Categoría: Ciencia y tecnología
Web 3.0: Expectativas muy altas
Web 2.0 puede definirse como la explosión de las redes sociales en Internet. Google mismo ha sido desplazado por Facebook en Estados Unidos como el lugar con más visitas. Poco más se puede pedir del desarrollo de las redes. Sin embargo, cuando se comenzó a hablar de Web 2.0, algunos anticiparon la idea de “web semántica”, idea que poco a poco quedó aparcada y vuelve a emerger como la característica central de la Web 3.0 en ciernes.
Un pequeño repaso histórico puede servir para saber de dónde venimos y hacia dónde podría dirigirse la Web 3.0 y si, realmente, estamos en condiciones de que el concepto de “web semántica” sea una promesa que se puede mantener y bajo qué condiciones.
Tras una visita al museo de robótica del M.I.T. se comentaban aquí mismo las causas del fracaso de la inteligencia artificial, causas que van indisolublemente unidas al concepto de semántica: Searle, con su experimento de la “habitación china” pondría de manifiesto la enorme diferencia que existe entre operar un sistema y comprender un sistema y todavía hoy algunas de las viejas glorias de la Inteligencia Artificial no se han dado cuenta de ello:
La “habitación china” era una respuesta a Alan Turing mostrando cómo es posible engañar a un observador externo chinoparlante haciéndole creer que se sabe chino cuando, simplemente, se están siguiendo instrucciones sin saber sobre qué se está conversando.
Ahí está el gran fracaso de la inteligencia artificial o GOFAI, como es conocida por muchos. Esto no significa, sin embargo, que el desarrollo de una auténtica inteligencia artificial que vaya más allá de los number-crunchers al estilo de la máquina que derrotó a Kasparov jugando al ajedrez a pesar de no saber qué es el ajedrez pero la inteligencia artificial, tal como era concebida primero por Turing y después por Minsky y demás acompañantes es más que probablemente una vía muerta.
No entraré ahora a fondo en los motivos por lo que creo que ese modelo de inteligencia artificial es una vía muerta pero una síntesis de los motivos pasada por el Winzip daría lugar a una única palabra: Significado.
¿Podemos añadir significado a la web cuando no hemos sido capaces de añadírselo a la forma de operar de los ordenadores? La respuesta es afirmativa y hay dos formas: Una inmediata y otra posible en un futuro más o menos lejano.
Forma inmediata de añadir significado o, si se prefiere, inteligencia: Utilizar la inteligencia de los usuarios. Muchos lectores de este artículo pueden ser usuarios de Alexa, y si no lo son, hacen mal. Alexa introdujo una modificación que, paso a paso, va introduciendo también Google: Utilizar a los usuarios para añadir en las búsquedas el criterio que le puede faltar a una máquina por potente que sea el algoritmo.
Algo tan aparentemente sencillo como presentar en la barra de Alexa cuáles son las páginas que suele visitar la gente que visita ésa en la que estamos ahora mismo requiere un esfuerzo importante de ingeniería social parecido al realizado por Amazon –uno de los iniciadores de Alexa– quien, cuando se compra un libro en su web indica qué otros libros suelen comprar aquellos clientes de Amazon que han comprado ése y, basados en compras anteriores, cuando sale algo que está siendo comprado por otros que tienen un historial de compra parecido hacen sus recomendaciones.
¿Ordenador capaz de trabajar con significados? De ninguna manera: Uso inteligente de la información de los usuarios que son quienes aportan el significado. Esto nos da una pista sobre por dónde podría ir la Web 3.0: Aplicación de modelos tipo Alexa o Amazon sobre las redes sociales perfilando a sus usuarios y, en lugar del “personas que podrías conocer” de Linkedin, mostrar a “personas con intereses similares a los tuyos”. Bien implantado, puede ser un paso importante y, desde luego, muy lejos de la dirección en que se movía la célebre “GOFAI”, anagrama de Good, Old Fashioned Artificial Intelligence.
Una web semántica, por tanto, iría muy apoyada sobre la Web 2.0 y el hecho de que los ordenadores continuasen ciegos al significado diría poco sobre su potencial en el terreno semántico puesto que el significado lo aportarían los usuarios.
Si pensamos en el largo plazo, podría no ser la única solución pero dudo mucho de que ésta fuera en la dirección de la “GOFAI” y su particular “Esperando a Godot” en el que ordenadores más rápidos y con más capacidad conseguirán comportarse inteligentemente…a pesar de que dispositivos físicos mucho más lentos que los ordenadores actuales como las humildes neuronas los baten por goleada en algunos terrenos.
Posiblemente, el autor que más clara vio la evolución futura en el ámbito de la inteligencia artificial fue Jeff Hawkins y lo más recomendable es leer su libro “On Intelligence”. No es de esperar en modo alguno que la Web 3.0 llegue a los niveles que Jeff Hawkins establece como propios de una máquina inteligente pero, aún así y aún teniendo en cuenta la ceguera al significado, sí podría hacer honor al nombre de “web semántica”.
El futuro inmediato nos lo dirá.
Curiosidades de la complejidad tecnológica
Hoy mismo me he pasado a la televisión por cable y ha habido un curioso incidente tecnológico: El mando a distancia del descodificador respondía de forma intermitente, es decir, el tipo de avería que más suele enloquecer a los técnicos. Cuando, después de la instalación, ha venido uno que parecía que llevaba mucho recorrido comentó que tal vez el televisor estaba interfiriendo con la frecuencia del mando a distancia. Razón para creerlo: Ya le había pasado más veces.
Orientó el descodificador 90 grados con respecto al televisor y milagrosamente desapareció la avería y otra más que tenía detectada con un disco duro multimedia con un comportamiento un tanto bizarro también. El técnico se quedó muy satisfecho hasta que se me ocurrió hacerle una pregunta: «Y si, en lugar de colocarme en una posición de 90 grados, coloco un espejo en la pared ¿reflejaría las ondas de forma que pudiera utilizar el mando desde la posición normal para ver la pantalla?». Después de mirarme con una cara que podía significar «¿De dónde se ha escapado este marciano?» me dijo que no lo sabía pero que tenía lógica y tal vez sí.
Casualmente había un florero moderno con el exterior en espejo que, colocado en el ángulo conveniente, podía servir para el uso propuesto y, tal como había imaginado, el invento funcionó: Apuntando al espejo con el mando a distancia se consigue que respondan tanto el descodificador como el disco duro. Me doy un autohomenaje al ingenio pero a continuación me pregunto: Si este tipo de cosas pueden ocurrir en una casa normal ¿qué no puede ocurrir en un entorno de mayor complejidad tecnológica?
Tomando como ejemplo el ámbito de la aviación y sin otra causa para ello que mi familiarización con su tecnología -estoy seguro de que similares consecuencias se podrían extraer en muchos otros ámbitos- encuentro que ya no les valen los aviones fly-by-wire, es decir, aviones donde no existe una conexión física entre los mandos y las superficies controladas. Se habla ya del desarrollo de los aviones wireless, es decir, aviones donde la unión entre control, ordenador y superficies no se hace mediante cables sino utilizando el sobresaturado espectro radioeléctrico. Al mismo tiempo, algunas aerolíneas comienzan a ofrecer conexión cómo no wireless a Internet durante el vuelo y siempre hay algún despistado que se deja encendido el teléfono móvil. Los sistemas de navegación inercial han cedido su sitio a los GPS que, a diferencia de los primeros, también implican utilización del espacio radioeléctrico y la presión por meter más aviones en el mismo espacio aéreo conduce a la necesidad de que los aviones en vuelo se transmitan información entre sí y que se exija una precisión en altimetría que puede estar por encima de la capacidad de los instrumentos tradicionales basados en la medición de la presión atmosférica. A todo esto, y para completar el paisaje, los UAV -aviones sin piloto para los profanos-empiezan a ser cada vez más comunes.
No dudo de que esta pequeña descripción de lo que está ocurriendo en aviación es trasladable a muchos otros terrenos. Si en una simple casa no excepcionalmente sofisticada en el terreno tecnológico pueden ocurrir interferencias como éstas ¿Qué puede ocurrir en otros sitios?
«Physics of the Impossible» de Michio Kaku
Interesante idea: Physics of the Impossible trata de determinar qué partes de lo que hoy consideramos ciencia-ficción podrían ser posibles dentro de un tiempo y qué otras posibilidades se encuentran con una imposibilidad física que las convierte en imposibles ahora y para siempre. Aunque procedo de Letras, siempre me ha interesado la ciencia y la técnica y es posible que tengan algo de razón dos personas: Un amigo que se presentaba a sí mismo como ingeniero reconvertido en psicólogo y a mí me presentaba justo al revés y mi director de tesis que, en su momento, me invitó a presentar la tesis por ingeniería en lugar de hacerlo por sociología.
El caso es que, apoyándome en ese interés en la ciencia que viene de antiguo, he podido llegar a encontrarle al libro algún fallo en el planteamiento y a concluir que tal vez los imposibles eternos sean menos eternos de lo que supone el autor. Un ejemplo:
En la segunda película de la saga La guerra de las galaxias hay una escena en que Ioda, sólo con el poder de la mente, es capaz de sacar una nave que se había hundido en un pantano. El autor concluye que esto es una imposibilidad absoluta porque un cuerpo humano tiene una potencia total que está muy por debajo de un caballo de vapor y, se haga como se haga, esa potencia sería insuficiente para tal logro. La telekinesia, por tanto, sería imposible como tal aunque -matiza el autor- es posible que pueda hacerse a través de tecnologías capaces de proveer la potencia que le falta al mísero cuerpo humano y, a los ojos de un observador externo, la utilización de ese tipo de tecnología no sería distinguible de la telekinesia tal como se conoce.
Sin embargo, en la causa planteada para la imposibilidad hay algo que sorprende: De acuerdo; la potencia de un cuerpo humano es muy inferior a un caballo de vapor y, por ello, se supone que cualquier cosa que exceda de ese nivel es un imposible absoluto. ¿Estaría de acuerdo Einstein en esa limitación? Él mismo decía que una pequeña cantidad de materia se puede transformar en una enorme cantidad de energía. ¿Podría darse algún fenómeno de transformación de materia en energía del que no tengamos noticia hasta ahora? Hasta hace poco, parecía que la única forma de conseguir la fusión nuclear era mediante el calor producido por un proceso de fisión y, sin embargo, ya hay en marcha a ambos lados del Atlántico procesos alternativos y con un añadido: La fusión del hidrógeno puede proveer de energía a los enormes láseres necesarios para producir esa fusión y, de rebote, nos encontramos además con que se podría estar resucitando el viejo perpetuum mobile: La energía producida es suficiente para alimentar la fuente que la produce.
Ésta es una de las opciones pero, además, no es única. Aunque afirma que es imposible, Kaku adopta una cautela; la de un posible desarrollo tecnológico capaz de proveer la potencia que le falta al cuerpo humano. Sin embargo, volviendo al ejemplo de La guerra de las galaxias, Ioda se apoyaría en «la fuerza», equivalente de esa supuesta tecnología futura utilizada como vehículo. Sin necesidad de plantear la hipótesis dualista más propia del ámbito religioso ¿somos todo lo que se ve o tenemos acceso a otros recursos? Aldous Huxley, agnóstico reconocido, no tenía ninguna duda al respecto sin necesidad de recurrir a entidad espiritual alguna.
Éste es sólo un caso de los muchos planteados en el libro y, como puede verse, da bastante para pensar si la imposibilidad está bien argumentada. El autor plantea tres tipos de imposibilidad: La primera, en la que no se rompe ninguna ley de la física pero la tecnología no ha llegado aún a una solución; la segunda, en la que se están bordeando los límites y, en caso de que sea posible, habría mucho tiempo por delante y la tercera se refiere a la imposibilidad radical. Sin embargo, a la hora de colocar un hecho en uno u otro tipo de imposibilidad, Kaku se apoya en un argumento muy discutible: Cuando miramos al pasado, no se conocían las leyes de la física y se consideraban imposibles muchas cosas que no lo son en absoluto -de hecho, el libro está salpicado de citas donde, entre otros, Kelvin se lució enunciando imposibilidades que resultaron no serlo- pero ahora, al parecer, sí conocemos esas leyes. ¿De verdad?
Pascal decía que el conocimiento es como una esfera que, cuanto mayor es, más puntos de contacto tiene con lo desconocido. Sin duda, los conocimientos actuales son muy superiores a los que se tenían hace un siglo pero es difícil que eso pueda significar que ha quedado cerrado algún capítulo en lo que a principios básicos se refiere. No hace mucho, en el ámbito de la biología, nos enterábamos de que uno de los principios que se consideraban claves -que toda posible vida estaba basada en la química del carbono- era violado por un microorganismo que se basaba en el arsénico y, por tanto, la posibilidad tanto tiempo rechazada de vida extraterrestre volvía a considerarse como viable…no porque se haya descubierto ningún organismo vivo de origen extraterrestre. Se ha descubierto algo mucho más sencillo: Que no tenemos ni idea y que lo considerábamos una condición básica para la existencia de vida resulta que no lo es. ¿Cuántos descubrimientos de ese tipo nos esperan?
Probablemente existan cosas radicalmente imposibles; sin embargo, tomar como punto de partida que ya hemos llegado a un conocimiento suficiente de las bases como para poder establecer cuáles son las cosas a considerar como imposibles absolutos es, como mínimo, aventurado. No obstante, el libro es interesante en cuanto a que representa un paseo por la situación actual de la ciencia, en particular de la física y de la ingeniería pero sus conclusiones hay que ponerlas entre paréntesis.
Google y estilo literario: SEOs y otras historias
Artículo excelente: http://davidcantone.com/visibilidad-google/ Sin embargo, para algunos, abre un nuevo campo de inquietud:
¿Escribiremos pronto todos al dictado de Google? ¿Google nos dirá qué palabras utilizar?¿Ordenaremos las frases para aparecer mejor en el buscador?
Parece que estamos invitados a comportarnos como los canales de televisión con el dichoso «share» y, al final, todos diremos las mismas cosas, con las mismas palabras y con el mismo tipo de redacción.
¿No nos estamos pasando? A medida que vamos dejando que Internet invada más facetas de nuestra vida privada, va habiendo menos diferenciación entre la actividad privada y la profesional y no creo que vayamos en la buena dirección actuando así. Conseguir eco puede ser importante cuando se refiere a la actividad profesional pero someterse a la dictadura de Google y sus criterios sobre qué decir, cómo decir y hasta cuándo decirlo para asegurarse de aparecer durante más tiempo en Facebook o similares acaba por no tener demasiado sentido.
Foursquare o Google Latitude informan a nuestros contactos -a algunos de los cuales no hemos visto jamás- de que estamos en un aeropuerto mientras que por Twitter nos quejaremos a esos mismos contactos, o a todo el mundo mundial, de que estamos hasta el gorro del mal servicio de la compañía aérea y del mal tiempo utilizando para ello nuestra Blackberry o nuestro Iphone, eso sí, utilizando las palabras-clave y los formatos de redacción propuestos por Google para salir los primeros en los buscadores…
Al final, Matrix va a resultar un juego de niños comparado con la realidad.
¿Hay una vida anterior al GPS?
Cuando circulamos por calles o carreteras principales, la cosa no es especialmente difícil aunque es cierto que en unos sitios es más fácil que en otros: Siempre he sostenido que la diferencia entre España y Estados Unidos en la cuestión de la señalización está en el papel que en uno y otro sitio le asignan a los idiotas: En un sitio las señales están hechas por idiotas y en el otro están hechas para idiotas.
En España es fácil encontrar que la señal en unas ocasiones está antes y en otra después de la calle o carretera por la que hay que desviarse -el caso más genial que recuerdo es el de una señal artesanal en mitad de una carretera que decía «Restaurante: 70 metros atrás»- o que, después de ir siguiendo trabajosamente una indicación, de repente se llega a una bifurcación o una glorieta y la señal que se iba siguiendo ha desaparecido. ¿Asumimos que hay que seguir recto, en el caso de que exista tal posibilidad? La experiencia dice que no.
El caso de Estados Unidos es distinto; las señalizaciones de las carreteras principales son ejemplares aunque, incluso con GPS, es posible perderse en ciudades con combinaciones diabólicas de túneles, edificios altos y calles estrechas, a menudo con árboles. En esas condiciones, el GPS tira la toalla; sin embargo, hay algo peor: En Estados Unidos hay millones de personas que viven literalmente en el campo y una cosa es la señalización en las carreteras principales y otra cosa es ir a la casa de un amigo que vive en la carretera del Pato Negro en una población a 40 kilómetros de la ciudad (y lo de la carretera del Pato Negro es real). Un GPS con una buena cartografía es capaz de llevarnos allí sin pestañear y eso es lo que lleva a preguntar ¿Cómo llegaba aquí la gente antes? ¿Quedaban en otro sitio al que se pudiera llegar con la señalización y eran acompañados por el dueño de la casa? ¿Intentaban guiarlos por teléfono móvil tratando de figurarse dónde se habían perdido? ¿Preparaban unos mapas detalladísimos que adjuntaban a las tarjetas de visita? ¿Imprimían las instrucciones de Google Maps…que tampoco es tan antiguo para ser una posibilidad real?
Todo esto lo resuelve el GPS que, eso sí, introduce sus propios problemas: Como puede haber doscientas poblaciones que se llamen Concord y aproximadamente doce mil que se llamen Salem entre otras y, por añadidura, a veces no están demasiado lejos entre sí, si no se está muy atento se podría aparecer a cien kilómetros del punto al que se pretendía ir en otra población que se llama igual o en un sitio donde, por fin, nos hemos dado cuenta de que, en contra de lo que decía el GPS, ése no era el camino.
En España las cosas son diferentes pero no tanto como podría pensarse: El papel otorgado por la Administración a los idiotas -en realidad hay muchos más y de mucha más relevancia pero no entraremos ahora en eso- hace que sea relativamente fácil perderse incluso en vías principales pero, si se ha conseguido salvar ese escollo, puede encontrarse otro fenómeno: Pueblos muy cercanos a las grandes ciudades que se han convertido en ciudades dormitorio y les han crecido alrededor las urbanizaciones como setas: Llegar a la calle principal o al Ayuntamiento del pueblo resulta fácil pero resulta que nuestro amigo, al que vamos a visitar, vive en la urbanización «Europa Siglo XXI» (me la acabo de inventar y no sé si existe pero ese tipo de nombres es frecuente y revela una imaginación tan desbordante como la repetición de nombres de ciudades de los americanos), en el chalet J5 de la calle de las Acacias…y claro, ir al casco urbano del pueblo y averiguar dónde queda eso es una tarea que, a su lado, los trabajos de Hércules son una minucia.
Al final, se viva en mitad de un bosque o en mitad de una selva de cemento, el resultado es el mismo: Los mapas han dejado de cumplir su función y, como máximo, nos pueden acercar a cuatro o cinco kilómetros del punto de destino. A partir de ahí, sin GPS vamos totalmente vendidos y el teléfono móvil puede no ser suficiente, salvo que sea de los que fotografían el sitio y nos lo muestran en el mapa, porque aunque uno no sea como el que se extravió en Nueva York y, cuando su interlocutor le preguntó en qué calle estaba, le contestó a la vista del letrero que «en la calle One Way», resulta muy difícil guiar o ser guiado por teléfono.
Nos guste o no, el artilugio se ha hecho completamente imprescindible y las generaciones más jóvenes acabarán preguntándose cómo podíamos llegar a los sitios cuando no existía o, como mínimo, no era de uso generalizado.
Redes sociales muy peligrosas
Excelente artículo sobre el reverso tenebroso de Facebook:
Effect of high automation environment on human productivity
In the past, automation was considered as one of the features of progress. Today, we know that, at least, automation is a mixed blessing whose contribution has to be critically analyzed in every situation.
There are two myths about automation:
- Automation decreases the number of available jobs. Therefore, automation contributes to unemployment and should be avoided.
- Automation increases the quality of jobs. Only lower functions get automated and people can focus in more creative activities.
We cannot deny that automated activities require less people and, even when new jobs appear, they are not created in one place at the same pace that are destroyed in other places. However, automation avoidance is not an alternative: Years ago, Volvo started an experiment organizing a factory around little teams where every team was responsible for a full vehicle. The required redundancy of technical resources, tools and highly-specialized people made the experiment fail once other manufacturers started to work with highly-automated factories beating Volvo in price and, perhaps, even in quality. Unions, politicians and Governments can fight against this but their eventual success only could drive to move production facilities to other places. The argument about job losses could be true but useless.
The second myth is about the alleged increased quality of jobs in automated environments. If we go back to the Taylor time, we will find a model damned forever by unionists and motivation specialists. However, it is easy to forget that Taylor had people unable to read manufacturing a full car. That was made through strict procedures where innovation or initiative from workers was not considered even desirable. In the first development phases, automation was understood as a procedures freezer. However, when technology improved, it started to develop its own way instead of imitating human-performed procedures.
That was a no-return point: High-quality jobs started to move from production to places related with design and manufacturing of technology. Automated systems, once start to work their own way instead of imitating the human one, make obsolete the knowledge about how things worked before automation. People are given an operational model about how things happen and IT people call this model “transparent”. Supposedly, operators should not have to be concerned about complex programmes inside the system if the interface is easy and familiar even when its design is closed to analysis by the users. As an example of “transparency”, any Windows user deals with documents, binders, desktops and so on. However, when the system behaves in a bizarre way, we suddenly discover that these are nice metaphors of the real work and of course, they do not exist.
The knowledge about former models becomes useless, no matter how deep it could be and the real knowledge of the system is owned by its designers making the users fully dependent of them. Quality of jobs gets then splitted: At the operating end (where more jobs are), the required knowledge decreases. At the same time, required knowledge increases in the place where less jobs are available (design and manufacturing of automated systems). That is why the second myth about quality of jobs is precisely that: A myth.
Once we arrive to this point, some questions arise:
- Is possible to change this situation?
- If so, should it be convenient this change?
- If the answer is positive, should it be an universal “yes” or should it depend on specific situations?
- If so, which are the situations advising the change?
The car market provides a good example: Any new car has inside a lot of electronics not only to make the car work but to diagnose mechanical problems. Systems like the “BMW augmented reality”, where glasses provided with data screens show to the mechanic how to perform specific works step-by-step are a good example. Therefore, the ability of the mechanic to diagnose and fix mechanical problems has been downplayed. Furthermore, the knowledge of mechanics should be changed into knowledge of electronics, a field fully apart from any previous knowledge and where the mechanic should have to start from scratch.
This is hard, if possible, to change. Furthermore, it is easier for designers to hide their designs under programme lines than under physical shapes easy to observe and analyze. Designers use this advantage to hide key features to the users preventing the possibility of being copied. The change is difficult but the question about its convenience remains. There is a related effect, known as “automation paradox” that can be described like this:
An automated system usually requires a big investment. Once the investment is made, investors try to optimize the payback and a decreased requirement of training is an important part of the payback. However, since automated systems are internally more complex than its non-automated counterparts, a deep knowledge of an automated system should require more training than the non-automated one. This paradox is solved the easy way: Operators are not trained about how the system works internally but about a system of metaphores or, in other terms, the kind of computer literacy that a common Windows user has.
The observation of many call-centers where operators seem more automated than the system itself, reading in their screens messages that do not understand, could provide an example that can be found too in a hypermarket, with people passing bar codes and credit cards as their main activity. It has become business-as-usual and the client has accepted this as an unavoidable feature of the relation with big companies since this is common practice everywhere. The practice is then reinforced and big corporations accept low-qualified people at the front end as a sensible way to work.
This brings us to the fourth question: If consequences of an event are high, a highly-automated model unable to manage unforeseen situations is not acceptable. However, we should start by asking if designing a system able to answer to every single event is feasible. The answer is negative, at least, for complex activities: Automated systems handle more and more events but, to do so, they increase their own internal complexity and, hence, new events arise coming from unexpected interactions inside the system. It works like a hydraulic press: When the volume of the pressed material decreases, the resulting product is more and more massive: We decrease the number of unforeseen events but the remaining ones are harder to manage.
Another effect of increasing complexity is how to asses the risk level. In very controlled fields as aviation, we can find events where functionally unrelated systems interact due to proximity. Since they were unrelated, these interactions were unforeseen. The list could be very long: Electric sparks near to a fuel tank, loss of hydraulic power due to engine explosions, fire onboard due to rubber from a wheel breaking a fuel tank in a plane with after-burner…
If we cannot create an automatic system able to handle 100% of contingencies and these can be important, the system requires intelligence inside and that means human contribution[1]. However, allowing human contribution requires some conditions:
The first problem is being in the “loop-of-control”. The sequence of events gives the operator clues to solve a problem through the analysis of that sequence. In automated systems, it is frequent getting the first notice once the event is fully developed and, therefore, missing basic clues to know what happened.
Another problem is related with workload. The operator can pass from a very low workload to a very high one and viceversa, being always out of the right level, the one where human performance can reach its optimum.
Last but not least, some automated systems prevent the operators to perform the required action. There are many examples. One is the problem of the Australian company Quantas with a highly-automated plane: After a problem with a sensor, pilots were flying the plane manually but, even though, computers keep running. The faulty sensor was feeding the computer with information defining the situation as one requiring immediate action . Therefore, the computer, acting on wrong information, took the control from the pilots causing a serious event.
In high-risk activities, a common practice is having an alternative system free of automation. That is, standard interfaces are made of computer screens but it remains a set of “basic instruments” that, under degraded situations, could provide enough information to handle the system. The most interesting part, however, is not outside the system but inside: Redundancy does not work in software. If we had 50 identical systems with identical software and performing the same task at the same time, any bug could make the 50 systems fail at the same time. Since designers know that, they take a cautionary step: Three systems with identical interface and behavior but different internal logic. If we have three computers running Windows, MacOs and Linux performing the same task at the same time, the probability of a multiple fail is extremely low. This design, aimed to provide a redundancy that works, has a side consequence: The operator has, as best, a “Windows user” knowledge of the system.
Jens Rasmussen established a rule for critical systems: “The operator has to be able to run cognitively the system”. At this moment, we can say that this rule is not met. Furthermore, since operators are provided with user knowledge, the operator, under unforeseen events, could not know what and why happened. That is the present situation of automation. If applied to non-critical systems, the lack of an answer is a part of a general landscape. No one seems to be especially concerned by this split in the knowledge level between designers and users and the resulting situation mirrors the model of Taylor. If applied to high-risk activities, the shortcomings are the same but, in this case, a new relation between human and automated system should be required.
When someone ignores the logic model of the human operator and, instead, introduces a new one coming from IT, the objective is efficiency improvement. However, important costs appear related to the degraded knowledge of operator and, hence, the loss of ability to solve unforeseen problems. However, bringing back the Rasmussen rule should not be very difficult. An example can show how:
For many years, HP has been manufacturing calculators using the RPN[2] model, more efficient in terms of required keystrokes than the arithmetic one. However, even HP finished manufacturing calculators with arithmetic notation since it is more intuitive for people. Arithmethic notation can be less efficient but it fits with the mental model of the user and that is why many users prefer a notation that keeps their own logic…and that is why this (watch minute 7:20) is false: http://www.youtube.com/watch?v=xbecC_ApNY0. Actually, we know how a calculator works at a functional level. That cannot be told of many of the systems that we use.
Peter Drucker, in his autobiography, speaks about a situation when, working for a Bank, had an idea supposedly brilliant and proposed it to his boss. He was told to explain his idea to the most moron employee and, when Drucker complained, the answer was that the ability of the moron employee to understand was the limit to complexity of any idea to be sold to clients. This could be a good principle about automation. The limit to optimize through automation should be the ability of the operator to understand the internal logic of the system. Furthermore, it must be an enforced principle in critical systems. Meanwhile, we will keep running automated systems that have rediscovered Taylor and unfitted to use the human potential.
I will like to end with a comment: It is said that 80% of accidents have an human origin and, for many designers, a downgrade or plain dissapearance of the human role should be a good investment. However, keeping out the human should not reduce accidents by a full 80%. Actually, the complement of 80% is not the remaining 20% but the much higher number of non-accidents produced by human, often trivial, interventions. If this idea is clear, it can help to go back to the right path.
[1] This should be a long discussion but out-of-focus.
[2] Reverse Polish Notation.
Inteligencia artificial: Historia de un error
¿Algo que llame la atención en la fotografía? Si se han visto muchos brazos de robot seguro que sorprende el aspecto antropomórfico de la mano muy poco usual en los robots utilizados en automoción e incluso en cirugía. La mano de un robot no trata de imitar externamente la humana sino que suelen ser pinzas con dos, tres o como máximo cuatro piezas móviles poco parecidas a los dedos. Aquí han copiado el aspecto externo de una mano y ahora viene la segunda sorpresa: La fotografía corresponde al brazo de un robot que se encuentra en el museo del M.I.T. y cuyo autor es Marvin Minsky.
¿Qué tiene esto de particular? Minsky ha reinado durante años en el área de inteligencia artificial del M.I.T. y ha mantenido a rajatabla un principio que, como muestra lo escrito por uno de sus sucesores, Rodney Brooks, ha seguido. Básicamente el principio podría enunciarse como: Al tratar de avanzar en la construcción de máquinas inteligentes, no nos interesa en absoluto cómo está hecho el cerebro humano. Éste es el producto de una evolución que probablemente ha dejado muchos restos que no son funcionales y es mucho mejor partir de cero en nuestros diseños que enredarnos en cómo hace las cosas un cerebro. Entiéndase que esta frase no es literal sino una interpretación propia de lo que podría ser la forma de pensar de Minsky y sus sucesores partiendo de lo escrito por ellos.
Tienen, al seguir ese principio, un punto de razón y a la vez una confusión importante: Ciertamente el cerebro puede tener partes que son producto de la evolución y no aportan nada a su funcionamiento correcto o incluso lo perjudican. Esto no es sólo aplicable al cerebro; el ojo tiene algunas características que harían que un ingeniero que diseñase una cámara imitando al ojo fuera echado a patadas por chapucero y, sin embargo, no tenemos muchas quejas de su funcionamiento incluso comparándolo con la casi totalidad del reino animal pero la comparativa tiene trampa: El cerebro «rellena» muchas de las deficiencias del ojo como, por ejemplo, el punto ciego y dota a la vista de prestaciones que no tienen que ver con el ojo como, por ejemplo, una capacidad de detección de movimientos muy avanzada y relacionada con neuronas especializadas, no con la lente (el ojo). Naturalmente, la mano procede del mismo proceso evolutivo que el cerebro o el ojo y, por ello, sorprende que alguien que ha hecho del desprecio de los mecanismos de funcionamiento humano un principio básico haya imitado en su diseño una mano mucho más allá de lo que la funcionalidad lo justificaría.
La confusión en este grupo se ha producido entre el aspecto morfológico y el funcional. Efectivamente, puede haber restos evolutivos pero hay un hecho: Las neuronas, mucho más lentas que la tecnología electrónica, son capaces de conseguir resultados inalcanzables para los productos de la tecnología en terrenos como el reconocimiento de figuras o en acciones tan aparentemente triviales como golpear una pelota en el aire. Raramente los deportistas han sido considerados paradigmas de la actividad cerebral pero resulta que los movimientos necesarios para alcanzar una pelota, no digamos ya para hacerlo con precisión, son inalcanzables para los más avanzados productos de la tecnología. El principio basado en los «residuos evolutivos» es claro pero si los resultados de ese presuntamente defectuoso órgano van en algunos terrenos mucho más allá de lo que puede conseguirse por vía tecnológica ¿no merece la pena tratar de averiguar como lo hace?
Esperar a tener más capacidad de almacenamiento y más velocidad se ha transformado en un «esperando a Godot» o en una excusa, dado que la situación actual de la tecnología permite tener elementos mucho más rápidos que las aparentemente humildes neuronas y la capacidad de almacenamiento ha alcanzado unos límites altísimos y continúa creciendo. ¿Necesitan más velocidad para llegar antes que alguien que ya es muchísimo más lento? Difícil de explicar.
En el mismo museo del M.I.T. donde se encuentra la mano, aparece un video de una investigadora que trabaja en el aprendizaje de robots y sorprende gratamente. Sorprende por su humildad ya que, al final de un video donde cuenta su trabajo con un robot, acaba confesando que algo se les escapa y que no es cuestión de velocidad ni capacidad de almacenamiento. Efectivamente, algo se les escapa pero podrían estar cayendo en una situación como la del viejo chiste en que un borracho busca la llave que ha perdido bajo una farola, no porque la haya perdido allí sino porque es allí donde hay luz:
Los investigadores del área de inteligencia artificial no se han parado a pensar detenidamente en la naturaleza de la inteligencia o del aprendizaje y, sin embargo, han tratado de reproducirlos en sus creaciones tecnológicas consiguiendo con ello unos resultados bastante pobres lo mismo en su versión inicial que en las versiones basadas en procesamiento paralelo, en redes neuronales o en interacción entre agentes simples capaces de aprender por sí mismos. No se ha conseguido nada remotamente comparable a una actuación inteligente ni un aprendizaje digno de tal nombre.
¿Es un intento imposible? Los esencialistas de lo humano dirían que así es. Rodney Brooks, uno de los sucesores de Minsky, afirmaba lo contrario apoyándose en que los esencialistas siempre habían dicho «hasta aquí se puede llegar» y el progreso tecnológico siempre les había obligado a llevarse su supuesto límite más lejos. Hasta ahí tenía razón; lo malo es que Brooks se apoyaba en ese hecho como supuesta demostración de que siempre iba a ocurrir así y que no había límites al progreso tecnológico…y ése es un salto en el vacío de difícil justificación, especialmente cuando ha habido notables batacazos en los terrenos científico y tecnológico y cómo creencias de siglos han tenido que ser aparcadas para sustituirlas por otras. ¿Hablamos, por ejemplo, de las técnicas de navegación utilizadas cuando se creía que la Tierra era plana? A Brooks le puede ocurrir lo mismo; es posible que el progreso tecnológico no tenga un límite conocido pero es posible también que su particular línea de progreso tecnológico sea uno de los muchos callejones sin salida en que la ciencia y la tecnología se han metido durante los últimos siglos. Lo visto hasta ahora da toda la apariencia de eso.
No sé si en algún momento se construirán máquinas que se puedan considerar inteligentes y personalmente no lo descarto. Lo que sí parece descartable es que puedan construirse si no se tiene una idea clara de cuál es la naturaleza real de la inteligencia y de cuáles son realmente los mecanismos de aprendizaje. Las no muy científicas actitudes respecto a los disidentes que se han utilizado en el área de inteligencia artificial y que han conducido a la defenestración de personajes como Terry Winograd, una vez que empezó a encontrar inconsistencias y siguió su propia línea o al rechazo de otros como Jeff Hawkins, tecnólogo interesado en el funcionamiento cerebral que les podía haber abierto vías de investigación nuevas.
Ha habido mucha soberbia y mucho funcionamiento por lealtades tanto a personas como a un modelo que hace agua por todas partes. La mano de la foto muestra que, además, ha habido contradicciones con los propios planteamientos. No sé si habrá alguna vez una máquina inteligente pero es dudoso que salga de una factoría que funcione con el principio machadiano de despreciar cuanto ignora. Encontrar el camino correcto a lo mejor requiere una mayor dosis de modestia y algunas dudas sobre los planteamientos iniciales.
Skype: Mercados libres y mercados en libertad vigilada
La crisis financiera ha sido vista por algunos como la prueba de que el mercado libre no funciona. Naturalmente, confundir el mercado libre con las actividades de una banda de ladrones o con la ley de la selva dice bastante sobre qué entienden por mercado libre; así se entiende su oposición aunque todo se arreglaría con un pequeño esfuerzo en el terreno de la instrucción y otro, tal vez algo mayor, en el de reducción del sectarismo.
En el caso español, todavía hay mercados que se encuentran en una situación de libertad vigilada; entre ellos destacan el energético y las telecomunicaciones con los efectos de tener, en ambos casos, los sistemas más costosos y más ineficientes del mundo supuestamente civilizado. Una muestra puede encontrarse en Skype, probablemente el mayor proveedor de telefonía sobre IP, que ofrece un servicio consistente en comprar un número de teléfono de un país al que cada cual llama al coste contratado para la llamada a un teléfono de ese país pero…el destinatario de la llamada, es decir, el propietario del número, recibe la llamada a través de Skype utilizando el ordenador.
Para cualquiera que viaje bastante o resida fuera, es una forma de ahorrar bastante dinero sin complicarle la vida a los abuelos pidiéndoles a estas alturas que aprendan a manejar un ordenador. Sin embargo, como no todo puede ser perfecto, Skype señala que este servicio está disponible en veinticinco países http://www.skype.com/intl/en/features/allfeatures/online-number/#countries y, si alguien busca España entre ellos, no la encontrará. Lógico; no está.
Cuando se privatizó Telefónica, los sindicatos pusieron el grito en el cielo protestando porque se privatizaban empresas rentables. Claro; cualquier empresa es rentable si su situación le permite hacer los presupuestos al revés, es decir, calculando primero cuanto se quiere gastar y poniendo los precios después. Por supuesto, esa forma de operar implica que se es rentable a través de tener a un cliente cautivo y esa cautividad permanece. Aunque haya distintos operadores de telefonía fija, todos ellos tienen que pasar por Telefónica excepto los cableros y éstos con reservas. ¿Qué tiene de extraño que tengamos el ADSL más caro y más lento y que servicios como el de Skype no funcionen en España? Todavía habrá quien le eche la culpa de esto también a la libertad de mercado.

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