Categoría: Temas sociales y políticos

Detectores y avisadores de radar y su utilidad: Información para legos (Actualización a junio 2010)

No hay en este momento en España GPS o PDA que se precien que no anuncien la inclusión en su software de una base de datos con las posiciones de los radares. Este uso es perfectamente legal e incluso hay dispositivos específicos que, dotados de una antena GPS, avisan de la proximidad de radares fijos y permiten almacenar posiciones de usuario.

Naturalmente, estos dispositivos legales tienen tres problemas:

  1. Si la base de datos no está totalmente actualizada, cosa en la que pueden contribuir los usuarios subiendo a Internet los sitios que no están registrados, nos podemos «comer» un radar sin que el dispositivo nos avise.
  2. Cuando se trata de un radar situado en un vehículo, tanto si éste está parado como si está en movimiento, el dispositivo no avisará salvo que el vehículo radar se encuentre estacionado en un sitio donde está con mucha frecuencia y ese punto se haya registrado como lugar de posible radar.
  3. Si el radar está situado en un punto sin cobertura GPS, por ejemplo en un túnel o en una zona de ciudad que no tenga la necesaria cobertura, el dispositivo no avisará. Este último problema será evitado dentro de poco ya que algunos fabricantes empiezan a trabajar con dispositivos de navegación inercial que permiten, en ausencia de señal, calcular la posición del vehículo y actuar a todos los efectos como si realmente hubiera cobertura como, por ejemplo, las últimas generaciones de TomTom.

Estos son los puntos flacos de los avisadores que pueden invitar a algunos a optar por los detectores que se encuentran en una especie de limbo legal después de las últimas modificaciones, aunque con la voluntad expresada por Tráfico de prohibirlos. Éstos, aparte de su situación legal tras un olvido en su regulación, tienen además algunos puntos flacos a considerar:

  1. El primero y más obvio es el derivado de su propia situación de alegalidad y la posible sanción en caso de ser visto por los agentes de tráfico.
  2. El dispositivo puede dar una gran cantidad de falsas alarmas, especialmente en presencia de antenas de telefonía móvil o de puertas automáticas como las existentes en cualquier gasolinera y, a pesar de ello, salvo que se haya sido muy cuidadoso al escoger el modelo puede no captar algunos de los tipos de onda utilizados por los radares.
  3. Suponiendo que todo funcione bien, es decir, que el detector detecte los radares, su usuario encontrará que el tiempo de aviso es muy escaso porque la potencia de emisión de los radares en España es muy baja. Prácticamente está avisando en el mismo momento en que el radar está apuntando a su vehículo. Si esto lo unimos a las falsas alarmas, nos encontraremos con que una alarma requiere una respuesta inmediata pero, al mismo tiempo, la alarma podría ser falsa. Cuando se trata de una carretera concurrida, el dispositivo puede captar rebotes de ondas sobre otros vehículos o sobre guardarraíles, etc. minimizando ese efecto pero no se puede confiar en ello.
  4. Por último, existen algunos radares que no pueden ser detectados por un detector como, por ejemplo, los medidores de tramo. En rigor, ni siquiera deberíamos llamarlos radares porque son instrumentos pasivos, es decir, no emiten ondas que puedan ser captadas por ningún dispositivo y la única defensa frente a éstos es el avisador GPS.
  5. En sentido contrario, una magnífica solución frente a los dispositivos láser es la que constituyen algunos sensores de aparcamiento que son perfectamente legales y que, sin embargo, tienen el curioso efecto secundario de estorbar la actuación de los sistemas basados en láser.

Ésta es la situación; es una curiosa batalla tecnológica que los conductores tenemos perdida salvo que demostremos nuestro espíritu cívico subiendo a Internet las posiciones de radar observadas para que sean incluidas en las bases de datos de los dispositivos con GPS.

Muchos conductores llevan hoy  «contramedidas electrónicas» al estilo de los aviones de combate o de los inhibidores de frecuencias y donde los detectores no sean sólo eso sino que activamente perturben las emisiones dirigidas hacia el vehículo. Éstos son los que se han tomado más cuidado de prohibir con multas y pérdidas de puntos espectaculares y, por añadidura, son detectables puesto que, para actuar, no basta con que sean receptores sino que tienen que ser también emisores. En algunos lugares tienen controles específicos para detectar la emisión de la onda que perturbaría el radar y, una vez que se pasa por delante del vehículo con el detector, por bien escondido que esté el sistema, la patrulla que detiene al coche con la instalación sabe con seguridad que está ahí.

En cualquier caso, seguramente lo más razonable es presionar hacia el sentido común, sentido común que empezaría por exigir límites de velocidad acordes con las capacidades de las vías y de los vehículos actuales y señalizaciones correctas, incluyendo las correspondientes a las obras que sistemáticamente están mal señalizadas. Parece que, hoy por hoy, teniendo en cuenta que Tráfico ha pasado a ser a efectos prácticos una dependencia de Hacienda no se va en ese sentido sino justamente en el contrario: Eliminar las tolerancias que antes permitían que con un límite de 120 se pudiera circular hasta 131 kms./h. reales porque la desviación permitida de los velocímetros del vehículo y del radar se sumaban en favor del conductor. Ahora, a 121 kms./h. los dispositivos fijos pueden multar dejando la duda sobre cómo es posible que, estando dentro de la norma, un vehículo pueda circular con un velocímetro que marque hasta un 5% inferior a la velocidad real. Cierto que en la práctica totalidad de los fabricantes, los velocímetros marcan más velocidad de la real pero en algunos modelos -especialmente en los de origen alemán- la diferencia es tan mínima que una alteración en la presión de inflado de neumáticos podría ser suficiente para que empezase a marcar de menos yendo dentro de los límites legales. En otras palabras ¿cómo es posible que se pueda multar a un vehículo que circula a 121 kms./h. cuando el vehículo, conforme a la norma vigente, podría ir circulando a 126 kms./h. con su velocímetro marcando 120 kms./h.?

Cuando se consiga que Tráfico funcione con normas ajenas a las meramente recaudatorias, podremos decir que quien la haga, la pague incluido cuando sea el director general de Tráfico como ha ocurrido hace poco. Hasta que eso ocurra, lo que tenemos es, ante todo, un instrumento recaudador aplicado a aquéllos que son pillados rompiendo una norma absurda o, en algunos casos, incluso sin romperla.

La calidad educativa en España

La reciente encuesta sobre la calidad educativa en España y, sobre todo, la capacidad para la lectura comprensiva sólo admite una definición: Fracaso.

No podemos decir que no estábamos avisados y, en este mismo blog, pueden encontrarse referencias al «Panfleto antipedagógico» o a «La gran estafa», textos escritos por dos docentes que vienen avisando desde hace tiempo del progresivo deterioro del sistema educativo.

La justificación de Zapatero sobre un problema que viene de atrás -perdóneme, señor presidente- es una estupidez y lo es, entre otras cosas, porque es de público conocimiento que hemos venido perdiendo calidad de enseñanza de forma continua y, por lamentable que pueda sonar, resulta que la calidad de la enseñanza media durante el franquismo era notablemente superior a la actual.

Más sentido tiene la justificación que da la ministra de Educación aunque esa justificación no exime de responsabilidad. Cuando ha culpado a la inmigración, rápidamente se ha puesto a funcionar la demagogia y a hablar de racismo, etc, etc.  y, sin embargo, hay una verdad de fondo en el asunto, verdad que no sería tal si no fuera por otra torpe actuación gubernamental.

En las zonas españolas que tengan mayor inmigración no hispanoparlante, cabría esperar algunos problemas mayores; sin embargo, también es cierto que esos problemas quedarían considerablemente reducidos si la adscripción de un alumno a un grupo no se hiciera exclusivamente por edad y contase, entre los elementos básicos, tanto los conocimientos previos como el conocimiento del idioma.

Si el criterio que prevalece es la edad ¿no es lógico que en las zonas de mayor inmigración no hispanoparlante aparezcan mayores problemas de comprensión lectora? Por supuesto que sí.

Se han aireado mucho los problemas de Cataluña y, desde luego, no me encuentro entre los que simpatizan con las prácticas de limpieza étnica basadas en el idioma que están llevando a cabo pero también resulta que Cataluña se encuentra entre las regiones que reciben más inmigración.

Dejemos la demagogia fácil y pongámonos a trabajar. En primer lugar, mejórese el sistema educativo de acuerdo con los criterios de una meritocracia y no poniendo unos niveles tan bajos que puedan ser saltados por el peor. La idea de suprimir el fracaso escolar poniendo el nivel tan bajo que sea imposible fracasar no funciona y, además, afecta a todos y no sólo a los potenciales fracasados.

En segundo lugar, cuando se acoja inmigración, ténganse en cuenta los niveles de conocimiento de partida, incluidos los del idioma, a la hora de establecer qué hacer en cuanto al tratamiento escolar. ¿No se puede meter a un chaval de 14 años en una clase con alumnos de 8? Probablemente no por el bien de uno y de otros pero tampoco es solución colocarle en la clase que le debería corresponder de acuerdo con su edad y supuesto un desarrollo formativo normal que no existe. 

Ayer domingo 23-12, Pérez Reverte publicó un artículo sobre el asunto que vale la pena leer:

http://www.xlsemanal.com/web/firma.php?id_edicion=2687&id_firma=5150

Las 13 rosas

Sorprendentemente buena película. Aclaremos por qué sorprendente: En un momento donde, en España, algunos se han empeñado en ganarle la guerra civil a Franco más de 30 años después de que éste muriera y reescribir la historia reciente española, era de esperar que la película fuera en esa misma línea. No es así.

El hecho de que varias mujeres fueran ejecutadas por asuntos absolutamente triviales o siendo totalmente inocentes incluso de eso pasa a lo anecdotario en relación con el gran tema espléndidamente retratado: La feroz represión de la posguerra española y cómo las «garantías judiciales» eran tales que podían permitir que cualquiera fuera condenado a muerte por cualquier cosa (entiéndase en ese contexto la palabra «anécdota»; en el sentido de que, dado el modo de funcionamiento, hubo con toda seguridad muchísimos más casos similares a éste que da a conocer ahora la película). Para quien no lo sepa, el último presidente del Gobierno de la dictadura y primero de la monarquía -antes de las elecciones- se ganó el sobrenombre de «Carnicerito de Málaga» precisamente por su actuación en este tipo de tribunales en Málaga. 

La posguerra trató de la misma forma a una gran mayoría de los que habían estado, por muy tibiamente que fuera, con el bando contrario. Parecido trato pudo recibir un gran político socialista y mejor persona como Julián Besteiro que un asesino con García Atadell. No en vano los pocos intelectuales de cierto nivel que, en un principio, acogieron de buen grado la rebelión militar dadas las salvajadas cometidas por la «legalidad republicana» dejaron al poco tiempo de apoyarlo asqueados. Dos notables ejemplos de este fenómeno fueron Unamuno y Ortega y Gasset.

Si miramos la película desde la perspectiva de la política española actual y su empeño en reabrir las tumbas y los traumas de la guerra civil, puede haber quien encuentre en esta película un apoyo a esa idea. Sin embargo, la carta a su hijo de una de las mujeres fusiladas leída al final de la película deja bastante claro que no es así y es un magnífico mensaje de invitación a la reconciliación, ésa que muchos pensábamos que se había logrado durante el periodo de transición.

Sin duda, lo reflejado en la película responde a la realidad y, además de otras cosas, se produjeron juicios que no eran tales sino auténticas farsas. ¿Tiene sentido revisar esos juicios? En el momento en que se abriera esa caja de Pandora ¿no vendrían las reclamaciones de revisar también los juicios de los «tribunales populares» o, peor aún, las ejecuciones sin juicio tipo Paracuellos, lo que ocurrió en las checas o los miles y miles de «paseos» a cargo de milicianos?

Una negativa basada en la excusa de que todo esto no fue hecho por un Gobierno legal sino por «incontrolados» no se sujetaría ya que esos «incontrolados», consentidos y amparados desde el Gobierno republicano, fueron el principal recurso en que éste se apoyó para mantener un régimen de represión y terror que, en mucho, se asemejaba al retratado por la película en la posguerra. Para quien tenga dudas a este respecto, le recomiendo que lea el relato de Orwell sobre su presencia en España en las Brigadas Internacionales, a Félix Schlayer en «Matanzas del Madrid republicano» o a Burnett Bolloten en «La guerra civil española». No obstante, quizás la mejor definición del periodo previo a la guerra, de la guerra misma y de la posguerra la dio Stanley Payne cuando dijo que «la guerra civil española no fue una guerra de buenos contra malos sino de malos contra malos». Faltaría añadir que en ambos bandos había «buenos» y que en ninguno de los bandos fueron éstos los mejor tratados.

Puede que alguien le critique a la película el momento en que sale o que no dé una visión más equilibrada de las dos partes en conflicto pero hay que recordar que es una película, que retrata -y lo hace muy bien- un momento negro de la historia reciente española y que el hipotético equilibrio tendría que venir de retratar otros momentos igualmente negros y de sentido contrario como, por ejemplo, el periodo de preguerra o episodios como el del POUM espléndidamente descrito por Orwell.

En suma, al margen de opiniones, tendencias y de la fácil vinculación con la actual política española, una buena película que merece ser vista.

«Cartas a su hijo» de Lord Chesterfield ¿Contrapunto de «Emilio» de Rousseau?

Resultan tan sorprendentes las cartas como el relato inicial que se hace de la vida del autor y los tipos de comparaciones que se realizan.

Compara el editor (Marc Fumaroli) las «Cartas a su hijo» con «Emilio» de Rousseau haciendo el matiz de que, mientras en «Emilio», Rousseau trataba de formar a su «buen salvaje», en este caso es justamente lo contrario y se trata de formar al hombre de mundo.

La verdad es que las diferencias van mucho más allá. Dejemos a un lado que «Emilio» es un personaje ficticio cuyo autor-preceptor abandonó a sus propios hijos; dejemos también a un lado que lo poco dedicado a la vida adulta de Emilio se refiere al hecho de que hay que educar también a una mujer -creo recordar que el nombre era Sofía- «porque Emilio necesita una compañera». Dejemos también a un lado que la tal compañera debía ser educada con criterios distintos atendiendo a situaciones de embarazo porque «aunque la mujer no vaya  a estar siempre en estado de gravidez, ése es su estado natural».

Con todos estos elementos, resulta sorprendente y revelador que Rousseau haya permanecido durante años como una especie de icono libertario; sorprendente por el tipo de manifestaciones que hace tan opuestas a la idea de los que se dicen continuadores suyos y revelador de un hecho muy simple: Que lo más que han leído de su admirado Rousseau es la solapa de algún libro.

Probablemente, el único motivo para buscar el contrapunto a Lord Chesterfield en Rousseau es la coincidencia temporal de Chesterfield con Rousseau y Voltaire cuando éstos dominaban la escena literaria y política francesa pero no parece ésta una fuente muy sólida para justificar tal atribución.

Si hubiera que buscarle algún paralelismo, en mi opinión, no estaría desde luego en Rousseau -aunque sea para mostrar la cara opuesta- sino que habría que retroceder en el tiempo hasta «El príncipe» de Maquiavelo donde, entre los consejos a su príncipe, pueden encontrarse episodios de una inmensa sabiduría.

Una anécdota de una de las cartas resultará bastante reveladora. En ella, le cuenta a su hijo cómo ha tenido que hacer una exposición en la Cámara de los Comunes sobre un tema del que no tenía ni idea y cómo fue seguido de otro orador que realmente dominaba el asunto pero que era mucho más aburrido. Lo que ocurrió lo cuenta en estos términos:

Sus palabras, sus periodos y su dicción no eran ni de lejos comparables a los míos por lo que sucedió que, tan unánime como injustamente, las preferencias se decantaron en mi favor. Siempre será así; cualquier asamblea numerosa, independientemente de la calidad de los individuos que la componen, es «populacho», y al populacho no hay que hablarle nunca el lenguaje de la razón y del buen sentido, sino solamente el de sus pasiones, el que toca sus sentimientos, sus sentidos, sus supuestos intereses. Tomados colectivamente, los hombres no tienen intelecto, sino ojos y oidos, que deben ser halagados  y seducidos, lo cual sólo es posible lograr por medio de la elocuencia.

Otra diferencia fundamental entre Chesterfield y Rousseau es, como se indicó brevemente al inicio, que Rousseau se dirige a un niño mientras que Chesterfield lo hace a un hijo adulto al que va enseñando cómo comportarse en el entorno de la alta sociedad de su época en distintos países.

Chesterfield va haciendo gala en sus distintas cartas de tener ojos en todas partes  de que, aunque estuvieran físicamente separados, podía facilitarle toda aquella ayuda que pudiera necesitar. Se transmite en todas las cartas la dureza del preceptor junto con la preocupación del padre y la calidez del amigo -por cierto, encabeza todas las cartas con la fórmula «querido amigo»- y, en su conjunto, está claro que las cartas retratan más el extraordinario personaje que fue su autor que detalles acerca del éxito obtenido en su tarea con el receptor.

Lamentablemente, no puede decirse que tuvieran mucho éxito. Hay un hecho fortuito que tal vez influyera y es que Lord Chesterfield sobrevivió en cinco años a su hijo; no obstante, cuando este último murió era un adulto, incluso para los estándares actuales de adolescencia casi eterna, y no pareció que el hijo mostrase en su comportamiento las normas que el padre trataba de inculcarle.

No podemos hacer aquí tampoco el contrapunto con el Emilio de Rousseau ya que éste era un personaje creado por la imaginación. Sus auténticos hijos, entregados a un orfanato, es dudoso que siguiesen trayectorias ejemplares como la señalada para Emilio que, naturalmente, procede íntegramente de la idea de Rousseau del «buen salvaje» y donde éste podría haber dado cualquier final que le hubiera apetecido.

Desde luego, no todo el mundo comparte esa idea de «buen salvaje» y puede no estar de más recordar unos versos de Antonio Machado:

«Abunda el hombre malo

del campo y de la aldea

que tras el pardo sayo

esconde un alma fea

esclava de los siete

pecados capitales».

 Tal vez tengamos que acostumbrarnos a la idea de que la materia prima que cada uno trae consigo es moldeable sólo hasta cierto punto y de que no existe la tabula rasa sobre la que cada uno puede colocar los contenidos que desee.

Tal vez si pensamos eso, habrá algunos que adquirirán cierta humildad en lo relativo a lo que puede o no puede hacerse y habrá otros que dejarán de torturarse preguntándose qué han hecho mal cuando un hijo adquiere vicios o costumbres totalmente ajenos a lo vivido en su casa. Rousseau no quiso y lord Chesterfield no pudo. ¿Podemos nosotros determinar el futuro de nuestros hijos? ¿Debemos hacerlo o nuestro deber es abrir opciones y adaptarnos a las preferencias, siempre que éstas sean válidas? ¿Hasta qué punto estamos legitimados para decidir sobre la validez de las preferencias de los hijos?

Temo que, de éstas preguntas, sólo la primera tenga una respuesta clara y es un tajante «no».

¿Para quién hablan los políticos?

En estos últimos días he oido varias veces anuncios electorales del Partido Popular donde una de las cosas que dicen es que «durante el gobierno de Zapatero han subido las hipotecas 400 euros al mes».

Para ser totalmente honesto, empezaré diciendo que no me gusta ni Zapatero ni, en general, todos los líderes «populistas» teniendo en cuenta que populista suele ser un eufemismo por demagogo. Sin embargo, aunque lo que dice la propaganda electoral sea cierto -prescindamos ahora de detalles como el importe de la hipoteca- ¿habría sido distinto con un eventual gobierno del PP? La inmensa mayoría de las hipotecas están sujetas al Euribor y las subidas o bajadas de éste no se deciden en España.

A Zapatero se le puede reprochar «populismo» e inconsciencia en este asunto cuando no tuvo mejor idea que salir para decir que el Euribor había tocado techo…justo inmediatamente antes de una subida que sería seguida de otras.

 http://www.20minutos.es/noticia/285933/0/ZAPATERO/EURIBOR/

¿Cómo alguien puede ser tan inconsciente de hacer semejante declaración relativa a algo que está totalmente fuera de su control? Se le puede reprochar eso; se le puede reprochar también las muchas ocasiones en que ha sacado la lengua de paseo inoportunamente; se le puede reprochar que con demasiada frecuencia haya dicho una cosa y hecho la contraria; se le puede reprochar que haya estado callado cuando no debería estarlo y probablemente muchas más cosas.

Lo que, desde luego, no se le puede reprochar es precisamente la subida del Euribor y, por tanto, la subida consiguiente de las hipotecas sujetas a dicho índice. Por supuesto, exactamente lo mismo habría ocurrido si estuviera gobernando el Partido Popular y, si el Partido Socialista hubiera utilizado como argumento electoral la subida de las hipotecas habría sido acusado con razón de demagogo.

Hay muchas cosas que pueden decirse de Zapatero tanto de estos casi cuatro años como de conductas anteriores a su llegada al poder que le convierten en un personaje cuestionado por muchos y abiertamente rechazado por otros muchos.

Para poner un ejemplo sencillo, ayer Sánchez Dragó entrevistó al secretario de organización del PSOE quien soltó la habitual cantinela de la crispación que produce el PP y cómo está solo. Supongo que por una cuestión de cortesía, el entrevistador no quiso preguntarle por qué el PSOE firmó el antidemocrático pacto del Tinell por el que se prohibía todo tipo de acuerdo con el PP; supongo que por idéntica razón no quiso hurgar en quién, por qué y cuando rompió el Pacto Antiterrorista.

El PP tiene en todo eso, y en más cosas, munición muy pesada y apoyada en hechos. ¿Qué sentido tiene, pues, acusar a Zapatero precisamente de aquello en lo que no tiene culpa alguna aunque sea con la sibilina fórmula de «durante el gobierno de Zapatero» sin acusarle directamente?

¿Es eso lo que el PP entiende por estar atentos a los problemas reales de los ciudadanos? Cierto que el encarecimiento de las hipotecas es un problema en muchos, muchísimos hogares españoles pero también es cierto que es un parámetro que escapa al control del Gobierno, sea éste del color que sea.

Eso, señores míos, se llama demagogia y es algo de lo que ustedes han estado acusando -muchos creemos que justificadamente- a Zapatero pero si, a la hora de la verdad, su comportamiento es igual que el que critican y están dispuestos a lanzar mensajes como éste en su campaña electoral ¿en qué se diferencian ustedes de aquello que critican? ¿a quién se dirigen con esos mensajes? ¿piensan, como todo demagogo que se precie, que el votante medio es un ser sin memoria, sin información y con una inteligencia a medio camino entre el chimpancé y el humano? Un poco de respeto, por favor. Si no sienten ese respeto por la verdad ni por ustedes mismos, al menos respeten a los que les pagan el sueldo. 

«The Politically Incorrect Guide to Global Warming and Environmentalism» o «Guía políticamente incorrecta del calentamiento global» de Christopher C. Horner

Hoy precisamente han dado la noticia de que el presidente español, Rodríguez Zapatero, ha inaugurado un panel solar en la residencia presidencial acompañado de los discursos habituales sobre la necesidad de hacer algo en cuanto al cambio climático.

Normalmente, si alguien tiene alguna duda respecto de que la preocupación sea auténtica o se trate de una mera maniobra de propaganda ante la proximidad de las elecciones, le bastará con tirar de hemeroteca:

http://www.porandalucialibre.es/actualidad/actualidad_espana/zapatero_incumple_su_codigo_de_buena_conducta_y_usa_un_avion_oficial_para_ir_a_londres,_%A1a_harrods!.html

http://www.libertaddigital.com:6681/noticias/noticia_1276286729.html

Claro; el hecho de que en semejantes festejos privados -pagados con dinero público- se quemen unas cuantas toneladas de combustible fósil resulta un claro contrapunto a las alharacas con las que se inaugura el panel solar e invita a preguntarse sobre la sinceridad que hay en tal evento. Más aún, cuando hace pocos días se afirma que se van a cerrar las centrales nucleares existentes en España para poder seguir comprándole energía a Francia que «sólo» obtiene de la energía nuclear -única por el momento que es capaz de producir la cantidad necesaria, con regularidad y sin emisiones-  el 70% de sus necesidades. Supongo que los franceses considerarán tal anuncio como una invitación a llenar de centrales nucleares el Pirineo francés. La estupidez se paga.

Llevamos ya varios años oyendo hablar del calentamiento global y hay unas cuantas «verdades» que han sido tan repetidas que parece que hay que creerlas necesariamente. Así, el calentamiento global es un hecho, también es un hecho que está producido por la actividad humana y, fundamentalmente, por la contaminación, sus niveles son alarmantes y nos amenazan grandes desastres en el corto plazo si no se realizan las acciones prescritas por los nuevos profetas del Apocalipsis.

La primera idea que recibí en sentido contrario vino de un sitio sorprendente: El libro «State of Fear» de Michael Crichton. Es una mala novela pero en la que, so pretexto de debates entre sus personajes, introduce un conjunto de argumentos científicos procedentes del lado «no políticamente correcto» al que se trata a toda costa de silenciar.

La edición de Harper-Collins tiene 26 páginas de bibliografía, hecho muy poco común en una novela, un apéndice donde señala los peligros de la politización de la ciencia y otro con un mensaje del autor que expresa una serie de puntos más que relevantes. Casi me atrevería a recomendar la compra de la novela pero no molestarse en leerla y pasar a las últimas páginas.

La obra de Crichton es una novela pero ya muestra una luz de alarma sobre las cosas que se dan por sabidas. La de Horner no es una novela sino un texto que pretende sacar a la luz todas las manipulaciones políticas que existen alrededor de este asunto y cómo las anécdotas con las que iniciaba este «post» no son anécdotas sino la forma habitual de actuar de los «protectores del ambiente».

Hacer una reseña completa del libro sería muy complejo ya que carece de una trama clara y es más bien un anecdotario o conjunto de hechos que muestran la carencia de datos o, en algunos casos, la abierta falsedad de todo lo que se está vendiendo bajo el paraguas del calentamiento global y las presiones para silenciar a los disidentes.

Solamente la portada y la contraportada ya aportan algunos elementos de interés:

  1. La Tierra ha sido frecuentemente más cálida que en la actualidad.
  2. Sólo una pequeña porción de los gases que producen el efecto invernadero son atribuibles a la actividad humana.
  3. La mayor parte de la Antártida se está enfriando.
  4. Hasta hace muy pocas fechas se hablaba de «enfriamiento global» (http://en.wikipedia.org/wiki/Global_cooling )
  5. El «calentamiento global» no ha hecho que los huracanes sean peores.
  6. No hay un acuerdo entre científicos sobre el calentamiento global.
  7. El clima está cambiando siempre -con o sin actividad humana.
  8. Los huracanes no son peores; lo que sí es peor es nuestra tendencia a construir casas en las zonas más castigadas por ellos.
  9. Hay grandes negocios que intentan sacar provecho de las políticas de reducción del calentamiento global
  10. El periodo medieval fue significativamente más cálido que el actual y fue una edad dorada para la agricultura, la innovación y la calidad de vida.

Eso sin abrir el libro. Si se abre pueden encontrarse elementos sorprendentes como el hecho de que muchas estaciones meteorológicas rusas cerraron en la época en que se ha registrado el mayor calentamiento medio. Este hecho cuestiona el dato ya que, si las estaciones de medición situadas en los lugares más fríos cierran, la media registrada forzosamente sube. Se puede evitar ese efecto rectificando las medias registradas en años anteriores mediante la eliminación de los resultados de las estaciones que no existieran en la segunda medición. De esta forma, se tendrían datos realmente comparables pero, al parecer, eso no se ha hecho.

Al mismo tiempo que hay glaciares que disminuyen, hay otros que crecen y, según comenta Horner, el calentamiento -que sí existe y es el único punto donde hay acuerdo total- no es global sino que afecta sobre todo al hemisferio Norte y, dentro de éste, al Polo, a las temperaturas nocturnas y a las temperaturas invernales.

No puede considerarse tampoco menor la duda sobre si el CO2 es el iniciador de un proceso de calentamiento o es justamente lo contrario, es decir, que el proceso de calentamiento aumente los niveles de CO2. Resulta que la principal «esponja» capaz de absorber el CO2 es el agua de los océanos y su capacidad de absorción es inversamente proporcional a la temperatura del agua. En consecuencia, un aumento de temperatura -aunque éste tuviera causas estrictamente naturales- limitaría la capacidad del agua de absorber CO2 que permanecería en la atmósfera.

Otro dato que, al menos para mí, resultaba desconocido: El tan aireado protocolo de Kyoto (ése que el gobierno del apóstol Gore no quiso firmar), en el supuesto de que el modelo de clima utilizado sea correcto, va a tener unos efectos ridículos sobre el clima y unos efectos económicos monstruosos. En este blog de un científico checo http://motls.blogspot.com/ puede encontrarse un curioso contador (al final, a la derecha) sobre el coste y la efectividad de Kyoto.

Además, hay que contar con que muchas industrias contaminantes podrían desplazarse desde los países firmantes más ricos a los no firmantes más pobres ¿los nuevos apóstoles nos van a traer un aire limpio sólo para ricos? No está mal pero aún hay otra opción: Algunos de los países firmantes, por ejemplo Rusia, no tienen registros que mantengan una mínima fiabilidad, a pesar de que se sabe que tienen una contaminación extrema. Estos países, utilizando registros falseados, pueden contaminar a sus anchas y, además, venderles a otros «su derecho a contaminar» según establece Kyoto.

Saca a relucir Horner también la «irresponsabilidad verde» y cómo su presión para la eliminación del DDT produjo millones de muertos por malaria a pesar de que, más tarde, se demostró que el DDT no tenía los efectos nocivos que le atribuían. Sí tenía, en cambio, el de acabar con el mosquito que propaga la malaria que, a partir de su supresión, pudo campar a sus anchas. Al parecer, los millones de muertos no han merecido ni una disculpa por los enormes perjuicios que provocó una causa equivocada pero muy aireada y sobre la que se puso mucha presión.

Horner llama también la atención sobre el hecho de que el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) realizó un informe y un resumen para políticos que, en muchos puntos, contradice al informe completo. Sobre este particular, señala como el equipo de Gore ha tenido importantes trifulcas con científicos que han recurrido a los datos del informe completo ignorando el resumen, en el que ha basado su película.

No tengo elementos de juicio para establecer la veracidad o no de la afirmación de Horner pero los estudiosos que tengan tiempo disponible para ello lo tienen fácil http://www.ipcc.ch/ipccreports/special-reports.htm ya que ahí se pueden descargar los dos.

Esto es lo que hay. El propio Horner es «Senior Fellow at the Competitive Enterprise Institute» con lo que se le podrían atribuir intereses políticos o económicos pero a la otra parte también.

Las prédicas por las que Al Gore cobra cifras millonarias contrastan mucho, demasiado, con un estilo de vida y con una participación industrial que tiene poco de protección medioambiental y, en su dimensión de campanario de aldea, lo mismo puede decirse de las prédicas y prácticas de Zapatero.

Como hace poco le comentaba a un amigo, «la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero». En el asunto del cambio climático y la seria duda sobre si es un fenómeno natural u obedece a la actividad humana nos encontramos con que hay pocas verdades y demasiados porqueros. La solución no va a venir de ninguno de éstos.

Como Goethe dijo en su lecho de muerte, todo lo que podemos decir es «Luz, más luz» y, mientras no tengamos esa luz, hacer las cosas lo mejor que podamos sin meternos en aventuras multimillonarias de patrocinio más que sospechoso.

Michael Crichton afirmaba que, muy probablemente, el siglo que viene no se utilizarán combustibles fósiles tanto si se prohíbe como si no y, de hecho, los mismos fabricantes de automóviles fabrican vehículos que cada vez contaminan menos al mismo tiempo que experimentan con combustibles alternativos. Lo mismo puede decirse de la industria nuclear y su intento de llegar a hacer la fusión comercialmente viable eliminando los riesgos de la fisión y los residuos de ésta. El reciclaje y la idea, afortunadamente ya muy extendida, de dejar tras de uno la menor cantidad posible de porquería también están ahí. Ésos son los caminos, con o sin Kyoto.

Las amenazas apocalípticas de calentamiento global suenan demasiado a las amenazas medievales de condenación eterna antes de pasar el platillo que, por mor de los tiempos, se ha transformado en un furgón blindado para poder pagar lo que exigen los modernos profetas apocalípticos.

Calentamiento global ¿realidad o ficción?

Un amigo me ha enviado a Facebook un video, colgado en Youtube, donde alguien explica por qué hay que actuar frente a la amenaza del calentamiento global (http://www.youtube.com/watch?v=bDsIFspVzfI )  . Después de ver los argumentos del video, le he enviado una respuesta que, ampliada, coloco aquí por si a alguien le puede interesar:

El video es un ejemplo de libro sobre cómo manipular argumentos. La idea central sería: Ante la duda, opta por la posibilidad que elimine el riesgo más elevado y, sobre el papel, parece correcta pero hay algunas cosas en contra:Puedes encontrar dos libros interesantes: «State of fear» de Michael Crichton y «The Politically Incorrect Guide to Global Warming and Environmentalism» de Christopher Horner que apuntan en sentido contrario en lo relativo al calentamiento global y dan argumentos bastante poderosos.Evidentemente, el guión del video es muy hábil en la manipulación porque siempre, incluso después de conocer los argumentos en sentido contrario, volvería al punto central: Sean los que sean los argumentos en contra, si hay un mínimo riesgo de que sea cierta toda la historia del calentamiento global (y de que es efecto de la actividad humana y se va a producir a muy corto plazo) hay que actuar como si fuera cierto.

Aquí, en España, los contrarios a la idea argumentan, entre otras cosas, que Al Gore fue vicepresidente de un gobierno que se negó a firmar el protocolo de Kyoto mientras que otros, incluso algunos que ponen en cuestión su actual prédica, sí lo firmaron.

Si utilizamos la misma línea argumental del personaje del vídeo y nos preguntamos «¿Qué es lo peor que puede ocurrir?» podríamos llegar a unas conclusiones distintas de las suyas: Que cualquier sujeto capaz de armar de modo más o menos coherente unas predicciones apocalípticas (sea el calentamiento global, sea el crecimiento de la población -Malthuse-, sea el ahora olvidado agujero de ozono o cualquier otra cosa -en la Edad Media habría sido la condenación eterna- ) tendrá todo el poder porque, como el apocalipsis es la peor opción, tenemos que seguirle todos.

La línea argumental del video nos lleva ahí: Estamos obligados a seguir a cualquier charlatán que haga previsiones apocalípticas y ésa, precisamente ésa, puede ser la peor opción real.

Por cierto, nadie me ha explicado por qué los mismos que hablan del calentamiento global se oponen a las centrales nucleares (que claramente limitan las emisiones de dióxido de carbono frente a otras modalidades), han demostrado unos registros de seguridad incomparables con los de otras actividades y -tema que se omite- la investigación actual está llevando a que en muy pocos años, la actividad, y por tanto la peligrosidad, de los residuos quede reducida a una cifra entre cinco y diez años. Eso, sin hablar de la tecnología de fusión que, cuando esté en uso comercial, no producirá ningún tipo de residuo.

¿Será, porque en realidad, se trata de posiciones políticas y el calentamiento global es la excusa de moda? No lo sé; es una simple hipótesis pero hay un elemento muy claro en favor de ella: Si se tratase de una defensa del medio ambiente y de la adopción de una postura prudente ¿no tendría sentido presionar en favor de la investigación y de la mejora tecnológica y de seguridad en las centrales nucleares en lugar de atacarlas? ¿Hay algún otro motivo por el que una persona medianamente informada pueda oponerse al único tipo de energía que hoy es capaz de proveer las necesidades actuales -cosa que no pueden hacer ni la solar ni la eólica- y además hacerlo con el menor impacto ambiental? Sólo se me ocurre uno: Lo que, desde un punto de vista exclusivamente ambiental, es absurdo puede quedar justificado cuando entran en juego posiciones políticas.

Una vez llegado ahí, surge la siguiente pregunta: ¿Es el calentamiento global una amenaza real o es el vehículo que quieren utilizar los políticos para aumentar su poder? ¿Sirve, en ese contexto, el argumento de prevenir la peor opción actuando como si fuera cierta aunque haya serias dudas al respecto?

No; lo siento pero no compro el argumento del «por si acaso» que puede ser utilizado por muchos sujetos sin escrúpulos como el nuevo apóstol del ecologismo Al Gore, no firmante de Kyoto, propietario de minas particularmente contaminantes y usuario habitual de jets privados mucho más contaminantes por pasajero y milla que un avión normal. De tales apóstoles no espero otra cosa que el deseo de medrar rentabilizando el miedo ajeno.

Sentencia del 11-M: La sombra de la comisión Warren

John Fitzgerald Kennedy fue asesinado hace ahora 45 años en Dallas. Su asesinato sigue, aún hoy, siendo una oscura historia. Su supuesto asesino, Lee Harvey Oswald, fue convenientemente asesinado mientras era trasladado por la policía por Jack Ruby http://www.spartacus.schoolnet.co.uk/JFKoswald3.jpg

La Comisión Warren estableció que todo estaba claro y que el autor tanto material como intelectual del asesinato era Lee Harvey Oswald, difícil de creer tanto por la dificultad técnica que implicaban los disparos como por el perfil del personaje. Hay que recordar que en la época de Kennedy, el FBI era un feudo absolutamente intocable donde J. Edgar Hoover había impuesto su ley y más de una vez se ha comentado la posibilidad de que nadie se atreviera a indagar por esa vía y, de hecho, continúan vivas diversas teorías sobre el origen del asesinato: http://es.wikipedia.org/wiki/Teor%C3%ADas_sobre_el_asesinato_de_Kennedy

Demasiados paralelismos con la sentencia del 11-M salvo, tal vez, la cantidad de payasadas que se pueden decir desde el ámbito político. La «teoría de la conspiración» puede existir pero también es un concepto que acabó siendo utilizado de forma extensa para rebatir sin rebatir, es decir, para rechazar todas las inconsistencias de la investigación sin necesidad de tener que razonar ese rechazo, es decir, simplemente mediante la atribución a la «teoría de la conspiración».

El tribunal, al igual que pudo ocurrir en la comisión Warren, ha podido tener miedo. Si alguien está cuestionando que determinadas unidades de la policía estén contaminadas, no es posible rechazar esa argumentación simplemente alegando que la «cadena de custodia» se mantiene y, basándose en eso, aceptar pruebas de difícil aceptación.

La sentencia establece el «quién», deja bastantes dudas en cuanto al «cómo» y deja una oscuridad absoluta en cuanto al «por qué». Al igual que es difícilmente creíble que un Lee Harvey Oswald, por sí solo, puede planear y ejecutar el asesinato de un presidente, es difícilmente creíble que los personajes que han sido condenados como autores materiales tengan la capacidad para planificar una obra de orfebrería criminal como la que representó el 11M.

Del mismo modo que el concepto de «teoría de la conspiración» se ha utilizado como sello para rechazar sin rebatir, el de «autor intelectual» lleva el mismo camino. Se dice que puede no existir tal «autor intelectual» desde las posiciones próximas al poder pero, al hacerlo así, les están atribuyendo a los condenados como autores materiales unas capacidades que están muy lejos de haber mostrado en ningún momento.

Por otro lado, en la arena política y fieles a su costumbre, no paran de decir tonterías: Del «repita conmigo que no ha sido la ETA» al «repita conmigo que no ha sido Irak». Vamos a ver, panda de…políticos: Tratar de convencer a alguien de que los sujetos condenados -uno de ellos en tratamiento por esquizofrenia- han sido capaces de planear esto es bastante difícil, salvo que ese alguien tenga la motivación y la capacidad intelectual de un conocido político que de vez en cuando nos deleita con sus «corrutos» y sus «ojetivos».

Es entendible que algunos políticos, incluso algunos situados en muy altas posiciones, puedan pensar que «si siendo como soy, he llegado donde he llegado, cualquiera puede hacer cualquier cosa» pero esa lógica no funciona cuando se trata de planificar y organizar algo tan complejo como el 11-M.

Si aceptamos que tiene que haber detrás alguien de mucho más peso y con mucha más capacidad para organizar una masacre y no sabemos quién fue ¿cómo sabemos que no fue ETA? ¿cómo sabemos que no fue Irak? Si no sabemos quién fue, no sabemos por qué fue y, por supuesto, mejor que no pensemos en el cui prodest? porque eso nos llevaría por los derroteros del golpismo y, hoy por hoy, resulta difícil de aceptar.

Como decía el periódico «El Mundo» en su editorial, la sentencia del 11M es «el fin del principio» pero no sabemos donde puede estar «el fin del fin». 45 años han pasado desde el asesinato de Kennedy y ahí sigue el caso.

Veinticinco años de triunfo socialista y memoria histórica

 Felipe González, el primer presidente socialista tras la restauración de la democracia en España, dijo que, con la perspectiva del tiempo, su gobierno sería recordado como el más limpio de la historia española. Se equivocó.

Es cierto que la perspectiva del tiempo y la actuación del sucesor en el puesto de su mismo partido ha llevado a que se revisen algunos elementos pero, desde luego, la corrupción resultó ser la marca de los sucesivos gobiernos de González, especialmente de los últimos sin que ello quite algunos elementos positivos claves.

La corrupción con mayúsculas comenzaría muy temprano, con el caso Rumasa, y la reprivatización del grupo empresarial expropiado con un tremendo coste para las arcas estatales y con unos criterios para la asignación de activos más que discutibles. El tardofelipismo nos traería cosas como la implicación en la corrupción de ministros, del gobernador del Banco de España, del director general de la Guardia Civil, de las directoras del Boletín Oficial del Estado y de la Cruz Roja, el nombramiento de un fiscal general del Estado ilegal, el favorecimiento de un empresario para que construyera un monopolio virtual de medios de comunicación….en suma, se instauró un “todo vale” donde, cuando se encontraba a alguien robando, bastaba con negarlo y no se producía ninguna consecuencia.

Como también ocurría con Franco, sus partidarios decían que Felipe González no era corrupto pero se había rodeado de malas compañías. Es posible que así fuera pero entrar en esas disquisiciones es algo así como preocuparse por la virginidad de la dueña del prostíbulo. Normalmente, ése será un detalle que no le importe a nadie.

Ése es el gran apartado de sombras y, en contra de lo manifestado por González, ninguna perspectiva temporal podrá llevar a recordar sus gobiernos como limpios. De hecho, hay quien también le acusa de crimen de Estado por el episodio de los GAL. Curiosamente, éste es también un asunto más de corrupción que de crimen de Estado. En una época en que Francia entendía que ETA era un problema exclusivamente español y permitía que sus asesinos residiesen allí haciendo breves escapadas a España para asesinar y regresar a la seguridad de Francia, poco podía hacerse desde España dentro del más estricto respeto a las normas.

Muchos españoles habrían perdonado a González si hubiera adoptado una postura del estilo de Thatcher en su enfrentamiento con el terrorismo norirlandés y, como ella, hubiera dicho “He sido yo”. En lugar de eso, optó por esconderse y una operación policial oculta se convirtió en un episodio de corrupción sin límites y hasta de asesinato de algunas personas inocentes.

Sobre la economía, poco que decir que no se sepa. Carlos Solchaga ejerció como aprendiz de brujo y llegó a manifestar que España era el país más adecuado para hacerse rico más rápidamente. Omitió, eso sí, que era condición indispensable ser amigo del Gobierno y con ello volvemos al problema de la corrupción. En las elecciones que finalmente perdieron, buscaron el voto del miedo y dijeron que sus antagonistas no iban a pagar las pensiones. Bien sabían de qué hablaban ya que, además de no cumplir ninguno de los requisitos para entrar en el euro, las arcas del Estado estaban tan vacías que el siguiente Gobierno tuvo que pedir ayuda a los Bancos para poder pagar las pensiones. Por cierto, el ministro de Hacienda de ese momento era el mismo que en la actualidad, bajo la segunda época socialista. No parece necesario entrar en temas como las sucesivas devaluaciones de la moneda ni el aumento del desempleo ya que son consecuencias de todo lo anterior.

Nada de todo esto puede cambiarlo ni ser olvidado por ninguna perspectiva temporal. Sin embargo, hay también puntos positivos que hay que hacer notar: En primer lugar, el hecho de que un gobierno socialista pudiera llegar a ser real tras el proceso de transición fue la prueba del nueve de ese proceso de transición: El hecho mismo indicaba que la transición había sido real y que no se había tratado de un maquillaje, de un cambiar algo para que nada cambie. La autenticidad del proceso de transición de 1977 quedó certificada con el hecho de que en 1982 el Partido Socialista pudiera llegar al poder.

Felipe González participó en primera persona en el proceso de transición y, posiblemente por ello, también la asumió en primera persona. No intentó traer ningún modelo de revolución socialista sino que, muy al contrario, estableció formalmente la renuncia de su partido al marxismo. Fue consciente del papel que España debía tener en las alianzas políticas y militares internacionales y, aunque el pésimo sistema electoral español, con su generación de minorías con capacidad de bloqueo, le obligó a pactos con los nacionalistas, mantuvo un sentido de Estado en esos pactos.

Por último, y probablemente por haber sido uno de los protagonistas del proceso de transición, no intentó abrir las tumbas de la guerra civil ni reescribir la historia.

En el día en que escribo estas líneas, se ha beatificado a casi 500 personas como víctimas de la persecución religiosa en la época de la preguerra y guerra civil española. Algunos intentan ver esto como una respuesta de la Iglesia a la torpe e inoportuna ley de memoria histórica que un gobierno socialista con mucha menor capacidad y amplitud de miras que la exhibida por sus antecesores trata de imponer.

Es legítimo que la Iglesia se fije en el aspecto de persecución religiosa e ignore otros. Sin embargo, no es menos cierto que todas las persecuciones religiosas, incluidas las de los mártires de las primeras épocas del cristianismo, tenían un importante componente político y donde la lucha por el poder tenía mucho que ver. Quien ejerce la persecución religiosa siempre lo hace porque considera la militancia en determinado culto como un elemento contrario a su poder.

La España del Frente Popular no fue una excepción a este principio y veía la religiosidad católica como un síntoma de derechismo y, como consecuencia, podía fusilar a alguien por el mero hecho de asistir a misa. La Iglesia prefiere omitir esa relación entre la religión y la política y habla exclusivamente de persecución religiosa. Por otro lado, la Iglesia española alega que la fecha de la beatificación no tiene relación alguna con la ya famosa ley de la memoria histórica. Es posible que así sea aunque difícil de creer y, en cualquier caso, surge una pregunta muy simple: ¿Y qué?

¿Alguien ha sido tan iluso y tan sectario que ha pensado que al reabrir la mitad de las fosas de la guerra civil iba a poder impedir que le escupieran a la cara con la otra mitad? Eso es exactamente lo que está ocurriendo.

Cuando se quitó de su emplazamiento la última estatua de Franco que quedaba en Madrid, probablemente es mucha la gente a la que le pareció bien. Sin embargo, las circunstancias en que esa retirada se produjo dejaron claro el sectarismo que había debajo de la medida: A pocos metros de esa estatua, había otras de dos personajes que tuvieron un papel clave en la guerra civil: Indalecio Prieto y Largo Caballero. ¿Por qué no desaparecieron ésas también? Por añadidura, el que esa retirada se produjera como fin de fiesta del cumpleaños de Santiago Carrillo, si no artífice al menos consentidor de los crímenes de guerra de Paracuellos del Jarama, dice mucho de la intención.

La excusa de una ley que busca gresca entre los españoles es que las víctimas republicanas no habían recibido el homenaje que merecían como sí lo habían hecho las del bando vencedor. Falso de toda falsedad.

Los que hemos vivido, aunque sea en la infancia y la adolescencia, el tardofranquismo hemos recibido una visión de la historia que habrían firmado los autores de la conflictiva ley. Historiadores españoles como Ricardo de la Cierva eran sencillamente ignorados en el final de la época franquista porque, sabiendo que eran partidarios del régimen en el poder, para leer sus excelencias, mejor poner la televisión y ver el telediario o ir al cine y ver el No-Do.

Episodios como el mencionado de Paracuellos quedaron como un lugar común de los miembros de la extrema derecha sin que hubiera un interés auténtico por saber qué pasó allí realmente y si era un lance más de la guerra o un asesinato masivo. Ni que decir tiene que Ricardo de la Cierva le dedicó toda su atención; no en vano, uno de los miles de asesinados allí fue su padre.

Ésta era la situación en el final del franquismo. Aunque se diga que la historia la escriben los vencedores, en España, los vencedores ponían las placas conmemorativas y los nombres de las calles pero la historia que se leía era la escrita por los vencidos en la guerra civil. Los textos escolares que hablaban de «Cruzada de Liberación Nacional» o «Glorioso Alzamiento Nacional» eran leidos con sorna y los profesores procuraban no llegar a esas lecciones en el programa para evitar compromisos.

Buscábamos -y conseguíamos- libros de autores contrarios al régimen. Muchos leimos antes a Tuñón de Lara, Paul Preston e incluso a la hagiógrafa de Fidel Castro, Marta Harnecker, que a De la Cierva, Hugh Thomas o Stanley Payne por no hablar de George Orwell o Burnett Bolloten.

Sólo mucho después de muerto Franco, algunos empezamos a interesarnos por esos otros autores que no nos vendían la época republicana como días de vino y rosas ni la guerra como un mero alzamiento fascista contra un gobierno legítimo.

El gobierno socialista cuyos veinticinco años de la llegada al poder se celebran estos días entendió todo eso y ése es uno de los principales servicios que produjo: Dar por concluido el enfrentamiento entre españoles de uno y otro bando.

Por el contrario, el gobierno socialista salido de unas urnas tres días después de una masacre eficazmente instrumentada desde un punto de vista propagandístico no tiene esa capacidad. En lugar de fundar su legitimidad en unas elecciones y en un proceso de transición, trata de liquidar esa transición e intenta vender una versión mitificada de la segunda república española de la que se pretenden continuadores.

El intento, además de peligroso por reabrir viejos enfrentamientos, muestra la inconsciencia y el sectarismo de quienes lo patrocinan. Los gobiernos de Felipe González pudieron tener muchas sombras pero no las tuvieron en ese terreno donde pueden mostrar una hoja de servicios intachable; hubo quien los llamó, despectiva e injustamente, “gobierno de PNNs1” y, de hecho, si se siguen los mismos criterios, al actual habría que denominarlo “gobierno de fracasados escolares”.

Sólo así pueden explicarse aventuras como la actual. Una ley que pretende reescribir una historia que una mayoría de españoles, fuera cual fuere su bando, quiere que se vaya sedimentando y que forme parte del pasado y no del futuro no puede conseguir nada bueno. En el mejor de los casos, un sonoro fracaso; en el peor, reabrir enfrentamientos felizmente olvidados por todos, incluyendo en ese «todos» a los socialistas que, en el proceso de transición, mostraron una racionalidad y una altura de miras que les son ajenas a sus actuales dirigentes.

 

 

 

1Profesores No Numerarios, es decir, profesores universitarios que no tenían la plaza en propiedad y ejercían como una especie de meritorios de la enseñanza universitaria.

Radares y otros instrumentos recaudatorios

Seamos claros: Si realmente se quisiera limitar la velocidad, se empezaría por obligarnos a todos a llevar tacógrafo y por prohibir la venta de coches que puedan doblar holgadamente la velocidad permitida.

Los radares han acabado siendo un mero instrumento recaudatorio llegando a situaciones tan absurdas como indeseables. ¿Verdaderamente alguien puede creer que una limitación a 120 kms./h. en autopista es razonable? La experiencia alemana dice que no…y la experiencia alemana se puede mejorar.

Bastaría con poner una limitación de velocidad más elevada pero, al mismo tiempo, poner una velocidad mínima razonable (al estilo americano, donde es frecuente encontrar carreteras con un límite bajo de 45 y un límite alto de 55 mph.). También la experiencia americana se puede mejorar con unos límites más razonables y más separados (por ejemplo, entre 100 y 150 kms./h.), velocidades razonables ambas para una autopista, por mucho que la publicidad nos diga en tono apocalíptico que a 150 no se salva nadie.

Es cierto que a 150 no se salva nadie (a 120 tampoco); incluso da la casualidad de que me ha tocado intervenir en un accidente mortal a unos 60 kms./h. ¿Vamos a limitar la velocidad a 60 kms./h. por ello? Entre falacias y demagogias, es fácil olvidarse de que el riesgo se define como gravedad/probabilidad y en una carretera buena, con un vehículo adecuado, un conductor en condiciones y una meteorología que no añada ningún peligro, la probabilidad de estrellarse contra algo a 150 es muy baja…especialmente, si por esa misma carretera no se permite circular a cosechadoras o similares a 20 kms./h.

Éste es el absurdo. La parte indeseable es otra: Las autopistas -es decir, las carreteras con muy bajo riesgo- tienen múltiples sitios donde esconder un radar, desde vehículos en la mediana hasta casetas camufladas pasando por paneles, setos, etc. Ante ese hecho, la mayoría acaba optando por una de dos: O instala un detector de radares por muy prohibido que esté o lleva el vehículo programado para circular a 130 kms./h. y, de esta manera, quedar justo por debajo del punto donde salta el radar.

Claro; esto no ocurre en carreteras que, estando bien tanto de asfalto como de trazado, son de doble vía -y por ello más peligrosas- pero donde es mucho más difícil esconder un radar. Consecuencia: Cuando alguien tiene mucha prisa, acaba prefiriendo este tipo de carreteras a las autopistas porque es en éstas donde puede circular por encima de 160 o 170 con menor riesgo de ser cazado.

Ésta es la contribución de los radares: Promover una falsa por estúpida prudencia en los sitios donde se sabe que están y se podría circular más rápido sin riesgo y, al mismo tiempo, convertir en circuitos de carreras las carreteras que, siendo más peligrosas, impiden por su trazado esconder un radar en ellas.

O alguien es muy estúpido -cosa que no descarto- o, simplemente, los radares y, por extensión, la Guardia Civil de Tráfico, deberían pasar a depender del Ministerio de Hacienda. Insisto en el primer punto: Si realmente se quisiera evitar que se circulase más rápido de lo permitido, se podría; si no se hace, es porque interesa más recaudar por vía multa.

NOTA.- Este post no obedece a ninguna multa reciente que me hayan puesto sino a la observación de que bastantes coches me adelantan en una carretera de doble sentido en la que yo mismo voy bastante por encima de la velocidad permitida. Esto no ocurre en las autopistas (y eso es lo absurdo).