Huelgas pactadas y modelo sindical español

Por mucho que se quiera, es difícil de tomar en serio una huelga cuando sus promotores van de la mano de aquél que, supuestamente, tendría que ser el más afectado por ella. Llegar al extremo de «¿cuándo te viene mejor la huelga, José Luis?» y aplazarla para evitar la coincidencia con la presidencia de la Unión Europea, coincidencia expresamente buscada cuando el partido en el poder era menos amigo, es algo que deja en evidencia un hecho conocido: Que los grandes sindicatos son correas de transmisión de algunos partidos políticos y que no tienen entidad propia

Friedrich Hayek en su «Camino de servidumbre», lectura que sería de gran interés en «Educación para la ciudadanía» junto con algunas otras, comentaba cómo el nazismo apareció en Alemania no como el aliado díscolo de la burguesía o de los grandes capitalistas sino como consecuencia del descrédito de los sindicatos en una situación de desempleo extremo: La gente desesperada acabó por ver a los sindicalistas y a aquéllos a los que éstos defendían -los que tenían un trabajo seguro en las grandes empresas- como una especie de élite con la que ellos no tenían nada que ver y acabaron cayendo en lo que creyeron que era una alternativa: El nazismo no nació en la puerta de servicio de las grandes mansiones sino en los barrios de chabolas.

¿Difiere mucho ese punto de vista del que hoy puede tener un trabajador parado o con empleo precario respecto de los cientos de miles de liberados que, a diferencia de él, no van a ver ni un euro descontado de su nómina por sumarse a la huelga? Las clases sindical y política, cuando van de la mano, inevitablemente consiguen una completa desafección por parte de amplias capas de la población y sólo falta que aparezca quien pueda presentarse como salvador para que se vuelva a vivir una historia conocida. De momento, los mecanismos de protección aguantan ¿hasta cuándo? La demagogia de bajo estilo, común a ambos lados del Atlántico, de «subirles los impuestos a los ricos» no funciona, especialmente de cara a aquéllos que jamás pensaron que se les pudiera aplicar la etiqueta de «ricos» pero se les suben igualmente los impuestos. No es éste un recurso que no tenga limitaciones porque, si se abusa de él, los principales contribuyentes simplemente se van o no vienen y tampoco se puede dejar en la cuneta a los que han caído en ella por diversos motivos, entre ellos, la propia pasividad o peor: El derroche a manos llenas y la toma de medidas contraproducentes.

Quizás la clase política y sindical española se siente muy tranquila jugando a su particular «Monopoly» pero son cada vez más los que abandonan la mesa de juego y no les interesa una partida que parece no ir con ellos. Con su forma de actuar, están incurriendo o, mas propiamente, haciendo incurrir a otros en un riesgo que creíamos desaparecido. Alguien puede pensar que éstos son otros tiempos pero es mejor que no se engañen: No hay ningún viento de la historia ni ninguna ley inexorable que imponga que mañana vayamos a ser más libres y tener una situación más justa que la de hoy. La libertad y su derivada, la justicia, son cosas a ganar todos los días y las acciones de cara a la galería no contribuyen a su defensa sino a ahondar en una división ya claramente visible: Cuando es difícil salir de un sitio, la persona prudente no se mete en él o, si se quiere en términos más formales, las barreras de salida lo son también de entrada: ¿Qué opinión le merece al parado de larga duración una defensa numantina de las condiciones de despido cuando sabe que éstas pueden estar entre los factores que hacen más difíciles su contratación? Cuando se habla de defensa de «los trabajadores» ¿se refieren sólo a los que tienen un trabajo fijo? Tal vez los que no lo tienen no se ven muy representados por lo que se dice bajo ese capítulo.

Cuando se legalizaron los sindicatos, todos los gobiernos han sentido la necesidad de tener un interlocutor enfrente, aunque tuvieran que inventarle la representatividad y, por supuesto, esto vale tanto para patronal como para sindicatos. Como consecuencia, se convirtieron en una especie de Reyes Magos trayendo desde el primer momento premios multimillonarios en forma de devolución de patrimonio sindical incluso a sindicatos que no existían cuando tal patrimonio fue incautado o de subvenciones de todo tipo. Por añadidura, han sido agraciados otorgándoles una representatividad de la que carecen tanto si se atiende a los niveles de afiliación como a los de votaciones en determinados sectores en que, a pesar de su prácticamente nula representatividad cualquiera que sea el criterio, acuden a la mesa de negociaciones gracias al B.O.E.

La prisa de los sucesivos gobiernos por tener alguien con quien acordar lo que sea ha impedido que se desarrollase un movimiento sindical real, no politizado y no dirigido desde el poder político. Los pocos sindicatos profesionales que responden a ese modelo han sido tratados con recelo y se les han puesto todas las zancadillas posibles desde el poder. Al final, ese modelo de funcionamiento ha conducido a que los mayores sindicatos dependan económicamente del Estado para su subsistencia con las consecuencias ya vistas tanto en forma de docilidad como de rebeldías impostadas. Los casi cinco o más de cinco millones de parados, según quien haga las cuentas, se ven totalmente ajenos a esa fiesta que no es la suya.

Puede haber motivos para protestar pero ¿tienen legitimidad para hacerlo quienes quieren ejercer como abanderados de la protesta teniendo en cuenta su propia posición y cómo la  han vaciado de contenido? Las posturas anunciadas, especialmente en Madrid por si se tenía dudas sobre el carácter político del asunto, y la esperable pasividad gubernamental ante los piquetes «informativos» dejan claro que se requiere una renovación total no sólo de políticos y sindicalistas sino de modelos políticos y sindicales. Ni la izquierda tiene la representatividad que pretende arrogarse de los trabajadores ni la derecha la tiene del gran capital. Los comportamientos de unos y otros son calcados y parece que hemos llegado al extremo de que sólo se representan a sí mismos. La situación a la que se ha llegado es, además de indignante, peligrosa pero parece que algunos quieren seguir en su «Monopoly».

Stephen King .vs. Marcial Lafuente

Dos escritores de éxito sin ningún punto en común:

Después de leer muchas obras de Stephen King, acabo de entender, al menos parcialmente, al autor. Stephen King tiene algunas obras de terror magníficas entras las que, al menos en mi opinión, destaca de forma especial El resplandor y hay otras obras como It en las que más bien parece que al bueno de Stephen King se le ha fundido algún fusible; sin embargo, hasta hace muy poco, siempre había creído que sus obras eran fantasía de principio a fin. ¿Cómo pensar, por ejemplo, en un hotel del tamaño del Overlook que cierra durante todo el invierno quedando totalmente aislado y en manos de un guarda sin más contacto que una radio? Cuando se ve un sitio como el de la imagen, lugar donde se firmaron los acuerdos de Bretton Woods, y otros parecidos que pueden encontrarse en la zona de White Mountains se acaba concluyendo que, a lo mejor, después de todo es posible.

Algo parecido ocurre con estas historias donde predomina el aislamiento en mitad de una tormenta invernal. Una visita a la zona norte de Massachusetts o a Maine mostrará unas playas inmensas que, en pleno verano, tienen un aspecto invernizo y que hacen pensar en cómo será el invierno para la gente que permanezca ahí. No digamos para los que, en lugar de estar al lado del mar, deciden quedarse a vivir en medio de un bosque posiblemente a kilómetros del vecino más cercano. En España, las descripciones de lugares y paisajes de Stephen King lo máximo que nos sugieren es un refugio de montaña o uno de los pocos fareros que quedan que, además, esté solo en el faro y en una isla pequeña; sin embargo, esas situaciones perfectamente descritas existen y, además, en gran cantidad.

Quien haya visto la película Kojanisqatsi de Coppola probablemente se habrá hecho una idea de Estados Unidos como país-colmena donde la gente vive hacinada. Nada más lejos que la realidad y, de hecho, lo que hace tan profunda la llamada huella ecológica del americano medio es ese estilo de vida aislado que practican bastantes millones entre ellos y que implica llevar todo tipo de servicios a lugares muy aislados y que, en sitios donde el clima es duro como la parte norte de la costa oriental -zona en la que ambienta la mayoría de sus novelas Stephen King- da lugar a situaciones de aislamiento total que no provienen de la fantasía del autor. Son meramente descriptivas.

Frente a un autor que describe lo que ve y, sobre esa base prepara una historia de terror fantástica,  tenemos otro autor de gran éxito que llevaba a gala preparar una novela en media hora: Marcial Lafuente. Entre los forofos de Marcial Lafuente, éste era EL autor de novelas del Oeste ejerciendo los demás de meros sucedáneos. La idea de preparar una novela en media hora puede sorprender a cualquiera que no haya leído una de sus novelas; de hecho, si los procesadores de textos hubieran funcionado cuando Marcial Lafuente escribía novela tras novela, cabría pensar que una novela le podía suponer unos cinco minutos.

Sus «buenos» siempre extrañamente altos (seis pies y algunas pulgadas) y desgarbados, con unos caballos igualmente altos y desgarbados pero que, a la hora de la verdad, se mostraban ambos, caballo y jinete, como los más fuertes y veloces del Universo, siempre se encontraban con unos malos con unas características tan parecidas que bastaba con cambiar nombres y lugares para hacer una novela distinta. Había variantes de un bueno, dos buenos y, en algún caso excepcional, tres. Siempre les buscaba pareja que, habitualmente, era la hija redimida del malo aunque, si alguna vez se le iba la mano y le sobraba una hembra, la reconvertía de nuevo en mala y se acabó. Los teóricos de las novelas dicen que siempre hay un planteamiento, un nudo y un desenlace pero, por lo que se ve, los teóricos de las novelas no habían leído a Marcial Lafuente para saber que es posible hacer una novela que sólo tiene desenlace…desde la primera página.

En ningún momento hay la menor duda sobre quién va a ganar la partida; los malos no tienen el menor margen sino que, en el momento en que aparece el bueno, empieza a repartir estopa y así sigue hasta que termina la novela y no queda un solo malo vivo, salvo que se haya reconvertido previamente. Quizás ése era el principal atractivo de Marcial Lafuente: Un oasis donde el bueno siempre ganaba -y además, se sabía desde el principio que iba a ganar- por goleada. ¿Las novelas eran repetitivas?…¿Qué más da? Incluso Serrat en su «Romance de Curro el Palmo» le dedica una estrofa.

Probablemente todavía hay mucha gente que tiene una idea de Estados Unidos a caballo entre el «Kojanisqatsi» de Coppola y las novelas de Marcial Lafuente, al natural o en sus versiones tipo «Rambo», que no deja de ser una novela del Oeste con anabolizantes y explosiones. Sin embargo, es falso. La versión buena es la de Stephen King.

La vuelta a la edad de piedra en economía

Me envía un amigo este vínculo Propuesta británica para los Bancos y lo primero que se me ocurre pensar es que, para evitar crisis financieras, alguien ha decidido que lo mejor es volver a la edad de piedra. Llama bastante la atención que más del 70% de los británicos piensen que el Banco guarda su dinero en un calcetín en lugar de funcionar, como lo hacen, apoyándose en la ley de los grandes números y prestar un dinero que el cliente que lo deposita puede reclamar en cualquier momento.

Si alguien hace una propuesta de este tipo, es decir que los Bancos tengan el dinero que reciben y no lo presten o lo inviertan, creo que debería sacar consecuencias y extender esa política no sólo al dinero de los ahorros sino al que lleva en el bolsillo. ¿Está seguro de que los papeles e incluso las monedas que lleva valen lo que alguien dice que valen? En tiempos pretéritos, cuando la emisión de moneda presuponía un soporte de reservas en oro, todo era cuestión de fiarse del depositario pero cuando se empezó a tener las reservas en divisas ¿no es eso una gigantesca rueda de talones? ¿qué pasaría si, al igual que se les exige a las sociedades, alguien pidiera las cuentas consolidadadas de todos los Estados del mundo con sus reservas correspondientes?

La medida es prudente pero, si además se quiere mantener la coherencia, hay que extender la exigencia a los Estados de forma que el dinero que tengamos en el bolsillo no «represente» un valor sino que «sea» ese mismo valor. Naturalmente, a partir de ahí la posibilidad de transacciones electrónicas, dinero de plástico, etc. desaparecería.

Al final, el problema es muy sencillo y, si lo sacamos del ámbito monetario, lo podemos reducir a un asunto de relaciones entre símbolos y las cosas que éstos representan. La ruptura de la cadena de relaciones, cada vez más compleja, entre el símbolo y lo que éste representa puede causar unas crisis enormes y es necesario garantizar esa integridad en todas sus etapas. Hasta ahí, de acuerdo. Sin embargo, evitar esa ruptura por vía «heroica», es decir, haciendo desaparecer el símbolo y quedándonos con la cosa tangible, puede limitar las crisis y evitar que se extiendan como un reguero de pólvora. La contrapartida de esto es que mata la circulación del dinero, si es que el dinero existe tal como lo conocemos ahora, y eso puede provocar una crisis mucho mayor que la que se trata de evitar.

Freakonomics o cómo hacer una película horrible de un buen libro

Freakonomics es un libro que me gustó mucho tanto por los principios que ilustra como por los ejemplos que utiliza y las conclusiones que permite sacar a cualquier interesado en el comportamiento humano. Hace unos días, encontré que los autores habían hecho también una película y, animado por el libro, se me ocurrió verla aunque tengo que matizar que a mitad de la película estaba dando cabezadas porque resultó ser el perfecto somnífero.

Utiliza algunos de los ejemplos mucho mejor ilustrados en el libro con el recurso de algunas secuencias de dibujos animados sin demasiada gracia y los autores apareciendo con bastante frecuencia y comentando de palabra -por cierto, no muy fáciles de entender ni por velocidad ni por dicción- lo mismo que habían escrito en el libro.

Por añadidura, lo único que aportaron original sobre el libro ocupa aproximadamente el tercio final de la película y es un experimento mal hecho. Ponían a prueba cuál era el efecto sobre estudiantes de secundaria de utilizar premios condicionados al rendimiento académico y extraían sus conclusiones. Freakonomics es un buen libro que utiliza conceptos económicos que serían muy interesantes de leer para muchos psicólogos y, en general, para todo aquél a quien le interese el comportamiento humano pero, a pesar de que los autores hayan aportado puntos originales, su formación no es de psicólogos y, en consecuencia, se les han escapado puntos que cualquier estudiante de primer año de Psicología conoce: Los experimentos de Elton Mayo en Hawthorne.

Elton Mayo quiso mostrar el efecto de la iluminación sobre el rendimiento y el diseño de su experimento introdujo una variable extraña que resultó ser crucial y explicar unos resultados enloquecedores: El efecto que tenía la relación con el sujeto del experimento. En el experimento de la película caen en lo mismo: Los sujetos del experimento disfrutan de un grado de atención que probablemente está muy por encima del accesible a otros estudiantes de su mismo nivel, y algunas secuencias de la película así lo muestran, por lo que es bastante difícil saber qué es lo que está produciendo los resultados, si la expectativa de refuerzo o la atención prestada durante el proceso.

En suma, película decepcionante donde las haya. No recordaba haber visto una adaptación peor de un libro a una película desde El resplandor, película de terror con versión española doblada nada menos que por Verónica Forqué…y eso porque Gracita Morales ya no estaba en este mundo.

«Walden» de Thoreau

Leí Walden hace bastantes años y me resultó uno de los libros más aburridos que haya caído en mis manos. Después de haber leído Walden Dos de Skinner, leer el Walden primario era casi una obligación. Para resumirlo, el libro era una especie de mezcla entre una utopía y una lista de la compra y, siendo sincero, hoy no lo habría acabado. En aquel momento todavía me consideraba con la obligación moral de acabar un libro que empezaba mientras que hoy puedo admitir que un libro me ha engañado en el precio y, por tanto, no le voy a regalar además un tiempo que no merece. Por eso lo acabé entonces y por eso no lo habría acabado hoy.

En rigor, Walden no puede ser considerado una utopía ya que está basado en una experiencia del propio Thoreau que vivió durante un par de años en una cabaña de madera en un paisaje paradisíaco aunque pasar dos inviernos allí es algo que tiene su mérito. Tampoco Thoreau era exactamente un ermitaño sino que, de cuando en cuando, se iba a comprar a la cercana ciudad de Concord, probablemente uno de los sitios con más historia en la relativamente corta vida de Estados Unidos.

En Concord, además de los primeros disparos de la guerra que finalizaría con la independencia, coincidieron en ese mismo tiempo y lugar personajes como el propio Thoreau, Ralph Waldo Emerson y Louisa May Alcott, autora de Mujercitas. Los dos primeros pueden entroncar con el llamado socialismo utópico en Europa y la tercera con el feminismo posterior. Thoreau además podría considerarse con justicia uno de los primeros ecologistas con permiso de Fray Luis de León y su qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido y de Virgilio con sus Bucólicas al que Dante acabaría metiendo nada menos que como guía en su infierno. ¡Hay que tener mala baba! 🙂

Thoreau, además, refleja perfectamente el intento de autosuficiencia tan extendido entre los norteamericanos aunque en Walden lo justifica siempre con motivos económicos y de ahí la apariencia de lista de la compra de buena parte del libro. Thoreau y su libro han permanecido como un icono dentro del imaginario de la izquierda norteamericana; el Walden Pond, lugar donde se instaló es hoy un parque perfectamente conservado donde tienen una reproducción de su cabaña y -paradojas de la vida- es constantemente sobrevolado por jets privados yendo y viniendo del cercano aeropuerto local de Concord.

Las casas de Ralph Waldo Emerson y de Louisa May Alcott se conservan y se visitan. No parece que fueran de los más pobres del lugar. La oda a la vida sencilla de Thoreau, con su nota de gastos incluida, sigue siendo alabada pero tan poco imitada hoy como en su tiempo: Tiene muchos más admiradores que imitadores y no deja de ser paradójico el sobrevuelo de la cabaña por los más ricos del lugar.

Spanair en versión Telecinco

Un amigo me ha enviado el vínculo Internet al primer episodio de Telecinco sobre el caso Spanair y la sensación producida se puede resumir en dos palabras: Sensacionalismo y asco.

El formato del programa ya hacía temer eso. Lo que hoy se sabe públicamente del caso Spanair es suficiente para hacer un excelente documental, al igual que los hay de casos como el de Los Rodeos. Cuando, en lugar de eso, alguien se empeña en hacer una serie, parece bastante claro que lo que menos le interesa es la información.

Es frecuente que se digan tonterías en el ámbito de la aviación, y en muchos otros, y no sé si Telecinco habrá contado con la valiosa ayuda de quien informó -es un decir- inmediatamente después del accidente de que al parecer éste se produjo por un incendio en uno de los motores del ala izquierda del avión.

Los periodistas no pueden saber de todo pero es difícilmente disculpable que no se molestasen en ver imágenes -hay miles en Internet- del tipo de avión para saber que no tiene NINGÚN motor en las alas. Tampoco es disculpable que unas semanas después se publicase una doble página diciendo que un avión tardaba 7 segundos en despegar. Pase que no tengan ni idea pero, al parecer, tampoco tenían reloj y por tanto no sabían que muy raramente un avión de pasajeros pequeño tarda menos de 30 segundos en despegar mientras que uno grande y cargado puede rondar el minuto. ¿Son ésos los informadores con que ha contado Telecinco o directamente se ha dedicado al lanzamiento de basura lacrimógena?

Lo peor de todo no es eso: A estas alturas hay dos amplios informes de la Comisión de Investigación con los que incluso es legítimo no estar de acuerdo: Se puede no estar de acuerdo con el énfasis o la importancia que se les da a las distintas variables; se puede también legítimamente pensar que se han omitido elementos importantes pero hay dos cosas que son claves:

1- Por mucho que Telecinco en su primer programa diga querer intentar reproducir el estado de confusión en un momento en que no se sabía nada, está claro que cuando prepararon la serie SÍ sabían qué era lo que había fallado y había producido el accidente.

2- Las distintas variables que aparecen tocadas en un tono siniestro-conspirativo en el primer programa están tratadas en los informes oficiales y no tuvieron nada que ver…salvo que en un ejercicio de profetizar el pasado ahora salga alguien diciendo que si el avión hubiera ido vacío, hubiera tenido un viento de cara de 50 nudos y Spanair no hubiera estado en una mala situación económica, a lo mejor habían tenido más posibilidades de evitar el accidente. Si ése es el planteamiento, se puede replicar con el dicho castizo de “y si mi padre tuviera ruedas, no sería mi padre sino un tranvía”.

Claramente, el formato del programa no es el adecuado si se tiene un minimo respeto por la verdad pero, incluso siendo el formato inadecuado, es posible tratar de reproducir los momentos de confusión iniciales e incluso barajar las hipótesis iniciales pero, cuando se sabe positivamente que una hipótesis inicial no tuvo nada que ver con las causas reales del accidente, sacarla incluyendo comentarios conspirativos siempre en la línea de “todo por la pela” no es de recibo.

Esto nunca debió salir adelante, ni por respeto a las víctimas ni, sobre todo, por respeto a la verdad salvo que todo sea una cortina de humo y se pretenda otra cosa: Seguramente muchos recordarán como, tras el accidente, hubo toda una historia de filtraciones interesadas en soltar porquería sobre Spanair. Los hechos parecen haber confirmado que todo obedecía a un propósito: El de que alguien, con amigos en el poder, se hiciese con Spanair al precio más bajo posible. Cuando esto sucedió, misteriosamente desaparecieron las filtraciones.¿Responde la serie de Telecinco a algún objetivo de tipo político como en su día lo fueron las filtraciones?

Ryanair strikes again

El gran jefe de Ryanair, Michael O’Leary, no para: Cuando no amenaza por cobrar con utilizar el lavabo, habla de fórmulas que permitan que el pasajero viaje de pie para poder cargar más el avión. La última por el momento es su idea de suprimir al copiloto porque, según O’Leary, lo hace todo el ordenador y, al fin y al cabo, ya hay trenes automáticos.

El usuario medio pensará que esto no es de su incumbencia porque, en último caso, le basta con no volar con Ryanair pero, lamentablemente, el usuario medio se equivoca: Si una medida de este tipo se autoriza -y no nos engañemos, algunas compañías están ya muy cerca de eso utilizando copilotos con unos niveles de experiencia y cualificación tan rigurosamente legales como lamentables- no se autoriza sólo para Ryanair. Como siempre, cuando empieza la guerra de costes, gana el que ofrece los costes más bajos y a los demás, les guste o no, no les queda más remedio que seguir sus prácticas si no quieren ser expulsados del mercado. No basta por tanto con decir «yo no vuelo con Ryanair».

No obstante, vamos al punto principal del argumento de O’Leary: ¿Puede suprimirse el copiloto de los aviones? Cierto que tanto la distribución de controles como los procedimientos están preparados para que un avión sea volado por dos personas pero tanto unos como otros pueden cambiarse. No está ahí el problema.

O’Leary pone como ejemplo a los trenes; muchos conocedores de los trenes habrán oído hablar de lo que se llama «pedal de hombre muerto». El nombre es muy significativo; en el momento en que deja de ser presionado el pedal, el tren se para y pueden arbitrarse medidas parecidas para trenes automáticos de forma que, en caso de una disfunción, el tren se pare. ¿Cuál es el elemento que convierte en más seguras a las centrales nucleares que a los aviones? Sólo uno: Las barras de control; ante cualquier problema, las barras de control entran automáticamente en acción y paran el reactor y, con el reactor parado, se busca la solución al problema.

El punto común que se puede encontrar en los trenes, en las centrales nucleares y en muchas otras instalaciones automatizadas es precisamente ése: Parada automática ante cualquier evento que sobrepase un nivel de alerta especificado previamente. ¿Hay que explicarle al señor O’Leary que tal medida no se puede aplicar a los aviones? De hecho, la para algunos desmedida autoridad del comandante en un vuelo procede del simple hecho de que cualquier problema tiene que ser resuelto sin posibilidad de detener el avión y en muchos casos sin posible recurso a una autoridad superior. El avión en vuelo no sólo está separado físicamente sino organizativamente.

¿Hay que explicarle al señor O’Leary que se han producido indisposiciones e incluso muertes de pilotos en vuelo? Las compañías aéreas tienen esto tan presente que procuran que los tipos de comida de los dos pilotos sean distintos para prevenir el riesgo de una intoxicación alimentaria; probablemente en Ryanair resuelvan el asunto prohibiéndoles comer. En cuanto a la idea de O’Leary de que todo lo hace el ordenador…al ordenador le es aplicable el viejo chiste que define un banquero como un señor que presta un paraguas y, en el momento en que empieza a llover, lo reclama. La automatización en aviación no es todo lo positiva que nos quieren vender algunos y, además de otras cosas, tiene como consecuencia una distribución absurda de la carga de trabajo: Hay momentos donde la carga de trabajo es tan baja que, dadas las circunstancias de cansancio y cambio de husos horarios, puede representar una invitación a dormir -cosa que ha ocurrido y ha sido notificado por los propios pilotos unas cuantas veces- y momentos en que sería mucho más sencillo volar manualmente una Cessna por las complicaciones y el trabajo extra que impone la automatización. Lo peor del caso es que se pasa dSe uno a otro extremo sin solución de continuidad y que se presentan contingencias que hacen imposible de planificar momentos de exceso de carga de trabajo. Que les pregunten, si pudieran hacerlo, a los pilotos del Swissair 111 si no hubieran preferido llevar un DC-10, avión del mismo tipo pero más antiguo que el MD-11 que volaban en el momento del accidente; el DC-10, además de los dos pilotos, llevaba un mecánico de vuelo, figura que podría haber resultado clave para evitar el accidente y que se ha suprimido en todos los aviones modernos.

Además de la desigual carga de trabajo, otro elemento nada trivial es la comprobación cruzada de cada uno de los pilotos sobre las acciones del otro. Una de las causas más claras que contribuyeron al accidente de Los Rodeos es lo que se definió como «gradiente de autoridad». Para entendernos, ese bonito eufemismo significa que uno de los pilotos mandaba mucho -tal vez demasiado- y el otro era nuevo en la flota y recientemente examinado por el primero. ¿Cómo iba a cuestionar las decisiones del primero? Lo hizo una vez cuando le comentó que no tenían aún autorización para despegar y, cuando el comandante volvió a repetir, no se atrevió a enmendarle la plana una segunda vez y podría interpretarse como una petición de auxilio la frase we are now at take-off que nadie entendió por ser incorrecta y, por tanto, nadie les dijo que parasen inmediatamente el avión. Los resultados son conocidos y desde entonces se ha trabajado bastante para intentar que exista esa comprobación cruzada entre los dos pilotos. Huelga decir que si hay uno solo, todo lo hará bien porque no habrá nadie que le diga lo contrario.

Es tan simple como eso: Es mucho más fácil implantar medidas de seguridad automáticas en un entorno donde el menor problema conduzca a una parada que en un entorno donde, por razones más que obvias, sea imposible tal parada. A lo mejor alguien se lo puede explicar al señor O’Leary si consigue que saque la nariz de los balances, tarea que puede no ser nada fácil.

Informe de la OCDE sobre el desempleo

Inteligencia artificial: Historia de un error

¿Algo que llame la atención en la fotografía? Si se han visto muchos brazos de robot seguro que sorprende el aspecto antropomórfico de la mano muy poco usual en los robots utilizados en automoción e incluso en cirugía. La mano de un robot no trata de imitar externamente la humana sino que suelen ser pinzas con dos, tres o como máximo cuatro piezas móviles poco parecidas a los dedos. Aquí han copiado el aspecto externo de una mano y ahora viene la segunda sorpresa: La fotografía corresponde al brazo de un robot que se encuentra en el museo del M.I.T. y cuyo autor es Marvin Minsky.

¿Qué tiene esto de particular? Minsky ha reinado durante años en el área de inteligencia artificial del M.I.T. y ha mantenido a rajatabla un principio que, como muestra lo escrito por uno de sus sucesores, Rodney Brooks, ha seguido. Básicamente el principio podría enunciarse como: Al tratar de avanzar en la construcción de máquinas inteligentes, no nos interesa en absoluto cómo está hecho el cerebro humano. Éste es el producto de una evolución que probablemente ha dejado muchos restos que no son funcionales y es mucho mejor partir de cero en nuestros diseños que enredarnos en cómo hace las cosas un cerebro. Entiéndase que esta frase no es literal sino una interpretación propia de lo que podría ser la forma de pensar de Minsky y sus sucesores partiendo de lo escrito por ellos.

Tienen, al seguir ese principio, un punto de razón y a la vez una confusión importante: Ciertamente el cerebro puede tener partes que son producto de la evolución y no aportan nada a su funcionamiento correcto o incluso lo perjudican. Esto no es sólo aplicable al cerebro; el ojo tiene algunas características que harían que un ingeniero que diseñase una cámara imitando al ojo fuera echado a patadas por chapucero y, sin embargo, no tenemos muchas quejas de su funcionamiento incluso comparándolo con la casi totalidad del reino animal pero la comparativa tiene trampa: El cerebro «rellena» muchas de las deficiencias del ojo como, por ejemplo, el punto ciego y dota a la vista de prestaciones que no tienen que ver con el ojo como, por ejemplo, una capacidad de detección de movimientos muy avanzada y relacionada con neuronas especializadas, no con la lente (el ojo). Naturalmente, la mano procede del mismo proceso evolutivo que el cerebro o el ojo y, por ello, sorprende que alguien que ha hecho del desprecio de los mecanismos de funcionamiento humano un principio básico haya imitado en su diseño una mano mucho más allá de lo que la funcionalidad lo justificaría.

La confusión en este grupo se ha producido entre el aspecto morfológico y el funcional. Efectivamente, puede haber restos evolutivos pero hay un hecho: Las neuronas, mucho más lentas que la tecnología electrónica, son capaces de conseguir resultados inalcanzables para los productos de la tecnología en terrenos como el reconocimiento de figuras o en acciones tan aparentemente triviales como golpear una pelota en el aire. Raramente los deportistas han sido considerados paradigmas de la actividad cerebral pero resulta que los movimientos necesarios para alcanzar una pelota, no digamos ya para hacerlo con precisión, son inalcanzables para los más avanzados productos de la tecnología. El principio basado en los «residuos evolutivos» es claro pero si los resultados de ese presuntamente defectuoso órgano van en algunos terrenos mucho más allá de lo que puede conseguirse por vía tecnológica ¿no merece la pena tratar de averiguar como lo hace?

Esperar a tener más capacidad de almacenamiento y más velocidad se ha transformado en un «esperando a Godot» o en una excusa, dado que la situación actual de la tecnología permite tener elementos mucho más rápidos que las aparentemente humildes neuronas y la capacidad de almacenamiento ha alcanzado unos límites altísimos y continúa creciendo. ¿Necesitan más velocidad para llegar antes que alguien que ya es muchísimo más lento? Difícil de explicar.

En el mismo museo del M.I.T. donde se encuentra la mano, aparece un video de una investigadora que trabaja en el aprendizaje de robots y sorprende gratamente. Sorprende por su humildad ya que, al final de un video donde cuenta su trabajo con un robot, acaba confesando que algo se les escapa y que no es cuestión de velocidad ni capacidad de almacenamiento. Efectivamente, algo se les escapa pero podrían estar cayendo en una situación como la del viejo chiste en que un borracho busca la llave que ha perdido bajo una farola, no porque la haya perdido allí sino porque es allí donde hay luz:

Los investigadores del área de inteligencia artificial no se han parado a pensar detenidamente en la naturaleza de la inteligencia o del aprendizaje y, sin embargo, han tratado de reproducirlos en sus creaciones tecnológicas consiguiendo con ello unos resultados bastante pobres lo mismo en su versión inicial que en las versiones basadas en procesamiento paralelo, en redes neuronales o en interacción entre agentes simples capaces de aprender por sí mismos. No se ha conseguido nada remotamente comparable a una actuación inteligente ni un aprendizaje digno de tal nombre.

¿Es un intento imposible? Los esencialistas de lo humano dirían que así es. Rodney Brooks, uno de los sucesores de Minsky, afirmaba lo contrario apoyándose en que los esencialistas siempre habían dicho «hasta aquí se puede llegar» y el progreso tecnológico siempre les había obligado a llevarse su supuesto límite más lejos. Hasta ahí tenía razón; lo malo es que Brooks se apoyaba en ese hecho como supuesta demostración de que siempre iba a ocurrir así y que no había límites al progreso tecnológico…y ése es un salto en el vacío de difícil justificación, especialmente cuando ha habido notables batacazos en los terrenos científico y tecnológico y cómo creencias de siglos han tenido que ser aparcadas para sustituirlas por otras. ¿Hablamos, por ejemplo, de las técnicas de navegación utilizadas cuando se creía que la Tierra era plana? A Brooks le puede ocurrir lo mismo; es posible que el progreso tecnológico no tenga un límite conocido pero es posible también que su particular línea de progreso tecnológico sea uno de los muchos callejones sin salida en que la ciencia y la tecnología se han metido durante los últimos siglos. Lo visto hasta ahora da toda la apariencia de eso.

No sé si en algún momento se construirán máquinas que se puedan considerar inteligentes y personalmente no lo descarto. Lo que sí parece descartable es que puedan construirse si no se tiene una idea clara de cuál es la naturaleza real de la inteligencia y de cuáles son realmente los mecanismos de aprendizaje. Las no muy científicas actitudes respecto a los disidentes que se han utilizado en el área de inteligencia artificial y que han conducido a la defenestración de personajes como Terry Winograd, una vez que empezó a encontrar inconsistencias y siguió su propia línea o al rechazo de otros como Jeff Hawkins, tecnólogo interesado en el funcionamiento cerebral que les podía haber abierto vías de investigación nuevas.

Ha habido mucha soberbia y mucho funcionamiento por lealtades tanto a personas como a un modelo que hace agua por todas partes. La mano de la foto muestra que, además, ha habido contradicciones con los propios planteamientos. No sé si habrá alguna vez una máquina inteligente pero es dudoso que salga de una factoría que funcione con el principio machadiano de despreciar cuanto ignora. Encontrar el camino correcto a lo mejor requiere una mayor dosis de modestia y algunas dudas sobre los planteamientos iniciales.

«Predictably Irrational» de Dan Ariely: Un paso más allá de «Freakonomics»

Freakonomics es uno de los libros que más me han gustado en los tres últimos años pero Predictably Irrational avanza un paso más allá. Entiéndase bien eso: No quiero decir ni que lo mejora ni que convierte en prescindible al primero sino que va más allá y trataré de explicarlo:

Freakonomics, así como su segunda parte, se centraba en dos ejes:

  1. Algunas conductas aparentemente paradójicas dejan de serlo si se analizan cuidadosamente los refuerzos que llevan implicados.
  2. Hablar de refuerzos no significa necesariamente hablar de dinero. Hay refuerzos de tipo financiero, social y moral y tienen sus especiales líneas de comunicación. Determinadas conductas encaminadas a reforzar uno de los tipos pueden dañar a otro de forma que el resultado global pueda ser escaso o incluso contraproducente.

Espero que se me disculpe la simplificación hasta el límite de un libro excelente pero todo ello era para ilustrar un punto: Los autores de Freakonomics son economistas tradicionales en el sentido de que consideran que las conductas están dirigidas por motivos racionales incluso cuando, vistas desde fuera, no lo parece así. Todo el libro es un brillante esfuerzo para convencernos -en mi caso, tengo que decir que lo logran en la mayoría de los ejemplos que utilizan- de ello. Dan Ariely en «Predictably Irrational» va más allá en el sentido de considerar que la conducta no siempre es racional -contradiciendo así a los autores de Freakonomics- pero, aunque no lo sea, las conductas irracionales tienen sus propias pautas que las convierten en predictibles.

Cada capítulo del libro es dedicado a un mecanismo de comportamiento irracional entre los que, por destacar algunos, comentaremos el concepto de «reclamo» y la doble vara de medir que se produce en situaciones que implican transacción de dinero y otras que no lo implican.

El concepto de reclamo, de forma muy sintética, se refiere a la situación en la que un vendedor tiene dos productos para la venta y quiere favorecer uno de ellos. La forma de favorecerlo consiste en introducir un tercero visiblemente inferior a uno de ellos de forma que se produce una tendencia a elegir el que sale favorecido en la comparación. En distintos experimentos, muestran como la conducta de los consumidores cambia radicalmente si existe el reclamo, es decir la falsa alternativa, o si ésta se elimina y simplemente se presentan las dos alternativas reales.

En cuanto a la doble vara de medir, la he elegido como ilustración tanto por el atractivo del ejemplo con el que abre el capítulo como porque en un momento utiliza otro ejemplo que también aparece en Freakonomics permitiendo comparar las interpretaciones de ambos libros:

El ejemplo de apertura es demoledor: Después de una celebración familiar, un personaje le agradece a su suegra el esfuerzo realizado y lo bien que ha quedado todo y decide que eso merece una recompensa. En consecuencia, saca un talonario y le pregunta si le parecen bien 300 dólares como compensación. Nuestra propia experiencia nos conduce rápidamente a pensar que eso no se hace pero los por qués quedan mucho más difusos y esto es lo que nos trata de explicar Arieli: Hay dos mundos con reglas de comportamiento totalmente distintas y la mezcla de ambos puede conducir a que se empiece a funcionar bajo un conjunto de reglas distinto, cosa que podría ser muy perjudicial algunas veces.

El ejemplo de la guardería es utilizado en Freakonomics señalando que en una guardería había padres que llegaban tarde y decidieron poner una penalización consiguiendo como resultado, que fueran más los que llegaban tarde. La explicación que dan de tal hecho es la siguiente: Al principio, se movían en el entorno del refuerzo social pero, al introducir la multa, ésta fue interpretada como el pago de un servicio de modo que el incentivo -o desincentivo- financiero eliminó el refuerzo social y empeoró la situación inicial.

Arieli da una interpretación parecida en sus términos señalando que, al introducir la multa, los padres pasaron del ámbito de las reglas de tipo social al ámbito mucho más impersonal de las reglas que se rigen por las transacciones financieras; con términos algo distintos viene a decir lo mismo que Freakonomics, pero el punto interesante viene después: Cuando, como consecuencia del fracaso del intento, eliminaron la penalización encontraron que la tardanza de los padres era aún mayor. ¿Qué había ocurrido?

Efectivamente, los padres habían dejado de funcionar con las reglas de tipo social para hacerlo con las reglas del ámbito en el que hay transacciones de dinero. Sin embargo, una vez roto el vínculo social, la eliminación de la transacción de dinero no sirve para recuperar automáticamente las reglas de tipo social que han quedado rotas de modo definitivo. Arieli traslada este ejemplo al comportamiento de algunas empresas con sus clientes y con sus empleados a los que tratan de convertir en una especie de «gran familia» pero, cuando se presenta una situación que hace que predominen las reglas presentes cuando hay transacciones de dinero, ese concepto queda roto definitivamente. Esto es lo que explicaría por qué una crisis empresarial mal manejada rompe por completo el vínculo empresa-trabajador pasando a ser la relación una de estricta oferta y demanda y donde conceptos como compromiso o fidelidad están totalmente fuera de lugar.

No son los únicos mecanismos que muestra el libro. Trata también, por ejemplo, decisiones sobre precio y presenta situaciones, unas experimentales y otras de la vida real, donde se muestra que el precio no siempre es una cuestión de oferta y demanda sino que pueden darse casos en que el punto de partida es totalmente arbitrario y es a partir de ese punto donde aparece una cierta lógica al decidir cuánto se está dispuesto a pagar. En suma, vale la pena leer el libro y, aunque pueda considerarse un paso más allá de Freakonomics, no lo sustituye: Muestra casos donde no podemos dar por sentada la racionalidad de la conducta y a qué mecanismos obedecen esos casos.