Categoría: Organizaciones
Servicios inservibles: 900123505 (Tráfico)
Aparte de para instalar radares y poner multas, no queda muy clara la utilidad de Tráfico y, en concreto, del número que supuestamente informa en tiempo real del estado de las carreteras.
Ayer me pilló un accidente a la altura de Frómista, a 30 kilómetros de Palencia. Cuarenta minutos después de estar cortada la carretera en ambos sentidos, se me ocurrió llamar al numerito en cuestión para saber si tenían alguna estimación del tiempo que iba a durar la situación o si había alguna alternativa mejor que la espera.
La respuesta fue un escueto mensaje diciendo que no tenían detectada ninguna incidencia en las carreteras de Palencia. Supongo que debían ser ellos los únicos; los que tuvimos que esperar hora y media a que la carretera se abriese sí la teníamos detectada.
El modelo del cono
Cuando en España existía el servicio militar, se decía que era mejor tener un enchufe con un cabo primero cercano que con un general que estuviera muy lejos. Quien decía esto, sin saberlo, estaba aludiendo a algo que fue formalizado después expresándolo en forma de cono.
A la hora de calibrar la relevancia real de alguien en una organización, había dos maneras de medirla: O bien por su altura dentro del cono o bien por la cercanía al eje del mismo cono; así, podían darse situaciones engañosas. La propia forma hace que alguien que esté muy alto tenga que estar cerca del centro pero, a medida que vamos bajando, podemos ver que hay personas que, teniendo una posición formalmente más baja, son más relevantes que otras.
Este mismo fenómeno lo podemos observar a propósito de lo que está ocurriendo hoy en el principal partido de la oposición en España. Tras la derrota electoral, su máximo dirigente, Rajoy, decidió que tenía que renovar el partido y, ante la línea que llevaban esas renovaciones, sus dos principales apoyos en la pasada legislatura, Acebes y Zaplana, decidieron abandonar. Parece que Rajoy aplicó la doctrina de a enemigo que huye, puente de plata y, a pesar del indudable peso de los dos fugados en la organización, no parece que su abandono le representase descalabro alguno.
Sin embargo, después han venido otros dos abandonos que, organizativamente, parecen ser mucho menos importantes: Una dirigente regional que nunca ganó una elección y un militante de base y, sin embargo, si quien esto escribe no está muy equivocado, son precisamente esos abandonos los que van a cobrarse la cabeza del líder del partido.
La dirigente regional, María San Gil, se había convertido en un valor simbólico al suceder en su posición en el partido a su jefe, quien fue asesinado por un pistolero de ETA delante de sus ojos. Todo el que fuera partidario de una política de dureza frente al terrorismo, fuera cual fuera su adscripción política, encontraba que había varias referencias -no siempre del mismo partido- y ésta era una de ellas. Ese valor simbólico (la centralidad en el cono) le daba mucha más relevancia que los votos que pudiera estar arrastrando y su abandono ha sido una señal para muchos votantes y simpatizantes. Primer tropezón importante.
Uno de los que recogieron esa señal fue un militante de base, Ortega Lara, quien tiene en su haber el record de tiempo secuestrado por ETA en unas condiciones absolutamente infrahumanas. Nuevamente, alguien que, desde un punto de vista formal, tiene una mínima representatividad en la organización pero es el valor simbólico el que le sitúa en el eje mismo del cono. Segundo tropezón o prolongación del primero, según se mire.
Suárez, el primer presidente democrático tras la dictadura franquista, reflejó la situación que se encontró con una bonita metáfora: Hemos tenido que cambiar las cañerías sin cortar el agua. Parece que aquí no se ha tenido esa habilidad.
Los números de las encuestas, al parecer, les decían que, si cambiaban de línea, podían perder algunos votantes pero ganar muchos más y, haciendo gala de una extrema mala memoria sobre lo que otras veces les han dicho sus encuestas y sus encuestadores y lo que ha pasado después, se han lanzado por ese camino pero, al hacerlo, han olvidado que además tienen que gestionar una organización interna, organización en la que el modelo del cono se ha puesto de manifiesto de una forma clarísima.
Seguridad aeroportuaria y otras estupideces
Viajar en avión se ha convertido en algo abiertamente desagradable. Cada vez un invento nuevo en el ámbito de seguridad. Hoy tocaba que, además de pasar el ordenador aparte, había que abrirlo y darle la vuelta. Veremos a la próxima.
El caso es que, antes de toda esta verbena de seguratas, si se tenía la tarjeta de embarque y se volaba sin equipaje sobraba con estar media hora antes de la salida del vuelo en el aeropuerto.
Ahora, gracias a las colas organizadas en los controles de seguridad, si no se está en el aeropuerto entre 60 y 90 minutos antes de la salida del vuelo, se tiene casi la garantía de no volar.
Pues bien, el reconocido y reconocible servicio de Iberia completó ayer el panorama impidiendo que se pudiera facturar por Internet y, de esa manera, agilizar un poco los trámites del aeropuerto.
Mi plan para hoy era perfecto: Salida en el AVE a las 13.30, llegada a Madrid a las 14.20 y a las 14.45 podía estar en el aeropuerto yendo directamente a los controles de seguridad para volar a las 16.00. Tiempo suficiente para no ir angustiado pero con esperas suficientemente cortas para no hacerse molestas.
Iberia lo fastidió al impedirme sacar la tarjeta de embarque, cosa que no podía saber con antelación puesto que sólo se puede sacar con 24 horas de tiempo. El hecho de que haya menos trenes en festivo completó la jugada obligándome a marchar a las 8.30 como única alternativa. Mañana del domingo machacada por cortesía de Iberia.
Después de pasar por el habitual rosario de estupideces más la innovación del día, busqué refugio en la sala VIP dispuesto a entretener las bastantes horas que tenía hasta la salida del vuelo. La sala VIP en Barajas está después de pasado el control de seguridad, es decir, desde la sala se embarca directamente sin más control que el de tarjeta de embarque y pasaporte.
Pues bien, a los águilas que están controlando cinturones, zapatos, ordenadores, que no se lleven más de 100 ml. de líquido y otros artefactos igualmente peligrosos, al parecer se les ha pasado por alto que en esta sala hay cuchillos normales, no de plástico o similares, y que cualquiera, aunque no sea un avezado delincuente o espía, puede llevarse uno de ellos en el bolsillo al avión.
¿Es todo una sutil manipulación de Renfe para que acabemos odiando el avión, todo el aparataje de seguridad es una cuestión de imagen con vistas al pasajero o son así de incompetentes?
Formas sorprendentes de organizarse en Alemania
Hace años fui testigo directo de una situación de la que, más tarde, he oido contar algunas variantes en forma de chiste:
Un viajero pregunta en una estación de tren alemana, sabiendo que tenía que cambiar de tren y el tiempo para el cambio era de tres minutos: «¿Y si se retrasa el tren?». La respuesta del empleado del ferrocarril fue: «¿Y por qué se va a retrasar el tren?».
Como digo, he sido testigo de esta situación pero ayer mismo tuve ocasión de ver las dos facetas del modelo de organización alemán:La primera de ellas se produjo en un curso: Me encontraba exponiendo algo que, para mí, es de sentido común. Si en un proceso de mantenimiento hay una fase especialmente cara y hay un problema de costes, si alguien intenta hacer trampa, va a intentarlo precisamente en esa fase y es en la que hay que estar muy atentos.
Uno de los asistentes me rebatió esta afirmación señalando simplemente que no cumplir con la norma que imponía esa revisión estaba penado por la ley y, por tanto, se iba a cumplir con la norma. Es fácil preguntarse en qué mundo viven los alemanes ante una objeción de ese tipo pero, unas tres horas más tarde, tuve una nueva ocasión de saber en qué mundo viven:
Tenía que desplazarme en tren de Colonia a Dusseldorf para llegar a un avión y llevaba el tiempo bastante justo. Después de pelearme con una máquina automática para conseguir el billete, empecé a buscar los habituales paneles informativos electrónicos que indicasen de qué vía salía el tren y tales paneles no aparecían por ninguna parte.Finalmente, alguien me indicó la vía y llegué al tren justo en el momento en que se estaban cerrando las puertas.
Más tarde, tenía que hacer un cambio de tren en la estación central de Dusseldorf para llegar al aeropuerto y me encontré con el mismo problema pero, en este caso, pude dar con la clave del misterio: No existen tales paneles electrónicos; es mucho más simple: En los horarios impresos de los que hay colgados montones de ejemplares en distintos lugares de la estación no sólo figura el horario sino…¡el número de la vía en la que va a parar el tren!
No sé cada cuanto tiempo renovarán los impresos pero, sin duda, requiere un ejercicio de planificación impresionante, planificación cuya ausencia nos obliga en otros sitios a tener bonitos paneles electrónicos que nos informen de la vía porque cada día puede ser una distinta.
Entendí mejor el razonamiento de mi alumno de por la mañana aunque, al mismo tiempo, me preguntaba cómo se las arreglaría alguien con esa mentalidad tuviera que vivir en otro país, especialmente si es uno de los muchos donde la ausencia total de planificación y la corrupción campan por sus respetos. Sin duda, sería un baño de realidad que no les vendría mal siempre que fueran capaces de sobrevivir a él.
Un tema curioso: La guerra de los formatos de DVD
Las mismas historias se repiten una y otra vez pero no siempre tienen los mismos finales.
A algunos, la guerra entre Toshiba con su formato DVD compatible con el actual y Sony con su formato Blu-Ray nos ha recordado otra guerra más antigua en la que también estuvo Sony: La guerra entre los formatos de video VHS y Betamax.
Sony patrocinaba el Betamax que daba un nivel de calidad superior al VHS pero tenía un problema: El manejo de las patentes por parte de Sony y su exclusiva del formato Betamax hizo que fuera una guerra de Sony contra el mundo y, por fuerte que fuera Sony, la batalla estaba perdida y Sony acabó abandonando el formato Betamax.
Esta vieja batalla recuerda, a su vez, a otra: La de los sistemas operativos y cómo acabó predominando un sistema operativo claramente inferior -Windows- frente al de Apple debido a la torpeza de estos últimos y a su insistencia en unir su sistema operativo propio a sus ordenadores. El mundo acabó aislándolos y Apple estuvo a punto de desaparecer aunque ahora conozca mejores tiempos.
¿Qué ha pasado ahora? Sony saca un formato que no es compatible con los DVDs actuales frente a Toshiba que tiene un formato que sí lo es y acaba ganando la batalla Sony. ¿Dónde está el truco? La verdad es que hay más de uno pero todos se reducen a lo mismo: En esta ocasión, Sony no estaba en solitario.
Por un lado, las grandes productoras cinematográficas habían hecho pública su apuesta por el formato Blu-Ray; por otro lado, el sector del videojuego y, por tanto, la PS3 de Sony podían tirar también con mucha fuerza del formato patrocinado por Sony y, finalmente pero no menos importante, los reproductores que están saliendo al mercado tienen la posibilidad de leer multitud de formatos, incluidos los DVDs anteriores al Blu-Ray.
Frente a esto, lo único que podía ofrecer Toshiba es compatibilidad y precio. La compatibilidad era una ventaja menor en el momento en que salieron al mercado los reproductores Blu-Ray con capacidad para leer también los DVDs. De hecho, salvo que sacasen sus propios modelos compatibles con Blu-Ray, se convertía en una desventaja y la diferencia de precio no justificaba la decisión en favor del formato de Toshiba.
Visto a toro pasado, el resultado parece lógico. Sin embargo, en su momento Toshiba debió pensar que, al ser su formato plenamente compatible con los DVDs actuales, quien se iba a quedar en solitario era Sony. No calibró adecuadamente la fuerza de las productoras cinematográficas ni del sector del videojuego aunque, insisto, eso es fácil decirlo ahora.
La conjura de los necios de los grandes despachos
No; no voy a hablar de política aunque el título les venga como anillo al dedo sino de cómo el principio de Peter se ha quedado desfasado.
Según el principio de Peter, todo el mundo asciende hasta llegar a su nivel de incompetencia. Falso o, mejor dicho, muy insuficiente. Es cierto que todos podemos conocer a gente que ha sido ascendida a un puesto donde -se supone- su desempeño en el puesto anterior le garantizaba que las cosas iban a funcionar bien y no ha sido así.
Tampoco es muy difícil de explicar: Un puesto puede requerir una destreza técnica y el otro requerir hacer cosas a través de terceros y las habilidades necesarias para desempeñar uno u otro son distintas.
Por eso, el principio de Peter no es sorprendente pero ¿qué ocurre si le damos la vuelta? Si el desempeño en un puesto no garantiza el desempeño en otro ¿la falta de desempeño en un puesto podría hacer pensar que en otro sí se va a funcionar? Difícil de creer ¿verdad? Pues bien, conozco al menos tres casos de personas que no han funcionado en NINGUNO de los puestos por los que han podido pasar y, como premio, han sido ascendidos una y otra vez.
A uno de ellos le conocí en una de las grandes consultoras internacionales donde, tras un ascenso difícil de justificar tanto por su capacidad de trabajo -nula- como por sus morigerados hábitos de consumo -no entremos en detalles- que afectaban a sus relaciones de trabajo y que provocó una fuga masiva del equipo entonces a su cargo. Desde allí, el personaje en cuestión pasaría a una posición elevada en una institución financiera para terminar aterrizando en una institución internacional muy conocida. Años después de conocerle, supe que su papá tenía un puesto muy relevante en una institución financiera y, al parecer, eso debía bastar como explicación.
Los otros han tenido trayectorias parecidas aunque no iguales:
Uno de ellos era un convencido de la magia de los despachos. Al parecer, bastaba con que se reuniera él con varios más apresuradamente para hablar de una idea genial para que, sin hacer nada, esa idea se diera ya por implantada y así, hasta la siguiente genialidad de despacho. Cada vez que machacaba un área, la organización le ascendía a otra más importante donde se repetía la jugada con el agravante de que, en este caso, ni siquiera cambiaba de organización.
Al otro, sólo se le puede calificar de jesuita pero, dado que entre los jesuitas puede haber excelentes personas, aclararé que me refiero al modelo de personaje que dibuja Blasco Ibáñez en «La araña negra», es decir, un personaje hipócrita que jamás se enfrenta con nadie pero maniobrero y capaz de echar a los pies de los caballos al mismo que le ha hecho un favor importante el día anterior.
Estos personajes existen y no lo digo sólo porque los haya conocido y pueda ponerles a algunos nombre y apellidos pero lo malo no es su existencia, que también, sino saber qué clase de enfermedad está sufriendo una organización para comportarse de esa forma. ¿Qué están primando y por qué?
La próxima vez que nos encontremos con uno de estos personajes, en lugar de quejarnos de ellos, es bueno que nos preguntemos ¿Qué clase de organización es ésta?
Telefonía móvil: Siempre hay un infierno peor
Siempre hay un infierno peor. Después de sufrir los inicios de Telefónica con telefonía móvil analógica me pasé a Amena y llegué a esa conclusión.
Tanto por su funcionamiento técnico como por sus políticas comerciales llegué a lo que creía que era imposible: Añorar a Telefónica.
Acabé pasando mi número de teléfono móvil a Telefónica pero, como no, tuve un problema con una línea de 3G y traté de darla de baja. Con su agilidad habitual, Telefónica me pidió un conjunto de cosas en las que sólo eché en falta la bendición papal para poder cancelar la línea. Ante tal estado de cosas, aproveché una oferta de otro operador –Yoigo- para llevarme la línea a este operador y, de paso, comprar un terminal nuevo.
El inicio no pudo ser mejor. Yoigo era el operador más barato tanto en voz como en transmisión de datos y con una cobertura ejemplar gracias a acuerdos con otros operadores. La continuación, sin embargo, no puede ser peor.
Igual que ocurrió con Amena, cuando empiezan a desplegar su propia red y a prescindir de los acuerdos, Yoigo ha pasado de tener una cobertura espléndida a tener otra prácticamente inexistente. He tenido que estar en varias capitales de provincia y, sencillamente, Yoigo no existe.
Sigue siendo la más barata pero es inevitable preguntarse por qué se paga. Increíble pero cierto. Yoigo me ha hecho volver a añorar a Telefónica. Creo que tendré que acabar liberando el teléfono y resignándome a pagar la cuota fija durante el periodo comprometido para, lo antes posible, eliminar la línea.
En telefonía móvil siempre hay un infierno peor.
Negociaciones sindicales: No es ése el camino
Aunque llevo una larga trayectoria en el ámbito de Recursos Humanos, tengo buena relación con algunos sindicatos. Ayer estaba en una reunión de uno de ellos -que no nombraré aquí- y, entre los ponentes invitados, había un experto en negociación.
Toda su ponencia se centró en el comportamiento en la mesa negociadora, en la composición del equipo y en tácticas de regate corto. Sin duda, las tácticas podían ser útiles aunque tenían un claro problema: Su funcionamiento queda muy disminuido en ausencia del factor sorpresa y es más que probable que la parte contraria reciba una formación muy similar.
Se insistió mucho en lo importante de no tomarse las cosas personalmente y también me resulta extraño. Si la gente que está en la posición de negociar está haciendo algo más que un mero juego de rol, es posible que haya personas que presenten conductas no adecuadas. Naturalmente, eso crea resentimiento y, además, desconfianza. No sé si la desconfianza es o no una reacción que pueda considerarse «personal» pero, si está justificada, tampoco veo por qué hay que eludirla.
Creo que una buena negociación, tanto si estamos en la utopía del win-win que, desde luego, no siempre se puede lograr como si intentamos defender una posición sabiendo que, en todo o en parte, estamos en un juego de suma cero no se distingue, como afirman los expertos, porque todo el mundo salga parcialmente insatisfecho sino porque hay unos planteamientos más de fondo que el mero juego de póker de la mesa de negociaciones.
El modelo de negociación ideal no es, en mi opinión, una negociación sino una jugada estratégica del estilo de la protagonizada hace años por IBM cuando Xerox decidió entrar en el negocio de los ordenadores. IBM no se lanzó a una guerra de precios sino que…lanzó su propia línea de fabricación de fotocopiadoras. De esta forma, alteraba uno de los parámetros básicos de Xerox, es decir, el hecho de tener capacidad de financiación gracias a una saneada venta de fotocopiadoras para introducirse en el nuevo mercado.
Podrían ponerse igualmente ejemplos, lamentablemente negativos, del ámbito sindical: Cuando Gillette decidió cerrar su fábrica en Alcalá de Guadaira porque le resultaba más barato fabricar en Polonia y seguir vendiendo en España, los sindicatos actuaron a piñón fijo, haciendo lo que siempre han hecho, es decir, pancartas, cortes de carreteras perjudicando a gente que no tenía nada que ver, presión sobre la Administración, etc. ¿Resultado? Cierre de la fábrica y cumplimiento, punto por punto, de los planes de Gillette.
La alternativa más adecuada no estaba, desde luego, en la presión sindical aunque es posible que aquí valga el viejo dicho de que cuando alguien tiene un martillo como única herramienta cree que el mundo se compone exclusivamente de clavos. En el caso de Gillette, la posición estaba clara: Conservación del mercado reduciendo los costes mediante el traslado de la fabricación.
Una actuación inteligente de los sindicatos involucrados -no puedo resistirme a señalar la contradicción en los términos- habría atacado precisamente al punto central, es decir, la conservación del mercado. En lugar de crispar a un público que ninguna culpa tenía, mejor convertirlo en aliado y convencerlo de que esa conducta merecía que el usuario se cambiase de marca de productos de afeitar. Un lenguaje moderado en los términos pero duro en el fondo y una invitación al usuario a ejercer de juez con su herramienta más valorada, el monedero, habría sido infinitamente más eficaz que todo lo que se hizo.
Explorar la posición del adversario implica conocer cuáles son las presiones a que está sometido, de dónde vienen y si alguna de ellas es susceptible de ser alterada para nuestro provecho. Todo esto y la preparación de las acciones subsiguientes se realiza fuera de una mesa de negociación. Centrar la negociación en el comportamiento en la mesa es como jugar al póker; unas veces se gana y otras se pierde, se aprende pero el contrario también aprende y, cuando alguien hace trampas, no nos pueden pedir que, además, no nos lo tomemos personalmente.
El enigma «Pedro del Hierro»
Pedro del Hierro, conocido por sus diseños pero del que pocos sabíamos nada, apareció hace unos días en un programa de televisión donde se contaba que no tenía dinero para pagar un tratamiento médico y que había estado a punto de acabar en un albergue municipal. El motivo no era otro que la negativa de la empresa que le compró la marca con su nombre (Cortefiel) se negó a sufragar el tratamiento y a impedir que cayera en esa situación.
Esto fue básicamente lo que se dijo en televisión y esto es lo que, más o menos, se repite en una publicación de hoy del diario El Mundo. Sin embargo, a cualquier observador imparcial le faltarán algunos datos para llegar a una conclusión distinta de la mera crítica a las grandes empresas y cómo dejan tirados a sus creadores.
Pregunta primera: Cuando Pedro del Hierro vendió su marca a Cortefiel ¿lo hizo con carácter gratuito o cobró una cantidad de dinero? Si, como es de esperar, la segunda opción es la correcta ¿cuánto?
Pregunta segunda: Al parecer, se establecieron unos acuerdos de colaboración en el diseño pero, al cabo de un tiempo, Pedro del Hierro desapareció ¿cobraba por esas colaboraciones? ¿por qué dejó de hacerlas?
Si recurrimos a la memoria reciente, encontraremos que hace un tiempo se encontró nada menos que a Ted Turner (creador y gran jefe de CNN) rebuscando en los cubos de basura; evidentemente, no es que le faltase el dinero sino que se trataba de un problema de tipo mental.
¿Ocurre algo parecido con Pedro del Hierro? Si no es así ¿qué ha sido del dinero que muy probablemente ha recibido por la venta de su marca y por las colaboraciones?
Si Pedro del Hierro tiene algún vicio oculto y muy caro o una afección mental que le lleven a encontrarse en la situación actual ¿es justo que se le echen los perros a la empresa que le compró la marca?
Es posible que, puestos todos los datos encima de la mesa, resulte que es cierto y que le han abandonado de mala manera pero también es cierto que se ha tratado de hacer reportajes lacrimógenos y se han omitido datos esenciales para saber de qué estamos hablando.
¿Es esto lo que llaman investigación periodística? Si tanto se preocupan por Pedro del Hierro ¿no deberían preocuparse también por cómo puede afectar -a lo mejor de forma totalmente injusta- todo este asunto a la empresa que compró la marca y a los empleos que de ella dependen? ¿no creen, señores periodistas, que esa mera eventualidad hace que deban aplicarse un poco más en su trabajo e investigar también esos otros datos muy relevantes y de los que nada dicen?
Se me ocurre un paralelismo sencillo: Si yo le vendo mi casa a alguien y me gasto el dinero, no puedo después acusar al comprador porque me vea obligado a dormir en un albergue municipal. Por eso es importante saber a cambio de qué se vendió la marca y si realmente Cortefiel tiene alguna responsabilidad en este asunto, como le están atribuyendo, o no.
«Managing the Unexpected» (Karl Weick y Kathleen Sutcliffe)
De los mejores libros ajenos al capítulo de ocio que he leído este año y, dada la fecha en la que estamos, es poco probable que haya alguno que le arrebate ese justo puesto en lo que queda de año.
Lamentablemente no está traducido. Los que lean con facilidad en inglés lo pueden conseguir con igual facilidad en Amazon. Para los demás, lo único que puedo hacer es, si hay alguna editorial que se anima a publicarlo en español, apuntarme voluntario para traducirlo. Además de su contenido, está muy bien escrito, lo que sin duda facilitaría la tarea.
Si tuviéramos que elegir una única idea que sirva para articular todo el libro alrededor suyo, sería la siguiente:
Hay organizaciones que se enfrentan a entornos muy complejos y cambiantes y que, entre otras cosas, su actividad implica riesgos mortales para los componentes de la organización o para terceros. Algunas de esas organizaciones han conseguido unos grados extraordinarios de fiabilidad y el estudio de éstas puede ser muy útil para otras organizaciones que no afrontan ese tipo de riesgos.
Tengo que admitir que la idea me resulta muy atractiva porque, precisamente por compartirla por completo, intenté extraer lecciones de la seguridad aérea para su utilización en la gestión empresarial. Con esa idea, escribí una tesis llamada Aprendizaje organizativo en entornos complejos: Lecciones extraídas de la seguridad aérea y más tarde la intenté publicar. El resultado fue desolador porque, tras algunos intentos, el único editor (Ashgate) que manifestó interés no provenía del ámbito empresarial sino que tenía una colección dedicada a la aviación y el libro acabó eliminando los elementos de extrapolación de seguridad aérea a gestión empresarial y titulándose Improving Air Safety through Organizational Learning: Consequences of a Technology-led model y, como puede deducirse del título, está también publicado en inglés, cosa que me ha supuesto alguna crítica. De hecho, la única publicación relevante en español sobre este tema puede encontrarse en un artículo de la revista Harvard-Deusto Business Review (septiembre 2004) del que hay una copia en este mismo blog.
Los autores de Managing the Unexpected han pasado por lo mismo y han analizado el funcionamiento de organizaciones como centrales nucleares o portaaviones, señalando por qué las lecciones extraídas de estos ámbitos pueden ser útiles para organizaciones «normales».
El concepto de Organización de alta fiabilidad (High-Realiability Organization o HRO) resulta clave en toda la obra y se va mostrando el contraste en la actuación de las HRO con otras organizaciones, contraste que podría situarse en dos puntos fundamentales:
- Las HRO no consideran que lo saben todo. Esto significa que no basan todo su funcionamiento en prevenir que algo inesperado ocurra sino en mantener capacidad para atender a lo inesperado cuando ocurra. Naturalmente, la gravedad de las cosas que pueden ocurrir implica que basta una sola vez para causar un gran daño y, en consecuencia, intentan mantener intacta su capacidad de observación de incidentes menores para extraer lecciones de ellos.
- Las HRO no intentan sustituir una actitud crítica y de evaluación constante de su entorno por un conjunto de rutinas y procedimientos. Por el contrario, saben que la ausencia de eventos graves no garantiza la seguridad sino que la relativa garantía proviene de mantener su capacidad de recoger y evaluar información sobre su propia actuación y de no rechazar los elementos discordantes.
A partir de estos puntos centrales, el libro intenta establecer cuáles son los puntos de observación para determinar cuál es la situación real de una organización y cómo actuar a partir de las observaciones.
Les deseo a los autores mucha suerte porque el contenido lo vale aunque, si mi propia experiencia es extrapolable a su caso, pueden encontrarse con que les llame la Marina norteamericana o centrales nucleares en lugar de grandes empresas. Eso ya dice mucho sobre por qué unos aprenden y otros no.

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