Categoría: Behavioral Economics

Un error de selección

Empezaremos el artículo con una pregunta capciosa: ¿Cuál es el coste de un error de selección?…No lea todavía el siguiente párrafo, acuérdese de la persona, cuándo se dio cuenta de que se había equivocado y cuáles fueron las consecuencias.

 ¿Ya tiene una imagen clara de todo lo ocurrido? Perfecto; es posible que se tratase de un cajero al que tuvieron que despedir por meterse dinero en el bolsillo o de un comercial que no vendía absolutamente nada o…los ejemplos pueden ser múltiples pero estaría por asegurar que en ningún momento ha pensado en esa persona a la que rechazó en un proceso de selección y más tarde, por puro azar, ha encontrado que se trata de un profesional de prestigio pero, naturalmente, en otra empresa.

 Actores tan conocidos como Clark Gable y Harrison Ford fueron rechazados por perspicaces productores (el primero de ellos porque tenía las orejas grandes) y probablemente, al cabo de un tiempo, los productores se habrán acordado de su decisión.

 No hay manera de saber cuáles han sido las consecuencias para su empresa de haber perdido un buen candidato pero la posición profesional también importa y probablemente las consecuencias para el seleccionador han sido nulas, cosa que podría haber sido distinta si se hubiera admitido a un candidato inadecuado.

 Hay un efecto perverso que no sólo afecta al área de selección sino a toda la empresa: Nos vemos forzados a tomar una decisión que tiene un extremo visible y otro invisible; el acierto o el error en la persona que es contratada –extremo visible- puede tener efectos sobre el seleccionador mientras que el acierto o el error en la persona que no es contratada –extremo invisible- no tiene ningún efecto. Esto es algo tan habitual que ni siquiera lo vemos porque, como el aire, nos rodea pero no somos conscientes de su presencia más que cuando nos falta y, sin embargo, tiene importantes efectos:

 Un seleccionador que no se sienta muy seguro de su posición no buscará al mejor candidato sino al que menos riesgos presente; tratará de blindar su decisión con todo el aparato imaginable de sofisticadas pruebas psicotécnicas corregidas por ordenador, entrevistas estructuradas, etc. Si al final se equivoca, siempre tendrá una coartada mientras que si decide siguiendo su intuición y se inclina por el candidato que le parece mejor estará actuando sin cobertura.

 En esas condiciones, si un candidato le parece inteligente, pensará en el peligro de que sea retorcido y peligroso; si es alegre puede ser un juerguista en el trabajo, si es poco expresivo puede estar siempre de baja por depresión, si tiende a estar en su mundo debe ser que se pincha algo, etc…siempre aparecerá una justificación para eliminar a todo candidato que no se ajuste a unos estándares cada vez más estrechos.

 Hay quien habla ya hace tiempo de “gestión del talento” y, por definición, sólo se gestionan recursos escasos. Si el talento es escaso, la eliminación de candidatos válidos es probable que se esté convirtiendo en una fuente invisible de pérdidas derivada de una práctica de aversión al riesgo presente en los procesos de selección y en ámbitos mucho más amplios.

 Tal vez es necesario empezar a percibir que el acierto y el error no son polos opuestos sino cosas distintas; lo contrario de acertar es no acertar y lo contrario de errar es no errar. Si trabajamos solamente con la dimensión de error, nuestra máxima aspiración será evitar el error visible (el invisible no cuenta) pero nunca buscaremos activamente el acierto. Cada proceso de selección se convertirá en una fortaleza que, con frecuencia, no dejará pasar al candidato más cualificado sino al que permite justificaciones más plausibles en caso de fallo.

 Como conclusión, la selección es una profesión de riesgo y esto debe ser claro no sólo para los seleccionadores sino para quiénes los evalúan; esto significa que se pueden producir fallos y es necesario aprender de ellos pero el aprendizaje no necesariamente significa añadir un obstáculo más al proceso sino estar dispuesto a ver al candidato y ser capaz de decidir, si es necesario, en contra de lo que nos digan las pruebas.

Consultoría en tiempos de crisis

El concepto de consultoría no es hoy nada claro; en muchos casos, ha pasado a ser simplemente una modalidad de trabajo temporal de elevada cualificación. Como ocurre con bastantes otros temas, los consultores son contratados con profusión en épocas de vacas gordas y se reducen sus contrataciones en épocas de vacas flacas con una excepción: Los buitres.

Existe una modalidad indeseable de consultoría de crisis que le ofrece al empresario una reducción de costes demostrable a cambio de una jugosa cantidad. Naturalmente, la reducción de costes es demostrable en el corto plazo porque otra cosa distinta es que sea sostenible.

Es muy fácil reducir los costes operativos. Señor empresario; tome nota de la receta para evitar que nadie se la trate de vender mañana: Hay actividades urgentes que, si se dejan de hacer, se va a notar inmediatamente y otras menos urgentes que, si se dejan de hacer, va a tardar tiempo en notarse. La receta del consultor-buitre consiste en eliminar los recursos asociados a esas actividades menos urgentes y, de esa forma, «demostrar» que ha conseguido reducir los costes operativos y cobrar por su logro. Al cabo de un tiempo, empiezan a notarse los efectos negativos de las actividades suprimidas y hay que volver a situaciones parecidas a la anterior. Mientras tanto ¿quién le devuelve su puesto a quien lo ha perdido, quién trae al cliente que se ha marchado o quién paga por el tiempo de incidencias y mal servicio?

En situaciones de crisis puede ser necesario tomar medidas duras pero no todas las medidas que son duras son válidas en el largo plazo. Si es necesario reducir recursos y, entre éstos, es necesario reducir el número de personas, hay que mirar con mucho cuidado quién, por qué, cuándo y cómo pensando tanto en la dignidad del que se va como en el estado de ánimo del que se queda. Sin duda, el manejo del hacha es más fácil y más barato que el manejo del bisturí pero, si se tiene intención de sobrevivir, es dudoso que nadie se dejase operar con un hacha.

Puede haber una solución y ésta viene del ámbito de Recursos Humanos. ¿Cómo, cuánto y por qué le paga a un consultor? Cuando quiere retener a alguien, utiliza incentivos a largo plazo. Haga lo mismo con el consultor: Vincule una parte de su retribución a los resultados a medio o largo plazo de su empresa y evitará tentaciones del tipo «Toma el dinero y corre».

Seguramente, los contratos serán bastante más complejos pero si se quiere que el consultor sea un socio estratégico y que también lo sea para tiempos de crisis, no hay otro remedio que vincular su retribución a los resultados que sea capaz de aportar de forma sostenible en el tiempo.

Gestión por competencias: Los límites de un modelo

Hace ya años que los modelos de gestión de competencias tomaron el relevo de los sistemas de análisis y valoración de puestos. Estos últimos, de los que nunca se ha explotado su auténtico potencial, han ido quedándose progresivamente relegados a la función de instrumento de soporte para las negociaciones salariales.

Aunque algunas grandes empresas continúan sosteniendo los sistemas de valoración y, en paralelo, mantienen sistemas de gestión por competencias, lo hacen para tener de forma separada una herramienta de negociación y una herramienta técnica en el ámbito de recursos humanos.

En realidad, los sistemas de análisis y valoración de puestos tenían mucho más que ofrecer del uso que se les está dando pero su utilización como herramienta de negociación frecuentemente los ha invalidado como herramienta técnica.

 Una herramienta técnica, por definición, ha de ser utilizada internamente; si sus resultados no sólo están sujetos a un dictamen técnico sino que pueden variar dependiendo de las presiones propias de un proceso negociador, la herramienta queda invalidada para otras posibles utilizaciones debido a la interferencia entre ambos tipos de uso.

 La exigencia de los sistemas de análisis y valoración de comenzar con una descripción y una codificación de un puesto en términos estandarizados ha permitido que fueran utilizados como ejes de la gestión de Recursos Humanos. Un sistema de análisis y valoración de puestos constituía lo que podría denominarse la unidad de cuenta que servía para comparar puestos entre sí y establecer tanto procesos de selección como planes de carrera.

 Estos sistemas, sin embargo, tienen una debilidad que se ha tratado de solucionar mediante los modelos de competencias: Han enfatizado excesivamente la responsabilidad sobre recursos o, dicho de otro modo, la posición en la pirámide jerárquica del puesto y han sido poco discriminativos respecto de los tipos de competencias necesarios en ese mismo puesto.

 Este hecho se debe a dos factores: Por una parte, responde a la realidad de unas organizaciones muy jerarquizadas (no en vano el creador de uno de los más conocidos sistemas de valoración fue un militar) y, por otra parte, un sistema cuyo principal criterio discriminativo sea el volumen de recursos administrados por el puesto genera escalas salariales cuyos niveles son coherentes con los niveles jerárquicos de la organización.

 En un entorno de puestos más multifuncionales y de organizaciones más planas parece necesario un mayor nivel de discriminación en las capacidades necesarias para cada puesto y, al mismo tiempo, pierde peso relativo en el análisis el lugar que ese puesto ocupe en la pirámide.

 Los modelos de competencias están ya plenamente integrados en la gestión de Recursos Humanos desde hace tiempo; sin embargo, continúan siendo vendidos en muchos casos como la gran novedad. Aceptando los elementos positivos que aportan, es posible que haya llegado el momento de tratar de vislumbrar también sus limitaciones para no generar falsas expectativas.

 El elemento básico para cualquier modelo de competencias es el diccionario donde se describen esas mismas competencias y se señalan los posibles niveles que permitirán establecer cuál es el grado de necesidad de una competencia concreta para un puesto concreto. Esta pieza básica del modelo representa ya muy serias dificultades en su construcción:

¿Cómo es posible asegurarse de que no haya solapes en las definiciones de las distintas competencias? Supongamos que definimos una competencia llamada “capacidad de comunicación” y otra llamada “capacidad negociadora”. Por brevedad expositiva, no definiremos las competencias sino que nos quedaremos con la visión intuitiva que todos tenemos de ambas capacidades.

 ¿Hasta qué punto una capacidad negociadora no exige una fuerte carga de capacidad comunicativa? El problema no tendría especial gravedad si no fuera porque el modelo de competencias, como todos los anteriores, parten de una fuerte ambición y de un intento de aplicación universal y se comienzan a establecer ponderaciones entre competencias, por ejemplo, para determinar perfiles de ajuste persona-puesto o para llegar a establecer niveles salariales.

 En tanto nos mantengamos en el nivel de las competencias individuales, tendremos un modelo clarificador que puede ser utilizable tanto para selección como para formación o desarrollo. Cuando se intenta dar un paso más y determinar cuáles son las competencias más importantes y se desarrollan modelos numéricos, empezaremos a encontrarnos con el muy extendido fenómeno de la aritmética-ficción.

 La asignación de números da una falsa impresión de objetividad y control y, bajo esta falsa impresión, se pueden estar colando notables imprecisiones como el hecho indicado de que las competencias, por bien definidas que estén, pueden tener terrenos comunes y que estemos valorando las mismas cosas dos o más veces al definir un perfil.

Cuando se define un perfil de ajuste persona-puesto basándose en un modelo de competencias, hay cuatro supuestos, pocas veces explícitos, sin los cuales el  perfil no es más que un estéril ejercicio de la mencionada aritmética-ficción:

  •   El ya señalado problema de que las competencias tengan zonas comunes que sean evaluadas más de una vez en la ponderación.  
  • El supuesto de que se han identificado todas y cada una de las competencias necesarias para un puesto.
  • El supuesto de que la ponderación de competencias es válida para todo tipo de contingencias imaginables en un puesto

 

  • El supuesto de que un determinado puesto sólo puede ser ejercido por un determinado perfil o, al menos, el supuesto de que hay un perfil ideal; dicho de otra forma, la consideración de que al ajuste persona-puesto es un problema de solución única.

 

Todos los supuestos indicados son lo suficientemente relevantes para pensar si no está ahí el límite de los modelos de competencias. Cuando aparecieron por primera vez con la idea de ser más discriminativos y de organizar de una forma más coherente funciones tales como la selección o la planificación de carreras, estos modelos fueron, con sobradas razones, muy bienvenidos.

 A medida que los intereses comerciales y los intentos por empujar los sistemas de competencias hasta sus límites los han llevado a ignorar algunos problemas graves, como los señalados, por el sencillo y habitual procedimiento de enterrarlos bajo números prescindiendo del significado de éstos, empieza a ser necesaria una evaluación crítica de los modelos.

 Como conclusión, podemos decir que los modelos de competencias son aceptables pero que, como cualquier otra cosa, tienen unas limitaciones que no debemos ignorar si queremos usarlos adecuadamente y que no sirvan para tapar problemas no resueltos.

 

Director de Recursos Humanos y Controller: Condenados a entenderse

Si hubiera que elegir una dificultad única en la función de Recursos Humanos excluyendo todas las demás, es probable que pudiéramos alcanzar un acuerdo en torno a una: La dificultad de medición.

Dos eminentes físicos, Kelvin y Einstein, dieron su opinión a este respecto. El primero estableció su Si no puede medirse, no puede controlarse reformulado modernamente mediante la sustitución de controlarse por gestionarse. El segundo dijo algo muy distinto: No todo lo que puede contarse cuenta ni todo lo que cuenta puede contarse.

En este momento, puede decirse que predomina la doctrina Kelvin que, desde luego, puede calificarse de cualquier cosa menos de indiscutible. El énfasis en la medición hace que los que trabajamos en el mundo de lo no tangible podamos encontrarnos algunas dificultades.

Cuando este hecho lo llevamos al ámbito de un negocio, las exigencias de medición pueden llegar al absurdo y todo lo que no se somete a esas exigencias es en algunos sitios ignorado. No hay una salida fácil y desde una posición de Recursos Humanos se pueden afrontar serias dificultades, tanto más si la Alta Dirección forma parte de los integristas de la medición.

Quizás uno de los mejores consejos que se le puede dar a un DRH en esta tesitura es que establezca una firme alianza con el controller, muy especialmente si este último no es una especie de «Director Financiero-2» y ha establecido un cuadro de mando que contemple más variables de negocio que las estrictamente financieras. Si además de esto, está familiarizado y aplica modelos del tipo Balanced Scorecard mejor que mejor.

Si una posición de la rama más dura del negocio está manejando un conjunto de variables propias del negocio, el DRH tiene parte de su tarea hecha. A la hora de establecer sistemas de evaluación de rendimiento, por ejemplo, puede conseguir que éstos tengan relevancia derivándolos de las variables de negocio que maneja toda la organización en lugar de preparar su propio sistema de variables no conectado. Por otra parte, puede aportarle también al controller nuevas variables que pueden no estar siendo contempladas.

Nunca es una situación fácil pero una alianza DRH-Controller puede ser muy favorable para ambos y para el conjunto de la organización.

¿Se pueden pactar deslocalizaciones con sindicatos?

Durante los últimos tiempos, la idea de que las deslocalizaciones tuviera que ser pactada con los sindicatos está apareciendo en distintos medios de comunicación y cobra más fuerza cada vez que aparece algún caso de cierta envergadura como, por ejemplo, Delphi.

Me encuentro entre los que llevan tiempo afirmando que los sindicatos pueden acabar ejerciendo un papel proteccionista imposible de ejercer por los Estados gracias a los acuerdos de libre comercio. Sin embargo, la idea de una norma en el sentido en que se está proponiendo en los últimos tiempos es sencillamente absurda.

Podría esperarse que un sindicato hiciera una campaña publicitaria contra una empresa que quiere llevarse sus instalaciones productivas y, de esta forma, conseguir que no salgan los números.

Al fin y al cabo, la deslocalización se sustenta sobre una idea simple: Conservar el mercado y rebajar los costes operativos. Si mediante campañas de imagen se consigue romper la primera parte de la ecuación, es posible que haya quien encuentre que le resulta mejor mantener unos costes más altos si, al mismo tiempo, mantiene también un mercado interesante.

Eso es una algo que incluso puede considerarse que entra dentro de la actuación legítima de un sindicato pero…¿pactar deslocalizaciones? ¿cuáles son las contrapartidas? ¿qué interés tiene la empresa que se marcha en pactar cuando no tiene más que hacer el equipaje? ¿qué interés puede tener un sindicato en pactar una pérdida de puestos de trabajo? Sólo se me ocurre una: Contrapartidas para el sindicato en lugar de para los trabajadores que van a perder su empleo.

Desde luego, no hay muchas más opciones. En principio, la empresa que se va quiere deshacer una inversión y no tiene nada que pactar. Si el Estado interfiere y exige el acuerdo con sindicatos ¿cómo obligar a la empresa? Hay dos formas y ninguna es buena:

Primera: Cuando una empresa quiera establecerse en España, exigir un compromiso de que, en caso de retirar sus inversiones, tenga que existir el pacto con los sindicatos.

Segunda: Aprobar una legislación que, en caso de que tal pacto no se alcance, establezca algún tipo de confiscación o sanción que, por su cuantía, pueda considerarse que tiene ese carácter.

Cuando la Junta de Andalucía amenazó a Delphi si se marchaba, quien la llamó al orden no fue ningún miembro de la oposición política sino el propio ministro de Economía, Pedro Solbes, con un argumento difícil de rebatir: Si ponemos barreras al que se quiere ir, el que esté pensando en venir irá para otro lado.

Éste es el gran argumento en contra de este tipo de pactos pero hay más:

A las empresas ya establecidas y que deseen marcharse, esta intervención del Estado podría obligarlas a entrar en los viejos caminos de la corrupción y a «comprar» el pacto con los sindicatos.

Tanto las que ya están como las que podrían venir no tendrán el menor interés en invertir ni un céntimo más en España.

Puede ser legítimo condicionar la concesión de ayudas a compromisos de permanencia pero no se puede pasar de ahí. Algunas regiones españolas pueden estar empezando a ser un lugar poco atractivo para las inversiones extranjeras gracias, entre otras cosas, a la política.

La consecuencia está siendo la desaparición de un conjunto de empresas que prefieren buscar otros sitios donde sean mejor tratadas como ha dejado en evidencia el caso sangrante de Pescanova, empresa gallega que construye una factoría en Portugal ante las trabas que encuentra en Galicia.

Al tratar de impedir la fuga de empresas por procedimientos como la exigencia del pacto con los sindicatos se estaría provocando al mismo tiempo que los que no están no tengan el menor deseo de acercarse y que los que están busquen subterfugios para reducir su inversión.

Nos guste o no, en España hay una situación complicada que la política, en lugar de suavizar, agrava: Hace años que no somos un país de mano de obra barata y nunca podríamos competir, por ejemplo, con China. Al mismo tiempo, tampoco somos un país que destaque por valor añadido y hay otros países que nos llevan una gran delantera.

¿Qué nos queda? ¿El turismo de sol y playa? Si se quiere conseguir un país competitivo, hay que conseguir un país atractivo tanto para empresas como para profesionales cualificados atrayendo capital tanto financiero como humano.

Si, en lugar de eso, se opta por pretensiones como el pacto con los sindicatos, lo único que se estará haciendo -una vez más- es empeorar la situación y otorgarles una representatividad que las cifras de afiliación dicen a todas luces que es ficticia.

Telepredicadores y gurús del management

La muerte de Sumantra Ghoshal, a la que me había referido en el espacio http://groups.msn.com/factorhumano me hizo pensar en lo mucho que se parece la actividad de los telepredicadores a la de muchos pretendidos gurus del management; Sumantra Ghoshal era una honrosa excepción a esta regla.

 

Hace poco tiempo, en un país de Centroamérica, me comentaba un amigo de allí que un compañero suyo en tareas docentes e ingeniero de titulación había decidido convertirse en predicador simplemente por motivos económicos. Esto, dicho así con toda la naturalidad, suena extraño para las costumbres españolas pero, si lo miramos a fondo, tampoco estamos tan lejos de ello.

 

Hace varios años, en una conversación con un guru internacional del marketing, éste me contaba sus cuitas con un cliente que le había contratado un curso a un precio exorbitante. Su cliente era una editorial y su problema era el siguiente: He estado revisando la forma de actuar de McGraw-Hill; creo que lo hacen bien y así se lo he dicho al cliente. Sin embargo, ellos pretenden hacer todo lo contrario ¿por qué contratan entonces un curso donde lo que les voy a contar no tiene que ver con lo que ellos están haciendo?

 

Hay que decir que se trataba de una persona que manejaba con excepcional destreza la dinámica del aula y le pregunté si deseaba que le dijera la verdad o prefería que fuera educado. Para su desdicha, optó por la primera posibilidad y me limité a contestarle casi literalmente lo siguiente: Porque es caro. Tu facturación está muy por encima de lo habitual y este hecho va a ser utilizado como forma de mostrar que hay un auténtico interés en un proceso de cambio. Ese interés, sin embargo, no existe; no pretendas salvarles de nada porque, en el caso de que pudieras hacerlo, nadie te ha pedido que lo hagas. Imparte tu curso, da espectáculo y, si quedan contentos, probablemente te contratarán otros aunque tú y yo sabremos que no servirán de nada.

 

Quizás con los años nos suavizamos un poco y tal vez hoy habría sido incapaz de contestarle algo semejante aunque crea honestamente que respondía a la realidad. ¿Cuántas veces se producen situaciones de este tipo?

 

El guru maneja bien la dinámica grupal y suelta su sermón a un público que va a salir encantado y lo va a olvidar al cabo de pocas horas. ¿Estafa? Tal vez; en algunos casos, con toda seguridad. Cualquiera que se desenvuelva en este terreno podría, sólo recurriendo a la memoria, soltar no menos de diez nombres de reputados golfos que viven de soltar sermones vacíos. Sin embargo, en muchos casos no hay estafa sino que se trata simplemente de intereses complementarios. El guru vende algo que no funciona a un comprador que también sabe que no funciona. Los ilusos acaban siendo aquéllos que pensaban que se podía cambiar el mundo con una charlita y un poco de teatro.

 

Evidentemente, no es éste un sitio para dar nombres pero la próxima vez que asista a una sesión de uno de estos gurus , vea si le ha dejado algo -incluida la cartera- aparte del subidón que consiguen provocar en la sesión. Exija contenido que realmente le guíe para modificar cosas y, si no es así y ha visto que la dinámica grupal era muy similar a la que se produce en las sesiones de telepredicadores, a veces con milagros incluidos, no vuelva.

On Intelligence (Jeff Hawkins)

Probablamente el mejor libro sobre la inteligencia humana escrito por un tecnólogo. Hawkins es el padre de algunos modelos de gran éxito de Palm y tiene experiencia como diseñador de microprocesadores en Intel.

Ese tipo de experiencia le ha llevado, al contrario que a muchos de los autores de la llamada inteligencia artificial, a interesarse en el funcionamiento del cerebro humano y en qué lecciones podemos extraer de ahí con vistas a la construcción de una máquina que pudiera tener actuaciones semejantes.

Son muchos los puntos atractivos del libro: Empieza por hacer una historia de la inteligencia artificial, redes neuronales, conceptos de procesamiento paralelo y otros señalando qué han logrado y dónde fallan.

A partir de ahí entra en el funcionamiento del cerebro con un planteamiento sumamente original y que tiene poco que ver con los brochazos de trazo grueso de muchos defensores de la inteligencia artificial al estilo de Brooks o con los igualmente gruesos de algunos psicólogos cognitivos al estilo de Pinker.

Comienza por definir inteligencia como «capacidad para recordar y anticipar pautas en el mundo, incluyendo lenguaje, matemáticas, propiedades físicas de los objetos y situaciones sociales».

Incluso toma la controversia Turing-Searle donde el primero sostenía que una máquina era inteligente si era capaz de engañar consistentemente a una persona -definición de inteligencia derivada de la conducta externa y a juicio de un observador también externo- y el segundo hacía su célebre experimento donde un intercambio de tarjetas entre un chinoparlante y otra persona que, sin conocer el chino, dispusiera de un conjunto de códigos que le permitieran entregar a su interlocutor chinoparlante la tarjeta correcta daba lugar a una situación absurda: Dos personas conversaban en chino pero sólo uno de ellos dominaba el idioma y esto era así incluso en el caso de que el chinoparlante pensase que su interlocutor también conocía el chino -contradiciendo la idea de Turing-. Hawkins aporta una óptica distinta:

«Si la habitación china de Searle hubiera contenido un sistema de memoria capaz de hacer predicciones acerca de qué caracteres chinos aparecerían a continuación y qué era lo siguiente que ocurría en la historia, podríamos decir con confianza que la habitación comprendía el chino y la historia. Ahora podemos ver que Alan Turing estaba equivocado. La prueba de inteligencia no es la conducta sino la capacidad de anticipación».

Alguien podría preguntarse: ¿De qué nos sirve todo esto a los que nos dedicamos a cosas prácticas? La respuesta es simple: Hace tiempo que venimos asistiendo a la sustitución de personas por máquinas en muchos ámbitos; en algunas ocasiones, esa sustitución tiene sentido y es la actuación correcta; en otras ocasiones, no. Diferenciar unas de otras se convierte en una tarea crucial y requiere diferenciar claramente cuáles son las capacidades inimitables de personas y de máquinas. El libro de Hawkins puede ser una muy valiosa ayuda en esa tarea.

5 pasos para transformar una oficina de personal en un área de recursos humanos

Se trata de un libro de Martha Alles publicado en 2005 por Granica.

Lo mejor que se puede decir de él -aunque luego maticemos- es que es un libro que debe ser mirado desde lejos. Las grandes líneas de actuación están tratadas de un modo claro, sintético y atractivo mientras que en el nivel de detalle se pierde e introduce errores de concepto de cierta envergadura.

Así, cuando trata la descripción de puesto vemos que no diferencia «puesto» como conjunto de responsabilidades y actividades de «perfil», es decir, las condiciones que debe cumplir un ocupante del puesto.

Convierte «competencia» en sinónimo (en dos ocasiones) de «características de personalidad». Es cierto que hay competencias que se sustentan en características de personalidad pero NO son características de personalidad.

En el apartado de toma de información forma un lío muy considerable cuando, en realidad, todo puede hacerse mejor y de una forma más sencilla de la explicada en el libro:

Al parecer, la descripción de puesto debe ser totalmente teórica basándose en misión, valores, responsabilidades, etc. y, sobre eso, se debería evaluar al ocupante del puesto.

¿Qué tal hacerlo al revés? Podemos seleccionar a un ocupante con un rendimiento adecuado de forma que éste nos sirva de molde y permita -sabiendo qué es lo que funciona de verdad- definir el perfil para selección o evaluar a otras personas que ocupan el mismo puesto.

Cuando vamos a los temas de contenido puramente práctico, encontramos algo parecido:

  • Considerar que una empresa que tiene cien puestos (aclarando que no se refiere a personas porque varias personas pueden ocupar la misma posición) es pequeña parece mucho suponer. Recurriendo sólo a la experiencia propia, he trabajado en una empresa con noventa puestos y mil cuatrocientas personas.
  • En cuanto a la idea de que todas las organizaciones tienen que tener una descripción de puesto, aunque sean cinco personas (literal), y calificando de error la opinión contraria me parece totalmente exagerado y asumo plenamente el supuesto error. Una empresa muy pequeña puede funcionar -y hacerlo bien- sin necesidad de estructuras formales ya que cada uno sabe perfectamente lo que hacen los demás. ¿Qué aporta en ese contexto una descripción escrita? Creo que más bien poco.

En suma, sorprenden los altibajos del libro (muy bien en lo genérico, mal en lo específico) y deja la duda de a quién va dirigido:

Los que hacemos consultoría y/o docencia podemos utilizarlo quedándonos con las partes buenas e ignorando las que no lo son. Quien busque una guía de inicio, puede encontrarse con que en algunos terrenos el libro le despiste.

Creo que una reedición del libro revisando en profundidad estos detalles no menores acerca de los «cómos» sería muy bienvenida y haría que fuera un libro muy apreciable para ambos tipos de público. La autora ha resuelto con brillantez lo más difícil y ha fallado en lo más fácil.

El método Grönholm

Reproducido de http://factorhumano.spaces.live.com:

En el momento de escribir este comentario, la obra se encuentra en la cartelera de teatro de Madrid.
Según el autor la idea de la obra nace de una anécdota real…un empleado de una cadena de supermercados (aunque el autor no la nombra se trata de Sánchez Romero) había anotado sus impresiones sobre las posibles candidatas a un puesto de cajera. Los comentarios estaban llenos de frases machistas, xenófobas y crueles del tipo …»moraca, no sabe ni dar la mano», «voz de pito, parece idiota».

Con esta idea en mente, es fácil suponer que lo que ha intentado el autor es una mezcla de parodia y denuncia sobre los métodos de selección y hay algo que decir tanto sobre los principios que animan a la obra como sobre la obra misma.
Estoy plenamente de acuerdo en que es inadmisible que alguien escriba comentarios de ese tipo incurriendo en el claro riesgo de que sean vistos y hagan daño. Otra cosa es que en nombre de lo políticamente correcto -obsérvense las expresiones utilizadas por el autor- el seleccionador no pueda ya ni siquiera pensar lo que cometió la imprudencia de escribir.
Hace tiempo conocí una empresa muy sensibilizada con los escritos y escribían clases marginales sin arraigo social cuando querían indicar que una casa embargada estaba ocupada. Después ya de palabra, en una reunión, cuando se pedía la aclaración salían los comentarios xenófobos y crueles del estilo de «un grupo de okupas gitano» o similar. Esto había dado lugar a un lenguaje escrito pensando en las manos en que podía aterrizar un informe y un lenguaje verbal «políticamente incorrecto» pero necesario cuando se trata de precisar y entenderse.
Inevitablemente, la crítica realizada desde la asfixiante posición de lo políticamente correcto se queda en una parodia porque, para conseguir algo, tiene que exagerar la realidad de lo que critica. El efecto suele ser el contrario del que se persigue porque se centra la crítica en el aspecto anecdótico dejando pasar los elementos realmente criticables.
La primera parte de la obra resulta entretenida aunque resulta difícil hacer creer a alguien que haya estado a uno u otro lado de la mesa en un proceso de selección que las cosas funcionan así. Siempre puede encontrarse uno a un seleccionador incompetente o tarado -hay tantos como en cualquier otra profesión- pero tomar una parte mínima por el todo implica un desvío completo de la crítica.
La segunda parte ni siquiera es entretenida. Parece que al autor le entró prisa por liquidar la obra y es justamente lo que hace en cuatro mandobles y con un final inesperado y que nada tiene que ver con el resto de la obra.
Puestos a criticar las prácticas de selección son muchas las cosas criticables. Todavía hoy me encuentro muchas mujeres que me preguntan qué deben contestar si el seleccionador les pregunta si tienen novio, si piensan casarse o tener hijos, etc. Mi respuesta es siempre que, ante una intromisión ilegítima, la mentira es una respuesta legítima. El hecho de que estas preguntas se repitan indica que ésa sí es una práctica habitual y, desde luego, criticable en los procesos de selección.
Podemos criticar que se utilicen determinadas pruebas que pueden no ser válidas o dar información que va mucho más allá de lo requerido en el proceso de selección y que solo pueden hacer daño. ¿Qué ocurre cuando ante una respuesta inocente en un Rorschach un seleccionador se queda pensando «éste es más maricón que Catalina de Rusia» (Umbral dixit)? ¿Qué ocurre si lo escribe en un informe de selección por mucho que lo disfrace para estar de acuerdo con la ortodoxia del momento? ¿Qué legitimidad tiene para obtener y para escribir ese tipo de información?
¿Qué ocurre cuando un afamado «head-hunter» dice -y escribe- que rechazó a un candidato porque en un almuerzo vio que echaba sal en la sopa antes de probarla demostrando que era un precipitado? Es posible que el candidato fuera un precipitado; es igualmente posible que el «head-hunter» fuera un imbécil al que no se le ocurriera que al candidato le gustaba la comida muy salada y su hábito estuviera plenamente justificado. ¿Es justo que la carrera profesional de alguien pueda estar en semejantes manos?
Ésos son los auténticos problemas no abordados en la obra que, después de una primera parte entretenida, queda en un fuego de artificio vacío. Bienvenida sea la crítica a los procesos de selección pero la caricatura realizada desde una posición de caricatura no es el camino para hacerlo.

Motivación: El Maslow menos conocido

Maslow y su pirámide de necesidades constituyen una referencia obligatoria para todo aquel que haya tocado, aunque sea de refilón, los temas de motivación. Sin embargo, recientemente he descubierto un libro suyo -reeditado tras muchos años y sin un gran éxito inicial- que descubre a un personaje completamente distinto y mucho más actualizado de lo que hace suponer su idea de la pirámide.

El libro se llama «El management según Maslow» y, entre otras cosas, lleva una referencia a un artículo sobre liderazgo que vale la pena leer. Lo tenéis en http://www.fastcompany.com/magazine/02/meyerson_Printer_Friendly.html y se trata de la visión del liderazgo de Meyerson, en su momento presidente de EDS.

Particularmente, tanto el libro como el artículo me sorprenden porque soy un declarado escéptico de lo que se ha dado en llamar «técnicas de dirección» y asuntos asociados.

No es que no sean importantes pero, con más frecuencia de la deseable, se utiliza en este ámbito un enfoque de espectáculo y de «lavaconciencias» quedando todo en lo que los americanos llaman pep-talks y sin ningún resultado visible incluso a corto plazo.

Maslow pone el dedo en la llaga cuando señala que una organización autoritaria tiene una inteligencia limitada a la que sean capaces de volcar en ella sus dirigentes, sea en forma de órdenes directas o de normas o procesos formalmente diseñados. 

A pesar de ello, utilizar todo el potencial disponible en toda la organización tampoco es fácil: A medida que una organización crece, crecen también las necesidades de coordinación interna y eso hace difícil dar una autonomía real a las personas sin comprometer una coordinación que se hace cada vez más compleja y difícil.

La parte contraria también está ahí: ¿Cómo se puede conseguir una organización sana donde se les pide a buena parte de sus miembros que se comporten como autómatas, tanto en la ejecución de su trabajo como en la respuesta al modelo de gestión de recursos humanos? Diseñamos cuidadosos sistemas de evaluación, alambicados sistemasde compensación, etc. confiando en que la gente se comportará de acuerdo a nuestro diseño y, desde luego, no siempre lo hace.

Hay organizaciones excepcionales que han conseguido armonizar ambos extremos mediante unos cuidadosos procesos de selección y -tan importante o más- de socialización de forma que los comportamientos correctos no estén en una norma escrita sino en los valores transmitidos por la organización a todos sus miembros y presentes en el comportamiento de éstos entre ellos y hacia el exterior.

Naturalmente, estas organizaciones también tienen un problema: Necesitan tiempo. Conseguir transmitir a un nuevo miembro los valores de una organización siempre es más lento que darle un manual que le especifique detalladamente qué es lo que tiene que hacer. Esto hace que sean una gran mayoría las organizaciones que no optan por esta vía y se quedan en un modelo command-and-control que, de vez en cuando, tratan de suavizar mediante las susodichas pep-talks.

Cuando alguien se declara escéptico respecto a lo que, sobre el papel, parece la parte más humana del trato con personas en una organización pueden darse dos motivos principales:

  1. Se trata de alguien que responde al tipo hard-nosed manager y que se siente mucho más cómodo en un entorno de control donde nadie se mueva un milímetro más de lo que se le ordene.
  2. Se trata de alguien convencido de que, en la mayoría de los casos, el problema principal no se trata de técnicas sino de actitudes básicas y que éstas no se modifican fácilmente con una o dos charlas y es más efectivo manejar variables organizativas.

Para ilustrarlo con un ejemplo: ¿Sirven de algo los seminarios sobre técnicas de comunicación? Alguien podría responder a esta pregunta con otra: ¿Estás diciendo que la comunicación no es importante? Evidentemente no y, sin embargo, en muchos casos los seminarios sobre técnicas de comunicación pueden tener una utilidad escasa o nula.

Veamos por qué: Es cierto que hay personas con serios déficits en sus habilidades de comunicación y éstas pueden aprender y les puede ser muy útil un seminario sobre el tema. No obstante, en la mayoría de los casos el problema no es de habilidad en cómo se comunica sino en qué se comunica y, cuando ése es el problema, no podemos arreglarlo mediante una técnica de comunicación.

Se puede aprender a manipular más efectivamente pero, una vez perdido el efecto sorpresa, la manipulación se hace transparente y se produce un efecto de rebote. Hace unos años hubo en España un presidente al que propios y contrarios denominaban encantador de serpientes por su obvia habilidad para la comunicación; el problema es que, una vez que le colocaron el sello de encantador de serpientes, cualquier cosa que dijera era considerada por muchos falsa y se buscaba algún tipo de propósito oculto.

Lo mismo nos ocurre con la motivación. Puede haber personas torpes y que desmotivan por su conducta poco considerada. ¿Se arregla con un curso de motivación? Si se trata de torpeza, tal vez. Si se trata de un diseño organizativo inadecuado o de que la persona que desmotiva está encantada de haberse conocido y va a seguir comportándose de la misma forma, está claro que no.

¿Qué nos queda en estas condiciones? Cuando algo funciona mal en una organización, no se arregla dando una prédica al respecto. Del mismo modo que no podemos tratar un cáncer con aspirinas, no podemos quedarnos con soluciones superficiales que tranquilicen conciencias y hagan que la gente salga con el subidón.

Lo primero que necesitamos es estar seguros de que no hay ningún elemento de diseño organizativo, incluida la gestión de recursos humanos, que esté torpedeando todo esfuerzo que queramos hacer. Sólo cuando tengamos claro que estamos ante una organización sana, podremos intervenir mediante formación; si no es así, la intervención es más larga, más dura y más dolorosa, si lo que se intenta es precisamente llegar a conseguir una organización sana.

Vuelvo a un ejemplo, aunque en este caso personal y tomado del ámbito de la medicina: Hace algo más de dos años empecé a notar un dolor de pierna que me llevó, al cabo de unos meses, a cojear y a notar unas manchas moradas en la rodilla. Se me ocurrió visitar a un conocidísimo traumatólogo, médico de un no menos conocido equipo de fútbol, y me pintó un panorama desolador de operaciones, rehabilitaciones muy largas, etc. Busqué una segunda opinión de un traumatólogo mucho menos conocido aunque, incidentalmente, también médico de un mucho más modesto equipo de fútbol y me pintó un panorama mucho más optimista. Básicamente, sus palabras fueron: «Tu caso es como el que tiene una china en el zapato; mientras no quitas la china, pisas mal y te hace herida en el pie pero eso no significa que haya que operar ni tratar específicamente la herida ni la cojera sino quitar la china». Decidí fiarme más del segundo y «quitó la china» que, en este caso, era un menisco roto, sin que volvieran a producirse problemas.

Este tipo de análisis también es necesario en una organización. Hay veces que una pequeña intervención en el lugar adecuado consigue efectos espectaculares pero hay otras que puede ser una forma de lavado de cara sin entrar a fondo en el problema.

Goldratt con su teoría de las limitaciones dice que «hay que gestionar el cuello de botella» y que cualquier mejora en otra parte del sistema no nos lleva a ningún sitio. Pues bien, siguiendo esa misma lógica, son muchas las situaciones en que el cuello de botella para la mejora no está en las capacidades personales -siempre mejorables- sino en elementos estructurales. Intentar intervenir en aquéllas sin hacerlo en éstas puede ser, en algunos casos, correcto; en muchos otros, puede ser una pérdida de tiempo o un alarde de cinismo.

Maslow tiene toda la razón -y la tuvo casi cincuenta años antes de que se hablase de ello con cierta intensidad- en que tenemos que buscar formas de aprovechar lo que pueden aportar las personas; sin embargo, esto no significa en muchos casos que la solución pase por intervenir en las personas sino en los canales organizativos en los que éstas se mueven quitando de ellos mucho colesterol y hasta algún que otro infarto.

Una vez que hemos conseguido una organización sana, tenemos toda la legitimidad para buscar el problema en las personas y tratar de mejorar desde ahí. Si no es así, podemos estar incurriendo en un ejercicio de hipocresía.