Categoría: Temas sociales y políticos
«Race and culture» de Thomas Sowell
Como diría Jesulín de Ubrique, el libro es «en dos palabras im…presionante».
Sowell es un defensor del liberalismo y de una teoría económica entendida en un sentido amplio, es decir, más que plantearse cuestiones como si la discriminación existe o no, se plantea cuál es el refuerzo que se obtiene por determinada conducta y cómo, en última instancia, la conducta tiene una justificación económica. Comienza poniendo en discusión los términos mismos en que suele plantearse el asunto:
Mucho del vocabulario utilizado para discutir temas étnicos y raciales está menos preparado para la clarificación que para evitar que se consideren algunos factores que podrían resultar embarazosos para aquéllos que sostienen una particular visión ideológica.
Algunos de sus ejemplos son divertidos como, por ejemplo, lo difícil que sería para un racista declarado organizar un equipo de baloncesto donde excluyera a los negros.
Curiosamente, algo parecido a eso se da en un equipo de fútbol español muy preocupado porque sus jugadores sean o de muy cerca o de muy lejos pero no les gustan las distancias medias.
Lo más interesante del libro, aparte de la argumentación, es el esfuerzo documental. Sowell es popperiano en el sentido de que lleva a sus últimas consecuencias el principio de falsación: Cuando trata de mostrar que un estereotipo es falso, abrumará con un chorro de ejemplos de todas partes del mundo donde se muestre una conducta distinta de la estereotipada.
Es de los libros que, necesariamente, hay que leer con un rotulador para subrayar y tiene demasiadas cosas que, aunque editado en 1994, recuerdan a la España actual y probablemente no sólo a España:
La movilización política de la envidia ha conducido a restricciones legales en contra de grupos productivos y políticas preferenciales para favorecer a aquéllos incapaces de competir con ellos recurriendo a expulsiones en masa, confiscaciones y violencia mafiosa.
El anterior comentario es uno de los muchos que Sowell hace relativos a la inmigración y a los estereotipos alrededor de ella. Dedica bastante espacio a los programas destinados a evitar la «discriminación» por la cual acaba habiendo concentraciones de población por razón de idioma, procedencia, niveles de renta u otros:
En un mundo con objetivos multidimensionales, todos ellos constreñidos dentro de los límites de la capacidad para generar riqueza, la intervención de los gobiernos siempre puede mejorar una dimensión y documentar esa mejora como un «éxito» ignorando las otras dimensiones sacrificadas. La vivienda es sólo un caso especial de ese principio general. Como con otros casos especiales, la dimensión escogida para la mejora es visible a los observadores mientras que las sacrificadas son menos visibles. El futuro, necesariamente invisible, es sacrificado.
Este párrafo necesariamente recuerda a las promesas o a las medidas de corte electorero propias de los políticos en época de elecciones.
Además, Sowell distingue muy bien entre la educación que provee habilidades y la que provee diplomas con un concepto erróneo de que la igualdad no significa que todo el mundo pueda llegar al punto de partida y, a partir de ahí, se gane su acceso al punto de llegada. En lugar de eso, los «modernos» pretenden considerar un derecho el que todo el mundo, con independencia de capacidad o mérito, llegue al punto de destino y, al hacerlo así, convierten la educación en, empleando la expresión de Sowell, «proveedora de diplomas» a la vez que la vacían de habilidades.
Sobre este asunto en particular, hay varios comentarios de los que se recogen los más representativos:
La educación puede, de hecho, reducir la productividad de un individuo a través de las expectativas o aversiones que crea en éste a la vez que genera, o no, habilidades. La clase específica de educación, el individuo que la recibe y los valores culturales de la sociedad concreta determinan si se van a obtener y cuáles van a ser los beneficios de una mayor escolarización…
Una sociedad puede ser ingobernable debido a la imposibilidad de satisfacer a todos aquellos con un sentimiento de «tener derecho a…» y sin las habilidades o la capacidad para crear la riqueza que permita satisfacer esas expectativas…
Es comprensible que en las naciones del Tercer Mundo que han sido regidas durante generaciones por burócratas coloniales sentados detrás de sus mesas, encorbatados y removiendo papeles, sea ése el rol que quieran imitar cuando tienen la oportunidad. Sin embargo, la riqueza y el poder de la nación imperialista no es creada por ese tipo de conducta sino por la ciencia, la tecnología, la organización, la disciplina y la capacidad de emprender. Estos elementos producen riqueza a miles de kilómetros de la colonia fuera de la vista de la gente de dicha colonia y, por tanto, el modelo a imitar para ellos es el que tienen más cerca.
En cuanto al efecto de los nacionalismos, también es tratado en algunos puntos del libro:
Una «identidad» cultural exagerada puede tener serias consecuencias. Entre ellas está dar un arma muy poderosa a los más extremistas de cada grupo y eliminar el avance cultural de masas de la población a las que arrebatan las ventajas culturales de una sociedad más amplia a su alrededor. En el largo plazo, esto da lugar a un provincianismo que se paga muy caro.
Sin duda, esto se lo pueden aplicar algunas sociedades que insisten en escolarizar a sus generaciones más jóvenes -llegando a conductas más propias de la Gestapo que de una democracia como vigilar en qué lengua hablan los niños en el recreo- en el idioma local renunciando al bilingüismo que les es propio. La cerrazón identitaria, sin duda, no la pagarán quienes la provocan sino las generaciones posteriores. En la misma línea va el siguiente párrafo:
El nivel mínimo necesario para que exista un antagonismo entre grupos necesario para que haya partidos con contenido étnico puede ser producido por un único político demagogo pero, una vez que la lógica de la rivalidad basada en etnias adquiere su propia dinámica, es independiente del demagogo que la inició…La polarización étnica o racial no es un proceso fácilmente reversible una vez que se han creado los requisitos para la existencia de partidos cuya base principal sea la etnia.
El enfado político y la exigencia de privilegios no están, por supuesto, limitados a los menos privilegiados. De hecho, incluso cuando las demandas se realizan en nombre de los menos privilegiados por raza o etnia, a menudo son los miembros más privilegiados de esos grupos los que hacen las demandas y los que se benefician de las políticas diseñadas para satisfacer esas demandas.
Una rápida expansión de la educación es un factor de producción de conflictos, especialmente cuando se trata de la educación que produce diplomas en lugar de habilidades que tengan un valor económico significativo en el mercado.
No incluyo aquí el texto literal de un tema tratado en el libro y que resulta preocupante. Muy resumido, viene a decir lo siguiente:
En la sociedad de Sri Lanka había una fuerte división entre dos etnias que tenían costumbres y lenguajes distintos. Sin embargo, las clases más instruidas de las dos etnias tenían como idioma común el inglés -incluso para uso familiar- y vivían mezclados en las mismas zonas. Los optimistas consideraron, en su momento, que esas clases instruidas serían las que servirían de puente para que desapareciera el enfrentamiento étnico; en realidad, ocurrió justamente lo contrario: Las clases instruidas fueron abandonando el inglés como lengua común y se refugiaron en las lenguas de su etnia -con el perjuicio que ello implica de ser expulsados de todo tipo de comunidad científica y técnica internacional- participando en un enfrentamiento que aún hoy permanece.
En cuanto a la madurez política de las sociedades, sirvan éstos:
Como en otros campos, la mera copia de las instituciones de sociedades estables no puede crear tradiciones evolucionadas históricamente y actitudes que son las que hacen que esas instituciones funcionen.
Por su propia naturaleza, la política no puede generar las habilidades, actitudes y hábitos necesarios para conseguir un desarrollo económico de largo plazo. Lo que sí puede crear son los símbolos de que se ha conseguido algo.
NOTA FINAL: Sowell es mi descubrimiento particular de este verano ya que sólo había leído de él algunos artículos publicados en el periódico www.libertaddigital.com . Lo visto hasta ahora -todavía me queda alguna cosa- creo que justifica que deba ser un autor más difundido, y por tanto traducido, si no por una editorial de tipo general, aunque esto sería lo más deseable, por alguna de las pequeñas editoriales vinculadas a movimientos liberales.
El entierro de Montesquieu
Por extraño que parezca, se produce en España y, además, hecho insólito en tales menesteres, se produce por tres veces:
La primera se produjo cuando Alfonso Guerra, entonces vicepresidente del Gobierno de Felipe González, proclamó su muerte y decidió que los miembros del gobierno de los jueces debían ser elegidos proporcionalmente a los miembros del legislativo, doctrina que consideró muy progresista y que quiso aplicar a otros ámbitos. El muy leído don Alfonso no cayó en la cuenta ¿o sí? de que eso es exactamente lo que hizo Hitler en la Alemania pre-nazi para hacerse con todos los poderes bajo su control.
La segunda se produjo cuando con un Gobierno de signo distinto y que llegó, entre otras cosas, con la promesa electoral de devolver la independencia al poder judicial, optó por tragarse su promesa y continuar con un gobierno de jueces decidido por apaño entre partidos.
La tercera, la actual, es chusca. El Gobierno ataca a la oposición por negarse a la renovación del órgano de gobierno de los jueces y éstos replican que el Gobierno lo único que quiere es colocar ahí a sus amigos nacionalistas.
¿A nadie, Gobierno u oposición, se le ocurre pensar que lo que hay que cambiar no es la composición sino el mecanismo de chalaneo con el que esa composición se realiza? No; claramente unos y otros están asistiendo al tercer entierro de Montesquieu.
Nuevas religiones: El taxista predicador
Ayer tuve que ir al aeropuerto y cuando, por fin, conseguí un taxi me encontré un curioso ejemplar de taxista:
Exhibía una alegría un tanto forzada que ya me resultaba conocida. Eso y un determinado acento me llevó a imaginarme que me había encontrado con un miembro de una de las múltiples sectas que por ahí pululan. Lo que no sospechaba es que utilizaba el taxi para hacer proselitismo. Normalmente, en un taxi en España las elecciones de emisora de radio son previsibles: SER, si es progubernamental, COPE, si es antigubernalmental y programas deportivos si todo se la refanfinfla menos el fútbol. Pues bien, éste llevaba sintonizada Radio María, emisora que sólo oigo unos segundos cuando le doy a la memoria programada en la radio fuera de Madrid y me sale esa emisora compuesta de prédicas y gospels, es decir, prédicas cantadas. Naturalmente, ahí estaba indefenso salvo que optase por un comportamiento abiertamente borde y le pidiera que quitase la radio o cambiase de emisora.
Cuando llegamos al aeropuerto, me soltó un folleto que me definió como un mensaje personal y que firmaba el «Centro Evangélistico Misionero Buenas Nuevas» (el acento en el sitio que está no es una errata mía sino una falta de ortografía del folleto) y plagado de letreros como «Urgente», «Correos de vida eterna», etc.
Siempre he considerado que la religión es algo muy personal y que responde al ámbito de las verdades privadas. Por eso, no trato de llevar a nadie hacia mi propia posición pero, si alguien intenta llevarme hacia la suya, encuentra respuesta segura.
La religión no es un tema sencillo. No comparto la idea de José Antonio Marina que, refiriéndose al cristianismo, señala que, como ha producido buenos efectos en forma de seres humanos excepcionales o formas de vida, se le pueda disculpar una verosimilitud escasa.
Tampoco comparto la de Fernando Savater en el sentido de que, como tenemos tanto miedo a la extinción, si no hay algo lo inventaremos y, puesto que estaremos predispuestos a inventarlo, seguro que cualquier invento es falso.
Me quedo mejor con la idea de Bertrand Russell en el sentido de que la veracidad y la moralidad son dimensiones completamente indiferentes una respecto de la otra. Puede, como dice Marina, ser conveniente ser cristiano pero eso no dice nada de su veracidad; puede, como dice Savater, ser conveniente creer en algo pero eso tampoco justifica la afirmación de que, si se cree y se quiere creer, ello es prueba de que es falso.
Ése es un terreno en el que se puede discutir y se puede estar de acuerdo o en desacuerdo; lo mismo puede decirse de algunos de los escritos del actual Papa. Se puede estar de acuerdo o no con él pero hay un conjunto de argumentos con los que estar de acuerdo o en desacuerdo.
Lo que ya es distinto es tanto lo que algunos llaman la fé del picapedrero, es decir, la ajena a todo tipo de razonamiento y peor aún, la que trata de oponerse a ese razonamiento con el credo quia absurdum. Cuando ese tipo de posición no sólo se mantiene para uso personal sino que alguien se atreve a hacer proselitismo, uno puede sentirse inclinado a seguir a Marx y la idea de que la religión es el opio de los pueblos. No lo creo así en términos generales y lejos de mí la tentación de pontificar sobre si la religión, como fenómeno general, es buena o mala pero ESTA religión modelo secta, cristiana o del tipo que sea, ajena a todo tipo de razonamiento y encantada de que así sea no deja de ser una especie de droga social, ofreciendo una falsa felicidad y buscando nuevos consumidores.
Nuevo episodio de censura a cuenta de la SGAE
http://www.ddooss.org/documentos/sgae_vs_quimera.htm#trebor_escargot
Como en el caso de El Jueves, reproducimos aquí el artículo que ha supuesto una demanda millonaria por parte del lobby favorecido por el Gobierno y llamado SGAE.
Todo Gobierno tiene tendencia a favorecer a los afines y es cierto que son muchos los servicios prestados por los «artistas» al Gobierno actual pero la generosidad a cuenta del bolsillo ajeno -el de todos- es muy cuestionable.
Pretender gravar incluso los CDs en blanco como forma de prevención de la piratería es ya bastante serio. Recomiendo el siguiente análisis del tema:
http://www.enriquedans.com/2007/09/ahora-entiendo-lo-de-artistas-columna-en-libertad-digital.html
pero, aparte de la desvergüenza de favorecer aún más a personajes que, entre otras cosas, se dedican a hacer películas únicamente porque están subvencionadas ya que ni siquiera se estrenan, me surge una duda metafísica:
¿Esto significa que la piratería ya es legal?
Si cuando compro un CD o un DVD virgen ya estoy pagando un impuesto revolucionario, y lo estoy pagando incluso en el caso de que lo que vaya a grabar sea material propio -lo que ocurrirá una inmensa mayoría de las veces- supongo que cuando compre un DVD en el «top-manta» nadie podrá decir nada. Ya he pagado con el soporte ¿pretenden que pague también sobre lo grabado?
El pago de un canon sobre un CD o DVD virgen nos convierte a TODOS en autores ya que, cada vez que estemos grabando, por ejemplo, unas fotos de vacaciones, hemos pagado un canon a unos señores que se supone que nos lo tienen que restituir como autores que somos.
¿Cuál es el mecanismo para reclamar a la SGAE que nos pague el importe que nos corresponde como autores? ¿No hemos publicado? Cierto; tampoco lo han hecho más de la mitad de las películas que se ruedan en España y no se estrenan y, a pesar de ello, se subvencionan.
¿No existe ese mecanismo de reintegro? Pues bien, en tal caso, o se está legitimando la piratería al cobrar el soporte o estamos ante un caso de robo no sólo autorizado sino promovido por el Gobierno.
Carta de Sarkozy a los maestros
Carta de Sarkozy a los maestros
Una vez más, nos vemos condenados a la envidia por las ideas claras en un tema tan clave como la educación.
Por cierto, esta misma mañana oía en la radio una referencia al hecho de que la carta indica que «no hay que dejarse la religión a la puerta del colegio». Cierto; la carta lo dice pero es difícil encontrar mayor grado de manipulación informativa que sacar esa frase de su contexto.
Sarkozy, en lo relativo a la religión, defiende lo que algunos llevamos diciendo bastante tiempo: La religión debería ser obligatoria en el sistema educativo. Punto y seguido. Religión no es sinónimo de adoctrinamiento y, en su caso, el ámbito del adoctrinamiento religioso no es el colegio. El contenido de la materia de religión debería ser el conocimiento de las religiones más relevantes en el país porque, si no se conoce eso, es muy difícil entender, por ejemplo, la historia de Europa en general y la de España en particular.
Eso es lo que defiende Sarkozy en su carta y no la asignatura de religión tal como es defendida desde la COPE -que era quien sacaba de contexto la frase- y otros medios afines.
Bienvenido sea el sentido común. Lástima que no lo tengamos en casa.
11S: Seis años después
Permítaseme empezar en primera persona: La noticia de que un avión se había estrellado contra una de las Torres Gemelas me encontró escribiendo una ponencia para un congreso que se celebraría dos meses después. La ponencia era sobre ¡seguridad aérea!
En ese momento, no tenía idea ni de la dimensión ni de la naturaleza del hecho con lo que me levanté para poner la televisión y pude ver en directo el impacto del segundo avión. A partir de ahí, sin necesidad de que los noticiarios glosasen el hecho, me quedó claro que lo que había ocurrido estaba fuera de mi ámbito de competencia. Eso no era un accidente; era otra cosa como después se supo.
Es cierto que pueden sacarse algunas consecuencias en términos de seguridad (puede verse en este mismo blog un «post» al respecto) pero seis años después no es eso lo que debe preocuparnos sino qué ha pasado desde entonces.
Muy poco después de acabada la Segunda Guerra Mundial, personajes tan sorprendentes en su diversidad como von Neumann y Bertrand Russell coincidieron en la idea de la «guerra preventiva» encaminada a conseguir un Gobierno mundial porque pensaban que la hipótesis de una guerra nuclear era peor.
Paradójicamente, lo que ocurrió después es que la guerra fría y la doctrina «MAD» («Mutual Assured Destruction» y, al mismo tiempo, «loco» lo que resulta muy adecuado) permitieron mantener una paz relativamente estable con serios sustos como el de la crisis de los misiles cubanos.
Se trataba de dos imperios enfrentados -lejos de mi intención equipararlos en muchos otros aspectos- y, por su propio funcionamiento interno, es difícil que se produzca un caso tipo «Doctor Strangelove», extraño personaje que, en la película del mismo nombre, caricaturizaba a Von Neumann pero no se había contado con otro hecho:
La descomposición de uno de los imperios dejó al alcance del mejor postor mentes y materiales con un enorme potencial de destrucción, especialmente si ese mejor postor es un iluminado fanático del estilo de los que provocaron el 11S.
¿Es más seguro hoy el mundo que el 11S? No lo parece; es cierto que cada vez es más molesto volar -no digamos si lo hacemos hacia o desde un aeropuerto norteamericano- y que cada vez se añaden más elementos a unos protocolos de seguridad que creo que la mayoría estamos convencidos de que, en su caso, no van a ser capaces de evitar otra masacre.
¿Está controlado el arsenal nuclear? ¿Podemos asegurar, no ya que nadie estrellará un avión contra un gran edificio sino que no estallará una bomba nuclear o cualquier artefacto químico o bacteriológico en alguna gran ciudad del mundo? ¿Quién puede asegurarlo cuando no se sabe quién puede disponer de ese tipo de armamento pero sí se sabe que no tiene porque ser un Gobierno de un país más o menos estable y más o menos democrático?
No; no estamos más seguros y una tolerancia mal entendida con los distintos tipos de fanatismo no va a contribuir a ello.
¿Garantizan la seguridad los servicios de inteligencia? El «marrón» del 11S le cayó a la CIA porque, a continuación, comenzaron a salir elementos de información disponible antes de esa fecha que apuntaban en esa dirección.
Sin que tenga ninguna afinidad con la CIA, hay que decir en su descargo que profetizar el pasado es muy fácil. Cuando se quiera ocultar realmente una información, la mejor manera de hacerlo no es imponer el secreto sino inundarla en un mar de informaciones (incluso el último libro de Harry Potter nos muestra cómo la mejor manera de ocultarlo es sacar 10 «Harrypotters» al mismo tiempo 🙂 ).
Es muy fácil una vez que el acontecimiento ha ocurrido seleccionar aquellos datos que apuntaban a que iba a suceder. ¿Con cuántos más datos que apuntaban en distintas direcciones estaban trabajando en ese momento? ¿Tenían criterios para asegurar que esos datos eran fiables y no se trataba de uno más de los miles de bulos con los que tendrán que lidiar?
Hoy puede darse una situación parecida. ¿Cuántas informaciones y cuántos bulos reciben? Si otros fanáticos desalmados provocan otra masacre ¿volveremos a quejarnos de la incompetencia de los servicios de información o haremos algo más efectivo?
Michael Moore, «políticamente correcto» hasta la náusea, decía algo acertado: Cuando los americanos comenzaron a bombardear Afganistán ¿no se equivocaron unos cuantos kilómetros? ¿Dónde están los que ponen el dinero que hacen un 11S posible?
Plataforma Pro: Savater, Rosa Díez, Mikel Buesa… ¿solución o problema?
Cuando se empezó a hablar de un nuevo partido, después de la aparición de Ciudadanos de Cataluña, muchos empezaron a plantearse su utilidad, si había hueco y, en su caso, a quién le quitaría votos, si al PP o al PSOE.
¿Existe hueco? Depende. La izquierda y la derecha, en sus versiones civilizadas, se diferencian mucho menos de lo que pretenden los políticos que representan a una y a otra.
Al final, la visión de la economía es muy similar, la idea de los objetivos sociales a conseguir es muy similar y la diferencia real está en cuál es el vehículo adecuado para llegar ahí, si es mejor apostar por lo público o lo privado. Quizás es una sobresimplificación pero no hay mucho más siempre que -insisto- hablemos de versiones civilizadas y no de iluminados de uno u otro lado.
En lo que no se diferencian o no se deberían diferenciar es en las cuestiones de mayor calado y que configuran el armazón de un Estado; sin embargo, ahí se ha producido un fenómeno paradójico: Cuando uno de los dos grandes partidos adopta una deriva nacionalista y el otro se opone…resulta que ser pro-nacionalista pasar a ser de izquierdas y ser contrario pasa a ser de derechas. Absurdo; tan absurdo como que alejar un barco de la costa sea de derechas y llevarlo al puerto sea de izquierdas o que las desaladoras sean de izquierdas mientras que los trasvases sean de derechas o que las centrales nucleares sean de derechas y los aerogeneradores de izquierdas. Todo resulta un despropósito.
¿En qué no deberían diferenciarse los grandes partidos nacionales? Por ejemplo, en temas que afecten a la esencia de la democracia como la separación de poderes. Lamentablemente, es cierto que no se diferencian. Alfonso Guerra proclamó la muerte de Montesquieu y el PP prometió recuperar la independencia del poder judicial. Una vez llegado al poder, en lugar de cumplir su promesa y echar atrás el apaño del PSOE, optó por hacer el apaño CON el PSOE.
Tampoco deberían diferenciarse en una visión del Estado y en una posición respecto a los chantajes que la ley electoral facilita, por ejemplo, poniéndose de acuerdo para modificar esa ley. De nuevo y también lamentablemente, tampoco se diferencian mucho. Es cierto que el PSOE, bajo la batuta de Zapatero, puede haber ido mucho más allá de lo deseable en su afán filonacionalista y filoetarra pero el PP, tanto el actual como el pretérito, también tiene sus pequeños «secretillos»:
Por ejemplo, Vidal-Quadras fue descabalgado del PP de Cataluña por imposición de Pujol conduciendo a la virtual desaparición del partido en Cataluña, situación que ahora tratan de recuperar. Los líderes locales del PP no han sido menos infectados por el virus nacionalista que los del PSOE con la honrosa excepción de los vascos (también se puede calificar de honrosa excepción a los anteriores dirigentes del PSOE vasco).
En esas condiciones, desde el punto de vista del ciudadano, parece lógico que quiera poner primero lo más importante y eso no es un programa más o menos escorado a la izquierda o a la derecha sino el respeto a los fundamentos mismos del Estado, de la democracia y, en suma, de un modelo de sociedad abierta.
Probablemente, hay muchos ciudadanos que estarían dispuestos a votar a alguien que expresamente no tuviera un programa de gobierno sino unos cuantos puntos centrales destinados a la recuperación de la democracia y del juego limpio en la política. Esos ciudadanos podrían provenir igualmente de la izquierda y de la derecha ya que los dos grandes partidos que representan a ambas tendencias han cometido auténticas aberraciones en ese terreno.
Por supuesto, un partido que expresamente no tuviera un programa de gobierno sí debería decir cuál es su misión. Ésta no podría ser otra que apoyar al Gobierno del partido más votado -sea de izquierda o de derecha- siempre que ese Gobierno mantenga el compromiso de respetar los principios programáticos de la recuperación democrática. Sólo en caso de incumplimiento por el Gobierno, se podría plantear la colaboración para derribarlo. Lograr esto no es fácil porque implica una disciplina férrea de voto y que, con independencia de las tendencias personales del votante, se apoye siempre al Gobierno mientras éste cumpla su compromiso.
Ésta es una posibilidad y algunos de Plataforma Pro y de Ciudadanos parecen compartir la idea de que ésta ha de ser la línea de acción. Otros no y ése es el problema:
Cuando Savater habla del nacionalismo del PSOE o el clericalismo del PP está diciendo una auténtica payasada. No se trata de situarse en el centro sino de plantear el problema en otros términos.
Cuando Rosa Díez advierte que sigue siendo socialista, nadie le niega su derecho a serlo pero, si lo que pretende hacer es un PSOE reconstituido, va a haber mucha gente que no la siga aunque comparta los puntos centrales de recuperación de una situación democrática normal.
La idea inicial era buena pero en el momento en que se trata de hacer un «partidito» con un «programita de gobiernito» pierde todo su sentido. Lo más que pueden hacer es llevarse el voto de algún desengañado del PSOE y ¿para qué? En el supuesto de que tuvieran una fuerza mínimamente significativa ¿con quién iban a pactar? Lógicamente, con el PSOE. Para ese viaje, no se necesitaban alforjas.
Habría estado bien. Una plataforma ciudadana que se proclamase neutral ideológicamente y que exigiese la toma de las tan necesarias medidas de higiene democrática. Muchos podrían haberla apoyado, para ello, haber dejado de votar a sus colores favoritos hasta que esa recuperación se produjera. En lugar de eso, algunos han preferido hacer un partidito.
«The vision of the anointed» de Thomas Sowell («Progres» contra «bienpensantes»)
«Anointed» se puede traducir literalmente por «Ungidos» si bien en el español de España y una vez visto el contenido del libro, el título podría ser traducido libremente como «la visión de los progres».
La palabra «progre» es, desde luego, peyorativa y se refiere no a la izquierda en general sino a un determinado tipo de izquierda que, en lugar de ejercer un pensamiento más o menos crítico, vive de etiquetas, latiguillos y está inmersa en lo «políticamente correcto» que consideran fuente de toda sabiduría.
La definición de ellos que hace Sowell es la siguiente: No sólo se consideran ajustados a la realidad sino que creen estar moralmente en un plano superior. Dicho de otro modo, los que están en desacuerdo no sólo están en un error sino que están en pecado.
Es difícil definir con más precisión y con menos palabras el modelo de pensamiento «progre» aunque hay un problema: La definición es excesivamente amplia porque podría dejar dentro a la contraparte del «progre», a saber, el «bienpensante» o la «gente de orden» con iguales latiguillos, aunque de signo contrario, y tan repelente como los primeros.
¿Por qué Sowell arremete contra los primeros? Desde una perspectiva simplista, podría pensarse que porque Sowell es de derechas pero eso no le haría justicia a un autor que hila mucho más fino que todo eso.
El «bienpensante» se ha sentido tradicionalmente apoyado por las instituciones gubernativas, militares, religiosas, etc. que le decían que su forma de ver el mundo era la única y, además, la correcta. En consecuencia, no ha desarrollado habilidades para moverse en un mundo donde todo ese apoyo o no existe o pierde mucho de su valor y se le ve venir de lejos, lo que ha limitado mucho el riesgo que los colectivos de «bienpensantes» puedan suponer para una sociedad auténticamente abierta.
El «progre» no se encuentra en esa misma situación. Generalmente no se ha visto tan arropado aunque en determinados círculos de la «intelligentsia» haya prevalecido y ha buscado otro tipo de armas, habitualmente la falsificación de la realidad.
Sowell no sólo denuncia usos torticeros de información estadística para apoyar determinada posición, escogiendo los datos que les interesan y rechazando los que no, sino que llega a establecer cuáles son los métodos de actuación en el entorno «progre». Entre ellos, cabe destacar los siguientes:
A pesar de la gran variedad de asuntos que han provocado movimientos de cruzada entre la «intelligentsia» durante el pasado siglo, varios elementos clave han sido comunes a la mayoría de ellos:
- Lanzamiento de la voz de alarma sobre un gran peligro para el conjunto de la sociedad, peligro del que las masas no son conscientes.
- Una urgente necesidad de acción para impedir la catástrofe que viene.
- La necesidad de que el gobierno de turno evite la peligrosa conducta de muchos como respuesta a las sabias conclusiones de unos pocos.
- Un desdeñoso rechazo de los argumentos contrarios a los que califica de no informados, irresponsables o dirigidos por propósitos inmorales.
Después, Sowell da una serie de ejemplos donde se ha seguido este modelo de actuación.
Hacer equivalente la diferencia estadística con la discriminación implica asumir que no existirían grandes diferencias en la ausencia de tratamientos distintos.
A continuación, Sowell da una gran cantidad de ejemplos de «discriminación» entre los que se encuentra que los rayos caen seis veces más sobre los hombres que sobre las mujeres.
Respecto de la interpretación de datos estadísticos y la confusión entre correlación y causalidad y las conclusiones que se extraen de esa confusión, poco se puede añadir.
Sowell, como es usual en él, utiliza muchos ejemplos relativos a la discriminación y a cómo se inventan conductas discriminatorias basadas en meras correlaciones ignorando factores que pueden ser mucho más relevantes que los que se ponen de manifiesto para alegar la existencia de tales conductas.
Tengo que añadir, sin embargo, que, a diferencia de otros libros de Sowell, la lectura de éste me ha resultado algo más incómoda. Hay un fenómeno humano y es el hecho de que, cuando se trata de argumentar contra algo, una forma de reforzar la propia argumentación es escorarse cada vez más lejos de lo que sería una posición razonable.
La lectura del libro me ha recordado en algunos pasajes a la excelente película Crash donde, por un lado, aparecen fenómenos como los denunciados por Sowell con frecuencia (la persona absolutamente inútil situada en una posición en que no debía estar como beneficiada de una ley protectora de minorías real o supuestamente discriminadas) pero aparecen otros tipos de discriminación más sutiles -no las discriminaciones de trazo grueso de los «ungidos» fácilmente rebatibles- y éstas son ignoradas por Sowell, supongo que llevado por la inercia de su propia argumentación.
A pesar de este pequeño punto negro, sin duda, el libro merece ser leído y pone de manifiesto muchas de las manipulaciones a que estamos sometidos en una presunta sociedad abierta que cada vez se ahoga más en la charca de lo políticamente correcto.
Son interesantes las revisiones editoriales disponibles en Amazon:
Aportaciones de la economía
Quizás sea un problema de desconocimiento pero siempre había visto a los economistas como unos financieros con ambiciones teóricas y poco pegados a la práctica.
Alguien definía a un economista como un señor que está viendo como otro se va a lanzar desde el trampolín a una piscina sin agua y susurra «se va a dar un porrazo contra el fondo» y, cuando efectivamente ocurre así, grita «ostentóreamente» que habría dicho Jesús Gil «¡¡¡se lo dije!!!».
Este año, sin embargo, he tenido ocasión de descubrir a dos economistas que no responden a ese patrón. Levitt, el autor de Freakonomics, trata de introducir conceptos económicos -no financieros- a muchos aspectos de la vida diaria y llega a conclusiones muy interesantes.
El hecho de que Levitt haya sido muy leido y, al mismo tiempo, se le considere un economista poco ortodoxo muestra que, lamentablemente, no es ésa la línea que siguen muchos economistas.
El segundo descubrimiento es Thomas Sowell del que, hasta el momento, sólo había tenido ocasión de leer artículos:
http://www.libertaddigital.com/index.php?action=morearticles&cpn=500&firma=1
La primera edición de su libro «Knowledge and decisions» es muy anterior a la aparición del concepto «Gestión de conocimiento» y el calado y la articulación de conceptos nacidos de la economía es muy superior al que puede encontrarse en algunos celebrados autores de la materia.
Conceptos como el «coste del conocimiento» y su impacto en las decisiones o por qué se puede llegar a la zona de rendimientos marginales cuando una persona o institución consigue zafarse del efecto de sus propias acciones son simples muestras de los temas tratados por Sowell.
Del mismo modo que Levitt aplicó conceptos económicos para explicar trampas en el sistema escolar estadounidense o en el sumo o…por qué los traficantes de droga viven con sus madres, Sowell lo ha aplicado a cuestiones como el efecto de las leyes de discriminación positiva llegando a unas conclusiones demoledoras (por cierto, Sowell es negro).
Las contribuciones de autores como Levitt o Sowell permiten mirar a la economía con otros ojos y, ciertamente, con más respeto ya que da claves valiosas sobre el funcionamiento de una sociedad o una organización haciéndose una muy vieja pero a menudo olvidada pregunta: Cui prodest?
Sería injusto criticar en exclusiva a los economistas por haber dejado de lado partes centrales de su posible contribución ya que lo mismo se puede atribuir a otras profesiones.
Para no ir muy lejos, la psicología también puede dar muchas claves de funcionamiento tanto individual como social y, sin embargo, raros son los psicólogos que se han aventurado en ese terreno habiéndose quedado en temas presuntamente mucho más prácticos y mucho más limitados.
Si vamos a la medicina ¿qué decir? Rousseau, en «Emilio», se dedica intensivamente a atacar a los médicos y ,cuando decide hacer lo más parecido a una disculpa que Rousseau podía hacer, dice: «Se me dirá que la medicina es un arte y los fallos son del médico. Sea enhorabuena. Venga la medicina sin el médico porque, mientras no sea así, más habrá que temer de los fallos del artista que socorros esperar del arte».
A lo mejor todos caemos en lo mismo. Los economistas no son una excepción y pueden necesitarse economistas excepcionales para llegar a vislumbrar qué puede aportar de verdad la economía.
Una noticia y un libro: La salida del PSOE de Rosa Díez y «La venganza de la historia» de Hermann Tertsch
Normalmente, el verano es una época propicia para lecturas pendientes o para descubrir libros olvidados en una estantería y que no se pudieron leer en su momento.
Éste ha sido el año en que finalmente he podido leer a Thomas Sowell, leer más de Amin Maaluf y descubrir un libro que Hermann Tertsch publicó allá para 1993 en «El País-Aguilar».
El libro versa , principal pero no exclusivamente, sobre el proceso de Yugoslavia aunque lo amplía explicando las causas de la descomposición del imperio soviético y cómo esa descomposición dio lugar a la emergencia de un conjunto de nacionalismos de los que el yugoslavo era sólo un ejemplo.
En aquel momento, no conocía a Tertsch y, si tenía el libro, es porque alguien me lo regaló. Al verlo ahora y saber más del perfil público de su autor, he sentido curiosidad y me he encontrado con dos cosas que me han sorprendido: La primera es una capacidad de análisis muy superior a la que cabe esperar en una gran mayoría de los comentaristas políticos y la segunda es que el discurso de Tertsch en 1993 es absolutamente coherente con lo que hoy puede leerse o escucharse a la misma persona. Siendo así, queda una pregunta en el aire: Si Tertsch defiende hoy lo mismo que defendía hace catorce años ¿por qué hoy es persona non-grata en «El País» y entonces incluso le publicaron su libro?
Casi forzosamente habrá que concluir que quien ha cambiado es «El País» y, desde luego, no ha sido un cambio positivo sino que se ha ido escorando hacia un sectarismo cada vez mayor.
Precisamente en estos mismos días aparecía la noticia del abandono del PSOE por Rosa Díez, muy cercana a Tertsch en sus planteamientos antinacionalistas, y su incorporación a un nuevo partido. En el diario «El Mundo» hacían un análisis sobre la oportunidad o no de este nuevo partido y es sobre esto y sobre la figura de Rosa Díez que me gustaría hacer un pequeño comentario:
Rosa Díez ha sido para algunos, entre los que me cuento, un descubrimiento. En el momento en que se presentó como candidata a la secretaría general de su partido tenía una apariencia «panfilona» que los hechos posteriores y el haberse visto obligada a navegar con vientos contrarios han desmentido. Rosa Díez ha mostrado ser una política de raza pero no está claro que haya tomado una decisión correcta.
Los argumentos que esgrime para el abandono del PSOE son sólidos: No está en contra del ideario socialista sino de la actual dirección que, sin que haya habido ningún Congreso que lo ratifique, se ha embarcado en una serie de procesos totalmente contrarios al propio programa electoral del partido que dirigen. Bien es cierto que ese argumento pierde bastante de su peso cuando se ve que históricos del partido como Bono, Ibarra, Guerra, Leguina o el propio González han discrepado, en ocasiones públicamente pero, a la hora de votar, han hecho lo que les mandaban. Desde esa perspectiva, es difícil diferenciar, como intenta hacerlo Rosa Díez, entre dirección y conjunto del partido.
Sea como fuere, tanto si es por discrepancia con la dirección como si lo es con el seguidismo del conjunto del partido, está claro que Rosa Díez tiene pleno derecho a desvincularse del mismo pero ¿para qué y hacia dónde?
Rosa Díez compareció vestida de rojo como símbolo de que seguía manteniendo su ideario, cosa absolutamente respetable pero que deja claro que su intención es incorporarse a una especie de «PSOE auténtico» sin las derivas filonacionalistas o filoetarras que Zapatero ha introducido.
Desde el punto de vista del Partido Popular, eso puede ser una buena noticia en la medida en que contribuya a dividir el voto de izquierdas pero ¿es realmente una buena noticia para España?
Sowell dice en «The vision of the anointed» que los peligros para una sociedad pueden ser mortales sin ser inmediatos y ese comentario podría, en buena parte, definir la situación de la España actual y la extraña relación del Gobierno con los nacionalismos que aspiran a fragmentarla. Si Rosa Díez es consciente de la existencia de esos peligros ¿no es lógico que busque agrupar a todos los que compartan esa visión en lugar de crear una especie de PSOE-2?
Rosa Díez es una figura respetada en buena parte de la izquierda y de la derecha pero su insistencia en hacer el énfasis en un programa político de izquierda en lugar de hacerlo en atajar los riesgos que puedan haber venido de la mano de una frivolidad y una mentalidad de adolescente forzosamente va a dividir en lugar de unir.
El PP se felicitará porque, si la nueva aventura política funciona bien, habrán conseguido fragmentar el voto del PSOE. Sin embargo, es probable que mucha gente se quede diciendo como Ortega «¡No es eso; no es eso!».

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