Categoría: Ciencia y tecnología

Riesgo nuclear y riesgo político

No es serio. No se puede pretender cerrar centrales nucleares por consignas políticas ni por caprichos de descerebrados pero el asunto es suficientemente serio para que no se puedan mantener abiertas por otras consignas políticas o por el capricho de otros descerebrados. Los experimentos con gaseosa y, cuando se trata de cosas serias, mejor mirarlo detenidamente y olvidarse de las consignas de partido.

Hoy hemos podido ver un espectáculo absolutamente grotesco protagonizado por la «leal oposición»: En una exhibición de ausencia del sentido del ridículo han llegado a pedirle al Gobierno, antinuclear hasta los límites más sectarios que se recuerdan, explicaciones sobre la seguridad de las centrales nucleares españolas.

La energía nuclear, tanto por su importancia como por sus potenciales efectos a corto y largo plazo, no puede ser objeto de la agenda política de nadie. El caso japonés ha dejado algo en evidencia: Hay cosas que se llevan mal con una zona de alto riesgo sísmico y la energía nuclear es una de ellas aunque no sea la única. En gran parte de España, afortunadamente, el riesgo sísmico está descartado y, por ello, una oposición, que siempre ha sido favorable a la energía nuclear, pidiéndole explicaciones a un gobierno que siempre ha sido contrario deja una duda: ¿Es oportunismo, estupidez o ambas cosas al mismo tiempo?

Somos muchos los que no hemos comprado la idea vendida desde ámbitos gubernamentales de que había que «arrimar el hombro» porque el resultado podría recordar a un conocido video de Youtube pero hay algo aún más elemental: Si no se está de acuerdo en el diagnóstico ¿cómo se puede pedir ayuda para las medidas resultantes? En consecuencia, que la oposición no haya ayudado al gobierno en ese tema no podría calificarse de oportunismo sino, simplemente, de coherencia.

Ese sencillo razonamiento no sirve cuando se lleva a la posición ahora manifestada respecto de la energía nuclear: En Japón ocurre algo como consecuencia de un terremoto de una escala mucho mayor que el que costó 200.000 muertos en Haití y parece que existe un riesgo nuclear. En consecuencia…vamos a pedirles que nos hablen de las centrales españolas y, como comentaba en el post inmediatamente anterior a éste ¿por qué no nos hablan ya de riesgos como el de grandes presas en la cercanía de grandes ciudades pero en puntos más elevados que éstas?

Que desde la oposición se pidan explicaciones sobre la seguridad de las centrales españolas, atendiendo a la trayectoria de quién pide las explicaciones y de a quién se las piden, podría calificarse sólo como oportunismo si no existiera una opción aún peor: La estupidez.

Veamos: Si dentro de mi agenda está cerrar las centrales y viene alguien, que las quiere mantener abiertas, a preguntarme si son seguras como forma de atacarme, desgastarme o lo que sea… me estará dando la excusa perfecta para cerrarlas, sean cuales sean las consecuencias. Después, mostraré el cierre como prueba de mi capacidad de diálogo y de que escucho a la oposición ¿protestarán también cuando las cierre a pesar de que ha sido a consecuencia de una iniciativa suya? Realmente, hay que tener una notable dosis de estupidez para no darse cuenta de esa posible consecuencia.

No todo vale para atacar a un gobierno por mal que lo pueda hacer y, si su querencia oportunista les impide darse cuenta de ello, al menos traten de mostrar que tienen dos dedos de frente porque hasta en eso parecen todos iguales.

Marketing de «hombre-anuncio» en la época Web 2.0

Es probable que todavía no se haya llegado a conocer toda la trascendencia de un modelo de Internet donde cada uno, en lugar de limitarse a escuchar, puede pasar a ser una fuente de contenidos y la eventual prueba de ello sería que aún hablamos mucho de Internet:

¿Alguien imagina comprar un periódico para encontrar que los artículos más leídos y a los que se dedica más espacio se refieren a técnicas de impresión, a las ventajas de la impresión digital, a la diferente visibilidad de las páginas pares o impares, a cómo hacer un buen titular, con qué tipo de letra y dónde colocarlo en la página, al uso de las columnas en edición…? Eso que no ocurre en la prensa porque es un sector maduro -algunos dirían «podrido» refiriéndose tanto a su capacidad actual para competir con otros medios como a otros asuntos- sí ocurre en Internet: El principal tema de conversación en Internet es…Internet.

La principal tarea de muchas empresas parece que está en manejar adecuadamente los parámetros SEO -si se prefiere, cómo engañar a los buscadores para aparecer en los primeros lugares- o en tener un sitio web atractivo y otros asuntos de parecido nivel. Todavía son muchos los que tratan de vestir lo mejor posible el escenario donde pretenden desarrollar su actuación y no se han enterado de que el público agradece un lugar calentito y cómodo dónde discutir pero ya no admite que nadie se apropie del escenario: Cuando alguien quiera decir algo, que se suba pero, a continuación, le piden que se una a la discusión y que no intente imponer los términos de ésta teniendo como todo argumento el que dispone de un megáfono.

Todas las triquiñuelas que puedan utilizarse en los ámbitos de posicionamiento son útiles cuando son realizadas por alguien con habilidad pero tienen corto recorrido; son el equivalente de alguien que utiliza hombres-anuncio y su concepto-clave de marketing es el de mejorar el cartel. El cartel podría estar bien pero no va a ser lo determinante: Cuando alguien, a la vista de todo el público, aborde al hombre-anuncio y le critique el funcionamiento del producto que anuncia o le sugiera una idea de mejora o le pregunte por una característica o le haga una reclamación, su capacidad para afrontar ese nuevo reto va a ser mucho más valiosa que todos los carteles del mundo.

Éste es un simple hecho del que parecen no darse cuenta muchos de los que dicen hacer Marketing para la Web 2.0: No hay púlpito ni escenario y, si lo hay, es de uso compartido y nadie puede apropiárselo. Quien de verdad quiera hacer Marketing en ese nuevo entorno, mejor que esté dispuesto a bajar al patio de butacas: Es ahí donde está la actuación de verdad.

Reclutadores Internet: Renovarse o morir

Una de las innovaciones que nos trajo la Web 1.o fue sin duda, la aparición de los reclutadores Internet. Sin embargo, pocos son los que han conseguido salir adelante y, entre éstos, muchos pueden estar seriamente amenazados por la competencia que representa la Web 2.0:

Cada uno es producto de su propia historia y, en mi caso, ha ocurrido lo mismo que se decía de España respecto de los curas y cómo siempre había corrido con ellos; unas veces delante y otras detrás. Unas veces me ha tocado tratar de utilizarlos para búsqueda, otras para intentar diseñar uno que funcionase mejor y otras para analizar cómo funcionaban. Por supuesto, la mejor forma de saber si un reclutador funciona bien es colocar el propio perfil y ver qué tipo de ofertas llegan. Si después de una larga trayectoria en el ámbito de los recursos humanos, reflejada en el curriculum, uno recibe una oferta de enterrador en un pueblo -y garantizo que esto realmente me ha ocurrido-  ya se ha visto suficiente del reclutador.

A veces, ni siquiera es necesario llegar ahí: Cuando se está rellenando el formulario web, es frecuente encontrar que las cosas no encajan: O no está recogido con cierta exactitud el sector de la empresa o nuestro puesto o el área funcional o, si el reclutador incluye un área de conocimientos adquiridos, las descripciones de esos conocimientos difícilmente encajan. Quiero enfatizar aquí que no estoy hablando de nivel de detalle sino de cosas que no encajan, cosa muy distinta y de gran relevancia al tratar de casar oferta y demanda.

Los reclutadores Internet, para sobrevivir, deberán integrarse en redes sociales profesionales aunque, a veces, éstas han tomado la delantera y tienen ya sus propios reclutadores como es el caso de Simplyhired que forma parte de Linkedin y realmente pueden aportar a estas últimas -los que puedan aportarla- una taxonomía interesante tanto para reclutadores como para candidatos. Una buena taxonomía no será suficiente para sobrevivir en el mundo Web 2.0 y se necesitarán alianzas que la aprovechen pero una mala es una garantía de fracaso en el corto o medio plazo.

Sin pretender ser exhaustivo, hay unos cuantos fallos muy generalizados en los portales de empleo que dan lugar a formas inadecuadas de relacionar oferentes y demandantes:

  1. Sectores: Es frecuente que al introducir el sector, el candidato no encuentre uno que refleje el lugar en que ha trabajado. ¿Es necesario ser creativos en esto? ¿No se puede utilizar el CNAE e ir ampliando el número de dígitos en función de necesidades?
  2. Áreas funcionales: ¿Qué tal un gráfico de la cadena de valor de Porter y que cada uno marque el área que corresponda?
  3. Nivel jerárquico: Por mucha inventiva que despleguemos, se nos van a escapar posibilidades: ¿Un cono que represente la estructura organizativa y que cada uno se sitúe libremente donde corresponda? Después de esto, se añade el tamaño de la organización y el número de personas supervisadas y ya está.
  4. Competencias o conocimientos adquiridos: Vuelvo a la cadena de valor con cuadros de selección múltiple para cada una de las casillas.
  5. Titulaciones académicas: Son tan diversas que intentar incluirlas todas, máxime cuando hay muchas extranjeras, es imposible. ¿Por qué no clasificarlas por áreas generales de forma que la titulación específica vaya en un literal de texto pero la primera búsqueda se haga por área?
  6. Idiomas: No está claro muchas veces si en un reclutador español es necesario poner el español como idioma nativo o se da por defecto; por otro lado, suele faltar un elemento clave en la mayoría de las clasificaciones que es la comprensión verbal: «¿Entiende usted cuando le hablan en ese idioma?».
Son sólo algunos aspectos sacados aquí a bote pronto pero, sólo fijándose en ellos, surge una última pregunta: ¿No sería un formulario web guiado por estos criterios mucho más fácil de rellenar para el candidato y mucho más fácil para tener criterios relevantes de búsqueda para el reclutador? En los buenos reclutadores queda mucho por hacer y, aún así, podría no ser suficiente si no se van integrando al modelo web 2.0; en el caso de los malos, mejor dejarlo porque, además, candidato y empleador descubren rápidamente que no funcionan y por qué no funcionan.

Baterías de «smartphones» y unidades de medida

Cualquier smartphone que se compre en este momento nos asombrará con las prestaciones de su batería: 24 horas en conversación y 400 en espera y cosas parecidas. Sin embargo, resulta que ese tipo de unidad de medida es, además de falsa, inútil.

Un smartphone tiene casi obligatoriamente Bluetooth, acceso a redes inalámbricas, acceso completo a Internet, posibilidad de ver en la pantalla videos en alta definición, posibilidad de utilizarlo para escuchar música o la radio, bien a través de un receptor incorporado o a través de Internet, posibilidad de hacer fotografías y video, posibilidad de videoconferencia y algunos incluso la posibilidad de ejercer como router wi-fi para varios ordenadores.

Ha llegado un momento en que el teléfono para lo que menos se utiliza es para conversar y que, cuando está en teórico reposo, está con distintos dispositivos activados para la emisión y recepción de información. En esas condiciones ¿de qué sirve la forma que tienen de medir la duración de la batería las características técnicas? ¿no va siendo hora de utilizar otra nueva más acorde a la utilización real?

Web 2.0, telebasura y consejos de ministros

Un video de Grupo 101 http://www.youtube.com/watch?v=uitAUu7cVSw nos da una idea de la importancia cuantitativa de las redes sociales.

Esto es sólo el principio; un cambio en la dimensión cuantitativa puede provocar cambios cualitativos como le ocurrió a Twitter o como le podría pasar en poco tiempo a Facebook: La base de usuarios puede dar lugar a que se inventen nuevas cosas que hacer con ellos y, con ser importante, seguimos estando todavía en el principio: En Socialnomics nos cuentan de forma muy gráfica cuál es la diferencia real:

En la Web 1.0 se reproducían los modelos comunicativos anteriores a Internet (del mismo modo que los primeros automóviles copiaban su diseño de los coches de caballos) y era una estructura organizada, unidireccional y, ocasionalmente y de forma limitada, bidireccional. Cierto que ya podían ocurrir cosas que antes de Internet no pasaban; por ejemplo, una información puede ser pública pero no publicada e Internet en su versión web 1.0 podía dar acceso instantáneo a esa información. Encontrar que una multa de tráfico publicada en un boletín provincial pone a la vista de todos el nombre, el DNI del propietario y la matrícula del vehículo es habitual; también puede ser habitual buscar el nombre de alguien de quien se sabe poco y encontrar, como el que no quiere la cosa, algo que no se estaba buscando como que la persona en cuestión ha sido condenada a una multa de X y que le han sido confiscadas las sustancias intervenidas.

La Web 2.0 es otra cosa: Hemos pasado de ser receptores pasivos a ser emisores de información pero no todo el mundo es escuchado ni por el mismo número ni por el mismo tipo de personas y esto es lo que nos lleva a un curioso paralelismo con la telebasura y con el Consejo de Ministros. Muchos chavales, convencidos de que la web 2.0 es la tierra prometida gracias a que les da esa posibilidad de convertirse en emisores, creen que son nuevos Zuckerberg o, como mínimo, «Dancing Matt».

La lógica de «si otros lo han conseguido ¿por qué yo no?» puede estar detrás del descomunal éxito cuantitativo de la Web 2.0 como lo está detrás de la compra de loterías -cuanto más grande sea el máximo premio mejor con independencia del número de los que lo consiguen- o de los que contemplan la telebasura o a alguien que ha llegado a ministro o más arriba y se preguntan «Si es@ ha llegado y no es más list@ ni ha trabajado más que yo ¿por qué yo no?».

La reflexión puede tener sentido; cierto es que todos solemos vernos con bastante indulgencia y podría ocurrir que el «otro» realmente tenga méritos para haber conseguido algo que nosotros no podemos conseguir. Pueden haberse dado también fenómenos equiparables a la lotería, aunque ésta adquiera formas tan pintorescas como que el décimo premiado consista en una cópula ya añeja con un torero o encontrar un tonto que necesita a alguien aún más tonto para que no le haga sombra.

La Web 2.0 nos convierte a todos en «famosos» y más vale que lo recordemos en el momento de entrar en Facebook o sitios similares. Todos somos emisores pero eso no significa que tengamos todos el mismo público en calidad ni en cantidad. No hace mucho -las cosas van muy deprisa- había empresas que pensaban que, en el momento en que tenían una página web ya eran modernos y podían vender en todo el mundo: Cartonajes Calasparra con página web pasaba a ser un potencial Microsoft o Amazon. Hoy, la web 2.0 da lugar a un fenómeno similar, el del iluso que piensa que, puesto que puede emitir, todo el mundo le va a escuchar. Craso error.

¿Por qué no hay pantallas inalámbricas?

Seguramente ésta es una pregunta que no se puede permitir un experto pero sí un usuario avanzado y curioso. Probablemente hay dos motivos:

1- Si el enlace inalámbrico falla, nos quedamos colgando de la brocha. Nos puede fallar un teclado y recibir el simpático mensaje de Windows de «Teclado erróneo o ausente: Pulse F1 para continuar» pero siempre tendremos el ratón y la posibilidad de sacar un teclado proyectado en la pantalla pero, si lo que falla es la pantalla, no sabemos qué estamos haciendo.

2- Es posible que se requiera más ancho de banda. De hecho, es frecuente que la defensa de algunos Bancos contra los «keyloggers» sea precisamente proyectar las claves numéricas en pantalla y de forma aleatoria. Si fuera tan fácil capturar una pantalla como una pulsación de teclado, no tendría sentido tal tipo de protección.

Sin embargo, un motivo que hace que no me convenza demasiado la posibilidad del ancho de banda es el hecho de que podemos ver videos en Youtube o en canales de películas que tienen mucha mejor resolución mientras estamos conectados a una red inalámbrica. ¿No se le puede dar una IP a una pantalla igual que a una impresora inalámbrica y evitar la necesidad de una conexión física? Alguien podría plantear razonablemente que la utilidad del enlace inalámbrico es escasa porque siempre la vamos a tener ahí pero ¿no podríamos manejar ese mismo argumento con teclados y ratones inalámbricos? Cierto que el riesgo que corremos con la pantalla es mayor y tal vez ésa sea la justificación; no obstante, voy a contar por qué se me ocurre tan peregrina idea:

Los dos gadgets de moda, es decir, el nuevo IPhone y el IPad son prácticamente iguales a pesar de la obvia diferencia de tamaño. Lo mismo ocurre con sus dos más cualificados competidores en Samsung, el Galaxy S y el Galaxy Tab. Se diferencian en el tamaño de pantalla…y en el precio que parece ser función directa de la pantalla y del efecto de moda. Sin embargo, la pantalla grande -incluso las menos grandes como la del Galaxy Tab- también tiene un problema y es que el teléfono no cabe en un bolsillo normal, lo que obliga a tener dos, uno para cuando se lleva abrigo o, como mínimo, chaqueta, y otro para llevarlo en un bolsillo o en una funda de cinturón…y ahí viene mi pantalla inalámbrica:

Un único teléfono con su procesador, su memoria, sus aplicaciones y todas sus cositas…y una conexión inalámbrica con una pantalla grande que se puede utilizar como  Ipad, Galaxy Tab, Xoom o lo más nuevo que pueda salir al mercado; incluso como lector de libros electrónicos (de verdad; no de pantalla retroiluminada). De esta forma, tendríamos siempre el mismo teléfono pero, como un accesorio más de trabajo, podía ir acompañado por la pantalla cuando sea necesario y sólo cuando no lo sea.

Seguramente habrá quien piense que es mejor tener dos teléfonos móviles, uno personal y otro de trabajo; de esta forma, el de trabajo puede ser el voluminoso tablet y el personal uno cuanto más pequeño mejor y sin necesidad de grandes prestaciones: Mi experiencia, si a alguien le puede servir, es que es una forma de liar al personal, especialmente al personal más cercano y que pueda tener los dos: O se carga con los dos abiertos permanentemente o no saben dónde llamar; mejor un único número, sobre todo si se tiene un tipo de terminal que permita restringir las llamadas a grupos predeterminados de contactos.

La mejor combinación: Una pantalla grande (inalámbrica) como accesorio de un teléfono pequeño y de altas prestaciones. ¿Es mucho pedir?

Convergencia tecnológica: ¿GPS o «Smartphone»?

Conducir por una ruta desconocida o, más aún, entrar en una ciudad grande que no se conoce sin un GPS es algo que muchos conductores ni siquiera contemplan como posibilidad. Sin embargo, a los GPS de automóvil les ha surgido una durísima competencia en forma de «smartphones» o de «tablets» de pequeño tamaño que, en determinados sitios, se permiten incluso mejorar los resultados de los GPS en navegación.

Hace unos meses tuve la curiosa y algo inquietante experiencia de comprobar que el GPS se perdía en el centro de Boston. Creo que no hace falta explicar demasiado qué tiene de inquietante la experiencia de encontrarse extraviado en un automóvil en el centro de una ciudad grande pero quizás resulte más interesante explicar por qué el GPS se perdía…y por qué los «smartphones» no lo hacían a pesar de que, en su caso, el GPS es un accesorio teóricamente menor:

El GPS necesita «ver» el cielo y captar varios satélites para ser capaz de determinar una posición. Una vez determinada ésta, si el vehículo no está en movimiento, puede no saber exactamente dónde está si, por ejemplo, está detenido en una esquina. A pesar de que algunos modelos añaden un sistema más o menos rudimentario de navegación inercial que les permite mantener la navegación por túneles o lugares donde no cabe la recepción del satélite, esta prestación también necesita como punto de partida una posición y una orientación correctas. En Boston, y probablemente en muchas otras ciudades, hay una combinación mortal para un GPS: Edificios altos en calles relativamente estrechas y arboladas y ciudad llena de túneles. Dicho de otra forma, el GPS ve poco cielo en el centro y tiene pocas oportunidades para orientarse y, en consecuencia, se pierde y hace que se extravíe su confiado usuario.

¿Por qué un «smartphone» da mejor resultado en ese entorno? Porque tiene su secretito consistente en utilizar las torres de telefonía móvil para situarse por triangulación (como en las películas de la II Guerra Mundial para localizar desde donde emitía la radio del espía) y, de esa forma, conseguir con bastante rapidez una posición muy aproximada y sin necesidad de ver el cielo. Cualquier usuario de GPS habrá comprobado que, si lo apaga en un punto y lo enciende en otro, el GPS tarda en establecer la localización mientras que, por el contrario, el «smartphone» lo consigue casi inmediatamente gracias a su «información privilegiada» procedente del posicionamiento utilizando las torres de telefonía móvil.

A medida que los «smartphones» van teniendo más posibilidades, mayores pantallas, etc. va surgiendo una pregunta que incomodará mucho a los Tom-Tom, Garmin, Magellan y otros: ¿Por qué pagar por un GPS más las actualizaciones de cartografía cuando un «smartphone» me va a dar una posición más rápidamente, con independencia de que los satélites sean o no visibles y, además, con acceso a cartografía gratuita como la de Google Maps? En un momento en que los teléfonos o «tablets» pueden tener pantallas tan grandes o mayores que las de un GPS sólo se encuentra un motivo válido: En ausencia de conexión a Internet, el GPS funciona correctamente; el «smartphone» puede darnos unas coordenadas geográficas pero no la cartografía puesto que ésta no la tiene cargada sino que se encuentra en Internet.

Ésta es la situación actual que, en buena lógica, debe caminar hacia una convergencia todavía mayor: Si los GPS quieren permanecer en el mercado y no ser barridos por los «smartphone», deberán incluir sistemas de localización complementarios al satélite y ello nos puede llevar a sistemas muy parecidos a la telefonía: Aparatos de precio reducido pero con una cuota mensual que permita el acceso a una red telefónica para el posicionamiento y para tener una base de datos siempre actualizada, utilizando por defecto la existente en Internet y, en ausencia de ésta, la almacenada en el dispositivo.

¿Cuál puede ser el siguiente movimiento de los «smartphones»? Tener la cartografía almacenada en el aparato para eliminar el inconveniente que actualmente tienen con respecto a los GPS. Sin embargo, eso puede significar incluir en los contratos cuotas derivadas de la actualización de la cartografía.

¿Cuál puede ser el siguiente y posiblemente último movimiento? Unificación de dispositivos. Algunos GPS ya disponen de la posibilidad de ser utilizados como «manos libres» pero el paso siguiente sería fabricar dispositivos con todas las capacidades de un teléfono y poder así disponer de teléfonos Garmin o Tom-Tom o de GPS Samsung o Nokia. Cualquier otra opción significaría la desaparición en el medio plazo del GPS como dispositivo. Su aportación sobre los «smartphones» actuales es escasa; sobre un «smartphone» evolucionado y con su propia base de datos de cartografía sería totalmente nula.

¿Descubrimiento de América? Yo era muy joven entonces; sólo tenía 200 años.

Esto es lo que prometen las investigaciones sobre el envejecimiento de un científico ruso: http://actualidad.rt.com/ciencia_y_tecnica/medicina_salud/issue_13816.html

En teoría, es posible anular completamente el envejecimiento, multiplicar el promedio de vida por diez y todo ello con un medicamento que puede estar disponible en farmacias en dos o tres años: La vida casi eterna sin necesidad de pasar por el siempre molesto y desagradable trámite de la muerte. Sin embargo, a pesar de poner tan próxima en el tiempo la solución al envejecimiento que, según Skulachov, es una enfermedad que se puede tratar como tal, quedan por ahí algunos flecos pendientes de explicar:

Según Skulachov, la célula resiste heroicamente los ataques pero llega un momento en que se suicida; sin embargo, los mecanismos de reproducción celular parecerían decirnos que la célula que resiste los ataques y la que se suicida no es la misma. Con la excepción de las neuronas y algunas células del hígado, el resto de las células del cuerpo se renuevan constantemente por lo que el «suicidio» no sería tal sino que habría una modificación que, además, se reproduciría en las siguientes generaciones. De hecho, los primeros experimentos en clonación han mostrado que los animales clonados envejecen muy rápidamente. ¿No nos dice algo eso?

El mecanismo de reproducción celular, tal como se explica normalmente, no explica el fenómeno del envejecimiento ya que, una vez alcanzada la madurez de un organismo, la reproducción celular produciría siempre copias idénticas y nunca se produciría el envejecimiento; sin embargo, éste no sólo se produce sino que tiene unas pautas comunes, tan comunes que se manifiestan de formas similares en una gran parte de los seres vivos. ¿Puede realmente considerarse que es una enfermedad o, simplemente, nos falta muchísimo por saber acerca de cómo funcionan mecanismos en apariencia tan simplones como la reproducción celular?

¿Ha conseguido Skulachov romper el nudo gordiano y con unas «pastillas de vida eterna» de venta exclusiva en farmacias anulará los efectos del envejecimiento o todo quedará en unos cuantos titulares de prensa sensacionalista? La respuesta, según el propio Skulachov, en dos o tres años en la farmacia. Sería divertido conocer nuestra propia perspectiva de la historia presente dentro de quinientos años.

Por qué el Ipad y otros tablets no acabarán con el Net-Pc.

Hay que reconocerle a Apple la capacidad para fabricar productos bonitos en su diseño y discutibles en su funcionalidad. El Ipad abrió el concepto mismo de «tablet» y fue seguido por otros que, al parecer, superaron ampliamente en prestaciones al iniciador: Marcas como Motorola, Samsung y Asus se han lanzado y sus productos superan de lejos al Ipad pero todos ellos tienen idéntico problema: Sirven para ver pero no para hacer.

Yo mismo estuve tentado por el Samsung Galaxy Tablet, con su tamaño perfecto para llevarlo en un bolsillo amplio, la calidad de su pantalla, su Android, su GPS con cartografía, sus posibilidades de videoconferencia, su montón de aplicaciones, etc. Sin embargo, ayer descubrí que no lo quería. ¿Razón? Ayer tuve que preparar un informe de varias páginas mientras iba en el tren. ¿Puede hacerse eso sobre el teclado proyectado en la pantalla? Difícilmente y con gran incomodidad. Mi «Tablet» perfecto no es un «tablet» sino un McBook Air de 11 pulgadas. Lástima que sea Apple con todo lo que ello representa de disponibilidad -o mejor dicho de falta de disponibilidad- de aplicaciones de todo tipo gratuitas.

¿Va a quedar aquí la cosa? Con toda seguridad, no. Los fabricantes de «tablets» se pondrán las pilas y acabarán saliendo modelos que, al estilo de algunos «smartphones» tengan teclados deslizantes o plegables y los fabricantes de Net-Pcs o de aparatos similares al de Apple sacarán modelos con teclados a los que se les pueda dar la vuelta utilizando la pantalla tactil (al estilo de los primeros «tablet-Pc» pero más finos) o con teclados que se puedan separar del ordenador de modo que se pueda funcionar como «tablet» o como «Pc».

Saldrán muchos productos nuevos al mercado que cubran ese fallo y ahí van apuntadas algunas ideas. Lo que es claro es que el futuro de los dispositivos móviles más allá de las «Blackberry» o de los «Smartphone» pasa por el teclado; mientras no sea así, serán dispositivos de «mírame y no me toques»

Automatismos e inteligencia de las máquinas y de los diseñadores

Hace tiempo me tocó sufrir las consecuencias del trabajo -malo- de un afamado diseñador que, como ocurre a menudo, ponía muy por delante la estética de la funcionalidad.

Su primera genialidad consistió en diseñar una barandilla que sólo tenia pasamanos. Puesto que el hueco de escalera era suficientemente amplio, una caída podría haber supuesto que alguien se fuera hasta abajo desde una altura de cinco pisos y, con todo el dolor de su corazón, tuvo que poner otra barra intermedia entre el suelo y el pasamanos.

En ese mismo edificio existía un patio interior iluminado desde arriba con luz natural y con unos focos halógenos de efecto decorativo en una serie de ventanas de las que sólo se abría un costado. Cambiar uno de estos focos -en los que ni siquiera había un sistema de clip para una fácil salida y era bastante complicado sacar uno cuando se fundía- requería todo un montaje de seguridad porque sólo se podia hacer desde una posición semisuspendida o desde un andamio en el piso de abajo y que subiera hasta el quinto piso. Consecuencia: Cuando un foco se fundía no se cambiaba hasta el momento en que se pintaba el patio y el efecto estético no era ni con mucho el pretendido.

Sería difícil encontrar un castigo más duro para algunos diseñadores que obligarles a vivir o a trabajar en un edificio diseñado por ellos mismos.

Hace unos días otra situación absurda: La receta para hacer que un descodificador de televisión por cable responda al mando a distancia es «encender la luz y apuntar al florero». ¿Por qué? La televisión provoca interferencias que se hacen mayores con la luz apagada y la forma de disminuirlas es colocar el aparato en una posición a 90 grados del televisor y apuntar a un espejo -que incidentalmente es un florero- para que, sentado frente al televisor, la onda rebote y alcance al descodificador. Como me contaban al relatar la chusca experiencia, «si no funciona el remedio, ahora trata de convencer a quien se lo has dicho de que no le estabas tomando el pelo». ¿No pensaron en esto al diseñar el descodificador? ¿No se les ocurrió que la frecuencia utilizada podía ser interferida por el propio funcionamiento de un televisor? Está claro que no.

Ayer mismo me encuentro con otro ejemplo, en este caso de diseño de automovil: En una compañía de alquiler de coches me dan un Citroen. Cierto que es una marca de la que han salido coches especialmente bonitos como los modelos DS-21 (el célebre Tiburón), el Citroen SM también conocido como Citroen Maserati o el Citroen XM (una derivación para un público más amplio del diseño del SM) pero no es menos cierto que ha tenido algunas ocurrencias que hacen recordar el viejo chiste de que «en el infierno los organizadores son italianos, los policias alemanes, los cocineros ingleses y los diseñadores…franceses».

El vehículo que me tocó en suerte tenía detalles como que, si se utilizaba el apoyabrazos central, la posición para manejar la palanca de cambios era especialmente forzada y que los famosos «satélites» estaban tapados por el volante y tenían un montón de mandos que eran totalmente invisibles. El asunto no tiene demasiada importancia para un conductor habituado al vehículo pero no suele ser ése el caso en una compañía de alquiler de coches.

Uno de los satélites tenía una variante de un programador de velocidad pero que, en realidad, era un limitador para evitar pasarse accidentalmente de la velocidad autorizada. Hay que reconocerle cierto ingenio aunque, a cambio de reducir el riesgo de multa, puede introducir otro más grave. El sistema no tiene la comodidad del programador de poder llevar el pie fuera del pedal pero, a cambio, la entrada en una curva que no se conoce sólo requiere levantar el pie y no se precisa desactivar el programador, artefacto que también requiere cierto hábito.

La parte negativa, sin embargo, está en el propio funcionamiento del sistema: ¿Qué pasa en un adelantamiento si tenemos limitada la velocidad? ¿Nos acordaremos de poner la limitación en pausa buscando un botón que no vemos cuando necesitamos aceleración y el coche no acelera más? Algunos modelos resuelven el problema con otro automatismo -Mercedes, por ejemplo- y un pisotón enérgico al acelerador desactiva el limitador; en este caso, no vi que ocurriera esto.

Hoy mismo, otra exhibición de inteligencia de las máquinas y sus diseñadores: Manómetro moderno en una gasolinera, de los que se marca la presión objetivo y deja la rueda en la presión seleccionada. Lo utilizo para la bicicleta y me encuentro con que en la rueda trasera funciona correctamente pero, al ponerlo en la delantera, en lugar de inflarla, extrae todo el aire que tenía y la deja a cero. ¿Explicación? Ninguna razonable.

Cuando veo diseños ajenos cuando no contrarios a la funcionalidad y automatismos cuya mayor contribución a facilitar la vida a sus usuarios sería no existir, no puedo evitar acordarme del latiguillo de que el 80% de los accidentes se producen por error humano.

¿Cuántos de esos errores se producen por diseños o automatismos absurdos? ¿Cuántas veces es la persona quien se da cuenta del absurdo y evita un problema que, de haber quedado la decision en manos de una máquina mal diseñada, se habría producido?

A estas alturas, si alguien cuenta aquello de que «los ordenadores nunca se equivocan» puede obtener como respuesta la risa floja de cualquiera habituado a tratar con ellos. El hecho es que estamos rodeados de diseños, tanto en dispositivos como especialmente en software, que pueden hacer buenos a los famosos «objetos imposibles».