Categoría: Capital intelectual
Gestión del talento en tiempos de crisis
Hace años escuché a un conocido director de recursos humanos afirmar, en una reunión informal de colegas, que en ese momento despedir a alguien no era una pérdida sino una inversión. Seguramente, ésta entra dentro del tipo de afirmaciones que nadie se atrevería a suscribir en público pero más de uno pensaría que, en un momento de crisis, la mejor gestión del talento posible es una puerta de salida abierta de modo selectivo.
Sin embargo, no es cierto, y no lo es porque hay tres problemas que complican una visión tan simple, o simplista, como ésta:
- El problema de la legitimidad.
- El problema de la selectividad.
- El problema de los zombis.
El problema de la legitimidad es muy sencillo de explicar: Cualquier empresa, por bien gestionada que esté, se encuentra expuesta a tener que despedir a parte de su personal o, en un caso extremo, a cerrar. Sin embargo, una queja muy frecuente se produce porque, antes de llegar a esta situación o incluso mientras se está produciendo, son demasiadas las organizaciones que manifiestan una torpeza supina en la gestión cuando no abiertas corruptelas así como el mantenimiento de retribuciones supuestamente sujetas a resultados de los altos directivos y gastos suntuarios para ese mismo nivel. Ése es el problema de la legitimidad. Tener que prescindir de personal porque la situación es crítica puede ser tan doloroso como inevitable en algunos casos. En otros casos no ha sido evitable en absoluto y, para llegar a esa situación se han producido hechos que quitan toda legitimidad al proceso de reducción de plantilla y, por supuesto, a cualquier demanda de sacrificios que se pueda pedir a terceros a cuenta de la crisis.
El problema de la selectividad es tan serio como el primero y tiene dos frentes, uno relacionado con la calidad de la información disponible y el segundo relacionado con la contaminación de las decisiones sobre retención de talento por variables financieras o de relaciones laborales.
En cuanto a la información, parecería obvio que toda organización necesita tener un Who is who de su propio personal tanto en rendimiento actual como en rendimiento potencial. Sin embargo, tan obvio es que debería tenerlo como lo es que la mayoría de las organizaciones no lo tienen o no les sirve para nada. En este momento, es difícil encontrar una organización de cierto tamaño que no tenga una evaluación de rendimiento formal; otra cosa es que esa evaluación mida lo que tiene que medir y, además, sus contenidos sean fiables y no haya quedado reducida a un rito anual que hay que pasar.
Con frecuencia, las evaluaciones no son más que una forma de vestir la discrecionalidad ya que sus datos no se contrastan con ninguna otra fuente que permita su validación y, cuando así ocurre, pretender utilizar esas evaluaciones para tomar decisiones tan serias como quién se va y quién se queda sirve de muy poco. Algunas organizaciones, lamentablemente muy pocas, se toman tan en serio la evaluación que estar por debajo de un determinado centil puede ser causa de despido y eso es una garantía de que todos se van a preocupar de la validez de la información; en muchas otras, las evaluaciones representan un compendio de lugares comunes completamente inútil para la toma de decisiones.
Las relaciones laborales son otra fuente de distorsión para la retención del talento. Las empresas, al confeccionar una lista de despidos, buscan incluir en ellas a aquéllos que les van a suponer menos problemas que, generalmente, suele coincidir con las personas que tienen contratos temporales lo que, generalmente, suele coincidir con las personas más jóvenes que, sólo por ello, es de esperar que sean las que tienen más potencial. En terrenos que evolucionan muy rápidamente ni siquiera hablaríamos de potencial sino de capacidad actual. Cuando las decisiones de despido se toman con la evitación de escándalo como primer parámetro, se está dejando escapar a personal valioso que, en unos casos, representa una generación de relevo que se pierde. En otros casos, puede estarse dejando marchar a las personas más familiarizadas con nuevos desarrollos tecnológicos dejando sin cubrir funciones claves.
Por último, la macrodistorsión viene dada por el área financiera. La decisión de reducción de plantilla es, muy a menudo, motivada por una situación financiera crítica, y ello lleva a veces a cometer el error de permitir que el proceso sea dirigido por financieros con óptica estrictamente financiera. No hace mucho tiempo me encontré explicándole a un financiero que el despido de un analista funcional significaba, lisa y llanamente, que la empresa no podía seguir vendiendo una aplicación informática conocida en profundidad sólo por ese analista. Cuando los criterios que predominan son los de coste de despido o de reducción de los sueldos más elevados, es frecuente que el talento disponible salga por la ventana junto con sus propietarios.
He dejado para el final el problema de los zombis aunque no es menor ni tiene nada que ver con la ahora tan de moda obra de Stephanie Meyer. Se refiere al riesgo de poblar la organización con muertos vivientes como consecuencia de actuaciones que hacen visible el compromiso de la organización con sus personas, es decir, ninguno. El riesgo no está solamente en la eventualidad de que salga de la organización personal valioso, sea por su propio pie ante las negras perspectivas o por decisión de la organización; está también en provocar un estado de desmoralización que convierta a las personas en auténticos zombis más preocupados por su posición que por sus funciones y que, ante la carencia de compromiso desde la organización, hayan tomado una posición recíproca matizada únicamente por el temor al despido.
Bismarck decía que se prohíbe todo aquello que no se ordene expresamente. No hay que retroceder a la Prusia del siglo XIX para ver ese modelo en funcionamiento. Existe en muchas organizaciones actuales cuyo principal motivador es el miedo y éste es el mayor asesino del talento. Sólo a título de ejemplo, hace poco se han publicado las conclusiones de la investigación de un incidente en un vuelo de Ryanair con destino Roma (Ryanair 9672 del 7-9-2005). Sin la menor exageración, puede decirse que los pilotos se perdieron durante la aproximación. En la revista Mach82 de diciembre de 2009 se puede leer lo siguiente:
El comandante perdió a un hijo de 3 meses sólo unos días antes del vuelo y tras una larga enfermedad. En sus días libres, había estado viajando desde su base, Ciampino, a su casa en Varsovia y tras la muerte, declaró a la Comisión de Investigación que no informó a su operador por miedo a perder el trabajo.
El copiloto podría haber echado un cable, aunque es probable que estuviera limitado por su falta de experiencia. Poseía un total de 475 horas de vuelo de las que 300 eran del avión, es decir, había sido contratado por el operador con tan solo 175 horas de vuelo. De hecho, declaró que ese había sido su primer vuelo con meteorología adversa.
¿No podría definirse eso como un régimen de terror? Muchas organizaciones en situación de crisis, y algunas sin estarlo, acaban cayendo en ese modelo creador de zombis. Además, se hace en un momento donde se necesita el máximo de las capacidades de cada uno, capacidades que aunque no desaparezcan quedan, como en la célebre película Cocoon, encapsuladas y esperando que aparezca un ambiente propicio para emerger. Mientras tanto, seguirán escondidas en su cápsula y la actuación del zombi será dirigida por el miedo como principal o única variable.
No es imposible gestionar el talento en época de crisis. Es, incluso, especialmente necesario hacerlo entonces pero muchas de las prácticas utilizadas para capear el temporal son auténticas asesinas de talento. He tratado de recoger las que considero más importantes pero la relación no es ni mucho menos exhaustiva.
Paradojas y factores de éxito de la formación online
http://www.copac.es/prensa/revista_articulo.asp?id=1256
Publicado en la revista «Aviador» del Colegio de Pilotos.
La lógica no binaria del fallo tecnológico
Los detractores de un modelo de desarrollo tecnológico -no del desarrollo tecnológico mismo- tenemos buenas razones para serlo.
Bastantes pueden encontrarse en otros posts aquí mismo y otras más desarrolladas podrán encontrarse en breve plazo aquí en su aplicación específica a la seguridad aérea:
https://www.ashgate.com/shopping/title.asp?key1=&key2=&orig=results&isbn=0%207546%204912%201
Sin embargo, si hubiera que recurrir a una síntesis extrema y dar una razón principal sobre por qué es inadecuado el modelo de desarrollo tecnológico, la razón sería la siguiente: Porque los fallos tecnológicos no son binarios.
En otros términos, no nos encontramos en una posición de funciona o no-funciona sino que funciona parcialmente y, a menudo, el usuario no tiene claro qué funciona, qué no funciona y cuál es la lógica subyacente.
Por mera casualidad, el pasado fin de semana he tenido ocasión de ser testigo de tres comportamientos tecnológicos anómalos y que pueden inducir a confusión con graves consecuencias si esa confusión se produce en situaciones menos triviales como, por ejemplo, un avión en vuelo.
La primera de estas situaciones se produjo el pasado sábado en una habitación de un hotel. La habitación disponía de un vestidor a la entrada muy cómodo para evitar despertar a los ocupantes menos madrugadores. Al poco tiempo de encender la luz, ésta se apagó repentinamente interpretándolo como fallo de la bombilla. No obstante, por si acaso, volví a pulsar el interruptor encendiéndose de nuevo la luz y apagándose rápidamente esta vez. Imaginé una explicación que resultó ser correcta: El interruptor encendía también otra luz en el interior de la habitación y una mano negra utilizaba un
segundo interruptor para apagar la luz y dejarme sumido en la oscuridad mientras me arreglaba para salir.
La segunda situación se produjo con un teléfono móvil que no funcionaba. La pantalla señalaba que hacía todo perfectamente excepto que, cuando teóricamente se estaba conectado con un interlocutor, el teléfono no emitía el menor sonido, ni durante la espera ni cuando se supone que se estaba en una conversación. La experiencia -que no el manual del teléfono- enseña al usuario avezado que, ocasionalmente, el Bluetooth se «engancha» y permanece activado en momentos en que no debería estarlo. Como consecuencia, dejan de funcionar tanto el micrófono como el altavoz pero se establecen correctamente las conexiones. ¿Solución? Apagar y encender el teléfono. ¿Cómo lo sabemos? Porque ya nos ha pasado más veces. ¿Por qué ocurre? Ni la más remota idea.
La tercera y última situación se produjo durante el viaje de regreso. Repentinamente, una radio de automóvil no especialmente sofisticada y sin pulsar ningún botón decidió por sí sola ponerse en marcha y atronar el coche con el Cómo me pica la nariz que había sido oportunamente apagado una vez que su feliz destinatario decidió dormirse. ¿Solución? Volver a apagar la radio. ¿Por qué se encendió? Ni la más remota idea.
Evidentemente, ninguna de las situaciones era crítica pero la existencia de funcionamientos no binarios o, si se prefiere, estados crepusculares entre el funciona y no-funciona se producen también en situaciones críticas.
Casos como el American Airlines 965 http://en.wikipedia.org/wiki/American_Airlines_965 o el ya clásico accidente del Airbus A-320 ejerciendo de segadora http://en.wikipedia.org/wiki/Air_France_Flight_296 y http://www.youtube.com/watch?v=_EM0hDchVlY tras ser incapaz de remontar el vuelo son un claro paradigma de esa situación.
La idea de que, en los aviones tecnológicamente sofisticados, se disponga también de instrumentos básicos de vuelo es una ayuda pero es cuestionable que sea suficiente.
En primer lugar, los instrumentos básicos no tienen ni el tamaño ni la ubicación adecuados para poder utilizarlos con facilidad como instrumentos primarios de vuelo.En segundo lugar, y tal vez más importante si se conciben como dispositivos de emergencia, serían de una enorme utilidad si se sabe claramente cuándo usarlos, cosa que el modelo de fallo no binario puede impedir en muchas ocasiones.
Un ejemplo de esto último, si bien convergieron muchos más elementos, lo tenemos en el caso AeroPeru 603 http://en.wikipedia.org/wiki/Aeroperu_603
En un momento, cuando la confusión es absoluta, los pilotos deciden utilizar los instrumentos básicos como forma de salir de la situación.¿Por qué hicieron esto? Evidentemente, porque pensaban que se encontraban ante un fallo no binario de la tecnología. La siguiente pregunta que habría que hacerse es por qué pensaban eso.
Posiblemente porque, al igual que con el inocente problema del Bluetooth, ya habían pasado antes por esos estados crepusculares de la tecnología y pensaron encontrarse en uno de ellos. No fue así y una revisión prevuelo mínimamente cuidadosa habría evitado el accidente pero es significativo que la llamada a los instrumentos básicos no se produjera porque un instrumento deja de funcionar sino porque los pilotos entraron en estado de confusión por recibir indicaciones anómalas.
De los tres inocentes casos expuestos, en dos de ellos acabé desconociendo las causas y ello implica, entre otras cosas, que podrían repetirse. ¿Es admisible que esto mismo ocurra en situaciones que implican riesgo grave? Medidas de seguridad como la existencia de instrumentos básicos están diseñadas pensando en fallos binarios claramente identificables. La realidad, en muchas ocasiones, no es tan clara ni tan fácil y eso invalida, al menos parcialmente, tales medidas.
Hace tiempo, alguien me comentaba cómo funciona la seguridad aérea en África mediante un ejemplo: Al parecer, esta persona iba como pasajero en una ruta interna que no llevaba cabina separada. Mientras se estaban preparando para el vuelo, había un indicador rojo muy visible y que parecía señalar que algo no iba bien.
Al observar que nadie se inquietaba lo más mínimo, le preguntó a su acompañante -más acostumbrado a los vuelos en el interior de África y a esa línea en concreto- por qué no se cancelaba el vuelo.Su explicación fue que, con la salvedad del indicador, todo lo demás parecía estar bien y, puesto que la parte más frágil del sistema era el propio indicador, los pilotos habían decidido ignorarlo.
Cualquiera que lea esto lo atribuirá a cosas del África profunda y no se extrañará en absoluto del hecho pero ¿no se está actuando de modo muy semejante con aviones muy sofisticados donde, cuando un sistema se comporta de forma más o menos bizarra, nos limitamos a pensar que son tonterías
que hace la tecnología y seguimos a lo nuestro?
El accidente de Spanair en agosto de 2008 ha puesto de relieve este tipo de actuación. Una sonda de temperatura se calienta y se quita el fusible correspondiente con lo que deja de calentarse. La experiencia mostró que estaban pasando más cosas pero no está tan claro que las personas que se enfrentaron al problema tuvieran forma de saber qué más estaba pasando y por qué.
