Categoría: Behavioral Economics

Cuidado con las redes sociales

Ayer recibí una invitación de un amigo para conectarme con él a través de una red en la que, aunque estaba, no había entrado nunca más.

Al conectarme para aceptar la invitación, me encontré con que me pedía mi contraseña de correo electrónico para ver cuáles de mis contactos estaban en la red; me lo pensé pero finalmente la escribí y me salió una lista de varios cientos de nombres.

La siguiente pregunta consistía en si quería averiguar quiénes de ellos estaban ya en la red y, al responder positivamente, lo que hizo el programa es enviarles a todos mis contactos un mensaje invitándoles a unirse a la red como contactos míos.

Naturalmente, entre esos cientos de nombres hay los más diversos tipos de relación y no me apetece en absoluto que muchos de ellos, con los que la relación es escasa o estrictamente profesional o incluso que expresamente me han dicho que no quieren participar en este tipo de redes, reciban un mensaje mío de esta clase.

Lo dicho; mucho ojo porque se puede acabar ejerciendo de «spammer» sin comerlo ni beberlo.

Seguridad aérea: Ojos que no ven, corazón que no siente

Vuelo de Sao Paulo a Madrid, día muy caluroso y avión (MD-11) que va a salir a las horas centrales del día. El embarque es multitudinario -bastaría con darle una pancarta a un pasajero para confundirlo con una manifestación- hasta que, por fin, está todo preparado.

Normalmente un despegue en un vuelo largo dura bastante, generalmente entre 50 y 55 segundos frente a los habituales 30 a 35 segundos en un vuelo corto. Unos cuantos segundos antes del despegue, se nota que el avión «flota» y ello es la clara indicación de que ya falta muy poco; pues bien, en este caso, trascurridos 65 segundos, el avión estaba firmemente asentado en el suelo.

No percibí la menor señal de inquietud entre los pasajeros; algún comentario trivial del tipo «Cuánto tarda» pero ninguna preocupación en el sentido de que las pistas tienen una longitud. Divina inocencia.

Technorati

La esencia de la gestión de recursos humanos

En algunas ocasiones, las mejores ideas vienen de sitios inesperados.

 

Después de mucho tiempo dedicado al área de recursos humanos en todas las modalidades posibles, es decir, dirección, consultoría o docencia, he acabado encontrando que algo que podía intuir y procuraba aplicar tiene una forma sumamente simple de ser expresado.

 

Lo que distingue de verdad a la persona con experiencia real en el ámbito de los recursos humanos de la que no la tiene no es el volumen de conocimientos técnicos. En primer lugar, el área de recursos humanos tiene comparativamente menor carga técnica que otras y, además, los conocimientos técnicos se adquieren en el momento en que alguien esté dispuesto a dedicar esfuerzo y seleccione los programas de formación y la bibliografía correctos.

 

Sin embargo, siempre me ha parecido que la gente con experiencia en recursos humanos utiliza modelos lógicos distintos y mejores que los utilizados por el inexperto. Son mejores porque permiten anticipar con más precisión qué es lo que se sigue de una actuación determinada que pueda afectar a personas.

 

Permítaseme hacer una breve referencia autobiográfica: Cuando comencé a trabajar en el ámbito de la seguridad aérea, encontraba que muchas investigaciones de accidentes eran precisas en la descripción de los hechos pero que esa precisión no aportaba nada con vistas a evitar futuras ocurrencias. Lo que, en realidad, faltaba era una hipótesis básica que se cumpliera en casi el 100% de las situaciones y permitiera canalizar adecuadamente los esfuerzos de investigación.

 

Pues bien, la hipótesis básica ante una investigación de un accidente es ésta: Las personas, en general, no son tontas ni están locas ni han tenido un accidente porque habían elegido ese día para suicidarse.

 

Naturalmente, la aplicación de esta hipótesis implica tratar de colocarse en la cabeza de la persona en la situación y tratar de buscar explicaciones a una actuación, explicaciones alternativas a la estupidez, la incompetencia o la locura. Esa simple práctica puede permitirnos aportar mucha luz y explicar por qué una persona se comporta de determinada manera.

 

Esto mismo es lo que ocurre cuando hablamos de gestión de recursos humanos. Las personas, en general, actúan con coherencia y en lo que fallamos es en averiguar cuáles son los parámetros conforme a los cuales se produce esa coherencia.

 

No podemos buscar esos parámetros en los manuales generalistas o especializados de recursos humanos por buenos que sean. Cuando lo intentamos, nos encontramos en la situación de Gödel y nos resulta imposible explicar un modelo desde ese mismo modelo. Sin embargo, es cierto que la experiencia permite ir un paso más allá en la abstracción y encontrar comportamientos lógicos en situaciones donde la teoría o la lógica de la gestión al uso ayudan poco.

 

Un ejemplo ayudará a entender esta idea: ¿Por qué, a medida que se disminuye el nivel de exigencia en la enseñanza, el fracaso escolar aumenta en lugar de disminuir?

 

He ahí un aparente contrasentido. Sin embargo, si nos preguntamos cuáles son los incentivos del estudiante y por qué parece estar menos dispuesto a realizar un menor esfuerzo precisamente cuando menor esfuerzo se le solicita.

 

El contrasentido es solo aparente. La enseñanza ha sido en todos los países desarrollados y en vías de desarrollo el gran motor de promoción social. El estudiante que percibía esto o al que esta idea le era transmitida en su entorno familiar tenía un motivo claro para el esfuerzo. A medida que se va facilitando todo y se va disminuyendo la cantidad y calidad de contenidos para facilitar que todos puedan pasar, la enseñanza deja de tener ese carácter de vehículo de promoción.

 

La facilidad para pasar de curso no puede jamás ser un incentivo para no abandonar. Si el estudiante percibe que está perdiendo el tiempo y que la única razón para estar allí es la obligatoriedad, hará todo lo que pueda para eludir esa obligación y encontrará cosas mejores en las que pasar el tiempo que aburrirse en un aula.

 

En última instancia, se ha acabado diseñando un sistema que consigue exactamente lo contrario de lo que pretendía. Se ha buscado facilitar el acceso a las personas con menores medios pero, cuando se confunde el acceso a la línea de salida -intentar que todo el que lo desee y tenga capacidad pueda estudiar- con el acceso a la línea de llegada -todo el mundo tiene derecho a un título con independencia de capacidad y mérito- se acaba generando un sistema perverso donde, una vez desaparecido el valor del título, hay escaso incentivo para su consecución y aumenta el nivel de fracaso.

 

¿Obvio? Sí, para alguien con conocimientos de recursos humanos pero es igualmente obvio que no lo ha sido tanto para los que han diseñado y promovido un sistema de enseñanza que produce tales efectos. ¿Por qué? Porque piensan en SU propia lógica y no en la del alumno. Si es más fácil pasar, pasarán más y habrá mayor cantidad de personas que puedan pasar a niveles superiores y, por tanto, se producirá esa mayor facilidad de acceso a las personas con menores medios. Sin embargo, por el camino han matado todo tipo de hábito de trabajo y han mostrado que el esfuerzo no es valioso porque se va a pasar igual.

 

Es un mero ejemplo pero muestra un modelo de razonamiento típico de alguien que se dedica al área de recursos humanos. Lo más curioso del asunto es que puede encontrarse también en otras áreas y son esas otras áreas las que pueden darnos modelos más generales.

 

Dos libros y dos autores que pueden enseñar mucho sobre las auténticas bases de la gestión de recursos humanos: Steven Levitt con “Freakonomics” y Tim Harford con “El economista camuflado”. Puede encontrarse un precedente de ambos en la lógica económica de Thomas Sowell pero todos ellos comparten un tema común: La economía no es un asunto de financieros con veleidades teóricas sino que pueden interpretarse en términos económicos muchas actividades humanas donde no hay ningún tipo de transacción financiera.

 

Su punto de partida es exactamente el mismo que sugería para comenzar a analizar un accidente: La gente habitualmente es coherente en su actuación y realiza transacciones que considera beneficiosas.

 

Los ejemplos son múltiples y divertidos: La explicación de Levitt demostrando que en el deporte nacional japonés, el sumo, se producen trampas y, a continuación, explicando cuál es el incentivo para que esas trampas se produzcan es impecable.

 

En el caso de Harford, explica por qué en una determinada zona mejicana las prostitutas pueden ejercer su oficio con o sin preservativo. En ambos casos cobran un extra, para lo cual averiguan primero cuáles son las preferencias del cliente y le informan de que precisamente su opción es la que justifica ese extra. Asumen un riesgo de contraer enfermedades pero ese riesgo es retribuido y, cuando el autor analiza cuál es el volumen de riesgo y el volumen de retribución esperable, llega a la conclusión de que la conducta es totalmente coherente y que no se trata de falta de información.

 

Aceptar que la conducta de la gente es generalmente coherente implica algo: El diseño de cualquier acción y la anticipación de sus efectos requiere hacer un esfuerzo consciente por ver el mundo del otro desde sus propios ojos. Es entonces cuando podremos entender las dinámicas de refuerzo positivo o negativo o de asunción de riesgos más calculados de lo que parece; no hacer ese esfuerzo es una forma de condenarse uno mismo a pasarse la vida quejándose amargamente sobre lo incoherente que es la actuación de las personas porque no se comportan como a nosotros nos gustaría.

 

 

 

 

La conjura de los necios de los grandes despachos

No; no voy a hablar de política aunque el título les venga como anillo al dedo sino de cómo el principio de Peter se ha quedado desfasado.

Según el principio de Peter, todo el mundo asciende hasta llegar a su nivel de incompetencia. Falso o, mejor dicho, muy insuficiente. Es cierto que todos podemos conocer a gente que ha sido ascendida a un puesto donde -se supone- su desempeño en el puesto anterior le garantizaba que las cosas iban a funcionar bien y no ha sido así.

Tampoco es muy difícil de explicar: Un puesto puede requerir una destreza técnica y el otro requerir hacer cosas a través de terceros y las habilidades necesarias para desempeñar uno u otro son distintas.

Por eso, el principio de Peter no es sorprendente pero ¿qué ocurre si le damos la vuelta? Si el desempeño en un puesto no garantiza el desempeño en otro ¿la falta de desempeño en un puesto podría hacer pensar que en otro sí se va a funcionar? Difícil de creer ¿verdad? Pues bien, conozco al menos tres casos de personas que no han funcionado en NINGUNO de los puestos por los que han podido pasar y, como premio, han sido ascendidos una y otra vez.

A uno de ellos le conocí en una de las grandes consultoras internacionales donde, tras un ascenso difícil de justificar tanto por su capacidad de trabajo -nula- como por sus morigerados hábitos de consumo -no entremos en detalles- que afectaban a sus relaciones de trabajo y que provocó una fuga masiva del equipo entonces a su cargo. Desde allí, el personaje en cuestión pasaría a una posición elevada en una institución financiera para terminar aterrizando en una institución internacional muy conocida.  Años después de conocerle, supe que su papá tenía un puesto muy relevante en una institución financiera y, al parecer, eso debía bastar como explicación.

Los otros han tenido trayectorias parecidas aunque no iguales:

Uno de ellos era un convencido de la magia de los despachos. Al parecer, bastaba con que se reuniera él con varios más apresuradamente para hablar de una idea genial para que, sin hacer nada, esa idea se diera ya por implantada y así, hasta la siguiente genialidad de despacho. Cada vez que machacaba un área, la organización le ascendía a otra más importante donde se repetía la jugada con el agravante de que, en este caso, ni siquiera cambiaba de organización.

Al otro, sólo se le puede calificar de jesuita pero, dado que entre los jesuitas puede haber excelentes personas, aclararé que me refiero al modelo de personaje que dibuja Blasco Ibáñez en «La araña negra», es decir, un personaje hipócrita que jamás se enfrenta con nadie pero maniobrero y capaz de echar a los pies de los caballos al mismo que le ha hecho un favor importante el día anterior.

Estos personajes existen y no lo digo sólo porque los haya conocido y pueda ponerles a algunos nombre y apellidos pero lo malo no es su existencia, que también, sino saber qué clase de enfermedad está sufriendo una organización para comportarse de esa forma. ¿Qué están primando y por qué?

La próxima vez que nos encontremos con uno de estos personajes, en lugar de quejarnos de ellos, es bueno que nos preguntemos ¿Qué clase de organización es ésta?

La ética de los próceres de Recursos Humanos

Hace ya bastantes años, colaboré en la puesta en marcha del que fue el primer reclutador Internet en España. Mi colaboración fue sencilla y, viendo en qué fallaban los reclutadores Internet internacionales, consistió en el diseño funcional de la base de datos de forma que respondiera a los criterios de búsqueda de la persona que va a utilizarla.

Detalles como el tiempo necesario para introducir datos o tener que embaularse tablas de más de 400 elementos para introducir una titulación académica eran entonces puntos ignorados y que convertían en inoperantes los reclutadores existentes.

La aventura era bonita pero necesitaba un socio que aportase una mínima infraestructura y tal socio apareció. El invento fracasó ya que, entre otras maravillas, mi águila de socio insistía en que, para que un candidato entrase a la base de datos, tenía que tener una entrevista personal previa (cargándose así la ventaja de Internet) y esa entrevista se le facturaría a 36 euros -6.000 pesetas en 1995-.

Ante tal desarrollo de los acontecimientos opté por retirarme y el ilustre e inteligente prócer de los Recursos Humanos me dejó pendiente una factura que nunca me pagó y, como su delicadeza le impedía tratar estos temas tan molestos, simplemente no se ponía al teléfono.

Hoy encuentro la explicación cuando veo un artículo suyo cuya primera frase es ésta: «En el mundo de hoy no podemos ni debemos pertenecer ni estar comprometidos con nadie salvo con nosotros mismos».  Eso lo explica todo y, desde luego, es una frase que debería conocer cualquiera que tenga intención de tratar con el personaje.

 

Selección de controladores: Una salvajada más de la discriminación positiva

Probablemente esta fotografía le resulta familiar a cualquiera que la vea:

http://drx.typepad.com/psychotherapyblog/images/2007/09/26/lewis_hine_phot_nyc_empire_state__2.jpg

Lo que es algo menos conocido, aunque también se ha difundido mucho, es que para los trabajos en altura se prefería a una tribu particular de indios ya que, debido a un cambio en el oído interno, no tenían vértigo.

Imaginemos que, en lugar de ser indios los afortunados con esa característica, fueran blancos. Automáticamente se habrían emitido normas de discriminación positiva haciendo que otros, no blancos, que tuvieran menores puntuaciones en cuestiones de equilibrio en altura pudieran acceder a esos puestos. Por supuesto, una vez introducida la norma, veríamos que los «beneficiados» por ella tenían una preocupante tendencia a estamparse contra el asfalto desde una altura de 300 metros pero…siempre saldría algún hábil científico que, a la vista de la diferencia en accidentabilidad, concluiría que se trataba de una nueva discriminación y que se cuidaba más a los trabajadores blancos que a los demás.

En algunas fábricas de electrónica, los pocos trabajos manuales que quedan suelen encomendarse a mujeres, simplemente porque, en general, tienen la mano más pequeña y les permite manipular mejor las piezas de pequeño tamaño. ¿Tendríamos que establecer un porcentaje de hombres para evitarles la discriminación? Más aún, si alguien, hombre o mujer, con una mano con una azada entiende que eso es un motivo de discriminación en contra suya ¿tendríamos que establecer también un porcentaje de «manazas»? ¿Qué le contaríamos al cliente a quien le hubiera caído en suerte un producto manipulado por el/la «manazas»? ¿Que ya sabíamos que el producto era una porquería pero que la discriminación positiva obligaba a tener gente no adecuada?

¿Parodia? Sólo a medias. Poco antes de ponerme a escribir, leía un artículo sobre selección de controladores aéreos. Sus orgullosos autores mostraban cómo habían conseguido disminuir la discriminación interracial en la contratación: Habían obtenido los valores medios para cada una de las razas y cada candidato era evaluado de acuerdo con una tabla distinta y, para que no entrase nadie demasiado por debajo del nivel adecuado, establecían unos mínimos absolutos.

Veamos: Si los mínimos absolutos son suficientes para considerar que ése debe ser el baremo ¿por qué no establecer esos mínimos como tal baremo con independencia de razas? Si, por el contrario, no lo son, denme, por favor, una sola razón válida para darle el puesto a una persona que esté por debajo del nivel adecuado en un trabajo que, por añadidura, afecta y mucho a la seguridad.

Cuando un controlador provoque un accidente ¿les diremos a los familiares de las víctimas que el controlador de servicio era…blanco, negro, indio, amarillo, igual me da y que por ello tenía menos capacidad de atención sostenida de lo aconsejable para el puesto pero que se lo tuvieron que dar porque le evaluaron con unos baremos más generosos?

Si seleccionamos bomberos y establecemos unas pruebas físicas para hombres y otras para mujeres ¿le diremos a la familia de la persona que no pudo ser rescatada por falta de fuerza física de, en este caso la bombera, que se debía a que las pruebas eran distintas para ellos y ellas y que, aunque ningún hombre habría conseguido el puesto con esos resultados, a ella sí se lo habían dado poque el baremo era también más generoso?

Podríamos multiplicar esta situación hasta el infinito y sería igualmente absurdo. Si un requisito de selección es necesario, póngase y, si resulta que los miembros de determinada raza, género o lo que sea, quedan en su mayoría por debajo de ese criterio, eso no puede ser motivo para crearles unos requisitos específicos por debajo para ellos. Si, por el contrario, el requisito no es necesario y se considera que, por encima de determinado nivel, es irrelevante, hágase la selección así y olvidemos la raza de los candidatos.

No hacerlo así, especialmente en profesiones que implican riesgo para la seguridad de las personas, es poner en almoneda la vida de esas personas pero, eso sí, en el altar de lo «políticamente correcto» y prácticamente estúpido y, en algunos casos, hasta criminal.

Selección y «head-hunting»

Con toda seguridad, si hay un tipo de selección que ocupe al tope de gama dentro de la actividad es el llamado head-hunting, búsqueda de directivos, Executive Search, cazatalentos y de otras diversas formas; en algún momento, se ha llegado incluso a hablar de cazadores de cabezas, denominación con connotaciones siniestras que, después de todo, no es otra cosa que la traducción literal de head-hunting.

Sobre el papel, la aportación de estos consultores va más allá de un dominio de la técnica de selección e implica un conocimiento profundo de su cliente y de las necesidades de su negocio; sólo de esta forma podrá prestarle el mejor asesoramiento posible.

Muchos de ellos, sin embargo, se ven aquejados por problemas típicos del seleccionador de otros segmentos con menos glamour; alguien que manifiesta de forma orgullosa –como algunos han hecho en entrevistas o libros- que ha tomado una decisión sobre el grado de brillo de unos zapatos o sobre la soltura para emitir un latinajo en un momento oportuno o sobre el hecho de añadir sal a la comida antes de probarla o sobre el dudoso gusto del candidato al combinar los colores de la corbata y la camisa no muestra, como cree, una gran capacidad de discriminación sino que prueba que no sabía qué tenía que buscar.

En todo tipo de selección, es necesario establecer un filtro sobre aspectos básicos y, a partir de ahí, no se debe buscar una excusa para eliminar a un candidato sino, muy al contrario, tratar de determinar qué aportaría ese candidato preciso a un puesto.

Si esto es relevante para cualquier puesto, cuando se trata de puestos importantes en la organización lo es mucho más; la conducta –habitual en muchas selecciones- de continuar con un proceso de eliminación buscando motivos cada vez más esotéricos y de interpretación más dudosa conduce a encontrar al candidato que menos desentone, no necesariamente al mejor.

Si la selección de directivos es un servicio de alto nivel y con un pago de alto nivel, es también exigible una calidad de alto nivel y eso pasa por la necesidad de abandonar divismos y presuntas genialidades y centrarse en el valor añadido del candidato.

Relaciones laborales y seguridad aérea: Una relación poco conveniente

RELACIONES LABORALES Y SEGURIDAD AÉREA: UNA RELACIÓN POCO CONVENIENTE

 Empezaremos por aclarar algunos conceptos básicos en este terreno porque lo que se dice no siempre responde a la verdad. Por ejemplo, todos hemos oído hablar de que en Estados Unidos existe el despido libre bajo la doctrina de employment-at-will mientras que en España no existe y que ése es uno de los motivos de nuestra escasa competitividad. Es posible que así sea pero también es posible que sea justamente lo contrario.

Hace unos años, se decía que uno de los motivos por los que Estados Unidos tenía dificultades para afrontar la competencia japonesa era porque salían de sus Universidades más abogados que ingenieros.  El hecho tiene su razón de ser: Un marco jurídico muy abierto prohíbe pocas cosas expresamente pero invita a que cualquier problema acabe judicializándose y ahí están los abogados aprovechando ese mercado. El marco laboral no es allí una excepción por la sencilla razón de que no existe una jurisdicción específica; eso significa que nadie puede demandar por haber sido despedido…pero sí puede hacerlo porque ese despido le ha causado daños psicológicos o porque era miembro de una de las doscientas mil minorías allí existentes y el despido ha supuesto una discriminación y así ad infinitum.  La consecuencia es que, en el paraíso del despido libre, las empresas se tientan mucho la ropa antes de hacer un despido porque no saben por dónde les puede venir el golpe y, sobre todo, no saben cuánto les puede costar.  

En España es exactamente al revés: Existe una jurisdicción laboral específica y, como parte de ésta, la figura del despido improcedente por la cual el empresario puede despedir a un trabajador aunque el juez no estime causa válida para ello. Cuando esta situación se produce, el empresario puede optar por la readmisión o por el pago de una indemnización fijada de antemano por la propia ley. Esto convierte el despido en un mero análisis coste-beneficio donde, a diferencia del caso americano, el capítulo de costes es perfectamente conocido: ¿Cuánto estoy dispuesto a pagar para quitarme a este individuo de encima? Si me compensa, lo despido y, si no, me aguanto. Así de claro, de sencillo…y de libre. 

Probablemente sea más racional el sistema español, dejando aparte la cuestión de cuantías y condiciones pero éste es un tema sujeto a discusión. Lo cierto es que una política muy proteccionista de los contratos de trabajo hace que el empresario se lo piense mucho antes de hacer una contratación o antes de invertir en un país y, por idéntica razón, lo contrario también es cierto: Cuanto más bajas sean las barreras de salida, más fácil es que alguien se anime a invertir. ¿Qué es mejor? Dar respuesta a eso excede el propósito de este artículo pero lo cierto es que, en contra de las apariencias, el despido en España es más sencillo de lo que parece. 

Puesto que los despidos son costosos en España y hay situaciones empresariales que no pueden permitírselo salvo caso de extrema crisis y previo expediente de regulación, ha habido sucesivos intentos de suavizar ese hecho para no ahuyentar inversiones mediante las distintas reformas laborales. Posiblemente, la más aventurada fue la primera, en 1994, al establecer como causa de despido las causas técnicas o económicas. Esto suponía, sobre el papel, que una empresa podía mostrar que no le salían los números o que iba a abandonar una línea de producción y podía despedir a un conjunto de personas a un precio bastante más barato que los conocidos 45 o-33 días por año trabajado según la antigüedad del contrato. 

La aplicación de la reforma fallaba precisamente en el ámbito judicial. Los jueces tienen formación jurídica, no empresarial ni económica, y eso implica que no se les puede dar a leer un balance porque tendremos mucha suerte si no lo ponen al revés. Existe la posibilidad de peritajes externos pero ¿dónde se obtiene un perito con conocimientos adecuados tanto genéricos como de la situación específica y, además, imparcial? Veamos un ejemplo: 

Antes de la aún reciente desaparición de la auditora Andersen debido al escándalo Enron, se produjo en esa firma un cisma como consecuencia del cual el área de consultoría –que facturaba más del 50% del total- se escindió de Arthur Andersen. En España los exsocios de consultoría reclamaron a la división de auditoría, quien mantuvo el nombre Arthur Andersen, una cantidad de unos 1.300 millones de pesetas de 1990 (unos 8 millones de euros). Ésta era la cantidad en la que dichos exsocios valoraban su participación en la firma y reclamaban como precio por desprenderse de dicha participación.  

Como era de esperar, el asunto acabó en los tribunales y éstos tuvieron que recurrir a peritos que, puesto que se trataba de valorar una participación empresarial, eran auditores, cosa lógica desde el punto de competencia profesional pero cuestionable desde el punto de vista de la deseable imparcialidad. La valoración de la participación de estos socios se estableció en 48 millones de pesetas (menos de 300.000 euros) provocando la desaparición inmediata de la firma creada por los anteriores socios de consultoría. Es posible que hubiera razones sólidas para una valoración tan baja pero el hecho de que fueran auditores los que estaban entrando en un pleito entre auditores y consultores da mucho que pensar. 

Este largo preámbulo sólo pretende llegar a un sitio: Si en asuntos económicos u organizativos, los jueces pueden tener problemas por estar decidiendo sobre temas completamente ajenos a su formación ¿qué ocurre cuando el juez tiene que tomar una decisión donde hay que evaluar si un avión estaba en condiciones de transportar a pasajeros con seguridad o no y, por tanto, si la decisión de un piloto de no volar con pasaje estaba justificada o no? 

Si intentamos meternos en la cabeza de un juez lego en estos asuntos, en relación con un despido de un piloto de Iberia (http://es.wikipedia.org/wiki/Michel_Gordillo ) es muy probable que se hiciera una pregunta de este tipo: ¿Por qué un día resulta seguro volar el avión con pasaje y, al día siguiente, no resulta seguro volar el mismo avión con la misma avería? ¿La seguridad fue la causa real o lo que hubo fue un “ataque de cuernos” de un piloto al comprobar que había sido engañado y que, con la seguridad como excusa, intentó causar problemas a la compañía? 

Estas preguntas son razonables pero, precisamente por tener formación jurídica, un juez podía encontrar en su propia formación alguna clave que le habría resultado útil. ¿Por qué la reincidencia se considera un agravante? ¿Por qué en casos extremos, como en Estados Unidos, el tercer delito supone la cadena perpetua? ¿Por qué incluso códigos penales que parecen redactados en un convento de ursulinas como el español mandan a la cárcel a alguien que, en una sentencia anterior también de cárcel, había quedado en libertad si la condena era inferior a dos años?

Quizás, pensando en esos términos, un juez puede conseguir mayor claridad y entender algo de lo que había pasado.  Una avería arreglada que, al día siguiente, vuelve a salir sólo puede ser una de dos cosas: Una reparación chapucera o una reparación que, en lugar de hacerse con material de taller, se hace con bolígrafo y papel y sin tocar un tornillo del avión a fin de poner a cero el contador de la avería. Cuando la avería que, de acuerdo con la documentación, volvió a aparecer inmediatamente después de una reparación, real o supuesta, hay una razón muy seria para dudar sobre cuál de las dos opciones anteriores ha sido la que ha ocurrido pero, otorgando el beneficio de la duda, el piloto voló el avión con pasajeros con el compromiso por parte de la compañía de pararlo inmediatamente y meterlo en el taller.

Debe tenerse en cuenta que se trataba de una avería que se situaba en una especie de limbo donde el piloto tenía la potestad de realizar el vuelo o de negarse, es decir, no se trataba de algo cuya falla prohibiese estrictamente la realización del vuelo pero sí suficientemente grave para dejarlo a criterio del comandante del avión. Ese vuelo, recordemos, fue efectuado en unas condiciones de serias sospechas acerca de si la avería fue reparada realmente en su momento o se habían arreglado los papeles para permitir que el avión siguiera volando averiado pero sin incumplir formalmente la ley. 

No puede, en forma alguna, afirmarse que el piloto que vuela un avión, teniendo éste una avería que le habría legitimado para pararlo, actúa con mala voluntad hacia la compañía. Sin embargo, cuando, al día siguiente, el mismo piloto se encuentra con el mismo avión que tiene la misma avería, está claro que la compañía ha incumplido la promesa de parar el avión en la base para repararlo debidamente; en ese momento, la duda del día anterior se convierte en certeza y el piloto actúa bajo un conjunto de reglas distinto: Las reglas para tratar con gente que no es de confianza. 

Sin duda, el piloto obró con falta de astucia. Si hubiera valorado su propia actuación desde la perspectiva de un ajeno, es probable que hubiera optado por volar el avión con pasaje, como había hecho el día anterior, y a continuación denunciar ante el regulador la actuación de su compañía. Haberlo volado el día anterior, pudiendo no hacerlo, le colocaba en una posición débil ante un juez que podía considerar que su criterio técnico variaba de acuerdo con su conveniencia y, una vez que la actuación de la compañía le mostró con quien “se jugaba los garbanzos”, debería haber considerado la posibilidad de que los acontecimientos posteriores fueran los que efectivamente fueron. 

El juez –aclaro que no he tenido acceso a la sentencia completa y su fundamentación- pudo quedarse a medio camino. Si hubiera seguido hasta sus últimas consecuencias una línea de razonamiento como la señalada más arriba en el sentido de que una avería convierte a un avión en inseguro pero el día anterior no lo era, sin duda habría fallado despido procedente. Sin embargo, la doctrina de in dubio pro operario y el hecho de que alguna duda le rondase la cabeza pudo llevarle a esa situación de relativo compromiso que representa el despido improcedente.

Había una alternativa: Fallar despido nulo; sin embargo, esto habría significado alinearse completamente con la tesis del piloto y el error cometido por éste hacía difícil que el juez llegase hasta ese punto. Desde luego, el coste económico para la compañía es mucho mayor ya que implica el pago de los salarios desde el momento del despido hasta el de la sentencia que, por razones que no vienen al caso, suele tardar bastante más en los casos de despidos nulos que en los improcedentes. 

Dicho esto, en todo el asunto la actuación más criticable es, a mi entender, la de Iberia. Desde mi perspectiva de Recursos Humanos, me resulta fácil comprender –aunque desconozco si es el caso- que haya trabajadores que resulten a-pain-in-the-ass y que uno estaría encantado de que desaparecieran del mapa. Sin embargo, creo que, cuando la seguridad está entre los factores en discusión, no se debe permitir que el asunto se maneje como un problema estrictamente de Relaciones Laborales. 

Resulta cuando menos paradójico que, cuando operadores y reguladores están patrocinando enfoques no punitivos para garantizar que no se oculta información relevante para la seguridad, se permita que un asunto así caiga en las manos de Relaciones Laborales y el concepto de enfoque no punitivo simplemente desaparezca. 

Me pregunto cuál habrá sido, a la vista de este caso, la reacción del responsable de seguridad en vuelo de Iberia o, más aún, qué opinión le habrá merecido el asunto a Aviación Civil. ¿Qué mensaje transmite un despido en estas circunstancias al resto de los pilotos? ¿Es eso lo que se pretendía o es un efecto involuntario? En cualquiera de los dos casos, mal.  

Habitualmente, cuando se quiere limitar el malestar que produce una medida de este tipo, si otra persona que se pueda ver reflejada en la misma situación manifiesta alguna inquietud, se le dice que el asunto no tiene nada que ver con él y que, en realidad, lo que ocurre es que la persona despedida era……………rellene cada uno a su gusto la línea de puntos. 

Esto –despedir a alguien y justificar el despido aludiendo a una mala relación previa, un problema de rendimiento o lo que sea- no es exclusivo del ámbito de la aviación. Cuando se produce una crisis o situaciones de fusiones, adquisiciones, etc., es tristemente frecuente que, para tranquilizar a los que se quedan, se les diga que los despidos no obedecen a una crisis, que siempre se niega, sino que los despedidos al fin y al cabo se lo habían buscado.

Naturalmente, quien recibe ese tipo de mensaje asume que, cuando le llegue el turno de verse frente a una carta de despido, dirán de él lo mismo que ahora le están diciendo de otro y actuará en consecuencia. Actuar en consecuencia significa, en este caso, intentar convertirse en “hombre-compresa”, es decir, que no se vea, que no se note, que no traspase y eso, cuando se refiere a la seguridad, es definitivamente malo. 

Como muy bien saben las organizaciones más avanzadas en este terreno, la ausencia de accidentes no significa seguridad sino que la auténtica seguridad se produce cuando se mantiene viva una capacidad de reacción ante contingencias imprevistas. La omisión no es una buena política de mantenimiento del nivel de seguridad. 

Como decía al principio, en España existe el despido libre; es cuestión de dinero. Si realmente una persona resulta muy molesta en una organización, un talonario puede arreglarlo. Utilizar como excusa la actuación de un piloto, más cuestionable por su falta de astucia que por su falta de buena voluntad, cuando la actuación de la propia organización ha sido mucho más que cuestionable en ese mismo caso y donde la seguridad está implicada lanza un mensaje tan poderoso como inadecuado. Eso, en el supuesto de que hubiera una historia de mala relación previa y el motivo aducido para el despido haya sido una mera excusa; si no es eso y la causa alegada para el despido no es una excusa sino que es el motivo real, la cosa es peor, mucho peor.       

Negociaciones sindicales: No es ése el camino

Aunque llevo una larga trayectoria en el ámbito de Recursos Humanos, tengo buena relación con algunos sindicatos. Ayer estaba en una reunión de uno de ellos -que no nombraré aquí- y, entre los ponentes invitados, había un experto en negociación.

Toda su ponencia se centró en el comportamiento en la mesa negociadora, en la composición del equipo y en tácticas de regate corto. Sin duda, las tácticas podían ser útiles aunque tenían un claro problema: Su funcionamiento queda muy disminuido en ausencia del factor sorpresa y es más que probable que la parte contraria reciba una formación muy similar.

Se insistió mucho en lo importante de no tomarse las cosas personalmente y también me resulta extraño. Si la gente que está en la posición de negociar está haciendo algo más que un mero juego de rol, es posible que haya personas que presenten conductas no adecuadas. Naturalmente, eso crea resentimiento y, además, desconfianza. No sé si la desconfianza es o no una reacción que pueda considerarse «personal» pero, si está justificada, tampoco veo por qué hay que eludirla.

Creo que una buena negociación, tanto si estamos en la utopía del win-win que, desde luego, no siempre se puede lograr como si intentamos defender una posición sabiendo que, en todo o en parte, estamos en un juego de suma cero no se distingue, como afirman los expertos, porque todo el mundo salga parcialmente insatisfecho sino porque hay unos planteamientos más de fondo que el mero juego de póker de la mesa de negociaciones.

El modelo de negociación ideal no es, en mi opinión, una negociación sino una jugada estratégica del estilo de la protagonizada hace años por IBM cuando Xerox decidió entrar en el negocio de los ordenadores. IBM no se lanzó a una guerra de precios sino que…lanzó su propia línea de fabricación de fotocopiadoras. De esta forma, alteraba uno de los parámetros básicos de Xerox, es decir, el hecho de tener capacidad de financiación gracias a una saneada venta de fotocopiadoras para introducirse en el nuevo mercado.

Podrían ponerse igualmente ejemplos, lamentablemente negativos, del ámbito sindical: Cuando Gillette decidió cerrar su fábrica en Alcalá de Guadaira porque le resultaba más barato fabricar en Polonia y seguir vendiendo en España, los sindicatos actuaron a piñón fijo, haciendo lo que siempre han hecho, es decir, pancartas, cortes de carreteras perjudicando a gente que no tenía nada que ver, presión sobre la Administración, etc. ¿Resultado? Cierre de la fábrica y cumplimiento, punto por punto, de los planes de Gillette.

La alternativa más adecuada no estaba, desde luego, en la presión sindical aunque es posible que aquí valga el viejo dicho de que cuando alguien tiene un martillo como única herramienta cree que el mundo se compone exclusivamente de clavos. En el caso de Gillette, la posición estaba clara: Conservación del mercado reduciendo los costes mediante el traslado de la fabricación.

Una actuación inteligente de los sindicatos involucrados -no puedo resistirme a señalar la contradicción en los términos- habría atacado precisamente al punto central, es decir, la conservación del mercado. En lugar de crispar a un público que ninguna culpa tenía, mejor convertirlo en aliado y convencerlo de que esa conducta merecía que el usuario se cambiase de marca de productos de afeitar. Un lenguaje moderado en los términos pero duro en el fondo y una invitación al usuario a ejercer de juez con su herramienta más valorada, el monedero, habría sido infinitamente más eficaz que todo lo que se hizo.

Explorar la posición del adversario implica conocer cuáles son las presiones a que está sometido, de dónde vienen y si alguna de ellas es susceptible de ser alterada para nuestro provecho. Todo esto y la preparación de las acciones subsiguientes se realiza fuera de una mesa de negociación. Centrar la negociación en el comportamiento en la mesa es como jugar al póker; unas veces se gana y otras se pierde, se aprende pero el contrario también aprende y, cuando alguien hace trampas, no nos pueden pedir que, además, no nos lo tomemos personalmente.