Categoría: Temas sociales y políticos
¿Para cuándo una ley de huelga?
El colapso y el desabastecimiento que se está iniciando en España gracias a la huelga de transportes y a la acción de unos piquetes que ya nadie se molesta en denominar informativos pone nuevamente de actualidad el asunto.
La ley de huelga es algo que figura como pendiente en nuestro ordenamiento jurídico. Los complejos de derecha e izquierda, aunque sea por distintos motivos, han dado lugar a que cualquier colectivo pueda permitirse el lujo de secuestrar a todos los ciudadanos sin ningún tipo de acción por parte del Gobierno para garantizar los derechos de los que sufren a los huelguistas.
Como ciudadano medio, puedo simpatizar con la protesta de muchos colectivos, en este caso de los transportistas, por pensar que hay motivo para ello. Sin embargo, cuando ellos muestran por vía fáctica que mis problemas, como tal ciudadano medio, les traen al pairo y se permiten causar graves daños a nadie le puede extrañar que el ciudadano medio actúe a la recíproca y reaccione dejando de importarle un comino el problema de los transportistas. Una vez llegado a ese punto ¿qué es lo que queda? Sólo una cosa: Exigirle al Estado que cumpla con su obligación regulando y haciendo cumplir la ley. Nada más.
«Economía en una lección» de Henry Hazlitt
El libro se presenta como «El camino más rápido y seguro para entender la economía básica» y la capacidad de simplificar temas complejos y de romper nudos gordianos en los que se enredan habitualmente economistas y políticos es muy notable.
La tesis central del libro, repetida en múltiples formas y aplicada a distintos entornos, podría describirse de la siguiente manera: Cuando se toma una decisión de favorecer a sectores, grupos, etc. hay que tener en cuenta también cuáles son los efectos que se producen:
- En grupos o sectores ajenos a los favorecidos.
- En el medio y largo plazo.
- En negativo, es decir, no sólo hay que analizar qué ocurrirá sino qué cosas no ocurrirán.
Un ejemplo que puede encontrarse en las primeras páginas del libro es bastante expresivo de este enfoque: Cuando un gamberro rompe un cristal de una tienda, una perspectiva simplista nos diría que se ha creado valor añadido porque se ha creado una necesidad, la de un cristal, que ha dado trabajo a un cristalero. Naturalmente, lo que esta perspectiva omite es que el dinero que, en lugar de gastarse en reponer un cristal, podía haberse gastado en un traje nuevo, habría creado también valor. Sin embargo, como el sastre no aparece en el incidente, es fácil olvidar la perspectiva del «no-producto».
Hasta ahí, bien. Hazlitt señala muchas situaciones donde las subvenciones o el favorecimiento de determinados productos o sectores acaba siendo dañino para otros sectores o para toda la colectividad en el largo plazo; sin embargo, Hazlitt cae en su propia trampa al olvidarse de los efectos de los plazos.
Un ejemplo usado en el libro y muy de actualidad en España: Si, ante una situación de crisis en la construcción, un Gobierno decide intervenir, naturalmente lo hará con dinero que es de todos y ese dinero, que podía haber creado valor en otras áreas de la economía, va a ser utilizado para subvencionar los bolsillos particulares en un sector ruinoso. Así pues, la subvención a la construcción no creará empleo porque el dinero empleado para ello será detraído de otros sectores donde sí podía haberlo creado.
El argumento está suficientemente bien construido para que no sea fácil detectar la trampa y, sin embargo, ésta existe. La trampa se llama tiempo.
La mano de obra especializada en el sector de la construcción está especializada en un tipo muy concreto de trabajos; si el sector de la construcción sufre una profunda crisis ¿esa mano de obra es instantáneamente recolocable en otros sectores que estén funcionando mejor? Respuesta: No.
Naturalmente, si una crisis no es ya tal crisis sino que es algo con perspectivas de perpetuarse como, por ejemplo, ocurre en sectores como la minería, la siderurgia, la construcción naval o la vergüenza nacional del PER (Plan de Empleo Rural) donde toda corrupción tiene su asiento, las medidas de apoyo, tal como señala Hazlitt, serán totalmente dañinas si al mismo tiempo no se va reconvirtiendo la mano de obra excedente a otros sectores que no necesiten ese apoyo.
El favorecimiento de un sector afecta a la generalidad que tiene que poner encima de la mesa dinero que podía utilizar para otras cosas. Sin duda, pero seguir esa lógica hasta el extremo podría ser peligroso. ¿Por qué tener algo parecido al Seguro de Desempleo, por ejemplo? Es un único ejemplo que podríamos multiplicar hasta el infinito.
Hazlitt tiene razón en que no se pueden perpetuar situaciones que sabemos que son dañinas pero la opción ultraortodoxa en economía también tiene consecuencias negativas y, al igual que en su día ocurrió con los paraísos comunistas, llevar a la práctica en su integridad la doctrina de Hazlitt podría llevarnos a un infierno actual en nombre de un paraíso futuro. Al final, los extremos se tocan.
Zapatero: Humor y política
http://www.youtube.com/watch?v=3sCtLqlfWt8
Sin comentarios. No suele ser santo de mi devoción el «Gran Wyoming» pero esta vez ha hecho algo divertido.
Energía nuclear: Rectificar es de sabios pero ¿cuánto cuesta la contumacia en el error?
Cierto que por una parte se le puede dar la bienvenida al sentido común pero ¿cuánto nos ha costado su carencia en este terreno durante bastantes años?
El parón de la construcción de centrales nucleares y su sustitución por otro tipo de centrales mucho más contaminantes dio lugar a varios efectos que han permanecido y aún permanecen:
- Las compañías eléctricas que habían hecho inversiones que fueron paralizadas comenzaron a recibir un importe específico en el recibo de la electricidad como compensación por esas inversiones perdidas.
- La utilización de fuentes más caras y más contaminantes ha hecho que tengamos una energía más escasa y más cara que otros países que han tenido las cosas más claras.
- El parón en la construcción de nuevas centrales ha hecho que se estirasen las escasas existentes hasta el límite a pesar de que ya existía tecnología más avanzada sin necesidad de tener que parchear plantas envejecidas con todas las consecuencias asociadas.
Estos han sido los costes principales del «sostenella y no enmendalla» y ni que decir tiene que la disponibilidad y el precio de la energía son claves para la competitividad de un país.
Felipe González se escuda ahora en que han cambiado las cosas desde entonces. Es cierto que el problema de los residuos está encaminado a resolverse reduciendo drásticamente su tiempo de actividad; sin embargo, en cuanto a seguridad, el único accidente realmente grave que se ha producido en una central nuclear es el de Chernobil y, para que se produjera, tuvo que producirse la desactivación de un conjunto de medidas de seguridad y, además, encontrarse con un diseño intrínsecamente inestable.
En su momento, muchos intentaron explicar por qué no era posible un Chernobil con un diseño occidental pero nadie les hizo caso; sin embargo, un modelo donde la reactividad hace crecer la temperatura y ésta la reactividad es inestable. Por el contrario, un modelo con un margen muy estrecho de temperatura de funcionamiento y en el que, estar por encima o por debajo significa disminuir la reactividad, es un diseño intrínsecamente estable. De eso se habló y nadie lo escuchó.
Sea como fuere, nadie puede escudarse en mejoras de seguridad dados los registros de esta industria y, además, el rendimiento de las fuentes alternativas era mucho menor al actual en el momento del parón nuclear.
Como el gobierno actual no está tan convencido como ahora parece estarlo Felipe González, airean incidentes pasados o cuentan que la energía eólica ya produce más que la energía nuclear. ¡Cómo no! Si no paran de construirse aerogeneradores (picadoras de aves para los malpensados) y se van cerrando centrales nucleares, es lógico que así sea.
Concluyo con el inicio: Bienvenido al sentido común pero su anterior carencia del mismo nos ha salido muy cara.
¿En qué piensan los políticos?
¿Cómo es posible que el PP, con una pérdida de un millón de votos desde las elecciones -y eso sin contar con el efecto posterior a la encuesta de la salida de María San Gil- y con una división interna impresionante ponga como lema del congreso «Crecemos juntos»?
Por añadidura, el lema se aprueba por unanimidad. ¿En qué estaban pensando? Son como un jefe que tuve hace años que quería ponerle a un programa de formación el nombre «Challenger» un año después del accidente del transbordador espacial con igual nombre o como American Express cuando, en la crisis de los envenenamientos por correo con ántrax, se le ocurrió enviar una publicidad con unos sobrecitos cerrados que decían «Abra y espolvoree».
¿Será cierto lo que decía Felipe González de que el poder desgasta agregando que sobre todo al que no lo tiene? No sé si las neuronas están en estado crítico o, como quieren aparecer tan unidos, nadie se atreve a levantar la voz y preguntar quién es el soplagaitas al que se le ha ocurrido tal lema precisamente ahora.
La situación económica española y sus soluciones
Durante la época de gobierno del PP, España experimentó un despegue económico sin precedentes. Se pasó de tener la caja de la Seguridad Social vacía -siendo ministro saliente el mismo Solbes que hoy es vicepresidente económico- y no cumplir ninguna de las condiciones para la entrada en el euro a poder entrar en el euro y disfrutar de una época de bonanza económica desconocida.
Detrás de ese hecho puede estar buena parte de la pugna actual dentro del PP. A medida que la crisis económica va profundizando con la construcción parada, los tipos de interés y el precio del petróleo subiendo, son muchos los dirigentes del PP que esperan que, tras unas elecciones anticipadas forzadas por la inacción del Gobierno en el terreno económico, los ciudadanos acudan en romería a votar al PP para que vuelva a sacarles las castañas del fuego económico en el que hoy se queman.
Es en ese contexto donde se justifica una guerra interna olvidándose del exterior. Cuanto más se pudra ese exterior, más probable consideran volver al poder por el simple hecho de estar ahí y por ello se dedican a tomar posiciones internas, sin pensar que pueden estar peleándose por el mejor camarote del Titanic.
Que el Gobierno actual esté resultando una nulidad en el terreno económico no es un secreto para nadie. Se comenzó manteniendo un modelo, el del PP, que estaba haciendo ya agua y requería reformas urgentes, se siguió haciendo presupuestos modelo Alicia en el país de las maravillas sobre la base de un precio del petróleo muy inferior al que ya tenía entonces, negando la existencia de una crisis porque no convenía destaparla antes de las elecciones, se siguió negando la existencia de la crisis y, por tanto, sin hacer nada para atajarla y se sigue…
Sin embargo ¿tiene el PP la receta para salir de la crisis? Cuando los miembros del actual Gobierno eran oposición hablaban de la «burbuja inmobiliaria», cuando llegaron al poder, la burbuja se transformó en «boom inmobiliario» e incluso crearon un Ministerio de la Vivienda cuya titular llegó a atribuirse como mérito propio el hecho de que la vivienda hubiera dejado de subir. Al parecer, la subida en vertical del Euribor no tenía nada que ver con el asunto. Nos guste o no, el diagnóstico inicial era el bueno: El sector inmobiliario estaba en una burbuja que en algún momento tenía que explotar…y explotó.
La necesidad de un cambio de modelo económico que fuera abandonando progresivamente el ladrillo no viene de ahora sino, siendo generosos, se venía viendo más de un año antes del cambio de signo del Gobierno. No se hizo nada; se cambió el Gobierno y tampoco se hizo nada y así estamos.
En su momento, hubo quien planteó que España podía llegar a ser la California de Europa; lo cierto es que, a estas alturas, ya nos conformaríamos con ser la Florida de Europa, es decir, los proveedores oficiales de sol y playa porque ni siquiera eso está garantizado.
El avance del integrismo por el Magreb nos dio unos años de tregua porque muchos turistas se lo pensaban antes de visitar esa zona. Ahora, sin embargo, hay opciones en el Mediterráneo oriental con unas relaciones calidad-precio difíciles de igualar. Por otra parte, la solución de la devaluación desapareció una vez que España se integró en el euro y somos cada vez menos competitivos sin que haya soluciones monetarias de corto plazo que se puedan aplicar.
Cuando alguien dice que tenemos que optar por actividades de mayor valor añadido, sólo se puede asentir antes de preguntar cuánto tiempo se necesita para eso y si estamos en el camino correcto con unos sistemas educativos, tanto en su vertiente universitaria como en la de formación profesional, con un deterioro creciente en el nivel de calidad que ofrecen.
Hace años, alguien le preguntó en Argentina a Peter Drucker qué era lo que creía que tenían que hacer para ser competitivos y el viejo sabio les contestó que lo único que tenían y que debían mantener era precisamente un excelente sistema educativo porque ése era su billete para el futuro. España, como han dejado en evidencia recientes encuestas, tampoco lo tiene.
Para salir de una crisis que ya es seria y que va a serlo más, es necesario que los que tienen los medios para atajarla tengan un proyecto de país tanto en el terreno económico como en el político. En lugar de eso, unos y otros andan a sus cositas…como niños recogiendo florecillas en la vía del tren.
El modelo del cono
Cuando en España existía el servicio militar, se decía que era mejor tener un enchufe con un cabo primero cercano que con un general que estuviera muy lejos. Quien decía esto, sin saberlo, estaba aludiendo a algo que fue formalizado después expresándolo en forma de cono.
A la hora de calibrar la relevancia real de alguien en una organización, había dos maneras de medirla: O bien por su altura dentro del cono o bien por la cercanía al eje del mismo cono; así, podían darse situaciones engañosas. La propia forma hace que alguien que esté muy alto tenga que estar cerca del centro pero, a medida que vamos bajando, podemos ver que hay personas que, teniendo una posición formalmente más baja, son más relevantes que otras.
Este mismo fenómeno lo podemos observar a propósito de lo que está ocurriendo hoy en el principal partido de la oposición en España. Tras la derrota electoral, su máximo dirigente, Rajoy, decidió que tenía que renovar el partido y, ante la línea que llevaban esas renovaciones, sus dos principales apoyos en la pasada legislatura, Acebes y Zaplana, decidieron abandonar. Parece que Rajoy aplicó la doctrina de a enemigo que huye, puente de plata y, a pesar del indudable peso de los dos fugados en la organización, no parece que su abandono le representase descalabro alguno.
Sin embargo, después han venido otros dos abandonos que, organizativamente, parecen ser mucho menos importantes: Una dirigente regional que nunca ganó una elección y un militante de base y, sin embargo, si quien esto escribe no está muy equivocado, son precisamente esos abandonos los que van a cobrarse la cabeza del líder del partido.
La dirigente regional, María San Gil, se había convertido en un valor simbólico al suceder en su posición en el partido a su jefe, quien fue asesinado por un pistolero de ETA delante de sus ojos. Todo el que fuera partidario de una política de dureza frente al terrorismo, fuera cual fuera su adscripción política, encontraba que había varias referencias -no siempre del mismo partido- y ésta era una de ellas. Ese valor simbólico (la centralidad en el cono) le daba mucha más relevancia que los votos que pudiera estar arrastrando y su abandono ha sido una señal para muchos votantes y simpatizantes. Primer tropezón importante.
Uno de los que recogieron esa señal fue un militante de base, Ortega Lara, quien tiene en su haber el record de tiempo secuestrado por ETA en unas condiciones absolutamente infrahumanas. Nuevamente, alguien que, desde un punto de vista formal, tiene una mínima representatividad en la organización pero es el valor simbólico el que le sitúa en el eje mismo del cono. Segundo tropezón o prolongación del primero, según se mire.
Suárez, el primer presidente democrático tras la dictadura franquista, reflejó la situación que se encontró con una bonita metáfora: Hemos tenido que cambiar las cañerías sin cortar el agua. Parece que aquí no se ha tenido esa habilidad.
Los números de las encuestas, al parecer, les decían que, si cambiaban de línea, podían perder algunos votantes pero ganar muchos más y, haciendo gala de una extrema mala memoria sobre lo que otras veces les han dicho sus encuestas y sus encuestadores y lo que ha pasado después, se han lanzado por ese camino pero, al hacerlo, han olvidado que además tienen que gestionar una organización interna, organización en la que el modelo del cono se ha puesto de manifiesto de una forma clarísima.
Punto sin retorno
La política española actual está viviendo una época de gran interés aunque, al mismo tiempo, tiene una parte triste y es el hecho de que muchos vemos cada vez más cercano el final de una de las naciones más antiguas de Europa.
La derecha y la izquierda se han equivocado de adversario. Al fin y al cabo, aunque cualquier extremista de cualquiera de los dos lados lo negaría, una derecha liberal tiene unos planteamientos perfectamente aceptables -y a menudo asimilados- desde la izquierda y viceversa. No es ése el principal problema.
Zapatero no se ha aplicado el viejo dicho de «los experimentos con gaseosa» y ha abierto de par en par una puerta que Suárez, en un error histórico, había dejado entreabierta y se trata de las concesiones a los nacionalistas como una forma de mantenerse en el poder. Sus predecesores habían hecho también bastantes equilibrios en ese terreno pero ninguno había llevado las cosas al nivel de Zapatero.
Con un estatuto catalán que, siendo claramente inconstitucional desde su preámbulo, va a ser aceptado por el Tribunal Constitucional gracias al sistema de «voto por ganaderías» de los jueces, con un referendum de autodeterminación convocado en el País Vasco y con situaciones como una persecución abierta de la lengua común en Baleares y, en menor medida, en Galicia ¿qué es lo que queda de común en la vieja España?
La verdad es que muy poco. Es cierto que la soberanía sobre todo el territorio corresponde a todos los españoles y no sólo a los habitantes de una parte específica que se quiera independizar. Sin embargo, paradójicamente, ése ha pasado a ser un tema menor.
Muchos años de cesiones ante los nacionalistas de distinto tipo, cesiones llevadas al extremo con el Gobierno actual, están produciendo un efecto: Los no nacionalistas están aceptando el órdago y cada vez se oyen con más frecuencia comentarios del tipo «¿Quieren irse? Que se vayan».
Las balanzas fiscales reclamadas desde algunos partidos nacionalistas son ahora, después de que se les ha dado todo lo que pidieron poniendo en seria cuestión la idea de igualdad entre todos los ciudadanos, una amenaza en su contra.
El referendum con que se ha amenazado desde el País Vasco es ilegal por el simple hecho de que la decisión sobre el País Vasco como sobre cualquier otra zona española no les corresponde en exclusiva a sus habitantes sino a todos. Sin embargo, podría muy bien sustituirse por un referendum legal, dirigido a todos los españoles. A estas alturas del partido, es muy probable que consiguieran el objetivo que proclaman y además de modo legal, es decir, que una mayoría de españoles votase por una segregación del País Vasco.
Hace unos días, Albert Boadella decía que se había cansado de pelear con los nacionalistas catalanes, parecidos a los vascos aunque con la salvedad importante de no apoyarse en una banda de asesinos, y que se había roto un vínculo muy difícil de rehacer. Creo que Boadella tenía razón en su análisis. El vínculo está roto y, cuando eso ocurre, se rompe desde las dos partes. Los que han estirado de la cuerda hasta más allá del límite se acaban quedando con su trozo roto. Que les aproveche.
En cuanto a su maestro de ceremonias, Zapatero, si en algún momento tiene un funeral de Estado como tuvo ayer su predecesor en el puesto Calvo-Sotelo, con seguridad, lo que tendrá es un «funeral de Estadito» ya que será otro Estado más pequeño y en cuya disolución él habrá tenido mucho que ver, creo que más por torpeza o, si se prefiere, por haberse encasillado en una perpetua adolescencia, que por mala voluntad.
Tiempos interesantes para la política española
La reelección de Zapatero el pasado 9 de marzo ha dado lugar a un escenario no demasiado halagüeño ni para vencedores ni para vencidos.
Si algo ha demostrado Zapatero en la campaña electoral es ser un gran vendedor y manejar bien los tiempos: Hasta el mismo día de las elecciones, se estuvo negando la existencia de una crisis que estaba ya mostrando sus feas orejas, especialmente en lo que se refiere al sector inmobiliario, se procuró aplazar a después de las elecciones sentencias incómodas como las esperadas relativas al Estatuto de Cataluña y se consiguió que la negociación con ETA al margen del pacto entre los dos grandes partidos no pasase una factura elevada.
Al vencer en las elecciones, aparece un punto positivo para Zapatero: Nadie puede dudar de su legitimidad en el puesto ni llamarle, como hizo en su momento el WallStreet Journal, «presidente por accidente». Sin embargo, junto con este punto positivo, está el hecho de que ya es materialmente imposible aplazar cuatro años más todos los temas pendientes, crisis incluida, que necesariamente le van a caer encima.
Se da incluso la circunstancia de que una de sus primeras medidas de gobierno consistió en la anulación del Plan Hidrológico aprobado por el Gobierno del PP, por el cual las comunidades valenciana y murciana, ambas gobernadas por el PP, recibían agua de la desembocadura del Ebro. Se anuló dicho plan afirmando que eran más viables las desaladoras pero, cuando llega una situación de seria carencia de agua en Barcelona…se cantan las excelencias de los trasvases y deja más la certeza que la duda acerca de si la oposición se debía a los trasvases en sí o a que las zonas beneficiadas estuvieran gobernadas por sus adversarios.
Ha habido una seria oposición a la energía nuclear que, en este momento, provee el 23% de las necesidades de energía eléctrica en España. Una de las ocho centrales en activo debería cerrar el próximo 2009. Si se cumple con ese plazo, se agravará el déficit energético y, probablemente, se generará un problema con el aliado nacionalista vasco ya que la central a cerrar -Santa María de Garoña- está en el límite del País Vasco que es, principalmente, quien recibe la electricidad. De hecho, Garoña se construyó en sustitución de Lemóniz, central que iba a estar situada dentro del País Vasco y a la que ETA se opuso de la única manera que siempre ha sabido, es decir, con el tiro en la nuca a uno de sus ingenieros, José María Ryan. La empresa constructora, viendo que no podría proteger a toda la gente que trabajase en la central, abandonó el proyecto y de ese abandono nació Garoña.
Si no se cumple con el cierre, se puede repetir el episodio de los trasvases y acabar diciendo «donde dije digo digo Diego» y, tal vez, fuera lo más sensato. Al fin y al cabo, se le compra electricidad a Francia, cuyo porcentaje de energía nuclear no es del 23% sino del 70%, y, teniendo un cliente asegurado, Francia podría llenar de centrales nucleares el Pirineo francés haciendo negocio y dejando vacíos de sentido los supuestos contenidos ecológicos de la célebre moratoria nuclear.
Esto en cuanto al Gobierno. En la oposición las aguas no bajan más claras. Las autofelicitaciones del equipo del líder de la oposición, Mariano Rajoy, por el número de votos recibidos no han podido ocultar el simple hecho de que han perdido las elecciones.
Aparecen dentro del PP, partido que cuenta con 700.000 militantes, serias divisiones sobre cuál es la línea a seguir. Rajoy, después de algunas conductas que se interpretaron como tentación de dimisión, decidió enrocarse y darle carácter formal al nombramiento de personas muy cercanas que, aunque no tuvieran un poder formal, siempre habían estado en la «cocina» sin que esta situación fuera del agrado de muchos de los principales dirigentes.
Para muchos, a casi cuatro años de las elecciones, Rajoy es un líder amortizado. Sin embargo, en el caso de que fuera así, no tiene fácil la sucesión. Las personas de que se ha rodeado en su nuevo equipo no tienen peso ni en el PP ni en la política en general como para pensar en una posible sucesión y los malpensados podrían decir que precisamente por eso están ahí. La «vieja guardia» es difícil que tome el relevo y eso deja pocas opciones de cara al próximo congreso previsto para junio.
Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón, presidenta de la Comunidad de Madrid y alcalde de Madrid respectivamente, tienen una fuerte ambición y están totalmente enemistados pero ninguno de los dos es diputado y resultaría muy difícil ejercer la oposición desde fuera del Congreso de los Diputados.
Los dos personajes, con trayectorias y modos de hacer casi opuestos, nos van a dar grandes tardes de diversión en los tiempos venideros.
Alberto Ruiz-Gallardón, hijo de José María Ruiz-Gallardón, notable del partido en los tiempos de Fraga puede decirse que heredó la posición de su padre a la diestra del patriarca; más tarde, fue presidente de la Comunidad de Madrid en una trifulca constante con el entonces alcalde del que heredó también la posición y las malas lenguas dicen que ahora intenta heredar a Rajoy, si es posible, sin pasar por el molesto trámite de una elección interna, ya que no goza de grandes simpatías en el PP.
Esperanza Aguirre procede de la política municipal, fue ministra y presidenta del Senado y, en la actualidad, es la presidenta de la Comunidad de Madrid. Cuando Ruiz-Gallardón quiso preparar la maniobra de la herencia y solicitó, sin dejar la alcaldía de Madrid, ser diputado se encontró de frente con Esperanza Aguirre. No era una situación nueva ya que también se la encontró cuando quiso ser presidente del PP en Madrid y su testaferro cosechó unos resultados de 93 a 7 (en contra, naturalmente).
Políticamente, se sitúa a Aguirre a la derecha y a Ruiz-Gallardón en el centro; sin embargo, Aguirre, en lo que podría ser un primer movimiento orientado a la sucesión, pronunció un interesante discurso:
http://joanmesquida.wordpress.com/2008/04/08/discurso-de-esperanza-aguirre/
En el discurso puede verse que plantea una derecha liberal, en la que lleva muchos años, y busca plantar batalla ideológica. Ruiz-Gallardón es exactamente lo contrario. Entró en política como mano derecha de Fraga, ex-ministro de Franco, y el «centro» que defiende no tiene ningún contenido ideológico sino que parece referirse al mantenimiento de unas formas externas más o menos melifluas.
Poco tiene de extraño que ambos choquen con frecuencia y que, además, a menudo sus choques sean públicos para regocijo del respetable.
Rodrigo Rato, en su día sucesor de Aznar alternativo a Rajoy, está teóricamente fuera de la política y, por eso mismo, tampoco es diputado. Sus preferencias, sin duda, pueden pesar pero él mismo está descartado como alternativa a la presidencia de su partido.
No parece, de momento, que se vean más opciones en la oposición que un Mariano Rajoy dando tumbos a casi cuatro años de las elecciones. Sólo una crisis nacional extrema que pudiera justificar una moción de censura parece que podría facilitar el relevo de Rajoy y la entrada de otras figuras ya que las principales lo tienen muy difícil tanto por su situación dentro como fuera del partido.
Por otra parte, el PP tiene ya una amarga experiencia en esto de las mociones de censura. Durante el efímero liderazgo de Hernández Mancha, que tampoco era diputado, la única forma que tuvo de aparecer en el Congreso fue presentando una moción de censura contra Adolfo Suárez.
Además de no salir, la tal moción dio lugar a uno de los episodios más chuscos que ha habido en el Congreso cuando Hernández Mancha «improvisó» un absurdo ripio basado en la estrofa «¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?…» que atribuyó a Lope de Vega, siendo de Santa Teresa de Ávila, paisana de Adolfo Suárez quien pudo permitirse una respuesta demoledora.
Al menos, ya que les pagamos a unos y a otros, disfrutemos con el espectáculo. Eso sí, un circo que sólo tiene payasos y malabaristas se acaba haciendo aburrido.
Selección de controladores: Una salvajada más de la discriminación positiva
Probablemente esta fotografía le resulta familiar a cualquiera que la vea:
http://drx.typepad.com/psychotherapyblog/images/2007/09/26/lewis_hine_phot_nyc_empire_state__2.jpg
Lo que es algo menos conocido, aunque también se ha difundido mucho, es que para los trabajos en altura se prefería a una tribu particular de indios ya que, debido a un cambio en el oído interno, no tenían vértigo.
Imaginemos que, en lugar de ser indios los afortunados con esa característica, fueran blancos. Automáticamente se habrían emitido normas de discriminación positiva haciendo que otros, no blancos, que tuvieran menores puntuaciones en cuestiones de equilibrio en altura pudieran acceder a esos puestos. Por supuesto, una vez introducida la norma, veríamos que los «beneficiados» por ella tenían una preocupante tendencia a estamparse contra el asfalto desde una altura de 300 metros pero…siempre saldría algún hábil científico que, a la vista de la diferencia en accidentabilidad, concluiría que se trataba de una nueva discriminación y que se cuidaba más a los trabajadores blancos que a los demás.
En algunas fábricas de electrónica, los pocos trabajos manuales que quedan suelen encomendarse a mujeres, simplemente porque, en general, tienen la mano más pequeña y les permite manipular mejor las piezas de pequeño tamaño. ¿Tendríamos que establecer un porcentaje de hombres para evitarles la discriminación? Más aún, si alguien, hombre o mujer, con una mano con una azada entiende que eso es un motivo de discriminación en contra suya ¿tendríamos que establecer también un porcentaje de «manazas»? ¿Qué le contaríamos al cliente a quien le hubiera caído en suerte un producto manipulado por el/la «manazas»? ¿Que ya sabíamos que el producto era una porquería pero que la discriminación positiva obligaba a tener gente no adecuada?
¿Parodia? Sólo a medias. Poco antes de ponerme a escribir, leía un artículo sobre selección de controladores aéreos. Sus orgullosos autores mostraban cómo habían conseguido disminuir la discriminación interracial en la contratación: Habían obtenido los valores medios para cada una de las razas y cada candidato era evaluado de acuerdo con una tabla distinta y, para que no entrase nadie demasiado por debajo del nivel adecuado, establecían unos mínimos absolutos.
Veamos: Si los mínimos absolutos son suficientes para considerar que ése debe ser el baremo ¿por qué no establecer esos mínimos como tal baremo con independencia de razas? Si, por el contrario, no lo son, denme, por favor, una sola razón válida para darle el puesto a una persona que esté por debajo del nivel adecuado en un trabajo que, por añadidura, afecta y mucho a la seguridad.
Cuando un controlador provoque un accidente ¿les diremos a los familiares de las víctimas que el controlador de servicio era…blanco, negro, indio, amarillo, igual me da y que por ello tenía menos capacidad de atención sostenida de lo aconsejable para el puesto pero que se lo tuvieron que dar porque le evaluaron con unos baremos más generosos?
Si seleccionamos bomberos y establecemos unas pruebas físicas para hombres y otras para mujeres ¿le diremos a la familia de la persona que no pudo ser rescatada por falta de fuerza física de, en este caso la bombera, que se debía a que las pruebas eran distintas para ellos y ellas y que, aunque ningún hombre habría conseguido el puesto con esos resultados, a ella sí se lo habían dado poque el baremo era también más generoso?
Podríamos multiplicar esta situación hasta el infinito y sería igualmente absurdo. Si un requisito de selección es necesario, póngase y, si resulta que los miembros de determinada raza, género o lo que sea, quedan en su mayoría por debajo de ese criterio, eso no puede ser motivo para crearles unos requisitos específicos por debajo para ellos. Si, por el contrario, el requisito no es necesario y se considera que, por encima de determinado nivel, es irrelevante, hágase la selección así y olvidemos la raza de los candidatos.
No hacerlo así, especialmente en profesiones que implican riesgo para la seguridad de las personas, es poner en almoneda la vida de esas personas pero, eso sí, en el altar de lo «políticamente correcto» y prácticamente estúpido y, en algunos casos, hasta criminal.

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