma por la pistola de un sujeto como Líster, es otra pérdida importante…como lo fue la de Lorca, las de Maeztu, la de Muñoz Seca, la marcha de Ortega asqueado de unos y después de otros…y tantos más.

Unos fueron exiliados como Miguel de Molina, Antonio Machado o temporamente Ortega, otros asesinados como los citados Lorca, Muñoz Seca o Maeztu, otros encarcelados hasta la muerte como Miguel Hernández o  Julián Besteiro y otros muertos de pura amargura como Unamuno. No hablemos ya de Orwell, a punto de ser asesinado por los supuestamente suyos a raíz de lo cual nacerían «1984» y «Rebelión en la granja» o de casos como el de Andreu Nin, efectivamente torturado y asesinado por los ¿suyos?

La guerra española fue descrita sabiamente por Stanley Payne como una guerra que no fue de buenos contra malos sino de malos contra malos y, mientras eso no se tenga claro, seguiremos enfrentando a historiadores que reivindican una de las etapas más negras de España -la de la II República- con otros que reivindican otra igualmente negra como es la franquista. En realidad, una gentuza fue desplazada por otra gentuza -discutir quién era más gentuza entra dentro del más puro bizantinismo- aunque ahora parece que se trata de reescribir la historia mostrando que, en realidad, los primeros eran buenos.

Cuando alguien decide abandonar un país porque la alternativa es ser asesinado o encarcelado por unos o por otros, es muy posible que no pase lo que le queda de vida suspirando por el regreso. Es incluso posible que todo lo que sienta hacia el país en el que nació y que así le trató sea desprecio y no tuviera el menor deseo de volver muerto al lugar donde no le dejaron volver vivo.

Lo menos que se merece alguien que ha sido así tratado es respeto y el respeto pasa por no reclamar los restos de alguien a quien se trató de esa manera como si se tratase de perdonarle la vida después de muerto. Bien enterrados están en los países que los acogieron y si el comportamiento de su país ha sido suficientemente indigno para negarles el pan y la sal en vida, mejor que no se monten grandes números de desagravio una vez muertos y que  no reclamen como suyos a aquéllos que maltrataron mostrando ser indignos de tenerlos vivos o muertos.

Todo país debe asumir su culpa cuando trata indignamente a sus hijos o cuando lleva al poder a un imbécil o peor y, como consecuencia, empieza a haber víctimas en distintos grados. Quejarse después sirve de poco; se puede tratar de reparar algo si aún se está a tiempo.  Si no, los honores póstumos no son otra cosa que un intento de lavado de la conciencia propia y, en muchos casos,  violentando para ello la voluntad de personas que podían tener más que fundados motivos para preferir olvidar el país en el que habían nacido.

«Caminos de libertad» de Bertrand Russell

Posiblemente lo más notorio del libro es que fue escrito originalmente en 1918 pero reeditado y prologado por el propio autor en 1948.

En esos treinta años habían ocurrido muchas cosas tanto en el mundo como, derivado de esto, en la evolución del pensamiento del autor que había pasado de considerar lo acaecido en la URSS como una desviación menor de un pensamiento con cierto parecido a los socialismos utópicos del siglo anterior a considerarlo injustificable.

Russell es uno de los gigantes intelectuales del siglo XX y la prueba es el hecho de que permita que se edite un libro suyo escrito 30 años antes cuando ha cambiado totalmente de punto de vista en ese periodo. No nos explica ni intenta justificar su error sino que deja que lo veamos en estado puro estando él mismo convencido de que estaba en un error. Gran diferencia con otros autores que, cuando los hechos no les dan la razón, tratan de justificar que algo ha cambiado y que, a pesar de todo, ellos tenían razón antes cuando decían una cosa y ahora cuando dicen la contraria.

La vasta cultura filosófica e histórica de Russell permite ver en este libro de primera mano cuáles eran los movimientos que se estaban produciendo a principios del siglo XX y cuáles eran los motivos que los animaban.

Resulta curioso como cuenta inocentemente que casi todas las personas adoptan un código e conducta muy distinto con aquellos que consideran sus compañeros, colegas, amigos o, en cierto modo, miembros de su «rebaño», que con aquellos otros en los que ven un adversario, un marginado o un peligro para la sociedad y, como al hacerlo, está definiendo a lo que llamamos un sectario, postura que justificará unas líneas más adelante diciendo que el socialista no se convierte en un cínico sino únicamente en un amigo de los trabajadores, indignado por toda la miseria innecesaria que les inflige el capitalismo. Sin comentarios.

El libro está claramente desfasado aunque, como ocurre con todos los libros de Bertrand Russell que, además, cuentan con unas excelentes traducciones al español en las ediciones de Tecnos, es una delicia de leer por la forma amena de escribir del autor y, por añadidura, sirve para tener una idea de primerísima mano de cómo se estaba gestando la política europea de la primera mitad del siglo XX.

Crisis económica y oportunismo político

Estamos en una situación que nadie sabe cuánto va a durar y, lo que es casi peor, cuando se intenta explicar cómo y por qué ha aparecido la crisis, cada cual intenta arrimar el ascua a su sardina y decir que la receta suya es la buena.

Si comenzamos por el gobierno, la propia palabra «crisis» estuvo proscrita hasta bien pasadas las últimas elecciones generales, con ridículas acusaciones de «antipatriota» a aquéllos que pusieran la crisis encima de la mesa. Cuando ya la situación y el crecimiento del paro hicieron totalmente imposible negar la realidad, la crisis vino siempre acompañada de «internacional» para indicar que no era nuestra ni el gobierno era responsable de ella.

Por su parte, la oposición exhibe su curriculum de creación de empleo durante su etapa de gobierno frente a la destrucción de empleo actual, enfatiza los aspectos estrictamente nacionales y la atribuye en su casi totalidad a la mala gestión del gobierno.

La cosa no queda aquí sino que, para algunos, esta crisis es la prueba del fin del sistema capitalista y del modelo económico «neoliberal».  Lo cierto es que todos mienten y lo hacen de forma, por supuesto, interesada.

Lo primero que habría que aclarar es que en España no hay una crisis sino dos. Hay una crisis financiera cuyo origen está en el exterior y hay una crisis económica que es totalmente propia y a eso obedece que el desempleo crezca mucho más en España que en otros sitios.

Los términos «financiero» y «económico» son, para gran parte del común de los mortales, sinónimos y, sin embargo, se refieren a cosas muy distintas. Para entenderlo fácilmente, hablamos de situación financiera cuando nos referimos al dinero disponible y hablamos de situación económica cuando nos referimos a la capacidad de producir y competir con otros.

Durante la época en que la actual oposición estaba en el gobierno, la entonces oposición y hoy gobierno hablaba de la «burbuja inmobiliaria» y tenían razón. No se puede asfaltar ni llenar de edificios un país entero y llega un momento en que ya no se necesitan más casas ni más puentes ni más autopistas ni más trasvases. Dicho de otro modo, se trataba de un modelo de crecimiento frágil que tenía que hacer crisis en algún momento y tuvieron la suerte de que la crisis profunda se produjo en un momento en que ya no estaban en el gobierno y, por tanto, se la podían atribuir a sus contrarios.

¿Qué ocurre con la entonces oposición y hoy gobierno? Nada más llegar al poder se olvidó de la «burbuja inmobiliaria» y continuó haciendo exactamente lo mismo con la única excepción del famoso Plan Hidrológico que, al margen de cualquier otra consideración, puede que fuera la única obra pendiente realmente necesaria y que no se hizo.

En conclusión, nos encontrábamos en una situación de dificultad para competir -somos caros, no somos punteros en tecnología ni en otros elementos que signifiquen alto valor añadido- y esa situación fue disfrazada echándole ladrillos encima, tanto con el gobierno anterior como con el actual. Ésa es la crisis económica que es exclusivamente nuestra y sobre la que ni se hizo ni se hace absolutamente nada salvo empeorar cada vez más el sistema educativo, que es una de las claves para ser competitivos en el medio y largo plazo.  Ésa es también la crisis que hoy se camufla debajo de la crisis financiera para eludir la responsabilidad propia dándole ese componente de «internacional» que sí tiene la crisis financiera pero no la económica.

La crisis financiera está siendo además utilizada con gran contento de aquéllos que, tras la desaparición de la Unión Soviética, se quedaron huérfanos de referencias y anticipan que esta crisis representa el fin del capitalismo y del liberalismo económico.

Es una mentira más. Un auténtico liberalismo económico se sustenta sobre una intensa actividad del regulador destinada a que nadie pueda vallar a su antojo el terreno de juego y a procurar que haya información clara y contrastable y esto no lo digo yo. Lo dice alguien que ha demostrado saber bastante de esto como es el señor Friedrich Hayek en «Camino de servidumbre»:

No hay nada en los principios básicos del liberalismo que hagan de éste un credo estacionario; no hay reglas absolutas establecidas de una vez para siempre. El principio fundamental, según el cual, en la ordenación de todos nuestros asuntos debemos hacer todo el uso posible de las fuerzas espontáneas de la sociedad y recurrir lo menos que se pueda a la coerción, permite una infinita variedad de aplicaciones. En particular, hay una diferencia completa entre crear deliberadamente un sistema dentro del cual la competencia opere de la manera más beneficiosa posible y aceptar pasivamente las instituciones tal como son. Probablemente, nada ha hecho tanto daño a la causa liberal como la rígida insistencia de algunos liberales en ciertas toscas reglas rutinarias , sobre todo en el principio del «laissez faire».

La surrealista pero certera explicación de la televisión inglesa http://www.youtube.com/watch?v=ze_MOIWS26g o las realizadas en España http://www.youtube.com/watch?v=UDcjqqYM8Ho dejan claro que no existió tal información y que, si algo faltó, fue transparencia.

Ciertamente, en el ámbito de la crisis financiera, hay mucho trabajo que hacer en lo relativo a los reguladores y hay que buscar una respuesta al «quién vigila al vigilante» pero en este momento nos quedan vivas dos preguntas:

  • Si el sistema actual ha muerto, dígase claramente cuál se pretende que sea la alternativa.
  • ¿Qué se va a hacer en España para ir solucionando la crisis económica, la que es propia y no importada, de forma que pueda existir una recuperación real?

Las acusaciones mutuas sirven de poco, sobre todo cuando cada uno trata de eludir su parte y echar la culpa a otros y, mientras permanecen las discusiones sobre si son galgos o son podencos, ahí seguimos con el paro creciendo, con la deuda creciendo y sin que se vea ninguna decisión de trascendencia para el medio o largo plazo.