Mira bien con quién vuelas

La bitácora digital Avweb acaba de publicar este artículo, reproduciéndolo a su vez de un periódico indio:

Drunk Pilots Escape Discipline

An Indian newspaper, the Mail Today, is quoting an unnamed retired airline pilot as saying that senior airline pilots commonly turn up for work drunk and almost never get disciplined because they are too «precious.» The newspaper points out that there is no law against flying drunk in India, although pilots suspected of drinking are prevented from getting into the cockpit. An Air India flight from Mumbai to New York was delayed Monday when one of the four pilots checked in tipsy. A replacement was found, and the flight took off 45 minutes late. The unnamed source told the newspaper the pilot will will probably be back in the left seat as soon as he sobers up.

He said there is such an acute shortage of senior pilots that airlines look the other way when they get into trouble. «If you are a junior pilot with not much experience, you may be in slight trouble. However, if you are a commander, then the airline concerned mostly ignores it,» the retired pilot told Mail Today. He said that if the airline did fire the pilot, he’d be immediately hired by another carrier.

Cuando se autorizó la licencia MPL, ésa que los más malvados llaman «licencia de medio piloto», hubo y hay todavía bastante ruido porque, al menos en teoría, es perfectamente posible que alguien entre a la cabina de un avión de pasajeros sin haber volado jamás en solitario. Muchos creen/creemos que el vuelo en solitario no es una especie de rito iniciático sino que aporta algo y es la confianza de verse uno sólo en una situación donde, si lo hace mal, no tiene a nadie que sepa más que le vaya a corregir. El peor escenario, que sin duda en algún momento se producirá, es aquél en que el primer vuelo en solitario de un MPL se produce en un avión cargado de pasajeros y con un comandante incapacitado o muerto.

Pues bien, la justificación que se utilizó para el MPL era el hecho de que en algunas partes del mundo hay una gran escasez de pilotos. Ahora nos enteramos de que la escasez es tal que en algunos sitios les permiten volar borrachos.

«Rhythm of the Dance»

El espectáculo vale la pena. Ellos mismos dan algunas muestras aqui: http://www.rhythmofthedance.com/video.htm pero hay dos formas de ver el espectáculo: En términos absolutos y en términos relativos.

Para todo el que le guste la música irlandesa acompañada de su característica danza, el espectáculo vale la pena. Sin embargo, si se tiene como marco de referencia a la compañía de Bill Whelan con sus espectáculos Riverdance y The Spirit of the Dance, creo que salen perdiendo en la comparación.

The Spirit of the Dance era un recorrido histórico por la danza al que acompañaban algunas voces más que notables y la calidad de la coreografía era excepcional. En Rhythm of the Dance las voces de dos de los tres tenores no tienen el nivel que se esperaría en un espectáculo de este tipo. Por añadidura han intentado destacar al más vistoso, una especie de reproducción de JFK en su aspecto físico, que no era ni mucho menos el que mejor voz tenía y sus intervenciones no han quedado integradas con la coreografía sino que han quedado como una especie de «morcillas vocales» desconectadas del conjunto.

En cuanto a los bailarines, en particular la pareja de primeros bailarines, parece que en este espectáculo se ha primado la presencia, claramente superior a los de la compañía de Whelan, pero no su calidad técnica en la que la situación se invierte.

En resumen, vale la pena verlo pero no resisten la comparación de su más directa competencia.

El Nobel de Obama

Vaya por delante que un premio Nobel de la Paz otorgado por una fundación que lleva el nombre del inventor de la dinamita es, cuando menos, contradictorio en su origen.

Es difícil estar de acuerdo en todos los nombramientos e incluso lo mismo nos podría ocurrir con el santoral donde, por ejemplo, ha estado a punto de colarse un personaje de méritos más que dudosos y algún otro ha sido designado con el jocoso nombre de «el santo de alta velocidad».

Lo malo es que las concesiones inmerecidas de premios supuestamente importantes devalúan no sólo el premio sino el mérito de personas que lo han obtenido en el pasado y que realmente sí lo hayan podido merecer.

Obama puede haber levantado expectativas pero el tiempo que lleva en el poder es absolutamente insuficiente para saber siquiera si tales expectativas son fundadas. Que alguien diga que una de las cosas que más ha pesado en la concesión del premio es su discurso de El Cairo suena a chiste malo. En primer lugar, los premios de este tipo se suelen conceder por hechos y no por palabras, aunque este premio ya tenga el triste precedente de haber sido otorgado a alguien con una biografía totalmente falsificada, y en segundo lugar el discurso citado tenía errores garrafales que aquí movieron a risa a muchos, por ejemplo, las referencias a Al-Andalus y a la Inquisición en el mismo paquete.

El premio Nobel de la Paz ya fue concedido hace años al primer presidente negro de un país, Nelson Mandela, que, sin duda, en el momento de la concesión había hecho muchos más méritos que Obama para ello. ¿Es eso lo que se está premiando en Obama? ¿Ser el primer presidente negro de su país? Si es así, resulta escaso mérito y de ninguna manera es comparable con el del citado Mandela que, tras muchos años en la cárcel, fue capaz de conseguir en su país una transición ejemplar sin que se convirtiera en un baño de sangre.

Si premian a Obama por su discurso -no hechos, por el momento- acerca del desarme, tal vez a alguien se le olvidaron personajes como Gorbachov y Reagan que tuvieron una actuación mucho más decisiva que la que hasta el momento ha tenido oportunidad de exhibir Obama.

Si premian a Obama por haber conseguido, como algunos dicen, que Estados Unidos haya pasado a ser una sociedad post-racista, hecho del cual su propia elección sería la prueba, habría también que preguntar si conseguir un voto de la población negra superior al 90% no indica claramente que esta población ha votado en clave racista y que, por tanto, tal objetivo está aún lejos de ser conseguido.

Es difícil saber si Obama se hará merecedor, a medida que transcurra el tiempo y tenga oportunidades de demostrarlo, del premio que ahora le están regalando. Lo que sí puede saberse fácilmente es que hoy no lo es y que si la pieza de convicción no la constituyen los hechos sino los discursos a lo mejor incluso podemos proponer algún candidato más cercano.

«Animal Spirits» de Akerlof y Shiller

Animal Spirits puede considerarse como una crítica de la economía liberal. Son muchos los autores que han ido por ese camino con diversa fortuna. Por ejemplo, aquí mismo puede encontrarse la crítica de Economía Humanista de José Luis Sampedro aunque la argumentación de Animal Spirits parece mucho mejor fundada que la de Sampedro.

Los autores comienzan por dar diversos ejemplos de terrenos en los que la mano invisible de Adam Smith simplemente no funciona. Los ejemplos son buenos aunque producen una sensación extraña, algo así como si la crítica fuera correcta pero los motivos en que apoyan ésta tuvieran poca solidez o estuvieran mal argumentados.

Critican el supuesto básico de que las decisiones en una economía de mercado se tomen siempre de forma racional y, para ello, recurren a dos motivos básicos: Uno de ellos es criticable porque puede ser incluido también en el concepto mismo de economía de mercado y el otro lo es porque es difícil considerarlo como único: Conocimiento y equidad.

El concepto mismo de gestión de conocimiento apareció para mediados de la pasada década y, sin embargo, uno de los libros más brillantes que pueden encontrarse sobre el tema es Knowledge and Decisions de Thomas Sowell, escrito nada menos que en 1980.  Al margen del interés histórico, se da la circunstancia de que Sowell es un ferviente defensor de la economía de mercado y que, para que ésta funcione, se presupone también una completa transparencia y, por ende, un perfecto conocimiento sobre lo que se compra o vende.

La crítica de Animal Spirit en el sentido de que se necesitan estudios considerablemente sofisticados para cuestionar una clasificación AAA era ya anticipada en el libro de Sowell cuando señalaba que government regulatory agencies are often very ineffective in controlling the industry or sector which they have a legal mandate to regulate. Dicho de otro modo, cuando no existe una transparencia completa, no podemos decir que las decisiones no sean tomadas racionalmente sino que, aunque el proceso sea racional,  son tomadas sobre datos equivocados sin posibilidad de contrastarlos.

La crítica relativa al conocimiento es, por tanto, compartida por los defensores de la economía liberal y de ahí que haya una presión permanente hacia una mayor transparencia. Sin embargo, la complejidad obliga a tener que confiar en instituciones de control y, cuando reguladores, auditores y agencias de calificación fallan, las decisiones de los consumidores se ven traicionadas en una situación en que ni tienen acceso directo a la información necesaria ni, en caso de tenerlo, tienen los conocimientos necesarios para analizar esa información.

En cuanto al concepto de equidad, como justificación de toma de decisiones aparentemente no racionales, los autores dan buenos ejemplos aunque llegan a estirar tanto el concepto que acaba por representar un comodín válido para explicar todo lo que no se puede explicar desde un punto de vista de estricta racionalidad. Quizás falla ahí un mayor esfuerzo en el área de categorización de variables no estrictamente económicas.

Como síntesis, el libro es interesante, sus argumentos son buenos y su lectura es recomendable. Por el lado negativo, cabe decir que podría haber sido mejor si se hubieran trabajado un poco más las variables no económicas.

Caricatura de las ideologías: La vida de Brian

En los habituales y aburridos rifirrafes del Parlamento, hay un argumento que aburre ya más que cualquier otro y es reclamar la ayuda a la oposición y, de esa manera, poder echar la culpa a otros de la propia gestión.

Ese mismo argumento ya se dio, y era igualmente aburrido, con ocasión del pacto antiterrorista donde sólo hubo una persona, Rosa Díez, que señaló a una cláusula del pacto que estaba siendo deliberadamente ignorada, aquélla que establecía que desde la unidad de diagnóstico y ahí es donde está el truco.

Si en una consulta hay dos médicos y el primero dice que el enfermo tiene una gripe mientras que el segundo dice que es un inicio de infarto, quien tenga la capacidad de decisión lo hace en solitario y no puede reclamar ayuda del otro puesto que no hay una coincidencia en el diagnóstico. Por añadidura, los diagnósticos se realizan desde presupuestos ideológicos que, como tales, son inmunes a la realidad y cada uno ve lo que quería ver desde el principio. Hay una escena espléndida de La vida de Brian que refleja ese fenómeno:

Brian está en el balcón con una manifestación en la calle gritando que es el Mesías mientras el lo niega repetidas veces e inútilmente. De repente, el vidente ciego (ni ahí pueden parar de maquinar los de Monty Python) dice a toda la masa de gente con la voz profunda del que quiere establecer una gran verdad el verdadero Mesías dirá que él no es el Mesías. Naturalmente, eso multiplica aún más los gritos de la multitud porque el ciego les ha convencido de que la negativa de Brian certifica que es el Mesías y éste, al verse pillado, busca una salida y acaba diciendo Bueno, pues es verdad…soy el Mesías esperando que, de esa forma, le tomen por un falso Mesías y le dejen en paz. Lejos de esto, lo dicho por Brian es tomado por una confesión y los gritos de que es el Mesías de nuevo se multiplican.

Cuando esto lo vemos en una película, es divertido. Cuando vemos que responde al comportamiento habitual de los políticos, es patético.

Elecciones en Portugal y en Alemania y lecciones para España

En un alarde de humor alguien dijo que «el futuro ya no es lo que era» y es posible que lo mismo ocurra con las elecciones. Antes, la pérdida de votos de un partido implicaba una ganancia más o menos equivalente del partido que se le oponía. Ahora no.

Lo ocurrido en Portugal podría fácilmente utilizarse como encuesta para las elecciones españolas previstas para 2012: Un partido socialista pierde votos ante el desánimo de un cuerpo electoral harto de una crisis que en nuestro país vecino se ha hecho ya crónica. Los especialistas hablan de crisis en «U» y crisis en «L» y la crisis portuguesa ha introducido como innovación la «L» lánguida como un fado, en la que la rama horizontal se cae.

Merkel y Sarkozy por un lado y Obama por el lado opuesto han sabido hacer discursos de principios. Esos discursos de principios son los que los han llevado al poder y, en el caso de Merkel, repitiendo con ventaja aumentada. Por ahí, el futuro tampoco es lo que era: Un partido conservador se alía con un partido liberal en Alemania pero, al mismo tiempo, como participante en el G-20 sostiene que hay que mantener el nivel de intervención en el sistema financiero. ¿Somos liberales o intervencionistas o somos una cosa en casa y otra fuera?

Obama, por otro lado, se encuentra con un tigre cogido por el rabo. Ha querido darle la vuelta a la política de Bush pero todavía recuerdan muchos en Estados Unidos el desastre de la etapa Carter y cómo los iraníes se burlaron de la superpotencia. ¿Cómo ir aflojando la presión sobre el rabo de un tigre que, como decía Balú en «El libro de la selva» tiene dientes al otro lado? Sencillo: Sacando a relucir la posibilidad de utilizar la fuerza y, como en el caso anterior, se plantea la pregunta de si somos pacifistas o belicosos.

Aunque en el escenario global las elecciones portuguesas tengan menor importancia, sus resultados pueden ser los más relevantes para España en el sentido de poder servir de reflejo del próximo futuro. Los políticos de los grandes países que hoy están en el poder lo están porque, aunque con algunas contradicciones como las señaladas, han sabido vender unos principios con los que la gente se ha identificado.

En España, la oposición parece nacida en la ventanilla de un ministerio: Esperan a que les lleguen los papeles y, cada vez que encuentran una equivocación, los rechazan y sacan el altavoz para decir que los han rechazado. No hay un discurso ni liberal ni conservador ni mediopensionista. Algo parecido puede decirse del partido del gobierno y sus estiras y aflojas en función de la aritmética parlamentaria. La conducta de ambos la han reflejado tanto Groucho Marx como Forges; el primero con su éstos son mis principios y, si no le gustan…tengo otros y el segundo con su juro mi más inquebrantable lealtad a lo que haga falta.

En ese entorno, tiene poco de extraño que ambos pierdan, como ha ocurrido en Portugal. Al final, parece que, como Rousseau y Voltaire, uno necesita al otro para tener a quién oponerse y darle sentido a su existencia. Mientras tanto, cada vez hay más gente que piensa que no necesita a ninguno de los dos.

«El desajuste del mundo» de Amin Maalouf

En principio, un libro que lleva en la solapa el nombre de Maalouf  lleva casi implícita una garantía de que dentro se va a encontrar algo interesante. Descubrí al autor hace algunos años con Los jardines de luz, auténtico tratado contra la intolerancia religiosa y, desde ese momento, no he dejado de leer lo que ha caído en mis manos de este autor. León el Africano es una novela en la que, si se busca una comparación, habría que retroceder hasta Sinuhé el Egipcio de Mika Waltari,  Identidades asesinas es un pequeño libro en el que Maalouf argumenta con una extraordinaria lucidez contra los nacionalismos y podríamos seguir con Samarkanda o con el libro en que muestra el punto de vista árabe sobre las Cruzadas…siempre se va a encontrar en Maalouf a un pensador original que aporta una nueva luz sobre los temas que toca.

El desajuste del mundo no es una excepción a esta regla y, tal vez por ser su último libro recientemente aparecido, lo que dice tiene una relevancia excepcional porque se refiere a nuestro mundo tal como está configurado hoy y las contradicciones y conflictos de carácter general.

Es difícil comprender cómo piensa Maalouf si no se sabe de dónde viene y, sobre todo, qué es lo que ha hecho con su personal patrimonio biográfico. Maalouf nació en Líbano en 1949 pero vive en Francia desde 1975, es decir, en este momento lleva viviendo en Francia más de la mitad de su vida. Hasta aquí, nada especialmente original y su biografía podría tener puntos de contacto con la ex-candidata socialista Segolène Royal e incluso con algunos terroristas islámicos. Más aún, los que provocaron los atentados de Londres habían nacido ya allí. Sin embargo, con esa herencia de exiliado compartida con muchos que han evolucionado de muy distintas formas, Maalouf ha hecho algo muy poco frecuente:

En primer lugar, se resiste a ser catalogado de libanés, francés o medio libanés y medio francés. En Identidades asesinas Maalouf utiliza como ejemplo su propio caso y afirma que tiene una identidad única compuesta de la totalidad de experiencias que ha vivido y que no renuncia a ninguna de ellas. No está dispuesto a desprenderse a una parte de sí mismo en nombre de una fidelidad a la otra parte sino que él mismo es un producto de ambas. Sería interesante que esta lección fuera aprendida por muchos nacionalistas.

En segundo lugar, rechaza el relativismo y un «respeto a las culturas» mal entendido, en nombre del cual lo que no es aceptable aquí puede ser aceptado como una peculiaridad en otro lugar.  Los siguientes textos, tomados de su libro son bastante claros al respecto:

Nuestra época le brinda a Occidente la oportunidad de restaurar su credibilidad ética, no dándose golpes de pecho, no abriéndose a «toda la miseria del mundo» ni transigiendo con valores importados de otros lugares sino, antes bien, siendo por fin fiel a sus propios valores, respetuoso con la democracia, respetuoso con los derechos humanos, atento a la equidad, a la libertad individual y al laicismo. En sus relaciones con el resto del planeta y, en primer lugar, en sus relaciones con las mujeres y los hombres que escogieron irse a vivir bajo su techo.

Respetar una cultura es propiciar la enseñanza de la lengua en que se funda, es favorecer el conocimiento de su literatura, de sus expresiones teatrales, cinematográficas, musicales, pictóricas, arquitectónicas, artesanales, culinarias, etc. A la inversa, ser complaciente con la tiranía, la opresión, la intolerencia o el sistema de castas, con los matrimonios concertados, la ablación, los crímenes «de honor» o el sometimiento de las mujeres,  ser complacientes con la incompetencia, con la incuria, con el nepotismo o con la corrupción generalizada, con la xenofobia o el racismo, so pretexto de que proceden de otra cultura diferente, eso no es respeto, opino yo, es desprecio encubierto, es un comportamiento de «apartheid», aunque se haga con las mejores intenciones del mundo.

Éstos son, por tanto, los puntos de partida de Amin Maalouf y es entendiéndolos como es posible entender el conjunto de su obra en general y, en particular, este último libro suyo.

Aunque no es éste el único tema del libro, quizás el más relevante y al que más espacio dedica es al enfrentamiento Oriente-Occidente, con especial atención a los países islámicos, y cuenta desde una perspectiva muy infrecuente cómo se ha ido gestando esa situación y por qué no vale hablar de enfrentamientos milenarios ni de «peculiaridades del Islam» como explicación.

El punto de partida es el hecho de que cada uno se sumerge en su propia interpretación de los hechos y, desde su modelo interpretativo, consigue que todos los hechos tengan coherencia haciendo que no tenga el menor interés en conocer el punto de vista de la otra parte. Referido este principio al conflicto de Irak, Maalouf lo expresa de esta forma:

Si aceptamos, por ejemplo, el postulado según el cual la calamidad de nuestra época es la «barbarie del mundo musulmán», fijarse en lo que pasa en Irak no puede sino reforzar esa impresión…si, en cambio, adoptamos como axioma el «cinismo de Occidente», los acontecimientos tienen una explicación no menos coherente: como preludio, un embargo que sumió en la miseria a todo un pueblo y costó la vida a cientos de miles de niños sin que al dictador le faltasen nunca los puros; luego, una invasión cuya decisión se tomó arguyendo pretextos falsos y haciendo caso omiso de la opinión y de las instituciones internacionales y cuyo móvil, al menos en parte, fue la voluntad de hacerse con los recursos petrolíferos; inmediatamente después de la victoria estadounidense, el ejército iraquí y los órganos del Estado quedan disueltos a toda prisa y de forma arbitraria y se instaura explícitamente el comunitarismo en el seno de las instituciones, como si se hubiera elegido de forma deliberada la opción de sumir al país en una inestabilidad permanente…Para mí, son ciertos ambos puntos de vista y son falsos ambos. Cada uno de ellos gira en su órbita, ante su público que los entiende con medias palabras y no oye el punto de vista del adversario.

Partiendo de aquí, Maalouf comienza a analizar acontecimientos históricos pero, en contra de las frecuentes opiniones sobre enemistades milenarias e irreconciliables, Maalouf comienza su relato aproximadamente hacia la mitad del siglo pasado y puede encontrarse una perfecta coherencia sin necesidad de recurrir a acontecimientos anteriores. De hecho, comienza con el reconocimiento de que en los primeros momentos del Islam, judíos y cristianos eran reconocidos como gentes del Libro y, por tanto, aunque no eran considerados propios sí eran considerados cercanos. El progresivo corte de puentes y la conversión del Islam en un mecanismo de poder cada vez más rígido es relativamente reciente:

Algunos libros publicados en El Cairo en la década de 1930 están ahora prohibidos porque se los considera impíos; algunos debates que se celebraron en Bagdag en el siglo IX, en presencia del califa abasí, acerca de la índole del Corán, serían inconcebibles en nuestros días en cualquier ciudad musulmana, incluso en el recinto de una universidad.

Las críticas de Maalouf a Occidente no son, por tanto, por imponer sus valores sino precisamente por no hacerlo. Valores como la libertad o la igualdad son de tipo universal y no pueden estar sujetos a interpretaciones o peculiaridades culturales. En su relación con otros países, estos valores no han sido utilizados sino que, como señala Maalouf, han sido las elites de estos países las que los han utilizado en contra del dominador occidental. No obstante, como señala en el siguiente párrafo, la conducta occidental no sirve como excusa para todo:

Volvamos al ejemplo que tenemos constantemente ante los ojos en la actualidad, el Irak. Estoy convencido de que el comportamiento errático de los ocupantes americanos ha contribuido al hecho de que ese país se hundiera en la violencia comunitarista; estaría dispuesto a admitir, aunque tamaño cinismo me parezca monstruoso, que algunos aprendices de brujo de Washington y de otros lugares hayan podido beneficiarse de ese baño de sangre. Pero cuando un militante sunní se pone al volante de un camión bomba para saltar por los aires en un mercado al que acuden familias chiíes y a ese asesino algunos predicadores fanáticos lo llaman «resistente», «héroe» y «mártir», de nada vale ya acusar a «los otros»: es el propio mundo árabe el que tiene que hacer examen de conciencia. ¿Qué combate está peleando? ¿Qué valores defiende aún? ¿Qué sentido le está dando a sus creencias?

Las sucesivas humillaciones árabes primero a mano de los imperios coloniales y, más tarde, a manos del recién creado Israel darían lugar a una especie de nihilismo en los aspectos político y como civilización y esto sería lo que acabaría por crear otro tipo de legitimismo no político ni relativo a la cultura árabe sino basada en la religión como nexo común. Una vez que la religión fue utilizada como nexo, su evolución hacia un mayor extremismo era esperable y ha llevado a un conjunto de países a un callejón sin salida.

Cuando dirige su mirada hacia el lado occidental, Maalouf no sólo toca la evolución de los países emergentes sino que centra su análisis en el papel de Estados Unidos y su dudosa legitimidad. La duda sobre la legitimidad norteamericana no la refiere al funcionamiento del modelo democrático norteamericano sino a que, debido a su relevancia política y militar, un 5% de los habitantes del planeta eligen a alguien cuyas decisiones van a afectar gravemente al 100% de esos habitantes.

Estados Unidos, como potencia única, se encuentra también en su particular callejón sin salida. La utilización de una política de fuerza no hará sino mantener viva la llama del odio y alimentar la situación tal como se presenta en la actualidad; por otra parte, una política de apaciguamiento puede llevar en lugar de hacia el agradecimiento a una pérdida de respeto. En este sentido, comenta Maalouf el caso del presidente Carter y los nefastos resultados de su política de «aflojar la mano» en un momento en que el régimen iraní estaba derivando hacia un extremismo cada vez mayor.

El otro callejón sin salida es para Maalouf el que se ha puesto de manifiesto con la aún no resuelta crisis financiera y que hundiría sus raíces en la caída de la Unión Soviética haciendo que el modelo económico no tuviera que defenderse sino que fuera ya único. Este otro desajuste lo refleja en estos términos:

No es vergonzoso hacer dinero…pero eso de que el dinero esté completamente desconectado de cualquier tipo de producción, de cualquier esfuerzo físico o intelectual, de cualquier actividad de utilidad social…Eso de que nuestras bolsas se conviertan en casinos gigantescos en donde el destino de cientos de millones de personas, ricas o pobres, se decida en una tirada de dados…Eso de que nuestras instituciones financieras más venerables acaben comportándose como unos gamberros borrachos…Eso de que los ahorros de toda una vida de trabaj0 puedan esfumarse o multiplicarse por treinta en pocos segundos por procedimientos esotéricos que ni siquiera los banqueros entienden ya…Se trata de un trastorno grave cuyas implicaciones van mucho más allá del ámbito de las finanzas o de la economía. Porque podríamos preguntarnos, en vista de las cosas que suceden, por qué la gente va a seguir trabajando honradamente; por qué un joven va a querer hacerse profesor en vez de traficante; y cómo va a ser posible, en un entorno ético así, transmitir conocimientos, transmitir ideales; cómo va a ser posible conservar mínimamente el tejido social necesario para que sobrevivan todas esas cosas tan esenciales y tan frágiles que se llaman libertad, democracia, felicidad, progreso o civilización.

Se podrían multiplicar las citas literales pero posiblemente las que ya van incluidas y el comentario que las acompaña basten para hacerse una idea de un libro cuya lectura es muy recomendable para cualquier interesado en el mundo que le rodea. Aprovecho, no obstante, para hacer una reflexión y una recomendación últimas:

Amin Maalouf utiliza una forma de análisis que recuerda mucho a otro magnífico autor francés, Jean François Revel, autor de El conocimiento inútil, uno de los análisis más brutales y más certeros del último cuarto de siglo. Sin embargo, la diferencia es que Revel, liberal a ultranza, lanzaba sus dardos sobre todo contra la Unión Soviética, países satélites y todo tipo de dictaduras, en general. Maalouf toma como punto de partida la caída de la Unión Soviética y se centra más en el abismo cada vez mayor Oriente-Occidente pero, sin duda, son dos grandes autores que comparten un estilo de análisis.


Limitación de los sueldos de los banqueros: ¿Medida útil o populismo barato?

Hoy mismo, el comisario socialista europeo, Joaquín Almunia, explicaba cuál puede ser el sentido de la medida. Lo malo es que, al hacerlo, venía a decir también que una limitación no era ni útil ni conveniente sino que se estaba hablando de otra cosa: El hecho de que las retribuciones pueden estar sujetas a acciones dañinas para sus empresas y, sobre todo, para sus clientes. Por tanto, el asunto no era tanto «limitar» los sueldos sino explicar claramente a qué variables estaban sujetos los incentivos que se recibían.

Sobre el papel, y una vez que se aclara de qué se está hablando, resulta difícil no estar de acuerdo y, sin embargo, una medida de este tipo deja tantos cabos sueltos que acaba oliendo de lejos a populismo:

  • Son muchas las empresas, no sólo los Bancos, las que pueden causar un grave impacto en el público y en las que la existencia de incentivos dirigidos a la maximización de beneficios a corto plazo puede ser dañina para el público. Ejemplo: Hace años, una compañía aérea decidió aplazar por cinco años la sustitución de aviones ya amortizados y, al hacerlo, inyectó en su balance una cantidad que, no por ficticia, dejó de aparecer en su cuenta de resultados. Si esa chatarra volante hubiera producido algún accidente ¿no estamos en una situación parecida?
  • ¿Cómo se va a controlar la eventualidad de que parte de la retribución pase a ser opaca? Como han mostrado mecanismos como las cesiones de créditos, los seguros de prima única y muchos otros, hay una elevada creatividad en este terreno y, sin duda alguna, sería utilizada también en favor propio. Los paraísos fiscales reverdecerán, como ya ha empezado a ocurrir cuando en Estados Unidos los banqueros han empezado a moverse hacia allí para evitar restricciones en este terreno.
  • ¿Cómo se va a evitar la competencia desleal? Si Estados Unidos y Europa entran en este tipo de medidas, podría estarse abriendo la puerta a Bancos de otras procedencias y sin esa restricción. ¿Van a asumir los Estados responsabilidad directa sobre los Bancos con salarios limitados? Si lo hacen, es una nacionalización virtual que requeriría muchas más medidas de control. Si no lo hacen, la medida relativa a los sueldos es una garantía bastante pobre de cara a los potenciales afectados.

Probablemente se está jugando con otras cosas en las que no se quiere entrar y se están buscando medidas muy visibles y, si es posible, que sean también populares aunque no sirvan para nada. Hace años, tres profesores de Harvard encabezados por Michael Beer pusieron de manifiesto qué tipos de beneficios obtenían los gestores de programas de actuación que no servían para nada. El factor clave era la visibilidad y, si a ésta le añadimos el regocijo popular, mejor todavía.

La aún no resuelta crisis del sistema financiero ha puesto en entredicho para muchos la viabilidad del modelo económico liberal. Sin embargo, se ha olvidado que un autentico liberalismo económico se apoya sobre una información transparente -lo contrario es lo más parecido a la mafia- y que si algo ha faltado ha sido transparencia. Tres semanas antes de quebrar, las agencias de calificación estaban dando las máximas puntuaciones a Lehmann Brothers. ¿Con qué tipo de información contaban para haberse equivocado de ese modo? Naturalmente, existe también la posibilidad -aún peor- de que no se hubieran equivocado y que no fuera ignorancia sino connivencia. Sea cual sea la situación, se puede optar por la transparencia o por aumentar el control. Medidas como ésta implican que se está optando por lo segundo.

En el caso de Lehmann Brothers, ha habido inversores especialmente conservadores que habían dado a sus Bancos instrucciones de colocar su dinero sólo en lugares exentos de riesgo. Es de imaginar la sorpresa que se han llevado al saberse afectados por la quiebra de Lehmann y, más aún, sin poder reclamarle a su Banco que, de acuerdo con las valoraciones de las agencias de calificación, había actuado de forma impecable.

Que es necesario hacer algo, nadie lo pone en duda. Que no vale hacer cualquier cosa sino sólo cosas que sean efectivas, debería ser igualmente claro y el populismo es pocas veces una solución.

Volviendo al principio, no son sólo los Bancos los que pueden afectar gravemente a sus clientes y tal vez conocer qué se está haciendo en el ámbito de la seguridad aérea podría ser de utilidad: No es necesario decir que hay una gran cantidad de regulaciones en lo que a transporte aéreo se refiere. Sin embargo, no es excesivamente complicado  cumplir con la letra de la norma violando su espíritu y, de hecho, el máximo dirigente de una conocida compañía decía que el único riesgo que veía para su compañía era la eventualidad de un accidente grave en su compañía o en otra de perfil parecido. La afirmación sólo tiene una explicación posible y volvemos a la idea de transparencia: Un accidente y la investigación posterior dejaría al descubierto prácticas que, estando dentro de la ley, pueden derivar en situaciones de riesgo. En el momento en que tal riesgo derive en un accidente, alguien pagará un precio muy caro y sin duda, quienes más caro lo pagarán serán los directamente afectados. El paralelismo con lo ocurrido con el sistema financiero es, como puede verse, bastante cercano.

Las empresas de transporte aéreo no han sido invitadas a limitar los sueldos de sus directivos sino que se ha tomado una medida de tipo muy diferente. Por un lado, aumentar la transparencia en la información ofrecida relativa a la seguridad y, por otro lado, se ha establecido la figura del accountable manager que, para entendernos, es el que tiene más probabilidades de ir a la cárcel en la eventualidad de que se descubran irregularidades graves o de que se produzca un accidente.

Si, mediante la transparencia, se aumenta la posibilidad de ser cazado y si la propia regulación establece sin lugar a dudas quién es el responsable de los aspectos que se quieren mantener a salvo, el resultado es una invitación a no jugar con fuego. El argumento dado por Almunia es correcto pero establecer limitaciones salariales a los banqueros es una solución de más que dudosa efectividad. Eso sí, el desempleado y el mileurista se sentirán muy consolados de ver que se ataca a los teóricamente poderosos.

¿Puede una buena formación redimir de una mala selección?

Los que llevamos años trabajando en Recursos Humanos siempre hemos creído que no y lo hemos explicado de una forma muy simple:

A la hora de definir las características de perfil necesario para un puesto, siempre hemos hablado de factores duros y factores blandos. Los factores duros son aquéllos que son muy difícilmente modificables, o que no son modificables en absoluto, mientras que los factores blandos son aquéllos que resultan mucho más moldeables a través de la adquisición de la formación y experiencia específicas.

Eso, desde un punto de vista práctico, tiene un significado claro: Los factores duros se seleccionan y los factores blandos se crean. Hay puestos de trabajo que pueden requerir una excepcional coordinación visomotora, una inteligencia mayor de lo común, una estructura mental específica o, en fin, capacidades físicas o psicológicas que, si no son innatas, en el momento de la selección se han consolidado de tal manera en el individuo que su modificación es difícil o imposible. Esto explica por qué algunas compañías contratan preferentemente a personas sin experiencia. Simplemente les preocupa más lo que ya saben que les puede ser contraproducente que lo que no saben y les puede ser enseñado.

Hay entornos donde esta lógica no se emplea o se emplea de forma muy disminuida. Por ejemplo, es difícil encontrar a alguien incapaz de obtener un carnet de conducir asumiendo que pase unas pruebas médicas y psicológicas realmente sencillas. Necesitará 20, 200 o 2.000 clases pero, casi inevitablemente, acabará conduciendo un coche si tiene la suficiente tenacidad y su economía se lo permite. No resulta, sin embargo, muy aventurado afirmar que el que necesita 200 clases probablemente no será buen conductor jamás y que representará un peligro potencial para sí mismo y para el resto del mundo.

En algunos cuerpos de élite en los ejércitos se utiliza la práctica de considerar a la formación como una parte de la selección. Para ello, se ponen una serie de hitos en el camino que, en caso de no ser superados, implican la salida inmediata del programa de formación. Es una opción valida que debería ser utilizada con mucha más frecuencia en otros ámbitos en que el comportamiento en el puesto de trabajo es crítico.

El enchufismo o la desidia en los procesos de selección pueden representar un pecado venial en los casos en que, tras el proceso formal, viene un proceso real en que la formación inicial se transforma en una carrera de obstáculos y, además, esa carrera es de tipo selectivo. Cuando no es así y la formación va a alargarse todo lo que sea necesario, hasta que se aprenda lo requerido para superar un examen, estamos haciendo una pésima gestión de recursos humanos o peor: Una imprudencia criminal.

El ejemplo del carnet de conducir es un modelo de cómo NO debemos comportarnos en muchos ámbitos. La selección es muy seria y el «ya aprenderá» no es una solución cuando hay factores duros implicados.

Trilogía «Millenium» de Stieg Larsson

Me llamaban la atención los títulos bajo los que se estaban publicando los libros en español y tuve la curiosidad de buscar el título original para ver dónde estaba el misterio y la cosa es como sigue:

La publicación en inglés ha seguido literalmente el título del original sueco (al menos en los dos primeros; aún no he visto la edición inglesa del tercero) mientras que en francés ¡oh, sorpresa! utilizan los mismos absurdos títulos que le han puesto a los libros de la trilogía en español. O sea, encima de horteras, copiones.

El primer libro ya fue comentado aquí y el segundo no ha desmerecido -se le puede aplicar todo lo dicho al primero- excepto por un detalle: El primero dejaba un final abierto de modo que se podía continuar o no pero, en sí mismo, era un libro completo. El segundo, no. El final del segundo no es en absoluto un final y obliga necesariamente a comprar el tercero, «La reina del palacio de las corrientes de aire» o «El castillo que explota», a elegir.

Tengo la sensación -acabo de empezar el libro- de que el segundo título, además de ser el original, va a ser más adecuado. Esperemos que, al menos, el libro tenga un final claro porque aunque sabemos que el autor no escribirá una cuarta parte -mis disculpas por la parte de humor negro- pueden ocurrir dos cosas:

  1. Puesto que la muerte del autor fue repentina, entra dentro de lo posible que se estuviera haciendo un capitalito, al estilo de la autora de Harry Potter, y estuviera pensando en una serie interminable de libros con idéntico formato y protagonista. Es dudoso que hubiera tomado la precaución de Agatha Christie de matar a su protagonista en una novela que, custodiada en su caja fuerte, debía ser publicada a su muerte. La novela se llama «Telón» y, efectivamente, la cosa se hizo tal como había previsto la autora.
  2. Los buitres acuden a los cadáveres de los escritores famosos y empiezan a aparecer libros en los que el autor de verdad aparece en letra pequeña y el autor muerto en letra grande y, a veces, se le atribuye el manuscrito al que ya no puede contestar. Hemos visto esta especie de circo con autores como Isaac Asimov, Mario Puzo e incluso con otros de menor renombre como Robert Ludlum. Algunos se buitrean a sí mismos en vida y prestan el nombre para que otro escriba y también tenemos ejemplos como Tom Clancy y algunos otros que ni siquiera tienen la generosidad de poner en la portada al autor en letra pequeña, o sea, lo que se llama un «negro». En este apartado, sin salir de nuestra frontera, podemos encontrar conocidos periodistas de los que es difícil de creer que puedan sacar tiempo para la ingente cantidad de publicaciones con que nos inundan e incluso algún caso que ha sido muy aireado.

En otras palabras, como Larsson no escriba un final como es debido para su tercer libro y haya hecho la misma maniobra que en el segundo, aquí hay uno a quien no le va a gustar. Si así fuera, además de comentarlo aquí, recomendaría quedarse con el primero y no comprar ya el segundo porque, si no es así, ya no tiene solución.

ACTUALIZACIÓN DEL 7-10:

Tal como temía, ya anuncian que el autor quería hacer toda una serie pero sólo tenía completado el cuarto…o sea, el oportunismo que, como en los otros casos mencionados, va a hacer que aparezcan nuevos libros supuestamente del mismo autor.

Terminado el tercer libro, es en mi opinión el mejor de la saga y cuenta con un final claro aunque es perfectamente posible que continúe como así nos han anunciado ya.

Sólo una aclaración a los conocimientos geopolíticos del autor: Casi al final, se permite comparar Gibraltar con Ceuta y decir que los españoles harían mejor callándose con la situación de Gibraltar que equipara a la de Ceuta. Pequeño matiz:  Cuando Ceuta ya pertenecía a España, Marruecos aún no existía. Sólo eso.