Categoría: Behavioral Economics

Por qué no funcionan las valoraciones de puestos de trabajo

Aunque son muchas las organizaciones que se han convencido de que es así, todavía algunas -especialmente algunas muy grandes- continúan aplicando esta técnica con vistas a la fijación de niveles retributivos.

El argumento que se vende comercialmente es que la valoración de puestos de trabajo, en adelante VPT, está diseñada para conseguir equidad interna y competitividad externa y ahí está el origen del problema: La equidad interna y la competitividad externa funcionan con parámetros completamente distintos y, a veces, contradictorios.

No entraremos al desarrollo histórico de las VPT ya que prácticamente todas utilizan hoy sistemas de puntajes con los que se pretende garantizar la equidad interna, es decir, se toma un conjunto de factores genéricos y, según la carga que cada puesto lleve en cada una de es0s factores, consigue más o menos puntos.

Hacer esto no es fácil y, desde luego, tiene un gran mérito haber conseguido diseñar sistemas que permitan recoger factores genéricos relevantes para puestos muy distintos de modo que sean comparables entre sí. Una vez que se ha llegado a establecer ese conjunto de factores, fijados por los sistemas de valoración, se puede trabajar con las tablas de puntos asociadas a esos mismos factores y los puntos obtenidos por cada puesto nos servirán para definir las escalas salariales.

Si las variables están bien definidas, el asunto parece fácil: Conversión de puntos en retribución y equidad interna garantizada. Ahora quedaría abordar la competitividad externa: Se pueden comparar algunos puestos de la organización con puestos equivalentes de otras organizaciones y ver así si estamos por encima, por debajo o en el punto de mercado salarial en que queremos estar.

Aquí comenzarían los problemas porque, si todo ha ido bien y los puestos que se han elegido para la comparación externa nos dan unos resultados congruentes, se trataría de arrastrar toda la curva salarial en la dirección que procediese. Es lo mismo que si los puestos que utilizamos para la comparación externa fueran una especie de asa atada a una cuerda -la curva de salarios- y, al tirar del asa en cualquier dirección, arrastramos la curva entera.

En realidad, lo que ha ocurrido es que los puestos que hemos elegido como «asa» nos permiten fijar la posición salarial en relación con el mercado externo pero ¿permanece esa misma posición en toda la curva salarial? La valoración nos había garantizado la equidad interna, medida de acuerdo con los factores utilizados por el sistema de valoración pero la competitividad externa tiene mucho que ver con mercado, es decir, con oferta y demanda.

Pongamos un ejemplo deliberadamente sencillo: Un programador. Tenemos dos programadores especializados en dos tipos de sistemas distintos y hacen exactamente lo mismo cada uno en su sistema respectivo. Una VPT, sin duda, nos marcaría una misma banda salarial para ambos casos pero introduzcamos un problema que, por otra parte, es usual: El sistema en que trabaja uno de los programadores es muy popular y hay una demanda alta y creciente de programadores mientras que el sistema en que trabaja el otro es obsoleto y hay poca demanda y, además, decreciente.

En nombre de la equidad interna, podemos decidir que les pagamos lo mismo, aunque luego se puedan introducir variantes por rendimiento individual ajenas a la propia VPT. Podríamos encontrarnos en la situación de tener a ambos fuera de mercado, al menos demandado por encima y al más demandado por debajo. La consecuencia obvia es que tendríamos que afrontar una elevada probabilidad de que el programador con más demanda en el mercado se marchase a otro sitio donde le pagasen más mientras que el menos demandado permanecería.

Naturalmente, las empresas saben esto y este efecto se intenta corregir recurriendo a distintos subterfugios. Hay algunas que utilizan la VPT para el personal de más bajo nivel, sujeto a un Convenio sectorial o de empresa mientras que con el personal de nivel más alto se trabaja en términos de tratamiento individual. Otras recurren al concepto de «complementos personales» que, habitualmente, podrían responder a un excepcional rendimiento pero que, en realidad, a lo que responden es al hecho de que puestos muy demandados pueden estar pagados por debajo de mercado. De esta forma, consiguen un mejor ajuste a mercado pero ¿dónde quedó la equidad interna?

Cuando se llega a esta situación donde el arreglo implica romper con el espíritu de la VPT aunque formalmente se mantenga, es inevitable hacerse una pregunta: ¿Por qué se sigue utilizando la VPT en algunos casos? Pueden darse tres respuestas a esta pregunta:

  1. Cuando la organización se embarcó en una VPT, no se había reflexionado a fondo en estos asuntos y fueron unos más entre las innumerables víctimas de la venta de humo.
  2. La organización es consciente de los problemas pero puede tener una situación conflictiva en el área de Relaciones Laborales y ha encontrado que una VPT le permite salir bien de un proceso negociador aunque luego tenga que hacer ajustes que, en la práctica, rompan con la filosofía del sistema.
  3. Los buenos sistemas de VPT son unas herramientas muy estructuradas. Esto permite al que las utiliza dejarse guiar sabiendo que las restricciones del propio sistema le avisarán si comete un error importante en el análisis de puestos. Para llegar a determinar los puntajes válidos para generar una estructura salarial, es necesario pasar por una estación intermedia que a menudo resulta más interesante que el producto final. Se trata de la determinación de los grados en que se sitúa cada puesto en los distintos factores. Decir que dos puestos tienen respectivamente 500 y 530 puntos sólo nos serviría para saber que sus niveles salariales deben estar muy próximos. Si, en lugar de esto, decimos que uno de ellos es un puesto con responsabilidad sobre recursos y el otro es un puesto de alto contenido técnico que resuelve problemas complejos (nótese que esto lo decimos simplemente viendo los códigos de la VPT) tenemos una información muy interesante y muy válida para definir trayectorias profesionales.

Habrá quien pueda decir razonablemente que para el tercer uso tenemos los sistemas de gestión por competencias (SGC) y es cierto pero con matices. En primer lugar, los VPTs son anteriores a la existencia de los SGC y eso explica que esta alternativa no se contemplase en su momento.

Hoy, los SGC son una buena alternativa que aporta una mayor flexibilidad y un mejor ajuste que los VPT pero el coste de la flexibilidad es que carecen de esa estructura que guía al analista y le impide cometer errores importantes. Antes de que alguien rebata este último punto, haré una aclaración: Hay SGCs que son tan estructurados como los VPTs pero en el momento en que se establece una relación matemática entre los factores, el sistema se convierte en mucho más rígido y no se puede alterar sin consecuencias…en otras palabras, el SGC se convierte en un VPT aunque comercialmente lo sigan llamando SGC provocando una notable confusión en el mercado.

No es éste el único problema ya que está también el de la ponderación relativa de factores pero ése lo abordaremos en otro momento.

¿Cómo es su evaluación de rendimiento?

Ahora que estamos casi a fin de año y muchas organizaciones están cerrando el ejercicio, suelen producirse también las evaluaciones de rendimiento. Puede ser un buen momento para preguntarse si sirven para algo y si las prácticas que se utilizan en este terreno son adecuadas.

Respecto de su utilidad, creo que hay que empezar por un principio básico: Todas las organizaciones priman algo y las que no lo hacen también lo hacen. No cabe en este asunto la abstención; la omisión produce unos efectos tan claros como un sistema cuidadosamente diseñado. Un ejemplo:

¿Qué mensaje transmitimos si los sueldos se suben conforme a un convenio, no hay ningún tipo de diferenciación ni reconocimiento a los que lo hacen bien ni de reproche a los que lo hacen mal? Uno clarísimo y que es inmediatamente recogido: Da igual…y si da igual y van a conseguir lo mismo, las personas optan por la vía que les supone menos esfuerzo. Dicho de otro modo, si no diferenciamos entre personas que se comportan de forma distinta, estamos primando que exista un estándar común y que ese estándar sea el de menor esfuerzo y, por tanto, el más bajo. Por cierto, ésta es una lección que parecen no haber aprendido algunos ilustres pedagogos con sus diseños de sistemas educativos a pesar de que es muy básica.

Una vez que tengamos claro que por acción u omisión vamos a primar algo, parece claro que es mejor primarlo por acción pero, además, esa acción tiene que ser adecuada.

Sorprende, por ejemplo, el gran énfasis que se hace en un punto específico del proceso como es la entrevista de evaluación de rendimiento. No negaremos aquí su importancia pero la entrevista es un punto en el tiempo que tiene que ir ligada con un análisis de lo pasado y producir unos efectos en el futuro. Si estas condiciones no se producen, la entrevista de evaluación de rendimiento no sirve absolutamente para nada.

Hay quien entiende que, aunque así sea, siempre es positivo reunirse para comentar cómo ha ido el periodo evaluado y así puede ser una o dos veces pero, si no se producen unos efectos claros, nos encontraremos en una situación parecida a la de los experimentos de Elton Mayo en Hawthorne.

De modo casi accidental, Mayo descubrió que había introducido un factor extraño al tratar de determinar qué mejoraba el rendimiento. El efecto extraño era precisamente la atención prestada a un colectivo nada acostumbrado a muestras de atención, menos aún si esas muestras procedían de alguien con un estatus superior. Como el tiempo demostraría, las muestras de atención producen un efecto motivador…siempre que no se utilicen como una estrategia de motivación.

¿Motivo de la paradoja? Cuando la atención a las personas no nace de una inclinación genuina sino que pasa a ser un instrumento de una explotación más eficiente, esa atención puede incluso ser contraproducente porque es percibida -correctamente- como una forma de engaño. Algo parecido puede ocurrir con una entrevista de evaluación de la que no se deriva ningún efecto.

El énfasis, en mi opinión, no debería estar en la entrevista sino en cuáles son los instrumentos de medida que se van a utilizar, cuál es la relevancia de esos instrumentos de medida y qué efectos se producen como consecuencia de alcanzar unos u otros valores en las mediciones.

Cuando alguien dice -y hay quien lo dice- que el trabajo de los suyos es muy difícil de evaluar, se le puede ayudar con una sencilla pregunta: ¿En qué diferencias a uno que lo hace bien en su puesto de uno que lo hace mal? Su respuesta, sin duda, nos dará algunas claves para el establecimiento de los instrumentos de medida.

Hace poco tiempo, un directivo de una empresa afirmaba que, dados los cambios constantes en los proyectos, era muy difícil buscar criterios para evaluar a la gente pero, llevando al extremo esa línea de razonamiento, habría que concluir que no sólo no sabía quién era bueno en su trabajo y quién no sino que tampoco podía tener la más remota idea de cuanta gente necesitaba. Cuando alguien se enroca en una posición como ésa, sólo caben dos posibilidades: O es incompetente o está jugando sucio y está dando una excusa para eludir todo control y mantener una discrecionalidad total.

Un criterio básico de relevancia es que la unidad de medida esté claramente relacionada con el trabajo de la persona evaluada y que ésta pueda influir en los resultados de esa unidad de medida. De otro modo, no se consigue ningún efecto. Ejemplo: Hace varios años, el anterior presidente de Telefónica fue muy criticado por regalar una enorme cantidad de dinero bajo el epígrafe de stock-options a directivos de su empresa.

La iniciativa fue muy criticada y, como suele suceder cuando no se sabe muy claramente de qué se habla, lo criticado fue el mecanismo de las stock-options y no la desproporcionada cantidad de dinero que se había regalado bajo ese epígrafe. Como una forma de eludir las críticas, el presidente decidió que «stock-options para todos» y, al hacerlo así, terminó de redondear la chapuza.

Vaya por delante que las stock-options son un buen método de retribución siempre que se cumpla una condición básica: La persona que las recibe tiene una posición en la organización suficientemente relevante para afectar con su trabajo al valor económico de la empresa en el plazo al que se haya fijado la opción de compra de acciones. Cuando este modo de retribución se extiende a todo el personal, ha perdido todo tipo de especificidad e inevitablemente es visto por muchas personas -con toda la razón- como una especie de lotería que puede o no tocar con independencia de que se haya trabajado bien o no.

Ni uno ni otro de los casos señalados corresponden a empresas muy pequeñas lo que muestra que las grandes organizaciones también cometen errores básicos. Tratar de responder a ese problema sólo mejorando la técnica de entrevista es rascar la superficie sin entrar a fondo en el asunto. La clave está en tener los criterios adecuados de medición y en los efectos de la medición. Mientras no se entre ahí a fondo, el resto son juegos florales.

Procesos de selección a la americana

A los que estamos en el lado Este del Atlántico algunas costumbres americanas nos causan sorpresa. Entre ellas, están normas como la de no poder incluir una foto en el curriculum para, de esa forma, evitar la discriminación por negro, por blanco, por indio, por hombre, por mujer, por gordo, por flaco…o lo que sea.

Hoy mismo he encontrado este vínculo en Internet que me ha llamado la atención y del que recomiendo su lectura:

http://www.bspcn.com/2007/11/16/30-interview-questions-you-cant-ask-and-30-sneaky-legal-alternatives-to-get-the-same-info/

La verdad es que de tal título esperaba una sesión de eufemismos y me ha sorprendido agradablemente el que no sea así. No se trata de conseguir la misma información -aquí el título lleva a engaño- sino una información relevante para la contratación que el seleccionador busca mediante la pregunta inadecuada.

Así, como ejemplo, se le indica al seleccionador que no le pregunte a una candidata si tiene hijos pequeños sino que, en lugar de eso, le pregunte si tiene algún problema en caso de que se le requiera con muy poco tiempo de aviso para trabajar fuera de horario. ¿No se trataba de eso? El seleccionador asume que la candidata con hijos pequeños va a tener un problema; en el segundo caso se pregunta directamente por el problema.

En muchas ocasiones, candidatas que han sido sometidas a preguntas inadecuadas me han preguntado qué responder y siempre he respondido algo muy sencillo: «Ante una intromisión ilegítima, la mentira es una respuesta legítima» tanto si se trata de una candidata en un proceso de selección como del affaire Clinton-Lewinsky.

Si, en lugar de intromisiones ilegítimas, aprendemos a preguntar directamente por lo que nos preocupa todos saldremos ganando.

Seguridad aérea: «Improving air safety through organizational learning»

https://www.ashgate.com/shopping/title.asp?isbn=0%207546%204912%201 –

Este vínculo lleva al sitio de la editorial Ashgate donde está la reseña del libro «Improving Air Safety through Organizational Learning».

En contra de lo que indica su título, es en realidad un libro sobre gestión de conocimiento más que sobre seguridad aérea. Por razones obvias, ha habido mucha presión para aprender en lo relativo a seguridad en aviación y eso ha hecho que este ámbito avance más deprisa que el empresarial.

Cuando, allá para finales de la década de los 70, comenzaron a aparecer problemas y se dejó de aprender al ritmo deseable, las causas de ese fallo son perfectamente extrapolables al ámbito empresarial. Unos años más tarde comenzaron a aparecer idénticos problemas en grandes organizaciones sin relación alguna con la aviación.

El atractivo que tiene el terreno de la aviación, para alguien que le resulte indiferente, es que sirve para marcar un camino: Puesto que la presión es mayor, el avance es más rápido y lo que ocurre en ese ámbito nos puede servir de brújula para saber qué va a pasar en un tiempo en el ámbito empresarial.

La seguridad nuclear podría haber sido utilizada igualmente como ejemplo. ¿Por qué no se hizo? Por dos motivos: Primero y principal, porque el autor del libro -quien escribe estas líneas- tenía más fácil acceso y mayor conocimiento del terreno de la aviación que del de la energía nuclear. Segundo: Porque el modelo organizativo de una central nuclear hace que nunca se rompa la pirámide organizativa, es decir, siempre se puede encontrar a alguien que sabe más y eso implica que se le puede exigir a un operador muy cualificado que opere conforme a síntomas, es decir, un modelo de actuación «If…Then». En aviación, ese operador muy cualificado sería el piloto del avión pero la pirámide organizativa se encuentra rota. Cuando el avión está volando, no hay tiempo ni posibilidad de consultar determinadas decisiones sino que han de ser tomadas por el piloto. Es, en ese sentido, un modelo de organización forzosamente descentralizado y no se le puede pedir que opere bajo el modelo «If…Then» sino que resuelva el problema con los medios a su alcance.

El valor de la resistencia a la presión (Alonso .vs. Hamilton)

Aún recuerdo un partido de tenis, una final de Roland-Garros, entre McEnroe y Lendl donde McEnroe ganó los dos primeros sets y, a pesar de ello, Lendl se impuso ganando tres sets y el partido.

Los entendidos del tenis hablaban de la capacidad física y de la resistencia de Lendl pero había algo mucho más asombroso que todo eso: La capacidad de funcionar bajo presión.

Más recientemente, hemos tenido varios recitales de funcionamiento bajo presión en la Fórmula-1. A estas alturas, no se sabe quién ganará finalmente el campeonato pero sus protagonistas destacan por algo más que por conducir deprisa y es, precisamente, por su capacidad de resistencia a la presión.

Fernando Alonso demostró de lo que era capaz cuando aguantó varias vueltas pegado a su rueda al varias veces campeón del mundo Schumacher sin descentrarse y haciéndose con la carrera. No hace mucho, él mismo actuó como Schumacher corriendo tras su compañero de equipo Hamilton que también le aguantó la embestida.

Las apuestas y las presiones han subido porque ya no solamente son las que se dan en el circuito sino alrededor de él. El feo asunto del espionaje de Ferrari, la preferencia descarada del patrón de McLaren por uno de los pilotos y el enfrentamiento abierto por ese motivo con el otro, dos pilotos rapidísimos con coches idénticos gracias, entre otras cosas, al espionaje en el interior del equipo merced a una negociación poco hábil por parte de Alonso…

¿La salida de pista de Hamilton hay que ponerla en la lista de las «cosas que pasan» o atribuirla a una mala decisión motivada por una presión creciente? ¿En qué situación se encuentra un Alonso que no se fía -con razón- del equipo en el que está que se inclina abiertamente hacia su contrincante? Incluso la propia FIA está ejerciendo como árbitro casero con sus diferencias en el trato a la hora de remolcar un coche según sea pilotado por uno u otro.

Sin duda, la suerte también va a jugar su papel en lo que queda de campeonato pero hay una absoluta igualdad en los vehículos y una virtual igualdad en la capacidad de los pilotos para conducirlos con rapidez.

La resistencia a la presión va a jugar un papel clave aunque es cierto que la presión que sufre uno y otro es de un tipo y de una intensidad distintas: Alonso se encuentra rodeado, no ya de adversarios sino de enemigos. Si, en ese contexto con todo contra él, consigue hacerse con el título, no habrá demostrado ser un gran piloto (eso ya sabemos todos que lo es, al igual que también lo es Hamilton) sino que demostrará ser capaz de sobreponerse a cualquier cosa.

Si es Hamilton quien se lleva el título, inevitablemente quedará ahí la idea de que «así se las ponían a Felipe II», con su patrón y padrino ayudándole y con la FIA consintiéndole cosas que a otros no le admiten y permitiéndole marcharse de rositas tanto del espionaje de Ferrari como de una conducta cuestionable en la pista.

Sin embargo ¿qué ocurre si Hamilton no se lleva el título? Probablemente asistamos a un rápido desinflado del personaje porque si, con todo a su favor, no es capaz de hacerlo ¿será capaz de resistir en unas circunstancias más adversas, incluso aunque no sean siquiera comparables como las actuales de Alonso? Difícilmente nadie creería ya en Hamilton, ni siquiera el propio Hamilton.

Vale la pena seguir el desarrollo de los acontecimientos. Hace tiempo que esto ha dejado de ser un duelo de tecnología y de caballos en el motor para pasar a serlo de voluntad y, lamentablemente, también de navajazos.

En un libro de Asimov dedicado a divulgar temas científicos, contestaba a la pregunta de «¿Qué ocurre si una fuerza irresistible impacta con un objeto inconmovible?» contestaba, con gran sentido común, que en un universo que existiera una fuera irresistible no podía existir un objeto inconmovible y viceversa. Prácticamente, contestó más en términos del significado de las palabras que en términos científicos.

A todos nos gustaría, en un duelo como el de Alonso y Hamilton, contemplar un choque como el que planteaba el interrogador de Asimov; sin embargo, es de esperar que el final de temporada se cierre con un conjunto de escándalos y reclamaciones sobre asuntos que ya, estando el final más lejos, se han podido ver como, por ejemplo, manejar las paradas en carrera por parte del equipo McLaren-Mercedes de forma que Hamilton no pudiera ser adelantado.

El duelo de voluntades siempre es interesante, no sólo en la Fórmula-1 o en el tenis sino también en el mundo empresarial (véase el caso de Manuel Pizarro y su defensa numantina de Endesa, por ejemplo) pero es frecuente que ese hermoso espectáculo se diluya en la ciénaga del juego sucio, la trampa y el navajazo.

Modelo de mejora organizativa «El padrino»: «Le voy a hacer una oferta que no podrá rechazar»

Cualquiera que lea esto es muy probable que sepa perfectamente que es un «Q». Para quien no lo sepa, «Q» es el acrónimo de «quarter», es decir, trimestre.

La importancia de la Q o «el Q» en masculino consiste en lo que implica: Todas las grandes empresas presentan sus resultados por trimestres, no por años, y un «profit-warning» indicando que las cifras de resultados en el trimestre van a ser peores de lo esperado tiene tintes casi trágicos.

Si nos queremos consolar, todavía nos podemos dar con un canto en los dientes porque no llegamos al extremo de la televisión con su «share» minuto a minuto pero, si no nos ponemos calderonianos y no nos basta con aquello de que «mas al volver la cabeza halló la respuesta viendo que iba otro sabio cogiendo las hierbas que él arrojó», nos daremos cuenta de que todo es un despropósito.

Se hacen grandes odas a la sostenibilidad y al largo plazo pero, al mismo tiempo, lo que importan son los objetivos trimestrales. Algunas empresas intentan introducir un factor de corrección mediante el uso de incentivos vinculados a los resultados a largo plazo como, por ejemplo, «stock-options» pero la presión hacia el corto plazo es muy intensa.

En este demencial contexto, hace ya años que trabajan algunas empresas dedicadas a conseguir «mejoras de productividad» y que, para ello, utilizan como gancho comercial algo muy parecido a la célebre frase del Padrino: Le voy a hacer una oferta que no podrá rechazar.

¿Cuál puede ser esa oferta? Por ejemplo, garantizarle a alguien que se le van a rebajar en un 15% anual sus costes operativos y, a cambio, cobrarle sólo el ahorro del primer año.

En principio, la oferta podría ser perfectamente legítima pero a menudo no lo es y juega con el énfasis en el corto plazo y la determinación de las cargas de trabajo.

Un ejemplo sencillo aplicado a un único puesto: Supongamos que alguien se dedica en su puesto a atender a clientes y a archivar documentos. Está claro que no se puede dejar que una cola crezca en un mostrador salvo que uno sea Ryanair o similar.  En esos casos, el cliente ya lleva el mal servicio descontado a cambio del bajo precio pero, afortunadamente, no es lo habitual.

El analista, al determinar la carga de trabajo, contará con que el archivo puede esperar y se «olvidará» de esa función asignándole un tiempo marginal. Si esta misma operación se repite en un conjunto de puestos de trabajo, se acabará encontrando que, con las cargas actuales de trabajo sobran 5…o 50 personas. 

Una vez que la organización empieza a funcionar con el nuevo modelo, el analista cobra su factura y todo queda liquidado. Pequeño problema: Esas cosas que no requieren ser hechas con urgencia pero que necesitan un espacio empiezan a ir acumulándose hasta que crean incidentes más o menos graves. Solución habitual: Volver al modelo anterior pero con menos dinero en caja -el cobrado por el asesor- del que había antes.

Simplemente, se ha jugado con el tiempo y se han optimizado los resultados a corto plazo a costa del medio y largo. Si las empresas no estuvieran tan sensibilizadas a esa práctica, no aceptarían este tipo de ofertas: Es como quien tiene hambre y resuelve el problema comiéndose su propio brazo.

Falsas selecciones o la pesca en el río revuelto de la desesperación

¿Qué ocurre cuando alguien acude a un supuesto proceso de selección y acaban diciéndole que ha sido seleccionado…para pagar un joining fee o cuota de enganche sin una contraprestación clara?

La situación no es nueva y la «creatividad» se parece mucho a la que se produce en el mundo del transporte cuando a alguien le venden un montón de chatarra a precio de oro con la excusa de que, a cambio, le van a dar trabajo como transportista. El trabajo nunca llega o se paga a unos precios ínfimos pero el dinero sí se ha pagado.

Ese mismo modelo se está transplantando ahora al mundo de los servicios. De repente, alguien pide a un consultor con muchísima experiencia en el ámbito X para trabajar proyectos. Naturalmente, ésa es una oferta que interesa a todo aquel que trabaje total o parcialmente como «freelance» pero, al llegar al proceso de selección, se encuentra con que éste se ha transformado en una «sesión informativa» compartida con un conjunto de personas de similares características.

En la «sesión informativa», los «candidatos» se encuentran con que, «en caso de que sean seleccionados», les exigirán el pago de una cantidad de cierta importancia. A cambio de esta cantidad, recibirán un curso inicial y…una tarjeta que les permita identificarse como miembros de una prestigiosa institución pero que no conoce absolutamente nadie.

Se supone que los asociados se comprometen a pasarse negocio unos a otros ya que confían ciegamente en la elaborada metodología de la prestigiosa institución y-pequeño problema- las tarifas utilizadas son bastante bajas, mucho más bajas si se tienen que compartir entre el referente y el que ejecuta el trabajo.

En unos pocos meses, he conocido dos nombres comerciales que funcionan con este sistema. Ni que decir tiene que en ambos casos decliné el «honor» de ser seleccionado.

Hay que estar muy desesperado para pretender pescar en esas ciénagas.

Humor involuntario sobre formación de directivos

La flexibilidad de los directivos

Charles Handy y la idea del «donut invertido»

Hay autores que escriben un libro en su vida y lo repiten muchas veces.

Peter Senge podría ser un ejemplo; escribió «La quinta disciplina» y la repitió muchas veces más con ligeras variantes llegando a componer una especie de bolero de Ravel del management con mínimas variaciones sobre el original.

Charles Handy, a pesar de una edad mucho más avanzada que la de Senge, se ha mantenido en el punto justo del autor que evoluciona en sus planteamientos sin olvidar, en el mejor estilo político, que es lo que dijo ayer.

Es así como pueden encontrarse obras de Handy como The Age of Unreason y The Empty Raincoat donde el autor viene a decirnos que se equivocó y que la idea aportada en la primera obra de la «organización federal» o el «trébol irlandés» que supondría que todos seríamos felices y comeríamos perdices se aleja mucho de la realidad a la vista de la evolución de las cosas.

Según Handy se ha producido una separación progresiva entre los puestos que aportan valor y los puestos que no lo hacen siendo muy difícil que los ocupantes de los segundos puedan pasar a los primeros.

Precisamente para explicar el concepto del nuevo puesto de trabajo, Handy acuñó un concepto que puede calificarse de aparente estupidez y que más tarde muestra ir más encaminado de lo aparente. Este concepto es el del «donut» invertido.

Como casi todos hemos comprobado experimentalmente, un «donut» es una rosquilla que, como tal, tiene un agujero en el centro rodeado de un dulce azucarado y, a veces, bañado en chocolate. Pues bien, Handy inventó un «donut» donde el dulce ocupaba el lugar del agujero y el agujero el lugar del dulce. 

Hasta ahí la tontería. Sin embargo, la explicación nos aclara que se trata de que la descripción del puesto y las normas y procedimientos a que éste se encuentra sujeto constituyen el lugar del dulce en el «donut» invertido mientras que el «agujero» que lo rodea es un contorno impreciso y difícil de definir que representa la aportación de su ocupante.

Dicho de otro modo, la parte estructural de la organización sólo aporta una fracción del valor que puede aportar una persona en su puesto a través de la aplicación de su iniciativa en terrenos que formalmente no están descritos como obligación suya.

Puesto que la iniciativa y la proactividad son las cualidades de moda, parece que este modelo apuntaría a cómo se organizan las empresas más avanzadas pero ¿es verdad? ¿realmente se quiere iniciativa en todos los puestos? ¿No hay muchos puestos donde se prefiere la controlabilidad y la previsibilidad a la iniciativa? ¿No estamos vendiendo un panorama dorado que sólo existe para unos cuantos privilegiados?

Éste es el tema que Handy trata en The Empty Raincoat cuando descubrió que el futuro ya no es lo que era.