Categoría: Temas sociales y políticos
Los empleos del futuro que viene (Publicado en Capital Humano)
Este artículo tiene ya varios años. Lo he recuperado para el blog al comprobar que en el último libro de Ulrich Beck, «Un nuevo mundo feliz», se va tratando este mismo tema.
Pueden encontrarse también algunas reflexiones en la misma línea en «The empty raincoat» de Charles Handy.
A continuación pego el texto del artículo:
LOS EMPLEOS DEL FUTURO QUE VIENE
La principal preocupación de la sociedad española de nuestra época, según todas las encuestas, es el desempleo; no obstante, si observamos la evolución del mercado de trabajo, no parece que vaya a darse un aumento sustancial del número ni de la calidad de los empleos, incluso en el caso de que la coyuntura económica sea favorable.
Posiblemente, todo ello obedezca a que el empleo y su contrario, el desempleo, son productos de un modelo que fue inaugurado en la Revolución Industrial y que hoy está en crisis; antes de la Revolución Industrial no existía el desempleo y, desde luego, no sólo es porque no existiesen los sociólogos, las encuestas o el INEM; simplemente, se partía de una organización social en la que se realizaban actividades retribuidas pero no existían los empleos, como base de la organización del trabajo.
El empleo, al igual que el modelo del que procede, está en crisis porque parte de un principio que hoy resulta difícil de aceptar; el empleado vende su tiempo al empresario que lo administra a su mejor conveniencia. Los empresarios han protestado, con razón, por la rigidez de este modelo pero, cuando han tenido ocasión de pactar fórmulas de flexibilidad, se han limitado a abaratar los costes del despido y a eliminar cautelas legales sobre las funciones realizables por los empleados; estas recetas, supuestamente capaces de crear empleo a cambio de disminuir la calidad del existente, nos han llevado a ostentar, en paralelo, los poco deseables records europeos de desempleo y de precariedad laboral.
Si se pretende ofrecer una solución al problema del desempleo, ésta no puede consistir en mover de forma pendular los derechos de los trabajadores de forma que, cuando se crea poco empleo se disminuyen las garantías laborales y cuando las protestas sociales pasan de cierto tono se aumentan. Este juego tiene, además, dos subproductos indeseables que podrían ser objeto de un análisis por separado:
- En primer lugar, hemos asistido a la creación de dos castas de trabajadores: los que tienen empleo estable, que no están dispuestos a admitir la mínima rebaja en nombre de la solidaridad con los desempleados, y éstos últimos o los empleados precarios a quienes se vende su triste situación como una condición necesaria para ser empleables.
- En segundo lugar, la excesiva sensibilidad a la actividad sindical transmite la idea de que todo es negociable si se aplica el suficiente grado de presión; no hay nada que oponer al hecho mismo de la negociación pero, cuando se toma una decisión de despido colectivo, ésta es suficientemente importante para exigir que desde el primero hasta el último de los despidos estén plenamente justificados; entrar en un proceso de negociación sobre el número de bajas muestra que, o bien la decisión inicial se ha tomado de forma caprichosa y puede alterarse de igual forma o bien se está dispuesto a producir males mayores con tal de disminuir la presión en la calle.
No parece correcto ni éticamente aceptable que la flexibilidad sea introducida en forma de permisividad de los nuevos contratos, sea en niveles salariales, en precariedad o en carencia de mecanismos de protección social; es cierto que estos elementos disminuyen la presión sobre un sistema muy tensionado tanto por la inmovilidad de las plantillas con contratos antiguos como por el agobiante peso que para el Estado representan los mecanismos de protección por desempleo; sin embargo, admitir esta situación desde el Estado significa una ruptura de la igualdad de trato a ciudadanos que, al menos sobre el papel, tienen los mismos derechos; se habrían abandonado así los criterios exigibles de justicia social, favoreciendo preferentemente a los más protegidos por los paraguas legal y sindical, es decir a los que tenían más posibilidad de ejercer presión.
No todo es positivo, sin embargo, en el empleo estable aunque puede parecerlo si el único elemento de comparación es el empleo precario o el desempleo; el empleo, estable o no, tiene algunas semejanzas con la esclavitud; en ambos casos, el tiempo del trabajador es de libre disposición por parte del empleador, en ambos casos la relación de fuerzas es asimétrica, es decir, favorable al empleador y, en muchos casos, las limitaciones de horario o funciones son papel mojado.
Pocos negarían hoy que la flexibilidad cuantitativa y cualitativa de la fuerza laboral es una necesidad imperiosa; el mundo es cambiante y para tener opciones de sobrevivir en él las empresas necesitan poder cambiar de forma y tamaño casi instantáneamente; otra cosa distinta es que el peso de las medidas de flexibilidad tenga que caer íntegramente sobre los hombros de los trabajadores y, subsidiariamente, sobre los mecanismos de protección social del Estado.
Es poco probable que disminuya la necesidad de flexibilidad en el futuro entorno empresarial; sin embargo, es también poco probable que siga aceptándose como única vía de flexibilización el aumento en la asimetría de la relación laboral o que la disminución de esta última tenga que lograrse a través de la agrupación sindical. De hecho, los sindicatos son los principales perjudicados en el nuevo entorno porque su actividad se ejerce, sobre todo, en grandes empresas y entre trabajadores de cuello azul, especies ambas en clara regresión.
La disminución de plantillas en las grandes empresas y la especialización han dado lugar a una fuerza de trabajo atomizada y que raras veces se siente representada por la acción sindical; es cierto que la relación de fuerzas entre empleador y empleado no favorece al trabajador; sin embargo, no está claro que para cambiar esa relación sea necesario invitar a un tercero, el sindicato, que pone sobre la mesa sus propios intereses.
Es preciso generar alternativas de compromiso que respeten a la vez la necesidad de flexibilidad y la exigencia de una relación más igualitaria; las fórmulas para lograrlo ya existen y suelen aplicarse bajo el paraguas del autoempleo que, en países como Noruega, llega a significar el 40% de la fuerza laboral. Con distintas variantes, las fórmulas de flexibilidad alternativas a las actuales son las siguientes:
- Multidependencia; empleador y empleado mantienen una «promiscuidad», por la cual ninguna de las dos partes tiene un alto grado de necesidad respecto de la otra; esta multidependencia puede instrumentarse en contrataciones laborales a tiempo parcial o en la garantía de un nivel mínimo de actividad sin fijar la forma en que éste se llevará a cabo.
- Contratación por actividad realizada; el trabajador vende la realización de un trabajo en lugar de vender su tiempo disponible, es decir, gestiona su propio tiempo y es responsable ante el empresario de finalizar un trabajo en un plazo pactado.
La factibilidad de estas fórmulas está directamente vinculada al desarrollo de elementos de infraestructura como la informática y las telecomunicaciones y, consiguientemente, la posibilidad de trabajar a distancia gestionando el propio tiempo. Parece claro que todo instrumento que facilite la multidependencia es un promotor de la igualdad en la relación empresario-trabajador.
Sin duda, seguirán existiendo puestos de trabajo, entendidos en el sentido tradicional, donde la principal aportación del trabajador sea la disponibilidad de un tiempo prefijado para realizar determinado tipo de funciones; sin embargo, nuevamente podría ser el desarrollo masivo de los sistemas de información y de las telecomunicaciones el factor limitante para este tipo de actividad; como ejemplo, tenemos la aparición de sistemas telemáticos de Banca o las compras y los diversos servicios que pueden conseguirse por teléfono o por modem desde un ordenador.
La conclusión evidente es que los puestos de trabajo, entendidos como venta de tiempo, están condenados, en buena parte, a su desaparición y conversión en actividades o venta de trabajo realizado; sin embargo, existen intereses contrarios a esta transformación: es dudoso que el Estado acoja con entusiasmo la eclosión de una actividad económica menos controlable y, por tanto, más sumergible desde el punto de vista fiscal que la actual; los empresarios, por su parte, funcionarían en una relación mucho más igualitaria con el trabajador como contrapartida de una extrema flexibilidad y, por último, los sindicatos, en un entorno de igualdad en las relaciones empresario-trabajador, perderían toda razón de existencia.
Se hace, a pesar de estos problemas, imprescindible abandonar un marco laboral centrado en la dimensión permanencia-precariedad y abrir nuevas dimensiones representadas por la multidependencia y por las dependencias cruzadas; la flexibilidad, hasta ahora, ha sido entendida como la capacidad para arrebatar a bajo coste a un trabajador su medio de vida; esto que, desde un punto de vista empresarial, tiene una perfecta lógica, es inadmisible desde un punto de vista social y genera muchos más problemas de los que resuelve.
Cuando una empresa despide a un trabajador se ponen en marcha unos mecanismos de protección social que son pagados por la sociedad, de la que forma parte la propia empresa, a través de unos impuestos que se ven obligados a crecer; a su vez, los impuestos representan una pesada carga para la competitividad de las empresas que limitan las contrataciones como respuesta……….repitiendo el ciclo y generando una espiral de descenso de la competitividad.
Las fórmulas de reparto del trabajo existente entre más trabajadores, tan frecuentes en épocas electorales, tampoco aportan nada sustancial; no se soluciona el problema de rigidez y se encarecen costes asociados al empleo como la formación o la propia coordinación organizativa; eventualmente, podrían resultar fórmulas válidas a corto plazo desde el punto de vista social pero empeoran la capacidad de competir y, por ende, la situación social a medio y largo plazo.
Normalmente, para salir de cualquier círculo vicioso, es necesario cambiar el enfoque para eliminar el elemento distorsionador; éste es, en nuestro caso, el establecimiento de una falsa identidad entre empleo y medio de vida; es cierto que todos necesitamos un medio de vida pero no está claro que las únicas formas válidas de conseguirlo sean el empleo fijo o un patrimonio elevado. El dato citado del nivel de autoempleo en Noruega (40%) contrasta con su equivalente español (13%) y nos señala por donde podría ir el próximo futuro.
Posiblemente llegue un momento en que la administración del propio tiempo se considere un derecho inalienable del trabajador y que éste venda, en lugar de un número fijo de horas, el fruto de su trabajo; esto significará, sin duda, que la variabilidad del volumen de actividad y de los ingresos asociados no será un fenómeno asociado a las empresas sino también a los trabajadores.
Un sistema que exige ingresos empresariales variables y costes de personal constantes, si quiere sobrevivir, necesita una previsión muy afinada, grandes ingresos o mínimos costes de personal y, si es posible, las tres cosas a la vez; cualquier otro escenario distinto pone la estabilidad de la empresa en peligro. Si, por el contrario, admitimos que los niveles de actividad e ingresos de los trabajadores pueden ser variables, además de disminuir la inestabilidad, rompemos dos dicotomías muy arraigadas y que cada día son más dudosas; éstas son empleo-desempleo y empresario-trabajador.
Desde un punto de vista tradicional en cuanto a la división de papeles empresario-trabajador, podría argumentarse que la situación de ingresos variables y costes fijos es intrínseca al oficio y al riesgo del empresario y no al del asalariado; tal vez, pero en una situación de carencia generalizada de empleos, la eventualidad de cierre y despido consiguiente representa también para el trabajador, y no sólo para el empresario, un grave riesgo. Parece lógico, por tanto, que el trabajador también trate de disminuir su riesgo y la vía para ello no es la obtención de empleo e ingresos fijos sino, muy al contrario, la multidependencia y los ingresos variables; un empleo no puede ser más estable que la empresa que lo ha generado y empecinarse en esta fórmula supone poner en riesgo la totalidad de los ingresos y jugar a la ruleta con el propio medio de vida.
La vida de los otros
Una película larga que no se hace larga. Las tribulaciones de un agente de la Stasi en la RDA y cómo va cambiando a medida que se va metiendo en la vida de las personas a las que espía captan el interés y dibujan espléndidamente un ambiente de miedo y espionaje.
Por añadidura, el final huye de recetas facilonas y resulta simplemente magistral.
Los sindicatos y el mercado de trabajo
NOTA.- Este artículo fue publicado en Capital Humano en 1995. Lo he subido al blog porque, curiosamente, doce años después continúa siendo actual.
Hasta fechas recientes se ha producido con relación a los sindicatos una situación de «autocensura» informativa, fenómeno ilustrado por Revel en su libro El conocimiento inútil y cuya existencia puede certificar cualquier observador de la realidad española. La crítica es, sistemáticamente, descalificada por atribución al crítico de posiciones opuestas e interesadas; si además el criticado es más poderoso que el crítico, en términos de capacidad de comunicación pública, la opción más prudente y más usual es el silencio.
En este momento, sin embargo, la crítica al papel actual de los sindicatos puede ser más profunda; no se trata sólo de tácticas callejeras que contribuyen más a crispar al ciudadano medio que a defender a los trabajadores sino que su entrada sin reservas en la arena política ha dejado sin realizar algunas tareas básicas para el buen funcionamiento del mercado laboral.
La pobre actuación de los sindicatos en casos como Santana, Gillette y muchos otros dejan claro que nuestros sindicalistas son mucho más diestros en los pasillos de la Administración que en otros ámbitos donde podrían ejercer una fuerza mucho mayor; en consecuencia, presionan y critican a la Administración que, a su vez, no tiene fuerza real en una economía de mercado para preservar los puestos de trabajo que desaparecen.
Podemos decir con justicia que los sindicatos actuales han considerado que su terreno es el político; incluso en sus manifestaciones públicas, destacados sindicalistas se presentan a sí mismos como defensores de intereses generales (por contraposición a intereses de partido) o atribuyen su legitimidad al hecho de haber ganado unas elecciones (en lugar de al nivel de afiliación); por añadidura, los líderes son en algunos casos políticos en excedencia sin una trayectoria conocida en el ámbito sindical.
Entretanto, los niveles de desempleo continúan aumentando sin que haya habido más acción encaminada a atacarlos que una Reforma Laboral, criticada y criticable pero sin que se hayan presentado otras alternativas serias.
La situación de nuestro mercado de trabajo actual recuerda en su esquema de funcionamiento al proceso por el cual el desierto del Sahel se convirtió en tal desierto; en un excelente ejemplo de Senge en La quinta disciplina, éste muestra el proceso de la siguiente forma:
“……..cada pastor tenía incentivos para expandir su rebaño de cebúes, por razones económicas y de prestigio social. Mientras las tierras comunes de pastoreo tenían tamaño suficiente para soportar ese crecimiento, no hubo problemas. Pero a principios de los años 60 el pastoreo empezó a ser excesivo y la vegetación de la zona empezó a ralear. Cuanto más raleaba la vegetación, más excesivo era el pastoreo, hasta que se llegó al extremo de que el ganado consumía más follaje del que podía generar esa comarca………..Crecía menos vegetación, la cual era consumida vorazmente por los rebaños, alentando aún más la desertificación……A principios de los años 70, había perecido del 50 al 80% del ganado y buena parte de la población del Sahel estaba en la indigencia”.
El paralelo con la situación del mercado de trabajo resulta bastante claro; actualmente, en Estados Unidos, es decir, en España en breve plazo, se empieza a hablar de la sociedad sin trabajadores, es decir, una sociedad donde la rutina de la asistencia diaria a una actividad remunerada será más la excepción que la regla.
Para las capas mejor formadas y más demandadas de la población activa, este cambio puede suponer una mejora por disminución de horas de trabajo sin una disminución proporcional de ingresos; sin embargo, la gran masa de esa población, que es el público de los sindicatos, tiene una situación mucho menos halagüeña.
La vieja división entre capital y trabajo ha perdido todo sentido; existen empresas cuyo principal capital está en la cabeza de sus trabajadores, cabeza que, naturalmente, se llevan puesta cuando abandonan la empresa; los sindicatos y algunos partidos políticos se centran por ello en una discusión vieja que, aunque sea importante, está haciendo que se pierdan de vista elementos más primarios para el futuro de nuestra sociedad.
Hoy, centrarse en quién debe ostentar la propiedad del capital o cuál es la retribución justa del trabajo permite que se nos escape entre los dedos el hecho de que ambos factores pueden sustituirse entre sí y que se obtienen mayores rendimientos por aplicación de capital, en forma de tecnología e infraestructuras, que por aplicación del trabajo humano.
Siguiendo esta lógica, virtualmente en todos los sectores se ha producido una desertificación en términos del número y calidad de empleos ofrecidos; el capital no sólo aumenta la productividad sino que permite ofrecer unos niveles de servicio inalcanzables mediante la aplicación de mano de obra intensiva. Imaginemos servicios como los cajeros automáticos o las tarjetas de crédito sustituyendo su infraestructura tecnológica por puestos de trabajo……..simplemente, sería inviable.
Además de este hecho, y siguiendo el paralelismo con el esquema de desertificación, se produce una situación de fuerte competencia, tanto a nivel nacional como internacional donde el primero que disminuya el ritmo de destrucción de empleo y sustitución por capital puede pagar con su desaparición como empresa; en consecuencia, cualquier gerente no tiene otra alternativa que participar en una carrera destructora de empleo aunque, a corto plazo, sirva para aumentar la productividad y mejorar la posición competitiva.
Como en el caso del desierto del Sahel, la empresa individual actúa lógicamente cuando busca constantes aumentos de productividad por inversión de capital; sin embargo, desde el punto de vista colectivo se producen algunos efectos colaterales que pueden, a medio plazo, disminuir o eliminar las ganancias obtenidas por esta vía.
A medida que transcurre el tiempo, aumenta la proporción de personas sin actividad remunerada, estén o no en situación de desempleo, en relación con las personas que sí tienen una actividad remunerada y el Estado tiene que atender sus obligaciones de protección social con este grupo de población que crece en forma de jubilados, pensionistas por invalidez, desempleados, estudiantes, jóvenes en búsqueda de primer empleo, etc.
La forma más “creativa” de paliar el problema es el aumento de impuestos; sin embargo, esto significa que parte de la productividad obtenida por inversión de capital desaparecerá al hacer frente a las obligaciones fiscales; en última instancia, el trabajador que sale de una nómina puede llegar a ser pagado por la misma empresa que le ha despedido en forma de impuestos.
Si esta dinámica de destrucción de empleo se mantiene, es por varios factores que suavizan aunque no anulan el hecho señalado en el párrafo anterior:
Primero: No existen incentivos fiscales al mantenimiento del empleo; por el contrario, los costes de Seguridad Social, que bajo el esquema actual pueden justamente considerarse como un impuesto más, gravan diferencialmente a las empresas con más trabajadores; la importancia de este factor queda reflejada en el hecho del “boom” de contratos indefinidos que se produjo durante los años en que se incentivó este tipo de contratos mediante una bonificación en la Seguridad Social durante toda la vida del contrato objeto del incentivo.
Segundo: La economía sumergida, que goza de mejor salud cuanto más altos son los niveles impositivos, es un paliativo de situaciones de desprotección social que de otro modo serían intolerables.
Tercero: No todo el coste económico del desempleo creciente recae sobre quien lo provoca sino que la diversidad de impuestos existentes reparte dicho coste en el conjunto de la población.
Es necesario insistir en el hecho que desde la empresa individual no cabe esperar ninguna solución porque las presiones competitivas no permiten actuar de forma distinta a la actual.
Desde el nivel político, cabe esperar actuaciones desde el punto de vista del incentivo fiscal pero, a su vez, el nivel político también tiene claras barreras a su actuación en la forma de acuerdos internacionales sobre la protección de mercados.
Resulta, por exclusión, que la institución que puede mantener una visión global y a la vez tiene menos cortapisas a su actuación es el sindicato; hasta ahora, esa libertad de actuación se ha expresado más en forma de cortes de carreteras, huelgas y algaradas callejeras que en otro terreno donde disponen de una fuerza no utilizada.
Si, como parece, una de las funciones de un sindicato debería ser proteger el nivel de empleo, están dejando pasar oportunidades de oro para cumplir con dicha función; parece claro que, a pesar de la situación de crisis, España continúa siendo un mercado interesante tanto por nivel demográfico como por poder adquisitivo; por ello, cuando una empresa decide buscar lugares más baratos para fabricar, ello no significa una renuncia al mercado español sino una optimización de costes.
Un sindicato, no sujeto a acuerdos políticos sobre proteccionismo, podría gestionar profesionalmente este hecho y generar listas de empresas recomendadas y no recomendadas en función de su política de empleo en nuestro país; si esto se realiza de forma profesional, sin sectarismos y con un criterio claro de defensa del empleo, podría contribuir a disminuir riesgos para aquéllos que decidan establecerse en España (que saben que contarán con una recomendación positiva de consumir sus productos) y a aumentar el riesgo de la decisión de abandono porque, obviamente, la recomendación sería negativa.
Compárese esta hipotética actuación, con un uso adecuado de los medios informativos, en relación con la pintada, la pancarta, el corte de carreteras y las manifestaciones; la política de “la calle es nuestra” es negativa por tres razones:
Primero: Es necesario que cuente con la aquiescencia de las autoridades locales o nacionales; el fracaso de la huelga general del 27-E donde, por primera vez, hubo una cobertura policial de las zonas potencialmente conflictivas, es bastante expresivo al respecto.
Segundo: La imagen que dejan los incidentes al ciudadano medio, no directamente afectado, no es todo lo positiva que los dirigentes sindicales pretenden y hasta puede ser contraproducente.
Tercero: La estrategia de exhibición callejera tiene un alto coste y no puede mantenerse de forma indefinida; hace varios meses, una empresa americana decidió cerrar las puertas de una fábrica situada en Andalucía y, sin embargo, sus productos pueden verse en los mismos lugares en que estaban antes del cierre.
Como conclusión, el mantenimiento del empleo es una labor que afecta a múltiples partes; el Gobierno y el poder legislativo tienen mucho que decir pero tienen compromisos ineludibles; los gerentes de empresas individuales, dentro de un contexto de competencia feroz y de lucha por la supervivencia, no pueden hacer otra cosa, sea cual sea su idea al respecto. Son los sindicatos quienes, por visión global y por ausencia de compromisos políticos pueden contribuir de forma decisiva a modificar la situación y ahí podría haber un motivo para desear su renacimiento desde una profunda crisis como la actual si son capaces de asumir el reto.
Una historia de la guerra civil española que no deja contento a nadie (Juan Eslava Galán)
Juan Eslava Galán acaba de sacar una nueva historia de la guerra civil en la que, ya en el título, anuncia orgullosamente que no dejará contento a nadie.
Normalmente, es cierto que es un orgullo no dejar a nadie contento sobre un tema como ése. La práctica totalidad de los historiadores tienen una posición de partida claramente definida y buscan documentos y argumentos que apoyen esa posición ignorando los que la refuten. De este modo, puede decirse que mienten sin mentir mediante una selección de datos dirigida por una finalidad previa.
Eslava Galán ha tratado de situarse a la mitad, lo que también tiene escaso mérito. Es cierto que un historiador que no partiese de ideas preconcebidas y se embarcase en una tarea investigadora y dejase que ésta fuese marcando el rumbo, es muy probable que no dejase contento a nadie. Eslava Galán no lo hace pero no porque haya actuado así sino porque ha tratado en todo momento de mantener la equidistancia y ésa, le guste o no a Eslava Galán, es otra forma de mentir.
Algunas muestras:
En el archiconocido asunto de Paracuellos pasa de puntillas diciendo que Santiago Carrillo dice que no sabía nada y que esto es creíble porque tenía el pobre mucho trabajo y, además, esto se produjo solo una temporada porque fue cortado por Melchor Rodríguez. Se le olvida a don Juan Eslava añadir que fue múltiples veces advertido por el entonces cónsul noruego en España y tanto él como Margarita Nelken optaron por no hacer caso y desaparecer; se le olvida también que el papel de Melchor Rodríguez fue digno de todo elogio y también pasa por encima de eso -al fin y al cabo, los anarquistas no están de moda ahora y Melchor Rodríguez lo era- y, sobre todo, se le olvida que, precisamente por eso, Melchor Rodríguez fue destituido para continuar con las matanzas sin trabas.
Personajes de primera categoría tanto en lo político como en lo humano como el socialista Julián Besteiro prácticamente desaparecen de su pluma y otros más discutibles pero que, con la perspectiva del tiempo, probablemente podrían haberse considerado positivos como Indalecio Prieto no corren mucha mejor suerte. Tal vez no son los perfiles más conocidos y era más interesante centrarse en aquellos de los que todo el mundo opina incluso hoy para vender más libros. Eso sí; esa actuación deja la duda de si se trataba de un libro de historia o de un «reality-show» escrito.
Un trabajo serio le llevaría inevitablemente más cerca de un lado que del otro en algunos temas y al contrario en otros; incluso ese trabajo serio nunca debería llevar la contabilidad de cuántas veces se ha situado a un lado y cuántas a otro. Lamentablemente, no parece que se buscase conseguir un trabajo serio sino un título bonito. Si ése era el propósito, enhorabuena. Lo ha conseguido.
¿Se pueden pactar deslocalizaciones con sindicatos?
Durante los últimos tiempos, la idea de que las deslocalizaciones tuviera que ser pactada con los sindicatos está apareciendo en distintos medios de comunicación y cobra más fuerza cada vez que aparece algún caso de cierta envergadura como, por ejemplo, Delphi.
Me encuentro entre los que llevan tiempo afirmando que los sindicatos pueden acabar ejerciendo un papel proteccionista imposible de ejercer por los Estados gracias a los acuerdos de libre comercio. Sin embargo, la idea de una norma en el sentido en que se está proponiendo en los últimos tiempos es sencillamente absurda.
Podría esperarse que un sindicato hiciera una campaña publicitaria contra una empresa que quiere llevarse sus instalaciones productivas y, de esta forma, conseguir que no salgan los números.
Al fin y al cabo, la deslocalización se sustenta sobre una idea simple: Conservar el mercado y rebajar los costes operativos. Si mediante campañas de imagen se consigue romper la primera parte de la ecuación, es posible que haya quien encuentre que le resulta mejor mantener unos costes más altos si, al mismo tiempo, mantiene también un mercado interesante.
Eso es una algo que incluso puede considerarse que entra dentro de la actuación legítima de un sindicato pero…¿pactar deslocalizaciones? ¿cuáles son las contrapartidas? ¿qué interés tiene la empresa que se marcha en pactar cuando no tiene más que hacer el equipaje? ¿qué interés puede tener un sindicato en pactar una pérdida de puestos de trabajo? Sólo se me ocurre una: Contrapartidas para el sindicato en lugar de para los trabajadores que van a perder su empleo.
Desde luego, no hay muchas más opciones. En principio, la empresa que se va quiere deshacer una inversión y no tiene nada que pactar. Si el Estado interfiere y exige el acuerdo con sindicatos ¿cómo obligar a la empresa? Hay dos formas y ninguna es buena:
Primera: Cuando una empresa quiera establecerse en España, exigir un compromiso de que, en caso de retirar sus inversiones, tenga que existir el pacto con los sindicatos.
Segunda: Aprobar una legislación que, en caso de que tal pacto no se alcance, establezca algún tipo de confiscación o sanción que, por su cuantía, pueda considerarse que tiene ese carácter.
Cuando la Junta de Andalucía amenazó a Delphi si se marchaba, quien la llamó al orden no fue ningún miembro de la oposición política sino el propio ministro de Economía, Pedro Solbes, con un argumento difícil de rebatir: Si ponemos barreras al que se quiere ir, el que esté pensando en venir irá para otro lado.
Éste es el gran argumento en contra de este tipo de pactos pero hay más:
A las empresas ya establecidas y que deseen marcharse, esta intervención del Estado podría obligarlas a entrar en los viejos caminos de la corrupción y a «comprar» el pacto con los sindicatos.
Tanto las que ya están como las que podrían venir no tendrán el menor interés en invertir ni un céntimo más en España.
Puede ser legítimo condicionar la concesión de ayudas a compromisos de permanencia pero no se puede pasar de ahí. Algunas regiones españolas pueden estar empezando a ser un lugar poco atractivo para las inversiones extranjeras gracias, entre otras cosas, a la política.
La consecuencia está siendo la desaparición de un conjunto de empresas que prefieren buscar otros sitios donde sean mejor tratadas como ha dejado en evidencia el caso sangrante de Pescanova, empresa gallega que construye una factoría en Portugal ante las trabas que encuentra en Galicia.
Al tratar de impedir la fuga de empresas por procedimientos como la exigencia del pacto con los sindicatos se estaría provocando al mismo tiempo que los que no están no tengan el menor deseo de acercarse y que los que están busquen subterfugios para reducir su inversión.
Nos guste o no, en España hay una situación complicada que la política, en lugar de suavizar, agrava: Hace años que no somos un país de mano de obra barata y nunca podríamos competir, por ejemplo, con China. Al mismo tiempo, tampoco somos un país que destaque por valor añadido y hay otros países que nos llevan una gran delantera.
¿Qué nos queda? ¿El turismo de sol y playa? Si se quiere conseguir un país competitivo, hay que conseguir un país atractivo tanto para empresas como para profesionales cualificados atrayendo capital tanto financiero como humano.
Si, en lugar de eso, se opta por pretensiones como el pacto con los sindicatos, lo único que se estará haciendo -una vez más- es empeorar la situación y otorgarles una representatividad que las cifras de afiliación dicen a todas luces que es ficticia.
In my country
Toda la película gira en torno al final del periodo del apartheid en Sudáfrica. Cualquier visitante del país se extrañará al no ver ningún síntoma de tensión racial como la que puede experimentarse, sin ir más lejos, en Estados Unidos.
El país tiene los suficientes encantos para enamorar a cualquiera (salvo a Javier Reverte, quien afirma en uno de sus libros de viajes que no volverá por allí) tanto por sus espectaculares paisajes como por la enorme amabilidad de su gente sin rastro de servilismo y eso con independencia de razas, etnias o cualquier otra condición.
La película se aleja de los estereotipos al uso de «bueno-malo-negro-blanco» y deja asomarse a la realidad de Sudáfrica tal como es; una Sudáfrica donde los blancos no se consideran europeos mal aparcados sino africanos y donde hablan con el mayor de los respetos de Nelson Mandela.
Las historias secundarias en la película quedan mal resueltas pero el tema central da una panorámica magnífica del país y de su transición. Muy recomendable aunque solo fuera por la impresionante e intemporal belleza de Juliette Binoche.
La Crisis del Capitalismo Global (George Soros)
Posiblemente, George Soros es, por muchas y buenas razones, uno de los personajes más controvertidos del mundo actual.
Es fácil de criticar el hecho de que alguien que critica las contradicciones de un sistema capitalista global sea uno de sus principales beneficiarios; no obstante, la respuesta a esta contradicción nos la facilita en el propio libro bajo el concepto de falacias fértiles que define comoconstrucciones defectuosas con efectos inicialmente beneficiosos.
Ni sus más acérrimos críticos pueden negarle a Soros la condición de hombre práctico; la consecuencia práctica de sus falacias fértiles la menciona antes incluso de introducir el concepto diciendo…. las deficiencias de las ideas y las organizaciones institucionales dominantes sólo se hacen evidentes con el paso del tiempo…..me ha animado a buscar los fallos en todas las situaciones y, cuando los he encontrado, a aprovechar la idea. En mis tratos financieros, el descubrimiento del error ha representado a menudo una oportunidad para obtener cualesquiera beneficios que hubiera obtenido a partir de mi idea inicial equivocada.
Ciertamente, la idea es interesante y tiene, como toda la obra, una profundidad que hace que el libro no pueda ser considerado “un libro de un millonario” aunque, obviamente, es un libro y no menos obviamente, su autor es millonario; sin embargo, al margen de la más que probable corrección de estilo y de la excelente traducción (esta última no es mérito de Soros pero sí indica el cuidado puesto en el producto final), el libro se aleja de las vidas ejemplares donde personajes públicos nos hacen ver, por sí mismos o a través de sus hagiógrafos, su dimensión sobrehumana a la par que su humildad franciscana (Véanse Iacocca, Geneen, Superlópez, Mario Conde, Margaret Thatcher, Henry Kissinger, Richard Nixon, Felipe González, José María Aznar, etc).
La constante referencia a Popper y el uso que el autor ha hecho de su esquema mental y filosófico para atisbar las posibles falacias fértiles, y sus oportunidades de inversión asociadas, recuerda un divertido ejemplo mostrado por Fernando Savater[1] de una novela[2] en la que el protagonista, profesor de filosofía, utiliza su conocimiento de las distintas escuelas de pensamiento para cometer atracos a Bancos, siguiendo en cada atraco las pautas de una escuela distinta.
Posiblemente sea injusto despachar a Soros con la idea de que ha aprovechado una estructura mental o, como dicen algunos, una cabeza bien amueblada, entre otras cosas gracias a la profundización filosófica, para convertirse en multimillonario; si, entre las distintas ideas del libro, tuviéramos que escoger una sola, un resumen de la más relevante podría ser el siguiente:
Estamos en una economía global que no tiene sistemas de control globales; en consecuencia, esa economía global está fuera de control y dirigida por una especie de ideología denominada fundamentalismo de mercado; esta ideología consiste en la creencia de que la búsqueda por parte de todos de sus fines individuales lleva a los mercados a un estado de equilibrio. Punto.
Esta contradicción, llevada al nivel individual, la aplica Soros para explicar su propia actuación en los mercados financieros a pesar de su presunta bonhomía intelectual; la explicación no puede ser más clara:
“Como actor del mercado, intento maximizar mis beneficios. Como ciudadano, me preocupan los valores sociales: la paz, la justicia, la libertad, o lo que sea. No puedo dar expresión a estos valores como actor del mercado. Supongamos que las reglas que rigen los mercados financieros deban cambiarse. No puedo cambiarlas unilateralmente. Si me impongo las reglas a mí mismo pero no a los demás, afectarían a mi propia actuación en el mercado pero no afectarían a lo que sucede en los mercados porque ningún actor por sí solo se supone capaz de influir en el resultado”…
En otras palabras; si no lo hago yo, lo hará otro mientras no exista una autoridad superior que nos lo impida a ambos… justificación que podría valer desde el punto de vista de funcionalidad del sistema pero, desde luego, no desde el de la ética y valores personales a los que alude.
El razonamiento está trucado y, con toda seguridad, ello no se le ha escapado a un personaje del nivel intelectual de Soros; como él mismo indica, existen dos ámbitos de actuación distintos: el del individuo y el del conjunto. Éste último está regido por la ley de los grandes números y la actuación del individuo sobre el mismo es irrelevante; sin embargo, no es legítimo que un individuo, como tal, justifique su acción basándose en sus efectos o ausencia de los mismos sobre el gran y complejo mundo en que vivimos.
Usando idéntica lógica a la usada por el autor, podría justificarse la comisión de un asesinato como acción individual dado su escaso impacto sobre las estadísticas de población; además, si no lo hubiera cometido él mismo, finalmente la víctima habría muerto en cualquier caso y, puesto que vivía en una barriada peligrosa, es fácil que hubiera sido igualmente asesinada por otro…..
La tergiversación es tan visible que ni siquiera vale la pena añadir el argumento de que difícilmente puede considerarse un mero individuo a alguien con el potencial económico de Soros y que, debido a esto, sus actos sí pueden tener impacto en una dinámica global.
Otro concepto interesante utilizado por el autor es el de reflexividad; no obstante su interés, debe hacerse notar que la única aportación nueva es el nombre; las profecías autocumplidas, si nos movemos en el ámbito de la sociología, o la proalimentación, si nos movemos en el ámbito del pensamiento sistémico, se refieren exactamente al mismo fenómeno.
No es sorprendente que Soros conceda tanta importancia al fenómeno de la reflexividad, o cualquier otro nombre con el que queramos denominarlo; algunos mercados financieros de elevada volatilidad, como los que negocian operaciones de cobertura, son especialmente sensibles a este fenómeno:
La difusión de programas informáticos, atentos a las cotizaciones y con unos parámetros muy parecidos, hacen que una pequeña caída (o alza) de las cotizaciones provoque una reacción en cadena, una vez que los programas alcanzan su nivel de alerta y generan la consiguiente orden de compra o venta.
En el caso de Soros, este fenómeno tiene incluso un significado de carácter personal; cuando George Soros era una figura relativamente desconocida, podía tomar sus decisiones y acertar o equivocarse como cualquier otro actor del mercado; una vez que ha llegado a ser un personaje mundialmente conocido, son muchas las cámaras que están pendientes de su actuación.
La administración de información y desinformación y de las palabras y los silencios representan, en su caso, un factor mucho más importante que la capacidad prospectiva para acertar en el 100% de las oportunidades de inversión; en sus propias palabras es fascinante pensar en cómo mi actual personalidad “carismática” está relacionada con los mercados financieros y con mi yo anterior como gestor de fondos. Me cualifica para hacer tratos e incluso para manipular los mercados… mis palabras pueden mover mercados… al mismo tiempo he perdido la capacidad para actuar dentro de los límites del mercado como solía hacer.
Por último, en el catálogo de conceptos principales destaca el fundamentalismo del mercado; la utilización del libre mercado y de la competencia más como una religión que como un medio es, según Soros, uno de los factores que ponen en peligro la sociedad abierta de su admirado Popper.
Según Soros, la dinámica del mercado ha ido invadiendo, en calidad de ideología dominante, ámbitos que no le corresponden y es a esta invasión a la que denomina fundamentalismo de mercado; donde hay una carencia de valores, ahí estaría el mercado para imponer sus esquemas y sus creencias respecto al buen funcionamiento.
Al igual que se comentaba respecto a la reflexividad, la invasión de un ámbito que no le es propio por parte de una ideología triunfante no es nueva; si hacemos un breve repaso por la psicología del siglo XX encontraremos que Thomas Watson descubrió las reglas del aprendizaje y, animado por el éxito obtenido, trató de explicar todo el psiquismo humano basándose en ese único fenómeno dando lugar a una escuela groseramente simplista.
Sigmund Freud, por su parte, descubrió la importancia de la sexualidad y de los fenómenos inconscientes; al igual que Watson, se animó y explicó todo el psiquismo en estos términos…
La psicología de la Gestalt, más tarde, descubrió los fenómenos perceptivos y ¿cómo no? trató de explicar todo el psiquismo en base a la percepción; la llegada de los psicólogos cognitivos, impresionados con la informática, y en algunos casos procedentes de ella, consistió en tratar de equiparar al cerebro con un procesador de información importando conceptos de la informática, etc…..
Este abandono momentáneo del ámbito que nos ocupa trata de ilustrar una idea que no es nueva; la tendencia que está en la cumbre tiene siempre un afán de expansión; Kuhn[3], en su clásico texto, nos da numerosos ejemplos al respecto; volviendo al “fundamentalismo del mercado” de Soros, no parece extraño que el capitalismo triunfante y ascendido a la categoría de pensamiento único, más por deméritos ajenos que por méritos propios, trate de exportar su modelo fuera del ámbito económico.
No debería, en principio, ser motivo de mayor inquietud el que se produzca un fenómeno que, sistemáticamente, ha venido repitiéndose en los últimos siglos; hay, no obstante, un elemento nuevo que podría llevarnos a darle la razón a Soros en su preocupación o, al menos, a no rechazarla de antemano; al inicio del libro, se hace la diferenciación entre la inversión financiera y la inversión directa señalando las grandes ventajas que tiene la primera para el inversor con relación a la segunda:
La facilidad de movimiento como ventaja para el inversor se transforma en volatilidad desde el punto de vista del país que recibe la inversión y que, lógicamente, prefiere inversiones directas; el hecho de hallarnos en una edad dorada del capitalismo financiero (no hay fronteras para el dinero) junto con el hecho de que el dinero se mueve a la velocidad de la luz por las redes de telecomunicaciones podría llevarnos a la siguiente reflexión:
El “fundamentalismo del mercado” de Soros no es un fenómeno nuevo; en el pasado se han dado fenómenos similares y, en todos los casos, la doctrina dominante ha retrocedido a posiciones más razonables una vez alcanzado su nivel de incompetencia fuera del ámbito que le es propio; podemos suponer razonablemente que ocurrirá lo mismo con el “fundamentalismo del mercado” y se volverá a posiciones menos extremas; sin embargo…
La falta de existencia, denunciada en el libro, de mecanismos de control mundiales para una economía mundial y la rapidez con que esta última se mueve ¿podría llevarnos a una situación de colapso antes de que el “fundamentalismo del mercado” pierda el cetro de ideología dominante?
Si aceptamos que, desde tiempos inmemoriales, vienen repitiéndose procesos de cambio pendular con una tendencia última al equilibrio, no concederemos excesiva importancia a la denuncia de Soros aún admitiéndola como cierta; sin embargo, la velocidad de los movimientos y el rápido aumento de importancia ¿pueden darle tal velocidad y tal masa al péndulo que dificulten o imposibiliten el regreso al equilibrio?
En suma, aunque no se comparta con Soros la proyección lineal que parece hacer de tendencias actuales (que no tienen por qué permanecer en el futuro), sí podría ocurrir que los vaivenes ideológicos sean más lentos que la dinámica económica mundial y, como consecuencia, se llegase a un punto sin retorno antes de que la rectificación se produjese de forma natural.
Dicho lo anterior, hay que señalar que el principal atractivo del libro de Soros no está en los conceptos utilizados; realmente, los conceptos que aparecen son pocos (en algunos casos ya apuntados lo único nuevo es el nombre) sino la forma en que liga éstos para llevarnos a la idea de crisis.
Soros parte de un ideal: el propugnado por Karl Popper en su libro La sociedad abierta y sus enemigos[4]; hay que recordar que este libro fue escrito en 1945, a la finalización de la Segunda Guerra Mundial, y que el propio Popper tuvo su experiencia como huido de la Alemania nazi; en consecuencia, todo el libro, si se disculpa la simplificación, es un alegato contra un modelo cerrado de sociedad proponiendo en su lugar otro modelo abierto.
Tan influido ha sido Soros por Popper y el libro citado que su primera fundación fue llamada precisamente Open Society Fund y buena parte del libro es, simplemente, su personal visión de la filosofía popperiana y la utilización de la misma en asuntos tan pragmáticos como los mercados financieros.
El libro ha sido utilizado como excusa para difundir una filosofía personal y no es reductible a lo que indicaría el título; en relación con éste, toda la tesis del libro podría quedar resumida en el párrafo anteriormente destacado en recuadro; existen muchos otros elementos, no pertenecientes a este contexto concreto, y por tanto fuera del hilo conductor de la obra, a pesar de lo cual tienen un gran interés.
Uno de los asuntos a los que se hace mayor cantidad de referencias explícitas y no explícitas es el criterio de falsación de Popper, posiblemente su contribución más conocida a la filosofía; éste es utilizado por Soros, que activamente busca “falsar” las tendencias dominantes y, si lo consigue, entiende que cuanta mayor distancia logre establecer respecto de la tendencia dominante mayor es el potencial de beneficio (o de pérdida, tendríamos que añadir).
Especial relevancia tiene el tratamiento que le da a las ciencias sociales en relación con lo que denomina fenómeno de la reflexividad; la no consideración de científicas de las que, a tenor de lo dicho, deberían ser denominadas “algo” sociales pero no ciencias puede no ser muy bien aceptada en círculos académicos; sin embargo, algunos elementos deberían ser valorados al respecto:
El mimetismo que, en muchos momentos, se ha producido en las ciencias sociales respecto de las ciencias naturales ha llevado a las primeras a producir enunciados de un reduccionismo brutal; cualquier persona con los ojos abiertos y cuya formación universitaria básica se encuentre en los ámbitos de sociología, psicología, pedagogía, etc. es consciente de con qué frecuencia se ha seguido aquel comportamiento machadiano de despreciar cuanto se ignora porque no encaja en los estrechos corsés del método científico.
Explicaciones del psiquismo humano como las facilitadas por el conductismo son incapaces, debido a las restricciones impuestas por el método científico y su limitación a lo directamente observable, de explicar la conducta de las ratas con las que experimentan (con mayor motivo, son incapaces de explicar la conducta humana).
Posiblemente, tendríamos que llegar a una conclusión similar a la expresada por Fernando Savater[5] en el sentido de diferenciar soluciones y respuestas:
La misión de las ciencias naturales sería la de facilitar soluciones y, una vez facilitada la solución, quedaría cerrado el problema; por su parte, la misión de las ciencias sociales sería la de facilitar respuestas que, en todo caso, serían provisionales y no dejarían cerrado el problema.
El propio manejo de Soros de conceptos como el ya indicado de las falacias fértiles responde a esta idea sobre las ciencias sociales; la conducta de no me importa lo que es sino lo que consigue que hay bajo ese concepto responde a un rechazo a todo tipo de objetividad de las ciencias sociales.
Las creencias o las comunicaciones pasan a tener un valor instrumental haciendo cierta la frase brutal de Revel[6] la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira; esto, que parecía limitado a la actividad política en tiempos de campaña electoral, es transportado con notable éxito al ámbito financiero por el autor.
Parte de las críticas de Soros a las ciencias sociales pueden ser fácilmente asumidas por cualquiera que no ejerza de fundamentalista de las ciencias sociales, por emplear una expresión paralela a la del autor; debe destacarse, sin embargo, que él mismo mantiene una actitud de científico social: Observa las creencias ajenas, las compara con los acontecimientos, obtiene sus propias conclusiones y cuanto más lejanas sean éstas de las creencias ajenas mayor es su potencial de beneficio.
Posiblemente, uno de los elementos más notables del libro, que se manifiesta claramente en este aspecto, es la sensación de que el autor está constantemente trabajando en un doble plano intelectual: Por un lado, como actor del mercado, elabora sus hipótesis; por otro lado, desde un plano distinto observa a los demás y a sí mismo como generadores de hipótesis para evaluar el potencial de beneficio.
Algo parecido podemos decir de su reflexividad; primero elabora una conclusión para, a renglón seguido, intentar conocer los efectos que se derivan del hecho de haber llegado a esa conclusión. Esta lógica de doble lazo es una constante en todo el libro: El actor y el observador del actor, situados bajo la misma piel, van realimentando mutuamente las conductas y las conclusiones en un ciclo sin final.
La rareza de esta peculiaridad intelectual, presente en todo el libro, lleva a pensar que Soros ha puesto en éste algo más que el nombre; es muy probable que haya dispuesto de los mejores correctores de estilo que su abultado talonario le permita pero, se esté o no de acuerdo con él, no se trata de la obra de un mediocre.
Volviendo a la crítica de las ciencias sociales, conviene recordar que la teoría de la reflexividad no es exclusiva de éstas; experimentos biológicos como los realizados sobre la capacidad del ojo para percibir la luz se han encontrado con un hecho difícil de tratar:
Las condiciones de oscuridad impuestas por el experimento forzaban la adaptación del ojo y, consiguientemente, una variación en su capacidad perceptiva; llegar, finalmente, a la conclusión de que puede percibirse una pequeña llama a una distancia de 50 kilómetros no tiene más interés que el estrictamente académico; el diseño experimental impone unas condiciones que virtualmente nunca se van a cumplir y, por ello, su utilidad es escasa.
Las actuaciones en el ámbito social pueden provocar situaciones parecidas; el sujeto siempre buscará una salida y esto alterará los resultados; el conocimiento de dónde se encuentra un límite absoluto no aporta gran cosa desde el punto de vista de utilidad.
Puede aceptarse la idea de que una economía global con controles locales corre serios riesgos; confiar en que la lógica del mercado es capaz de suplir esos controles puede ser ilusorio; esta preocupación, por otra parte, no es única de Soros sino que puede encontrarse en clásicos empresariales como Charles Handy y otros.
Resulta sorprendente, como se indicó, esa estricta división de Soros entre el ciudadano y el individuo privado; parece que el individuo privado es libre de hacer todo aquello que le parezca conveniente sin más restricciones que las impuestas por las leyes; por su parte, el ciudadano es el guardián de todos los ideales de paz, justicia, libertad, etc. y se ve condenado a clamar impotente en el desierto por dichos ideales.
Una excusa “sistémica” en el sentido de que la abstención como individuo no variará el sistema global porque otro lo hará, en cuyo caso, antes de que otro se beneficie es mejor hacerlo uno mismo, resulta difícilmente aceptable.
Un aspecto que subyace a toda la obra es el ya mencionado papel de las nuevas tecnologías en los mercados de capital; normalmente, una situación de inestabilidad financiera, sea local o global, ha tenido la posibilidad de ser atendida basándose en el tiempo que podía transcurrir desde que llegaban noticias más o menos inquietantes y el momento en que se tomaban las decisiones correspondientes. La interposición en este periodo de acciones de Gobierno podía representar un freno eficaz.
En este momento, esta premisa ya no es válida; cualquier actor individual o colectivo tiene la posibilidad de actuar en forma instantánea en los mercados financieros en cualquier parte del mundo; esto significa que una noticia alarmante es seguida por una reacción rápida de los inversores; la velocidad ha pasado, por ello, a ser un factor de inestabilidad que hasta fechas relativamente recientes no había existido.
Mercados de alta volatilidad como los correspondientes a las operaciones de cobertura son, hoy, impensables sin la posibilidad de transacciones intradía y requieren una vigilancia constante, sea por un experto humano o por un sistema experto; otros mercados menos volátiles han sufrido grandes cambios debido a la rapidez con la que se difunden tanto las informaciones como las reacciones a las mismas.
Cualquier movimiento tiene, por este motivo, la posibilidad de alcanzar en cortísimo plazo, un efecto amplificador que alejaría al mercado de la estabilidad a la que se supone tender. La globalización es, por tanto, un fenómeno financiero desde la perspectiva de Soros; sin embargo, en primera instancia podría ser un fenómeno de carácter informativo.
Posiblemente, el mecanismo de control que Soros busca para una economía global no ha de encontrarse en los Estados sino en las escuelas; la desaparición de una dicotomía artificial entre el individuo y el ciudadano y la actuación guiada por unos valores éticos, por supuesto ajenos al ámbito del mercado, es tal vez la única defensa posible.
En esta línea se sitúa la argumentación final de Soros acerca del sistema político y su comparación con los mercados en términos tanto de eficiencia como de finalidades; la idea de que la acción política debería ser guiada por los ideales de justicia en lugar de serlo por intereses individuales o colectivos tiene unas claras resonancias rousseaunianas; es este abandono del ideal como guía de conducta del ciudadano lo que habría dado lugar a una invasión por el mercado del ámbito político.
Por último, el propio Soros es la prueba viviente de que una excelente formación filosófica no basta para dotar al individuo de los valores adecuados; cuando ese individuo prescinde de tal carácter y se considera a sí mismo un brazo del destino, cuyas acciones son moralmente indiferentes, no parece el mejor modelo para conseguir ese control cuya ausencia lamenta con indudable brillantez.
En un párrafo anterior se mencionan algunos planteamientos de Soros cercanos a Rousseau; también recuerda a Rousseau en otro aspecto importante: la lejanía entre su posición pública y brillantemente defendida y su acción en el ámbito de las realidades tangibles: Conviene recordar que Rousseau escribió Emilio, libro que aún hoy podría ser considerado cumbre como tratado de educación….a la vez que abandonó a sus propios hijos; el paralelismo es suficientemente obvio para ahorrar la explicación.
NOTA FINAL: Este post no pretendía ser otra cosa que la reseña de un libro pero la situación de profunda crisis financiera le ha dado estos días una actualidad no pretendida. En la etiqueta «Temas sociales y políticos» pueden encontrarse otros posts con referencias directas a la situación de crisis, en particular https://factorhumano.wordpress.com/2008/09/29/%C2%BFpor-que-estamos-en-crisis/
y https://factorhumano.wordpress.com/2008/09/30/¿debe-intervenir-el-gobierno-ante-una-crisis-como-la-actual/
Los hijos de la luz (César Vidal)
Malo; muy malo por mucho que le dieran el premio de la ciudad de Torrevieja.
César Vidal es un autor sumamente prolífico y eso a veces se nota en libros como éste. «Los hijos de la luz» es un libro que trata una monomanía del autor -la masonería- pero, en lugar de hacerlo como en otros casos desde una perspectiva histórica, lo hace en forma novelada.
En los libros de historia de César Vidal suele haber una impresionante aportación de datos. Quizás siempre se nota su preparación en una noche de insomnio más que una redacción cuidada y seguida de un repaso igualmente cuidadoso pero el resultado y la documentación son, en general, buenos.
La novela es otra cosa. César Vidal tiene un fallo que comparte con todos los malos novelistas: El lector puede identificar muy fácilmente al personaje con el que se identifica el propio César Vidal. Ni que decir tiene que es una identificación fantasiosa y que al personaje le suelen adornar unos ribetes heroicos con los que Vidal se ve o le gustaría verse.
No sé si ésta y alguna otra aventura editorial invitan a considerar que el medio escrito no es lo suyo o si es simplemente que ese medio requiere un reposo y una maduración de las ideas que el autor no se concede. Sea como sea, los resultados lo acusan.
Jean François Revel in memoriam
Revel es uno de los gigantes intelectuales de nuestro tiempo. En cada uno de sus libros, al igual que en las entrevistas (por cierto, hablaba un español muy digno), Revel se ha mostrado como un Alejandro Magno deshaciendo el nudo gordiano por el simple procedimiento de cortarlo.
Si hubiera que elegir una obra de Revel, sin duda me quedaría con «El conocimiento inútil», libro que empieza con un martillazo del calibre de «La primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira». A partir de ahí, en el resto del libro iba deshaciendo uno tras otro los nudos gordianos en que trata de aprisionarnos la cultura de lo «políticamente correcto». Entre otras perlas, Revel se permite replicar al hecho de que se dieran grandes cantidades de dinero a la Nicaragua de Daniel Ortega basándose en la sequía del país mediante el Larousse que establece que la latitud y el hecho de estar en una zona de selva implica humedades casi permanentes del 100%. A partir de ahí la pregunta estaba servida: Antes de darle el dinero a Ortega ¿nadie se molestó siquiera en ver el Larousse?
Es un ejemplo que no es ni mucho menos único. Otro libro muy distinto de Revel es «El monje y el filósofo», una discusión con su hijo Mathieu Ricard (el auténtico apellido de Revel era Ricard), que no le anda a la zaga en calidad intelectual y que permiten ver una visión oriental y una visión occidental del mundo enfrentadas y sin complejos una frente a la otra.
Sin duda, hemos perdido un pensador político de primera magnitud como los perdimos con Bertrand Russell o con Popper. En los tres casos sería deseable que la parte política de su obra fuera pronto letra muerta que sólo fuera interesante para los eruditos. Sin duda, eso sería señal de que habíamos avanzado de verdad y, también sin duda, ése será uno de los muchos deseos que jamás veré cumplidos.
Panfleto antipedagógico
Aunque no sea muy usual, es el título de un libro cuyo autor es Ricardo Moreno Castillo (catedrático de instituto) y que cuenta con un prólogo de Fernando Savater.
Lo único que puede decirse del libro es que es un homenaje al sentido común y, precisamente por eso, el autor critica abiertamente a las tendencias pedagógicas al uso que establecen una dialéctica falsa entre contenidos y procesos.
El autor denuncia que unos contenidos mal estructurados pueden ser incluso perjudiciales pero que unos procesos sin contenido no son nada. En la misma línea, denuncia también la falsa controversia entre memoria e inteligencia y la idea de muchos pedagogos de que el recurso a la memoria debe ser anatematizado.
En suma, un homenaje al sentido común.
Para los interesados en el tema, recientemente ha salido otro libro («La gran estafa» de Alicia Delibes) que trata sobre el mismo asunto si bien, en este caso, lo hace desde una perspectiva histórica señalando todos los pasos que se han dado ordenadamente hacia un destrozo del sistema educativo.
La perspectiva histórica es más completa en Alicia Delibes. Los argumentos son más poderosos y difíciles de rebatir en Ricardo Moreno.
Para quien esté interesado en el tema, además de estar el libro a la venta, el autor lo ha colocado en Internet permitiendo su libre utilización en esta dirección:

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