Categoría: Organizaciones

Capital intelectual: Una nueva moda

capital-intelectual-una-nueva-moda.pdf

Este artículo fue publicado en el momento de toda la efervescencia del capital intelectual en Training and Development.  En el momento de escribirlo, recuerdo que andaba indignado por haber coincidido con uno de los santones de la nueva moda, Leif Edvinsson, en un congreso y haber recibido una respuesta totalmente absurda a una pregunta.

La respuesta mostraba hasta qué punto todo o casi todo lo que había debajo de la noción misma de capital intelectual era puro humo y, puesto que el artículo no menciona el hecho, lo relato a continuación:

Puesto que el capital intelectual estaba siendo entendido como la diferencia entre el valor en libros y el valor de mercado, le pregunté a Edvinsson cómo calculaba el capital intelectual de una empresa cuando, por una crisis global, sectorial o incluso referida a la propia empresa, el valor de mercado descendiese por debajo del valor en libros. La respuesta de Edvinsson fue, a la vez, simple y simplista: En ese caso, el capital intelectual es negativo.

Una de «mobbing»

Con mucha frecuencia el «mobbing» lleva al «moving» como hay gente que lo llama y ayer me contaban uno de esos casos.

Una persona, bien situada profesionalmente en una fundación, tenía que organizar un concurso cuyos ganadores recibirían una generosa aportación económica. Una vez preparadas todas las condiciones del concurso, su jefe le «notifica» los nombres de los ganadores con lo que sólo quedaba salir y dar a conocer la buena nueva a los agraciados.

Como habría hecho cualquier persona normal en su puesto, se negó y los ganadores fueron los que correspondía de acuerdo con los criterios iniciales, resultado que no pareció encantar al jefe y modificándose sustancialmente la relación desde entonces.

Desde ese momento, toda ocasión fue buena para tratar de desacreditar -y de hacer desaparecer del mapa- a la persona que, repentinamente, se había convertido en conflictiva. Había elementos suficientes, por ejemplo emails, para que una denuncia por «mobbing» pudiera haber prosperado y, sin embargo, esa denuncia nunca se presentó y la persona afectada acabó abandonando la organización.

¿Por qué ocurre esto? Lamentablemente, la respuesta es muy sencilla: Porque la persona afectada sabe que, de haber presentado la denuncia, se habría colgado a la espalda el sambenito de «conflictiva» que le dificultaría extraordinariamente conseguir otro puesto de trabajo.

Hace tiempo, un buen amigo me comentaba que en el área de Recursos Humanos trabajamos con una especie de ley de la omertá y aunque él lo aplicaba a otro terreno -los consultores o directivos que son unos reputados golfos, que todo el mundo lo sabe y que, sin embargo, medran gracias a una discreción mal entendida- es perfectamente aplicable a estos casos.

Con la vehemencia que caracteriza al personaje, me decía en una reunión llena de gente y en un tono de voz suficiente para hacer que alguno se volviera: «Estos tíos son unos hijos de p… y no hay que callarse; hay que decirlo».

Muy probablemente ésa es la solución: La discreción mal entendida deviene en omertá y ocurren cosas de las que todos acabamos convirtiéndonos en cómplices.

Tiempos interesantes para la aviación comercial

¿Podemos sustituir el «know-why» por el «know-how»?

http://www.callcentermovie.com/movie/movie2.html

Éste es un buen -y divertido- ejemplo de lo que ocurre cuando se comete ese error.

Es cierto que, a medida que los sistemas de información ganan posibilidades de «supremacía instrumental» (Luhmann) podemos permitirnos trabajar con gente menos cualificada sin que aparentemente pase nada.

Uno de los sitios donde se ha aplicado más esa regla es, precisamente, en los «call-center» de muchas grandes empresas con un enorme deterioro sobre la calidad de atención.

El vínculo apunta a un video sumamente divertido y que parodia lo que ocurre cuando alguien está operando con manuales y un menú en pantalla pero no tiene la más remota idea sobre qué está hablando.

El fenómeno se produce en muchos más sitios y, en este mismo blog, puede encontrarse un «post» sobre el neotaylorismo del que el video es una parodia no exenta de razón.

Este fenómeno se está llevando a los terrenos más inverosímiles y, por supuesto, de mucha más trascendencia que un «call-center». Aquí se encontrarán artículos sobre la aplicación de ese mismo principio al transporte aéreo pero, hace sólo unos días, saltaba a la prensa un caso que habría puesto a cualquiera los pelos de punta: La crisis de los misiles en Cuba.

Si se busca en Google por «crisis de los misiles», se encontrarán nada más que 61.800 referencias, la mayoría de ellas claramente dirigidas por la intencionalidad política de uno u otro signo. Sin embargo, sólo recientemente salió a la luz la existencia durante la crisis de mecanismos automáticos que habrían supuesto, también automáticamente, el inicio de la III Guerra Mundial.

Los hagiógrafos de Kennedy sostienen que éste disponía de una información privilegiada gracias a un espía -Oleg Penkovsky- y que por eso mostró una determinación que le haría aparecer como el triunfador que permitía salvar la cara al otro lado.

Parece ser que Oleg Penkovsky no fue tan eficaz como pretendía esa versión ya que no informó de un insignificante detalle ahora sabido: En la hipótesis de un corte de comunicaciones entre Moscú y el centro de control de los misiles, las órdenes de este centro eran de lanzamiento inmediato.

Curiosamente, los norteamericanos habían estado barajando la posibilidad de un bombardeo sorpresa con el objetivo de…cortar las comunicaciones y, de esta forma, romper la cadena de mando evitando que los misiles pudieran ser lanzados.

¿Cuántos automatismos -por procedimiento o por tecnología- hay preparados para evitar el trabajo de pensar o, mejor aún, para evitar la necesidad de que haya alguien que piense? ¿Cuántos desastres están esperando su oportunidad para ocurrir por eso mismo?

Los «call-center» son un ejemplo benigno; la crisis de los misiles es otro ejemplo mucho menos benigno y, entre esos dos, millones de otros ejemplos que tratan de prescindir de aquello que hace a las personas comportarse como personas y que, al parecer, perturba un orden establecido, supuestamente garante de que nada va a ocurrir.

Inteligencia ejecutiva (Justin Menkes)

Uno de los pocos libros de la hipertrofiada industria editorial del «management» interesantes.

Ganaría más si suprimiera algunas de las «historias ejemplares» y, a cambio, articulase un poco mejor la parte conceptual pero, al margen de esos pequeños problemas, vale la pena su lectura.

Para entrar más en detalle, tiene el mérito de recuperar como criterio de selección la vieja inteligencia (sin apellidos) señalando como incluso una mera prueba de C.I. puede ser mejor predictor del rendimiento que muchas de las pruebas actualmente al uso.

En particular, el autor señala que la inteligencia ejecutiva tiene tres componentes, uno relativo a la tarea, otro a la interacción y otro al conocimiento de uno mismo.

El autor ataca dos vacas sagradas como son la tan de moda inteligencia emocional y las entrevistas por competencias.

En un artículo recién subido a este mismo blog, publicado hace tiempo en «Training and Development»

https://factorhumano.wordpress.com/2007/04/06/algunas-aclaraciones-de-conceptos-de-moda/

puede encontrarse un argumento en contra de la «inteligencia emocional» consistente en que la «inteligencia racional» es un criterio de acceso a puestos y, sólo una vez que se supone un nivel de inteligencia alto, podemos establecer otros criterios como factores de éxito. La gran estafa de la inteligencia emocional está, por tanto, en que afirma ser origen de un 80% del éxito profesional cuando, para acceder a la posición que permita que la «inteligencia emocional» opere como factor de éxito, se necesita una elevada inteligencia racional, común o como queramos llamarla.

El autor de Inteligencia Ejecutiva se limita a señalar que la inteligencia es mejor predictor de éxito.

En cuanto a la entrevista por competencias, el autor señala que sirve para discriminar conocimiento pero no inteligencia y recurre incluso a la comparación del conocimiento con el disco duro de un ordenador y aquí hay puntos muy discutibles:

El propio autor utiliza, para reforzar su punto de vista, el ejemplo de «Rain Man» y la memoria fotográfica de su protagonista para reforzar la idea de la memoria como un mero disco duro de un ordenador.

A los pedagogos, este planteamiento les recordará la vieja discusión sobre qué es más adecuado, contenidos o procesos. Ya entre los propios profesionales de la materia se encontrarán algunas voces discordantes

https://factorhumano.wordpress.com/2006/11/22/panfleto-antipedagogico/donde el autor, entre otros temas, señala cómo los procesos sin contenido quedan en el vacío.

Algunos estudiosos de la inteligencia como Jeff Hawkins

https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/on-intelligence-jeff-hawkins/

critican este mismo planteamiento desde otro punto de vista: La memoria no es un mero almacén sino que implica la existencia de un conjunto de estrategias de almacenamiento y de recuperación y algo más: A diferencia de los ordenadores, no tenemos reglas generales para aplicar a las situaciones sino que vamos acumulando casos particulares y vamos viendo cuál es de aplicación a una situación nueva.

Éste -la contraposición entre conocimiento e inteligencia- es quizá el fleco peor resuelto del libro que, al final, conduce al autor a una «solución»: La entrevista por competencias preguntando por qué se tomó la decisión en cada uno de los incidentes críticos utilizados o añadiendo supuestos a modo de examen.

Hay, por tanto, un desarrollo interesante aunque tenga elementos discutibles y una solución final que no lo es tanto. Como suele suceder, esto último se explica por motivos meramente comerciales: El libro es utilizado como plataforma comercial para vender la solución de evaluación de ejecutivos utilizada por un head-hunter (Spencer Stuart) con quien el autor tiene un estrecho contacto.

A pesar de ello, si suprimimos los «minutos de publicidad», el libro vale la pena.

Un nuevo mundo feliz (Ulrich Beck)

Beck es una estrella de la sociología que, entre sus conceptos favoritos, maneja el de riesgo global.

En este caso, ha aplicado ese mismo concepto al futuro del mercado de trabajo en un entorno de globalización y, como era de esperar de Beck, le ha salido una obra brillante aunque haya puntos que puedan ser discutibles.

Beck analiza la situación actual con países como China avanzando a una gran velocidad y preguntándose que le espera al «estado del bienestar» europeo y qué va a pasar cuando el desempleo no sea una cuestión de gente no cualificada sino que incluso personas muy cualificadas puedan verse en una situación de precariedad permanente.

Como casi siempre ocurre con Beck, tiene un ojo sumamente certero para el diagnóstico pero la solución queda mucho más en entredicho. Para muestra, un botón:

Hace referencia a las centrales nucleares y a cómo éstas pueden funcionar con un número mínimo de personas en relación con otros tipos de energía. De aquí, Beck concluye que es mejor optar por otras fuentes de energía que crean más empleo.

Hace unas pocas semanas, Manuel Pizarro, presidente de Endesa, era preguntando sobre los efectos de una política de desaparición de la energía nuclear y su respuesta se podía comparar fácilmente con la de Beck: Pizarro explicaba que la energía de origen nuclear era mucho más barata que otras fuentes alternativas y que, si alguien optaba por el cierre de las centrales nucleares, tenía que explicar también que la energía iba a ser mucho más cara con los efectos consiguientes en el bolsillo y en la competitividad.

Son muchas las actividades donde un 50% de los costes son precisamente los costes laborales y, por tanto, la opción de «creación de empleo» que promueve Beck puede ser llamada sin temor a equivocarse «ineficiencia planificada». ¿Dónde nos lleva esa solución?

Es cierto que muchos países han comenzado ofreciendo mano de obra barata e, incluso en ese caso, hay que matizar que siempre ofrecen algo más. Si el motivo para llevarse una actividad a un país fuera siempre la mano de obra barata, todas las fábricas del mundo estarían en África. ¿Por qué no están allí? Porque, además, se busca una seguridad institucional y eso en África es algo que, con la excepción de Sudáfrica, es prácticamente imposible de encontrar.

Esos países que han comenzado ofreciendo mano de obra barata, poco a poco, se han ido introduciendo en actividades más cualificadas dando lugar a la situación que denuncia Beck: La precariedad, incluso en el caso de profesionales de una elevada cualificación.

Hasta ahí, de acuerdo pero ¿funciona la receta de Beck? ¿La solución está en optar por formas de energía -por seguir con el mismo ejemplo- que consuman más mano de obra y, por tanto, sean más costosas para sus consumidores? ¿Dónde nos lleva esa solución?

Curiosamente, nos lleva al mismo sitio. La precarización en el mundo occidental se produce porque nuestros costes son más altos y cada vez son más difíciles de justificar por una diferencia en la cualificación. ¿Se soluciona el problema introduciendo aún mayores costes?

No hace mucho tiempo, IBM vendió su división de ordenadores portátiles que pasaron a llamarse LeNovo y a ser íntegramente fabricados en China. Si nos vamos a los automóviles, encontramos que los japoneses se acercan a los alemanes y los coreanos a los japoneses y, dentro de poco, previsiblemente los chinos se acerquen a todos ellos. ¿Vamos a resolver ese problema aumentando aún más los costes de lo producido en Europa o U.S.A.?

La denuncia es fácil; la solución no lo es. Siempre tendremos águilas que, so pretexto de universalización de los derechos del trabajador, pretendan que otros países mucho más baratos, tengan las mismas prerrogativas que existen en el mundo occidental y, de esta forma, evitar que sean competitivos. Baste con recordar los famosos CFC y cómo su efecto sobre el agujero de ozono salió oportunamente cuando ya había una tecnología sustitutiva que aún no era accesible a países como India o China que empezaban a ser unos competidores peligrosos.

¿Pueden ser los sindicatos un factor importante para evitar las deslocalizaciones? Difícilmente; las trabas que se ponen al que se quiere marchar son cuidadosamente observadas por el que está pensando en venir y toma nota. ¿Tienen algo que ver las amenazas desde ámbitos políticos y sindicales a las empresas que se marchan con la reducción de la inversión extranjera en España? Probablemente sí aunque no es ésa la única opción y la exhibición de intervencionismo que se está produciendo tampoco suele ser del agrado de los inversores potenciales.

La solución no es fácil y la situación actual es criticable pero la propuesta de Beck tampoco pone las cosas mejor. A lo mejor tenemos que acabar recordando que el concepto mismo de «puesto de trabajo» nació en la Revolución Industrial y tenemos que hacernos a la idea de que todos somos vendedores permanentes de un producto que somos nosotros mismos. Si así fuera, la vida no iba a sernos más cómoda pero ¿hay otra opción? El «fundamentalismo de mercado», por usar la expresión de Soros, no funciona pero la receta de Beck tampoco.

¿Sabes qué es un «lamer»?

Yo me acabo de enterar y, además, lo he hecho por la vía más sorprendente:

En el E-Mule, ese programa que nadie utiliza pero todo el mundo conoce, hay un curioso personaje que garantiza programas hechos por grandes multinacionales como Microsoft. Así pueden encontrarse cosas del estilo de «Windows Vista Ultimate garantizado por Luismi».

La cosa tiene su chiste porque, como puede apreciarse, la garantía de Microsoft o de Bill Gates no son suficientes y necesitan el refuerzo de la garantía de «Luismi».

Pues bien, si a alguien se le ocurre buscar documentos en E-Mule poniendo «Luismi» aparecerán, además de muchos puestos por él mismo, otros con cabeceras como «cuidado con Luismi» o «así roba Luismi tus contraseñas». Es en uno de esos donde encontré que calificaban al famoso Luismi de «lamer» y, como la curiosidad me pudo, entré a la versión inglesa de Wikipedia con la esperanza de encontrar una definición como así fue.

Resulta que un «lamer» es alguien que no tiene mayor interés en entrar a fondo en las cosas sino que le interesa saber lo justito para poder operar o, dicho de otro modo, es justamente lo opuesto a un «hacker», palabra que no olvidemos no tenía originalmente su connotación negativa de pirata informático sino que era más bien una especie de investigador por libre en materia de software.

La definición tiene un punto de gran interés: En la mayor parte de los ámbitos de la vida, todos somos «lamers» y, en muchos casos, lo somos por obligación ya que la complejidad tecnológica y organizativa hace que, aunque queramos, no podamos ir más allá del mero conocimiento operativo.

Hace muchos años, con coches mucho más sencillos y serias restricciones presupuestarias, recuerdo haber hecho cosas con mi coche como cambiarle las pastillas de freno, los amortiguadores, hacer un reglaje de taqués, una puesta a punto del encendido y unas cuantas cosas más.

Hoy, si se me ocurriera abrir el capó, me encontraría con una especie de cajón de plástico con un único agujero en su parte superior para rellenar de aceite (ni siquiera existe varilla de aceite) y, por supuesto, cada vez que hay que hacer algo, tengo que pasar por un taller de la marca -tampoco vale cualquiera porque requieren utillaje específico-.

¿Qué ha pasado? En materia de mecánica, he dejado de ser un «hacker» para pasar a ser un «lamer». ¿En cuántos más terrenos nos está ocurriendo lo mismo debido a una complejidad creciente?

Cierto que, volviendo al ejemplo de los coches, éstos han ganado fiabilidad pero no lo es menos que, cuando el coche fallaba, no nos encontrábamos totalmente indefensos como sí lo estamos ahora. Antes de que existiera el móvil, en carretera podíamos vernos confiados a nuestros propios medios o al buen samaritano que pasase por allí. Ahora dependemos de «Movistar» si tenemos la suerte de que haya cobertura.

¿Hemos salido ganando con el cambio? El tiempo nos lo dirá.

Gestión del cambio

Se ha escrito mucho sobre el cambio y sobre su imposibilidad; los referentes históricos podrían ser interminables pero bastará con un par de ellos:

 

  1. Marcuse, en El hombre unidimensional, se declara pesimista respecto de la posibilidad de cambiar “desde dentro” porque la aceptación del teórico agente de cambio implica que éste acepte unas “reglas de juego” que imposibilitan todo cambio, salvo que éste se produzca por vía revolucionaria.
  2. Spinoza, en su Tratado teológico-político atribuye a la cortedad de los profetas su imposibilidad para transmitir el mensaje divino dado que, previamente a su transmisión, tenían que adaptarlo a formas que les permitieran entenderlo a ellos mismos.

 Probablemente pueden encontrarse precedentes mucho más antiguos pero, si regresamos a tiempos más actuales, cuando ya se empezaba a manejar el concepto de gestión del cambio apareció un excelente manual llamado La renovación de la empresa a través del camino crítico donde, basándose en una amplia  recopilación de  datos, daban algunas características de los programas de cambio que tenían éxito y de cuáles no.

 Aluden al llamado “enfoque programático” consistente en adoptar la última moda gerencial y esperar a que obre el milagro…si es posible, se recomienda esperar sentados; explican por qué no funciona este tipo de enfoque y por qué, a pesar de que no funciona y toda persona con experiencia lo sabe o lo intuye…se aplica.

 Una vez que hemos descubierto que la técnica o la metodología X va a salvarnos, basta con olvidar todos los problemas porque la buena nueva ha llegado y acabará con todo aquello que ha sido motivo de pesar hasta ahora…como los hechos son tercos, el cambio no llega y atribuimos el fracaso al programa confiando en el siguiente…hasta que el cansancio o el cinismo nos llevan a no confiar en nada ni en nadie.

 Los cinéfilos que hayan visto Pactar con el diablo probablemente recuerden una escena, casi al final de la película, donde el “buen chico” Keanu Reeves se queja amargamente de haber sido manipulado y el “diablo”  Al Pacino le contesta que las cosas no funcionan así porque él no maneja marionetas sino que se limita a preparar el escenario y dejarlo listo para que la “libre voluntad” de los otros haga el resto del trabajo.

 El “diablo” tiene razón y muestra ser un auténtico “gestor del cambio” que sabe qué puede y qué no puede hacer; probablemente no podamos gestionar directamente el cambio porque éste es una resultante de un conjunto de variables y, por añadidura, sobre algunas tenemos control pero sobre otras no.

 Probablemente, el prototipo de gestor del cambio no es un ejecutivo dotado de las llamadas herramientas gerenciales y con todo un aparataje de tecnología y metodologías diversas sino que sea un ser que se encuentra en una dimensión distinta:

 El gestor del cambio sencillo y humilde lo tendríamos representado en un sembrador que pone unas condiciones, sabe que no controla todas las posibilidades…y espera; en esa misma dimensión pero en el polo retorcido y soberbio tendríamos a nuestro diablo, que manipula sutilmente un conjunto de elementos esperando que un resultado se produzca PERO SIN TRATAR DE PRODUCIRLO DIRECTAMENTE.

 Estos dos perfiles de gestión del cambio tienen dos cosas en común: La paciencia y el conocimiento de que no son omnipotentes y de que ocurren también cosas que están fuera de su control; las metodologías cerradas que tratan de forzar a que el cambio se produzca probablemente no tengan demasiado futuro…podemos construir una central nuclear o un gigantesco puente colgante pero, para hacer crecer a una humilde patata, tenemos que crear las condiciones, vigilar su desarrollo…y esperar. 

Los empleos del futuro que viene (Publicado en Capital Humano)

Este artículo tiene ya varios años. Lo he recuperado para el blog al comprobar que en el último libro de Ulrich Beck, «Un nuevo mundo feliz», se va tratando este mismo tema.

Pueden encontrarse también algunas reflexiones en la misma línea en «The empty raincoat» de Charles Handy.

A continuación pego el texto del artículo:

LOS EMPLEOS DEL FUTURO QUE VIENE

La principal preocupación de la sociedad española de nuestra época, según todas las encuestas, es el desempleo; no obstante, si observamos la evolución del mercado de trabajo, no parece que vaya a darse un aumento sustancial del número ni de la calidad de los empleos, incluso en el caso de que la coyuntura económica sea favorable.

Posiblemente, todo ello obedezca a que el empleo y su contrario, el desempleo, son productos de un modelo que fue inaugurado en la Revolución Industrial y que hoy está en crisis; antes de la Revolución Industrial no existía el desempleo y, desde luego, no sólo es porque no existiesen los sociólogos, las encuestas o el INEM; simplemente, se partía de una organización social en la que se realizaban actividades retribuidas pero no existían los empleos, como base de la organización del trabajo.

El empleo, al igual que el modelo del que procede, está en crisis porque parte de un principio que hoy resulta difícil de aceptar; el empleado vende su tiempo al empresario que lo administra a su mejor conveniencia. Los empresarios han protestado, con razón, por la rigidez de este modelo pero, cuando han tenido ocasión de pactar fórmulas de flexibilidad, se han limitado a abaratar los costes del despido y a eliminar cautelas legales sobre las funciones realizables por los empleados; estas recetas, supuestamente capaces de crear empleo a cambio de disminuir la calidad del existente, nos han llevado a ostentar, en paralelo, los poco deseables records europeos de desempleo y de precariedad laboral.

Si se pretende ofrecer una solución al problema del desempleo, ésta no puede consistir en mover de forma pendular los derechos de los trabajadores de forma que, cuando se crea poco empleo se disminuyen las garantías laborales y cuando las protestas sociales pasan de cierto tono se aumentan. Este juego tiene, además, dos subproductos indeseables que podrían ser objeto de un análisis por separado:

  • En primer lugar, hemos asistido a la creación de dos castas de trabajadores: los que tienen empleo estable, que no están dispuestos a admitir la mínima rebaja en nombre de la solidaridad con los desempleados, y éstos últimos o los empleados precarios a quienes se vende su triste situación como una condición necesaria para ser empleables.

     

  • En segundo lugar, la excesiva sensibilidad a la actividad sindical transmite la idea de que todo es negociable si se aplica el suficiente grado de presión; no hay nada que oponer al hecho mismo de la negociación pero, cuando se toma una decisión de despido colectivo, ésta es suficientemente importante para exigir que desde el primero hasta el último de los despidos estén plenamente justificados; entrar en un proceso de negociación sobre el número de bajas muestra que, o bien la decisión inicial se ha tomado de forma caprichosa y puede alterarse de igual forma o bien se está dispuesto a producir males mayores con tal de disminuir la presión en la calle.

No parece correcto ni éticamente aceptable que la flexibilidad sea introducida en forma de permisividad de los nuevos contratos, sea en niveles salariales, en precariedad o en carencia de mecanismos de protección social; es cierto que estos elementos disminuyen la presión sobre un sistema muy tensionado tanto por la inmovilidad de las plantillas con contratos antiguos como por el agobiante peso que para el Estado representan los mecanismos de protección por desempleo; sin embargo, admitir esta situación desde el Estado significa una ruptura de la igualdad de trato a ciudadanos que, al menos sobre el papel, tienen los mismos derechos; se habrían abandonado así los criterios exigibles de justicia social, favoreciendo preferentemente a los más protegidos por los paraguas legal y sindical, es decir a los que tenían más posibilidad de ejercer presión.

No todo es positivo, sin embargo, en el empleo estable aunque puede parecerlo si el único elemento de comparación es el empleo precario o el desempleo; el empleo, estable o no, tiene algunas semejanzas con la esclavitud; en ambos casos, el tiempo del trabajador es de libre disposición por parte del empleador, en ambos casos la relación de fuerzas es asimétrica, es decir, favorable al empleador y, en muchos casos, las limitaciones de horario o funciones son papel mojado.

Pocos negarían hoy que la flexibilidad cuantitativa y cualitativa de la fuerza laboral es una necesidad imperiosa; el mundo es cambiante y para tener opciones de sobrevivir en él las empresas necesitan poder cambiar de forma y tamaño casi instantáneamente; otra cosa distinta es que el peso de las medidas de flexibilidad tenga que caer íntegramente sobre los hombros de los trabajadores y, subsidiariamente, sobre los mecanismos de protección social del Estado.

Es poco probable que disminuya la necesidad de flexibilidad en el futuro entorno empresarial; sin embargo, es también poco probable que siga aceptándose como única vía de flexibilización el aumento en la asimetría de la relación laboral o que la disminución de esta última tenga que lograrse a través de la agrupación sindical. De hecho, los sindicatos son los principales perjudicados en el nuevo entorno porque su actividad se ejerce, sobre todo, en grandes empresas y entre trabajadores de cuello azul, especies ambas en clara regresión.

La disminución de plantillas en las grandes empresas y la especialización han dado lugar a una fuerza de trabajo atomizada y que raras veces se siente representada por la acción sindical; es cierto que la relación de fuerzas entre empleador y empleado no favorece al trabajador; sin embargo, no está claro que para cambiar esa relación sea necesario invitar a un tercero, el sindicato, que pone sobre la mesa sus propios intereses.

Es preciso generar alternativas de compromiso que respeten a la vez la necesidad de flexibilidad y la exigencia de una relación más igualitaria; las fórmulas para lograrlo ya existen y suelen aplicarse bajo el paraguas del autoempleo que, en países como Noruega, llega a significar el 40% de la fuerza laboral. Con distintas variantes, las fórmulas de flexibilidad alternativas a las actuales son las siguientes:

 

  • Multidependencia; empleador y empleado mantienen una «promiscuidad», por la cual ninguna de las dos partes tiene un alto grado de necesidad respecto de la otra; esta multidependencia puede instrumentarse en contrataciones laborales a tiempo parcial o en la garantía de un nivel mínimo de actividad sin fijar la forma en que éste se llevará a cabo.

     

  • Contratación por actividad realizada; el trabajador vende la realización de un trabajo en lugar de vender su tiempo disponible, es decir, gestiona su propio tiempo y es responsable ante el empresario de finalizar un trabajo en un plazo pactado.

La factibilidad de estas fórmulas está directamente vinculada al desarrollo de elementos de infraestructura como la informática y las telecomunicaciones y, consiguientemente, la posibilidad de trabajar a distancia gestionando el propio tiempo. Parece claro que todo instrumento que facilite la multidependencia es un promotor de la igualdad en la relación empresario-trabajador.

Sin duda, seguirán existiendo puestos de trabajo, entendidos en el sentido tradicional, donde la principal aportación del trabajador sea la disponibilidad de un tiempo prefijado para realizar determinado tipo de funciones; sin embargo, nuevamente podría ser el desarrollo masivo de los sistemas de información y de las telecomunicaciones el factor limitante para este tipo de actividad; como ejemplo, tenemos la aparición de sistemas telemáticos de Banca o las compras y los diversos servicios que pueden conseguirse por teléfono o por modem desde un ordenador.

La conclusión evidente es que los puestos de trabajo, entendidos como venta de tiempo, están condenados, en buena parte, a su desaparición y conversión en actividades o venta de trabajo realizado; sin embargo, existen intereses contrarios a esta transformación: es dudoso que el Estado acoja con entusiasmo la eclosión de una actividad económica menos controlable y, por tanto, más sumergible desde el punto de vista fiscal que la actual; los empresarios, por su parte, funcionarían en una relación mucho más igualitaria con el trabajador como contrapartida de una extrema flexibilidad y, por último, los sindicatos, en un entorno de igualdad en las relaciones empresario-trabajador, perderían toda razón de existencia.

Se hace, a pesar de estos problemas, imprescindible abandonar un marco laboral centrado en la dimensión permanencia-precariedad y abrir nuevas dimensiones representadas por la multidependencia y por las dependencias cruzadas; la flexibilidad, hasta ahora, ha sido entendida como la capacidad para arrebatar a bajo coste a un trabajador su medio de vida; esto que, desde un punto de vista empresarial, tiene una perfecta lógica, es inadmisible desde un punto de vista social y genera muchos más problemas de los que resuelve.

Cuando una empresa despide a un trabajador se ponen en marcha unos mecanismos de protección social que son pagados por la sociedad, de la que forma parte la propia empresa, a través de unos impuestos que se ven obligados a crecer; a su vez, los impuestos representan una pesada carga para la competitividad de las empresas que limitan las contrataciones como respuesta……….repitiendo el ciclo y generando una espiral de descenso de la competitividad.

Las fórmulas de reparto del trabajo existente entre más trabajadores, tan frecuentes en épocas electorales, tampoco aportan nada sustancial; no se soluciona el problema de rigidez y se encarecen costes asociados al empleo como la formación o la propia coordinación organizativa; eventualmente, podrían resultar fórmulas válidas a corto plazo desde el punto de vista social pero empeoran la capacidad de competir y, por ende, la situación social a medio y largo plazo.

Normalmente, para salir de cualquier círculo vicioso, es necesario cambiar el enfoque para eliminar el elemento distorsionador; éste es, en nuestro caso, el establecimiento de una falsa identidad entre empleo y medio de vida; es cierto que todos necesitamos un medio de vida pero no está claro que las únicas formas válidas de conseguirlo sean el empleo fijo o un patrimonio elevado. El dato citado del nivel de autoempleo en Noruega (40%) contrasta con su equivalente español (13%) y nos señala por donde podría ir el próximo futuro.

Posiblemente llegue un momento en que la administración del propio tiempo se considere un derecho inalienable del trabajador y que éste venda, en lugar de un número fijo de horas, el fruto de su trabajo; esto significará, sin duda, que la variabilidad del volumen de actividad y de los ingresos asociados no será un fenómeno asociado a las empresas sino también a los trabajadores.

Un sistema que exige ingresos empresariales variables y costes de personal constantes, si quiere sobrevivir, necesita una previsión muy afinada, grandes ingresos o mínimos costes de personal y, si es posible, las tres cosas a la vez; cualquier otro escenario distinto pone la estabilidad de la empresa en peligro. Si, por el contrario, admitimos que los niveles de actividad e ingresos de los trabajadores pueden ser variables, además de disminuir la inestabilidad, rompemos dos dicotomías muy arraigadas y que cada día son más dudosas; éstas son empleo-desempleo y empresario-trabajador.

Desde un punto de vista tradicional en cuanto a la división de papeles empresario-trabajador, podría argumentarse que la situación de ingresos variables y costes fijos es intrínseca al oficio y al riesgo del empresario y no al del asalariado; tal vez, pero en una situación de carencia generalizada de empleos, la eventualidad de cierre y despido consiguiente representa también para el trabajador, y no sólo para el empresario, un grave riesgo. Parece lógico, por tanto, que el trabajador también trate de disminuir su riesgo y la vía para ello no es la obtención de empleo e ingresos fijos sino, muy al contrario, la multidependencia y los ingresos variables; un empleo no puede ser más estable que la empresa que lo ha generado y empecinarse en esta fórmula supone poner en riesgo la totalidad de los ingresos y jugar a la ruleta con el propio medio de vida.

 

Semiótica organizativa (publicado en Revista de Empresa)


José Sanchez-Alarcos Socio Director de Quasar Aviation y Profesor Asociado del Instituto de Empresa Business School

Elena Revilla Directora del programa DBA del Instituto de Empresa Business School


Para cualquier persona con formación en el ámbito literario o filosofico, la aparicion de la palabra «semiótica« en un diccionario empresarial puede resultar extraña. Sin embargo, y aunque no está entre los vocablos que forman parte de la jerga habitual del gestor, el término va adquiriendo importancia en este ámbito a medida que las organizaciones se hacen mas complejas.

Aunque la idea es antigua, si ahondamos en los precedentes, podriamos llegar incluso a los filósofos griegos-, se atribuye a Umberto Eco la salida del concepto de semiótica de los circulos académicos más cerrados. Probablemente, ello tuvo que ver con la sali­da del propio Eco de esos mismos circulos con su famosa novela El nombre de la rosa. Su éxito, sin duda, tiro del resto de su produccion editorial, incluido su Tratado de semiótica general, publicado originalmente en 1976 y reeditado en 1991.

Sea como sea, la feliz coincidencia de un autor que funciona en un doble registro ha permitido apor­tar a la ciencia de la direccion un concepto que puede tener una gran utilidad. Eco, recogiendo la definición de Saussure, define la semiótica como «la ciencia que estudia la vida de los signos en el marco de la vida social«, mientras que el diccionario de la RAE la defi­ne como «teoría general de los signos». Hacia 1995 se empezo a hablar de semiótica organi­zativa, es decir, de la aplicacion de los principios de la semiótica a las organizaciones. El motivo por el que un concepto cercano a la gramática o a la construccion del lenguaje puede interesar en un ámbito empresarial debe buscarse en el desarrollo de los sistemas de infor­macion2, ya que éstos han convertido a las organizaciones actuales en un conjunto ordenado de signos donde, en lugar de «tocar« una realidad, ésta es representada por símbolos que, a su vez, son representados por otros símbolos, y asi hasta un numero n de veces.

Como consecuencia de ello, las organizaciones han generado un lenguaje de signos electrónicos cada vez más alejados de una realidad tangible, ya que la movilidad del signo es mucho más elevada que la de la realidad que representa. Este es el fenómeno que ha suscitado el interés en la semiótica desde el ámbito de las organizaciones.

.Antecedentes

Cualquier análisis de una organización, sin necesi­dad de que sea muy exhaustivo, nos la revelará como un conjunto ordenado de signos incluso desde antes de la aparición de los sistemas de información. El proceso de formalización, vital para cualquier organización compleja, consiste precisamente en sustituir una reali­dad tangible por indicadores que la representen y que sean más faciles de manejar que la realidad misma. La constante busqueda de modelos que sirvan para comprender de una forma clara qué esta pasando de verdad en una organización indica hasta qué punto es importante utilizar sistemas de signos que reflejen fielmente la realidad.

Modelos como el balanced scorecard de Kaplan y Norton3 o el REDER de EFQM -o, incluso, modelos estratégicos clásicos como el de las cinco fuerzas de Porter u otros del mismo o distinto ámbito- responden a una necesidad común: no tene­mos una percepción directa de la realidad y necesita­mos crear sistemas de signos para que nos sirvan como mapa de ésta.

No hay percepción directa de la realidad y necesitamos sistemas de signos que nos sirvan
como mapa de ésta

El problema radica en que los mapas no son el territorio, y que pueden tener mayor o menor validez en función de su calidad e, incluso, de la existencia de cataclismos que puedan modificar el territorio. El mapa, entendiendo como tal el sistema de símbolos que utilizamos para tomar decisiones sobre la realidad que representa, tiene que hacer referenda a un significado o «realidad tangible«; Sin embargo, la complejidad cre­ciente de los sistemas de símbolos que conforman la organización ha llevado a que los usuarios, como parte de sus tareas, los manejen sin tener una idea clara de cuál es (o de qué tipo es) su correspondencia con la realidad a la que se supone que representan.

Los sistemas de información han introducido todavía mayor complejidad en estos sistemas de símbolos, dando lugar a representaciones de representa­ciones de representaciones… casi ad infinitum. Al hacerlo, han introducido también una fragilidad fun­damental en las organizaciones: la probabilidad de ruptura de la cadena signo-significado es mayor cuan­to más larga sea la cadena. Estamos tan acostumbrados a manejar una logica simbólica, que no percibimos la importancia de este hecho que nos rodea en todas las facetas de la vida. Por ejemplo, hace mucho tiempo, el dinero estaba construido con metales preciosos y no era una repre­sentación de algo que tuviera valor, sino que, en sí mismo, llevaba el valor, y no era otra cosa que un denominador común al que se podia reducir cual­quier cosa que pudiera ser comprada o vendida.

La conversión del dinero en símbolo se produjo como consecuencia de una devaluación de la plata por la aparición de unos yacimientos, dando lugar, primero, a la aparición de la inflacion y, después, a la utilización del dinero como símbolo sin valor intrinseco. Así, la aparición del papel-moneda llevaría el proceso a sus últimas consecuencias al eliminar todo valor real del objeto intercambiado.

La posterior aparición de las tarjetas de crédito, las transacciones electronicas, etc. no sería sino el añadido de capas de abstracción super­puestas, las cuales, por tanto, nos alejarían cada vez más del valor representado. Dado que un fallo en la cadena signo-significado puede acarrear importantes consecuencias, es impor­tante definir las reglas de manejo de esta cadena. No resulta casual que, en relación con el ejemplo del dinero, una de las primeras cosas que se intentase en una situación de guerra fuera conseguir falsificaciones perfectas de la moneda del país enemigo. La falsifica­ción alteraba completamente la relación signo-signifi­cado, y ese hecho, en sí mismo, podía provocar la ruina.

No es casual tampoco, por idéntica razón, que el delito de falsificación de moneda haya sido en muchos paises penado con la muerte. El dinero es un ejemplo -bastante expresivo, por lo demás- de cómo sustituimos el valor de las cosas por algo que las representa y de cómo esas represen­taciones son cada vez más complejas. Esto, que con­lleva una importante ganancia en operatividad, con el tiempo y el aumento de la complejidad comenzaría también a representar un riesgo: la misma evolución que nos permite realizar transacciones electrónicas desde nuestra casa es la que permite fenómenos como el phishing, para intentar capturar claves bancarias. La victima actúa de la misma forma que lo ha hecho siempre; sin embargo, los signos que introduce adquieren un significado distinto que va en su propio perjuicio.

En todos los ámbitos de las organizaciones -no solo en las transacciones económicas- se producen fenómenos equiparables.A medida que los procesos de formalización van alejando a la organización del terre­no y la van llevando en dirección hacia mapas cada vez más complejos, especializados y elaborados, el riesgo se incrementa, ya que se toman decisiones en condicio­nes de incertidumbre fabricada. La tecnologia de la información ha introducido una inyección de potencia en el proceso de formalización, de modo que, mantenien­do el símil geográfico, podemos decir, de acuerdo con Gazendams, que nos provee ya no de mapas, sino de mundos virtuales en los que nos podemos mover y que, por añadidura, pueden transmitirse instantáneamente a través de las líneas de comunicación.

Las implicaciones que esta nueva situación conlleva para las organizaciones son muy amplias. Es precisamen­te en éstas donde se sitúa el foco de la semiótica orga­nizativa y, por tanto, también del siguiente apartado.

Los retos de la semiótica

La ganancia en eficiencia que han introducido lo que podriamos denominar «sistemas electrónicos de signos« es espectacular, pero, al mismo tiempo, han incrementado también espectacularmente algunos riesgos de los que ya teniamos noticia antes de su apa­rición’. Asi, el entorno de lo que, en su momento, se denominó «sociedad industrial avanzada« hizo paten­te la existencia de riesgos que fueron incrementados con el desarrollo de la llamada «sociedad de la infor­mación». Estos riesgos pueden clasificarse en dos tipos: operativos y de aprendizaje

Riesgos operativos Los riesgos operativos han sido tratados, entre otros, por Perrow’. En sus dos obras señalaba cómo el aumento de complejidad de los diseños organizativos e industriales podía dar lugar a fallos graves, derivados de la ruptura de la cadena signo-significado en distin­tas formas, desde el fallo físico hasta el fallo lógico pasando por el del operador. Podemos tomar un ejemplo del ámbito de la avia­ción. Desde hace ya mucho tiempo, existen dispositi­vos capaces de guiar a un avión por un mundo virtual electrónico compuesto de ayudas a la navegación. Su correspondencia con el mundo real permite que los aviones lleguen a su destino sin necesidad de recono­cer el terreno sobrevolado.A medida que ha ido avan­zando la tecnología, se han asumido mayores riesgos. Las fases del vuelo donde el piloto tiene que mante­ner contacto visual con el terreno han ido disminu­yendo, y, en algunos casos, se llega a hacer aterrizajes completos sin visibilidad o, en otros términos, sin salir en ningún momento del mundo virtual. No incidire­mos, por su obviedad, en el riesgo que supondría un error por el cual el avión estuviera en un lugar distin­to del que su piloto cree. De hecho, uno de los acci­dentes más frecuentes consiste en el CFIT (controlled flight into terrain) y presupone exactamente eso: care­cer de una información correcta sobre la situación del avion.

Los fallos en organizaciones
eficientes son
también eficientes

En algunas organizaciones, el riesgo operativo por fallo en la representación está asumido, ya que tiene contrapartidas positivas: las organizaciones ganan efi­ciencia a través de la sustitución de cosas reales por sus indicadores y de la sustitución de éstos por otros capa­ces de transitar las vias de comunicación electrónica. Ante este proceso, Perrow9 dio una señal de alarma, ya que los fallos en organizaciones eficientes son tam­bién eficientes, es decir, los propios canales de la orga­nización son utilizados por los fallos para multiplicar su impacto. Este no es un fenómeno exclusivo de las actividades que implican un riesgo visible, sino que se extiende también a actividades estrictamente empre­sariales que no implican riesgo fisico.

La misma estructura que Barings Brothers puso a dis­posición de un empleado suyo, Nick Leeson, para permitirle hacer operaciones multimillonarias de modo instantáneo y conseguir así una importante rentabilidad, permitió también que éste hiciera opera­ciones por su cuenta con un volumen suficiente para arruinar al banco. Lo mismo cabe decir de situaciones como la de Enron o WorldComm.

Se supone que una firma externa tiene que ser capaz de navegar a través del complejo sistema de signos que determine el valor real de una empresa. Para ello, una empresa especiali­zada -la auditora- tiene que buscar la corresponden­cia entre el mundo virtual de signos y el mundo real, y certificar que, efectivamente, hay una correspon­dencia entre ambos. Si, por un caso de corrupción, la empresa especializada certifica falsamente que hay una correspondencia, las consecuencias de esa acción son muy elevadas.


Riesgos de aprendizaje

Si bien, probablemente, estos riesgos son menos visi­bles que los riesgos operativos, sus efectos son más peligrosos en el medio y largo plazo para la organización. En este momento, están dando claras señales de su existencia, pero aún no ha estallado un equivalen­te a Enron o WorldComm que lleve a buscar un re­medio rápido. El enunciado más claro del riesgo de aprendizaje lo estableció Rasmussen10 señalando que el operador ha de ser capaz de correr cognitivamente el programa que está ejecutando.

El encadenamiento de símbolos producido por un modelo de desarrollo organizativo que genera organizaciones cada vez más complejas conduce a que las personas, ésas que muchas empre­sas dicen que son su principal activo, pierdan el hilo que conecta el mundo virtual constituido por símbolos con el real. El enunciado de Rasmussen11, en términos semió­ticos, podría ser reformulado de esta forma: el opera­dor ha de conocer las vinculaciones entre signos y sig­nificados, de forma que, en caso de fallo del sistema de representación, tenga aún posibilidad de acción. Si esta condicion no se cumple, el operador queda con­finado a un sistema de representación, aprende a ope­rarlo en los términos del propio sistema y, en ningún caso, es capaz de trascenderlo.

El operador debe conocer la vinculación signo-significado para que, en caso de fallo, tenga aún posibilidad de acción

En muchos ámbitos, esta incapacidad para alcanzar un nivel de conocimiento más profundo por el ope­rador no se valora negativamente. Se parte de que el sistema de representación es un mapa simplificado de la realidad y que, por estar simplificado, resulta más fácil de manejar y requiere menos capacidad de ope­ración, es decir, menores conocimientos y destrezas. Ahí existiría una primera ganancia de tipo económi­co, ya que la misma actividad puede ser llevada a cabo por personas menos cualificadas. La segunda ganancia estriba en el supuesto de que un sistema de represen­tación simple produce menos errores de operador y que, probablemente, los eventuales fallos derivados de una representación incorrecta están compensados con la reducción de errores de operador conseguida.

Una actuacion guiada por los criterios anteriores incrementa el riesgo de aprendizaje, ya que invita a construir sistemas de representación cada vez más simplificados y, por tanto, más alejados de la realidad compleja a la que representan. Al hacerlo así, se esta­blece una barrera para el aprendizaje, ya que el salto del mundo virtual al mundo real se va dificultando al poner cada vez más distancia entre ambos.

Rasmussen12 estableció como se produce esa dis­tancia y las consecuencias que tiene mediante la esca­la SRK (skills, rules, knowledge) de posibles modos de actuación por parte de una persona. Los tres modos -habilidades, reglas y conocimiento- representan escalones que pueden ser recorridos en cualquiera de las dos direcciones. Sin embargo, el recorrido sólo es factible si se cumple una condición previa: transparen­cia del sistema de representación.

La mera aplicación de un conjunto de reglas y habilidades adquiridas conduce a un operador a pre­guntarse cuál es la causa de la existencia de las reglas. Si existe una base de conocimiento suficiente del mundo real, puede llegar por sus propios medios a esta­blecer los vínculos signo-significado que le permitirán conocer con profundidad el sistema de representación y, cuando sea necesario, trascenderlo y operar directa­mente sobre el mundo real o sobre representaciones de éste de más bajo nivel y, por tanto, más próximas.

Un conocimiento conceptual profundo puede ayudar también a recorrer la escala en sentido contra­rio. Hay diversos ejemplos; así, cuando Juan de la Cierva inventó el autogiro, fue capaz de partir de los principios generales aeronáuticos para alcanzar habili­dades operativas para su pilotaje. El proceso de maduración profesional de una per­sona nos muestra cómo es posible llegar a adquirir un conjunto de habilidades y conocimientos equipara­bles partiendo desde extremos opuestos de la escala. Así, hay organizaciones que buscan a personas con un buen conocimiento conceptual con la expectativa de que generen o se adapten a una operativa, mientras que otras optan por desarrollar a personas que, tal vez, tengan una educacion formal muy inferior, pero que, a través del ejercicio de un conjunto de habilidades, han llegado a adquirir un conocimiento de su mate­ria que va mucho más allá de la operativa y el segui­miento de reglas. Los peldaños de esta escala son aquellos puntos donde el símbolo y la cosa que este representa quedan vinculados. Sin embargo, para que la escala pueda ser recorrida, el peldaño ha de ser visible y el operador tiene que conocer estas correspondencias o poder lle­gar a conocerlas.

En una organización compleja, espe­cialmente cuando ésta tiene sistemas de información igualmente complejos, los vínculos no son visibles, por lo que no es factible recorrer la escala de apren­dizaje. Cada cual queda encerrado dentro de su siste­ma de representacion y no puede encontrar la puerta de salida hacia unas perspectivas más amplias. Esta situación dista mucho de ser nueva. Hace casi un siglo, cuando la Organizacion Científica del Trabajo estableció una estricta separacion entre plani­ficación y ejecución de las actividades, se producía una situacion similar. A este respecto, hay que señalar que la muy criticada Organizacion Científica del Trabajo consiguió que personas que, en su mayoría, no sabían leer ni escribir fueran capaces de fabricar todo un vehículo simplemente siguiendo procedi­mientos y aplicando habilidades básicas. Su casi nulo conocimiento básico les impedía progresar por la escala del aprendizaje, y se limitaban a ejecutar tareas cuyo sentido podían desconocer por completo.

Un siglo más tarde encontramos una situacion similar, si bien el trabajador actual tiene un nivel de instrucción muy superior. La opacidad de los sistemas de representación y de sus vínculos con el mundo real hace igualmente dificil recorrer la escala del aprendi­zaje produciendo unos efectos semejantes a los que ya entonces se conocieron: 1. Las organizaciones se comportan correctamente siempre que los sistemas de representacion funcio­nen correctamente, es decir, que no se presenten contingencias no previstas por el diseño del sistema. 2. Se abre una profunda brecha entre dos tipos de tra­bajadores, los que tienen acceso a los vínculos entre símbolo y significado y pueden aprender, y los que no tienen acceso a esos vínculos y se ven confina­dos a trabajar en un entorno operativo que no pue­den trascender. Esta situación podría ser válida en un entorno estable donde se presentan pocas contingencias nue­vas y donde las que aparecen tienen poca o ninguna relevancia.

No obstante, cuando el entorno no es esta­ble y se precisa reinventar cada cierto tiempo la organización, se están asumiendo graves riesgos:

1. La organización depende de suministradores de sis­temas de representacion que no revelan las interio­ridades de éstos y que, por añadidura, los venden a multiples clientes limitando la capacidad de dife­renciación entre éstos.

2. La complejidad de los sistemas es tal que las orga­nizaciones quedan sujetas no solo a eventos externos, sino también a otros autogenerados por intera­cciones no previstas entre distintas partes del sistema. Luhmann13 identificó a este tipo de situa­ciones con el término «hipercomplejidad«. En ellas, cada parte de un sistema intenta optimizar los resul­tados desde su propia perspectiva y sin comprender el resto.

El futuro

El aumento de la densidad tecnológica contribu­ye a un aumento del grado de complejidad de las organizaciones y a una separación progresiva entre su funcionamiento real y aquello que las personas que la hacen funcionar son capaces de entender. Existe en muchos casos un divorcio entre el diseño de un siste­ma de información, con su correspondiente dotación de significado, y la utilización de ese mismo sistema mediante la manipulación de signos cuyo significado es, a menudo, oscuro para la persona que los está ma­nipulando. La preocupación por la semiótica organizativa está llevando al intento de redefinir los criterios de diseño de los sistemas de información que permiten la ges­tión de una organización.

El crecimiento de la com­plejidad y del potencial tecnológico es una invitación a su utilización sin más limite que aquello que la propia tecnología sea capaz de proveer. Sin embargo, cuando dejan de ser visibles las uniones entre mundo virtual y mundo real, la eficiencia alcanzada no solo tiene como precio un riesgo operativo más o menos asumido por la organización. La pérdida de capacidad de aprendizaje en las organizaciones es un precio muy caro para organizaciones en las que su capacidad de aprendizaje constituye un recurso estratégico.


La semiótica organizativa intenta redefinir los criterios de diseño de los sistemas de información

La principal aportacion de la semiótica es, en este contexto, su proposito de gestionar los riesgos produ­cidos por un modelo de evolución organizativa que ha deslumbrado a muchos impidiéndoles ver sus zonas de sombra. El hábito de trabajar con signos sin conocer los significados a que se refieren está tan inte­grado en la conducta organizativa, que el término «transparencia« en manos de los profesionales de la tecnología de la información significa exactamente lo contrario de lo que diría cualquier diccionario. De hecho, podría traducirse por «no importa cómo fun­ciona; encárgate solo de la entrada y la salida de datos«. Es en este modelo de actuación donde reside el riesgo de aprendizaje.

Como ejemplo cabe citar cómo en un video pro­mocional de Airbus, fabricante que ha introducido gran cantidad de tecnología de información en sus productos, puede observarse esta visión de la «transpa­rencia« mediante un ejemplo gráfico: el actor muestra a la cámara una calculadora y nos indica que, aunque no sabemos cómo trabaja internamente, la usamos, y esa misma lógica es aplicable a un avión.

La imagen es brillante pero falsa. Sí sabemos cómo funciona una calculadora porque el fabricante ha procurado que lo haga de una forma muy semejan­te a la del operador. Así se facilita la adaptación, aún a costa de perder prestaciones. De hecho, existe un fabricante que ha utilizado un modelo de funciona­miento alternativo y más eficiente, Hewlett-Packard, que demostraba que sus calculadoras basadas en la notación polaca inversa necesitaban menos pulsaciones de teclas que una calculadora tradicional para la misma operación.

A pesar de ello, el fabricante se vio obliga­do a introducir en el mercado productos conforme a la operativa más habitual, ya que el coste de aprendi­zaje de la notación polaca inversa hacía que muchos neófitos rechazasen su producto, a pesar de sus superiores prestaciones. Puede decirse que la inclusion de la tecla «=» en lugar de «Enter« consigue un producto menos optimizado, pero cuya lógica de funcionamiento es más facil de entender, aspecto vital tanto para el apren­dizaje como para atender a posibles contingencias.

Conclusiones

Este es el ámbito de la semiótica organizativa. Co­mo puede concluirse, la principal contribución que debe esperarse es el establecimiento de reglas de vin­culación entre símbolos y significados, así como reglas acerca de la visibilidad de los vínculos como forma de permitir el aprendizaje y la actuación en contingen­cias no previstas.

Keynes decia que, sin saberlo, las decisiones de los políticos son a menudo herederas de las teorías de un economista muerto hace varias décadas. En el ámbito de la organización empresarial puede producirse un fenómeno parecido: la estricta separación entre ope­rativa y diseño o, desde otro punto de vista, entre signo y significado, puede considerarse legítima here­dera de la Organización Cientifica del Trabajo, inclu­so cuando muchos de los artifices de tal separación desconozcan tal identidad.

La semiótica organizativa no es, en este sentido, revolucionaria. Sus propósitos son modestos, si como tales puede entenderse el intento de evitar que las organizaciones sean dirigidas por una mezcla, en pro­porciones diversas según cada caso, de rentabilidad a corto plazo e ignorancia. n n

Fichas biográficas

José Sanchez-Alarcos Ballesteros es Doctor en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca, MBA por el Instituto de Empresa Business School y Licenciado en Psicologia por la Universidad Autonoma de Madrid. Es Profesor del Area de Recursos Humanos del Instituto de Empresa Business School y Socio-Director de Quasar Aviation. Anteriormente ha desarrollado su carrera profesional en Arthur Andersen, Siemens-Nixdorf, Doctus Consulting Europe, Grupo Editorial Santillana e Intersearch España.  jmsanchez-alarcos@profesor.ie.edu

Elena Revilla Gutiérrez es Doctora en Ciencias Economicas y Empresariales por la Universidad de Valladolid, Master en Gestion de la Ciencia y la Tecnologia por la Universidad Carlos III de Madrid. Es Directora del programa DBA del Instituto de Empresa Business School y Profesora de Dirección de Operaciones y Tecnologia del Instituto de Empresa Business School y Profesora Titular en la Universidad de Valladolid.

Ha participado en numerosos proyectos nacionales e internacionales de investigacion y publicado numerosos articulos de investigacion en revistas cientificas entre las que destacan, Journal of the Operation Research Society, Management Learning, Journal of High Technology Management Research e International Journal of Technology Management.
Elena.Revilla@ie.edu